Joan Reinoso, un rayo de esperanza sobre el triciclo

El mallorquín, actual campeón del mundo en la contrarreloj T2, es una de las opciones de medalla del equipo español de ciclismo en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

Joan Reinoso en la contrarreloj del Mundial en Portugal en la que se llevó el oro. Fuente: RFEC

Sobrevivió al impacto de un rayo y desafió a las secuelas que le provocó, como problemas de equilibrio o de psicomotricidad. Tuvo que empezar desde cero, pero rendirse nunca formó parte de su diccionario. Con pedaladas sobre el triciclo, Joan Reinoso ha salvado baches, cuestas y curvas en su vida, a los mandos del manillar no hay rastro de las heridas que le dejó aquella descarga eléctrica, se siente poderoso, raudo, libre, feliz. Tras una travesía azarosa, el deportista de Inca (Mallorca) cumplirá un sueño que llevaba años entrenando con perseverancia: competir en unos Juegos Paralímpicos.

El ciclismo no entraba en sus planes a los 21 años, en aquella época jugaba al fútbol y se preparaba para ser bombero. Pero el guion cambió cuando en mayo de 2012 acudió a una prueba de pesca submarina para hacer de barquero de Pedro Carbonell -tricampeón mundial- en la bahía de Pollença. Pese a que había amanecido despejado, una tormenta irrumpió y un rayo alcanzó a Joan, entrando por la mano izquierda y saliendo por un lateral de la cabeza. “Caí fulminado, el cuerpo se me puso negro y olía a socarrado”, comenta.

Pasó 28 días en coma en el Hospital Son Espases. “El pronóstico era muy grave, los médicos no daban un duro por mí, no tenías esperanzan y les dijeron a mis padres que no iba a pasar de esa noche, que era cuestión de horas. Pero se equivocaron, aquí estoy dando guerra”, dice riendo. Curiosamente, poco antes del accidente, Reinoso se hizo un tatuaje en la pelvis que contenía tres dibujos: un ancla, un pez y un rayo. “Como me encanta el mar, me hicieron un dado de la suerte con esas imágenes. Si lo llego a saber me hubiese tatuado el símbolo del euro”, bromea.

El balear quedó con una discapacidad del 78%, pero gracias a su resiliencia y positivismo logró recuperarse. En un lento goteo fue reconquistando sus movimientos, aprendió de nuevo a caminar, a hablar, a escribir y a comer. “Mi cerebro era como si resetearas un ordenador y vuelves a instalarle todos los programas para que funcione”, recalca. Un gran estímulo en ese proceso de rehabilitación fue cuando en 2014 su tío le propuso completar los 1,9 kilómetros del segmento de natación del Ironman 70.3 de Alcudia. “Me costó acabar la prueba, pero los aplausos de la gente me dieron alas. Por unos minutos me sentí el hombre más feliz del mundo, estaba orgulloso de lo que había conseguido”, relata.

Aquel logro despertó su afán competitivo y le cargó con una energía nueva. Tenía la necesidad de hacer deporte y eligió el ciclismo, aunque no fue sencillo arrancar sobre el triciclo. “Buscamos uno en Alemania y a entrenar me puse. Cuando lo probé me enamoré, la sensación del viento en la cara fue única, me daba una libertad enorme”, confiesa. Al principio sus intenciones eran las de salir a rodar y disfrutar del paisaje por las montañas de su pueblo, nunca pensó en la competición, hasta que comprobó que sus tiempos eran buenos.

Una progresión constante hasta el oro mundial

Debutó en 2015 en la Copa de España de Tomelloso (Ciudad Real) y en 2017 inauguró su vitrina de medallas internacionales con una plata en la Paracycling Cup de Verola (Italia). Ese año subió al podio en varias Copas del Mundo y en el Mundial de Pietermaritzburg (Sudáfrica) con un bronce en la ruta en categoría T2. “Ese resultado fue un impulso, apenas acababa de iniciarme en esta disciplina y ya me veía comiendo en la misma mesa con los mejores por el rendimiento que estaba ofreciendo”, apunta. Reinoso siguió acumulando éxitos en las siguientes temporadas, siendo plata en línea y bronce en la contrarreloj en el Mundial de Maniago (Italia) en 2018.

Un año más tarde sumó preseas en Ostende (Bélgica), Baie-Comeau (Canadá) y Corridonia (Italia), pero se quedó fuera del podio en el Campeonato del Mundo de Emmen (Holanda) tras salirse de una curva por problemas mecánicos. Aquello no le desmotivó, al contrario, se machacó durante el confinamiento y los posteriores meses de la pandemia mezclando calidad y cantidad en sus sesiones de entrenamiento por la Sierra de Tramuntana, subiendo hasta el Santuario de Lluc, la ermita de Santa Magdalena o el Faro de Formentor.

“Cuando llegó la Covid-19 me quedé anímicamente tocado, pero a la segunda semana me puse las pilas, con horas y horas pedaleando en el rodillo. Cada día entrenaba como si a la mañana siguiente se celebrase los Juegos, no me dormí en los laureles, físicamente me mantuve y mejoré mis números. No levanté el pie del acelerador y esa constancia me ha llevado lejos”, asevera. No había tiempo que perder, tenía claro que el Mundial de carretera en Cascais (Portugal) en junio era la puerta de entrada para Tokio y había que firmar un buen papel para convencer al seleccionador nacional, Félix García Casas.

Y tanto que lo hizo, se enfundó el maillot arco iris en la crono y se llevó un bronce en la ruta. “Cuando escuché mi nombre por megafonía diciendo que era campeón del mundo no me lo creía, me vinieron mil pensamientos. Ha sido una temporada difícil y llena de incertidumbre, a veces me preguntaba para qué entrenar, pues ahí está el fruto de tanto trabajo. El maillot y la medalla los tengo en la pared de mi habitación, cada día los miro y me aportan una dosis de motivación. Es algo que quizás no vuelva a suceder en mi carrera, así que los guardo como oro en paño”, añade.

El ciclista inquero aterriza en Tokio con la maleta cargada de confianza y consciente de sus opciones de medalla en el Fuji Speedway. “Es un sueño estar en unos Juegos, todo lo que llega ahora es un regalo, así que eso me quita mucha presión. Me noto muy fuerte físicamente, pero los rivales no me lo van a poner fácil, por lo que tendré que dar el 120%. Tengo dos oportunidades y confío en hacerlo bien en ambas, en la contrarreloj he crecido bastante y la ruta siempre se me ha dado bien. Además, en Tokio el circuito es muy exigente, con muchas subidas, algo que me beneficia porque en Mallorca estoy acostumbrado a ese tipo de terrenos. Si dijese que no voy a por medallas estaría mintiendo, siempre que me pongo un dorsal es para salir a ganar, si no voy con esa mentalidad me quedaría en casa”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Joan Reinoso

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