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‘Arigato’ Tokio, ‘bienvenue’ París

Fin de la fiesta. La llama que tanto esfuerzo costó encender se ha apagado en el nuevo Estadio Nacional diseñado por Kengo Kuma. Los Juegos Paralímpicos dicen adiós tras 12 días de competición, ilusión, emoción, sueños cumplidos, sonrisas y lágrimas. ‘Arigato’ Tokio por devolver la esperanza al mundo con la celebración de un evento marcado por el coronavirus que se ha cobrado más de cuatro millones de vidas y que ha finalizado sin sobresaltos por la propagación de la Covid-19.

Faltó el principal reclamo de la gran cita magna, el público, pero el alma la pusieron los 4.500 deportistas que más que nunca enarbolaron la bandera de la resiliencia, del espíritu de superación, del compañerismo y la unidad. La capital japonesa ha sacado adelante un desafío espinoso que durante mucho tiempo pendió de un hilo, gracias a su esfuerzo colosal, siendo capaz de movilizar a una horda de profesionales y de voluntarios que ayudó a garantizar su éxito.

Ha servido para insuflar energía a la población mundial en su batalla contra los efectos devastadores de la pandemia y para transmitir un mensaje de que con dedicación, perseverancia, determinación y trabajo en equipo se puede vencer a cualquier obstáculo. Debemos agradecerle al hospitalario pueblo nipón la valentía desplegada para organizar estos Juegos, pese a la amenaza constante de los contagios por las nuevas cepas. Sus rígidas normas han permitido un evento seguro para que volviésemos a disfrutar de la magia del deporte.

La ceremonia de clausura alzó el telón con un video proyectado en los videomarcadores con imágenes de lo acontecido en la cita paralímpica. Hubo un espectacular despliegue visual, con mucho colorido, ritmo, bailes y música a cargo de Kyary Pamyu Pamyu, famosa cantante nipona y símbolo del J-pop. En mitad del estadio cobraba vida una ciudad inclusiva donde brillan las diferencias y en la que cualquier persona tiene cabida, mientras empezaban a desfilar los abanderados de cada país.

Al evento han asistido unos 3.000 deportistas de 162 delegaciones, en un ambiente más distendido y sin la presión que han soportado en estos días, en los que dar positivo en un test suponía la descalificación y no poder competir. Los que quedaban en Tokio se hicieron notar, algunos bailaban, otros tocaban las palmas, inmortalizaban el momento fotografiándose y saludaban a la cámara. Fueron momentos de alegría y jolgorio.

El desfile lo encabezó la bandera paralímpica que representa al equipo de refugiados y poco después aparecieron los dos deportistas afganos que finalmente fueron evacuados de Kabul tras la llegada al poder del régimen talibán y pudieron participar en los Juegos. La nadadora Marta Fernández, que logró un oro, una plata y un bronce, fue la abanderada de una selección española que termina en el puesto 15 del medallero con 36 preseas (9 oros, 15 platas y 12 bronces), superando las 31 de Río de Janeiro 2016. Y 131 diplomas (entre los ocho primeros clasificados), que indican que el nivel sigue creciendo, que el relevo generacional irrumpe con fuerzas y que los veteranos continúan dando guerra.

Se rindió homenaje a los miles de voluntarios que ayudaron a que los Juegos se desarrollaran sin problemas y el cielo de la ciudad se iluminó con los fuegos artificiales. Finalmente, la bandera paralímpica fue entregada por el presidente del IPC, Andrew Parsons, a Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, sede de los próximos Juegos. Y la tricolor de Francia se izó al compás del himno nacional. La capital gala ofreció un segmento artístico de lo que pretende ser la cita dentro de tres años. ‘What a Wonderful World’ sonaba en el estadio y el pebetero se apagó. ‘Bienvenue’ París 2024. Solo quedan 1.088 días para que regrese el espectáculo.

España cierra los Juegos Paralímpicos con 36 medallas

El equipo español ha cerrado los Juegos Paralímpicos de Tokio con 36 medallas, un valioso botín de 9 oros, 15 platas y 12 bronces tras casi dos semanas de competición. España ha finalizado decimoquinta en el medallero, pero ha mejorado la actuación de Río de Janeiro 2016, donde se cosecharon 31 metales. Por primera vez aumenta el número de preseas tras una tendencia descendente desde Barcelona 1992. China ha ocupado el primer peldaño con 227, seguida de Gran Bretaña con 124 y de Estados Unidos con 104.

La piscina se convirtió una vez más en el mayor caladero para la delegación española con 14 medallas. La nadadora que más brilló en el Centro Acuático fue Marta Fernández, que subió hasta tres veces al podio en su debut. Ganó un oro en 50 braza SB3, una plata en 50 mariposa S4 con récord del mundo (40.22 segundos) y un bronce en 50 libre S4. Como colofón, la burgalesa ha sido la abanderada en la ceremonia de clausura.

Sarai Gascón nunca falta a su cita con los metales y en la capital tokiota logró dos, una plata en 100 libre y un bronce en 100 mariposa S9, por lo que ya suma ocho en cuatro Juegos. Su compañera de equipo, Núria Marquès, ganó una plata en 100 espalda S9 y un bronce en 200 estilos SM9. El éxito del grupo que dirige Jaume Marcé en el CAR de San Cugat lo completaron Toni Ponce, con platas en 100 braza SB5 y 200 libre S5, y Óscar Salguero con una plata en 100 braza SB8. Otro de los jóvenes de la selección, el donostiarra Íñigo LLopis, se colgó una plata en 100 espalda S8.

El veterano Miguel Luque fue el primero en subir al podio en Tokio con una plata en 50 braza SB3 y ya tiene seis en su palmarés en la misma prueba. La canaria Michelle Alonso deslumbró con un oro en 100 metros braza SB14, alargando su reinado ya que anteriormente también se impuso en Londres 2012 y en Río 2016. Además, batió su propio récord del mundo (1:12.02). Y Teresa Perales, pese a la luxación en el hombro izquierdo con la que llegaba, dio una clase de perseverancia y persistencia en el agua tras ganar la plata en 50 espalda S5, que supone la número 27 en su currículum.

El atletismo fue otro de los deportes que destacó con cuatro oros, cuatro platas y un bronce. La reina del tartán fue Adi Iglesias, la más rápida del mundo en 100 metros T13. La gallega se llevó el oro en la prueba reina de la velocidad y unos días después desplegó su poderío y valentía para llevarse la plata en los 400 metros. Una medalla dorada conquistó Kim López, un titán en lanzamiento de peso F12, revalidando así su título de campeón paralímpico ya que en Río 2016 también ganó.

Al igual que Gerard Descarrega, quien hace cinco años en Brasil consiguió el oro en 400 T11 (deportistas ciegos) junto a Marcos Blanquiño. Esta vez, con Guillermo Rojo como guía voló hacia la cima. Y el debutante Yassine Ouhdadi ofreció un recital de resistencia para lograr el oro en los 5.000 metros T13. Héctor Cabrera cazó un bronce en lanzamiento de jabalina F12, Miriam Martínez una plata en lanzamiento de peso F36 y en salto de longitud, Iván Cano (T13) y Sara Martínez (T12) dieron brincos de platas.

El ciclismo mejoró su actuación de Río de Janeiro con una cosecha de seis medallas. En el velódromo de Izu el rey del kilómetro contrarreloj C4-5 fue el cordobés Alfonso Cabello, que aderezó el oro con un récord del mundo (1:01.557). Además, el andaluz formó parte del tridente que se llevó el bronce en la velocidad por equipos junto a Ricardo Ten y a Pablo Jaramillo. En la carretera, en el circuito Speedway de Fuji destacaron Sergio Garrote con un oro en la contrarreloj y un bronce en la ruta H2, así como el tándem Christian Venge y Noel Martín (bronce en la crono) y el handbiker Luis Miguel García-Marquina (bronce en la contrarreloj H3).

El triatlón aportó cuatro preseas, con el oro de Susana Rodríguez y su guía Sara Loehr en PTVI, categoría en la que Héctor Catalá y Gustavo Rodríguez lograron la plata. Bronces firmaron Álex Sánchez Palomero (PTS4) y Eva Moral (PTWC). El tenis de mesa español, que lleva desde Barcelona’92 logrando medallas, ganó un bronce por equipos gracias a Álvaro Valera y Jordi Morales. El judo también subió al podio con la plata de Sergio Ibáñez en -66 kilos. Y la última la firmó el tirador gallego Juan Saavedra en carabina libre tendido 50 metros R6.

Los deportistas españoles también han sumado 131 diplomas paralímpicos: la selección masculina de baloncesto en silla de ruedas fue cuarta, mientras que el equipo femenino, que regresaba a unos Juegos 29 años después, fue octavo. En remo, el andaluz Javier Reja quedó cuarto en la embarcación scull PR1. Dos diplomas llegaron en la halterofilia con Loida Zabala, sexta en -50 kilos, y con Montse Alcoba, séptima en -79 kilos y récord de España tras levantar 107 kg. Otros dos logró el piragüismo con Higinio Rivero (sexto en canoa VL2) y Juan Valle (séptimo en kayak KL3). En tenis en silla de ruedas, Dani Caverzaschi alcanzó los cuartos de final en individual, siendo el tenista español que más lejos ha llegado en unos Juegos. Y la selección española de fútbol para ciegos repitió el sexto puesto de Río 2016.

CONSULTA EL MEDALLERO ESPAÑOL

La carabina de Juan Saavedra dispara al bronce en Tokio

Bang, bang. A tiros, España ha conquistado su medalla número 36 en los Juegos Paralímpicos, la última que consigue en la capital japonesa. Ha sido un bronce y lleva la rúbrica de Juan Saavedra, el primer deportista que selló su pasaporte para Tokio hace tres años con un oro en la Copa del Mundo de Francia. Ahora ha sido el encargado de ponerle la guinda al botín del equipo español. La carabina del gallego ha disparado al podio en la prueba de 50 metros libre tendido R6 y nueve años después de su plata en Londres 2012 vuelve a saborear una presea en el mayor evento deportivo.

Hace unos días quedó cuarto, a dos décimas de los metales en 10 metros R3, un resultado que le espoleó para afrontar su prueba favorita, con la que este año ganó el oro en la Copa del Mundo en Emiratos Árabes Unidos. Con mucha seguridad y en la mejor etapa de su carrera, el pontevedrés sabía que estaba ante la oportunidad de subir al altar paralímpico en sus quintos Juegos. Era el momento de poner una pica en un escenario grande y no falló en el campo de tiro de Asaka, una base de la Fuerza de Autodefensa Terrestre de Japón.

Como si la tuviese soldada a sus manos, la carabina del gallego se mantenía recta, firme y fiable cada vez que apretaba el gatillo. Con el temple que da la experiencia fue clavando cada bala en un diámetro de 10 milímetros en un blanco situado a 50 metros. Es como darle al centro de una moneda de un céntimo. En la clasificatoria obtuvo la tercera mejor puntuación (620.6) de los 48 participantes y se coló entre los ocho mejores.

Una hora después regresaba a la galería de tiro para afrontar la final y continuó desplegando su puntería, calma y regularidad. Arrancó fuerte, siendo el mejor en la primera ronda con 103.9 puntos. Ya en el sistema de eliminación fue superando fases hasta amarrar la medalla por apenas cinco décimas, las que le separó del francés Cedric Fevre, que fue cuarto. El español se quedó en 226.3 puntos y no pudo luchar por el oro, que se lo llevó la eslovaca Veronika Vadovicova, ni por la plata, que fue para la sueca Anna Normann.

Saavedra, que tiene amputado parte de su brazo izquierdo tras padecer un cáncer cuando era adolescente, encontró su premio tras las 88 balas que disparó durante la competición. En las últimas tres temporadas dio un gran salto de calidad y mucho influyeron los conocimientos y la ayuda del israelí Guy Starik, “una leyenda y uno de los mejores entrenadores que hay a día de hoy. Asimilé varios cambios, gané en confianza, mejoré la rutina del tiro y aprendí a controlar la competición”, decía en una entrevista con este medio.

Para llegar hasta sus quintos Juegos tuvo que estirar los días al máximo para poder compaginar el deporte con su trabajo en una consultora energética. Se quedó sin ayudas económicas al no lograr un buen resultado en el Mundial de 2019 y todos los gastos salen de su bolsillo. Y, además, tampoco cuenta con unas infraestructuras decentes para sacarle más provecho a su potencial. Entrena en condiciones “complicadas” en el campo de tiro de Cernadiñas Novas (Pontevedra), una galería descubierta en la que en verano hace mucho calor y en invierno se congelan de frío. Pero una vez más ha demostrado su talento para imponerse a los obstáculos y sumar, a sus 47 años, su segunda medalla paralímpica tras el bronce de Londres 2012.

“Sentía presión. En Río es que ni me metí en finales y tenía el fantasma rondando por la cabeza, pero el primer día me metí en la final de los 10 metros, no pillé medalla por dos décimas y eso me sirvió de motivación. Ha sido muy complicado el ciclo por la incertidumbre de la pandemia. Estoy muy contento con el bronce, pero hay que ir día a día y seguir avanzando. No pienses mucho en lo que has hecho sino en lo que te queda por hacer. Espero ser también el primero en conseguir la plaza para París, en junio del año que viene ya en la Copa del Mundo hay otra oportunidad”, ha recalcado.

Gran Bretaña deja a España sin el bronce en los Juegos

Otra vez Gran Bretaña se cruzó en su camino, como ya hiciera en Polonia hace dos años para privarle del oro en el Europeo. Esta vez el manjar era el bronce en los Juegos Paralímpicos de Tokio y de nuevo le dejó sin recompensa. La selección española de baloncesto en silla de ruedas se ha quedado a las puertas del podio tras caer por 58-68 ante la vigente campeona continental en un partido que tenía controlado hasta el tercer cuarto, cuando el equipo sufrió un cortocircuito en su juego que aprovechó el rival para abrir una brecha insalvable.

El duelo fue áspero desde el mismo amanecer, con un previsible arranque tenso, acorde al escenario y al premio en juego. Los primeros dos cuartos avanzaron como demasiada igualdad, españoles y británicos bailaban agarrados en un duelo con pocos puntos. Tras unos minutos de sesteo y poco atino, llegó el intercambio de golpes en ambas canastas. Gaz Choudhry dirigía al campeón de Europa y Álex Zarzuela y Amadou Diallo imponían sus centímetros en la pintura (9-13). España acusó la ausencia de Asier García, en el banquillo por un golpe en la espalda, y se le apagaron las luces en ataque. Su entrada lo notó el equipo y cuatro puntos suyos cerraban el primer acto en empate (13-13).

El base bilbaíno seguía con la bombilla encendida, estaba on fire de cara al aro y España llegó a cobrar su mayor ventaja (22-15) con un triple de David Mouriz y una bandeja de Zarzuela. Cuando peor lo estaba pasando Gran Bretaña apareció el pistolero Terry Bywater, quien lideró la agitación. El jugador del CD Ilunion salió con el colmillo afilado para sacar del embrollo a su selección con nueve puntos (24-23). En la otra orilla el joven Manu Lorenzo se hizo gigante en el rebote y también aporto su granito. Mouriz y Zarzuela ejecutaban las asistencias de Asier, pero Lee Manning y James Palmes impedían el despegue de los españoles (30-28) al descanso.

A la vuelta de vestuarios el combinado español desconectó, muy espeso y romo en ataque, tuvo un momento de zozobra con muchas imprecisiones y el aro se le hacía más pequeño a cada lanzamiento. Solo Álex Zarzuela y Jordi Ruiz anotaron. Gran Bretaña olfateó la sangre y se mostró impío para voltear el resultado nutriéndose de los puntos de Choudhry, Warburton y Abdi Jama (40-50). Diez de diferencia a falta del último cuarto y una mochila con demasiadas piedras.

En la reanudación continuaron los mismos problemas para España, con un bagaje muy pobre en tiros de campo (35%) y los británicos aumentaron las distancias (40-54). Ya sin Asier García, lesionado, el equipo de Óscar Trigo sacó su garra, no iba a morir sin pelear y llegó una timorata reacción comandada por Jordi Ruiz, Manu Lorenzo, Álex Zarzuela y Amadou Diallo que le situaba a cinco (56-61). Pero la rebelión fue insuficiente y entre Bywater y Choudhry desde los tiros libres acabaron con el sueño español (56-67). La selección se despide con la cabeza alta y un cuarto puesto amargo. De nuevo, su ‘bestia negra’ le ha impedido saborear un podio paralímpico.

FICHA TÉCNICA DEL PARTIDO:

España (58): Daniel Stix, Pablo Zarzuela, Fran Sánchez Lara, Alejandro Zarzuela (17), Amadou Diallo (11), Jordi Ruiz (8), Asier García (8), David Mouriz (6), Óscar Onrubia, Ignacio ‘Pincho’ Ortega, Manu Lorenzo (8) y Agustín Alejos.

Gran Bretaña (68): Gaz Choudhry (19), Terry Bywater (14), Harris Brown (2), Abdi Jama (8), Gregg Warburton (10), Ian Sagar (2), Lee Manning (11), Ben Fox (1), James Palmer (1), James MacSorley, Billy Bridge y Lewis Edwards.

Parciales: 13-13, 17-15, 10-22 y 18-18

Alberto Suárez finaliza quinto en la maratón de Tokio

Después de dos Juegos Paralímpicos consecutivos sumando medallas en maratón, España no ha podido mantener en Tokio su idilio con el podio en la distancia de Filípides (42,195 kilómetros). Alberto Suárez ha sido el atleta español que más cerca se ha quedado de las preseas en la dura prueba disputada en un día desapacible y bajo una incesante y molesta lluvia. El asturiano ha finalizado en la quinta posición en la categoría T12 (discapacidad visual), a más de dos minutos del bronce. Gustavo Nieves ha sido octavo y Mari Carmen Paredes y su guía Lorenzo Sánchez, novenos.

Ganó el oro en Londres 2012 y la plata en Río de Janeiro 2016, quería su tercer metal en una cita paralímpica, pero esta vez no pudo ser y Suárez se tuvo que conformar con la quinta plaza, un puesto que duele porque peleó hasta el final, pero las piernas no respondieron con la energía suficiente para alcanzar las tres primeras posiciones. El de Riosa (Asturias) cruzó la meta en 2:30.44. Por su parte, el gallego Nieves tampoco ha podido conseguir en sus quintos Juegos la anhelada medalla, que sigue resistiéndose, y ha terminado octavo con 2:32.08.

Con salida y llegada al Estadio Olímpico, los corredores se encontraron con un clima totalmente distinto a lo esperado. Nada de humedad ni de calor pegajoso como se temía durante los meses previos de preparación. La lluvia persistente en la capital nipona les acompañó durante todo las más de dos horas en un recorrido por lugares emblemáticos de la ciudad como el Kaminarimon en el barrio de Asakusa, el Palacio Imperial, el templo budista Zozoji, con la Torre de Tokio de fondo o el puente de Nihombashi.

Los primeros 15 kilómetros transcurrieron sin sobresaltos, era una prueba muy táctica, quedaba lo más duro y nadie cambiaba el ritmo hasta que el marroquí Amin El Chentouf -campeón en Río 2016- metió un hachazo serio y se marchó en solitario para apropiarse de un nuevo oro paralímpico (2:21.43). Por detrás se quedaba un grupo de siete corredores de gran currículum que poco a poco se fue desmenuzando y empezó a definirse en el kilómetro 30, el muro que señala a los elegidos.

Ahí aceleró el australiano Jaryd Clifford -atleta que hizo este año el récord mundial- hacia la plata (2:26.09). Los tunecinos Hatem Nasrallah y Wajdi Boukhili, así como el ovetense Suárez parecían que pelearían por el bronce. A falta de siete kilómetros el español estaba a poco más de 30 segundos de la medalla, pero aparecieron los dolores en los isquiotibiales. El que sorprendió fue el japonés Tadashi Horikoshi, que pasó a todos como un avión para subir al podio con 2:28.01. Alberto llegó quinto, muy mareado, y poco después Gustavo Nieves entraba en el estadio en la octava posición.

“Hasta el km 30 íbamos bien, porque el ritmo era muy cómodo para mí, es al que estoy acostumbrado a entrenar, pero a partir de ahí se me ha hecho largo con esos problemas en los isquios. Es algo que ya tuve y que me hicieron parar 15 días en San Cugat (Barcelona) y he llegado escaso de volumen. Los primeros días entrenando por la Villa no pude hacer series largas”, ha lamentado Suárez.

En la prueba femenina T12, Mari Carmen Paredes y Lorenzo Sánchez estuvieron muy lejos de las medallas, a más de diez minutos. La catalana y su guía y también marido no tuvieron opciones de luchar por los metales y quedaron rezagados muy pronto. Cruzaron la meta novenos con 3:37.44.

Brincos de plata para Iván Cano sobre el foso de arena

Una de las paredes de su habitación está adornada por un póster del cubano Iván Pedroso, nueve veces campeón del mundo y oro olímpico. De vez en cuando Iván Cano recibe una master class de la leyenda caribeña sobre el foso de arena. Para él es su ídolo, del que se ha empapado para ser cada día mejor, aunque es Sergio Berbegal quien ha guiado sus pasos hacia la cima. En sus primeros Juegos Paralímpicos, el alicantino ha volado en el Estadio Nacional de Tokio para alcanzar una plata en salto de longitud T13. La muesca más importante de su carrera.

A sus 25 años, el español llegaba avalado por un buen currículum: plata en el Mundial de Doha 2015, dos oros europeos en 2016 (Italia) y en 2018 (Alemania), una plata continental en 2021 (Polonia) y un bronce en el campeonato del mundo de Dubai en 2019. Nunca saciado de éxitos, Cano ha desplegado sus alas para ofrecer su mayor brinco en su debut paralímpico. Veloz en la carrera, 18 apoyos hacia la tabla, ajuste al máximo en la plastilina de batida, elevación, vuelo largo y aterrizaje en el banco de arena húmeda.

El marcador indicaba 7.04 metros, distancia con la que igualaba su mejor marca personal en el primer intento. La medalla estaba asegurada. Solo se inclinó ante un inconmensurable Orkhan Aslanov, azerbaiyano que batió el récord de Europa con 7.36 metros. Ni el campeón de Europa, el británico Zak Skinner (6.91), ni tampoco el campeón mundial en 2017, el estadounidense Isaac Jean-Paul (bronce con 6.93), pudieron superar al español, que en los siguientes saltos se quedó en 6.94 y 6.87. Después hizo dos nulos, se dobló el tobillo y finalizó su participación. Poco importaba, la presea era suya.

“Ha sido espectacular. No tengo palabras para describir lo que es estar aquí y poder saltar en este estadio. Ha sido una experiencia que no voy a olvidar en la vida. Llegaba más confiado que otras veces, sabía que si hacía las cosas bien podía optar a todo. Al final, esa es la clave, creer en ti mismo después de años de trabajo es muy importante. Si llegas aquí sin confianza da igual todo lo que hayas entrenado porque si no crees realmente lo que puedes saltar y lo que vales, no lo vas a conseguir”, ha explicado.

«Lo hablé con Héctor Cabrera el día que lanzó -jabalina-, que si metía un primero bueno el resto tenía que lanar después de él. Yo he intentado emularle porque a nivel de tranquilidad, relajación y motivación para el resto de saltos es un plus. Meter un buen primer salto condiciona más al resto que a lo que tú hagas después, así que en ese aspecto también estoy bastante satisfecho. Estoy en un proceso de adaptación y creo que con el tiempo intentaré hacer saltos más largos”, ha añadido.

‘The Rock’, como así le llaman sus compañeros, nació hace 25 años con albinismo oculocutáneo, una enfermedad congénita, en la que la mácula del ojo no se forma del todo y se queda a un 60%, y afecta a la agudeza visual lejana. Esa falta de melanina también le causa una fotofobia que le obliga a llevar siempre gafas de sol. De pequeño disfrutaba a golpe de patadas sobre el tapiz, hasta que a los 14 años decidió dejar el taekwondo tras conseguir el cinturón negro. Necesitaba nuevos desafíos y en su vida se cruzó el salto de longitud, con el que no para de cosechar medallas. En Tokio, el ‘Saltamontes’ de Alicante se ha graduado en la élite con una dulce plata.

Adi Iglesias, una plata de furia y valentía en los 400 metros

Apenas unos minutos después de coronarse como la reina de la velocidad en categoría T13 (discapacidad visual), Adi Iglesias ya pensaba en ponerle el broche perfecto a su debut en unos Juegos Paralímpicos con otra medalla en los 400 metros, una prueba que considera para valientes. De ello anda sobrada la española, que volvió a pasar por el tartán con la furia de un huracán para conquistar una plata de prestigio. Dos medallas en Tokio y a sus 22 años. El presente y el futuro es suyo.

Dada su calidad intrínseca y su estado de forma física, hacerse ilusiones con el podio en una distancia que no es su principal fuerte no era descabellado. Armándose con toneladas de voluntad y de corazón, se recompuso tras imperar en los 100 metros lisos para llevar a cabo un esfuerzo titánico más y poner sus piernas al límite. La gacela de las trenzas doradas es la combinación de disciplina, constancia, talento e inteligencia, elementos que desplegó una vez más sobre la pista.

Bajo un cielo cubierto de nubes y una fina y persistente lluvia, la gallega aparecía por la calle siete sonriendo, sin pestañear ni acusar los nervios. Tras una buena salida se situó tercera, controlando los tiempos y esperando su momento. A mitad de carrera decidió atacar, cambió de ritmo y con una aceleración constante se puso primera. Pero en la curva, por su izquierda, irrumpió la azerbaiyana Lamiya Valiyeva como un cohete para volar hasta el oro y el récord paralímpico con 55 segundos clavados.

La española, que es una velocista pura y terminó acusando el ácido láctico, cruzó la meta en 55.53 segundos, que suponen mejor marca personal. Con la bandera de España en sus brazos, caminaba ufana, guiada por una sonrisa que brillaba en un estadio de gradas inmensas y silenciosas. “Es una prueba muy complicada y se necesita más trabajo de distancia muy larga, soy más de 100 y de 200 y este año me he visto en un poco de aprieto para trabajar el 400. En los últimos 80 metros he empezado a sentir el ácido láctico y me pesaba todo el cuerpo y he intentado luchar hasta el final, creo que lo he hecho bastante bien y he llegado con la sensación de haberlo dado todo”, ha explicado.

Una plata como epílogo perfecto en su debut en unos Juegos para Adi, un torbellino que llegó desde Bamako (Mali) hace más de una década. De pequeña se enamoró del atletismo cuando se pegaba al televisor para ver “figuras borrosas” en las pruebas de velocidad. Apenas podía corretear y moverse por su aldea, creció sin salir de su barrio por temor a que fuese secuestrada como otros niños con albinismo, una condición genética que está perseguida y considerada maldita en su país de origen.

“Si me hubiese quedado allí, quizás hoy no estaría viva. Nos consideran gafes y hay cazadores que amputan una parte de tu cuerpo para venderlo como amuleto de fortuna o entierran el pelo para atraer la riqueza”, explicaba la joven en una entrevista con este medio. En 2010 abandonó África y tras convivir con un hermano en La Rioja acabó en un centro de menores.

Hace seis años se cruzó en su vida Lina Iglesias, profesora en Lugo, que decidió adoptar a aquella adolescente de piel blanca y cabello rubio. Encajaron a la perfección y en una de sus primeras charlas salió el deseo de Adi por correr. Su madre movió cielo y tierra para que su hija cumpliese el sueño de ser atleta. Ya no queda drama en su rostro, ahora sonríe y esprinta libre, sin miedo. En Tokio, la también campeona de Euroopa, se ha doctorado con un oro en 100 metros y una plata en 400.

Higinio Rivero, sexto en canoa VL2 en el Sea Forest Waterway

No ha podido ser, las expectativas eran altas, pero el reto y el nivel que se ha visto en cada categoría era enorme y el equipo español de piragüismo se ha quedado sin subir al podio en el Sea Forest Waterway. El que más cerca lo ha tenido ha sido Higinio Rivero, sexto en canoa VL2 200 metros y se ha llevado un diploma en los Juegos Paralímpicos. En la jornada anterior, el extremeño Juan Antonio Valle fue séptimo en kayak KL3.

El deportista vasco llegaba cargado de confianza, en un gran estado de forma y dispuesto a todo en su debut en una cita paralímpica. El sueño que comenzó a cultivar hace siete años se hizo realidad en la bahía de Tokio. En 2013 una caída desde 15 metros de altura mientras escalaba le provocó una lesión medular. El piragüismo le permitió salir adelante, fue bicampeón del mundo en la prueba de maratón y en apenas unas temporadas en la distancia de sprint ya está entre los mejores del mundo.

En la capital tokiota se clasificó para las semifinales con el segundo mejor tiempo en su serie, algo que repitió dos días después para colarse en la final. Llegó a ir tercero hasta mediada la prueba, cuando se vio superado por varias rivales y terminó cayendo hasta la sexta posición tras cruzar la meta en 56.058 segundos. El oro fue para el brasileño Fernando Rufino (53.077), la plata para el estadounidense Steven Haxton (55.093) y el bronce para el portugués Norberto Mourao (55.365).

Rivero, que ganó el bronce en la Copa del Mundo de Szeged (Hungría) en mayo y la plata en el Europeo de Poznan (Polonia) en junio, ya piensa en redimirse y pelear por los metales en París 2024. En los Juegos de Francia también espera estar el gallego Adrián Mosquera, que no ha tenido su mejor actuación en Tokio y solo pudo ser tercero con 55.845 en la final B de canoa VL3. Por su parte, la extremeña Inés Felipe, que se convertía en la primera piragüista española en competir en unos Juegos, quedó cuarta con 1:02.372 en la final B de KL2.

La natación española se despide de la piscina de Tokio con 14 medallas

La natación vuelve a ser el caladero de medallas para la delegación española en unos Juegos Paralímpicos. Los nadadores han salpicado 14 preseas (dos oros, nueve platas y tres bronces) en la piscina del Centro Acuático de Tokio, tres menos que las conseguidas en Río de Janeiro 2016, pero ofreciendo una vez más un gran rendimiento.

Marta Fernández se ha convertido en la gran revelación del equipo español tras conquistar tres preseas en la capital japonesa. La burgalesa, que entrena en el Centro de Tecnificación Río Esgueva de Valladolid, subió al podio con un oro en 50 braza SB3, con una plata en 50 mariposa S4 y récord del mundo (40.22 segundos), y cerró su brillante participación en sus primeros Juegos con un bronce en 50 libre S4. Como recompensa a su actuación, será la abanderada española en la ceremonia de clausura.

Toni Ponce, uno de los baluartes de la selección nacional brilló con dos metales plateados. Fue segundo en 200 libre S5 y en 100 braza SB5, su prueba predilecta en la que perdió el duelo con el ruso Andrei Granichka. También cosecharon dobletes Sarai Gascón y Núria Marquès, sus compañeras de entrenamientos en el CAR de San Cugat bajo la dirección de Jaume Marcé. Sarai no faltó a su cita con las medallas y en sus cuartos Juegos se llevó una plata en 100 libre S9 y un bronce en 100 mariposa S9. Ya posee ocho preseas paralímpicas.

Por su parte, la joven de Castellví de Rosanes (Barcelona) degustó una dulce plata en 100 espalda S9 y un bronce en 200 estilos SM9, que se suman al oro y a la plata que consiguió hace cinco años en su debut en Río. El catalán Óscar Salguero fue plata en 100 braza SB8 y el donostiarra Íñigo Llopis alcanzó la plata en 100 espalda S8.

El veterano Miguel Luque fue el encargado de abrir el medallero español el primer día de competición con una plata en 50 braza SB3, prueba en la que siempre ha cazado una medalla en los seis Juegos que ha disputado. La abanderada española, Michelle Alonso, rugió en la piscina con una actuación soberbia para llevarse el oro en 100 braza SB14, aderezado con el récord del mundo (1:12.02). La ‘Sirenita’ de Tenerife ha ganado el metal dorado en esa prueba en Londres 2012, Río 2016 y Tokio 2020.

Y la gran Teresa Perales agrandó aún más su leyenda en la piscina al ganar una plata en 50 metros espalda S5. Llegaba con una luxación aguda en el hombro izquierdo, pero nada ha frenado su ímpetu, ilusión y ambición. “Roza casi el milagro”, decía tras subir al podio. La zaragozana cuenta en su palmarés con 27 medallas y tiene claro que va a pelear para estar en París 2024.

En Tokio, los nadadores también consiguieron 41 diplomas. Fueron muchos los que se metieron en finales y quedaron entre los ocho mejores clasificados, como Jacobo Garrido, David Levecq, Luis Huerta, Chano Rodríguez, José Ramón Cantero, María Delgado, Iván Salguero, Miguel Ángel Martínez Tajuelo, David Sánchez, Alejandro Rojas, Nahia Zudaire, Isabel Yinghua Hernández o Xavi Torres, quien ha hecho historia al convertirse en el cuarto deportista español en competir en siete Juegos Paralímpicos.

Estados Unidos despacha a España, que peleará por el bronce

Un cuarto, diez minutos, fue lo que duró la batalla entre España y Estados Unidos en las semifinales de baloncesto en silla de ruedas. En el Ariake Arena de Tokio volvían a reencontrarse los finalistas de Río de Janeiro 2016 y otra vez se llevó la partida el mismo equipo. El conjunto español plantó cara en el arranque, hasta que Matt Scott, Jake Williams y Brian Bell desataron la tormenta en el segundo acto que nubló a los de Óscar Trigo, que encajaron la primera derrota del torneo (52-66) y no podrán repetir final en unos Juegos. Eso sí, pelearán por el bronce este domingo ante Gran Bretaña, que perdió ante Japón (79-68).

El amanecer del partido encontró a dos pesos pesados tanteándose con golpes, cerrando el aro, luchando cada rebote y circulando en ataque para encontrar al jugador liberado. La conexión entre Asier García y Alejandro Zarzuela funcionó en los primeros minutos, el vasco asistía y el pivot jerezano anotaba en la pintura (8-4). Llegó un lapsus con varias malas decisiones y los vigentes campeones paralímpicos firmaron un parcial de 0-9 con Brian Bell y Steve Serio como estiletes (8-13). De nuevo apareció Asier para levantar el periscopio y regalar pases a Jordi Ruiz, Manu Lorenzo y Zarzuela, quienes ajustaban el marcador al final del primer periodo (14-15).

El guion cambió drásticamente en la reanudación. El técnico norteamericano -Ron Lykins- agitó la coctelera y dio entrada a Jake Williams y a Matt Scott, dos jugadores superlativos que tomaron la batuta para dirigir los primeros acordes de cada jugada y sus muñecas afinadas empezaron a responder. España pecó de falta de decisión y de contundencia en la parcela ofensiva y no supo salir del atolladero en el que se había metido. Todo el castillo de naipes se vino abajo. La presión alta de EE.UU. le asfixió, las pérdidas se multiplicaron y su líder, Asier García, cometía la tercera falta que le mandaba al banquillo.

Los estadounidenses olieron la sangre y afilaron sus colmillos. Impíos y con un juego eléctrico y coral maniataron y zarandearon a los españoles en un gran segundo cuarto. Los infinitos brazos de Scott, la finura y precisión de Williams y el martillo pilón de Bell abrían una brecha considerable al descanso (22-39). 17 puntos de diferencia, una mochila demasiado pesada. A la vuelta de vestuarios continuaron los mismos problemas para el equipo español, sin pólvora y con porcentajes paupérrimos en tiros. Y la trituradora americana seguía traqueteando con veloces transiciones que ejecutaba un Brian Bell desatado (33-57).

El último cuarto fue un mero trámite, aunque España tiró de orgullo para maquillar el resultado gracias al impulso heroico de Ignacio ‘Pincho’ Ortega con nueve puntos y a la aportación de Dani Stix, Óscar Onrubia y Zarzuela. Al final, derrota por 52-66. Toca resetear y olvidar lo de este encuentro porque la selección aún no ha dicho su última palabra en Tokio, le queda una bala más en la recámara para estar en el podio. El domingo espera el partido por el bronce, Japón o Gran Bretaña será el rival.

FICHA TÉCNICA DEL PARTIDO:

España (52): Dani Stix (2), Pablo Zarzuela, Fran Sánchez Lara, Alejandro Zarzuela (17), Amadou Diallo, Jordi Ruiz (14), Asier García (4), David Mouriz, Óscar Onrubia (2), Ignacio ‘Pincho’ Ortega (9), Manu Lorenzo (4) y Agustín Alejos.

Estados Unidos (66): Jorge Sánchez, Jake Williams (16), Joshua Turek (2), Michael Paye (2), Matt Lesperance, Ryan Neiswender (2), Brian Bell (20), Matt Scott (12), Steve Serio (9), Nate Hinze, Trevon Jenifer (3) y John Boie.

Parciales: 14-15, 8-24, 11-18 y 19-9

Los tándems españoles se quedan sin medallas en Fuji

Fue llegar la lluvia a Fuji y el ciclismo español no volvió a saborear una medalla. Como si la niebla densa, el frío y el diluvio que se apoderó del circuito Speedway bloquearan las opciones de los corredores dirigidos por Félix García Casas. Ricardo Ten, Joan Reinoso o el Team Relay con Sergio Garrote, Luis Miguel García-Marquina e Israel Rider fueron los primeros en quedarse a las puertas del podio. Este viernes le ha ocurrido lo mismo a los tándems Christian Venge-Noel Martín y Adolfo Bellido-Eloy Teruel, que han sido cuartos y quintos, respectivamente, en la ruta.

En una prueba de extrema dureza por las condiciones meteorológicas, era cuestión de piernas, pero también de cabeza. Ambas parejas derrocharon energía, carácter, entereza mental y un esfuerzo supremo, aunque no fue suficiente para escalar a los puestos de medalla. Nueve vueltas, más de 118 kilómetros en un trazado de curvas peligrosas, en el que había que subir un tramo severo y con una lluvia insistente que acuchillaba cuando la bicicleta cogía velocidad de crucero.

Muy pronto cinco tándems tomaron la delantera, los anaranjados holandeses, los blancos españoles y el francés. Venge y Martín tuvieron que parar unos instantes por una avería mecánica y perdieron un minuto, pero enseguida volvieron a conectar con el grupo cabecero, en el que ya no estaban los neerlandeses Vincent ter Schure-Timo Fransen, que escaparon pronto y volaron hacia el oro en una enorme demostración de poderío.

A sus espaldas libraban una batalla las otras cuatro duplas, hasta que los también holandeses Tristan Bangma y Patrick Bos se fugaron para asegurar la plata. A falta de dos vueltas para el final, Bellido-Teruel quedaron descolgados y cuando parecía que el bronce se lo iban a disputar Venge-Martín y los franceses Alexandre Lloveras-Corentin Ermenault, estos dieron un latigazo y dejaron sin opciones de medalla a los españoles.

El castellonense y el abulense, vigentes campeones del mundo en ruta y que en Tokio habían ganado el bronce en la contrarreloj, finalizaron en cuarta posición con 3:07.25. En quinto lugar llegaron Bellido y Teruel, a quienes una vez más se les resiste los metales. El ciclismo español se despide de los Juegos Paralímpicos con seis medallas, mejorando la actuación de Río de Janeiro 2016, donde se lograron tres. Sergio Garrote conquistó un oro y un bronce, Luis Miguel García-Marquina un bronce, Venge-Martín un bronce, Alfonso Cabello un oro y la velocidad por equipos (Ricardo Ten, Pablo Jaramillo y Cabello) otro bronce.

Juan Antonio Valle firma un diploma paralímpico en kayak

No pudo ser, la primera medalla del piragüismo español en unos Juegos Paralímpicos tendrá que esperar, al menos, un día más. Juan Antonio Valle ha firmado un diploma paralímpico en su debut en unos Juegos que sabe agridulce porque llegaba con ambición y con aspiraciones a medalla. La embarcación del extremeño solo ha podido ser séptima en la final del KL3 200 metros en el canal Sea Forest Waterway.

Tras clasificarse para las semifinales, lo primero que le tocó al palista del Iuxtanam Monteoro de Mérida fue buscar con el kayak una plaza para pelear por las medallas, algo que consiguió con comodidad y controlando la situación, pese a lidiar con el viento que soplaba en la bahía tokiota. Fue segundo de su serie con un tiempo de 41.469 que le permitía estar entre los ocho mejores de los Juegos en su categoría.

Una hora y media después regresaba al portón de salida para afrontar bajo el cielo plomizo y una lluvia incesante una final que se disputó a machete. Poco más de 40 segundos de sprint en el que el español peleó con denuedo cada palada, pero fue insuficiente para escalar hasta las posiciones de podio. Cruzó la imaginaria línea de meta en 42.513 segundos para acabar en el séptimo puesto.

El oro fue para el ucraniano Serhii Yemelianov (40.355), quien mantiene la corona que ya consiguió en Río de Janeiro 2016, la plata se la llevó el ruso Leonid Krylov (40.464) y el bronce el británico Robert Oliver (41.268). Valle lleva dando paladas en las aguas del río Guadiana desde los 14 años y hace casi seis, una lesión de espalda le obligó a parar. Fue operado en dos ocasiones, con el resultado de daños en el nervio ciático y una parálisis en el pie izquierdo. Aquello le cerraba una puerta, pero supo abrir otra a través del piragüismo adaptado, en el que se ha convertido en uno de los mejores del mundo. En Tokio no ha podido ser, pero ya piensa en París 2024.

Los otros dos representantes españoles que han competido en esta jornada han disputado las finales B. El balear Adrián Castaño terminó en la tercera plaza con 55.539 en KL1, mientras que Adrián Mosquera fue sexto en KL3 con 47.642. El gallego sí tratará de pelear por las preseas este sábado en canoa VL3, embarcación con la que ya ganó un oro en mayo en la Copa del Mundo de Szeged (Hungría) y una plata en el Europeo de Poznan (Polonia). Otro piragüista que aspira a los metales es el bilbaíno Higinio Rivero en VL2, prueba en la que esta temporada logró el bronce en Szeged y en el campeonato continental. Por su parte, la extremeña Inés Felipe tratará de hacer un buen papel en KL2.

Héctor Cabrera caza el bronce paralímpico con la jabalina

El pasado verano, solo unos minutos después de certificar su billete para los Juegos Paralímpicos, Héctor Cabrera se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Llegó a pensar que no llegaría a Tokio ya que la lesión fue un calvario para él tras meses en los que las molestias se fueron alargando. Pero el valenciano está hecho de otra pasta y nada iba a detener su objetivo. Bajo el diluvio en el Estadio Nacional de la capital nipona ha cazado un bronce en lanzamiento de jabalina F13.

Sin zapatillas para la lluvia, algo que tampoco condicionó mucho cada carrera por el pasillo, el atleta español confirmó que había recuperado a tiempo ese ‘feeling’ con el artefacto cuando en su primer intento alcanzó los 61.13 metros, quedándose a poco más de tres metros del récord del mundo que él posee con 64.89 en F12 (deportistas con deficiencia visual). El metal ya estaba en el bolsillo y, por tanto, mejoraba el resultado cosechado cinco años antes en su debut en Río de Janeiro, donde fue quinto.

Mentalmente se encontraba mejor que hace un par de meses, cuando seguía sin recuperar sensaciones y sin verse con marcas competitivas. Le vino bien abrir su participación en Tokio en lanzamiento de peso para ganar en confianza y para darse cuenta de que físicamente estaba fuerte. El optimismo de Cabrera volvió a dibujarse en su rostro cuando sobrepasó la barrera de los 60 metros en su estreno. Grito de rabia que se escuchaba en las gradas vacías, golpes en el pecho y una sonrisa pícara como señal de buen presagio.

La estrategia del bicampeón de Europa funcionó, había que desplegar todo el potencial y la energía que llevaba en sus entrañas en ese primer intento para asegurarse un puesto en el podio. Luego trató de corregir aspectos en la técnica, pero se quedó en 59.95, después hizo nulo, subió hasta 60.77 y en los dos últimos, sabiéndose ya medallista, se quedó en 51.90 y 54.11 metros. Solo dos rivales estuvieron con registros más elevados, el británico Daniel Pembroke (oro con 69.52) y el iraní Ali Pirouj (plata con 64.30), ambos pertenecientes a la clase F13 y, por tanto, que tienen mayor visión.

“Sabíamos a lo que veníamos, hace años que nos pegamos con gente de una categoría superior, pero es lo que hay, nos toca ser mejores que ellos. La rodilla me duele a rabiar, hicimos un vendaje extrafuerte y salió bien. Por las circunstancias en las que llegaba estoy muy contento con el bronce, me sabe a oro. En Río 2016 dije que si conseguía medalla en Tokio se la dedicaría a mi abuelo, que falleció, así que va para él, mi referente”, ha expresado el pupilo de Juanvi Escolano.

Después de una larga y dura temporada, Cabrera, que sufre Síndrome de Stargardt desde pequeño -tiene un 5% de visión-, está deseando regresar a casa para cogerse unas vacaciones y desconectar del deporte. Eso sí, ya piensa en los próximos Juegos: “El nivel cada vez va subiendo más, pero mi intención es llegar a París 2024 y pelear por medallas”. Con su bronce, el Club Correr El Garbí ha hecho pleno en Tokio, ya que sus otros dos deportistas también se han colgado preseas: Kim López, un oro y Miriam Martínez, una plata en lanzamiento de peso.

Una colosal Marta Fernández pone el epílogo con un bronce

De apetito insaciable y dotada con una calidad y versatilidad que le distingue, Marta Fernández ha brillado con luz propia en su debut en unos Juegos Paralímpicos. Con tres medallas ha sido la deportista española más laureada en Tokio. La burgalesa ha puesto el epílogo perfecto a una actuación colosal en la piscina de Tokio con un bronce en 50 libre S4, que se suma al oro en 50 braza SB3 con plusmarca nacional y a la plata con récord del mundo en 50 mariposa S4.

Sin hacer apenas ruido, el trabajo ingente que venía realizando en el Centro Río Esgueva de Valladolid con Raúl Carrasco y Javier Alonso comenzó a dar sus frutos el verano pasado. Sus marcas y los siete metales que conquistó en el Europeo de Funchal (Portugal) en mayo vaticinaban que estaba para hacer algo grande en la capital tokiota, pero las expectativas las ha superado con creces en su debut.

Sin que le atenazase el vértigo por su condición de neófita en una cita paralímpica, Marta ha firmado un papel espectacular en el Centro Acuático embolsándose una medalla tras otra. Su nado es como el de un tiburón, ágil, ligero y amenazante. La ambición le arde en su interior y después de ganar un oro y una plata lo ha vuelto a confirmar cerrando una competición prodigiosa con un bronce tan grande como su entrega.

En la final del 50 libre S4 salió por la calle cuatro, siendo la única de las ocho participantes que nadó a mariposa. A pesar de que su reserva de energía estaba al límite, valiente y decidida luchó con denuedo para ponerse en cabeza hasta la mitad de la prueba, cuando la australiana Rachael Watson aceleró a su izquierda para llevarse el oro con récord paralímpico (39.36). La italiana Arjola Trimi se hizo con la plata y con la plusmarca mundial en S3 (40.32), mientras que la española alcanzaba el bronce al tocar la pared en 40.85 segundos, que supone nuevo récord de España.

“Era una prueba muy dura, pero estoy muy contenta. Tres medallas es una locura, además de la experiencia con el equipo, que ha sido espectacular. Estoy feliz, me tomaré unos días de descanso para celebrarlo y después a entrenar para pensar ya en París 2024”, ha comentado con una voz henchida de satisfacción.

La nadadora del CD Fusion, club que preside Geles Fernández Lebrero (cinco veces medallista paralímpica), se siente poderosa y sin límites en el agua a pesar de la enfermedad neurodegenerativa que tiene y cuya espasticidad va cada vez a peor. Nació hace 27 años con tetraparesia espástica, que le afecta a todo el cuerpo y es de carácter progresivo. Con tres años dio sus primeras brazadas, era la mejor rehabilitación para sus extremidades. Esta temporada ha mudado la piel para llegar a convertirse en una de las protagonistas de la piscina japonesa.

Sarai Gascón remonta hacia el bronce en 100 mariposa

Hasta tres rivales llegaron a poner sobre ella un cuerpo de distancia en el viraje. Su gorro fue el cuarto en aparecer tras el subacuático, pero quedaba un largo por nadar y Sarai Gascón empezó a desplegar su poderío, bravura y talento para agitar el agua de la piscina de Tokio. En el último 50 encendió la turbina, la remontada había empezado, clavando cada aleteo con la seguridad de que llegaría a tiempo a la pared para dar el zarpazo. Y así fue, bronce con 1:08.43 en 100 metros mariposa S9.

Por solo 44 centésimas, una uña, le arrebató el tercer puesto a la británica Toni Shaw. Como dice su entrenador en el CAR de San Cugat, Jaume Marcé, “es un killer” que nunca falta a su cita con los metales en las grandes competiciones. Lleva desde 2006, cuando era una niña, coleccionando preseas y a sus 27 años continúa en lo más alto de la natación. Cada temporada surgen rivales más fuertes que amenazan con bajarle del podio, pero la catalana sigue engullendo medallas y plantando batalla.

Hace dos jornadas ganó la plata en 100 libre S9 con récord de Europa (1:02.77), aunque no había dicho su última palabra en el Centro Acuático de la capital japonesa. Era consciente del difícil reto que se le presentaba, para estar en los puestos de privilegio debía dar su mejor versión por el gran nivel de sus adversarias. Pero ella no se arruga ante la presión, a donde ya no le llega el cuerpo le alcanza la mente. Se sentía con confianza y lo demostró en el agua.

Pasó el primer 50 en 31.90 segundos, cuarta por detrás de la húngara Zsofia Konkoly (oro con 1:06.55), de la estadounidense Elizabeth Smith (1:08.22) y de la neozelandesa Sophie Pascoe, a la que cazó en la vuelta. Ese esfuerzo supremo en los metros finales fue lo que le permitió lograr el bronce, su octava medalla en unos Juegos Paralímpicos (seis platas y dos bronces). En sus vitrinas también tiene 17 metales mundiales y 36 europeos. Con su bronce, España iguala en Tokio las 31 medallas que cosechó en Río de Janeiro 2016.

“Estoy muy contenta, era una prueba que en estos últimos años me estaba costando competirla a ritmos altos, no la había preparado porque mis opciones más grandes eran en libres, pero he llegado fuerte, me he visto delante, tenía que luchar hasta el final y cuando llegué a la pared y vi las luces encendidas no me lo creía. Sabía que las otras iban a pasar delante de mí porque son más rápidas en el primer parcial, pero luego la vuelta la hago muy bien, doy el 120% de mí y gracias a eso he conseguido medalla”, ha comentado.

“Después de Río no pensaba que participaría en mis cuartos Juegos, me voy súper feliz. A partir de ahora iré mirando año tras año, soy de las nadadoras más mayores, pero mientras vea que pueda seguir dando guerra ahí estaré, quedan tres años para París 2024 y ojalá pueda llegar”, ha añadido Sarai Gascón, una de las joyas de la natación española, una guerrera que siempre lucha hasta el último aliento.

Un mermado Álex Vidal cae con honor en el tapiz de Tokio

Sonó ‘Are You Gonna Go My Way’ de Lenny Kravitz en el Makuhari Messe Hall de Tokio, un centro de convenciones gigantesco. Justo después saltaba al tapiz Álex Vidal, cuatro veces campeón del mundo y de Europa, con una sonrisa dibujada en su rostro. Peto y casco rojo, unos saltitos y a pelear. En ese momento se convertía en el primer taekwondista español en competir en unos Juegos Paralímpicos. Lo ha hecho pese a su maltrecha rodilla derecha, pero nadie iba a impedirle hacer historia.

Tampoco el tener que competir en una categoría superior (K44 -61 kilos) ante rivales con menor discapacidad. A sus 39 años, al gallego le llegaba la oportunidad que tanto ansiaba y nada iba a frenarle. En abril se rompió el ligamento cruzado anterior y parecía que el sueño se escapaba, pero con una demostración de pundonor, orgullo, perseverancia y ambición se recuperó a tiempo para llegar a la capital nipona.

Arrancó el torneo frente al egipcio Mohamed Elzayat, al que llegó a dominar hasta el inicio del tercer asalto (11-8). Aunque se hizo daño en la rodilla tras un mal apoyo y lo notó en el tramo final, cuando su adversario lo aprovechó para imponerse por 11-17. Los servicios médicos del Comité Paralímpicos Español le atendieron, no estaba en las mejores condiciones para competir, pero él nunca claudica, le infiltraron y se presentó a la repesca.

En el segundo combate le esperaba el mongol Bolor Erdene Ganbat, un hueso duro, primer cabeza de serie, que no le dio opciones (33-11), aunque el de Ribeira (A Coruña) desplegó su osadía en todo momento. “En el primer combate iba bien, moviéndome y yendo por encima en el marcador, pero en un gesto en el cuerpo a cuerpo me ha empujado y noté el clic y ya no pude hacer mi taekwondo, que es de mucha movilidad. Hace cuatro meses no podíamos llegar aquí y gracias a los médicos hemos podido competir, antes me arrastraba”, ha explicado.

Vidal aprovechará para operarse y regresar al 100% ya que no tendrá pruebas importantes porque se ha cancelado el Mundial de China. “Me viene bien porque habíamos barajado aguantar, pero así no soy competitivo ni quiero frustrarme. Aquí podría haberme retirado, pero ya que dije que, aunque volviese cojo quería terminar sobre el tapiz lo que he empezado”, ha recalcado.

El gallego confía en que el taekwondo español crezca de cara a los próximos años. Ahora mismo solo están en la selección él, Dalia Santiago -se quedó en el Preolímpico a un punto de clasificarse para Tokio-, Aythami Santana y Joel Martín, de 17 años. Otro referente, Gabriel Amado, ocupará a partir de ahora el cargo de seleccionador tras la marcha de Rafa Alcázar, pionero en desarrollar esta modalidad en España desde 2006.

El objetivo es que para los Juegos de París 2024 puedan clasificarse los cuatro deportistas. “Van cambiar las normas, en París van a meter cinco pesos, pero es un ciclo muy corto. Tenemos que conseguir un volumen de gente donde todos los pesos estén representados y no sólo con un competidor para que la rivalidad suba y seamos más competitivos a nivel internacional”, ha apostillado.

Un extraordinario Ricardo Ten finaliza décimo en la ruta

Ricardo Ten es una bendición para el ciclismo. Dejó la natación tras dos décadas de éxitos y en apenas cuatro años sobre una bicicleta se ha erigido en uno de los mejores del mundo, con varios maillots arco iris en carretera y en la pista. El valenciano no olvidará nunca los Juegos Paralímpicos de Tokio, porque se ha doctorado como ciclista, por ser el abanderado español, por el bronce en la velocidad por equipos y también por el infortunio que le dejó sin opciones de medalla en varias pruebas.

En la persecución en el velódromo de Izu, el cambio de categoría del canadiense Tristen Chernove a C1 le restó posibilidades de subir al podio y fue cuarto. Luego, un golpe de calor le impidió acabar la contrarreloj cuando enfilaba con buenos tiempos hacia las preseas. Y en la ruta no solo ha tenido que lidiar con rivales de C2 y C3 -menor discapacidad que la suya-, sino también con el diluvio que ha caído en el circuito Speedway de Fuji. Su extraordinaria actuación no encontró la recompensa de las medallas tras finalizar décimo a menos de 10 segundos del altar paralímpico.

En una prueba de mucha dureza que se convirtió en un ejercicio de supervivencia, Ten mostró un coraje y pundonor propios de los corredores de tronío. Hacían falta una mentalidad de hierro y piernas poderosas para sobreponerse a los elementos, a la niebla densa y a más de dos horas de lluvia incesante. Nada se le puede reprochar a este titán del deporte, que se entregó en cuerpo y alma hasta cruzar la línea de meta.

Tras la primera vuelta completada, el español rodaba en el grupo de una veintena de ciclistas que marchaban en cabeza, en el que también se encontraba el aragonés Eduardo Santas (C3). La acumulación de agua en el asfalto aumentaba el peligro en un trazado exigente con curvas delicadas y peraltadas. A partir del kilómetro 20 el pelotón se fue desmenuzando y 11 deportistas se distanciaron del resto, entre los que se encontraba Ten, el único de clase C1.

Los británicos Benjamin Watson (oro con 2:04.23) y Finlay Graham (plata con 2:05.43) dieron un ataque y se marcharon solos, mientras que el valenciano se mantuvo en el grupo perseguidor hasta el final. Llegó a pensar en frenar y bajarse de la bici, pero mantuvo la calma, sin mirar atrás y pedaleando con orgullo. Al final entró en la meta en la décima posición con 2:11.15, a menos de 10 segundos del bronce que se llevó el francés Alexandre Leaute. Por su parte, Santas quedó 26º con 2:28.22.

“He demostrado que llegaba en buen estado de forma, quería irme con buen sabor de boca. Ha sido durísimo, ahora sí puedo decir que me he doctorado como ciclista. No ha parado de llover y en algún momento fue peligroso, lo he luchado. Alguna vez se me pasó por la cabeza abandonar, pero el estar en unos Juegos es especial, hay que demostrar respeto a compañeros que no han venido y hay que sufrirlo hasta el final. Me vine arriba creyendo que podía coger diploma, pero no nos ha sonreído la fortuna, hay que seguir peleando”, ha comentado Ten, un genio, un fenómeno que rompe moldes.

La suerte le da la espalda a Joan Reinoso, que firma otro cuarto puesto

En su estreno en los Juegos Paralímpicos se había quedado a las puertas de las preseas, a 23 segundos del podio en la contrarreloj y quería desquitarse en la ruta, pero otra vez se ha tenido que conformar con la medalla de chocolate. La suerte tampoco ha sonreído a Joan Reinoso, que ha finalizado la prueba en línea en triciclo T1-2 en el cuarto puesto en el circuito Speedway de Fuji.

Ya desde la primera de las dos vueltas al trazado (un total de 26.4 kilómetros), el balear se escapó con el chino Jianxin Chen, con el belga Tim Celen y con el colombiano Juan José Betancourt. Bajo la lluvia incesante que caía, el español iba lanzado hacia las medallas, pero al poco de empezar la última vuelta se salió el colombiano y arrastró a Joan, que tuvo que echar pie a tierra.

Con la ayuda de Ricardo Ten y de un fisioterapeuta de la selección española volvió a subirse al triciclo para reanudar la marcha, pero ya le habían pasado varios ciclistas. Aun así, el de Inca (Mallorca) no claudicó y continuó pedaleando con garra y energía. Alcanzó a algunos rivales, aunque fue insuficiente para escalar hasta el podio. Si la prueba hubiese durado una vuelta más habría logrado el bronce.

“Las sensaciones han sido muy buenas durante toda la carrera, las piernas respondían, pero se ve que la suerte no ha estado a nuestro favor. En la crono tuve un fallo mecánico y uno mío al comerme una curva. Hoy, el colombiano ha patinado y hemos caído todos. Los que iban descolgados se han encontrado la carrera a su favor, he intentado subirme rápido y entre los nervios y que la cadena no quería entrar, perdí un minuto. Intenté remontar, pasé a unos cuantos, pero no ha bastado”, ha lamentado.

No ha tenido su mejor debut en unos Juegos Paralímpicos el vigente campeón del mundo de la contrarreloj en categoría T2, que llegaba cargado de confianza y muy fuerte físicamente. Solo el infortunio le ha privado de colgarse una medalla. Para él, lo de rendirse no forma parte de su diccionario, no lo hizo cuando sobrevivió al impacto de un rayo y desafió a las secuelas que le provocó, como problemas de equilibrio o de psicomotricidad. Tuvo que empezar desde cero y el ciclismo fue su mejor aliado. En Tokio no ha podido ser, pero seguro que lo dará todo en el siguiente ciclo para llegar a París 2024 y luchar por los metales.

Quinto puesto para el Team Relay

El Team Relay formado por Sergio Garrote, Luis Miguel García-Marquina e Israel Rider no ha podido lograr una medalla que ansiaba y a la que apuntaba tras los buenos resultados que venía cosechando en mundiales y pruebas de Copa del Mundo. El equipo español lo dio todo sobre el asfalto, pero solo pudo terminar en la quinta plaza con un tiempo total de 54.14. El oro fue para Italia, la plata se la llevó la sorprendente Francia y el bronce fue para Estados Unidos.

Miriam Martínez, una plata con el peso de su fuerza y bravura

Hace más de dos años, cuando Miriam Martínez aprendía a volver a andar y daba sus primeros pasos atada a una goma que sostenía su padre, se giró a este y le espetó: ‘¿Te imaginas si algún día voy a unos Juegos Paralímpicos?’. Su progenitor rompió a llorar. Hoy, Jaime Martínez, que fue mediofondista, quizás haya derramado lágrimas, pero de emoción al ver a su hija en el podio de Tokio con una plata. La alicantina se ha colgado la medalla en lanzamiento de peso F36 gracias a su fuerza, coraje y espíritu indomable.

En toda situación negativa anida una oportunidad, la clave está en encontrarla y eso fue lo que hizo Miriam a través del atletismo. En 2018 le sobrevino un daño cerebral que le dejó paralizado parte del cuerpo. “Fue de golpe y porrazo, empecé a sentir unos hormigueos en la cara y lo achaqué al ritmo de vida. Luego pasó a la pierna, me afectó al tragar, al control de esfínteres y perdí visión. Me diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa, tengo afectación en las extremidades”, explicaba en una entrevista con este medio.

No podía ni mantenerse en pie, pero su mayor preocupación era cuándo volvería a correr. Su pasión era el fútbol sala y llegó incluso a jugar en Primera División. “Los mensajes de los médicos eran negativos, me decían que si caminaba ya me podía dar por satisfecha. Desde el primer minuto supe que no habría poción mágica y que el deporte sería mi medicina. Eso fue lo que me salvó”, aseguraba.

Lleva menos de un año en el círculo de lanzamiento y su progresión ha sido meteórica. La mano que la pule cada día es Ainhoa Martínez, una de las mejores lanzadoras de España, que se ofreció a ser su entrenadora y encajaron a la perfección. Y entrena en el Club de Córrer el Garbí junto a dos referentes del atletismo, Héctor Cabrera y Kim López -doble medallista de oro paralímpico-.

Estajanovista del esfuerzo y del trabajo, gracias a su porfía ha demostrado no tener límites. Venía de ganar el Europeo en Bydgoszcz (Polonia) y en Tokio ha desplegado su potencial para colarse entre las mejores lanzadoras y poner al peso español en órbita. Ya en el primer intento se acurrucó la bola de acero de tres kilos y la hizo volar hasta los 9.62 metros, mejorando en seis centímetros su mejor marca personal. Ese registro fue una barrera insuperable para sus perseguidoras y solo se inclinó ante la rusa Galina Lipatnikova, que alcanzó los 11.03 metros.

En los tres siguientes estuvo por encima de los nueve metros (9.39, 9.60 y 9.30). En el quinto hizo nulo y cerró su concurso con 8.99. Le sacó 26 centímetros a la china Wu Qing, que consiguió el bronce (9.36). “Todavía parece que no haya puesto los pies en el suelo y es un sitio del que no me quiero bajar, donde soñaba estar hace tres años. La vida me cambió y ahora mismo me acaba de cambiar otra vez. Estoy que no me lo creo”, ha recalcado la alicantina.

“Hace un par de años lo hablaba con mi padre, caminábamos por primera vez y decíamos que ojalá pudiese ir a unos Juegos, pero era algo que se nos quedaba muy grande. Por entonces es que ni siquiera pensaba que podría caminar. Siempre he amado el deporte, él también, esto es un sueño, hoy he puesto más el corazón que otra cosa”, ha añadido la atleta.

Miriam ha asegurado que no iba sobrada de energía en estos días previos a la competición, ya que por su enfermedad sufre brotes por los daños cerebrales y cada día tiene que reinventarse y adaptarse a nuevas situaciones. Por ello, si quería coger medalla tenía que poner su cuerpo al límite y dar lo mejor de sí misma en el primer lanzamiento.

“He gastado todos los cartuchos en el primero, después intenté mejorarlos, pero las piernas estaban fallando bastante hace días. Gracias a los médicos que tenemos aquí, que son enormes, han hecho que el primer intento fuese muy bueno y he tenido la cabeza muy fría. Se lo dedico a mi familia, hemos vivido malos momentos, pero, aunque nos cambie la vida, al final puede acabar en algo maravilloso”, ha explicado.

Nuria Marques se cuelga el bronce en 200 estilos

Su brillante sonrisa esconde una ferocidad en cuanto se enfunda el bañador y el gorro. Núria Marquès es una joven risueña, alegre y humilde, pero se vuelve despiadada cuando se lanza al agua. En la piscina es insaciable, una nadadora inconformista que siempre busca mejorar y arañar décimas al crono. En el Centro Acuático de Tokio está dejando su impronta a base de medallas, primero con una plata en 100 espalda S9 y, ahora, con un bronce en 200 estilos SM9. Es su segunda presea en los Juegos Paralímpicos.

Sobre el poyete tensaba los músculos, se ajustaba las gafas y miraba al horizonte con hambre, sabía que tenía una oportunidad de volver a subir al podio en la capital nipona y no quería fallar. Por la calle tres pasó el tramo de mariposa en tercera posición y en espalda, su especialidad, alcanzó a la húngara Zsofia Konkoly. Aguantó ese segundo puesto con el nado a braza, aunque tras el último viraje se vio adelantada por la magiar.

En el de libre, la catalana aumentó la frecuencia de sus ciclos de brazada y desencadenó toda su potencia de reserva porque por la calle 8 venía lanzada Sarai Gascón, su compañera de equipo en el CAR de San Cugat. Núria desplegó su envergadura para poner el agua de la piscina tokiota en ebullición y lanzó un ataque final para cazar el bronce con un tiempo de 2:35.64. El oro fue para la neozelandesa Sophie Pascoe (2:32.73) y el bronce para Konkoly (2:33.00). Sarai, que en la jornada anterior ganó la plata en 100 libre, se quedó a las puertas de su segundo metal tras ser cuarta con 2:37.62.

“La prueba ha sido muy difícil, la había preparado y ha salido bien. Lo he dado todo hasta el final y no puedo estar más contenta, con dos medallas en estos Juegos. Llevo ya muchos campeonatos detrás con buenos resultados y como deportista de alto rendimiento siempre quiero estar al máximo nivel, para eso trabajo. Estoy con muchas ganas e ilusión para lo que queda”, ha explicado.

Núria Marquès aún puede ampliar su botín en Japón ya que le queda el relevo 4×100 estilos femenino 34 puntos. De momento, posee ya cuatro medallas paralímpicas (ganó un oro en 400 libre y una plata en 100 espalda en Río de Janeiro 2016), además de 12 preseas mundiales y 16 europeas. Un currículum estelar pese a su juventud, gracias al trabajo que realiza en Barcelona a las órdenes de Jaume Marcé.

Álvaro Valera y Jordi Morales, una pareja de bronce en Tokio

Por primera vez desde Barcelona’92 el tenis de mesa español no conseguía medallas en la prueba individual en unos Juegos Paralímpicos. Pero quedaba la competición por equipos, una reválida para los palistas. Y ahí resurgieron de sus cenizas Álvaro Valera y Jordi Morales, una pareja fiable y prodigiosa que lleva más de 20 años cosechando éxitos. El andaluz y el catalán se redimieron de su eliminación en singles con una presea de bronce.

Se conocen a la perfección, forman un gran doble, compacto y sin fisuras con un laureado palmarés: tricampeones del mundo (Gwangju 2010, Pekín 2014 y Bratislava 2017), cinco oros europeos, el último en Helsinborg en 2019, y medallistas de plata en los Juegos de Londres 2012. Ambos, con una movilidad muy reducida por sus discapacidades, se conocen muy bien, solo con una mirada saben qué necesita el otro. Esa complicidad se vio reflejada en la mesa del Gimnasio Metropolitano de Tokio, donde desplegaron un gran juego en cuartos y también en semifinales.

En el primer cruce frente a Egipto vencieron con claridad por 2-0 para asegurar el bronce. En el dobles, Valera y Morales se impusieron por 3-0 (11-6, 11-5 y 11-7) a Ibrahim Hamadtou y Sayed Youssef. En el siguiente encuentro el de Esparreguera (Barcelona) se deshizo de Hamadtou por la vía rápida, en apenas 13 minutos, tras ganar por 3-0 (11-1, 11-1 y 11-3).

En semifinales no tuvieron la suerte de cara y cayeron ante Gran Bretaña por 1-2. Y eso que la dupla española arrancó fuerte con un triunfo épico en dobles ante William Bayley y Paul Karabardak por (3-2 11-4, 11-8, 1-11, 10-12 y 17-15) en casi una hora de partido. Después, Morales cayó por 0-3 (12-14, 8-11 y 8-11) frente a Bayley y en el partido decisivo, Valera acarició el triunfo, pero acabó perdiendo con Karabardak por 2-3 (11-5, 7-11, 12-14, 11-5 y 9-11).

“Aún estoy procesando el resquemor de este partido, el deporte a veces es cruel, hemos vivido momentos de gloria y hoy ha tocado vivirlo desde el otro lado. Ver cómo se me escapaba un partido que tienes en la mano es difícil, pero toca reponerse y hacer una lectura positiva de la medalla. A pesar de los años, seguimos siendo medallistas paralímpicos”, ha apuntado Valera, que amplía su cosecha en los Juegos. Fue oro en Sídney 2000, bronce en Pekín 2008, doblete plateado en Londres 2012, plata en Río 2016 y ahora bronce en Tokio.

“Soñábamos con lograr una medalla, pero aspirábamos a algo mejor, queríamos vivir la experiencia de jugar con China en la final y nos sabe a poco. Con el paso de las horas este bronce irá sabiendo mejor”, ha añadido Morales, que ha sumado su tercera presea paralímpica tras el bronce en Atenas 2004 y la plata por equipos de Londres 2012.

Ambos palistas confían en alargar unos años más sus carreras y pelearán en el próximo ciclo para llegar a los Juegos de París 2024. “Las decisiones no se pueden tomar en caliente, pero haremos el esfuerzo para llegar hasta allí, estamos aún en el podio, así que aguantaremos”, ha apuntado el catalán. “Está más cerca de lo previsto, hemos salido de aquí con medalla, el año que viene habrá Mundial y sería bonito llegar a París y hacer el último baile”, ha terciado el sevillano.

Menos suerte tuvieron los otros representantes españoles ya que Iker Sastre y Miguel Ángel Toledo perdieron en cuartos de final por equipos de clase 1-2 ante los surcoreanos Jin Cheol Park y Soo Yong Cha por 2-0, y José Manuel Ruiz y Juan Bautista Pérez hicieron lo propio en los octavos de final de la clase 9-10 al caer por 2-0 frente a los británicos Joshua Stacey y Ashley Facey Thompson.

El ‘gladiador’ Dani Caverzaschi, diploma paralímpico en el Ariake Park

Tras más de una década compitiendo en pistas de todo el mundo, las ruedas de su silla siguen dejando surcos de su casta, garra, talento y enorme ambición en cada escenario que pisa. Dani Caverzaschi encarna el trabajo duro, el sacrificio, la perseverancia y el no rendirse jamás. Esos valores le han granjeado una de las mayores recompensas en su carrera, un diploma en los Juegos de Tokio, convirtiéndose en el tenista español que más lejos ha llegado en una cita paralímpica en singles. En Río de Janeiro 2016 también quedó entre los ocho mejores en dobles junto a Martín de la Puente.

Un valioso logro para el jugador revelación del torneo, siendo el único de los cuartofinalistas que no aparece en el Top 8 del ranking ITF. Un resultado de gran valor ante un panorama nada halagüeño y bajo un examen de resiliencia y tenis al límite por las condiciones climatológicas de la capital nipona. Altas temperaturas y mucha humedad, con más del 80%, marcan una competición cuyos partidos se vieron retrasados.

Jornada tras jornada el madrileño ha sido una de las grandes sensaciones en el Ariake Tennis Park, un gladiador en un coliseo en el que las enormes chicharras ponían la banda sonora. Exprimiendo su físico al límite, con su eléctrica movilidad de silla y con las andanadas que brotan de su zurda, Caverzaschi fue tumbando a rivales. El primero en caer fue el británico Dermot Bailey por 6-2 y 6-0. Después despachó al sudafricano Evans Maripa por 6-2 y 6-4.

En octavos protagonizó una de las mejores actuaciones de su trayectoria deportiva. Delante tenía a Joachim Gerard, número tres del mundo y campeón este año del Open de Australia y de Wimbledon. Un ‘coco’ ante el que había perdido en sus siete enfrentamientos anteriores. Pero si hay algo que tiene el español es su entrega, jamás se arredra ante nadie y pelea cada bola hasta el final. En el primer set remontó un 1-3 (6-3) y en el segundo sorprendió al belga para imponerse por 6-4.

En cuartos le esperaba el holandés Tom Egberink, con quien había perdido en cuatro de cinco partidos. El encuentro se tuvo que atrasar más de tres horas por la lluvia y al final se disputó en la pista central, que es cubierta. El choque arrancó con fuego desde la bola inicial, fue una lucha cuerpo a cuerpo entre dos titanes, Dani golpeó primero, muy firme al servicio, con arrojo y buen juego de fondo.

Tuvo opciones de llevarse el primer set, pero el tenista holandés se repuso para imponerse por 6-4. En el segundo no supo cómo hincarle el diente a su adversadio, que metió la directa con un 4-0. El madrileño siguió peleando, nunca se da por vencido, pero Egberink no falló y sentenció el duelo por 6-3.

“Estoy un poco decepcionado, vengo de una semana muy buena, me planté en cuartos con varias sorpresas y quería más, soñaba con algo más. Tenía muy claro lo que tenía que hacer en el partido, pero mi rival jugó muy centrado y con una táctica que no me esperaba, con mucho cortado abajo por el revés y me dificultaba hacer mi juego. No supe gestionar los problemas, me ha sabido anular y dominar y esto es lo que hay cuando te enfrentas a los mejores y no estás espabilado”, ha comentado Caverzaschi, el tenista español que más lejos ha llegado a unos Juegos Paralímpicos en la prueba individual.

España tumba a Alemania y peleará por las medallas en Tokio

El baloncesto al ritmo de Asier García, de su magia y de su ambición suele ser maravilloso. Y si a su lado tiene a escuderos como Jordi Ruiz, un ‘killer’ de cara al aro (24 puntos), Alejandro Zarzuela (11 puntos y 9 rebotes), Amadou Diallo, Manu Lorenzo o Dani Stix, la selección española de baloncesto en silla de ruedas es aún más potente y peligrosa. El bilbaíno ha liderado el triunfo de España frente a Alemania (71-68) y peleará, cinco años después, por volver a subir al podio en unos Juegos Paralímpicos.

El Ariake Arena de Tokio revivía aquella batalla de cuartos de final en Río de Janeiro 2016, en la que los españoles salieron victoriosos y luego ganaron una plata histórica. Otra vez lucharán por las medallas tras dejar al mismo rival en el camino en un partido muy duro que se resolvió en los instantes finales. En semifinales llega otro ogro, Estados Unidos, equipo que les privó del oro en la final de Río. Pero esta vez los americanos parecen más terrenales y asequibles. Y el combinado nacional llega lanzado, con confianza y ganas de revancha.

A España le costó entrar en el partido en el arranque, todo lo contrario le ocurrió a Alemania, que salió furiosa y atacando los espacios a gran velocidad. Dreimueller, Halouski con un triple y Böehme obligaron a Óscar Trigo a pedir el primer tiempo muerto (0-7). Vino bien el parón para resetear y ajustar piezas, sobre todo, en defensa. En su regreso a la pista mostró su colmillo con un parcial de 8-0 comandado por un inspirado Jordi Ruiz.

Sofocado el primer incendio, la conexión entre el de Terrassa, Asier García y Alejandro Zarzuela empezaba a funcionar. El pívot jerezano se hacía notar bajo el aro y el base bilbaíno repartía calidad con asistencias y puntos. Asier, el metrónomo de España, tiene el talento en las manos y el poder en la cabeza. Tras ello llegó un pequeño lapsus y Alemania lo aprovechó para volver a ponerse por delante (18-19). Apenas le duró unos segundos la ventaja ya que Ruiz y un tiro libre de Dani Stix dejaban el electrónico en 21-19 en el primer acto.

La selección española sonrió mediante su férrea defensa, presión y ayudas constantes. Esa es su energía que conecta el ataque, donde Zarzuela y Jordi Ruiz seguían acertados (25-19). Los germanos respondieron por medio de Boëhme y de Albrecht para igualar la contienda (25-25). Y de nuevo reapareció el revoloteo y los picotazos de Jordi Ruiz, un desatascador (30-25). El choque entró en un intercambio de golpes y Asier, con dos acciones de pura magia, daba oxígeno a los suyos. Amadou Diallo, en la penúltima jugada, elevaba la renta a seis puntos (40-34) al descanso.

A la vuelta de vestuarios el partido avanzó con tremenda igualdad, con ambos equipos sin darse tregua. Alemania estrechó el marcador por medio de Boehme y de Halouski, pero con un juego coral, transiciones rápidas y versatilidad en ataque, entre Asier García, Diallo y Jordi Ruiz mantenían las distancias (50-44) con el rival. En la pintura también sacaron músculo Ignacio ‘Pincho’ Ortega y Álex Zarzuela para dejar el resultado en 54-48 a falta de diez minutos.

Los alemanes no iban a claudicar fácilmente, sacaron todo su arsenal y también cualquier artimaña para sacar del partido a Asier García, el hombre que más daño les estaba haciendo. Como ya hiciera en el Europeo de 2017 en Adeje (Tenerife), el técnico alemán Nicolai Zeltinger solicitó a la mesa de oficiales una revisión de la altura de la silla del bilbaíno. En aquella ocasión, también en cuartos de final, les salió bien y Asier quedó desacalificado. Esta vez la jugada no se repitió.

La acción no hizo más que despertar a la bestia, encorajinado y espoleado, el base español enchufó seis puntos consecutivos, con dedicatoria para el banquillo visitante. Él habla en la pista (62-54). Manu Lorenzo se hizo gigante en la pintura con un par de rebotes y canastas para mantener los ocho arriba (68-60), pero un 2+1 y un triple de Bienek le daba emoción al encuentro (70-66). Tocaba sufrir y apretar los dientes. Jordi Ruiz anotaba desde el tiro libre, Dreimueller ponía el 71-68 y con 20 segundos de posesión Alemania pudo igualar, pero el triple de Bienek lo escupió el aro. España ya está semifinales, donde se medirá a Estados Unidos.

Ficha técnica del partido:

España (71): Dani Stix (1), Pablo Zarzuela (2), Fran Sánchez Lara, Alejandro Zarzuela (11), Amadou Diallo (6), Jordi Ruiz (24), Asier García (19), David Mouriz, Óscar Onrubia, Ignacio ‘Pincho’ Ortega (4), Manu Lorenzo (4) y Agustín Alejos.

Alemania (68): Phillip Schorp, Nico Dreimueller (9), Matthias Guentner, Christopher Huber (4), André Bienek (13), Tobias Hell, Jan Haller (2), Jan Sadler (4), Jens Eicke Albrecht (11), Thomas Böehme (16), Aliaksandr Halouski (9) y Joseph Bestwick.

Sergio Garrote amplía su cosecha en Tokio con un bronce

Tirando con sus brazos y pulmones exhibió un esfuerzo supremo y una gran entereza mental para atrapar un bronce en la ruta. Sergio Garrote continúa insaciable en su debut en unos Juegos Paralímpicos tras ampliar su cosecha en Tokio con una nueva medalla en el circuito Speedway de Fuji, solo 24 horas después de una titánica contrarreloj en la que se vistió de oro. El handbiker español todavía tiene opciones de un tercer metal con la prueba del Team Relay.

En un trazado exigente con tramos en los que se rodó muy rápido, con curvas peraltadas y delicadas y zonas de gran dureza y de constantes toboganes, el catalán desplegó su poderío para subir otra vez al podio. Desde la salida fijó su mirada en el italiano Luca Mazzone, su gran rival en los últimos años y al que venció en la crono por apenas 26 centésimas. Ambos se marcaron, se midieron, se controlaron y se desafiaron. Pero no contaban con la astucia del francés Florian Jouanny, quien aprovechó esa pugna entre los dos para zarpar muy pronto.

El galo protagonizó una fuga en los primeros kilómetros y voló hacia el oro (1:49.36). Por detrás, un duelo mano a mano entre Garrote y Mazzone, que se puso a rebufo del español y solo le daba relevos en las bajadas. El barcelonés, un especialista escalador, era quien tiraba en las subidas, pero no lograba despegarse de su perseguidor.

A mitad del recorrido (26.4 kilómetros) Jouanny continuaba cabalgando en solitario y ampliando la ventaja favorecido por la lucha que había a sus espaldas. En el tercer paso por la meta fue el italiano, un ‘viejo zorro’ curtido en mil batallas y cinco veces campeón del mundo, el que lanzó un ataque tras ver que Garrote había bajado un poco el ritmo. El español, con el combustible en reserva y viendo que las posibilidades de alcanzarle eran pocas, decidió dosificar en la última vuelta porque este jueves tendrá la prueba del Team Relay con Luis Miguel García-Marquina e Israel Rider.

Mazzone se llevó la plata con un tiempo de 1:53.43 y el catalán el bronce con 1:54.36. “No hay que despreciar ningún metal en unos Juegos, cualquier medalla aquí es una gran victoria. Estoy muy sorprendido con la victoria del francés que no entraba como favorito en mis quinielas ni para el italiano. Nos hemos llevado una sorpresa con su grandísima carrera en un circuito extremadamente duro. Me he entregado en la medida de lo que tenía, pero también con cabeza porque mañana tengo la tercera carrera por equipos”, ha explicado.

Hace 20 años Garrote tuvo una caída desde un andamio cuando trabajaba en la construcción y se quedó tetrapléjico. Él era un apasionado del ciclismo, pero se deshizo de sus bicicletas tras el accidente y decidió centrarse en la carrera de Medicina, que después dejó por la de Criminología. Hasta que la handbike se cruzó en su camino y decidió apostar por el deporte. El seleccionador español, Félix García Casas, lo reclutó en 2016 y desde entonces no ha parado de devorar medallas.

Lleva 18 preseas en Copa del Mundo y nueve metales en mundiales: dos bronces en Sudáfrica 2017, dos bronces en Maniago (Italia) 2018, dos platas en Emmen (Holanda) 2019 y tres platas en Portugal 2021. Es un ciclista insaciable que ya ha subido dos veces al podio en su bautismo en unos Juegos Paralímpicos, de los que se podría marchar con un triplete y, por tanto, como el español con más metales en Tokio si gana medalla con el Team Relay.

El tirador Juan Saavedra se queda a dos décimas del podio

A solo dos décimas de subir al podio se ha quedado Juan Saavedra en su debut en los Juegos Paralímpicos de Tokio. El gallego ha cuajado una gran competición en el campo de tiro de Asaka en carabina aire tendido 10 metros R3, una prueba que no es su fuerte, pero en la que ha terminado en cuarta posición.

En la ronda clasificatoria el deportista español accedió a la final con la cuarta mejor marca (634.6 puntos) de los 47 participantes. Mantuvo la fiabilidad y precisión apretando el gatillo en la final y cuando parecía que se iba a meter entre los tres mejores, tan solo dos décimas le separaron de las preseas. “Después de 80 disparos te lo juegas en uno, así de divertido es. Esta no es mi mejor prueba, así que estoy contento, en mi primera competición he llegado a la final y cerca de las medallas. La siguiente irá mejor”, ha expresado.

El pontevedrés ya no volverá a competir hasta el día 5 de septiembre, lo hará en 50 metros libre tendido R6, modalidad en la que hace unos meses batió el récord de España (625,7 puntos) y en la que este curso conquistó la presea dorada en la Copa del Mundo de Al Ain (Emiratos Árabes Unidos) y quedó cuarto en la Copa del Mundo de Lima (Perú).

Con el poso que da la experiencia, motivado y tras una temporada de buenos resultados, Saavedra se muestra ilusionado en sus quintos Juegos Paralímpicos. Ya logró una plata en Londres 2012 y en su mirilla tiene fijada la medalla. “Estoy en el mejor momento de mi carrera, el oro lo veo al alcance”, asegura.

José Manuel Franco: “El objetivo del Gobierno es equiparar las primas entre olímpicos y paralímpicos”

El presidente del Consejo Superior de Deportes (CSD), José Manuel Franco, ha recalcado este miércoles que el “deseo y objetivo del Gobierno es equiparar las primas concedidas al deporte olímpico y paralímpico” por sus éxitos. Año tras año se van dando saltos hacia una igualdad plena, aunque aún queda mucho camino por recorrer. Este curso se aprobó una subida de la cuantía económica por cada medalla conseguida en los Juegos Paralímpicos de Tokio, situándolos en más del doble de lo que se concedía en Río 2016.

Ahora, el Gobierno pretende dar un paso más, aunque no pone fecha de cuándo se producirá ese acercamiento con los olímpicos en materia de premios. «No sabemos cuándo se podrá conseguir, porque depende de temas presupuestario, pero con el paso del tiempo queremos equipararlas. No puedo comprometerlo a un plazo de tiempo, pero es nuestra meta”, ha expresado Franco a los medios de comunicación presentes en la capital nipona.

El objetivo “es continuar mejorando la calidad de vida de las personas con discapacidad y seguir apostando por el deporte paralímpico y por reducir las desigualdades. Tenemos ciertos complejos que debemos ir superando y uno de los caminos es esta apuesta clara”, ha añadido. Junto a él ha comparecido el presidente del Comité Paralímpico Español, Miguel Carballeda, quien ha reconocido que están muy satisfechos por cómo les están yendo las cosas al equipo español, muy cerca ya de igualar las 31 preseas de Río de Janeiro.

“Las medallas van coincidiendo un poco con las previsiones, pero os aseguro que el acojonamiento que teníamos cuando empezamos porque no teníamos excesiva información de cómo vendrían los rivales”, ha apuntado el dirigente del CPE. Carballeda ha incidido en que les está costando mucho conseguir sacar a gente joven y encontrar relevo en el deporte paralímpico.

“Pedirles entrenar cinco o seis horas en algo específico se está haciendo difícil, intentamos cada vez que sale un joven aprovecharlo y darle un futuro mejor. Este martes tuvimos cuatro medallistas nuevos, personas de futuro que van a conseguir que el deporte paralímpico siga manteniendo ese espíritu”, ha puntualizado. En este sentido, piensa que los Equipos de Promesas, como el de natación, atletismo, ciclismo o triatlón “están funcionando perfectamente. Pero queremos hacer más, trabajar con las comunidades para que se cuiden estas cuestiones, pero algunas cosas están muy difíciles y me preocupa que para Pekín (Juegos de Invierno del próximo año) nos estamos quedando sin deportistas y tenemos que intentar sacar chavales”.

Adi Iglesias impera en los 100 metros con un oro épico bajo la lluvia

Ni el tartán mojado ni la presión de sus primeros Juegos ni el empuje de sus rivales han podido frenar a Adi Iglesias, un relámpago sobre el tartán del Estadio Nacional de Tokio. La velocista española ha imperado con mano de hierro en los 100 metros lisos T13 tras protagonizar una épica remontada. La gacela de las trenzas doradas se impuso en un final de ‘photo finish’ que se decidió por solo tres centésimas.

La lluvia se abrió en el cielo de la capital japonesa y en los tacos de salida aguardaba la gallega con la mirada afilada de quien espera encontrar un tesoro al otro lado de la pista. Sonreía, con las fauces abiertas y demandando su alimento, tenía hambre de éxito y quería demostrar todo el potencial que lleva dentro. No tuvo una buena salida, algo que tampoco suele ser su punto fuerte, pero no pareció importarle.

Metro tras metro fue alargando su zancada tan rápida como un molinillo. Pura dinamita, puso el alma, el corazón y el fuego que tiene en sus piernas y comenzó a adelantar rivales hasta cruzar la meta. No sabe lanzarse con el pecho hacia la última línea, porque no la ve, sino que la atraviesa sin más. Al no ver por los lados, no supo que era la campeona hasta que no oyó por la megafonía su nombre. Con la bandera de España y su alegría celebraba el advenimiento de su reinado en los 100 metros.

Empeñada en seguir el camino de la grandeza, testaruda y perseverante, la atleta de Lugo, de 22 años y de sangre africana, ha hecho historia con un oro muy trabajado. Desde Pekín 2008, cuando Eva Ngui ganó dos bronces en 100 y en 200 metros, ninguna velocista española había vuelto a subir al podio en unos Juegos. “No me lo creo aún, era difícil porque por la mañana me lo pusieron complicado, no había dado mi 100% pero sabía que en la final podía ganar medalla. Salí peor que en las semifinales, muy regular, aunque me dije ‘Venga, dale fuerza’, quise remontar y darlo todo”, ha comentado.

En junio durante el campeonato continental de Polonia le cambiaron de categoría, aunque no se vino abajo, ella está acostumbrada a crecerse ante la adversidad. Ganó dos oros. “Al principio fue un palo porque me dejaron sin mínimas para los Juegos y tuve que volver a hacerlas, me llevé un cabreo, pero lo aproveché en el Europeo, donde salió bastante bien. No sabía las opciones que tenía, y aunque vayas primera en el ranking es difícil, no es lo mismo competir a nivel mundial que hacerlo a nivel paralímpico. Venía a pelear”, ha recalcado.

Aún le queda la prueba de los 400 metros, sin ser su fuerte, pero quiere ser optimista. “Es una prueba que considero que es para valientes, y aún no lo soy del todo, hay que tener mucha cabeza porque el trabajo del ácido láctico es complicado. No me esperé lo que hice en el Europeo -oro-, quiero dar lo máximo de mí. Ya tengo un oro y pase lo que pase me sabrá bien”, ha añadido.

Una carrera vital de fondo y con obstáculos

Pese a su bisoñez ha tenido que lidiar con muchas vicisitudes. Por eso Adi esprinta contenta, sin temor, solo soñando. A pesar de ser velocista, su carrera vital es de fondo y con obstáculos. Ya no queda drama en su rostro, ahora sonríe sobre el tartán, aunque su camino hacia la felicidad ha sido escabroso desde que nació con albinismo hace 22 años en Bamako (Malí). Una combinación peligrosa en un entorno donde dicha condición genética está perseguida y considerada maldita.

“Si me hubiese quedado allí, quizás hoy no estaría viva. Nos consideran gafes y hay cazadores que amputan una parte de tu cuerpo para venderlo como amuleto de fortuna o entierran el pelo para atraer la riqueza”, explicaba la joven en una entrevista con este medio. Creció sin salir de su barrio por temor a que fuese secuestrada como otros niños. Y en 2010 tuvo que escapar de un destino macabro por el hecho de ser diferente en el continente de las supersticiones.

Con 11 años abandonó África y tras convivir con un hermano suyo en La Rioja acabó en un centro de menores. Hace seis años se cruzó en su vida Lina Iglesias, profesora en Lugo, que decidió adoptar a aquella adolescente de piel blanca y cabello rubio. “Fue una tabla de salvación, ella siempre dice que le ha tocado una hija maravillosa y yo digo lo mismo, no podía haber dado con una madre mejor. Le estaré eternamente agradecida porque me ha dado una oportunidad para seguir viviendo”, decía.

Encajaron a la perfección y en una de sus primeras charlas salió el deseo de Adi por correr. “En mi país era impensable, apenas me movía entre dos calles. Me enamoré del atletismo cuando en mi aldea vi una competición por televisión, bueno, más bien eran figuras borrosas porque no veía bien. Iban muy rápidas y me encantó”, confesaba. Lina movió cielo y tierra para que su hija cumpliese el sueño de ser atleta. Hoy ha esprintado hacia la gloria con un oro paralímpico.

Marta Fernández reina en 50 braza SB3 con una exhibición

Tras varios años de trabajo en la sombra, en silencio, esperando su ocasión, Marta Fernández ha logrado eclosionar en el agua con resultados espectaculares. El talento que posee, la voluntad inquebrantable y el cambio de categoría han sido claves en su explosión. Era el momento de poner una pica en tierra grande y así ha hecho en sus primeros Juegos Paralímpicos. Hace cuatro días ganó una plata en 50 mariposa SB4 con récord del mundo (40.22 segundos) y ahora le ha dado otra dentellada gigante a la piscina de Tokio con un oro en 50 braza SB3.

Ya avisó de su potencial en el Europeo de Funchal (Portugal) en mayo con siete metales y en la capital japonesa ha terminado de mudar la piel, ya está en el lugar más privilegiado de la natación. Su rostro bonancible cambia cuando está en la piscina, en modo on fire, con las fauces abiertas y listas para devorar éxitos. La burgalesa es una bocanada de aire fresco para la natación española, una de las nuevas perlas y así lo ha confirmado tras imponer su tiranía en 50 braza.

Por la mañana en la clasificatoria había mandado un mensaje a sus rivales siendo la única en bajar del minuto (59.46 segundos). Unas horas después nadó un segundo más rápida. Tras sonar la bocina el primer gorro que asomaba en el agua era el suyo, por la calle cuatro. En cada brazada metía distancia a sus perseguidoras y ya nadie sería capaz de pillarla. Cuando se volvió para mirar el marcador la felicidad le iluminaba el rostro, golpeó con rabia el agua y se aferró a la corchea para celebrar su gesta.

La nadadora forjada en el Centro de Tecnificación Río Esgueva de Valladolid tocó la pared en 58.21 segundos, que supone nuevo récord de España. Le escoltaron en el podio la rusa Nataliia Butkova (1:00.54) y la mexicana Nely Miranda (1:01.60). Marta grabará este día con punzón de oro en la base de su trono. Su debut en unos Juegos ha sido inmejorable con este metal dorado en 50 braza y la plata en 50 mariposa.

“Esta medalla es de mucha gente. Me he acordado de todo el mundo que ha estado día a día en el camino que ha sido duro. No me creo lo que acaba de pasar, esto es un sueño cumplido. Me sorprende la forma en la que estoy gestionando los nervios, es la actitud de venir a por todas y que pase lo que tenga que pasar. Ahora quiero celebrarlo comiendo chocolate”, ha comentado entre risas.

Nació hace 27 años con tetraparesia espástica, que le afecta a todo el cuerpo y tiene carácter progresivo. Pero la discapacidad nunca le ha frenado para hacer lo que se ha propuesto, sobre todo, en el agua, donde no tiene límites. Con tres años ya chapoteaba en la piscina, era la mejor rehabilitación para sus extremidades. “Al principio no me gustaba, le tenía mucho miedo. Ahora es mi forma de vida, me apasiona, no me imagino un día sin nadar. Soy consciente de que tengo más problemas, aunque esas dificultades no las noto cuando estoy en el agua, es mi hábitat, donde disfruto”, confesaba en una entrevista con este medio.

Su tozudez, resiliencia y fuerza de voluntad han sido los motores que le han llevado a avanzar pese a las adversidades con las que lleva lidiando desde que era una niña por la parálisis cerebral que padece. Su espasticidad empeora, los dolores hacen mella, pero el hambre, la ilusión y las ganas de llegar a la cima de este deporte pueden con todos los obstáculos.

Sarai Gascón no falta a su cita con las medallas en los Juegos

Tenía 16 años cuando Sarai Gascón ganó su primera medalla paralímpica en Pekín 2008. En el ‘Cubo de Agua’ se subió al podio con la cara inocente e ingenua de una niña que todavía desconocía lo mucho que le iban a exigir de ahí en adelante. Lo difícil no era llegar a la cima, como ella hizo siendo tan imberbe, sino mantenerse en la élite tantos años y con resultados espectaculares. Es una dama del cloro, una ‘killer’ que nunca se da por vencida y lo ha demostrado en Tokio con brazadas poderosas para mantener su idilio con las preseas en los Juegos.

La nadadora que entrena bajo el paraguas de Jaume Marcé en el CAR de San Cugat se ha colgado la plata en los 100 metros libre S9. El oro se le resiste, esta vez lo ha tenido muy cerca, a 40 centésimas, pero se siente orgullosa de lo que ha hecho porque sigue devorando metales allá donde va. En una categoría en la que las ocho finalistas tenían unos tiempos muy similares, la de Terrassa necesitaba toda su energía y reservas para subir una vez más al altar paralímpico.

El desafío era mayúsculo, a su izquierda tenía que lidiar con la neozelandesa Sophie Pascoe, una de las reinas de la natación. Se avecinaba una carrera salvaje, sin tregua. Entró fortísima en el agua, siempre en las primeras posiciones y tras el viraje pasó como tercera. Aumentó la frecuencia de sus brazadas para alcanzar a la brasileña Mariana Ribeiro (bronce con 1:03.39), pero le faltó un parpadeo para llevarse la anhelada presea dorada. Con 1:02.37 Pascoe le arrebató ese sueño.

Sarai tocó el panel de cronometraje en 1:02.77 para colgarse una plata de prestigio en el Centro Acuático de la capital tokiota y batir el récord de Europa. En sus vitrinas ya luce siete medallas paralímpicas (seis platas y un bronce), además de 17 metales mundiales y 36 europeos. Lleva casi dos décadas engullendo kilómetros con determinación, corazón y perseverancia, valores que le han granjeado un palmarés envidiable.

Nació sin parte de su brazo izquierdo, pero eso jamás supuso una barrera para alcanzar cotas altas, es imparable cuando se fija un desafío. Comenzó en cursillos de natación con apenas tres años y poco a poco fue demostrando que la piscina se le daba de maravilla. Con solo 14 años se convirtió en un talento precoz tras derribar la puerta a lo grande al proclamarse campeona del mundo en 100 metros braza en Durban (Sudáfrica) 2006. Aquello fue un augurio de lo que le depararía el futuro.

“Soy de las más mayores y mis rivales cada vez son más jóvenes. Aun así, en cada competición sigo dando caña y no será tan fácil retirarme, no me doy por vencida”, dijo en una entrevista con este medio la catalana, una guerrera que siempre lucha hasta el último aliento. Aún puede aumentar su palmarés ya que le queda el 100 mariposa S9 y el relevo 4×100 estilos femenino 34 puntos.

Christian Venge y Noel Martín alcanzan un bronce por sorpresa

Llevan poco más de seis meses pedaleando juntos y el rendimiento deportivo en la carretera está siendo espectacular. Christian Venge y Noel Martín ya presumen de ser campeones del mundo y ahora medallistas de bronce en los Juegos Paralímpicos de Tokio. El tándem se había preparado a conciencia para la ruta, prueba en la que ganaron el oro en el Mundial de Cascais (Portugal) en junio, pero cuando agarran el manillar y se ponen a mover vatios siempre son competitivos y ambiciosos. En el Circuito Internacional de Fuji acaban de alcanzar un bronce por sorpresa en la contrarreloj.

No aparecían entre los principales favoritos al podio, pero el abandono de los británicos Stephen Bate y Adam Duggleby -oros en Río de Janeiro 2016- y la avería del también dúo español Adolfo Bellido-Eloy Teruel, les abrían las puertas hacia las medallas tras una gran actuación sobre el autódromo japonés. La pareja que forman el castellonense y el abulense marchaba cuarta al término de las dos primeras vueltas al circuito.

Y agarró la tercera posición en la penúltima, cuando Bellido y Teruel sufrieron un problema mecánico mientras ocupaban la segunda plaza provisional, lo que obligó al cambio de bicicleta. La oportunidad supieron aprovecharla Venge y Martín para llevarse el bronce tras completar los 32 kilómetros en 42:52.12. El oro se lo colgaron los franceses Alexandre Lloveras y Corentin Ermenault (41:54.02) y la plata los holandeses Vincent Schure y Timo Fransen (42:00.77).

La suerte no sonrió al sevillano y al murciano, que acabaron en la cuarta posición (43:12.76). “Una lástima, al menos hemos demostrado que estamos a la misma altura de los mejores. Teníamos la plata asegurada y al parar a cambiar de bici, volver a arrancar y los nervios, nos hemos tenido que conformar con la cuarta plaza”, ha apuntado Bellido.

A sus 48 años, Venge suma su sexta medalla paralímpica en cinco Juegos: bronce en persecución en Sídney 2000, plata en la combinada de contrarreloj y fondo en Atenas 2004, oro en contrarreloj y plata en persecución en Pekín 2008, oro en la crono en Londres 2012 y el bronce de ahora en Tokio. En 2015 decidió aparcar la alta competición hastiado por el poco apoyo que recibía. Lo hizo con un sabor amargo porque sus piernas aún guardaban combustible suficiente para pedalear a un buen nivel.

Nunca dejó la bici y devoró kilómetros por las carreteras y montañas de Castellón, donde vive. Un lustro después de su retirada anunció su regreso y en tiempo récord ha formado junto a Noel Martín un tándem titánico. La llama de la ilusión volvió a prender en navidades, cuando vio que el abulense, piloto de gran experiencia, se había quedado sin compañero porque Adolfo Bellido no quiso continuar a su lado. El castellonense no se lo pensó y contactó con él.

Con pocos recursos, pero con mucho empeño, dedicación y talento se plantaron en su primer campeonato del mundo juntos y se hicieron con el oro en la ruta en Portugal. En el Speedway de Fuji han dado otro gran paso con una presea en la contrarreloj. El 3 de septiembre en la ruta buscarán el segundo metal en estos Juegos Paralímpicos.

Por otro lado, en triciclo T1-2 Joan Reinoso -vigente campeón del mundo en la contrarreloj- se quedó con la medalla de chocolate tras ser cuarto con 31:07.27. El factor de compensación que se les aplica a los ciclistas de categoría T1, como es el caso del italiano Giorgio Farroni que logró la plata, perjudicó al balear. Y en C3, el zaragozano Eduardo Santas ha finalizado en quinto lugar con 36:43.11. El ciclismo español en carretera ha cosechado en la primera jornada tres medallas tras el oro de Sergio Garrote y los bronces de Luis Miguel García-Marquina y Christian Venge-Noel Martín.

Luis Miguel García-Marquina, el bronce de un currante de la handbike

La vida de Luis Miguel García-Marquina ha ido a todo gas desde que era un crío, siempre le gustó sentir la velocidad y la adrenalina. Fue varias veces campeón de Castilla-La Mancha en motocross y era una promesa a nivel nacional hasta que un accidente compitiendo truncó su futuro. Una década después volvió a calarse un casco, esta vez de ciclismo, deporte en el que ha alcanzado el Olimpo. El español, un currante de la handbike, ha conquistado el bronce en la contrarreloj H3 en los Juegos Paralímpicos.

Ya venía avisando de su espectacular estado de forma, este curso ha sido el de su consagración en la élite tras ganar tres medallas en el Mundial de Cascais (Portugal) que le otorgaban licencia para soñar en grande en Tokio. Y en el Circuito Internacional de Fuji ha vuelto a sacar músculo para lograr un podio de fe que acabó en lágrimas de felicidad.

El taranconero firmó una crono brillante de 24 kilómetros con un tiempo 43:48.68, solo superado por el austriaco Walter Ablinger (43:49.17) y por el alemán Vico Merklein (43:41.06). Por su parte, el catalán Israel Rider fue 14º con 47:52.51. En el intermedio de la prueba García-Marquina voló hasta el tercer puesto y exprimió cada pedalada para mantenerse en posiciones de medalla hasta cruzar la línea de meta.

“Las primeras palabras van encaminadas a mi mujer, a mis hijos, a mis padres, a mi familia, estoy aquí por ellos. Conocí a un amigo en el Hospital de Toledo que me enseñó a valorar el esfuerzo, allí se forjó lo que soy hoy, dar siempre el 100%. Estoy exhausto tras un recorrido que no me favorece en nada y hay que intentar recuperar y disfrutar esto al máximo porque hay muchísimo trabajo detrás”, ha expresado embriagado por la emoción.

El suyo es un triunfo forjado a base de constancia, trabajo, disciplina y sacrificio. En tres años ha pasado de pelear por estar en la cabeza del pelotón a ser número dos del ranking mundial y medallista de bronce en unos Juegos. El ciclista de Tarancón (Cuenca) sufrió una lesión medular tras una caída con la moto en una competición en 2002. En el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo descubrió el baloncesto en silla de ruedas, modalidad a la que estuvo ligado durante una década con el Peraleda, siendo subcampeón de la Copa del Rey y de Europa.

Pero no le terminaba de gustar y en 2014 el ciclismo tomó atractivo para García-Marquina a raíz de una media maratón que corrió en Madrid animado por un amigo de la infancia. “Casi me muero ese día, llegué a la meta molido -ríe-. Pero enseguida noté ese flechazo, sabía que se me podía dar bien, era lo más parecido a lo que hacía antes del accidente, lo mío eran las curvas y la velocidad”, comentó en una entrevista con este medio.

Apenas unos meses después quedó penúltimo en el Campeonato de España, al año siguiente fue tercero y ya lleva nueve títulos consecutivos en categoría H3. Con una evolución constante ha conseguido colarse entre los mejores en el panorama internacional. Debutó en 2018 en una Copa del Mundo en Emmen (Holanda) y a partir de ahí todo fue rodado para él. En el Mundial de 2019 ganó un bronce en ruta y este año en Portugal se llevó un bronce en la prueba en línea y platas en la contrarreloj y en el Team Relay junto a Sergio Garrote e Israel Rider. En Tokio ha sumado su primer metal, pero aun aspira a dos más.

Sergio Garrote se viste de oro a las faldas del Monte Fuji

Fusionado con la handbike, a la que mima con un cuidado meticuloso, Sergio Garrote se siente capaz de encarar cualquier desafío, por más azaroso que sea el camino. Se le había resistido el maillot arco iris en los dos últimos mundiales, donde el italiano Luca Mazzone -cinco veces campeón del mundo- parecía un rival infranqueable. Pero el español lo había apostado todo a los Juegos Paralímpicos y en el escenario más importante ha curado esas heridas con un apósito dorado. A las faldas del sagrado Monte Fuji el ciclista catalán se ha vestido de oro tras una exhibición en la contrarreloj H2.

En el Circuito Speedway de Japón, el bólido fue vestido de blanco con una franja rojigualda en el pecho. Imperial e imbuido de un espíritu ambicioso y ganador, Garrote ha hecho historia tras sentarse en el trono paralímpico. Solo unos minutos antes su compañero Luis Miguel García-Marquina lograba la primera medalla de la historia para España en handbike en unos Juegos. Y él le ha conseguido en su modalidad la primera corona.

Por el autódromo nipón trazó las curvas como si se tratara de un Fórmula 1. Enfundado en su buzo, su figura adherida a la bicicleta movía los pedales con sus brazos fibrosos a un ritmo medio de 30,5 km/h durante los 16 kilómetros. En el intermedio le sacaba dos segundos al italiano, que apretó en el tramo final, aunque se quedó a 26 centésimas de la victoria. Garrote cruzó la línea de meta en 31:23.53 para dejar su rúbrica imperecedera en los Juegos. Alzó los brazos con la emoción del que se sabe historia, el suyo es el oro del empeño y la constancia.

“Ni en mis mejores sueños podía imaginar conseguir esto aquí. Reconozco que cuando vi el circuito se me movió algo por dentro, soy escalador y me gusta subir, pero no me lo imaginaba. Venía a desquitarme del todo porque éste era el culmen, el final de un trabajo, y más en la prueba de contrarreloj, que es la reina. Le dedico este oro a mi familia por todo el esfuerzo que han hecho. Miriam -su mujer-, este triunfo es tuyo, yo sólo lo he ejecutado”, ha expresado.

El ciclismo era su pasión desde niño, cada verano se sentaba frente al televisor junto a su hermano Javi para seguir con entusiasmo las etapas del Tour de Francia. Contagiado por las gestas de ídolos como Miguel Induráin, cada tarde exprimía esa adrenalina a golpe de pedalada. Hasta que a los 21 años se deshizo de sus bicicletas tras quedar tetrapléjico por una caída desde un andamio cuando trabajaba en la construcción. Casi 15 años después de aquel mazazo se reencontró con su deporte a través de la handbike, con la que se ha convertido en uno de los mejores del mundo, en campeón paralímpico.

En los últimos cinco años, con la excepción de 2020 en la que no hubo pruebas por la pandemia de coronavirus, ha acumulado 18 preseas en Copa del Mundo y nueve metales en mundiales: dos bronces en Sudáfrica 2017, dos bronces en Maniago (Italia) 2018, dos platas en Emmen (Holanda) 2019 y tres platas en Portugal 2021. Así es Sergio Garrote, un ciclista insaciable. Y en Tokio buscará el triplete de medallas ya que le falta la ruta y el Team Relay.

‘La Roja’ de fútbol para ciegos dice adiós a las medallas en Tokio

Monopolizó la pelota durante un buen tramo del partido, dispuso de una catarata de ocasiones y estrelló varios balones a la madera, pero la falta de colmillo en ataque condenó a la selección española de fútbol para ciegos. El empate (1-1) con Marruecos deja a ‘La Roja’ fuera de la pelea por las medallas por diferencia de goles en la fase de grupos.

El sueño de volver a un podio en los Juegos Paralímpicos tendrá que esperar a París 2024. La victoria inaugural ante Tailandia (1-0) parecía enfilar bien las semifinales, pero la derrota con Argentina (0-2) y el triunfo del combinado africano frente a los asiáticos (2-0) obligaba a los de Jesús Bargueiras a ganar sí o sí.

España arrancó el choque algo espesa, sin lucidez ni mordiente a pesar de su vital necesidad de marcar para pasar. A Marruecos le valía el empate, pero salió valiente, con las líneas adelantadas y apretando desde el principio en campo contrario. Zouhair Snisla, su hombre referencia, avisó con dos ocasiones claras en los primeros minutos. Poco a poco la selección española comenzó a desperezarse, a dominar y a estirarse en la guarida del rival.

Antonio Martín ‘Niño’ marcó el gol del empate ante Marruecos. Fuente: CPE

Cuando mejor estaba, Pablo Cantero derribó al delantero marroquí en el área y los colegiados señalaron penalti. Snisla no perdonó (0-1) y el reto se puso aún más difícil para España, que pudo igualar poco después en un lanzamiento de Sergio Alamar que sacó astillas a la madera. Decidida, a pecho descubierto y sin nada que perder, la vigente campeona de Europa regresó de los vestuarios con otro aire, rechazaba la rendición, se resistía a morir.

Desde el pitido inicial encerraron a su rival y a llevar peligro cada vez que pisaban la meta defendida por Samir Bara. A diez minutos para el final, ‘Niño’, que ya había marcado el tanto del triunfo ante Tailandia, se cosió la pelota en sus pies y tras soltar un disparo cruzado la envió al fondo de las mallas (1-1). Quedaba tiempo y estuvo a punto de culminar la gesta poco después, pero el valenciano Alamar otra vez se topó con el poste.

España se volcó en busca del segundo gol, Marruecos atrincherada defendía con uñas y dientes el preciado botín. Youssef el Haddaoui y ‘Niño’ probaron sin fortuna y a falta de dos minutos la tuvo de nuevo Alamar, pero se precipitó en un mano a mano con el guardameta y las opciones de pasar a semifinales se esfumaron. Duro varapalo para un combinado español que llegaba a Tokio con el objetivo de pelear por las medallas y que ahora peleará por el quinto puesto ante Japón.

Ficha técnica del partido:

España (1): Sergio Rodríguez (PT), Pablo Cantero, Sergio Alamar, Antonio Martín ‘Niño’, Youssef el Haddaoui, Adolfo Acosta, Miki Sánchez, Vicente Aguilar y Pedro Gutiérrez (PT).

Marruecos (1): Samir Bara (PT), Houssam Ghilli, Imad Berka, Elhabib Ait Bajja, Kamal Boughlam y Said El-Mselek.

Un golpe de calor impide a Ricardo Ten subir al podio en la crono

La suerte le está dando la espalda a Ricardo Ten en sus primeros Juegos Paralímpicos como ciclista. Primero fue en el velódromo de Izu, cuando se quedó a las puertas del bronce en la persecución de tres kilómetros. Ahora ha sido en el Circuito Internacional de Fuji en la contrarreloj en carretera, prueba que no ha podido completar tras sufrir un golpe de calor en el tramo final cuando iba lanzado hacia las medallas.

El abanderado español en Tokio venía marcando un extraordinario tiempo en el punto intermedio (12:22.50) y siendo tercero. El podio estaba a su alcance en categoría C1, pero en los últimos kilómetros ha tenido un desvanecimiento que le ha causado una caída, acabando así con sus opciones de luchar por las preseas. El oro ha sido para el ruso Mikhail Astashov (24:53.37), la plata para el estadounidense Aaron Keith (24:55.40) y el bronce para el alemán Michael Teuber (24:58.67).

“He sufrido un golpe de calor que me ha impedido completar la prueba, pero no hay por qué preocuparse, ahora mismo me encuentro bien. Muchas gracias a todos por los ánimos”, ha comentado. Al valenciano, que ganó el bronce en la velocidad por equipos en pista junto a Alfonso Cabello y Pablo Jaramillo, solo le queda por disputar la ruta en el autódromo de Fujio, donde competirá junto a las categorías C2 y C3.

Teresa Perales agranda su leyenda con una plata a la perseverancia

Dice la leyenda en Japón que los peces Koi se transformaban en dragones como recompensa por su esfuerzo cuando consiguen nadar río arriba y subir una cascada. Son el símbolo de la perseverancia ante las adversidades. En el Centro Acuático de Tokio, Teresa Perales ha sido un fiel reflejo de la persistencia de esas carpas tras sacar una vez más la resiliencia que le caracteriza para abordar el reto más difícil de su carrera. Con una luxación aguda en el hombro izquierdo, la deportista española agranda aún más su leyenda al conquistar una plata en los 50 metros espalda S5. Es su medalla número 27 en los Juegos Paralímpicos. Eterna.

“No me rindo, pero no sé si podré estar en alguna final”, era su discurso en junio cuando aún nadaba con un brazo. Quizás pretendía quitarse presión, porque lo que ha demostrado en el agua ha sido muy distinto a sus expectativas iniciales. La cuestión es que hizo un esfuerzo descomunal para llegar a sus sextos Juegos tras horas de rehabilitación y desoyendo algunas voces que le pedían que parase. La galardonada con el Premio Princesa de Asturias jamás ha tirado la toalla y no lo iba a hacer ahora.

Con orgullo y amor propio ha vencido al dolor y al tiempo para ampliar su cosecha. Hacía falta mucha fe, devoción y espíritu de sacrificio para acometer la misión más ardua de su carrera, pero acumula en el bañador tantas batallas y heridas que nada frena sus objetivos. Fue quinta en 100 libre y en 50 espalda ha obrado la gesta. Miraba a su alrededor en el poyete y sólo veía a chicas de entre 17 y 27 años, con la excepción de la japonesa Mayumi Narita (51 años).

Y, sin embargo, la zaragozana (44 años) sonreía. Daba igual lo que pasara en la piscina, se había prometido disfrutar, pero competir está en su ADN. Salió con ambición y entre las cuatro primeras desde el inicio, brazada a brazada cogió primero a la turca Sumeyye Boyaci y en los metros finales cazó a la también nadadora otomana Sevillay Ozturk. Cuadró la ecuación perfecta tras parar el crono en 43.02 segundos -nuevo récord de España- que le dan una plata que sabe a oro. Solo la china Dong Lu fue mejor (récord del mundo con 37.18).

Alzó los brazos al cielo y su sonrisa perenne brilló más que nunca. Las lesiones golpean los músculos, pero jamás el espíritu de superación y la ambición cuando se trata de campeonas como Teresa Perales, la española más laureada de la historia. Ya suma 27 medallas (siete oros, diez platas y diez bronces) en seis Juegos Paralímpicos, la gran mayoría forjadas junto a Ángel Santamaría, su alter ego, su sombra en los últimos 20 años. Y está a solo una de igualar a Michael Phelps. Con este chute de motivación intentará conseguirlo en el relevo 4×100 estilos femenino 34 puntos.

“La medalla roza casi el milagro. Me he recuperado con una gran voluntad humana, le he echado más coraje que la ‘rasmia’, que es una palabra muy aragonesa que significa un par de esos a la vida. Venía muy tocada del hombro, lo estamos recolocando porque se coge con pinzas y me voy a operar una semana después de llegar a España. Ha sido un camino difícil porque había gente que me decía que me quedara en España y no era el equipo médico, pero yo quería intentarlo», ha comentado.

Núria Marquès degusta una dulce plata en el 100 espalda

Su sonrisa permanente se transforma en mirada fiera en el agua, su hábitat natural desde niña, donde se ha convertido en una nadadora versátil y competitiva para colarse entre las mejores del mundo. En la piscina Núria Marquès salpica su talento, ambición, ganas, y descarga todo su descaro, no se amedrenta ante nadie, algo que le ha permitido construir un currículum excelso a sus 22 años. La nueva muesca en su palmarés ha llegado en el Centro Acuático de Tokio con una dulce plata en 100 espalda S9.

Es su primera medalla en la capital japonesa, la tercera en unos Juegos Paralímpicos ya que en su debut en Río de Janeiro 2016 se colgó un oro y una plata con solo 17 años. La catalana, una de las joyas de la natación española, ha brillado en una de sus pruebas predilectas y en la que es la vigente campeona de Europa. Llegaba con más presión porque aparecía en las quinielas de las favoritas, pero sin acusar unos nervios que sabe canalizarlos a su favor y los transforma en energía en cada brazada.

La línea de poyetes recibió una procesión de reinas de la piscina, entre ellas, la deportista de Castellví de Rosanes (Barcelona). Le tocaba nadar por la calle cinco, escoltada a su izquierda por la australiana Ellie Cole -oro en 100 espalda en Londres 2012 y en Río 2016- y a su derecha por la estadounidense Hannah Aspden, la finalista con el mejor tiempo de la clasificatoria. Y por la tres aparecía la neozelandesa Sophie Pascoe, que tiene el récord del mundo en 1:07.41.

A Núria le gustan los desafíos, se crece cuanto más difícil se lo ponen, hay fuego hambriento detrás de esos ojos azules. Arrancó con brío, en tercera posición durante el primer largo. Tras el viraje apretó y empujándose con una sucesión de brazadas, antes de los últimos 20 metros adelantó a Pascoe (bronce con 1:11.15) y se quedó a un segundo del oro de Aspden (1:09.22). La brava nadadora entrenada por Jaume Marcé degustó la plata al tocar la pared en 1:10.26. El nivel en su categoría es tan elevado que hasta la doble campeona paralímpica se quedó fuera del podio.

La nadadora española Núria Marquès durante la prueba de 100 espalda S9 en la que ganó la plata. Fuente: CPE

Núria logra así el mismo metal que se colgó hace cinco años en Río de Janeiro en 100 espalda. “Cambia mucho la perspectiva de afrontar tus primeros Juegos a estar en los segundos, en Río venía de cero y ahora la presión era más alta porque había realizado campeonatos muy buenos. No puedo pedir más, llegar a la pared en el segundo puesto es un orgullo, estoy muy contenta”, ha explicado.

“Me siento muy bien, han sido dos años muy duros con la pandemia tras un parón de dos meses, psicológicamente incluso más, tuve que sacrificar muchas cosas y estos meses alejados de la familia para evitar cualquier contagio de la Covid-19. Este resultado es súper reconfortante y se la dedico a mi familia, amigos y a los compañeros, que me han ayudado mucho. Podría haber hecho mejor tiempo, pero lo he dado todo en la piscina. En estas condiciones he dado el 100% y con eso me quedo, estoy muy satisfecha”, ha añadido.

La barcelonesa nació con el fémur de la pierna izquierda más corto y tras varias operaciones, con nueve años le amputaron el pie para colocar una prótesis. Muy pronto empezó a sobresalir en la piscina, debutó en 2014 en Eindhoven en su primer Europeo con cuatro metales, en 2015 repitió el mismo número de preseas en su estreno en un Mundial, en Glasgow. En 2016 se llevó siete medallas continentales en Funchal y tocó la cima con un oro en 400 libre y una plata en 100 espalda en los Juegos de Río.

En 2017 en el Mundial de México subió al podio en seis pruebas -con tres oros-, elevó el listón en el Europeo de Berlín 2018 con siete preseas y en 2019 en el campeonato del mundo de Londres se llevó un oro y un bronce. En mayo de este año añadió a su increíble palmarés ocho medallas más tras firmar un gran Europeo en Portugal y ahora vuelve a tocar el cielo con una plata paralímpica en Tokio.

Susana Rodríguez completa un doblete histórico con un quinto puesto

En tres días el esfuerzo que ha desplegado Susana Rodríguez en los Juegos Paralímpicos ha sido titánico. Primero en un triatlón de supervivencia en la bahía de Odaiba bajo unas condiciones climatológicas extremas, en el que conquistó el oro junto a su guía Sara Loehr. 24 horas después estuvo en los tacos de salida del Estadio Olímpico de Tokio para disputar las semifinales de los 1.500 metros T11 con Celso Comesaña. Y un día después ha completado su doblete histórico con un quinto puesto en la final.

Era consciente del difícil desafío al que se enfrentaba, pero la gallega ha demostrado tener redaños suficientes para competir en dos pruebas muy duras en apenas 72 horas. Tras subir a lo más alto del podio como triatleta en categoría PTVI (ciegas o con deficiencia visual), la viguesa se metió en la final del ‘milqui’ tras ser segunda en su serie con 4:51.38, que supone mejor marca personal y récord de España.

En la final, con el depósito de la gasolina en reserva, Rodríguez y su guía hicieron otro gran esfuerzo sobre el tartán y con un calor sofocante para acabar la carrera y con un buen tiempo. A partir de la primera vuelta se quedaron descolgados del grupo de cabeza, pero sobre la línea de meta fueron capaces de superar a los chinos Shanshan He y Ziqin Huang para firmar una meritoria quinta posición y llevarse el diploma paralímpico con 4:52.67.

La mexicana Mónica Olivia Rodríguez logró el oro y con récord del mundo (4:37.40), mientras que la sudafricana Louzanne Coetzee fue plata (4:40.96) y la keniata Nancy Chelangat Koech fue bronce (4:45.58). Gran éxito para la versátil deportista viguesa, que hace historia tras competir en dos disciplinas diferentes en unos mismos Juegos Paralímpicos. “Hay que disfrutarlo porque no sabemos lo que nos va pasar mañana o cualquier otro día y hay que vivirlo y compartirlo con la gente que está con nosotros cada día. Hay que guardarlo para cuando vengan momentos duros”, ha apuntado.

“Nosotros queríamos salir a nuestro ritmo y acabar bien al sprint. Mis rivales estaban a un nivel impresionante y sabíamos que ellas iban a estar ahí. Por supuesto que ha influido el desgaste de días anteriores porque el triatlón fue en unas condiciones muy duras, exigentes y ayer tuvimos que correr la semifinal con récord de España. Mentalmente también es complicado gestionar todo esto con la victoria en el triatlón, pero sabiendo que debía mantener la calma y la atención en la prueba de 1.500. Quintos de los Juegos en la carrera de más nivel que hay, no puedo estar más satisfecha”, ha recalcado.

España cede ante Argentina y se jugará las semis con Marruecos

Ganar o ganar. A la selección española de fútbol para ciegos no le queda otra opción si quiere continuar aspirando a las medallas en los Juegos Paralímpicos de Tokio. La derrota frente a Argentina (0-2) deja sobre el alambre a ‘La Roja’, igualada a puntos con Marruecos en el grupo B, pero con peor diferencia de goles. 24 horas después del dulce estreno con victoria ante Tailandia, España no pudo con su bestia negra en los últimos años.

El combinado albiceleste fue muy superior, sobre todo, en una primera mitad en la que gozó de un torrente de ocasiones. Pedro Gutiérrez acaparó los principales focos en los 20 minutos iniciales y evitó varios goles con grandes intervenciones. La selección española no se encontró cómoda sobre el césped del Parque Deportivo Urbano de Aomi ni pudo desplegar su juego. Faltó pólvora y algo más de ambición ante el muro argentino, con Froilán Padilla como mariscal, que fue impenetrable.

En la otra orilla Ángel Deldo y Maxi Espinillo empezaron a arrojar fuego cada vez que encaraban la portería. A los siete minutos abrió la lata Espinillo con una maniobra de mucha calidad, escorado en valla izquierda pisó la pelota, arrastró a varios rivales y cambió de ritmo para soltar un latigazo ajustado al palo corto. Las internadas del ariete de ‘Los Murciélagos’ llevaban mucho peligro y rozó hasta tres veces más el gol antes del descanso. España apenas se acercó al marco defendido por Germán Muleck con un par de disparos timoratos de Adolfo Acosta.

No varió el guion tras el descanso, Argentina bajó sus revoluciones y el vendaval menguó, aunque el peligro se hacía notar cuando Espinillo y compañía merodeaban la portería de Pedro. El partido se volvió más bronco y físico, con un juego muy trabado y las ocasiones ya no fluían con tanta claridad. Antonio Martín ‘Niño’ fue el primero de los españoles en disparar entre los tres palos. También Youssef el Haddaoui y Sergio Alamar lo intentaron a la desesperada.

Con ‘La Roja’ desordenada y buscando el empate con más corazón que cabeza, llegó la sentencia a falta de 40 segundos. Otra vez Espinillo. En un contragolpe con la defensa española desguarnecida se plantó solo delante del guardameta y con la puntera abajo cerró el partido (0-2). Argentina ya está en semifinales y España tendrá que vencer a Marruecos este martes para optar a las medallas. No hay margen de error.

Ficha técnica:

España (0): Pedro Gutiérrez (PT), Youssef el Haddaoui, Adolfo Acosta, Miki Sánchez, Antonio Martín ‘Niño’, Sergio Alamar, Pablo Cantero, Vicente Aguilar ‘Chapi’ y Sergio Rodríguez (PT). Seleccionador: Jesús Bargueiras.

Argentina (1): Germán Muleck (PT), Ángel Deldo, Braian Pereyra, Federico Miguel Accardi, Froilán Padilla, Maxi Espinillo, Nicolás Veliz, Marcelo Panizza, Nahuel Heredia y Darío Lencina (PT). Seleccionador: Ricardo Martín Demonte.

Gerard Descarrega y Guillermo Rojo vuelan hacia el oro

Forman una pareja estelar, de esas que tienen un carácter indómito, voracidad y mucha complicidad. Unidos por una cuerda se funden en una sola figura que ejecuta a una velocidad endiablada una danza acompasada de zancadas y braceos. Gerard Descarrega y Guillermo Rojo han hecho historia en el Estadio Nacional de Tokio con una actuación magna cum laude tras conquistar el oro en los 400 metros lisos T11 (deportistas ciegos). El atleta tarraconense revalida así su corona en los Juegos Paralímpicos, ya que en Río de Janeiro 2016 también fue campeón, aunque con Marcos Blanquiño como guía.

El reloj Omega del marcador indicaba que eran las 20.39 horas. Bajo la noche cerrada de la capital nipona, con 29 grados y 62% de humedad, en la salida de tacos los españoles mostraban una sonrisa afilada, sabían que la gloria estaba a su alcance. Ambos salieron como un cohete por la calle 5, tratando de alcanzar a los camerunenses Guillaume Atangana y Donard Nyamjua.

Más que una amenaza, sus rivales fueron un propulsor más para Descarrega y Rojo, que con fuego en los pies entraron en erupción y a la salida de la última curva asestaron el hachazo exprimiendo un cambio de ritmo con el que ya no podrían hacer nada sus adversarios. El ácido láctico parecía no invadirles en la recta final, en la que volaron como aviones y desatados hasta cruzar la meta en 50.42 segundos. Los namibios Ananias Shikongo y Sem Shimanda se llevaron la plata (51.14) y los franceses Gauthier Makunda y Lucas Mathonat el bronce (51.74).

Entre fervorosos abrazos y gritos que retumbaban en el estadio, un gran teatro con las gradas vacías, ambos derramaban lágrimas de emoción sobre el tartán. Han tenido que superar obstáculos en las dos últimas temporadas para alcanzar la cima. En el Europeo de Berlín en 2018 debutaron y ganaron el oro cuando apenas habían realizado cinco entrenamientos juntos. Un año después tropezaron en el Mundial de Dubai tras ser descalificados y decidieron resetear y cambiar el chip.

Dos temporadas de obstáculos

Cuando llegó la pandemia de la Covid-19, Gerard dejó el Centro de Alto Rendimiento de Madrid y se marchó a Sevilla para vivir junto a su hija y a su pareja. Sin poder entrenar por culpa del coronavirus comenzaron los problemas físicos. De tanto impacto al hacer cinta de correr se acabó lesionando de la planta del pie derecho. Primero optó por tratamientos conservadores, pero no pudo evitar el quirófano y a principios de septiembre le quitaron un fibroma que se había formado a causa de una rotura en las fibras de la fascia plantar.

Su guía también decidió trasladarse con él a la capital andaluza para preparar los Juegos y llegaron lanzados al Europeo de junio en Polonia, donde se llevaron la plata. La mejoría en la pista ha ido a más en los últimos meses y lo han confirmado con la presea dorada en el mejor escenario posible, los Juegos Paralímpicos de Tokio. Para el tarraconense, que al cumplir los 18 años se instaló en sus ojos la ceguera que llevaba persiguiéndole desde que era un crío por una retinosis pigmentaria, es su segundo oro en la gran cita del deporte.

“Es felicidad pura lo que sentimos, es un sueño, ha sido una carrera perfecta. Estos Juegos era una reválida, han sido dos años difíciles, me lesioné del pie porque tenía que entrenar en un piso pequeño durante la pandemia. Los últimos cinco meses de preparación han sido agónicos y el hacer las cosas bien tiene su recompensa. Nos hemos escapado en la última recta, me notaba con fuerzas y he podido disfrutarlo porque veía que ganábamos”, ha apuntado Descarrega.

“Detrás de esta medalla hay muchísimo trabajo y sacrificio. Hemos tenido una operación, un cambio de ciudad y de dos entrenadores, mucha incertidumbre. Pero Gerard le echa huevos a la vida, estamos aquí porque hemos confiado en nosotros y nos ha salido bien. El tándem funciona, tenemos que tomarnos unas vacaciones, evaluar todo y espero que haya pareja para rato”, ha añadido Rojo.

La ‘Sirenita’ Michelle Alonso alarga su tiranía en los 100 braza SB14

‘Porque soy una campeona y me vas a oír rugir. Ahora estoy flotando como una mariposa y voy picando como una abeja’. Es un trozo de la letra de ‘Roar’, la canción de Katy Perry que se convierte en su fuente de motivación antes de salir a la piscina. Así se sintió Michelle Alonso en el agua, poderosa y amenazante, había mudado la piel de su timidez para dar paso a la fiereza, garra y ambición con la que logra alargar su tiranía en los 100 metros braza SB14. La tinerfeña voló en el Centro Acuático de Tokio para cazar su tercer oro en tres Juegos Paralímpicos y batir su propio récord del mundo, dejándolo en 1:12.02.

Lleva casi una década siendo la reina de la prueba y no hay quien la destrone. Solo hace tres años en el Mundial de Londres perdió la batalla ante la británica Louise Fiddes y desde entonces tenía una espinita clavada. Seria, concentrada y con la mirada en el horizonte aguardaba en el poyete para librar un duelo con su gran rival. En la clasificación de la mañana había hecho el mejor tiempo (1:13.35) mientras que la joven inglesa reservó gasolina (1:18.64), como suele ser habitual en ella.

Lo avisaba su entrenador, José Luis Guadalupe, que para ganar el oro tendría que “apretar un poco más”. Tras persignarse tres veces se lanzó al agua y ahí comenzó su exhibición. Michelle desde la calle cuatro con un gran subacuático para tomar la delantera, llegó a poner más de un cuerpo de distancia con Fiddes en los primeros 50 metros. Tras el viraje, la canaria encendió la turbina para dejar a todas atrás, ya solo era una pelea entre ella y el crono, quería también el récord del mundo y lo destrozó con 1:12.02, bajándolo en 59 centésimas. La británica se quedó con 1:15.93 para llevarse la plata.

La tinerfeña no podría creérselo, se subió a la corchera y lanzó un grito que retumbó en las gradas vacías. Esta es una presea especial para la abanderada española ya que se ha gestado en Tokio, “mi ciudad favorita. Desde pequeña soy una ‘friki’ del anime y del manga, pero lo que más me gusta es la cultura de respeto que tienen y esas buenas vibraciones que me contagian”, decía en una entrevista con este medio. Incluso hace un par de años fue protagonista de un documental de la cadena televisiva japonesa WOWOW: “Ya me conocen, he ganado muchos seguidores en las redes sociales”.

«Voy a ser sincera, no me esperaba conseguir la medalla de oro, yo pensaba en la plata, no sabía cómo estaban mis rivales, sobre todo, las inglesas, y encima he conseguido récord del mundo, que no me lo esperaba para nada. Esto es un sueño, todavía estoy en la cama y me tengo que despertar. Me siento súper contenta, ya son tres medallas paralímpicas”, ha apuntado.

Colofón dorado para la ‘Sirenita’ de Tenerife, que mantiene su corona en el 100 braza SB14, prueba en la que lo ha ganado todo: tres oros paralímpicos, dos veces campeona del mundo y varios oros europeos. También ha derribado barreras en la piscina, siendo la primera nadadora con discapacidad en disputar un campeonato de España absoluto. Y este año fue capaz de superar en un 50 braza a la húngara Katinka Hosszú, nueve veces campeona mundial y medallista olímpica.

Gran parte de su éxito se lo debe a José Luis Guadalupe, el técnico que la ha moldeado desde los 14 años cuando le animó a continuar en la natación. Se enfundó las gafas y el gorro con siete años por recomendación médica debido a problemas de espalda. Atesoraba cualidades, pero no se integró bien en su primer club porque no supieron tratarla bien. Tenía problemas de comunicación y se sentía desplazada por las demás compañeras por su discapacidad intelectual. Con ‘Guada’, su mentor, su álter ego, todo cambió. Él fue la persona que supo pulir sus virtudes y motivarla para llegar a convertirse en la reina de la braza.

Sara Martínez, un brinco de plata paralímpica sobre el foso de arena

Había sido bicampeona de Europa y varias veces medallista mundial. La carrera de Sara Martínez está hecha a base de caerse y levantarse, es un monumento a la constancia, al que le faltaba un remate, el podio en unos Juegos. Era su amor no correspondido, cuatro citas paralímpicas que le habían dado calabazas. Pero se dice que no hay quinto malo y en Tokio llegó la catarsis de emociones y una alegría liberada con una plata en salto de longitud T12 (discapacidad visual), el sumun de su trayectoria.

En ciertos momentos de la temporada afloró en ella un cierto desencanto con la modalidad que practica desde pequeña. Solo tiene 31 años, lleva 17 en la élite y la rutina de vivir en una burbuja de sacrificios y renuncias ya no le llena como antes. “Ya no habrá más Juegos para mí, lo tengo decidido. Estoy cansada, llevo desde que era una niña, hasta le he cogido un poco de tirria. He dejado muchas cosas en mi vida a un lado por el atletismo, ha sido un toma y daca, estoy orgullosa de lo conseguido, pero ya no me compensa tanto”, expresó en una entrevista con este medio antes de viajar a la capital japonesa.

Quizás pueda cambiar de opinión con este metal e intente clasificarse para París 2024. De momento, en la madurez de su singladura, saborea la ansiada medalla. No necesitó hacer su mejor marca, 5.81 metros, ni siquiera su tope este año -5.49-. Solo se inclinó ante la ucraniana Oksana Zubkovska, la tiránica dominadora del foso, que sumó su cuarto oro consecutivo. La madrileña, que nació con opacidad corneal bilateral, una enfermedad genética y hereditaria, empezó el concurso con 5.22 metros.

En el segundo intento consiguió el resultado que a la postre le daría el metal. Con un sprint potente y fluido por el pasillo, apoyos seguros ante la tabla, un brinco y sus piernas largas volaron hacia la eternidad. Los 5.38 metros le situaban segunda, posición de la que ya no se movería porque la argelina Lynda Hamri hizo 5.33 (bronce) y la uzbeka Yokutkhon Kholbekova se quedó en 5.32. Por su parte, la sevillana Sara Fernández fue séptima con 4.85 metros.

En el tercero Sara Martínez logró 5.21, luego bajó a 4.09, subió a 5.14 y en el último, sabiendo que ya era medallista, no hizo un salto limpio. Manos a la cabeza, emoción y un abrazo eterno con Pedro Maroto, su entrenador y cuñado.  “He ido más relajada de lo que pensaba, ayer tuve trabajo con la psicóloga, Manuela Rodríguez, y estaba tranquila. El nivel ha sido bastante flojo, pero estoy muy contenta a pesar de que no haya sido una gran marca. Ya me tocaba la medalla, son muchos años queriéndola”, ha recalcado.

Inició su camino con 14 años en Atenas 2004 siendo séptima, fue undécima en Pekín 2008, quinta en Londres 2012 y cuarta en Río 2016, donde sus lágrimas regaron la arena de Maracaná tras quedarse a un centímetro del bronce. La recompensa a su perseverancia y trabajo llega con una plata que cura sus heridas y que puede darle alas para continuar volando unos años más sobre el foso.

Eva Moral, una sonrisa de bronce en el triatlón de Tokio

Su sonrisa electrizante nunca brilló tanto cuando tras una hora, 14 minutos y 59 segundos atravesaba la línea de meta. El sueño de Eva Moral se trocaba en realidad, medallista de bronce en PTWC en su debut en unos Juegos Paralímpicos tras una actuación sublime en una prueba extrema en la bahía de Odaiba. La madrileña saborea la recompensa de todas esas pequeñas semillas que ha ido sembrando a lo largo de su trayectoria y le da a la ‘ParaTriArmada’ española su cuarta presea en Tokio tras el oro de Susana Rodríguez-Sara Loehr, la plata de Héctor Catalá-Gustavo Rodríguez y el bronce de Álex Sánchez Palomero.

El alba la halló vestida con el tritraje, lista para la acción. El tiempo daba una tregua respecto a la primera jornada, las nubes y una brisa ligera aliviaban el tan temido calor, aun así, a las 6.30 de la mañana la temperatura del agua marcaba casi 30 grados y la humedad era del 83%. En la natación había experimentado una progresión en los últimos meses, aunque es el segmento donde más flojea. Pese a ello, llegó al pantalán quinta tras completar los 750 metros en 13.51 minutos.

Empezó fuerte en cada pedaleo con la handbike, pero en la tercera vuelta se le salió la cadena y tuvo que frenar. No claudicó y armándose de voluntad se recompuso para llevar a cabo un esfuerzo titánico. Puso sus músculos al límite y llegó a la última transición a un puesto del podio. Ya con la ‘carroza del demonio’, como ella llama a su silla de atletismo, la cual tiene tatuada en el brazo, la española superó a la francesa Mona Francis.

En los cinco kilómetros de carrera, en un circuito estrecho entre la arquitectura vertical y gris de Tokio y con las fuerzas menguando, Eva mantuvo la calma porque les sacaba ventaja a sus perseguidoras. Eso sí, no había pausa ni respiro, solo avanzar. Ocho minutos después de que la estadounidense Kendall Gretsch le arrebatase el oro al sprint a la australiana Lauren Parker llegaba la madrileña con la felicidad dibujada en su rostro.

“Os quiero papás”, gritaba entre lágrimas de emoción mientras su futuro marido y handler, Ángel Salamanca, la alzaba al cielo. Su nombre ya ha entrado en la historia del triatlón paralímpico. “Estoy muy contenta y feliz. Me ha pasado de todo en la prueba, nadando no era capaz de ver la boya de vuelta, pero he salido en la posición que quería y que podía salir, que era detrás de la holandesa -Margret Ijdema-, que sabía que en la bicicleta soy más fuerte que ella”, ha relatado.

Con la handbike tuvo el percance y las dudas llegaron: “Se me salió la cadena y se me cayó un pie, hubo un momento de confusión en el que pensaba que estaba perdida. Me acordé de las palabras que me habían dicho ante los compañeros de no dar por perdida ni por ganada la carrera porque es muy larga. Las dos primeras vueltas las hice muy fuertes, en la tercera me dijeron que no arriesgase en las curvas, que eran complicadas, tenía que tener la mente fría”. Así lo hizo para volar hasta la anhelada medalla de bronce.

Una deportista de superación constante

De pequeña agitaba sus pies, casi sin tocar el suelo, flotando entre pliegues de tul. Del ballet pasó al ciclismo y hace ocho años se precipitó con la bicicleta por un barranco de siete metros de altura en la sierra de Madrid. Su espalda chocó contra un árbol y sus piernas quedaron inmóviles, pero nunca quebraron sus sueños. Tras 20 días en la UVI y medio año en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo se agarró al triatlón para revertir la situación.

Desde su debut en 2014 se ha ido labrando un espectacular currículum con 20 medallas internacionales, la última y más importante, el bronce paralímpico que ya reluce en su cuello. “Estar aquí es un regalo y un sueño porque somos las diez primeras del mundo. Todavía no me lo creo y me queda mucho por llorar. Al llegar a meta no podía ni darle a la silla. Ha sido la carrera más dura por la presión, por los nervios. Antes de una carrera pienso en no defraudar a nadie, así que agradezco a todos los que han apostado por mí sin saber el resultado que tendría”, ha apostillado.

La cruz de la moneda en la segunda jornada del triatlón se la llevó Jairo Ruiz -bronce en Río de Janeiro 2016-. El almeriense tuvo que conformarse con el diploma tras ser octavo en PTS5 con un tiempo total de 1:02.48. El oro fue para el alemán Martin Schulz, la plata para el británico George Peasgood y el bronce para el canadiense Stefan Daniel. El andaluz no tuvo un buen día, salió del agua séptimo, dentro de las previsiones ya que no es su prueba fuerte. En la transición en la bici tuve un problema con la zapatilla en el que perdió unos segundos y en la carrera a pie no pudo dar caza a ningún triatleta.

“No he estado a la altura, desde el primer momento estuve fuera de la carrera, no hay excusas, mis rivales han ido muy rápido y ha sido difícil remontar. La sensación es muy agridulce, venía preparado para pelear por todo y no estoy satisfecho. Por mi nivel y por cómo me encontraba este verano podría luchar por mucho más. Así que a partir de la semana que viene prepararé la clasificación para París 2024, donde trataré de estar en el podio”, ha explicado.

Un misil de ‘Niño’ le da la victoria a España en su debut en Tokio

En el reloj restaban 44 segundos cuando uno de los colegiados señaló doble penalti. Era la última oportunidad del partido y a Antonio Martín ‘Niño’ no le iba a temblar el puso a estas alturas, lleva 25 años perforando porterías. Agarró la responsabilidad cuando más quemaba el balón y con un misil embocó el balón a la red para darle la victoria a la selección española de fútbol para ciegos en su estreno en Tokio frente a Tailandia (1-0).

Era su regreso a unos Juegos Paralímpicos tras perderse los de Río de Janeiro 2016. En sus últimos, en Londres 2012, un gol suyo en la tanda de penaltis suponía el bronce para ‘La Roja’. Ahora, una diana del malagueño ha abierto el camino hacia las medallas en la capital nipona tras un partido de pura épica en su desenlace. Le costó sudores a España tumbar a los tailandeses, un equipo anárquico y desordenado, pero a la vez intenso, correoso y con jugadores muy eléctricos.

De hecho, el arranque de los asiáticos fue furioso y vertiginoso con sus dos referencias en ataque, Kittikorn Baodee y Panyawut Kupan, merodeando con peligro la portería defendida por Sergio Rodríguez. En los primeros minutos el madrileño tuvo trabajo y salvó a los suyos con paradas de mérito. A España le costó abrir vías en la defensa rival, aunque cuando se sacudió los nervios del debut tomó el mando y buscó combinar y mover la pelota, mientras su oponente esperaba agazapado en su guarida para robar y salir al contragolpe.

La entrada de ‘Niño’ al campo le dio más mordiente a los de Jesús Bargueiras y el ariete andaluz protagonizó las tres ocasiones más claras antes del descanso. A la vuelta de vestuarios España se vio obligada a medirse en el barro en duelo sin respiro, había que sufrir con las ráfagas tailandesas y también morder en la otra área. Youssef el Haddaoui avisó con un tiro que despejó el guardameta y en la siguiente jugada Rodríguez tiró de reflejos para evitar el gol tras un disparo a bocajarro de Kittikorn.

El valenciano Sergio Alamar cobró relevancia en el ataque español y de sus botas brotó peligro, sobre todo, con un latigazo lejano que sacó astillas al palo derecho. Se estaba cocinando el gol y pudo llegar en un par de dobles penaltis, pero ni Adolfo Acosta ni ‘Niño’ acertaron. El tiempo se consumía y Tailandia, ya sin Panyawut por acumulación de faltas, solo mordía a través de Kittikorn, que volvió a toparse con un imperial Sergio Rodríguez.

Y cuando el partido moría llegó la jugada decisiva. Desde los ochos metros que marca el doble penalti, ‘Niño’ asumió la responsabilidad y con un lanzamiento potente arriba mandó la pelota al fondo de las mallas y desató el delirio en el equipo español (1-0). Primera victoria en Tokio, muy trabajada. Este lunes se jugará gran parte del billete a las semifinales en el duelo ante Argentina, que venció a Marruecos por 2-1.

Ficha técnica:

España (1): Sergio Rodríguez (PT), Youssef el Haddaoui, Sergio Alamar, Pablo Cantero, Miki Sánchez, Adolfo Acosta, Antonio Martín ‘Niño’, Vicente Aguilar ‘Chapi’ y Pedro Gutiérrez (PT). Seleccionador: Jesús Bargueiras.

Tailandia (0): Ponchai Kasikonudompaisan (PT), Kittikorn Baodee, Kittitahat Wimolwan, Panyawut Kupan, Prakrong Buayai, Sanan Phetkrachangsuk, Suriya Yingchuros, Bancha Munphet y Terdkiat Boontiang. Seleccionador: Kongkiat Kongdanprai.

Montse Alcoba, séptima en los Juegos con récord de España

La alegría iluminó su rostro cuando al segundo intento alzó la barra con discos al cielo y los jueces dieron por válido el movimiento. No era una marca para estar en las medallas, pero para Montse Alcoba los 107 kilos que logró levantar le saben a oro. En el mejor escenario posible, unos Juegos Paralímpicos, la española ha firmado un buen papel con una séptima plaza en la categoría de -79 kilos y el récord de España.

Con un trabajo en la sombra, constancia y coraje se clasificó in extremis para su primera cita paralímpica y ha aprovechado ese debut con un gran resultado. En septiembre de 2017 volvió a retomar la halterofilia tras unos años alejadas por maternidad y por el trabajo como profesora. Y cuando volvió lo hizo con una medalla de bronce en el Europeo de Francia en 2018.

Pese a las barreras y pocos recursos de los que ha dispuesto en estos últimos años, su progresión ha sido meteórica. La catalana se puso en manos de Toni Vallejo en el Club de Pesas de Terrassa y esa mejoría se vio reflejada esta temporada con logros de prestigio en su nueva categoría, -79 kilos, ya que se colgó el bronce en la Copa del Mundo de Manchester levantando 100 kilos. Ahora ha dado un paso más tras alcanzar los 107 y darle un buen bocado al récord de España que ella misma tenía fijado en 103.

Precisamente, esa marca la igualó en su primer intento en el Forum Internacional de Tokio. Luego llegaron los 107 y en el tercero pidió 110, pero hizo nulo. “Siempre soy muy exigente, han estado bien los primeros levantamientos, pero 110 me habría puesto en la pelea por un cuarto o quinto puesto, cosa que se ha escapado. En mis primeros Juegos con dos intentos válidos y técnicamente perfectos porque tenía tres blancas, no me puedo quejar, es un diploma. He mejorado la marca que tenía y con récord de España. El trabajo ha salido bien”, ha comentado Montse, quien ya mira a París 2024 con el objetivo de subir al podio.

La arquera Carmen Rubio cae eliminada en dieciseisavos

El tiro con arco español se ha despedido de los Juegos Paralímpicos de Tokio en dieciseisavos de final. Carmen Rubio no ha podido alcanzar los octavos en Open Compuesto tras ceder en el duelo ante la iraní Farzaneh Asgari. La navarra, de 59 años, había sido 21ª con 651 puntos, logrando su mejor marca de la temporada. Se sentía fuerte tras llegar a la capital nipona con una buena actuación en la Copa de Europa de Nove Mesto (República Checa), donde logró el oro.

Su participación en el Parque Yumenoshima terminó en la primera eliminatoria tras caer con Asgari por 140-134. “Me he sentido bien y cómoda tirando, en los días anteriores hizo mucho calor, hoy ha sido una mañana muy agradable y me sentí a gusto, aunque no me salió el tiro y el resultado en la diana que buscaba. Mi contrincante ya me ganó en el clasificatorio europeo y ha tirado mejor”, ha explicado.

“He trabajado bien y me llevo tareas para ir preparando París 2024. En cuanto a los Juegos en sí, han sido de mucha precaución por la Covid-19, otro enemigo que nos estaba achuchando a todas horas. En tiro con arco se han batido muchos récords paralímpicos y del mundo y esto nos dice que el nivel deportivo está casi a la misma altura que en la categoría olímpica”, ha añadido.

La arquera de Pamplona mantiene su hegemonía en España desde 1998, incluso cuenta con varios hitos en su carrera, ya que, en categoría absoluta, ante rivales sin discapacidad hizo tres podios en campeonatos nacionales en sala y una plata al aire libre. En su palmarés también luce un oro europeo (2006). “Hay que ponerse las pilas, en la Federación Española de Tiro con Arco ya se está trabajando con nosotros, hay un plan para los próximos tres años y hay que tirar hacia adelante para conseguir plazas en París y que España esté representada allí como se merece”, ha apostillado.

La bestia Kim López, ‘bombazos’ de oro en Tokio

Potencia y sangre fría, ambición sin límites y fortaleza mental, fiabilidad y seguridad. Son los elementos que caracterizan a Kim López, una bestia de brazos hercúleos que ha vuelto a conquistar un oro a ‘bombazos’ en los Juegos Paralímpicos. En Río de Janeiro 2016 alcanzó la gloria en lanzamiento de peso F12 y ahora en Tokio ha subido un peldaño aún mayor porque no solo se ha llevado la presea dorada, sino que lo ha hecho a lo grande, tras destrozar el récord del mundo que él mismo poseía.

Es el único deportista ciego o con deficiencia visual de la historia que ha superado la barrera de los 17 metros. En junio en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia) hizo 17.02 y en el Estadio Nacional de la capital japonesa ha elevado esa plusmarca hasta 17.04 metros. Su máximo rival, el ucraniano Roman Danyliuk, no podía hacer otra cosa que rendirse ante la tiranía del lanzador de enormes músculos tatuados y barba negra azabache. Es el mejor arrojador de la bola de acero -7,260 kilos- de todos los tiempos en categoría F12.

Solo se vio por debajo de Danyliuk tras los dos primeros lanzamientos, ya que hizo nulo y luego 16.51, a dos centímetros del primer puesto. Fue mejorando sus tiros progresivamente, en el tercero consiguió 16.81, una distancia a la que ya nadie pudo llegar más que él. Luego bajó ligeramente a 16.78 y en el quinto intento agarró la bola, tan ligera en sus manos, la colocó bajo su barbilla y tras un movimiento rotatorio la hizo volar en un arco perfecto hasta que cayó en 17.04 metros, dos centímetros más allá de la cinta que marcaba el récord del mundo que ya tenía.

Con una rotura del ligamento cruzado de la rodilla

Una medalla muy especial en su fastuosa carrera deportiva, en la que sobresalen los dos oros paralímpicos, así como numerosos metales mundiales y europeos. Un éxito que tiene más valor ya que el titán valenciano lleva desde hace dos años y medio con una rotura del ligamento cruzado de la rodilla izquierda. Prefirió un tratamiento conservador y esquivar el quirófano, a pesar de que en cada sesión de entrenamiento y competición acababa con el cuerpo dolorido. Pero como decía Muhammad Ali: ‘El dolor es pasajero y la gloria eterna’.

“Ha sido una prueba un poco difícil al principio, es el ciclo más duro que he hecho, el que más me he preparado. Hemos tenido una temporada larga, no hemos parado y ha habido problemas externos, tuve una lesión muy fuerte y he luchado mucho para estar aquí. Estaba mejor de lo que se ha visto ahí fuera. No estaba saliendo bien al comienzo, pero me he metido en la prueba, me he concentrado y sosegado. Estoy para lanzar mucho más lejos así que espero llegar a París 2024 dando más”, ha recalcado Kim López.

El de Silla (Valencia) empezó de pequeño en la natación, pero se aburría en la piscina y aterrizó en el atletismo por afán competitivo. “Estaba en un centro internado en Alicante y fue por un pique con un compañero. Me dijo que me ganaba nadando y le vencí. Y luego me retó en lanzamiento de disco y volví a ganarle. Me gustó mucho y desde entonces no lo he dejado”, relata en una entrevista con este medio.

Sin embargo, tuvo un periodo de vaivenes, dejó de estudiar y pasaba muchas horas en la calle, creció en un entorno de delincuencia. “Era muy callejero, un chico de barrio, pero me di cuenta de que tenía que pelear para alejarme de ese lado oscuro”, comenta. El deporte se postuló como la única salida, dejó su ciudad y accedió a la residencia Blume de Madrid, donde empezó a forjar su leyenda.

Su piel es un lienzo de tatuajes que recorre cada vivencia que le ha marcado en su travesía. En el dedo índice de su mano derecha aparece una bala con la H de ‘hermanos’ que “representa a mi gente, siempre que me necesiten ahí estaré”. También lleva un tiburón, unas rosas, una geisha, un dragón, una luna en la espalda que simboliza a su madre y dos pistolas que representan a sus hermanos, Rubén y Kevin, “mis armas de defensa”. Ahora se tatuará algo relacionado con Tokio, la ciudad en la que ha confirmado que es el ‘rey’ del lanzamiento de peso.

Susana Rodríguez y Sara Loehr se coronan en el ‘infierno’ de Odaiba

Con un poderío desgarrador de principio a fin, Susana Rodríguez y su guía Sara Loehr han llegado a lo más alto en el Parque Marino de Odaiba, un ‘infierno’ donde la ‘ParaTriArmada’ española ha conquistado tres medallas. Álex Sánchez Palomero fue el primero con un bronce en PTS4 (discapacidades moderadas), luego Héctor Catalá y Gustavo Rodríguez con una plata en PTVI (discapacidad visual) y unos minutos después llegó la guinda a una jornada espectacular con el oro en PTVI de la viguesa y la barcelonesa. La competición arrancó a las 6.30 para mitigar las altas temperaturas, pero aun así las condiciones eran durísimas, en una bahía caldosa con el agua a casi 30 grados, el aire a 34 y la humedad del 86%.

En las calles de Tokio, con el aliento de algunos aficionados y con el sol quemando la piel, el equipo español peleó con valentía y con esfuerzo titánico por los metales en la batalla de la supervivencia. El mayor botín se lo llevaron Susana y Sara. Apenas llevan un año y medio como pareja y solo han competido en dos pruebas internacionales -oros en las Series Mundiales de Leeds y en la Copa del Mundo de A Coruña-, suficientes para convertirse en una dupla sólida, con un enorme potencial y con una gran regularidad en los tres segmentos. Han hecho historia tras colgarse la primera medalla dorada del triatlón español en unos Juegos.

En una carrera extrema (750 metros de natación, 15 km bici y 5 corriendo) han demostrado que son dos deportistas de tremendos pulmones y tanto duras de cabeza como fuertes de piernas. La primera boya rompió la simetría del grupo y la viguesa y la catalana tomaron la delantera para salir del agua en primera posición. En la bicicleta, en un circuito estrecho entre rascacielos y centros comerciales, las españolas pedalearon al unísono en una danza coordinada y perfecta. En cada vuelta les sacaban ventaja a sus perseguidoras, las canadienses Jessica Tuomela y Marrianne Hogan y las italianas Anna Barbaro y Charlotte Bonin.

Habían dosificado energías y guardado la suficiente gasolina para la carrera a pie, aunque necesitaron cintas de refrigeración en la cabeza y algunas botellas de agua para paliar el calor. Cinco kilómetros y la gloria le esperaban, ya nadie les iba a arrebatar el suculento manjar, la victoria era de ellas. Cruzaron la meta con un tiempo total de 1:07.15, casi cuatro minutos más rápidas que las italianas, que se llevaron la plata. El bronce fue finalmente para las francesas Annouck Curzillat y Celine Bousrez.

Susana, que ha sido tres veces campeona del mundo y ya tiene la triple corona -oro europeo, mundial y paralímpico-, alcanza así su nirvana como triatleta, con un oro estelar que recompensa todo el camino pedregoso que ha tenido que recorrer en su trayectoria. De pequeña levitaba sobre el tartán, llegó a ser campeona del mundo junior en 100 y en 400 metros, pero su carrera como atleta se vio truncada en 2008 tras quedarse sin ir a los Juegos de Pekín. Aquel mal trago le hizo guardar las zapatillas de correr durante dos años, aunque su pasión por el deporte le llevó a probar el triatlón, modalidad en la que ha fraguado un palmarés excelso.

Esa persistencia y voracidad que desprende cuando compite le han encumbrado a lo más alto. En Río 2016 fue quinta y en el país del sol naciente ha arrasado. Su participación en Tokio no ha terminado, ya que se convertirá en la primera española en competir en dos disciplinas en unos mismos Juegos. La versátil y polifacética deportista estará mañana en los tacos de salida del Estadio Nacional para disputar las series clasificatorias de los 1.500 metros T11 (atletas ciegas) junto a Celso Comesaña.

“Nunca te imaginas estar en el podio hasta que te subes, ese es el momento en el que te lo piensas a creer. Llevamos desde febrero de 2020 juntas y con esta situación no hemos podido compartir tanto tiempo, pero hicimos una buena planificación. He prometido mil cosas si ganaba y ahora me van a pillar -ríe-. Yo que odio bailar dije que lo haría, que organizaría una fiesta en Santiago para un montón de amigos… Me lo irán recordando ellos”, ha bromeado.

El gran éxito que acaba de lograr en Japón no se entendería sin su otra mitad, sin sus ojos, Sara Loehr. A veces el destino es caprichoso y si no, que se lo digan a la triatleta catalana. Con nueve años fue la niña que coronó la pirámide humana en el estadio de Montjuic para inaugurar con “un beso de bienvenida” los Juegos Paralímpicos de Barcelona’92. Ahora ha sido protagonista en una cita paralímpica. Empezó como atleta y a los 20 años y tras varios desconectada del deporte, se le cruzó el tren del triatlón y decidió subirse.

Yassine Ouhdadi toca el cielo con un oro en los 5.000 metros T13

De pequeño marcaba goles en campos improvisados sobre las rojizas tierras de Toulouine, un pequeño pueblo de la cordillera del Atlas marroquí. Pero sus problemas de visión le obligaron a cambiar el balón por el atletismo. Yassine Ouhdadi empezó a correr por la montaña, luego pasó al barro del cross y hace un par de años llegó al tartán para convertirse en subcampeón del mundo en Dubai 2019 y de Europa este año en Bydgoszcz (Polonia). En Tokio, sus ligeras zancadas han subido un escalón más para reinar en los 5.000 metros T13 de los Juegos Paralímpicos.

Llegaba en gran forma y con una fe sostenida por sus marcas tras la preparación que había realizado a las órdenes de Benito Ojeda en el CAR de San Cugat, hasta donde se había mudado para dar caña a sus finas piernas que poseen una tremenda fuerza. Cargado de ilusión se presentó en el Estado Nacional Olímpico de la capital nipona, donde la humedad convierte el aire en irrespirable. Espigado como un junco y liviano como una pluma, el tarraconense se mantuvo siempre en el vagón delantero, todos en fila india y controlando el ritmo.

El canadiense Guillaume Ouellet y el australiano Jaryd Clifford tiraron del grupo, pero Ouhdadi no se inquietó, reservó gasolina y esperó su momento, que llegó cuando sonó la campana que avisaba de la última vuelta. Ahí el español agitó las aguas, aceleró y zancada tras zancada fue dejando atrás a sus rivales. Lanzado e incontenible voló, Clifford trató de darle caza, pero el español recorrió los últimos 100 metros en menos de 14 segundos. El corazón le botaba de alegría, brazos al cielo y rezo en el tartán.

El atleta, musulmán practicante y que confiesa tomarse unos dátiles antes de cada carrera porque le dan energía, detuvo el crono en 14:34.13, que supone nuevo récord de Europa. El australiano fue plata (14:35.53) y el ruso Aleksandr Kostin y su guía Iurii Kloptcov se llevaron el bronce (14:37.42). «Ha sido increíble. Desde el primer momento tuve las ideas muy claras, no tenía que ponerme delante porque la carrera era muy larga y la humedad y el calor apretaban. Quería guardar fuerzas para el final y darlo todo en los últimos 400 metros. Ha funcionado la táctica y estoy muy contento», ha comentado.

“Sabía que si me quedaban fuerzas para hacer una última vuelta rápida tenía muchas opciones de pelear por el podio y, por suerte, me ha tocado el oro”, ha añadido Ouhdadi, afectado por cataratas y sin visión en el ojo izquierdo, que llegó a España desde Marruecos cuando solo tenía seis años. El martes tratará de coger otra vez una presea ya que competirá en los 1.500 metros: “Aunque ya he cumplido mi objetivo, soy ambicioso y voy a por la medalla. Lo bueno es que voy sin presión y con una motivación extra tras ganar el oro en el 5.000”.

Toni Ponce se abona a la plata en el Centro Acuático de Tokio

Cuando Toni Ponce tocó la pared y volteó la cabeza hacia el marcador su cara no irradiaba felicidad plena. Sí, había ganado una plata, pero para él, un nadador ambicioso y voraz no era suficiente porque acababa de ser superado en su prueba predilecta, los 100 metros braza SB5. El ruso Andrei Granichka, su máximo rival en la piscina en esta modalidad, no solo se llevó el oro, sino que también le arrebató el récord del mundo.

En el Mundial de Londres 2019 ya había cedido ante él, aunque se quitó la espinita en el Europeo de Funchal (Portugal) en mayo, donde le ganó un pulso feroz con plusmarca incluida (1:25.46). En la batalla más esperada, en unos Juegos Paralímpicos, el ruso ha sido superior y se ha colgado la presea dorada con 1:25.13. Ponce, con 1:26.53 ha finalizado segundo, abonándose así a la plata en el Centro Acuático de Tokio ya que el miércoles logró el metal plateado en 200 libre.

El nadador dirigido por Jaume Marcé en el CAR de San Cugat fue mejor en los primeros 50 metros, salió como un trueno, a un ritmo de cuatro brazadas subacuáticas hasta ponerse en primera posición. Pero tras el viraje, Granichka, nadando a su izquierda, se subió a su ola. Desplegó toda su envergadura y le recortó distancias hasta adelantarlo y destrozar el récord mundial.  “Otra plata más, quien lo diría que sería dos veces subcampeón paralímpico, pero un poco agridulce”, ha comentado el barcelonés en la zona mixta.

“Hay que mirar bien la prueba para ver qué ha ocurrido. Sabía que había pasado más rápido que en la mañana, después la vuelta considero que la colocación y el estilo ha ido bien, noté que se acercaba Granichka e intenté dar el plus final y han saltado espasticidades y tembleques en las piernas, eso quiere decir que iba al límite y lo he dado todo. Aunque creo que lo podría haber hecho mejor, es un poco duro. Mi rival ha hecho un tiempazo, así que ahora hay que estudiar y trabajar bien para volver a quitárselo”, ha añadido Ponce.

Por otro lado, España se llevó tres diplomas más en la piscina. Miguel Luque ha sido cuarto con 2:45.78 en 150 estilos SM4, prueba en la que el balear Xavi Torres, quien volvía a unos Juegos nueve años después, ha acabado sexto con 2:47.74. Y en 150 estilos SM4, la burgalesa Marta Fernández ha quedado cuarta con 2:59.13, un tiempo que supone marca personal. La natación española acumula seis medallas, todas ellas de platas: Toni Ponce en 200 libre S5 y 100 braza SB5, Íñigo Llopis en 100 espalda S8, Óscar Salguero en 100 braza SB8, Luque en 50 braza SB3 y Marta en 50 mariposa S4 con récord del mundo (40.22 segundos).

Ten, Jaramillo y Cabello, un tridente de bronce en velocidad por equipos

El ciclismo español ha logrado su segunda medalla en los Juegos Paralímpicos de Tokio en el velódromo de Izu. Después del oro conquistado por Alfonso Cabello en el kilómetro contrarreloj C4-5, ahora ha sido el equipo de velocidad por equipos el que ha subido al podio del oval de madera con un bronce. El tridente formado por el propio ‘pistard’ andaluz, Ricardo Ten y Pablo Jaramillo se ha impuesto a Francia en la lucha por el tercer puesto.

De esta forma, España revalida el mismo metal que cosechó en Río de Janeiro 2016, aunque en aquella ocasión eran Eduardo Santas y Amador Granados los que acompañaban a Cabello. El nuevo equipo conformado por Félix García Casas ya avisó de su enorme potencial en el Mundial de pista en Milton 2020. Durante la preparación para la cita en Japón en Palma de Mallorca habían ofrecido muy buenas sensaciones y lo han ratificado con un bronce que sabe a oro.

En la clasificatoria marcaron el tercer mejor tiempo de los participantes tras parar el crono en 49.571 segundos, solo por detrás de los británicos Kadeena Cox, Jaco van Gass y Jody Cundy, así como de los chinos Zhangyu Li, Guoqing Wu y Shanzhang Lai. En la batalla por la medalla, el trío español tenía que lidiar con Francia (Alexandre Leaute, Kevin le Cunf y Dorian Foulon). Ricardo Ten, a quien se le escapó el bronce en la persecución de tres kilómetros C1, fue el encargado de realizar la arrancada y lo hizo con el cuchillo entre los dientes y con una dosis de motivación extra.

El almeriense Jaramillo, que debutaba en unos Juegos, completó un buen trabajo en el segundo relevo. Y Cabello, que batió el récord del mundo en el kilómetro C5 hace un par de días, culminó la faena en una formidable posta en la que se exprimió al máximo para aupar a España al tercer puesto del podio con 49.209 segundos, mientras que el conjunto francés hizo 49.567.

Después de cinco Juegos como nadador, con tres oros, una plata y tres bronces, Ten agranda su leyenda tras sumar su primera medalla como ciclista. El campeón del mundo en pista y en carretera hace historia al unirse al selecto club de españoles con metales en diferentes disciplinas deportivas. Además, el abanderado español dispondrá de nuevas opciones en la contrarreloj y en la ruta en carretera, que se disputará la próxima semana en Fuji.

“Las medallas individuales saben muy bien, pero la de equipos se saborean el doble. Tengo la fortuna de poder estar disfrutando de mis primeros Juegos como ciclista con estos dos bicharracos. Nos han apretado de lo lindo, hemos sabido sufrir y eso nos ha permitido colgarnos la medalla, es un bronce que me sabe a oro. Se la dedico a mis hijos, va para ellos y para toda la gente que me quiere y siempre ha estado apoyándome”, ha comentado.

Pablo Jaramillo, en el que el seleccionador nacional apostó para formar el equipo de velocidad, ha tenido un bautismo feliz como paralímpico: “Lo mío ha sido llegar y besar el santo, mi debut y primera medalla. Sabíamos que Francia era un rival importante, han mejorado su tiempo y nosotros le hemos dado la vuelta. Tengo la suerte de estar con Ricardo y Alfonso que no se han descuidado en ningún momento. Ahora a celebrarlo”.

Por su parte, el cordobés Cabello ha cerrado su participación en Tokio con dos medallas, el oro en el kilómetro y el bronce por equipos. El ciclista andaluz, de 27 años, suma ya cinco preseas paralímpicas ya que en Londres 2012 ganó el oro y en Río de Janeiro 2016 sumó dos bronces. “Una competición como esta exige exprimirse al 100% y ha salido bien. Ricardo y Pablo lo han hecho genial, esto es un trabajo al 33% cada uno, hemos ido a una y este es el resultado, un metal en unos Juegos se cotiza muy caro y nos sabe a gloria”, ha apuntado. Por otro lado, el tándem formado por Adolfo Bellido y Eloy Teruel consiguió un diploma al finalizar sexto en el kilómetro contrarreloj (1:04.061).

Héctor Catalá muerde la plata y Álex Sánchez Palomero el bronce

Bajo un calor sofocante en la bahía de Odaiba, la ‘ParaTriArmada’ ha cuajado una competición espectacular con tres medallas. Además del oro de la pareja formada por Susana Rodríguez y Sara Loehr, España ha logrado cosechar dos metales más. Héctor Catalá y su guía Gustavo Rodríguez han mordido la plata en PTVI (discapacidad visual) y Álex Sánchez Palomero el bronce (discapacidades moderadas).

Héctor y Gustavo firmaron una gran remontada para escalar al podio a base de constancia y pundonor. Con el agua a 30 grados, una sensación térmica de 34 y una humedad del 86%, el dúo español completó una competición extrema en la que solo se inclinaron ante los estadounidenses Brad Snyder y Greg Billington (1:01.16). El valenciano y el gallego salieron del agua en novena posición y en los 20 kilómetros de bicicleta alcanzaron el sexto puesto.

Ya con las zapatillas de correr hicieron un esfuerzo descomunal para ir cazando rivales a su paso y en la segunda de las cuatro vueltas se colocaron segundos. Les costó los últimos metros, pero cruzaron tan alegres como exhaustos la línea de meta. 1:02.11 de agonía. Los dos abrazados y sentados de la paliza que supone nadar 750 metros, pedalear durante 20 kilómetros y correr cinco más con un sol abrasador. En la misma categoría, Jota García y Pedro Andújar fueron séptimos (1:03.55). Marchaban terceros al comienzo de la carrera a pie, pero una penalización de 10 segundos les frenó.

“Hay una frase que me dijo Gustavo justo antes de lanzarnos al agua: ‘Pase lo que pase, a pelearlo hasta el final’. Y ha sido tal cual. No me entero muy bien de cómo vamos, algo escucho, pero el público japonés me ha sorprendido porque han animado bastante. Me he limitado a empujar fuerte, sabía que si no lo hacía, no me lo iba a perdonar en la vida. Ha sido una carrera al límite, hay quien se ha caído por el precipicio y nosotros nos hemos asomado, pero hemos hecho equilibrio y hemos aguantado en pie”, ha expresado Catalá.

La mañana había comenzado bien, los primeros en competir fueron Álex Sánchez Palomero y Rakel Mateo. El salmantino estaba en las quinielas de las medallas y no falló. Se colgó un bronce muy trabajado y solo se inclinó ante el japonés Hideki Uda (plata) y el francés Alexis Hanquintuant (oro), cuya superioridad es incuestionable en esta categoría. El español acabó la natación en tercera posición y en los 20 kilómetros en bicicleta se sintió cómodo para adelantar un puesto. Pero las fuerzas flaquearon cuando le correr y en la segunda vuelta fue adelantado por el nipón. Al final cruzó la meta en 1:04.24.

Esta es su segunda presea paralímpica, ya que en Pekín 2008 también ganó un bronce como nadador en 100 metros braza, uniéndose así al selecto grupo de deportistas españoles que han logrado medalla en deportes diferentes en unos Juegos. Tras Londres 2012, cita en la que no le dejaron nadar con el brazo dentro del bañador -con 17 años tuvo un accidente de moto y en su extremidad superior derecha perdió la movilidad-, abandonó el deporte hasta que se enganchó al triatlón. En Río 2016 no pudo debutar porque su clase no entró en el programa de los Juegos. Pero como un ave Fénix, siempre resurge de sus cenizas y la recompensa a su constancia le ha llevado al podio en Tokio.

“Estoy muy contento, ha costado mucho llegar hasta aquí. Después de Londres, que fue un palo enorme, el triatlón se convirtió en una apuesta personal. Mucha gente me apoyó y esto es un premio, cruzar la meta dándolo todo vale más que cualquier medalla. Hice muy buen sector en el agua, en la bicicleta lo he dado todo, pero al bajar a correr he notado el calor, me echaba agua y no me duraba nada. Me ha tocado estar en mi mejor momento de forma y en mi peor momento emocional. Pero ya ha pasado, está cicatrizado y aquí estoy”, ha expresado con la voz quebrada.

Y en PTS2, Rakel Mateo firmó una gesta al completar la prueba por todos los obstáculos que ha tenido que superar esta temporada para llegar. Hace seis meses le amputaron la pierna izquierda que desde hace 20 años tenía dañada por un accidente laboral. Sin tiempo de adaptación a la prótesis, con arrojo y un esfuerzo descomunal la vizcaína finalizó séptima (1:30.37). “Estoy alegre, pensaba que no iba a llegar, pero lo tenía que intentar. Han sido seis meses duros, he tenido que ir en paralelo a la recuperación por la amputación, que aún está muy sensible, y he tenido que aprender tres deportes de una manera distinta. Ha merecido la pena, mi sueño era estar aquí y pasar la meta, es el regalo más grande”, ha apuntado.

Marta Arce se queda a las puertas del podio en el Budokan

El judo español se ha despedido del Nippon Budokan de Tokio con sabor agridulce ya que en la segunda jornada de competición, Marta Arce se ha quedado a las puertas del podio. La vallisoletana, plata en Atenas 2004 y en Pekín 2008 y bronce en Londres 2012, cayó en el combate por el bronce en -63 kilos y no pudo hacer pleno de medallas en sus cuatro participaciones en Juegos Paralímpicos.

A sus 44 años y tras superar dos graves lesiones, la judoka española lo dejó tras la cita en la capital británica para dedicarle tiempo a su familia, pero es tan fuerte la atracción que siente por los valores que emanan del tatami que desempolvó el kimono y regresó con la idea de llegar al templo de las artes marciales. El billete lo sacó a última hora, tras colarse entre las 10 mejores del mundo.

Llegaba a Japón con la presión justa y consciente de que las medallas estarían caras, pero sin descartar nada. No tuvo un debut debut ya que en cuartos de final perdió por ippon ante la china Yue Wang. Le quedaba una oportunidad para reengancharse a la lucha por las preseas y cumplió en la repesca tras vencer por ippon con la técnica O-uchi-gaeshi a la japonesa Hiroko Kudo.

Sin embargo, en el combate por el bronce no pudo hacer nada ante la uzbeka Nafisa Sheripboeva, de 19 años, que le marcó un ippon. “No contaba con la medalla, pero ya que había ganado, la quería. Me voy con buen sabor porque el hecho de llegar a los Juegos era un privilegio. Con la fractura de la muñeca, la lesión de la rodilla, mis tres hijos y el trabajo lo tenía complicado, pero aun así he llegado y he estado cerca”, ha comentado la deportista, que pone el broche final a su carrera en la élite.

Por su parte, el madrileño Álvaro Gavilán cedió en primera ronda en -73 kilos frente al lituano Osvaldas Bareikis por wazari. España se marcha de Tokio con la medalla de plata del aragonés Sergio Ibáñez en -66 kilos.

Victoria histórica de la selección femenina y el equipo masculino gana a Turquía

El Mushashino Forest Sport Plaza ha sido el escenario en el que la selección española femenina de baloncesto en silla de ruedas ha logrado su primera victoria en unos Juegos Paralímpicos. Tras las derrotas frente a Estados Unidos y China, el combinado que dirige Abraham Carrión ha arrasado a Argelia (8-80) y se ha clasificado para los cuartos de final.

España regresaba a una cita paralímpica después de Barcelona’92, donde aquel grupo de pioneras entrenadas por Ramón Gisbert perdió sus cinco encuentros y acabó en la octava posición. A Tokio llegaron por méritos deportivos, tras clasificarse siendo cuartas en el Europeo de Rotterdam (Holanda) en 2019.

La selección no tuvo un buen estreno en la capital tokiota tras caer ante Estados Unidos (68-34), campeona en Seúl 1988, Atenas 2004, Pekín 2008 y Río 2016. Después cedió frente a China por 29-46 y contra Argelia se ha mostrado impía en un partido en el que han dominado de principio a fin. Ya en el primer cuarto dominaba por 4-24, confirmando la superioridad española.

Todas las jugadoras disfrutaron de minutos en el triunfo histórico. La viguesa Vicky Alonso fue la mejor del choque con 20 puntos y 10 rebotes, aunque también tuvieron una actuación destacada Michell Navarro (14 puntos y 6 rebotes), Vicky Pérez (12 puntos, 10 rebotes y 5 asistencias) y Agurtzane Egiluz (10 puntos). España cerrará la fase de grupos con Holanda.

Ficha técnica del partido:

Argelia (8): Fatima Bouzidi, Djamila Khemgani, Dabia Semati (2), Samiha Abdelai (2), Nourhane Boublal (4), Zohra Sellami, Kheira Zaimi, Yamina Ghoul y Naoual Khedir.

España (80): Lourdes Ortega (2), Beatriz Zudaire (9), Vicky Alonso (20), Almudena Montiel, Michell Navarro (14), Sonia Ruiz (2), Sara Revuelta (3), Vicky Pérez (12), Judith Núñez, Agurtzane Eguiluz (10), Isabel López (8) y Cruz Ruiz.

La selección española masculina sigue a velocidad de crucero en los Juegos Paralímpicos con un pleno de victorias. Cuatro de cuatro para los jugadores de Óscar Trigo, que buscarán este domungo el primer puesto del grupo A frente a la anfitriona Japón. Después de doblegar a Corea del Sur (65-53), a Canadá (78-41) y a Colombia (74-56), la ‘ÑBA’ sobre ruedas tumbó a Turquía por 61-79.

Jordi Ruiz, que está firmando unos Juegos espectaculares, fue el máximo anotador español con 20 puntos. El base bilbaíno Asier García también brilló con 17 puntos, 12 rebotes y 8 asistencias. Mientras que Alejandro Zarzuela, con 16 puntos y 10 rebotes, y Manu Lorenzo, con 13 puntos, hicieron mucho daño en la pintura.

La vigente subcampeona paralímpica -plata en Río 2016- tratará de amarrar la primera posición para tener un cruce más favorable en cuartos de final. Aunque ningún rival será asequible en el partido que dará acceso a la lucha por las medallas, ya que podría enfrentarse a Gran Bretaña, Estados Unidos o Alemania.

Ficha técnica del partido:

Turquía (61): Deniz Acar (8), Ozgur Gurbulak (26), Mucahit Gunaydin (2), Ahmet Efeturk (2), Ugur Toprak (5), Ismail Ar (6), Selim Sayak, Ferit Gumus (10), Ridvan Aksoy (2) y Volkan Gulem.

España (79): Dani Stix, Alejandro Zarzuela (16), Amadou Diallo (6), Jordi Ruiz (20), Asier García (17), David Mouriz (7) y Manu Lorenzo (13).

Sergio Ibáñez, plata paralímpica en el templo del judo

Por los antiguos senderos que salen del Palacio Imperial, en un paseo espiritual con jardines llenos de árboles se llega al Nippon Budokan, ‘sancta santorum’ de las artes marciales, un pequeño oasis verde entre los rascacielos de la ciudad. El destino o la casualidad han querido que en el tatami del edificio octagonal que simula un templo budista debutase en unos Juegos Paralímpicos el judoka Sergio Ibáñez. A sus 22 años, en modo ‘sensei’ (maestro en japonés) ha hecho historia tras conquistar la plata en -66 kilos, un metal que le había dejado un sabor agridulce porque se le ha escapado el oro por una decisión discutida de los jueces.

Ya avisaba antes de viajar a territorio asiático que su objetivo era la medalla. Y no iba de farol. En los últimos años su progresión ha sido meteórica, siendo subcampeón del mundo, bronce europeo y rompiendo barreras por la inclusión, ya que ha sido dos veces medallista en campeonatos de España ante rivales videntes. Los valores del judo empezó a adquirirlos de pequeño, cuando descubrió su deporte por medio de una carta que le envió la ONCE. Nació con una discapacidad visual del 79% que le afecta al nervio óptico, tiene distrofia de conos y fotofobia.

Pero nada le ha frenado para convertirse en el emperador de su categoría en Tokio. Cuatro combates, tres triunfos y una derrota con tinte polémico que le han recompensado con la presea plateada, la muesca más importante de su carrera. Además, frena una sequía de 16 años sin ver a un judoka masculino español en un podio paralímpico. Los últimos fueron Raúl Fernández (bronce en -90kg) y David García del Valle (plata en -66Kg) en Atenas 2004. Sí que hubo medalla en féminas en Pekín 2008 y en Londres 2012 con Carmen Herrera, Mónica Merenciano y Marta Arce.

Impecable hasta el final

Su debut fue frente a Luis Jabdiel Pérez. El aragonés llevó la iniciativa y salió agresivo ante un adversario que trataba de defenderse ante las acometidas del español. El pupilo de Javier Delgado y de Alfonso de Diego dominó al portorriqueño con claridad y cuando restaba un minuto y 50 segundos para el final, un ippon le abrió las puertas de cuartos. Consiguió la victoria con un Sode-guruma-jime, una técnica de estrangulación que consiste en cogerse la manga, pasarla entre el cuello del rival y ejercer presión para obligarle a que abandone.

Casi media hora después regresaba al tatami, donde le esperaba en la siguiente ronda el azerbaiyano Namig Abasli, número dos del mundo, oro en el Grand Prix de Baku de esta temporada, bronce continental en 2019 y que no se había bajado del podio en las últimas cinco competiciones disputadas. El bagaje del azarí no amedrentó a Ibáñez, que había preparado bien el combate visualizando vídeos de su oponente.

Comenzó valiente y siguiendo al pie de la letra el plan pergeñado por sus técnicos, que tenían bien analizado a uno de los judokas más fuertes de la categoría. El suelo es una de sus principales fortalezas y lo aprovechó para mandar durante los cuatro minutos, sacándole dos amonestaciones y situando a Abasli sobre el alambre. En la técnica de oro, el azerbaiyano tuvo que arriesgar y el aragonés encontró una vía para imponerse por wazari.

Apenas 30 minutos más tarde y tras un combate muy sufrido haciendo un enorme alarde de perseverancia, al español le tocaba lidiar en semifinales con otro hueso duro, el georgiano Giorgi Gamjashvili. Se habían cruzado en una sola ocasión, en el Mundial de Fort Wayne-Indiana (EE.UU.) con victoria para Ibáñez, que terminó siendo subcampeón en ese torneo. Esta vez, ‘El Fideo’ solo necesitó 40 segundos para vencerle con un ippon. Al terminar celebraba, los dos puños apretados y un abrazo con Javier Delgado, ya lo tenía, en unas horas viviría el momento más feliz de su vida.

‘Una medalla en los Juegos es para estar contento’

Le quedaba un último peldaño para llegar a la cima, pero le frenó el uzbeko Uchkun Kuranbaev, un adversario nuevo en el circuito internacional que este año le había arrebatado la plaza para Tokio a su compañero Utkirjon Nigmatov, oro en Río 2016. En junio perdió ante él en la final del Grand Prix de Baku (Azerbaiyán) y otra vez volvió a cruzarse en su camino. Su entrenador le gritaba una y otra vez cabeza, tensión y diagonal. Él hizo lo que le pedía, llevó al contrincante al límite y ganaba con dos shidos, pero en el ‘Gold Score’, cuando los españoles reclamaban un wazari que le habría otorgado el oro, Nigmatov se impuso con la misma técnica.

Una decisión con la que el español se mostró en desacuerdo y abandonó el tatami enfadado. “Perder una final no es nada agradable, fastidia porque he tenido el oro muy cerca, pero ya estoy más tranquilo y una medalla en unos Juegos es para estar muy contento. Este rival me ganó este año en el Grand Prix de Gran Bretaña sin problemas, pero aquí ha sido muy discutible, ha habido una acción en la que he marcado yo y que no se ha perdido el tiempo en revisar. Aun así, me voy feliz. Voy a seguir trabajando duro en los próximos años con la intención de llegar a París 2024 y pelear por lo máximo”, ha comentado ya más relajado.

Es un competidor que sabe explotar sus virtudes y esconder los defectos, una persona muy humilde y sin egos, una combinación de talento, inteligencia, disciplina y compromiso. De niño libró los primeros combates por esa falta de visión y era tan introvertido que apenas salía a corretear por las calles de su pueblo, Alagón (Zaragoza). Le gustaba el fútbol, pero como no veía la pelota y el sol se lo ponía tan difícil, lo tuvo que dejar. Probó con la natación durante casi dos años y el agua tampoco fue un medio en el que se encontrara a gusto, así que decidió cambiar el bañador por el kimono, con el que ha escrito un capítulo de plata en la historia del judo español.

Marta Fernández, una mariposa de plata y de récord mundial

Es la explosión silenciosa de la natación española, su cara inocente e ingenua transmuta cuando se lanza a la piscina. Ahí, en el agua, el medio en el que desafía al dolor de su cuerpo entre tenaces brazadas, Marta Fernández asoma voraz y dispuesta a dar dentelladas cada vez más grandes. Ha tardado en romper el cascarón, pero cuando lo ha hecho ha sido con un resultado espectacular. Avisó en el Europeo de Funchal con siete metales y en Tokio ha dado un paso más con una plata en 50 mariposa S4.

En el Centro Acuático de la capital japonesa aguardaba un pulso tenaz entre ella y la china Dong Lu, que compite en una categoría superior (S5), pero poco le importaba, su rival debía exprimirse al máximo si pretendía ganarle. Y así fue. La nadadora asiática tuvo que destrozar su récord del mundo con 39.54 para llevarse el oro. La burgalesa completó una carrera excelsa, de principio a fin, con un ondular cadencioso y clavando cada aleteo con bravura, paró el crono en 40.22 segundos, que también supone récord del mundo en S4, algo que ya había hecho por la mañana con 41.27.

Una plata de gran valor la que ha conseguido la deportista española, su primera presea en unos Juegos Paralímpicos. En el agua se siente poderosa, sin límites, pese a la enfermedad neurodegenerativa que tiene y cuya espasticidad va cada vez a peor. Nació hace 27 años con tetraparesia espástica, que le afecta a todo el cuerpo y tiene carácter progresivo. Con tres años ya chapoteaba en la piscina, era la mejor rehabilitación para sus extremidades.

Marta Fernández ha logrado la medalla de plata en 50 mariposa S4. Fuente: CPE

“Al principio no me gustaba, le tenía mucho miedo. Ahora es mi forma de vida, me apasiona, no me imagino un día sin nadar”, confesaba en una entrevista con este medio. La eclosión de la nadadora del CD Fusion, club que preside Geles Fernández Lebrero (cinco veces medallista paralímpica) llegó el pasado verano, tras el confinamiento por la pandemia de la Covid-19 arrojó ese potencial que llevaba en las entrañas. Las horas acumuladas en la piscina y en el gimnasio salieron a flote gracias al trabajo en el Centro de Tecnificación Río Esgueva de Valladolid con Raúl Carrasco y Javier Alonso.

“Allí he crecido tanto a nivel personal como deportivo. Cuando llegué en 2011 no sabía ni voltear, tocaba la pared y me giraba”, decía. El cambio de categoría -antes estaba en S7- ha sido crucial para su rendimiento, también el talento y la constancia que atesora. No se conforma solo con esta plata en 50 mariposa, en los próximos días buscará aumentar su medallero en 50 braza, 50 libre y 150 estilos.

El donostiarra Íñigo Llopis alcanza la plata en 100 espalda  

Los Juegos de Río de Janeiro 2016 le llegaron por sorpresa cuando ya había desconectado de la natación y se encontraba de vacaciones con sus amigos. Solo tenía 17 años, pero ya descollaba en la piscina. Ahora, un lustro después, con más madurez y un ciclo paralímpico repleto de baches y lesiones, Íñigo Llopis ha destilado en el Centro Acuático de Tokio su talento y fortaleza mental para agarrar una plata en 100 metros espalda S8.

Una medalla que simboliza la perseverancia, la fuerza y el triunfo de un joven que ha tenido que nadar a contra corriente superando todas las barreras, como una grave lesión que le mantuvo varios años en el dique seco. “Casi me amputan la pierna derecha y no sabía si volvería a nadar”, confiesa el donostiarra, que nació con el fémur más corto y su brazo derecho también es más pequeño, en el que solo tiene dos dedos.

Él nunca claudicó y con su bárbara capacidad de resiliencia regresó a la piscina como un titán. Tras ganar siete medallas europeas y un bronce mundial en las últimas temporadas, la recompensa por su esfuerzo y trabajo ha llegado con esta presea, la primera que logra en unos Juegos. Desde la calle 5 alcanzó el metal siguiendo un plan muy pautado de aceleración progresiva en cada largo. Pasó tercero en el viraje con 32.27 segundos y tras sobrepasar la línea roja que señala los 15 metros finales comenzó a clavar brazadas como un poseso.

El donostiarra Íñigo Llopis, plata en 100 espalda S8 en Tokio. Fuente: CPE

La felicidad se iluminó en su rostro cuando miró que era segundo con 1:06.82 y se abrazó en la calle contigua al estadounidense Robert Griswold, oro con récord del mundo (1:02.55). “Estoy muy contento, la marca no me ha gustado mucho, pero lo importante era ganar, a lo que más podía aspirar era la plata y lo he logrado. Sabía que tenía una buena vuelta, había que seguir a lo mío y coger mucha fuerza para llegar”, ha comentado.

“Es un subidón, después de las lesiones que he tenido, volver a competir y hacerlo a este nivel es increíble. La prueba era la que más hemos trabajado este año, he ido mejorando la marca todo el año, siguiendo segundo en el ranking durante mucho tiempo, así que estoy muy feliz. No sé si habrá chuletones en la Villa, pero algo sacaremos para celebrarlo”, ha añadido entre risas.

Admirador de Richard Oribe, con quien comparte piscina en San Sebastián, y entrenado por Isaac Pousada, este curso ha dado un salto cualitativo que se ha visto reflejado con sus éxitos. Y eso que de pequeño era reacio a nadar, a él lo que le gustaba era jugar al fútbol, lo hacía en su colegio como portero, siguiendo los pasos de su padre, Luis Llopis, entrenador de guardametas de Real Sociedad y Real Madrid.

Hasta que un día se rompió la pierna en la que tiene la malformación tras caerle un compañero encima. Tuvo que dejar la pelota y a los 10 años probó la natación por recomendación médica como rehabilitación. El tiempo le ha dado la razón, en el agua se está convirtiendo en uno de los mejores del mundo.

Loida Zabala logra un nuevo diploma paralímpico

A la cuarta tampoco fue la vencida. Loida Zabala tendrá que esperar a París 2024 para alcanzar el ansiado podio en unos Juegos Paralímpicos. Era un reto arduo porque las tres medallistas están en otra dimensión. La extremeña ha tenido que conformarse en Tokio con un nuevo diploma, como ya consiguiera en Pekín 2008, Londres 2012 y Río 2016. Ha quedado en la sexta posición en categoría de -50 kilos.

La haltera llegaba al Forum Internacional de la capital nipona con mucha confianza y seguridad para batir el récord de España, que está en 102 kilos, y pelear por un quinto puesto, ya que las medallas estaban muy caras. De hecho, la ucraniana Lidiia Soloviova, campeona en Atenas 2004, Pekín 2008 y Río 2016 se ha quedado fuera del podio. El oro ha sido para la china Dandan Hu (120 kilos), la plata para la egipcia Rehab Ahmed (120) y el bronce para la británica Olivia Broome (107).

Zabala levantó 93 kilos en su primer intento, pero en el segundo y en el tercero le dieron nulo. “Hemos usado la estrategia que teníamos pensado, que es hacer un movimiento válido para asegurar el diploma. Y los otros dos movimientos quería luchar por subir alguna posición, pero el récord de España, que era lo mínimo que quería hacer, no ha salido. Estoy contenta, tras la pandemia tuve que clasificarme otra vez y por eso estoy feliz. París está a tres años solamente, así que volveré a ponerme a entrenar porque tengo muchas ganas de seguir compitiendo”, ha comentado.

“Es difícil conseguir un diploma paralímpico porque hay muchas deportistas que ni siquiera se han clasificado para estar aquí. El bronce estaba más asequible, sería un objetivo de cara al futuro, así que a ver cómo va mi progresión y el de las rivales, en qué categoría nos quedamos y continuar con la misma estrategia”, ha añadido la cacereña.

El tenis de mesa español se queda sin medallas en individuales

Desde Barcelona’92 el tenis de mesa español siempre ha conseguido en individuales al menos una medalla en los Juegos Paralímpicos. La racha se ha acabado en el Gimnasio Metropolitano de Tokio, ya que los ocho palistas han quedado eliminados. Habrá que esperar a la prueba por equipos para saber si España sube al podio con alguna presea en la capital nipona.

La jornada ya había comenzado con la sorpresa en clase 6, donde Álvaro Valera, número uno del ranking mundial desde hace una década, no pasaba de la fase de grupos tras un triple empate. El andaluz había ganado al griego Kanellis Chatzikyriakos (3-2), pero perdió con el chileno Cristian Dettoni (0-3). Ahora buscará resarcirse por equipos formando pareja con Jordi Morales, con quien ganó el oro en el último Europeo.

Precisamente, el catalán ha sido uno de los tres jugadores que ha logrado alcanzar los cuartos de final. En la fase de grupos, el actual campeón del mundo en clase 7 se impuso con autoridad por 3-1 al alemán Bjoern Schnake y por 3-0 al colombiano Jose David Vargas. Sin embargo, en cuartos de final el polaco Maksym Chudzicki no le dio opciones y cayó por 0-3 (6-11, 7-11 y 9-11).

En clase 4, el extremeño Francisco Javier López también acabó entre los ocho mejores del torneo en su debut en unos Juegos y alcanza un diploma paralímpico. Consiguió sobreponerse al primer encuentro, en el que cedió ante el coreano Young-gun Kim (0-3), segundo cabeza de serie, y se adjudicó la victoria en su segundo partido ante el eslovaco Peter Mihalik por 3-1. En octavos de final derrotó al chileno Cristian González por 3-0 y se quedó en cuartos tras perder con el turco y número uno mundial Abdullah Ozturk (0-3).

El mostoleño Eduardo Cuesta tampoco pudo meterse en la pelea por las medallas en clase 11. Cayó en el primer duelo en la fase de grupos con el francés Lucas Creange (1-3), pero luego doblegó al tunecino Karim Gharsallah por un contundente 3-0. En cuartos empezó ganando el primer set (11-8), aunque el australiano Samuel Philip von Einem terminó remontando (1-3).

En clase 2, el bilbaíno Iker Sastre se quedó a las puertas de superar la fase de grupos. Perdió con el polaco y número dos mundial Rafal Czuper por 3-0, pero tuvo opciones de ganar al ruso Rasul Nazirov, aunque se le escaparon esas opciones en cuarto y quinto juego (2-3), que le hubiesen dado el billete al cuadro final. Por su parte, Miguel Ángel Toledo mostró su mejor juego para competir de tú a tú ante el número cinco del mundo, el francés Stephane Molliens (2-3), y ante el séptimo cabeza de serie, el ucraniano Oleksandr Yezyk (2-3). Ambos jugarán la prueba por equipos.

Juan Bautista Pérez fue eliminado tras cosechar dos derrotas en clase 9 contra el belga Laurens Devos y el estadounidense Tahl Leibovitz por 0-3. Tratará de pelear por las medallas en equipos junto a José Manuel Ruiz, como ya hicieron en Río de Janeiro 2016 con una plata. Pero la situación es muy diferente a la de hace cinco años, ya que no solo falta Jorge Cardona en ese tridente, sino que el palista granadino no llega en sus mejores condiciones tras sufrir hace cinco meses una lesión en el tendón de Aquiles. El andaluz perdió sus dos partidos por 0-3 con el indonesio David Jacobs y con el montenegrino Luka Bakic.

Brazadas de plata para Óscar Salguero en la piscina de Tokio

Inmerso en un remolino de emoción y felicidad llegaba Óscar Salguero a la zona mixta del Centro Acuático de Tokio. Unos segundos antes acababa de ganar una valiosa plata en su prueba fetiche, los 100 metros braza SB8 en los Juegos Paralímpicos. “Pensaba que no lo podría hacer”, ha confesado entre lágrimas de alivio y con la voz entrecortada. En Río de Janeiro 2016 se llevó el oro, aunque en el último ciclo el nivel aumentó y la rivalidad pasó a ser feroz, sobre todo, con la aparición de un hueso duro como es el ruso Andrei Kalina, que conquistó el oro. Pero su determinación, valentía y ambición le han vuelto a guiar hacia el podio

A sus 23 años puede presumir de poseer la triple corona: campeón paralímpico, mundial y europeo. Aterrizar en la capital japonesa con ese espectacular palmarés le había pasado factura en el último tramo de la preparación ya que suponía mucha presión el estar entre los favoritos y volver a pelear por alcanzar la cima. “Han sido dos años muy duros, sobre todo, psicológicamente me ha costado mucho, no ha sido mi mejor prueba, pero en unos Juegos no importa la marca sino el color de la medalla”, ha comentado este bracista disciplinado, metódico y autoexigente.

Pese a las inseguridades con las llegaba, el plan pergeñado en la piscina tokiota salió a la perfección. Consiguió liberarse de toda esa tensión acumulada cuando se lanzó al agua con los brazos y la cabeza alineados para destacarse en cuanto emergió a la superficie. Solo se doblegó ante el ruso Kalina, vigente campeón mundial y continental, que lideró la prueba de principio a fin (1:07.24).

El catalán se mantuvo siempre en la segunda posición, apretando los dientes y empujándose con una sucesión de brazadas para mantener la distancia con sus perseguidores y tocar la pared en 1:09.91. El bronce fue para el chino Guanglong Yang (1:10.48). “Lo he dado todo para conseguirlo, no ha sido mi mejor momento, me tiré con una enorme. La final era muy difícil y soy una persona mentalmente débil, me había afectado mucho, pero ahora que lo he logrado estoy más tranquilo, sé que lo puedo hacer más veces”, ha expresado.

La suya es la tercera medalla de la delegación española en Tokio, tras las platas de Miguel Luque en 50 braza SB5 y de Toni Ponce en 200 libre S5. En la segunda jornada ha debutado Teresa Perales, a quien una complicada lesión en el hombro izquierdo no le ha frenado para vivir sus sextos Juegos. La zaragozana, que apenas lleva unas semanas pudiendo entrenar con los dos brazos, dio una lección de pundonor y orgullo para meterse en la final y acabar en una meritoria quinta posición en 100 libre S5, quedándose a un segundo del podio.

También en 100 libre en categoría masculina, Ponce fue sexto con 1:13.47. Tanto el catalán como la aragonesa formaron parte del relevo mixto 20 puntos con David Sánchez y Marta Fernández que quedó en la quinta plaza. El mismo puesto ocuparon Sarai Gascón en el 100 braza SB9 (1:19.93) y Núria Marquès en 100 braza SB8 (1:26.53). El madrileño José Ramón Cantero acabó sexto con 4:57.25 en 400 libre S11.

El voraz Alfonso Cabello, ‘rey’ del kilómetro en el velódromo

Entró a la pista sereno, concentrado, con su imperturbabilidad marmórea. Nada le sacó del rumbo fijado, ni siquiera el descomunal tiempo que había hecho unos segundos antes su principal rival, el británico Jody Cundy. Cuando sonó la bocina Alfonso Cabello salió a mandar, a demostrar por qué tiene seis maillots arco iris en la prueba del kilómetro contrarreloj (C5), su coto privado en mundiales. El andaluz desplegó una enorme demostración de poderío a golpe de pedaladas para conquistar el oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio y batir el récord del mundo con 1:01.557. Es el nuevo ‘rey’.

En poco más de un minuto sus esculpidas y aceradas piernas desplegaron todo su potencial obedeciendo a su cabeza y a su corazón, siempre indómito. Un kilómetro, cuatro vueltas al velódromo de Izu y otra gesta que graba para la historia sobre la bicicleta. De apetito insaciable y voracidad sin límites, es ya una leyenda en el anillo, el español más laureado en la pista con cuatro medallas paralímpicas. Que pueden ser cinco porque este sábado hay muchas opciones en la velocidad por equipos.

Cada día sobre las dos ruedas es un nuevo desafío para el ‘rayo’ de La Rambla (Córdoba) y el de la cita en territorio nipón era de gran envergadura porque tenía que lidiar con dos huesos duros de categoría C4, el eslovaco Jozef Metelka y el inglés Cundy, plata y oro en Río de Janeiro 2016 y a los que se les aplica un factor de compensación de casi un segundo que afecta a Cabello. En Brasil hace cinco años, donde logró el bronce, era de casi dos segundos.

Sabía que tenía una oportunidad de volver a morder un oro, como ya hizo en Londres 2012 siendo un imberbe, pero para alcanzar la cima estaba obligado a firmar un registro parecido al que ya hizo en el Mundial de 2014 en Aguascalientes (1:01.683) porque Cundy había conseguido 1:01.847. A él le va la marcha y cuánto más complicado se lo ponen, más motivación y competitividad saca. Arrancó decidido y ligero como una pluma sobre la brillante madera del velódromo japonés y recorrió cada metro derrochando pasión, talento y fuego. Exprimió sus piernas hasta el límite y la recompensa llegó con la presea dorada envuelta con nuevo récord del mundo (1:01.557).

Grito de júbilo y rabia y brazos abiertos nada más concluir la interpretación de su última obra maestra en el oval. Ha sido mucho lo que ha peleado para regresar, nueve años después, a lo más alto del podio paralímpico. Desde su debut en la élite hace ya 11 años, sigue siendo el mismo deportista humilde, competitivo y al que le gusta sufrir, apretar los dientes y pelear por ganarse el pan. Nadie le ha regalado nada, ha tenido que derramar lágrimas y sacrificar mucho para alcanzar la felicidad en su deporte.

Cada carrera ha sido una lección para él, pero hay una que jamás olvidará. En una prueba escolar en Pozoblanco (Córdoba) la gente le miraba con ojos compasivos y los niños a los que se enfrentaba lo hacían con miedo a que los tirase al suelo. Cabello, que nació sin antebrazo izquierdo, se presentó a la prueba con una bici sin adaptación, sin prótesis ni freno delantero y ganó a todos.

“Por más logros que consiga, esas vivencias nunca se me olvidarán, son mi esencia. Lo que soy hoy día se lo debo a esa actitud y educación. Soy muy tenaz y nunca me rindo ante las adversidades, cuanto más difíciles me ponen las cosas, más me motivo y más coraje le echo”, aseguró en una entrevista con este medio. En 2011 sufrió un varapalo que cambió su destino como ciclista. Pese a ser el campeón de España le dejaron fuera del Mundial de carretera y, pese a que pensó en dejarlo, aquello motivó su transición a la pista, en la que se ha erigido como una de las grandes figuras de la historia en el kilómetro contrarreloj.

«Estaba tranquilo, sabía que la carrera era contra mí mismo y que podía estar por debajo del 1:02, y cuando he visto que Cundy lo hacía para nada me he amedrentado, yo también podía hacerlo porque en estos años he estado por delante. La última media vuelta se ha hecho larga, pero he sabido gestionarlo y sufrirlo y sinceramente creo que merezco lo que tengo. Es la recompensa a años de trabajo, esfuerzo y muchas trabas”, ha comentado.

En Londres 2012 no pudo competir de tú a tú con su rival porque fue descalificado tras un error en la salida, por ello, este oro y delante del británico sabe mucho mejor: «Estar aquí, rendir al 110% y que le haya podido ganar, para mí es una satisfacción enorme y una ‘espinita’ clavada que he podido sacarme. Me gusta ganarle estando los dos al máximo nivel, no me gusta que me regalen las cosas y me gusta que me lo pongan difícil».

Ricardo Ten y Edu Santas, cuartos

Con el amargo sabor de la medalla de chocolate se quedaron Ricardo Ten y Eduardo Santas en la persecución de tres kilómetros. El abanderado español se encontró con dos inesperados invitados que se colaron en los primeros peldaños del podio. El ruso Mikhail Astashov, que ya había exhibido sus dotes en carretera, pero no lo tenían controlado en la pista, destrozó el récord del mundo (3:35.954) en la clasificatoria y luego se colgó el oro. Y el canadiense Tristen Chernove, al que habían bajado de categoría, se llevó la plata.

Eso propició que el valenciano, que consiguió el cuarto mejor tiempo (3:42.795), se midiera por el bronce al chino Zhangyu Li, al que ya había vencido en el Mundial de 2019 aunque no en el último disputado en Milton (Canadá) el año pasado. Ten empezó bien la prueba, pero tras el primer kilómetro el rival chino se puso por delante para amarrar la medalla. Por su parte, el aragonés Santas se clasificó con el cuarto mejor tiempo (3:27.682), pero en la disputa del bronce el australiano David Nicholas fue superior por dos segundos. El oro y la plata se la repartieron los británicos Jaco van Gass y Finlay Graham, respectivamente. Y también en kilómetro C5, el almeriense Pablo Jaramillo fue 13º con 1:07.081.

España arrolla a Canadá y pone la directa hacia los cuartos

Segunda prueba de fuego en Tokio y, esta vez, la selección española de baloncesto en silla la ha superado con nota alta. Si en el debut le costó arrancar y cerrar el partido frente a la combativa Corea del Sur, esta vez el combinado dirigido por Óscar Trigo ha despachado sin problemas a la Canadá de Patrick Anderson (41-78), el mejor jugador de la historia.

El choque arrancó con un duelo de pistoleros entre Nik Goncin y Jordi Ruiz. El escolta de Terrassa ha iniciado los Juegos Paralímpicos muy enchufado e inspirado de cara al aro. Entre él (11 puntos) y su socio la temporada pasada en Bidaideak Bilbao, Asier García (13 puntos), se repartieron toda la anotación de España para despegar en el marcador en un gran primer cuarto (10-23).

La presión de España y su muro defensivo ahogaba a unos canadienses que se vieron desarbolados al inicio del segundo acto tras un parcial de 0-9 (10-32) con Asier, Amadou Diallo y Alejandro Zarzuela como azotes. Canadá respiró devolviendo otro parcial de 8-0 y trató de recortar distancias con Colin Higgins y con Anderson acertados desde la línea de tres puntos. Pero Asier, Zarzuela y el joven Manu Lorenzo volvieron a ampliar la renta al descanso (24-41).

A la vuelta de vestuarios a la selección española le costó más hilar en ataque, pero Jordi Ruiz mantenía su puntería, al igual que Lorenzo desde el tiro libre y las distancias no paraban de crecer (34-56). Con el triunfo en el bolsillo, Trigo movió el banquillo para dar minutos a todos sus jugadores y España disfrutó en la cancha del Ariake Arena en un último cuarto en el que terminó de arrollar a Canadá al ritmo de David Mouriz, ‘Pincho’ Ortega y Manu Lorenzo (41-78).

Ficha técnica del partido:

Canadá (41): Nikola Goncin (15), Deion Green, Robert Hedges, Vincent Dallaire (2), Blaise Mutware (2), Colin Higgins (8), Lee Melymick (2), Chad Jassman, Patrick Anderson (8), Jonathan Vermette, Tyler Miller (1) y Garret Ostepchuk (3).

España (78): Dani Stix, Pablo Zarzuela, Fran Sánchez Lara, Álex Zarzuela (4), Amadou Diallo (8), Jordi Ruiz (16), Asier García (23), David Mouriz (7), Óscar Onrubia, ‘Pincho’ Ortega (7) y Manu Lorenzo (13).

Toni Ponce vuela hacia la medalla de plata en 200 libre

Cuando Toni Ponce tocó la última pared miró al cielo para dedicarle a su ‘ángel de la guarda’ el éxito que le faltaba en la piscina. En la última charla que tuvo con su madre hace 13 años antes de que ella falleciera, un mensaje le quedó grabado a fuego: “Me dijo que hiciera siempre lo que quisiera y que luchase por mis sueños”. Aquello le hizo abandonar el sedentarismo en el que se refugió tras una mala experiencia en la natación. Pero volvió a enfundarse el bañador para llegar a la élite y ser campeón del mundo y de Europa. Ahora ha subido un peldaño más tras conquistar una medalla de plata en Tokio, su primera en unos Juegos Paralímpicos que apuntan a ser exitosos para él.

El catalán, que sufre paraparepsia espástica bilateral, una enfermedad degenerativa que le afecta a todo el cuerpo, llegaba a la capital nipona como un mástil para la natación española y con la vitola de favorito a las preseas tras completar un ciclo espectacular en el que ha cosechado numerosos metales y récords. Y en su primera prueba, el deportista que pule Jaume Marcé en el CAR de San Cugat no ha defraudado tras llevarse una plata en los 200 metros libre S5.

El bravo nadador español, prodigio de fuerza, constancia y trabajo, era consciente de que el oro era una misión imposible porque tenía enfrente a Francesco Bocciardo, plusmarquista mundial. Desde la calle cuatro salió enérgico con la idea de marcar distancias con el resto de competidores y pelear por la segunda posición con el brasileño Daniel Dias, toda una leyenda de la natación con 25 medallas paralímpicas.

En el primer viraje pasó por detrás del italiano y ya no soltaría una posición que nunca vio peligrar pese al empuje de Dias. Con Bocciardo volando en solitario hacia el oro (2:26.76), Ponce clavó cada brazada con la seguridad de que avanzaría más rápido que el hombre que le perseguía. Fiero y nunca ahíto de triunfos, el barcelonés paró el crono en 2:35.20, superando en algo más de dos segundos al brasileño, que le arrebató el bronce al joven Luis Huerta, cuarto con 2:44.71.

El vallisoletano mostró su arrojo desde la salida de poyetes y pese a su bisoñez no se achicó en el duelo con una de las grandes estrellas de la natación mundial. A falta de 50 metros para el final marchaba en tercera posición, hasta que Dias aceleró para subir por enésima vez a un podio paralímpico. Se lleva así un diploma, un excelente premio en su primera cita con los Juegos, a sus 20 años. Y de una joven promesa a un veterano de ‘guerra’ que sigue rugiendo en la piscina, Sebastián ‘Chano’ Rodríguez, que en la misma prueba se coló entre los finalistas para ser octavo (2:52.12).

“Siento mucho orgullo, hemos empezado bien, estoy muy contento, han sido cinco años en los que hemos estado en momentos muy difíciles. Sabía que el italiano era otro mundo, pero tenía dudas sobre lo que podría llegar a hacer el gran Daniel Dias, confiaba en la faena hecha, tenía que nadar como lo había entrenado. Llegaba como uno de los favoritos, pero siempre con los pies en el suelo e intentando poner la presión justa”, ha comentado Ponce.

“Me gusta soñar y luego lucharlo. Sabía que podía pasar por mi posición en el ranking, pero hasta que no tacara la pared no se haría realidad. Es una medalla paralímpica, lo máximo para un deportista”, ha añadido el catalán, que se la dedica a su mujer, “la que está al pie del cañón cada día”, y a su madre, María Rosa, “una de las personas más importantes y que nos dejó hace años, gracias a ella me dediqué a la natación”. El catalán ya mira a sus siguientes objetivos, el 100 braza SB5 y los 200 estilos SM5, pruebas en las que tiene el récord del mundo. La suya es la segunda medalla de España en el arranque de los Juegos, ya que Miguel Luque se llevó la plata en 50 braza SB3.

Por otro lado, en 400 metros libre S9 el coruñés Jacobo Garrido -campeón del mundo y subcampeón de Europa de la distancia- se quedó a menos de cuatro segundos del podio tras finalizar quinto con 4:17.41. En categoría femenina, Núria Marquès tampoco pudo pelear por las medallas en una prueba en la que conquistó el oro en Río de Janeiro 2016, pero que había dejado aparcada en los últimos años para centrarse en los 200 estilos y en el 100 espalda. La catalana fue sexta con 4:52.64. En 50 libre S10, el valenciano David Levecq terminó octavo con 25.08 segundos.

Y no alcanzaron las finales el donostiarra Íñigo Llopis, cuarto en su serie (1:01.95) en 100 libre S8; el valenciano José Antonio Marí en 400 libre S9 (4:28.70); la extremeña Isa Yinghua Hernández en 50 libre S10 (30.04 segundos) y la castellonense Ariadna Edo en 100 mariposa S13 (1:14.60).

Baño de plata para Miguel Luque, un valor seguro en la piscina

Pasan los años, sube el nivel y aprietan los rivales más jóvenes, pero Miguel Luque jamás se arredra ni falla, es un valor seguro, un baluarte de la natación paralímpica española. El veterano nadador siempre está preparado para dar dentelladas en la piscina, como ha hecho en el Centro Acuático de Tokio para darle a España la primera medalla en los Juegos Paralímpicos.

Se ha colgado una plata muy trabajada en el 50 braza SB3, su prueba fetiche, en la que ya había cazado cinco preseas anteriormente, una en cada edición que ha disputado: oro en Sídney 2000 y en Atenas 2004, bronce en Pekín 2008 y platas en Londres 2012 y en Río de Janeiro 2016. En total tiene siete, ya que también logró un bronce en relevos en la cita griega. En la capital tokiota no iba a romper la magnífica racha. Tocó corneta desde la salida, fue cuarto durante la mitad del recorrido, protagonizando un duelo muy igualado con el italiano Efrem Morelli y con el japonés Takayuki Suzuki.

Con el ruso Roman Zhdanov inalcanzable -se llevó el oro con 46.49 segundos que suponen nuevo récord mundial-, en los últimos 15 metros el catalán aceleró y desplegó por la calle cinco todo el potencial que lleva dentro para hacer hervir el agua con sus brazadas. Estajanovista del trabajo, estoico y tenaz, tuvo que currarse palmo a palmo la presea tras tocar el panel de cronometraje con un tiempo de 49.08 segundos (48.42 es su mejor marca personal), superando al transalpino Morelli en 24 centésimas.

Sonrisa pueril para festejar su sexta medalla paralímpica, con dedicatoria especial para su hijo. A punto de cumplir 45 primaveras, el deportista de Parets del Vallès (Barcelona) recoge el fruto de cinco duros años de preparación en los que ha tenido que reinventarse cada curso, buscando cobijo en las técnicas más vanguardistas para optimizar su rendimiento, pulir la técnica y arañar décimas al reloj. Todo bajo la supervisión de Joan Serra, que estudia y planifica cada detalle: “Soy su reflejo en el agua, somos una misma figura, remamos en la misma dirección, por eso las cosas van bien”.

“Es la mejor medalla que he sacado en mi carrera deportiva, después de 21 años conseguirla y hacer mi mejor tiempo en unos Juegos significa el trabajo y esfuerzo que he realizado en todos estos años. Estoy en mi mejor momento deportivo, la base principal de estos buenos resultados es tener un buen entrenador, además de la disciplina, la constancia y la tenacidad. Esto es un gran chute de motivación para afrontar los días que me quedan de competición”, ha comentado Luque aún con los brazos cansados, pero el ánimo por las nubes.

España suda para vencer a Corea en el estreno

Los estrenos nunca fáciles, da igual el rival que tengas enfrente y, sobre todo, si llevas casi dos años sin disputar un partido oficial. La selección española de baloncesto en silla de ruedas ha tenido que sudar para evitar la sorpresa ante una combativa Corea del Sur, que plantó cara durante los 40 minutos y no claudicó hasta el tramo final (65-53).

A los mandos de un inspirado Asier García, que firmó un triple doble (18 puntos, 13 rebotes y 12 asistencias) y que estuvo bien escoltado por Jordi Ruiz y Álex Zarzuela (16 puntos cada uno), España debutó con una victoria trabajada en la fase de grupos en los Juegos Paralímpicos de Tokio y da un paso hacia el objetivo de quedar primera para tener un cruce más favorable en cuartos de final. Aunque teniendo en cuenta los cinco rivales del otro grupo, Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Irán y Alemania, la pelea por estar en las medallas será muy dura.

El combinado que dirige Óscar Trigo al ritmo que marcaba Asier, protagonista en la anotación con los primeros ocho puntos (8-6). Se le sumaron Ruiz, con quien formó una gran sociedad en el Bidaideak Bilbao esta temporada, y también Zarzuela, quien pese a arrastrar algunos problemas físicos antes de viajar, se encontró muy cómodo e hizo daño con su envergadura en la pintura. Al final del primer cuarto mandaba por 16-10.

Una ventaja que aumentó en el inicio del segundo acto (23-14) nutriéndose de la aportación de su tridente. Pero Corea despertó por medio de Dong Hyeon Gim, su referencia en ataque, aunque España mantuvo las distancias gracias a cuatro puntos de Manu Lorenzo (31-24). Tras el descanso, Zarzuela continuó imponiendo sus centímetros y fortaleza bajo el aro para responder a los triples de los coreanos. También el artillero Jordi Ruiz desde el exterior parecía dar tranquilidad a los suyos (43-36), pero un parcial de 0-4 dejaba abierto el choque a falta de los últimos 10 minutos (43-40).

El conjunto asiático se mostró voluntarioso, pero la buena defensa española les impidió estrechar más el resultado. España tampoco se mostró muy fina en la parcela ofensiva, de hecho, estuvo tres minutos sin anotar. Corea llegó a ponerse a dos puntos (46-44) a falta de cinco para la conclusión, pero entre Asier García, Manu Lorenzo, Jordi Ruiz y ‘Pincho’ Ortega cerrarían el triunfo (65-53).

Ficha técnica del partido:

España (65): Dani Stix, Pablo Zarzuela (2), Fran Lara, Alejandro Zarzuela (16), Asier García (18), Jordi Ruiz (16), Amadou Diallo, David Mouriz, Ignacio ‘Pincho’ Ortega (5) y Manu Lorenzo (8).

Corea (53): Kim (2), Taeok Kim, Dong Suk Oh, Jun Seong Kwak (5), Dong Gil Yang (3), Seung Hyun Cho (7), Chi Won Lee, Sangyeol Kim (7), Dong Hyeon Gim (24) y Byoung Lee (5).

Álvaro Valera y Jordi Morales debutan con triunfos

El Gimnasio Metropolitano de Tokio abrió el telón para acoger la competición de tenis de mesa y el equipo español arrancó con buenas sensaciones la fase de grupos. Álvaro Valera y Jordi Morales cosecharon una victoria, mientras que Miguel Ángel Toledo, que debuta en unos Juegos Paralímpicos, vendió cara su derrota en su primer encuentro.

En las dos últimas ediciones se quedó con un sabor agridulce tras perder las finales en Londres 2012 y en Río de Janeiro 2016. Ahora, Valera quiere quitarse la espinita y repetir el oro que ya conquistó siendo un imberbe en Sídney 2000. El líder mundial en clase 6 desde hace ya una década sabe que el camino no será fácil, por el nivel de los jugadores y porque cada año tiene que lidiar con la pérdida de musculatura y movimientos en piernas y en brazos por la polineuropatía con la que nació.

Antes ganaba con más diferencia, ahora debe trabajar y masticar más cada partido ya que los rivales se lo están poniendo complicado. Es lo que tuvo que hacer frente a Kanellis Marios Chatzikyriakos, quien le llevó al límite en un duelo muy físico y disputado (3-2). El jugador heleno salió valiente y mandando en el marcador (0-2), pero apenas le duró la euforia ya que el palista sevillano impuso su ritmo y tiró de inteligencia para poner las bolas en ángulos imposibles para su rival en un primer set que resolvió por la vía directa en cinco minutos (11-4). El siguiente acto estuvo más nivelado, con intercambio de golpes que favorecieron al griego para empatar (9-11).

Chatzikyriakos aprovechó la inercia positiva de su juego eléctrico para ponerle picante al choque y dejar a Valera en una situación delicada (5-11). Con la soga al cuello, Valera mantuvo la calma y supo esperar su momento para hincarle el diente al rival (11-9). Motivado, en el quinto salió en tromba y con un juego agresivo para colocarse con 4-0 y, pese a que el griego trató de responder (5-3), el andaluz evitó cualquier intento de rebelión para finiquitar el partido y sumar el primer triunfo (11-7).

Aunque no pasó demasiados apuros, a Jordi Morales también le costó sacar adelante el primer enfrentamiento en Tokio. Eso sí, el campeón del mundo en clase 7 no dio opciones a su rival, el colombiano José Vargas, al que doblegó por 3-0 en 25 minutos (12-10, 11-8 y 13-11). Este jueves el catalán buscará el pase a la siguiente ronda frente al alemán Bjoern Schnake.

En clase 2 (deportistas en silla de ruedas), Miguel Ángel Toledo cedió ante el francés Stephane Molliens, número cinco del ranking mundial y vigente bronce continental, al que puso contra las cuerdas (2-3). El madrileño, que había llegado a la capital nipona tras recibir una ‘Wild Card’, le tocó un hueso duro en su bautismo paralímpico. El choque empezó igualado, con el jugador de la Fundación del Lesionado Medular tirando de estrategia, globos y aperturas buscando hacer puntos rápidos.

Pero delante tenía a un rival experimentado, frente al que había perdido en los cinco precedentes y que busca la medalla que se le escapó en Río 2016. En ocho minutos se adjudicó el primer set por 6-11, aunque el español no se arrugó y en el segundo plantó cara, llegando a remontar y situarse 9-7 a su favor. El galo empató, pero Toledo, henchido de fe, cerró el set por 11-9.

El madrileño gozó de una ventaja de cuatro puntos en el inicio de la tercera manga (6-2) y cuando se vio apretado por Molliens, varios globos ajustados a la red y errores no forzados del galo le permitieron llevarse el set por 11-7. La estrategia le funcionaba ante el campeón continental, que sacó su mejor repertorio para tomar oxígeno y llevar el partido al quinto set (8-11). Ninguno daba su brazo a torcer, Molliens golpeó primero para ponerse con 5-8, Toledo trató de responder, pero al final perdió con las botas puestas (8-11).

Los tándems españoles, lejos del podio en persecución

Era una misión complicada rascar medalla en la persecución de cuatro kilómetros, la prueba que daba el pistoletazo de salida en el velódromo de Izu. Los tándems españoles eran conscientes, para optar a la pelea por el podio tenían que estar en cuatro minutos y cinco segundos, pero se quedaron muy lejos de ese tiempo en la clasificatoria. Adolfo Bellido y Eloy Teruel solo han podido ser sextos, mientras que Christian Venge y Noel Martín han acabado en la séptima posición.

Se han quedado a ocho y diez segundos, respectivamente, de entrar en la lucha por las preseas en una competición en la que los holandeses Tristan Bangma y Patrick Bos se han llevado el oro después de haber destrozado el récord del mundo en la clasificatoria con 3:59.470. La plata ha sido para los británicos Stephen Bate y Adam Duggleby, mientras que el bronce se lo han llevado los polacos Marcin Polak y Michal Ladosz.

La pareja formada por Bellido y Teruel han finalizado la prueba en 4:13.238 para finalizar en la sexta plaza, un resultado que no les ha satisfecho. “Teníamos pensado haber hecho algo más, no sé si es porque el velódromo no ha estado todo lo rápido que creíamos, lo hemos dado todo. Esperamos estar más a la altura en la contrarreloj y en la ruta, que dependerá de la suerte y de la estrategia, no ganará el más fuerte, sino el más inteligente”, ha explicado el sevillano.

El piloto murciano se ha expresado en la misma línea de su compañero: “Pensábamos que íbamos a estar por debajo de 4:10, queríamos estar en 4:05, pero no hemos tenido el día y aquí la gente no falla. Tenemos dos oportunidades más con la contrarreloj y la ruta, intentaremos seguir luchando para optar a una medalla”.

Por su parte, los vigentes campeones del mundo en carretera, Venge-Martín, han sido séptimos con un registro de 4:15.494. “Es una prueba súper explosiva, para nosotros que preparamos la ruta, pasar de entrenar haciendo 120 kilómetros a hacer cuatro en persecución no tiene nada que ver, así que estamos contentos con nuestra marca y con el puesto que hemos hecho”, ha asegurado el castellonense. “Hemos realizado un buen papel, no es nuestra especialidad, somos fondistas, así que nos viene bien este calentón para romper el hielo y estar más preparados para la prueba de ruta que es nuestro objetivo”, ha añadido Martín.

Este jueves podría ser una gran jornada para el ciclismo español en la pista japonesa con la participación y serias opciones de medalla de Ricardo Ten (C1) y Eduardo Santas (C3) en la persecución y de Alfonso Cabello (C5) en el kilómetro contrarreloj, donde también estará Pablo Jaramillo.

Tokio abraza los Juegos Paralímpicos de la resiliencia

57 años después, Tokio vuelve a abrazar unos Juegos Paralímpicos. Los más extraños de la historia, tras un ciclo de cinco años, los de 2020, aunque en 2021. Despegan los Juegos de la pandemia, pero también los de la entereza, la resiliencia y la ilusión de unos deportistas obligados a reinventarse para continuar con una preparación que se vio interrumpida por la Covid-19, la inesperada invitada que zarandeó al mundo. Tras meses de confinamientos, incertidumbre, vacunas, miedos a nuevas cepas, casi 4,5 millones de fallecidos y más de 212 millones de infectados, los atletas pudieron desfilar y difundir un mensaje de esperanza en el futuro. Es la particular victoria del deporte.

En una noche cerrada en la capital japonesa, la inauguración reafirmó el gran esfuerzo invertido por los organizadores para celebrar el evento. Bajo el lema ‘Tenemos alas’, la ceremonia fue comedida, detallista y emotiva, aunque sin algarabía ni fiesta ni aplausos en los 68.000 asientos sin alma que reflejan el azote del coronavirus que tantas vidas ha cercenado. En las tribunas, solo los periodistas, las cámaras de televisión y varios centenares de invitados, encabezados por el emperador Naruhito y por el presidente del Comité Paralímpico Internacional, Andrew Parsons.

El nuevo Estadio Nacional de Kengo Kuma, levantado sobre la base del de 1964 y cuya estructura está revestida con la madera de las 47 prefecturas de Japón, reavivó la llama de la superación y la convivencia. El acto alzó el telón con una cuenta regresiva para ver los primeros fuegos artificiales desde la cubierta del estadio. Se izó la bandera japonesa, custodiada por seis deportistas locales, y la cantautora ciega Hirari Sato interpretó el himno ‘Kimi ga yo’ (El reino de su majestad imperial).

La llegada de tres gigantescos globos rojos, verdes y azules que se transformaron en los tres Agitos, símbolo de los Juegos Paralímpicos, dio paso a las 162 delegaciones, las cuales desfilaron en el orden del alfabeto japonés, a excepción del Equipo Paralímpico de Refugiados que salió en primer lugar. Uno de ellos era el nadador Abbas Karimi, la única cara afgana en estos Juegos ya que su país no tendrá representantes pese a que iban a participar el taekwondista Zakia Khudadadi y el atleta Hossain Rasouli. Eso sí, la bandera de Afganistán estuvo presente por solidaridad y homenaje al pueblo que está sufriendo las consecuencias de la llegada al poder del régimen talibán.

Inmortalizando el momento con fotos, parapetados con mascarillas y manteniendo la distancia social, muchos de los 4.500 deportistas que competirán se vistieron con sus variadas y coloridas indumentarias. Entre ellos, los cinco países que debutan en unos Juegos Paralímpicos: Bután, Granada, Maldivas, Paraguay y San Vicente y las Granadinas. Algunas delegaciones desplegaban su entusiasmo y felicidad entre cánticos, otras ondeaban banderitas y saludaban a una grada desangelada. Como novedad, los nombres de todos los integrantes de cada país salían reflejados en las pantallas del primer anillo del estadio.

Michelle Alonso y Ricardo Ten, abanderados

En el puesto 72 asomó el concurrido y animado equipo español, el más bullicioso, con gran parte de los deportistas que participarán y buscarán superar las 31 medallas de Río de Janeiro 2016. Al frente, Michelle Alonso y Ricardo Ten, por primera vez dos abanderados, novedad en pos de la igualdad. Los dos con medallas paralímpicas en la piscina. La canaria luce dos oros en 100 braza S14 en Londres 2012 y en Río 2016 y va a por el tercero. El valenciano tiene tres oros, una plata y tres bronces en cinco Juegos. En sus sextos debutará como ciclista y está en las quinielas de las preseas tanto en el velódromo como en la carretera.

Hubo ausencias destacadas, como la selección de ciclismo, concentrada en Izu, a más de 120 kilómetros de la capital. O la de los nadadores que compiten este miércoles y que apuntan a las primeras medallas: Toni Ponce, Jacobo Garrido, Miguel Luque, Luis Huerta o Núria Marquès. Los japoneses fueron los últimos en acceder al centro del estadio para cerrar la hora y cuarto que duró el desfile.

Una fina llovizna hizo acto de presencia en una pista que volvió a recobrar vida con una performance ejecutada por bailarines que simulaban ser aviones en un aeropuerto, con protagonismo de una niña que interpretaba a un pequeño aeroplano al que le faltaba un ala. El mensaje que venía a transmitir era que todos podemos volar, no importa en qué dirección sople el viento, siempre hay que buscar la forma de enfrentarlo para avanzar. Como hacen los paralímpicos, que, con arrojo, perseverancia y determinación despliegan sus alas para superar cualquier reto.

“Al reunir a miles de atletas de todo el mundo para unos Juegos seguros y protegidos, estamos mostrando la fuerza y la diversidad del espíritu humano y destacando que de la adversidad siempre debe surgir la esperanza. El cambio comienza con el deporte y, en los próximos días, las destacadas actuaciones de los paralímpicos romperán los estereotipos y demostrarán por qué las personas con discapacidad deben ser miembros activos, visibles y contribuyentes de una sociedad global. Queremos utilizar la plataforma de los Juegos para crear un cambio positivo que conduzca a una sociedad más inclusiva”, expresó Andrew Parsons en su discurso.

Con el izado de la bandera paralímpica y el juramento de los atletas que resalta la igualdad y la inclusión, de las entrañas del estadio emergieron las llamas de tres antorchas empuñadas por Masahiko Takeuchi, jugador de tenis de mesa de la edición de 1964, por la nadadora Mayumi Narita y por el esquiador Kuniko Obinata, que se la pasaron a varios sanitarios de la ciudad. La tenista Yui Kamiji, el jugador de boccia Shunsuke Uchida y el haltera Karin Morisaki fueron los últimos relevistas. Tras subir una escalinata coronada por un sol que se fue abriendo como una flor que encarna vitalidad y esperanza, el pebetero se iluminó. ‘The show must go on’.

 

Xavi Torres y José Manuel Ruiz, en el selecto club de los siete Juegos

La capital tokiota no será una ciudad más para Xavi Torres y José Manuel Ruiz, sino un salto hacia la historia. En el momento en que pisen el Centro Acuático y el Gimnasio Metropolitano, respectivamente, pasarán a formar parte de un selecto club: el de los deportistas españoles que han disputado siete Juegos Paralímpicos en su carrera. Hasta ahora, solo había dos miembros, la atleta Puri Santamarta (16 medallas, de las cuales 11 son de oro) y el tirador Kike Soriano (oro en Atlanta 1996 y bronce en Sídney 2000).

Ambos deportistas firmarán este récord de longevidad de una forma especial, uno tras un regreso sorpresa y el otro después de superar una grave lesión que casi le deja fuera de la gran cita magna del deporte. El nadador balear se retiró en 2012, pero continuó ligado a la piscina, formando a las jóvenes promesas. Sus tiempos seguían siendo competitivos, por ello, hace año y medio decidió volver, en silencio, solo su entorno más íntimo lo sabía. Al principio sin expectativas ni objetivos, pero esas ganas por regresar a unos Juegos revivieron en su interior y peleó hasta lograr la clasificación.

“Nadar ha sido un modo de vida y nunca dejé de hacerlo porque este medio me permite sentir la libertad en el más amplio sentido. Es un autoregalo que me hago”, comentaba el mallorquín, el último superviviente de Barcelona’92, en una entrevista con este medio. En la Ciudad Condal comenzó a cultivar su gran carrera con un oro, dos platas y dos bronces paralímpicos. Luego llegarían 11 metales más en los Juegos.

“De aquel chaval queda la esencia de no aceptar que te digan lo que no se puede hacer. Hay que estar siempre en movimiento pese a tener discapacidad o encontrarte con barreras, hay que rebelarse ante lo imposible”, asegura Torres, para quien entrar en ese grupo de siete Juegos “es un auténtico honor”. Llega a Japón cargado de ilusión y “casi como un novato. Me da algo de vértigo, quiero disfrutarlos como si fuesen los primeros”. Nadará varias pruebas, entre ellas los 150 estilos SM4, la que más alegrías le ha reportado en su trayectoria. “Tengo un buen rendimiento para meter la cabeza y estar con los mejores, pero no para luchar por medallas, esta vez es distinto”, recalca.

A contrarreloj hacia Tokio

Si llegar a la élite es complicado, mantenerse allí arriba durante más de dos décadas, todavía más. Eso lo sabe bien José Manuel Ruiz, una referencia mundial del tenis de mesa. Debutó en unos Juegos en Atlanta 1996 siendo un chaval y, ahora, con 43 años y tras superar una grave lesión, afronta sus séptimos Juegos. “Es un privilegio, que haya tan pocos deportistas en la historia de España que lo hayan conseguido quiere decir que no es nada fácil. Sobre todo, ahora que el deporte paralímpico está alcanzando un nivel alto de profesionalidad, eso hace que mantengamos la motivación y estemos en la lucha”, explica.

El sueño de Tokio pendió de un hilo para el palista granadino ya que a cinco meses de la competición se rompió el tendón de Aquiles de su pierna derecha de la que se ha recuperado a contrarreloj. En marzo pasó por el quirófano y a las dos horas de la operación ya empezó su lucha titánica para estar en la ciudad nipona. “Llego justito de preparación a nivel técnico y de entrenamiento específico, es una lesión cuya recuperación suele ser de seis o siete meses. Pero mentalmente estoy más preparado que nunca, con poca presión y eso puede jugar a mi favor”, apunta.

De momento, las sensaciones han sido buenas tanto en los entrenamientos realizados durante la burbuja en el CAR de Madrid como en las instalaciones de Tokio. “El estar en los Juegos es un premio, un milagro a base de perseverancia, actitud y pasión, no solo por mi parte, sino también por otras personas, como el servicio médico del Comité Paralímpico Español, la Real Federación Española de Tenis de Mesa o Podoactiva. Todos han puesto los medios humanos, materiales y logísticos para que pueda competir. Uno es deportista, le gusta ganar, así que trataré de ser competitivo y de estar preparado para aprovechar la oportunidad, disfrutar cada partido y dar mi mejor versión, con eso quedaré satisfecho”, apostilla.

En Tokio se le acercarán otros deportistas, que sumarán seis ediciones, como son los nadadores Miguel Luque, Teresa Perales y Chano Rodríguez, el ciclista Ricardo Ten y los jugadores de tenis de mesa Jordi Morales y Álvaro Valera. Y alcanzarán los cinco Juegos los atletas Xavi Porras y Sara Martínez, el tenista Quico Tur, el ciclista Christian Venge, el nadador David Levecq, el futbolista Adolfo Acosta y el remero Enrique Floriano.

Deportistas españoles con más Juegos Paralímpicos de Verano:

7: Puri Santamarta, Kike Soriano, José Manuel Ruiz y Xavi Torres.

6: Mariano Ruiz, Manolo Rodríguez, Manuel Robles, Richard Oribe, José Manuel González Santamaría, Miguel Luque, Jordi Morales, Ricardo Ten, Teresa Perales, Chano Rodríguez y Álvaro Valera.

5: Ignacio Ávila, Javi Conde, Miguel Orobitg, Laura Tramuns, David Casinos, Juan Diego Gil, Vicente Gil, Antonio Henares, Rosalía Lázaro, Gema Hassen-Bey, Daniel Llambrich, Sara Martínez, Xavi Porras, Quico Tur, Christian Venge, David Levecq, Adolfo Acosta y Enrique Floriano.

El baloncesto en silla femenino, 29 años de espera para alcanzar el Olimpo

‘Cuando un sueño se te muera o entre en coma una ilusión, no lo entierres ni lo llores, resucítalo; Y verás que tú puedes volar, y que todo lo consigues. Y verás que no existe el dolor, hoy te toca ser feliz’. La melodía del ‘Mago de Oz’ las guio hasta el Olimpo, la canción que escuchaban antes de cada partido en el Europeo de Rotterdam (Holanda), escenario en el que se consumó la mayor gesta del baloncesto femenino español en silla de ruedas. El 4 de julio de 2019 España lograba el billete para unos Juegos Paralímpicos tras 29 años de ausencia.

Después de tanto tiempo de penurias, ostracismo y falta de recursos, las chicas saborearon el exquisito manjar tras alcanzar la clasificación para el mayor evento deportivo. Este jueves a las 10.00 hora española (17.00 en Tokio) debutará en el Ariake Arena frente a Estados Unidos. Las ‘guerreras’ continúan el legado que empezó a cultivar en Barcelona’92 un puñado de valientes pioneras que allanaron el camino a las siguientes generaciones.

Las 12 protagonistas que compitieron en el Pabellón Olímpico de Badalona fueron: Chelo Gómez, Begoña Baños, María José Moya, Montse Gracia, Pepi Rosa, Antonia Montoro, María Comino, Loli Sanda, Ana Rosa Casal, Matilde Ruiz, Candelaria Vera y María José Sola. Todas ellas, con Ramón Gisbert a la cabeza, el principal adalid del basket femenino, la persona que promovió en 1976 en Cataluña el primer partido con participación de mujeres con el antiguo ANIC. Él dirigió también a esa primera selección que compitió en el Europeo de Charleville (Francia) en 1989 y en el Mundial de Saint Ettienne (Francia) al año siguiente.

Y con un pobre bagaje de encuentros se presentaron en los Juegos de Barcelona’92. “Era muy complicado llevar adelante la preparación del equipo, mientras los hombres tenían sillas nuevas y personalizadas, nosotras tuvimos sillas de talla estándar, algunas nos llegaron en la misma Villa Olímpica, solo contamos con tres concentraciones y las chicas tenían poca fundamentación de baloncesto en silla de ruedas. Pese a ello, se trabajó lo mejor posible, no había la calidad actual, pero las jugadoras lo dieron todo, dimos un paso importante en este deporte”, relata Gisbert.

“La Federación Española de Deportes de Personas con Discapacidad Física no nos lo puso nada fácil después, nos mandaron al hangar del olvido. Se consiguió organizar el Europeo de 1997 en Madrid y tras mi insistencia se inscribió al equipo, llevado por otro veterano, Josep Sabaté, y ahí llegó la primera victoria de España, frente a Israel”, informa. Luego llegaron años de desidia y hasta 2003 no resurgió otra vez el basket femenino, que ha tenido que luchar contra viento y marea para hacerse notar, así como reinventarse muchas veces.

“Ha sido demasiado tiempo sin estar en una cita tan importante, ha costado muchísimo, esto es el fruto de personas que han estado antes que nosotras y que se han dejado la piel, han puesto sus recursos humanos y económicos para que la selección no desapareciese y se mantuviese a flote. También ha sido gracias al esfuerzo titánico y al talento que tienen las jugadoras del equipo actual, que han ido creciendo cada día y han demostrado su valor y carácter, dispuestas a pelear contra quien fuese para lograr el objetivo”, comenta el seleccionador español, Abraham Carrión.

El gran despegue de la selección

El jerezano y su cuerpo técnico supieron sacar la mejor versión de esta selección desde que llegaron al banquillo en 2015. Las llevaron a su primer Mundial en 24 años y, luego, a sus primeros Juegos por méritos deportivos, ya que en Barcelona’92 el combinado nacional participó como país anfitrión. “Ha habido momentos muy duros, pero también ha sido un camino precioso pese a las dificultades que nos tocó vivir. Nos hemos llevado muchos palos extradeportivos, hemos tenido que remar a contracorriente, pero cuando trabajas con pasión y crees en lo que haces, se acaban alcanzando las metas”, recalca Sonia Ruiz, la capitana.

Junto a la murciana, Vicky Alonso también estuvo en aquella reunión en Dos Hermanas (Sevilla) en 2002 donde la selección femenina volvió a resurgir tras seis años en el olvido. “Han sido 19 años de trabajo, de sacrificar muchas cosas, de perder dinero, pero lo volvería a repetir. He visto caer a muchas jugadoras que no han podido conseguir este sueño y hemos tenido que superar muchos obstáculos, como la falta de oportunidades a las mujeres en nuestros equipos o las escasas concentraciones para preparar un torneo. Ha merecido la pena, ahora queremos disfrutar cada minuto”, apunta la gallega.

Estar en la cita de Japón es la recompensa a años de sacrificio y arduo trabajo. Están a pocas horas del estreno en los Juegos frente a Estados Unidos. Luego tocará Holanda, la gran favorita al oro, China y Argelia. En el único torneo de preparación, las españolas ganaron a Alemania y plantaron cara a las holandesas, campeonas del mundo. “Somos capaces de competir ante cualquiera, aunque nos falta experiencia y capacidad competitiva durante los 40 minutos para ser igual de fuertes que las grandes”, dice Carrión.

El entrenador andaluz analiza a cada una de las rivales con las que tendrá que lidiar España en la capital tokiota: “Con Estados Unidos perdimos de un punto en el Mundial de Hamburgo 2018 y tuvimos posesión de tiro para ganar. Suponemos que han evolucionado, pero nosotras también, tenemos ganas de revancha. Es un equipo con mucho movimiento de balón, con calidad y con Rose Hollermann como referencia”.

“Holanda es la bestia negra de cualquier equipo, así que mejor tenerla en la fase de grupos que no en cuartos de final ya que perderías todas las opciones de medalla. Cuentan con la jugadora más dominante a nivel mundial, Mariska Beijer. China fue cuarta en el último Mundial y campeona de Asia, podemos hacerles daño con nuestro juego interior y de transiciones. Y Argelia, la más desconocida, se basa en dos jugadoras, tienen menos rotación que otros equipos, pero ponen garra y te pueden hacer sorprender si te descuidas. Nuestras armas son la humildad, el sacrificio defensivo, la mentalidad de grupo y el trabajo. Creemos en nosotras y vamos a pelear por nuestros sueños”, añade.

Las jugadoras no se conforman con haber llegado hasta los Juegos, quieren más. “Somos muy competitivas, rebeldes y podemos dar alguna campanada. Nadie irá con la misma ilusión que España y si seguimos con esta dinámica positiva podemos luchar por el bronce”, sostiene Ruiz. “Hay que competir, dar lo máximo y soñar a lo grande. Podemos plantar cara a las potencias, a algunas ya les hemos dado algún susto y si desarrollamos nuestro juego podemos hacerles daño”, remata Alonso. Sonia Ruiz, Sara Revuelta, Lourdes Ortega, Isa López, Michell Navarro, Almudena Montiel, Judith Núñez, Agurtzane Eguiluz, Beatriz Zudaire, Cruz Ruiz, Vicky Alonso y Vicky Pérez también pasan a formar parte de la historia de este deporte.

Deportistas paralímpicos que estrenan disciplina en los Juegos

En el mundo paralímpico es algo común ver a deportistas que cambian de disciplina o que compaginan su deporte habitual con otros que les ayuden a mejorar. Son personas con talento y muy versátiles, capaces de mudar la piel para afrontar nuevos desafíos. En los Juegos de Tokio serán seis los españoles con experiencia en citas paralímpicas que se estrenarán ahora en modalidades diferentes: Ricardo Ten, Susana Rodríguez, Enrique Floriano, Pepi Benítez, Javier Reja y Álex Sánchez Palomero.

En la piscina forjó su leyenda, lo ganó todo durante más de dos décadas, 40 medallas internacionales y siete preseas (tres oros, una plata y tres bronces) en cinco Juegos. Pero tras Río de Janeiro 2016 la motivación por la natación se fue apagando y decidió colgar el gorro y el bañador para retomar su pasión de niño, la bicicleta. En cuatro años, el rendimiento de Ricardo Ten en ciclismo ha sido asombroso tanto en la pista como en el asfalto.

Sus resultados avalan su apuesta: 16 preseas en Copa del Mundo, en mundiales de carretera ganó una plata en Sudáfrica 2017, una plata y un bronce en Maniago (Italia) 2018, un oro en Emmen (Holanda) 2019, y un oro y una plata en Cascais (Portugal) 2021. Mientras que en el velódromo consiguió dos oros y un bronce en Río de Janeiro 2018, dos oros y un bronce en Apeldoorn (Holanda) 2019 y dos oros, una plata y un bronce en Milton (Canadá) 2020. Es su estreno como ciclista en unos Juegos, el abanderado español en Tokio apunta a medalla en las pruebas de persecución, velocidad por equipos, contrarreloj y ruta.

Otra deportista que hará historia en la capital japonesa es Susana Rodríguez. La triple campeona del mundo en triatlón no solo se enfundará el tritraje para nadar, pedalear y correr junto a su guía Sara Loehr en el circuito del Parque Marino de Odaiba, sino que también estará en el Estadio Olímpico para competir en los 1.500 metros lisos T11 acompañada por Celso Comesaña.

La gallega, número uno del mundo en categoría PTVI, llega a la ciudad tokiota como una de las favoritas para conquistar el oro. Y un día después se calzará las zapatillas de clavos para estar en la salida de tacos del ‘milqui’, prueba en la que ganó la plata en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia) en junio y en la que aspira a colarse en la final. Podrá quitarse la espinita clavada que tenía desde Pekín 2008, cuando se quedó sin acudir como atleta pese a tener la mínima. “Me hace mucha ilusión, el atletismo es el deporte en el que empecé, estoy feliz, es un sueño hecho realidad participar en los dos deportes que me apasionan”, dice.

En triatlón también competirá Álex Sánchez Palomero. En un accidente de tráfico perdió la movilidad del brazo derecho, pero se rebeló a través del deporte para cimentar una gran trayectoria. Primero con la natación, en el agua cosechó grandes éxitos como un bronce en Pekín 2008. En Londres 2012 no le dejaron nadar con el brazo dentro del bañador, como había hecho siempre, por un cambio de normativa. No pudo rendir a su máximo nivel y aquello le afectó física y psicológicamente. Pero una vez más sacó su capacidad de resiliencia y el triatlón se convirtió en la nueva motivación.

En 2015 despegó y desde entonces ha sido tres veces subcampeón del mundo y dos de Europa, además de sumar numerosas medallas en Copa del Mundo y en Series Mundiales en clase PTS4. En todos estos años solo se ha bajado una vez del podio, fue esta temporada en Leeds porque se le enredó el neopreno y perdió mucho tiempo. En su categoría, el francés Alexis Hanquinquant está a un nivel descomunal y, salvo sorpresa, el oro será suyo. Pero el salmantino, que figura como número dos del ranking mundial, sí está en las quinielas para morder la plata o el bronce.

En Río 2016, Javier Reja se convirtió en el primer español en competir en piragüismo en unos Juegos Paralímpicos. Este año se quedó a las puertas del billete para Tokio en un deporte en el que ha sido campeón del mundo y de Europa, pero el remo le brindó otra oportunidad. En su debut como remero logró imponerse en la regata clasificatoria en Varese (Italia) y estará entre los mejores en PR1 Single Sculls.

También en el canal Sea Forest le acompañará el cuatro con timonel (PR3 Mix4+) español, una embarcación que dio la sorpresa en el Preolímpico de mayo en Gavirate (Italia), ya que con apenas unos meses de vida quedó tercera en la final, superando a países con mayor experiencia. Dos de sus tripulantes tienen un gran bagaje en otras disciplinas, pero son neófitos en remo. Son los casos de Enrique Floriano y de Pepi Benítez.

En las vitrinas del extremeño lucen nueve medallas paralímpicas (dos oros, una plata y un bronce en Sídney 2000, una plata y dos bronces en Atenas 2004, una plata en Pekín 2008 y otra plata en Londres 2012), 40 mundiales y más de 30 europeas como nadador. Sin embargo, en ninguna de ellas experimentó la sensación tan especial que le dejó la clasificación para Tokio con el remo, modalidad con la que se ha reinventado y ha recuperado la ilusión por la competición. Por su parte, la catalana, polifacética deportista y pura dinamita, a sus 52 años disputará sus terceros Juegos. En sus primeros, en Londres 2012, ganó una plata como ciclista en la ruta junto a la piloto Mayalen Noriega.

En los 13 anteriores Juegos de Verano han sido numerosos los deportistas españoles que han competido en diversas disciplinas. En las primeras ediciones era habitual ver a jugadores de la selección española de baloncesto en silla de ruedas participar también en otras pruebas. Algunos casos curiosos son los de Federico Llorens, que en Tel Aviv 1968 compitió en atletismo, tenis de mesa y dartchery (combinaba el tiro con arco y los dardos) o el de Eloy Guerrero, que hizo baloncesto, tenis de mesa y atletismo en Heidelberg 1972.

Matilde Ruiz fue una de las pioneras femeninas, ya que en Arnhem 1980 participó en atletismo y en natación, mientras que en Barcelona 1992 formó parte del equipo de baloncesto. En esos Juegos de la Ciudad Condal, el catalán Jorge Mendoza ganó el oro en lanzamiento de jabalina y el bronce en pentatlón, y cuatro años después en Atlanta 1996 se llevó el bronce en goalball. También ha habido algunos que pasaron del atletismo al ciclismo, como Ignacio Ávila -campeón del mundo en tándem en pista y plata en ruta en Río 2016- y José Vicente Arzo, que en Pekín 2008 ganó la plata en la contrarreloj. Y otro caso llamativo es el del cántabro Carlos Fernández Colaso, que participó en tres Juegos y en tres deportes distintos (vela en Atlanta 1996, fútbol 7 en Sídney 2000 y atletismo en Atenas 2004).

El equipo de refugiados, un mensaje de esperanza al mundo

Una columna de humo enturbiaba el aire, que se impregnaba con el olor acre de la pólvora. Las calles, alfombradas por escombros y socavones. Entre cascotes, Ibrahim Al-Hussein yacía tendido en el suelo gravemente herido por la explosión de una bomba. Había perdido una pierna. “Tuve que huir de Siria, si me quedaba allí, moriría”, asegura. Tras una larga travesía, en Grecia pudo retomar la natación y hoy es uno de los seis deportistas que forman el equipo de refugiados en los Juegos Paralímpicos de Tokio, que representa a los más de 82 millones de personas en el mundo afectadas por esta situación, 12 millones de las cuales, con discapacidad.

Las suyas son historias de éxodo, de migración forzosa, de sueños cercenados, de supervivencia a la guerra, a la persecución por etnia o religión o a las duras consecuencias de vivir en el exilio. Todos huyeron de la desgracia, empujados por los conflictos en sus países. En sus páginas hay miradas amargas, heridas que nunca cicatrizarán e incluso episodios de sangre, pero entre ellas también hay espacio para la resiliencia y la esperanza. A través del deporte han recuperado el pulso de la vida y se han convertido en una fuente de inspiración.

Todos honran el legado de Sir Ludwig Guttmann, polaco de origen judío, cuyo padre murió en un campo de concentración y su hermana en una cámara de gas, pero él pudo escapar de la Alemania nazi y fue en Inglaterra donde encontró un nuevo hogar y devolvió esa hospitalidad creando el movimiento paralímpico. Abrió un sendero a la ilusión para mucha gente, algo que hoy también se ve reflejado en estos seis deportistas.

El nadador sirio Ibrahim Al-Hussein. Foto: Milos Bicanski

A Ibrahim, el destino le había marcado para morir, pero él le desafió una y otra vez. Su rumbo viró en 2012, poco después de estallar la guerra en Siria. El silbido de los obuses del régimen de Bashar al Asad era uno de los sonidos que habían sustituido a las melodías que emanaban de los restaurantes de la ribera del Éufrates, en Deir Ezzor, donde vivía. El cauce del río le servía como piscina, le encantaba la natación y soñaba con ir a unos Juegos Olímpicos, a la par que se ganaba la vida como electricista, hasta que estalló el conflicto. Ya no era seguro ir a nadar y salía lo justo de casa.

Un día fue a socorrer a un amigo que había sido alcanzado por un francotirador. “Me pedía ayuda a gritos, sabía que si lo auxiliaba también me podrían dar, pero nunca me habría podido perdonar verlo morir en medio de la calle”, recuerda. Segundos después hubo un fogonazo de luz, una bomba explotó cerca. Perdió la parte inferior de la pierna derecha y sufrió heridas en su cuerpo. Un dentista intentó remendar su pierna con pura imaginación ante la carencia de medios. Había sobrevivido, pero se hundió en una depresión y a los tres meses decidió marcharse de un país en el que no solo sus ciudades habían sido horadadas por las bombas, también las ilusiones.

El Éufrates, donde tantas veces había nadado, sirvió como vía de escape y en una balsa emprendió el viaje a Turquía. Su peregrinaje por territorio otomano fue una odisea, primero se refugió en el sureste, en el sótano de una casa abarrotada de heridos que llegaban desde Siria. Después se marchó a Estambul, donde se quedó un año y medio. Allí le hicieron una prótesis, pero el material no era de la mejor calidad y apenas podía caminar más de 300 metros sin que se le cayera.

Sin dinero, varios conocidos le pagaron un billete de 800 euros y junto a 18 personas, la noche del 27 de febrero del 2014 cruzó el mar Egeo en una barca hinchable de goma hacia la isla griega de Samos, en la que permaneció 16 días en un centro de detención. Luego viajó a Atenas y en la capital estuvo viviendo a la intemperie, alimentándose con frutas de los árboles de la calle. Hasta que conoció a un médico, Angelos Chronopoulos, su ‘ángel de la guarda’. “Me pagó una prótesis de 12.000 euros y el mantenimiento de forma gratuita. Es como un hermano para mí”, dice.

Pudo reconstruir su vida con el deporte desempeñando un papel clave. Primero, a través del baloncesto en silla de ruedas, y luego regresando a la natación. Tras mucho tiempo nadando a contracorriente encontró paz entrenando en la misma piscina olímpica en la que deslumbraron Michael Phelps e Ian Thorpe en los Juegos de Atenas 2004. En Río de Janeiro 2016 formó parte del primer equipo paralímpico de refugiados y ahora estará en Tokio: “No nado por mí, lo hago por todos los refugiados del mundo”.

El piragüista sirio Anas Al Khalifa. Foto: Reinaldo Coddou

Angustiado por la idea de abandonar su hogar, sobrecogido por la incertidumbre y dejando atrás a su familia y también su identidad, con 18 años Anas Al Khalifa (Hama, Siria, 1993) formó parte de la procesión de ánimas errantes que se lanzó al vacío del refugio en los campos de desplazados en la frontera con Turquía. “Eran los únicos sitios en los que no había armas ni combates, nos sentíamos seguros”, recalca. Tuvo que separarse de sus padres y de su único hermano, que era policía y con el que tenía un vínculo especial. Entre tiendas de plástico, charcos de barro y la inmundicia que rodeaban el lugar vivió dos años hasta que accedió al país turco tras varios intentos fallidos.

De ahí emprendió un espinoso trayecto hacia Alemania, previo paso por Grecia. “Fue una pesadilla en la que no estaba seguro de sobrevivir, lo llamo el viaje de la muerte porque estaba lleno de riesgos”, confiesa. En agosto de 2015 llegó a su destino, esperanzado sobre el futuro, quería continuar sus estudios, convertirse en mecánico y enviar dinero a su familia. Al año siguiente consiguió trabajo como instalador de paneles solares en los tejados. El infortunio volvió a golpearle, en un día de lluvia de diciembre de 2018 se resbaló y cayó de espaldas desde un edificio de dos plantas.

Despertó cinco días después en la cama del hospital con una lesión en la médula espinal: “No recuerdo mucho porque perdí el conocimiento. Las cosas eran muy oscuras para mí en ese momento, sabía que no volvería a caminar. Todo se te pasa por la cabeza, incluso las peores cosas posibles”. Durante la rehabilitación su flotador fue el piragüismo. “Vi a un joven asustado. Se podía ver en sus ojos, era muy infeliz, pero al mirar su cuerpo, sus manos y hombros, pude ver lo fuerte que era, el potencial que tenía”, asevera la medallista olímpica en Seúl 1988, Ognyana Dusheva, cuando conoció a Al Khalifa.

Ella le animó a probar el kayak, modalidad que le devolvió la libertad y la sonrisa a su rostro, aunque en 2020 estuvo a punto de abandonar. Durante una contienda en Siria, su hermano falleció tras recibir un disparo en el corazón. “Todo el mundo tiene que luchar y seguir adelante. Nada es demasiado difícil. Si hay que intentarlo una o cien veces, tienes que continuar. Aunque ya no esté con nosotros, espero que mi hermano, al igual que mis padres, estén muy orgullosos”, apunta Anas, quien saborea cada segundo de su nueva vida surcando las aguas.

La joven atleta Alia Issa. Foto: Milos Bicanski

Inmersa en un remolino de emoción y felicidad llega a Tokio Alia Issa, la más joven y la única mujer del equipo. Hija de emigrantes sirios, nació en Grecia en 2001. No ha vivido la crueldad de la guerra que diezmó el país de origen de sus padres, pero la vida tampoco se lo ha puesto sencillo. Nacer en territorio heleno no le da derecho a la ciudadanía griega y no fue hasta hace cuatro años cuando recibió el asilo como refugiada. Fue víctima de discriminación durante la infancia y adolescencia por su discapacidad.

Con cuatro años contrajo viruela y la elevada fiebre le provocó daños cerebrales, dejándole con dificultades para hablar y moverse. “Algunos niños me acosaban y se burlaban de mí, no tenía amigos, pero eso no me impedía querer ir a la escuela, me gustaba mucho”, reconoce. Cuando tenía 16 años sufrió un nuevo revés, la muerte de su padre, y el deporte se convirtió en un gran aliado para cultivar sueños, forjar su carácter y superarse en gallardía. Probó boccia y ciclismo, pero lo que le cautivó fue el club throw, una de las disciplinas más desconocida del atletismo paralímpico.

Desde entonces, Issa ha derribado barreras lanzando el palo de madera parecido a un bolo. “Me ha dado independencia, ahora formo parte de una nueva comunidad haciendo amigos con objetivos similares. Sea cual sea la dificultad a la que te enfrentes, no te sientas abatido ni desesperado. Cada dificultad es una lección que hay que aprender y nos hace aún más fuertes. Tenemos que tener esperanza todos los días de nuestra vida porque es la última en morir. Me siento muy feliz y honrada de ser la primera atleta en marchar en el estadio encabezando todo el desfile. Mi padre, que me enseñó a soñar en grande, seguro que estará orgulloso de mí”, apostilla.

El nadador afgano Abbas Karimi. Foto: Michael Reaves

A su lado, portando la bandera del equipo de refugiados en la ceremonia inaugural estará Abbas Karimi, la única cara afgana en estos Juegos ya que los dos compatriotas que iban a participar -la taekwondista Zakia Khudadadi y el atleta Hossain Rasouli- han quedado atrapados en Kabul ante la llegada al poder del régimen talibán y su presencia en Tokio es una incógnita. Él pudo escapar de Afganistán, una tierra regada por la sangre de inocentes y bajo la amenaza constante de los fanáticos religiosos. En su caso, la maldad que percibía de la gente hería más que las balas o las bombas. Nacer sin brazos lo convertían en un blanco de burlas y su etapa escolar estuvo marcada por el bullying, hasta que se adentró con 12 años en el kickboxing, que lo utilizaba para defenderse de los insultos y las humillaciones que sufría.

Sin embargo, fue en el agua donde encontró su oasis. Comenzó a nadar con 13 años y a perfeccionar su técnica en la piscina de 25 metros que su hermano construyó para los vecinos de la comunidad. “La natación me calma, es como un escudo para mí, siempre protegiéndome. Si me siento mal o cada vez que tengo problemas, simplemente me sumerjo y me relaja. Nadar me salva la vida”, sostiene. El temor por su futuro y por su propia vida le emplazaron a abandonar el país con apenas 16 años.

Sus ojos rasgados y nariz chata son la seña de identidad de los hazaras, una minoría chiita descendiente de Gengis Khan, pero también una condena ya que se trata de un pueblo muy castigado por los talibanes: “En mi tribu, las personas son a menudo asesinadas cuando son atrapadas. De niño no me quedaba dentro de casa y podría haber sido asesinado en cualquier momento. Además, como persona con discapacidad, no encajaba en esa sociedad. Tuve que irme”, declara.

Pergeñó un plan en secreto para huir y voló a Irán, la primera parada de su éxodo. Después emprendió un infernal viaje de tres días en condiciones muy duras hasta Turquía, atravesando las escarpadas montañas de la cordillera Zagros: pagó a contrabandistas para desplazarse en un camión oculto entre plásticos y hacinado, recorrió un tramo a pie por senderos gélidos, esquivó controles fronterizos y sobrevivió al ataque de perros salvajes. “No sentía mis piernas, nunca he tenido tanto frío y hambre en mi vida”, resalta.

Una vez en tierra otomana, Karimi estuvo cuatro años en el limbo, rodeado de alambradas tras pasar por cuatro campos de refugiados. En uno de ellos le permitieron salir un par de veces al día para entrenar en una piscina en la que volvió a sentirse libre. En 2015, Mike Ives, un profesor jubilado y antiguo entrenador de lucha libre, lo vio en un vídeo en Facebook e intercedió para que pudiera viajar a Portland (Estados Unidos). Gracias a su ayuda retomó su carrera como nadador y en 2017 en México ganó su primera medalla mundialista. Ahora disputará sus primeros Juegos: “No fue fácil, pero estoy vivo. Quiero que la gente sepa que Abbas Karimi, sin brazos, nunca se rindió y luchó por sus objetivos. Puedo hacer algo para cambiar el mundo”.

El atleta iraní Shahrad Nasajpour. Foto: Christian Pedersen

Otro deportista que también ha echado raíces en Estados Unidos y que piedra a piedra ha ido construyendo un porvenir es Shahrad Nasajpour. Su obstinación e idea descabellada germinó en una realidad, él fue el arquitecto que puso los cimientos para el equipo de refugiados. Al enterarse de que en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 habría representación de exiliados, contactó con el Comité Paralímpico Internacional para que también formasen uno. Pese a los obstáculos iniciales, no desistió y su porfía obtuvo el resultado esperado.

“Mis correos electrónicos ayudaron a encender las cosas. Cuando tienes un grupo, recibes más atención. Es genial ver a más atletas involucrados ahora. Espero que esto sea cada vez más grande en los próximos años. El espíritu de los Juegos Paralímpicos es otra cosa, sientes algo especial”, expresa el que fuese abanderado en el estadio brasileño de Maracaná. No perder la motivación es el faro que guía la vida de este lanzador de disco de 31 años que nació con una parálisis cerebral que afecta la movilidad de su lado izquierdo.

Formó parte de la selección de atletismo hasta 2011, cuando las autoridades iraníes le prohibieron competir y entrenar por no cumplir las estrictas normas religiosas del régimen de los ayatolás durante un Mundial en Dubái. Después de tres años alejado del círculo de lanzamiento, el discóbolo persa abandonó su tierra y emigró a Norteamérica, donde retomó el deporte pese a las trabas, sobre todo, burocráticas, que tuvo que sortear.

Para él, lo peor fue afrontar en soledad el proceso inmigratorio, sin ningún tipo de apoyo. Perdido, deambuló por varios estados del país hasta radicarse en Búfalo, Nueva York. Allí, Buffalo Peace House, una asociación sin ánimo de lucro que brinda ayuda a los solicitantes de asilo, fue su tabla de salvación. Su viaje es el epítome de la persistencia y la tenacidad, valores que le han impulsado hasta Tokio, sus segundos Juegos Paralímpicos. “Sean resilientes en tiempos difíciles. Escucharán muchos no de forma regular, pero no tomen ese no como una respuesta. Intenten encontrar diferentes maneras de llegar a sus objetivos y al final podrán llegar a donde quieran”, subraya.

El taekwondista burundés Parfait Hakizimana. Foto: Anthony Karumba

Parfait Hakizimana es el único de los seis deportistas que llega directamente desde un campo de refugiado. Desde 2015 reside en Mahama (Ruanda), un mar de arena y de tiendas de lona levantadas junto a cultivos. Fue testigo de un horror inexplicable con la cruenta guerra civil de Burundi entre hutus y tutsis que asoló el pequeño país de los Grandes Lagos entre 1993 y 2005. Tenía ocho años y nunca olvidará el día en que un grupo de hombres armados entró en el campo de desplazados internos en el que vivía. Su madre fue asesinada y él recibió un balazo que le dejó malherido el brazo izquierdo.

Su padre, que estaba en el ejército, lo llevó a un hospital, donde permaneció dos años ingresado. Las cicatrices que serpentean desde el hombro hasta el antebrazo son un doloroso recordatorio de lo que ha tenido que superar. Con 16 años se agarró al taekwondo y su sonrisa volvió a abrirse, a golpe de patadas convirtió su temor en esperanza. En el deporte no vio diferencia entre tribus, solo unidad: “Me salvó y me levantó el ánimo”. Fundó un club, pero el conflicto en uno de los lugares más pobres del mundo, que dejó unos 300.000 muertos, dinamitó el futuro de la población.

Parfait escrutaba un horizonte desdibujado y sin oportunidades, por lo que decidió unirse a miles de compatriotas que abandonaron aquel infierno abigarrado. “Tenía mucho miedo a quedarme en Burundi y que me dispararan como a mi madre”, afirma. En Mahama, en la frontera con Ruanda, recuperó la libertad que anhelaba, aunque las condiciones no eran las adecuadas. Al principio vivía en una carpa y sin acceso a agua potable. Para superar el trauma emocional y las secuelas físicas centró su foco en el deporte y ahora entrena a unas 150 personas en el campo.

“Prefiero hacer taekwondo porque me da seguridad y también me ayuda a ser feliz y a recuperar, en parte, la alegría que no pude tener durante mi infancia”, aclara. Desde allí, con carestía de medios, se ha preparado para llegar a los Juegos Paralímpicos. Un desafío mayúsculo. “No tengo muchos recursos. No hay mucha comida ni tratamiento médico. No es fácil”, lamenta. Su objetivo es regresar a Burundi junto con su mujer y su hija, y abrir otro club de taekwondo que sirva como punto de partida para transformar las vidas desarraigadas a causa de la guerra. “Hay que ser valiente y paciente y las cosas buenas sucederán”, agrega.

Ibrahim, Anas, Alia, Abbas, Shahrad Nasajpour y Parfait. A todos ellos les une el hilo del exilio, la migración forzosa o geopolítica. Son supervivientes y en Tokio se convertirán en altavoces de los millones de refugiados que hay en el mundo y que, como ellos, sueñan con una segunda oportunidad.

De la experiencia de ‘Chano’ Rodríguez al desparpajo de Nahia Zudaire

47 años son los que separan a Sebastián ‘Chano’ Rodríguez de Nahia Zudaire y de Nagore Folgado, las benjaminas de la delegación española que participará en los Juegos Paralímpicos de Tokio del 24 de agosto al 5 de septiembre. España estará representada en la capital nipona por 142 deportistas, 127 de los cuales con discapacidad, con una edad media de 33,5 años. El más longevo de la expedición será una vez más el gallego, que disputará su sexta cita paralímpica con 64 años.

El ‘viejo león’ continúa con hambre y está listo para devorar unos metros más en el agua. En su brazo derecho grabará con tinta la palabra Tokio, que se sumará a las de Sídney, Atenas, Pekín, Londres y Río de Janeiro. Seis Juegos para el español con más oros paralímpicos (ocho) junto a Richard Oribe. También posee cuatro platas y cuatro bronces. Nadará las pruebas de 50, 100 y 200 libre S5.

“He trabajado como si fuese a pillar chapa, aunque si me meto en la final sería la hostia, la alegría sería la misma o incluso más que cuando gané cinco oros en Australia. Estos Juegos me los tomo como un capricho que me he dado porque desde el Mundial de Londres 2019 no tengo beca, todo me lo pago de mi bolsillo. Es una forma de retar a toda esa gente que siempre ha puesto en duda mi valía personal y deportiva. Se lo dedico a los que no creyeron en mí y me habían enterrado una vez más”, recalca.

A punto de cumplir 60 años está Carmen Rubio, la arquera navarra que disputará sus terceros Juegos. Con 58 años le sigue la maratoniana Mari Carmen Paredes, que junto a su guía y marido Lorenzo Sánchez (62 años) apunta al podio y tratará de quitarse la espinita de Río de Janeiro 2016, cuando tuvo que retirarse por una deshidratación. Y otra de las veteranas es Cruz Ruiz (56), jugadora de la selección española de baloncesto en silla de ruedas.

En el otro extremo se encuentran Nahia Zudaire y Nagore Folgado, las ‘pequeñinas’ del equipo con 17 años. La nadadora guipuzcoana, puro desparpajo y talento en el agua, es una de las perlas de la última hornada que ha salido de la piscina y que ya se codea con las mejores del mundo. Tiene los récords de España en la categoría S8 en 50, 100, 200, 400 y 800 libre, en 50 y en 100 mariposa, así como en 200 estilos. “Estar en medallas es muy difícil, pero quiero ponerles las cosas difíciles a las rivales más fuertes. Con clasificarme para alguna final y bajar mis tiempos estaría satisfecha”, asegura.

Otra que consume sueños a ritmo de vértigo es Nagore, atleta valenciana cuyas zancadas ya están dejando huella sobre el tartán pese a su precocidad. Junto a su guía Joan Raga se proclamó campeona de Europa de 100 metros y también ganó la plata en 200 (categoría T12) el pasado mes de junio en Bydgoszcz (Polonia). “Mi preparación estaba enfocada en París 2024, fue una sorpresa verme en la lista de seleccionadas, es un orgullo y algo inesperado. Pese a ser un regalo, siento que nos lo merecemos, valemos para estar entre los mejores”, comenta.

58 debutantes en los Juegos

De los 127 deportistas españoles (sin contar los guías, pilotos de ciclismo, porteros de fútbol y timonel de remo), 58 son debutantes. En atletismo, además de la propia Nagore, están Álvaro del Amo, Eduardo Uceda, Desirée Vila, Alba García, Iván Cano, Miriam Martínez, Yassine Ouhdadi y Adi Iglesias. En baloncesto en silla de ruedas se estrenan los recientes campeones de Europa sub 22, Ignacio ‘Pincho’ Ortega’, Óscar Onrubia y Manu Lorenzo, así como el equipo femenino al completo, que vuelve a unos Juegos 29 años después.

Las 12 ‘guerreras’ elegidas por Abraham Carrión son Vicky Alonso, Sara Revuelta, Sonia Ruiz, Almudena Montiel, Bea Zudaire, Agurtzane Eguiluz, Vicky Pérez, Isa López, Cruz Ruiz, Lourdes Ortega, Judith Núñez y Michell Navarro. En ciclismo, de los 10 componentes de la selección que dirige Félix García Casas, más de la mitad debuta en unos Juegos: Adolfo Bellido, Luis Miguel García-Marquina, Sergio Garrote, Pablo Jaramillo, Joan Reinoso e Israel Rider.

En fútbol para ciegos estarán Pablo Cantero y Miki Sánchez, quienes ya formaron parte del plantel que conquistó el Europeo de Roma en 2019. En halterofilia, la catalana Montse Alcoba acompañará esta vez a la referente española de esta disciplina, Loida Zabala. El aragonés Sergio Ibáñez competirá en sus primeros Juegos en el Nippon Budokan, el templo del judo.

En el Centro Acuático de Tokio vivirán su primera cita paralímpica los nadadores Jacobo Garrido, Luis Huerta, Eva Coronado, Marta Fernández, Carlos Martínez, Sergio Martos, Alejandro Rojas, David Sánchez y Nahia Zudaire. En el canal de Sea Forest, el piragüismo español contará con cinco palistas debutantes: Juan Valle, Higinio Rivero, Inés Felipe, Adrián Mosquera y Adrián Castaño. En el mismo lugar competirán con el cuatro con timonel Verónica Rodríguez y Jorge Pineda, junto a sus compañeros Enrique Floriano y Pepi Benítez, quienes ya saben lo que es disputar unos Juegos en natación y en ciclismo, respectivamente.

La capital tokiota acoge el bautismo del taekwondo en unos Juegos Paralímpicos y el gallego Álex Vidal se convertirá en el primer participante español de la historia. En tenis de mesa se estrenarán Francisco Javier López Sayago, Iker Sastre y Miguel Ángel Toledo, en tenis en silla el murciano Kike Siscar, mientras que en el Parque Marino de Odaiba lo harán los triatletas Jota García, Héctor Catalá y Eva Moral.

La eterna Teresa Perales, unos Juegos por orgullo y amor propio

En sus charlas suele utilizar el cubo de Rubik como metáfora para encarar la vida. “A veces tienes que aprender a hacer las cosas de manera diferente o desmontar algo para volverlo a hacer y hallar la solución”, afirma Teresa Perales, una fuente de optimismo que desde joven supo cultivar esa capacidad para adaptarse a las adversidades y escenarios desafiantes. Su actitud y facultad para reinventarse han sido claves para resolver endiablados puzles en su camino y alcanzar el éxito en las más de dos décadas que lleva en la natación. Una vez más ha sacado esa resiliencia para abordar un arduo reto, acudir a los Juegos Paralímpicos de Tokio con una lesión en el hombro izquierdo.

Nada frena sus objetivos, competir está en su ADN. Con orgullo y amor propio trata de vencer al dolor y al tiempo para ampliar su leyenda. Lo de igualar las 28 medallas de Michael Phelps lo tendrá más difícil que nunca, aunque eso es lo de menos. Su medalla es haber llegado a la capital nipona. “No me rindo, pero no sé si podré estar en alguna final”, confiesa. El esfuerzo que ha hecho para estar en Japón ha sido exagerado, con horas y horas de rehabilitación, desoyendo algunas voces que le pedían que parase. La galardonada con el Premio Princesa de Asturias jamás ha tirado la toalla y no lo va a hacer ahora.

Teresa acumula en el bañador batallas, heridas y un sinfín de logros. Con 45 tacos sigue firme su egregia arquitectura y perpetua sonrisa que contagia. Más cerca del desenlace de su carrera que del punto de partida, exprime cada brazada al abrigo de los valores que le condujeron hasta la cumbre. Cada día con el tenaz deseo de continuar aprendiendo y con la misma determinación que le guió a la cúspide en la piscina. “Mi cabeza se rebela contra la edad, no me canso y mientras el cuerpo aguante, seguiré compitiendo”, afirma. Y eso que al principio no le gustaba. “Odiaba el agua, me daba miedo y me parecía aburrido nadar”, confiesa. De niña hizo gimnasia rítmica, pero lo suyo era el kárate, “Daniel Sam y el señor Miyagi me marcaron”, dice entre risas.

Quiso ser piloto militar, pero no le dejaron por un solo centímetro -mide 1,63 metros-. Empezó a estudiar Ciencias de la Educación en la Universidad de Zaragoza cuando a los 19 años contrajo una tuberculosis que degeneró en una neuropatía que le hizo perder la movilidad de sus piernas. “Me cabreé con el mundo, me parecía injusto que me tocase a mí porque no estás preparada para algo así, lo rechazas porque ya no tienes el control y no sabes qué te espera. Pero todo está en la cabeza, en la voluntad como motor para lograr los objetivos. Decidí no vivir en una continua queja, me di cuenta de que podía hacer un montón de cosas”, explica.

Para ella, quedarse en silla de ruedas no fue nada comparado con el fallecimiento de su padre por leucemia. “Su adiós me marcó mucho, me enseñó que la vida se escapa y ya está, así que hay que aprovechar cada momento que vivo porque es un regalo. También he tenido episodios malos, he llorado mucho y me he desesperado cuando no salían las cosas, pero si te rindes es cuando pierdes”, recalca. Teresa no desistió cuando ese primer verano sin poder caminar se zambulló en la piscina “muerta de miedo” porque no sabía cómo nadar, moverse o flotar. Ataviada con un salvavidas naranja y verde fosforito superó ese temor, se soltó y al año siguiente ya estaba ganando medallas. A Ramiro Duce, su primer entrenador, no le falló su ‘ojo clínico’ al aventurar que tenía entre manos un diamante en bruto al que pulir.

Un palmarés de lujo

Más de 60 preseas entre mundiales y europeos y 26 metales en cinco Juegos Paralímpicos (siete oros, nueve platas y diez bronces). La gran mayoría forjadas junto a Ángel Santamaría, su alter ego, su sombra en los últimos 20 años. “Con una mirada sabe cómo estoy, siempre ha sabido adaptarse a lo que necesito. Con los años han aparecido más dolores o dificultades por mi enfermedad degenerativa, pero miro el lado positivo y cambiamos la forma de entrenar. Ahora hago sesiones de más calidad, más trabajo fuera de la piscina y gimnasio, utilizo la handbike y un aparato para la hipoxia, que simula la altitud. Vamos planificando en función de cómo me encuentre ese día, sin ser estrictos, buscando la flexibilidad”, asevera.

La parte emocional también es un apartado importante en su preparación y acude a la música como herramienta para visualizar sus objetivos. “Reproduzco en mi cabeza desde la noche antes de la competición, siguiendo el ritmo de la canción. Es divertido, me hace sentir bien y, encima, me motiva porque siempre me imagino ganando”, bromea. En este último ciclo, la aragonesa volvió a ser campeona del mundo en 2019 en Londres y este año se colgó un oro y dos bronces en el Europeo de Funchal (Portugal) justo antes de lesionarse el hombro.

“El 17 de mayo es una fecha que tristemente no voy a olvidar. Sufrí una luxación aguda en el brazo izquierdo y me lo ha puesto difícil para Tokio porque se me sale”, indica. No llega como esperaba, pero sí con ganas de porfiar y de verter hasta la última gota de energía. “Son mis sextos Juegos Paralímpicos, lo llevo con orgullo, tiene mérito. Sé que la retirada llegará en algún momento, pero sigo dando guerra porque me chifla competir y convivir con mis compañeros”, añade.

Su abanico de pruebas se ha visto reducido y nadará el 50 espalda S5, el 100 libre S5 y quizás algún relevo. “La lesión no me da lugar a tener una recuperación completa para pelear por las medallas en Tokio, aunque sigo teniendo firme el espíritu paralímpico, que consiste en pelear y en darlo todo. No sé si llegaré a entrar en una final, pero estoy intentándolo en el camino. Somos resilientes y ante la adversidad sabemos plantar cara”, apostilla la zaragozana, a la que nunca hay que descartar en la lucha por el podio. Teresa es siempre Teresa.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Teresa Perales

El reto más complicado de José Manuel Ruiz, el maestro de la pala

Una mañana de verano de 1996, a José Manuel Ruiz le comunicaron que preparase la maleta porque iba a viajar a Atlanta para disputar los Juegos Paralímpicos. Aquel imberbe granadino de 17 años pensó que se trataba de una broma, llevaba menos de un lustro jugando al tenis de mesa. El seleccionador nacional por entonces, Manolo Casas, confió en él y le dio la oportunidad a través de una invitación. “Aquello me pareció un parque de atracciones”, confiesa. En la ciudad estadounidense comenzó a esculpir una dilatada y exitosa trayectoria repleta de logros.

Ahora, con 43 años, este maestro de la pala y la mesa azul hará historia en Tokio, al igualar a Puri Santamarta, a Kike Soriano y a Xavi Torres con siete Juegos. Aunque el sueño casi se esfuma por la única lesión grave que ha tenido en toda su carrera, la rotura del tendón de Aquiles de su pierna derecha de la que se ha recuperado a contrarreloj. En marzo pasó por el quirófano y a las dos horas de la operación ya empezó su lucha titánica contra el tiempo. “No había segundo que perder. Fue un momento crítico, se me vino el mundo encima. Con lo dura que fue la clasificación, ves que todo ese esfuerzo y trabajo de casi cinco años se derrumbaba. Lo pasé mal, pero enseguida vimos que había una luz de esperanza y me agarré a ella”, explica.

El accitano dedicó ocho horas diarias en la rehabilitación, alternando los cuidados de la herida -19 puntos le dejó la cirugía- y de la pierna con fisioterapia y ejercicios para mantener la forma física. Y sin dejar la pala para no perder el toque, primero sentado sobre un pupitre, luego apoyando el pie con una férula. “Lo afronté desde el principio como un aprendizaje y con paciencia, como un escollo más en este difícil camino para llegar a Tokio. Lo más duro ha sido estar lejos de casa, sin mi mujer y mis hijas”, afirma. Por ello, después de varios meses en el CAR de Madrid, la última parte de la recuperación la hizo en Granada, necesitaba sentir el aliento de los suyos.

“Quería salir de la rutina y cambiar de aires me vino muy bien. Mis sensaciones en estas últimas semanas están siendo buenas, se están cumpliendo los plazos y el tendón está respondiendo bien. Estoy a un 75% de mis posibilidades, pero en Tokio espero estar lo más cerca posible de mi mejor versión”, recalca Ruiz, quien gracias a su tenacidad y al trabajo del equipo médico del Comité Paralímpico Español, del preparador físico José Ángel Espejo y de la psicóloga Manuela Rodríguez ha desatado su particular nudo gordiano y ha recobrado la libertad en la mesa.

Tres décadas golpeando la pelota

Lleva tres décadas hechizado por la destreza, la velocidad y el sonido que repiquetea la ligera pelota. Lo descubrió un día en el Polideportivo de Guadix, que hace unos años fue rebautizado con su nombre. “Había practicado un amplio abanico de deportes como fútbol, baloncesto, tenis, ciclismo, balonmano e incluso llegué hasta cinturón naranja en judo. El tenis de mesa fue el último que probé y me enganchó, descubrí que tenía un talento oculto, asimilaba los gestos y golpes muy rápido. Pasaba más horas en el pabellón que en casa. Me ayudó en mi desarrollo personal y en la toma de decisiones ante cualquier dificultad o reto”, afirma.

Juan Requena fue el primero que moldeó su figura en el Club ADA, también aprendió en el Club La Raqueta al lado de Manuel Robles, uno los pioneros del tenis de mesa adaptado, y dio un salto de calidad en las filas del CajaGranada, el club nacional más laureado. “Allí empezó a entrenarme Vladimir Choubine, al que le debo mucho. Para mí fue una suerte que me abriesen las puertas, supe sacarle el máximo provecho a los recursos que me ofrecieron. Y siempre midiéndome a gente sin discapacidad”, dice el andaluz, que nació con agenesia congénita en el brazo derecho, algo que no fue óbice para disfrutar de su pasión y codearse con los mejores.

Con determinación, estoicidad e inagotables recursos se ha labrado un palmarés excelso. Desde la plata en el Campeonato de España de 1995 en Valencia hasta la plata en el Open Costa Brava de 2020, las vitrinas de Ruiz superan con creces el centenar de medallas. Casi 30 las ha conseguido en mundiales y en europeos, y de ellas, hay dos que tiene grabadas con punzón dorado. “La de París 1998, en la que fui campeón del mundo por equipos junto a Enrique Agudo, formamos un tándem espectacular. Y también el oro individual en categoría Open en el Mundial de Corea 2010. Mi tío había fallecido unos meses antes y lo pasé muy mal, no tenía motivación ni ganas de entrenar, pero él empujó desde donde estuviese y pude dedicarle la victoria”, reconoce.

Aunque las más especiales para él son las cinco que ha conquistado en los seis Juegos Paralímpicos disputados y que resume de forma somera: “En Atlanta 1996 era un adolescente y pagué mi inexperiencia y juventud. Estar allí ya era un premio, fue una sorpresa. En Sídney 2000 llegó la confirmación del trabajo y la evolución, saqué un bronce por equipos y una plata individual, la más importante para mí. A Atenas 2004 fui bien preparado, pero caí en semifinales y también en el partido por el bronce por pequeños detalles”.

“Pekín 2008 fue una mezcla de sensaciones, era número uno del mundo y no supe gestionar las altas expectativas, perdí en cuartos. Pero me levanté dos días después del golpe anímico y por equipos logramos la plata frente a los chinos, fue inolvidable. En Londres 2012 aparecieron jugadores como el polaco Patryk Chojnowski o el indonesio David Jacobs, que me arrebató el bronce. Con Jorge Cardona volví a ganar por equipos un bronce. Y en Río de Janeiro 2016, además de la plata por equipos rozando el oro ante China, fui el abanderado español en el estadio olímpico de Maracaná, algo único e irrepetible”, prosigue.

Siete Juegos Paralímpicos

El palista accitano, profesor de Educación Física, añadirá ahora otro hito en su carrera, ya que en Tokio se convertirá en el español en activo con más Juegos Paralímpicos -junto al nadador Xavi Torres-, igualando las siete citas de Puri Santamarta y de Kike Soriano. “Entrar en ese selecto club es un gran orgullo y una recompensa a tantos años manteniendo la regularidad y también al trabajo de las personas que me rodean”, asevera.

Para Ruiz, esta ha sido la clasificación que más le ha costado de todas. “Tuve que sudar mucho para lograr el billete. Viví varios episodios muy complicados que me afectaron anímicamente: el ictus que sufrió mi entrenador Vladimir Choubine, del que ya está recuperado, y la eliminación en la fase de grupos en el Europeo de 2019. Pero si algo tenemos los deportistas es capacidad para superar situaciones adversas”, explica. Y para más inri, a cinco meses de los Juegos llegó el mazazo de la lesión que casi le deja en casa.

El granadino aterriza en la capital japonesa con una ilusión tremenda para afrontar su desafío más difícil y siendo consciente de que solo con estar allí ya es un logro. “Una medalla es súper cara y más aún en mis circunstancias, pero soy muy competitivo y cuando salgo a la mesa intento siempre ganar. Quién sabe, quizás ahora que voy con menos presión pueda conseguirla. Lo más importante es quedarme tranquilo habiendo dado lo mejor de mí”, subraya Ruiz, un jugador incombustible que no descarta llegar a París 2024: “A la vuelta nos sentaremos y tomaremos decisiones. Necesitaría que el cuerpo responda, seguir teniendo motivación y contar con apoyo para jugar con las mismas cartas que mis rivales”. Mientras tanto, saborea cada golpe como si fuese el último. Pase lo que pase, ‘que le quiten lo bailao’.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a José Manuel Ruiz

Alberto Suárez, un devorador de kilómetros a ciegas

De pequeño detestaba correr. Ese fue uno de los motivos por los que eligió enfundarse los guantes para defender la portería de un equipo de fútbol sala en Asturias. Alberto Suárez disfrutaba del balón y también de la bicicleta en Riosa, un pueblo de la comarca minera. Hasta que a los 27 años le diagnosticaron una degeneración macular con distrofia de conos. Su vida cambió de golpe, pero encaró al futuro con optimismo y encontró en el atletismo un refugio para superar el varapalo. En una década lo ha ganado todo, incluido un oro en Londres 2012 y una plata en Río de Janeiro 2016 como maratoniano. A sus 43 años buscará en Tokio su tercer metal en los Juegos Paralímpicos.

“Pasó todo muy rápido y apenas pude asimilarlo. Era tornero fresador y comencé a darme cuenta de que ya no manejaba con precisión las máquinas y herramientas. Pensé que era miopía, pero la enfermedad era más grave, solo tengo un 10% de visión en cada ojo. Dejé de conducir, también el trabajo y mi pasión como portero de fútbol porque encajaba goles que antes no me hacían. Pasé a depender de otras personas en mi día a día, fue duro adaptarse a la nueva situación”, relata el ovetense.

Lo que más le ayudó a no derrumbarse fue el calzarse las zapatillas para correr junto a un grupo de amigos. “Me lo pasaba bien y mantenía la mente limpia de cualquier problema”, confiesa. Se afilió a la ONCE, descubrió el atletismo adaptado y en su primer campeonato interautonómico en Logroño en 2009 ya vertió su talento. Hizo la mínima para ir al Europeo de Rodas (Grecia), donde ganó un bronce en los 10.000 metros. Pronto evolucionó y sin querer llegó a la distancia de Filípides, a los 42,195 kilómetros, empujado por Eleuterio Antón, un histórico del maratón español.

“En 2010 recibí una invitación para ir a una prueba en Japón junto a Manuel Garnica y cuando cogimos el avión, tras hacer escala en Frankfurt nos pilló la erupción del volcán -Eyjafjallajökull- en Islandia que paralizó el espacio aéreo en Europa. Volví a casa y cuatro meses después debuté en el maratón del Valle Nalón (Asturias), lo completé en dos horas y 24 minutos, que suponía récord del mundo en mi categoría, aunque no fue homologado. Me llevaron al Mundial de Nueva Zelanda en 2011 y gané el oro batiendo otra vez el récord”, recuerda.

Desde entonces no ha parado de devorar preseas y kilómetros a ciegas tanto en pruebas de 5.000 y 10.000 metros como en maratón, modalidad en la que ha conquistado dos oros y dos platas mundiales. Cimentado en la perseverancia y el tesón se ha convertido en una de las grandes referencias sobre el asfalto. Para el fondista asturiano, “la constancia y el trabajo psicológico son esenciales para dedicarse a esto. Lo más duro es la preparación, tiene muchos meses detrás, con entrenamientos bajo el frío o el calor y con dolores físicos, por ello la parte mental es clave”.

El riosano ya sabe lo que es subir al podio en los Juegos Paralímpicos, se estrenó a lo grande en Londres 2012 con un metal dorado y en Río de Janeiro se llevó una plata pese a sufrir un año difícil por las lesiones. Se dice que no hay dos sin tres y Suárez perseguirá en Tokio su tercera medalla. A la cita de Japón llega tras una ardua preparación, con un volumen alto de carga, alternando tiradas largas y series más rápidas, con 180 kilómetros semanales, masajes, descansos y tomando mucho carbohidrato “para que la gasolina aguante toda la prueba”. La última vez que se puso el dorsal en maratón fue el pasado diciembre en Valencia, donde refrendó su plaza para la cita nipona.

“Me siento fuerte y listo para competir, he tenido que levantarme cada día muy temprano para desayunar y entrenar con el objetivo de activar el cuerpo a esas horas ya que la maratón empezará a las 6.30 horas para evitar el calor y la humedad. Me he aclimatado bien, pero será complicado, espero que no me haga daño el agua o los geles que tome en el avituallamiento porque esos pequeños detalles determinarán si estás o no en el podio”, apunta el ovetense, que medita disputar también los 5.000 metros para “entrar en competición con la idea de rendir el día de la maratón”.

En la larga distancia tendrá que lidiar en la categoría T12 (deportistas con deficiencia visual) con el vigente campeón del mundo y paralímpico, el marroquí El Amin Chentouf, con el español Gustavo Nieves, con el japonés Tadashi Horikoshi y quizás con el australiano Jaryd Clifford, que en abril batió el récord del mundo. “Es una incógnita y si está será otro rival duro, es un chico con una calidad brutal. Aunque no me gusta mirar el listado del ranking, me he preparado fijándome solo en mis tiempos. Lo afronto con mucha ilusión, he tenido continuidad y estoy en buenas condiciones físicas para pelear por una medalla más. Voy cumpliendo años y la gente joven viene apretando, pero si estoy bien en la carrera y tengo una pizca de suerte, estaré luchando por el oro”, añade el maratoniano al que no le gustaba correr.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Alberto Suárez

Los hermanos Zarzuela, los ‘Zipi y Zape’ de la cancha

Siempre juntos y pendientes el uno del otro, Alejandro y Pablo Zarzuela son los ‘Zipi y Zape’ del baloncesto en silla de ruedas. Uno, depredador, martillo pilón y generador de puntos. El otro, versátil y con exquisita calidad. Sus dos décadas de aventuras y travesuras sobre el parqué han contribuido a los éxitos de la selección española, la cual liderarán en los Juegos Paralímpicos de Tokio con el objetivo de repetir la gesta de Río de Janeiro 2016, donde España se llevó la plata.

Sus primeras canastas fueron en Jerez, crecieron con el ONCE Andalucía y se consagraron en el CD Ilunion, uno de los clubes más laureados de Europa, en el que se han labrado un gran currículum. “Con 12 años paseaba con mi madre por la calle y un chico que jugaba en el equipo de la ciudad me invitó a probar el basket en silla. De pequeño era un culo inquieto y necesitaba un deporte así, de equipo y muy físico para soltar adrenalina”, recuerda Pablo.

Alejandro se decantó al principio por el tiro con arco, disciplina en la que ganó un campeonato de Andalucía y en la que su padre, Juan Miguel Zarzuela, fue un referente en España, participando en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004 y Pekín 2008. “Se me daba bien y me costó mucho dejarlo. Me picó el gusanillo al ver a mi hermano entrenar, me animé y al final cambié las flechas por el balón. El tiempo me dio la razón ya que nos ha ido muy bien”, recalca.

Nacieron con espina bífida -sin protección ósea en la médula-, una enfermedad que no les permite andar sin ayuda de muletas o de una silla de ruedas. Eso no ha sido un obstáculo para alcanzar cualquier reto en la vida. “Nos hemos encontrado con muchas barreras, pero la educación y valores que nos han inculcado nos ayudan a superarlas. Cuando nos caíamos y venían otras personas a levantarnos, mis padres les decían: ‘Dejarlos, forma parte del aprendizaje’. Nos dieron mucha libertad para crecer como cualquier otro niño”, confiesa Pablo.

Los gemelos andaluces son inseparables tanto dentro como fuera de la pista. “Nos entendemos con solo mirarnos, nos exigimos mucho, a veces discutimos demasiado y hay tirones de oreja porque siempre queremos ser mejores”, apuntan. Entienden el baloncesto con la misma filosofía, aunque son distintos en el juego. “Pablo es un jugador muy completo, con movilidad, gran defensor, muy seguro con el balón y posee un buen tiro exterior”. “Álex es imparable en el juego interior, es el mejor del mundo ofensivamente en su puntuación -3.0- y en defensa está en el Top 5 mundial. Es un ‘killer’ en la pintura, pocos pueden fabricarse ventajas como hace él”, se analizan el uno al otro.

Con constancia, tesón y talento se convirtieron en pilares del CD Ilunion, con el que poseen un palmarés intachable, y también de la ‘ÑBA sobre ruedas’, con la que han conseguido dos oros en el Europeo sub 22, una plata en el Mundial sub 23, una plata y dos bronces continentales, así como la plata paralímpica en Río, “el mayor tesoro” de sus carreras. “Es la única medalla que tengo expuesta en el salón de casa, me gusta verla cada día y tocarla, ha sido el logro más especial”, asevera Pablo, que se perdió los Juegos de Londres 2012 por una úlcera en el glúteo.

“Fue muy duro y difícil de aceptar. Desde que me lesioné, todos los días repetía la misma frase, ‘No pienso aplazar mi sueño más de cuatro años’. Lo cumplí en Río, me quité esa espinita y encima subimos al podio”, añade. “Veníamos de ganar el triplete con Ilunion y vivir unos Juegos con mi hermano fue brutal, una pasada, algo que jamás olvidaré”, tercia Alejandro, quien pese a llegar a lo más alto, hace tres años le atrapó una depresión que casi le aleja definitivamente de las canchas.

“Mi autoestima estaba por los suelos, tenía miedo y pánico al balón, no quería estar en la pista. Me costó mucho pedir ayuda profesional, creí que podía solucionar el problema solo, pero se convirtió en una losa muy pesada de levantar. Bajé mi rendimiento, me exigía demasiado, tenía falta de confianza, sentí que hacía el ridículo, no estaba a la altura de mis expectativas y pensé en dejarlo”, confiesa. Con apoyo psicológico, el ‘9’ de la selección enderezó el rumbo y en las tres últimas temporadas ha firmado sus mejores números. Fue incluido en el quinteto ideal del Europeo de Polonia en 2019, siendo el máximo reboteador (10,8 capturas por partido) y uno de los mejores anotadores (16,4 puntos).

Y este curso ha alzado una Copa del Rey con su nuevo club, el Amiab Albacete, pese a arrastrar una lesión en la articulación acromioclavicular de ambos hombros y que aún sigue tratándose. Ahora vuelven a juntarse en la cancha para disputar en Tokio otros Juegos Paralímpicos. España se enfrentará en la fase de grupos a Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “Somos subcampeones de Europa y deberíamos de estar peleando por las medallas. Llegamos fuertes física y mentalmente, con mucha ilusión, pero sin confianzas, cualquier equipo te puede sorprender. Por el nivel que venimos ofreciendo y por el rendimiento de los jugadores, hay plantilla para repetir lo de Río de Janeiro. Tenemos capacidad para competir ante cualquiera, Gran Bretaña y Estados Unidos son favoritos al oro, pero podemos vencerles”, analiza Alejandro.

Pablo se mantiene en la misma línea y asegura que para ganarle a España una medalla, los rivales tendrán que sudar. “Tenemos una de las mejores defensas, somos peligrosos en las transiciones, hay grandes tiradores, gente productiva en ataque y que reparten juego de forma espectacular. Si todos jugamos a una, pensando que el equipo está por encima de las individualidades y de los egos, si aportamos nuestro granito, tenemos equipo suficiente para estar otra vez en el podio. Conseguir una medalla en unos Juegos es muy complicado, pero hay mucha calidad y talento para estar de nuevo entre las tres mejores selecciones”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Pablo Zarzuela

Gerard Descarrega y Guillermo Rojo, una pareja estelar de velocistas

Conectados por una cuerda, los dos atletas se funden en una sola figura que ejecuta una danza coordinada, acompasada y armoniosa de zancadas y braceos. Bajos sus pies suena el crepitar de las zapatillas de clavos batiendo con ímpetu sobre el tartán. Son Gerard Descarrega y Guillermo Rojo, una dupla estelar, de vértigo, de esas que rezuman un carácter indomable y mucha complicidad. Tras el tropiezo en el Mundial de Dubai en 2019, la pareja vuelve a ilusionar y a volar en la pista. En junio en Polonia fueron subcampeones de Europa en los 400 metros T11 (deportistas ciegos) y ahora afrontan un reto de mayor enjundia: pelear por el oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

El velocista tarraconense ya sabe lo que es subir a lo más alto del podio en la magna cita deportiva. En Río de Janeiro 2016 conquistó la presea dorada con Marcos Blanquiño como ‘lazarillo’, cumpliendo un anhelo de niño, cuando la ceguera empezó a llamar a su puerta. Con cuatro años le diagnosticaron retinosis pigmentaria. “Aquel médico fue muy seco con mis padres. Les dijo: ‘Vuestro hijo se quedará ciego’. Mi enfermedad visual es degenerativa, no perdí la vista de forma radical, fue muy progresivo, notas que cosas que antes veía con nitidez se van apagando, pero lo digerí bien”, cuenta.

Creció en La Selva del Camp (Tarragona), un pequeño y tranquilo pueblo en el que se le veía siempre con un balón de fútbol en los pies. También tocaba el saxofón y practicó el taekwondo un par de años. “Uno de los mejores recuerdos que tengo es cuando cumplí 13 años, mi padre, consciente de que me iba a quedar ciego, me regaló una moto, a mí me flipaba. Un familiar tenía una parcela y me prepararon un circuito de motocross, en el que pasé miles de horas dando vueltas y saltos. Me caí pocas veces, aunque en una de ellas me rompí el radio y el cúbito, me dejó una cicatriz en el antebrazo izquierdo”, relata entre risas.

El atletismo, una vía de escape

La falta de visión se agravó y encontró en el atletismo una vía de escape para continuar disfrutando del deporte. “Me sacó del pozo, me aportó una felicidad enorme, me siento un afortunado por dedicarme a mi pasión”, asevera. Con 16 años debutó internacionalmente con dos bronces en 400 y en relevos 4×100 en el Mundial de Nueva Zelanda en 2011 y fue cuarto en los Juegos de Londres 2012. Al cumplir la mayoría de edad, en sus ojos se instaló la esperada pantalla en negro que llevaba persiguiéndole desde que era un crío.

“Los médicos me dijeron que correr era malo, que mejor me tumbara en el sofá, pero, evidentemente, no hice caso. En el Mundial de 2013 en Lyon ya no veía las líneas, sufría en las curvas y tenía que fijarme en mis rivales para tener referencias. La enfermedad se aceleró y me quedé a oscuras. Lo asumí rápido, no me lamenté por ello, no ha sido nunca un obstáculo, excepto conducir, he hecho de todo, soy padre, he acabado la carrera de Psicología y he viajado por el mundo. Estuve un mes y medio solo en Nueva Zelanda subiendo volcanes y cruzando glaciares. Los límites los tenemos en la mente”, recalca.

Precisamente, aquella aventura en las antípodas llegó unos meses después de su mayor gesta, el oro en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016 con Marcos Blanquiño. “Salió todo perfecto, la vida nos sonrió y aprovechamos el momento. Hicimos dos carreras impecables, fue algo mágico lo que vivimos”, apunta. En 2017 se proclamó campeón del mundo en Londres, aunque confiesa no estar “orgulloso de esa medalla porque no competí a la altura de mi mejor nivel, pero tuvimos suerte y ganamos de carambola porque en los metros finales los otros dos rivales la cagaron”. Un año más tarde su carrera dio un giro cuando se quedó sin guía por la lesión de su compañero a las puertas del Europeo de Berlín.

Cinco entrenamientos y oro europeo

Ahí apareció Guillermo Rojo, un consumado especialista de los 400 metros que recibió la llamada de Pedro Maroto, director técnico de atletismo de la ONCE. “Estaba de vacaciones con la familia cuando me dijeron que Gerard necesitaba un guía de forma urgente. Me chocó la propuesta porque no lo asimilaba, pero no tardé ni tres minutos en decir que sí, no quería desaprovechar la oportunidad”, explica. El atleta de San Lorenzo de El Escorial manifiesta que se encontró muy perdido en el primer entrenamiento: “Iba con bastante miedo, no sabía si sería capaz de correr atado a alguien. Me costó coordinarme con él porque iba analizando cada movimiento suyo, hasta que quité el freno y me dejé llevar, a partir de ahí todo fue rodado”.

Cinco entrenamientos necesitaron para plantarse en el estadio olímpico de Berlín y llevarse el metal dorado. “Fue inesperado, viví una sensación única. Mi labor es de mucha responsabilidad, pero ser sus ojos en la pista es una pasada”, dice. “El destino nos unió, encontré al mejor complemento. Guille es un currante, es constante, optimista y tiene una gran capacidad para aguantar los entrenos que le echen, valores que me transmite para avanzar. Me hace los días más amenos, se ha convertido en un gran amigo”, tercia el catalán. En las dos últimas temporadas la fortuna les dio la espalda, primero con una descalificación en el Mundial de Dubai 2019 y luego con una lesión de Descarrega en el año de la pandemia por coronavirus.

“Las expectativas eran altas, pero no salieron las cosas por una serie de circunstancias, tenemos una espinita clavada”, comenta Rojo. “Los errores te sirven para mejorar, así que lo de Dubai lo he tenido presente en cada entrenamiento. Si nos ganan, que sea porque son más rápidos y no porque se nos escape la cuerda o por cualquier otro fallo”, prosigue el tarraconense, que el pasado verano pasó por el quirófano y le quitaron un fibroma que se había formado en el pie derecho. “El dolor al correr era insoportable. Llegué a cogerle asco al atletismo, lo pasé mal por la incertidumbre de saber si volvería a rendir a un buen nivel. Afortunadamente no me ha dado más problemas”, asegura.

Cambios de aire para perseguir el oro

El año pasado abandonó el CAR de Madrid para trasladarse a Sevilla junto a su mujer y a su hija Martina. En la capital andaluza encontró un oasis para trabajar en un ambiente más familiar y distendido con el grupo de Luis Rodríguez en La Cartuja. El cambio de aires les vino bien a ambos. “Volvimos siendo mejores y como muestra está la plata en el Europeo de Polonia, que nos ha dado confianza, así que estamos muy fuertes. Gerard está más rápido que nunca, es una bestia, un tío valiente, es un lujo tenerle al lado. Somos muy disciplinados, perseverantes y comprometidos, hay química dentro y fuera de la pista, eso se refleja en los resultados”, precisa el madrileño, que se prepara para su otra vocación, la de ser astronauta. Se ha presentado a la convocatoria para formar parte de la Agencia Espacial Europea.

“Me fascina todo lo relacionado con el espacio. Preparo físicamente a astronautas y ahora quiero ser uno de ellos. Me encantaría formar parte de misiones a la Luna”, apunta. Aunque su gran sueño desde niño era otro: “Siempre quise ir a unos Juegos, llevo años imaginándome en el estadio durante la ceremonia de apertura y se me saltan las lágrimas. Voy a poder cumplirlo, es un premio que me he ganado, voy a cerrar ese círculo que abrí cuando empecé como atleta. Hay gente que puede restarle valor, pero yo jamás diferencié entre Juegos Olímpicos o Paralímpicos. Al final, todo se resume en correr rápido desde una línea hacia otra, vayas solo o con una persona ciega. Vamos a por el oro y a tratar de bajar esa barrera histórica de los 50 segundos, son objetivos posibles”.

Descarrega se muestra algo más comedido, aunque en Tokio sueña con saborear otra noche de gloria reinando en los 400 metros T11, además de intentar dar la sorpresa en la prueba de salto de longitud, en la que ganó una plata continental en mayo. “Lo afronto con una ilusión y unas ganas tremendas, como si fuese un campeonato más, no me meto presión. Vamos con velocidad de crucero, con un chute de inyección y positivismo. Mentiría si dijese que no voy a por la victoria, he entrenado cada día con la idea de aspirar a lo más alto, pero parto desde cero, tengo que ganarme otra vez ese puesto de privilegio y para ello habrá que ser competitivo y demostrarlo en la pista”, sentencia el catalán.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Gerard Descarrega

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Guillermo Rojo

Luis Huerta, el audaz tritón forjado en Río Esgueva

La piscina es un caladero de éxitos para la natación paralímpica española, que no para de sacar nuevas perlas. Uno de los últimos en asomar la cabeza y despuntar ha sido Luis Huerta, un audaz tritón forjado en el Centro de Tecnificación Deportiva Río Esgueva que llega con brío a la élite y que a sus 20 años se codea sin complejos con los mejores del mundo. Su progresión le augura un buen presente y futuro. Hace dos años quedó quinto del mundo y en mayo se llevó un bronce en 200 libre S5 en el Europeo de Funchal. Ahora sube un peldaño más, quiere hacerse notar en sus primeros Juegos Paralímpicos.

“Estar en Tokio es el premio a todos estos años de trabajo. Es mi debut y estoy con ganas de saborear cada momento. Los resultados son importantes, pero no me presiono. Mi objetivo es divertirme mucho, sin renunciar a optar a una medalla”, apunta con una sonrisa traviesa. Disfrutar en el agua es lo que lleva haciendo desde los cinco años, cuando comenzó a nadar. “Al principio me daba miedo, me agarraba tan fuerte al churro de espuma que llegaba a casa con raspones en los sobacos. Era un niño lapa”, dice riendo.

Su vida deportiva se inició en un programa de natación para niños con dificultades motóricas. El vallisoletano nació con las piernas amputadas por debajo de la rodilla y con malformación en los brazos. “En la mano derecha tengo dos dedos y en la izquierda solo uno y es disfuncional. También tengo sordera, llevo implante coclear”, comenta. Eso no supuso ninguna rémora para desarrollarse como cualquier otro niño y para disfrutar del deporte. Empezó jugando al fútbol, en el que se encontró alguna barrera: “En un equipo me dijeron que no porque podía hacerle daño a otros chicos cuando les daba una patada con las prótesis. Me aceptaron en la escuela de la Fundación Real Valladolid y estuve tres años, me desenvolvía bien, aprendí a jugar”.

Aunque ahora la pelota la tiene aparcada porque está volcado en la natación, cuando tiene tiempo realiza la labor de monitor en la Fundación Eusebio Sacristán. “Es un espacio deportivo inclusivo en el que intentamos que los niños que no pueden jugar federados se diviertan con un balón como lo hacía yo”, explica. Es en el líquido elemento donde mejor se desenvuelve. Huerta siente un vínculo especial con el agua cuando ejecuta cada brazada y volteo. “Me hace sentir libre. Recorrer metros, bajar mis marcas y ganar medallas es una pasión. La natación es una terapia que me ayuda a canalizar la carga emocional y las frustraciones del día a día. Cuando estoy en la piscina desconecto de todo”, recalca.

A los 11 años llegó a las instalaciones del Río Esgueva y su entrenador, Raúl Carrasco, empezó a moldearlo. Una temporada antes había logrado su primer metal en una prueba regional en Zamora, al que le tiene especial cariño. “Fue en 50 braza y competí junto a Daniel Pérez, que actualmente es atleta en salto de altura. Yo era un mico a su lado, me ganó, pero le descalificaron por viraje irregular y me llevé el oro”, rememora. Con 12 debutó en un Campeonato de España, un momento que tiene grabado en su retina por la novatada que le hicieron sus compañeros. “Me pusieron un disfraz de pingüino y como ahí no tenía prótesis y caminaba de rodillas, andaba igual que estos animales. Tuve que dar una vuelta a la piscina saludando a la gente”, recuerda.

El nadador pucelano no duda en reírse de sí mismo con bromas que hacen de su discapacidad algo tan natural como él mismo. “A veces me pisan y me quejo exageradamente, les digo que me han roto una uña. Por ejemplo, a mi brazo izquierdo le llamamos alita de pollo, por la similitud que tiene. Si nosotros lo vemos como algo normal, evitamos el bullying”, subraya Huerta, un joven con desparpajo y gran personalidad tanto dentro como fuera del agua. Ya lo demostró en su estreno internacional en el Europeo de Dublín 2018 siendo finalista en tres pruebas. Al año siguiente fue quinto en el Mundial de Londres.

“Esos resultados me dieron alas para seguir trabajando e ir bajando mis tiempos. Cada vez me veo más cerca del podio”. El deportista del CD Fusion firmó una buena actuación en mayo en Funchal con un bronce en 200 libre y un cuarto puesto en 100 libre. Ahora llega a los Juegos Paralímpicos cargado de confianza y sin cortapisas, sabe que subir al podio está caro, pero no renuncia a nada. “Se me ponen los pelos de punta cuando pienso en Tokio, tengo ganas de ver la piscina y de disfrutar del ambiente, aunque será diferente por la pandemia de coronavirus, no dejan de ser el evento más importante para un deportista. He trabajado mucho para clasificarme, ahora solo queda pasárselo bien y demostrarle al mundo por qué me merezco estar ahí”, expresa.

En la piscina japonesa nadará cuatro pruebas: 50, 100 y 200 libre S5, así como 100 braza SB4. “Quiero hacer un buen papel, entrar en las finales y mejorar mis tiempos, con eso me daría por satisfecho. Pero soy ambicioso y en el 200 libre tengo opciones de luchar por medalla, es una prueba de constancia y velocidad que se me da bien. Sé que tendré a rivales muy buenos, pero no me achico ante nadie, no me importa tener en la calle de al lado a Toni Ponce, al italiano Francesco Bocciardo o al brasileño Daniel Dias, al contrario, me motiva y me hace dar un plus para intentar ser más rápido que ellos. Recién estoy empezando y ojalá algún día pueda ganarles, me quedan muchas batallas por disputar. Los de París 2024 los veo más como mis Juegos de cara a alcanzar más éxitos, Tokio será un aprendizaje, pero no voy de vacaciones, quiero dar guerra”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Luis Huerta

Rakel Mateo, una perseverante triatleta entre muletas

Hace cinco años, en Río de Janeiro, el sueño que Rakel Mateo había perseguido con ahínco casi se tornó en pesadilla. Era el debut del triatlón en unos Juegos Paralímpicos y a apenas una hora de la competición le comunicaron que su rueda trasera perdía aire. En los boxes de Copacabana encontró consuelo en un hombre que le ayudó a dar con una de repuesto. Se llevó un diploma tras ser octava. Poco después, aquella persona a la que no conocía le envió una bicicleta nueva. Había cumplido y quería retirarse, pero ese regalo le hizo cambiar de planes, estaba en deuda con su “ángel de la guarda” y se propuso llegar a Tokio 2020.

Ese objetivo casi se esfuma ya que a solo seis meses de la cita en la ciudad nipona le amputaron la pierna izquierda que desde hace 20 tenía dañada por un accidente laboral. “Cada vez me fallaba más y me caía al suelo con facilidad, no la podía controlar, así que cuando los médicos me lo propusieron en febrero, no lo pensé, quería ganar en calidad de vida”, confiesa. En 2001 la carga de unos 100 kilos de fruta que manejaba en un supermercado le cayó encima y le dejó graves secuelas. “Me quedaron lesiones neuropáticas que me impedían doblar la pierna y levantar los dedos del pie. A diario convivía con el dolor, había épocas en las que tomaba casi 20 pastillas, pero nunca me quejé, mi vida era mejor a la anterior”, asegura.

Rakel venía de sufrir anorexia durante una década cuando le ocurrió el accidente. “Ya estaba recuperada y llegó el otro golpe. Aunque como siempre le saco la parte positiva a todo, la enfermedad me hizo más fuerte y me ayudó a salir adelante”, afirma. De pequeña hizo ballet y danzas vascas, pero apenas había practicado deporte. En 2010 encontró en una bicicleta antigua de su hermano una vía de escape. “Fui a un parque de Mungia (Vizcaya) y me até la pierna tiesa al pedal con el cordón de la zapatilla. Solo di cuatro pedaladas, pero esa libertad que sentí me atrapó”, rememora.

Compitió en ciclismo hasta 2013, año en el que probó el triatlón en Zumaia (Guipúzcoa) pese a que no sabía nadar ni correr. “Descubrí que podía hacer las cosas a mi manera, me daba igual tener que ir dando saltitos con mis muletas. Me encantó”, reflexiona. Se estrenó con la selección española en la Copa del Mundo de Madrid en 2014 y desde entonces ha logrado 11 podios en pruebas internacionales, siendo la plata del Europeo de Tartu (Estonia) en 2018 su metal más preciado. “También fue especial el quinto puesto en el Mundial de Rotterdam 2017 porque bajé de los 30 minutos en la carrera a pie. Aunque lo más importante hasta ahora ha sido el diploma en los Juegos de Río 2016”, recalca.

Un diploma con mucho esfuerzo

En la ciudad brasileña finalizó octava en la clase PTS2, un resultado meritorio teniendo en cuenta que llegó a competir in extremis por el problema de su rueda. “Me descompuse, no daban con una que sirviese y se ajustase a mis necesidades ya que pedaleo con una sola pierna. Tras un rato llorando por los nervios, consiguieron solucionarlo. Y en lugar de ir en zodiac hasta el pantanal de salida lo hice nadando para quitarme el estrés. Todos esos años de sufrimiento por la anorexia y el accidente laboral pasaron por mi cabeza, el camino había sido duro, así que nada me iba a frenar. Acabé muy contenta”, relata.

Unas semanas después le llamaron desde la Federación Española de Triatlón diciéndole que una persona quería enviarle una bici. “Pensé que me estaban tomando el pelo. Pero no, me llegó a casa una espectacular bicicleta, era demasiado caballo para tan poco jinete -ríe-. Y el regalo era de parte de aquel hombre que en Río de Janeiro estuvo sentado a mi lado mientras esperaba abatida en los boxes una solución para competir. Solo sé que es holandés y que tenía un cargo en la empresa Shimano Europe. Tengo la esperanza de contactar algún día con él. Tras aquellos Juegos no iba a seguir, pero decidí continuar, que me pueda ver competir sobre esa bicicleta es la forma que tengo de agradecérselo”, cuenta.

En este ciclo paralímpico, la triatleta vizcaína se ha mantenido entre las mejores del mundo, sumando preseas en una categoría cuyo nivel ha subido mucho. Pero también ha vivido episodios amargos, como el positivo por Covid-19 de su madre. “El mismo día que aplazaron los Juegos, el 24 de marzo del año pasado, la ingresaron en el hospital por coronavirus. Fue un doble mazazo. Pasé 15 días horribles, no podía estar a su lado. Le han quedado secuelas y estoy mucho más pendiente de ella, ha sido mi mayor apoyo en los momentos más complicados”, comenta.

Amputación de su pierna izquierda

Y en febrero le dieron la opción de amputar su pierna por encima de la rodilla. “Los dolores me estaban pasando factura y cuando el médico me comentó que ya no haría falta tomarme medicación, dije que sí pese a que los Juegos estaban cerca. He ganado en calidad de vida. No me gustan los dramas, voy a seguir luchando, si caigo 100 veces me levanto 101”, recalca. Ha tenido que empezar de cero otra vez, volver a aprender a nadar, montar en bici y correr sin la pierna izquierda: “Fue una operación de calibre y meses de locura con rehabilitación, ortopedia, adaptación y entrenamientos”.

El alta no lo recibió hasta mediados de julio, pero la vizcaína no quiso perder tiempo y se preparó en casa, en la piscina y en la pista de atletismo de un colegio de su municipio. “Nado mejor de lo esperado, me sorprende lo recta que voy en el agua, antes iba con tensión para mantener la pierna a flote ya que al no controlarla se hundía. Ahora con el muñón puedo hacer hasta patada -ríe-, aunque cuando le aprieto me da un aviso porque está sensible”, explica. En la bici le han puesto un tubo de carbono para apoyar el muñón y lo que más le está costando es correr. “He perdido un punto de apoyo y por ello acoplaremos una prótesis de ballesta para que haga esa función. No sé si servirá, pero había que tomar decisiones rápidas”, cuenta.

El nuevo escenario ha variado su objetivo para los Juegos Paralímpicos, pero estar en Tokio ya es un premio. “Soy realista, no aspiro a medalla, pero lucharé hasta el último segundo para cruzar la meta, eso sería increíble, un reto superado. Quiero darlo todo por esa gente que cada día me ha empujado y me ha animado a seguir. Como siempre digo, prefiero hacer y fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado”, remata Rakel Mateo, una triatleta cuyo pundonor, perseverancia y resiliencia le han permitido rebelarse ante cualquier obstáculo hasta dibujar una gran trayectoria deportiva entre sus muletas y su perenne sonrisa.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Rakel Mateo

Mari Carmen Paredes, una pionera maratoniana de fe inquebrantable

En las pasadas navidades, a Mari Carmen Paredes le regalaron un ‘Daruma’, ese amuleto japonés de los propósitos al que hay que pintar de negro la pupila de su ojo izquierdo mientras pensamos en una meta que deseamos alcanzar. Ella lo tenía claro y lo dejó grabado en su base: “Medalla en Tokio 2020”. En los días de bajón, el muñeco ovoide le iba recordando cuál era su meta, por muy arduo que fuese el camino, había que dar el cien por cien y nunca desfallecer. Subir al podio en unos Juegos Paralímpicos es el anhelo por el que lleva trabajando durante una década. En Río de Janeiro 2016 su sueño se vio truncado por una deshidratación. Ahora, con 58 años, la pionera maratoniana española llega en el mejor momento para cumplir ese objetivo.

Su éxito no viene precedido por la suerte o la superstición, sino por la perseverancia, el esfuerzo y la fe inquebrantable, valores que han alumbrado su travesía, devorando kilómetros y medallas, tanto en el asfalto como en la pista. El atletismo fue un bálsamo cuando la ceguera le llegó en 2007 por una degeneración en la mácula retiniana. Tuvo que colgar la bata de enfermera tras 25 años en el Hospital Clínic de Barcelona y cayó en una depresión. “No me lo creía, fue un palo tremendo, estuve con ansiedad, no sabía que me depararía el futuro. Pero tenía dos opciones: lamentarme en casa o salir y superar ese revés”, comenta.

No quiso perderse en un pañuelo de amargura, aceptó su nueva situación y optó por desempolvar las zapatillas y volver a correr. “De más joven, el único deporte que consumía era ir a ver los partidos de balonmano de mi marido y las competiciones de baloncesto de mis tres hijos. En 1991 me dio por hacer footing y al año siguiente hice mi primera maratón, en Barcelona. Lo tuve que dejar con el tercer embarazo y lo retomé tras mi enfermedad visual. El atletismo me rescató, fue la mejor terapia psicológica para salir del pozo”, confiesa.

Empezó a cosechar resultados en carreras populares y en la maratón de Carpi (Italia) 2011 llegó su debut como atleta de la Federación Española de Deportes para Ciegos. “Quedaba entre las primeras, así que empecé a creérmelo, soy muy competitiva y cada vez quería más. Incluso en el tartán destacaba. Un día, el seleccionador catalán, Miguel Ángel Torralba, me retó a correr por debajo de los 20 minutos en la prueba de 5.000 metros. Era la primera vez que pisaba una pista de atletismo, pero lo conseguí. Hice el récord de España y a partir de ahí todo se precipitó”, recuerda. De sus hazañas hay una que luce con mayor orgullo, el oro en la Copa del Mundo de maratón en Londres 2014, que estuvo aderezado con el récord del mundo en clase T12 tras parar el crono en 2:59.22.

Todos sus logros no se entenderían sin el apoyo incondicional de su guía y marido, Lorenzo Sánchez, con 70 maratones en sus piernas y numerosas victorias en categoría para veteranos. Era jugador de balonmano y llegó a competir en segunda división nacional, pero con 33 años, empujado por un compañero e influenciado por la gesta del etíope Abebe Bikila ganando descalzo la maratón en los Juegos de Roma 1960, se puso a correr y desde entonces no hay quien le frene. En los últimos 10 años se ha convertido en los ojos de Mari Carmen. “Al principio ella corría sola, pero se metía unas hostias increíbles y una tarde regresó a casa magullada tras tropezar con un bordillo que no vio. Yo no aspiraba a mejorar mis marcas, así que decidí acompañarla”, relata.

Para la barcelonesa, tener a su esposo al lado es como tener a un entrenador las 24 horas. “Sin él no habría llegado a ningún sitio. Es una gran ventaja, me planifica los entrenamientos, los viajes y las comidas. Muchos atletas ciegos abandonan porque les cuesta encontrar un guía y yo tengo la suerte de tener a uno que está al 100% conmigo”, subraya. “Tuve que cambiar mi mentalización, domar mi espíritu competitivo y adaptarme a ella. Como guía, estoy para ver lo que ella no puede, soy como un copiloto de rally, le voy cantando la información a seguir, los badenes, los giros o si hay algún imprevisto en la carretera. Vamos unidos codo con codo a través de una cuerda de 50 centímetros que nos inhabilita el movimiento de un brazo a cada uno, algo que hace difícil tener el mismo ritmo, cadencia y amplitud durante 42 kilómetros”, tercia Lorenzo.

Paredes estuvo en el debut del maratón femenino en los Juegos de Río de Janeiro 2016, aunque se marchó con sabor agridulce porque no acabó la prueba. “Tengo una espinita clavada, fui partícipe de un hecho histórico, pero la deshidratación me obligó a abandonar, fue la única vez que me retiré. Estaba hundida, mis marcas apuntaban a las medallas. Pensé que hasta ahí habíamos llegado, pero decidimos continuar hasta que el cuerpo aguantase”, asevera. Tokio 2020 fue el siguiente desafío que se marcó este tándem, que tuvo que superar obstáculos hasta sellar el billete para la cita en la capital japonesa.

En el Mundial de 2019 en Londres pasaron del bronce y la plaza para los Juegos a la descalificación porque el guía se adelantó un poco y la norma dice que nunca debe superar a la atleta a la que acompaña. “Estaba lesionada de los isquiotibiales, me había roto cinco semanas antes y solo me preparé en la piscina y con la elíptica. Salí última e iba llorando desde el primer metro por el dolor, pero me puse tercera, ya tenía la medalla en la mano. Quisimos coger al sprint a la brasileña Edneusa de Jesús, pero las piernas me fallaron y Lorenzo me sobrepasó. Nos lo comunicaron tres horas después de haberlo celebrado, fue otro golpe”, lamenta.

“Pese a su lesión, nunca me dijo de abandonar, iba llorando como una magdalena, pero acabó hasta esprintando en el último kilómetro. Eso demuestra su brutal capacidad de sacrificio y fuerza de voluntad”, añade Sánchez. No habían quemado su último cartucho. La catalana pasó por el quirófano y se recuperó tras el descanso obligado por la pandemia de la Covid-19 antes de encarar la maratón de Valencia en diciembre, en la que lograron la mínima para Tokio. En estos últimos meses se han preparado duro con una media de 135 kilómetros cada semana, más el trabajo de gimnasio. Esta vez, confían en que la humedad y el calor que se prevén en la ciudad nipona no les pase factura. También correrán los 1.500 metros para romper el hielo, aunque sin expectativas altas. Sus opciones de podio están en maratón.

“Tengo muy analizada a las atletas rivales, solo tres han ganado en alguna ocasión a Mari Carmen y solo hay dos con mejores marcas. Soy muy optimista, este año está incluso mejor que en 2014, cuando hizo el récord del mundo. Sabe sufrir desde el inicio, no se deja nada dentro y cada vez me lleva más con la lengua fuera, no tiene piedad de mí. Es cierto que cuando te enfrentas a altas temperaturas con 58 y 62 años como tenemos, el organismo no responde igual que con 30, pero estamos muy motivados y estoy seguro de que vamos a regresar a España con una medalla al cuello”, apunta Sánchez.

Paredes buscará ser la segunda maratoniana española, tras Elena Congost -oro en Río de Janeiro-, en conquistar una presea paralímpica. Ilusión y hambre no le faltan, se ve preparada para estar entre las tres mejores. “Quiero disfrutar cada minuto porque no sé si serán mis últimos Juegos. La ceguera me cerró una puerta, pero me abrió miles de ventanas, lo que estoy viviendo es un regalo. En la competición, la estrategia será marcar el ritmo que llevo entrenado, no fijarme en lo que hacen las demás y sufrir desde el primer kilómetro. El podio estará sobre tres horas y tres minutos, voy a luchar para estar en esos tiempos y no repetir lo de Río”, apostilla la catalana, que espera pintarle a su ‘Daruma’ el otro ojo, señal de que habría cumplido su deseo, una medalla en Tokio.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Mari Carmen Paredes

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Lorenzo Sánchez

José Ramón Cantero, un incansable luchador en la piscina

José Ramón Cantero nunca olvidará su 28 cumpleaños. Unas horas antes de soplar velas recibió el mejor regalo posible, un billete para los Juegos Paralímpicos. Se había quedado fuera del mayor evento deportivo por unas centésimas, pero a última hora llegó esa invitación para cumplir un sueño en Tokio. “Me lo he currado mucho, es una recompensa a tantos años de trabajo”, asegura el nadador mostoleño, un luchador tenaz que siempre encuentra un halo de esperanza, por más azaroso que sea el camino.

Lleva un par de años instalado en la élite de la natación por méritos propios. Antes, tuvo que lidiar con algunos sinsabores, pero nunca dudó de su potencial a pesar de que los resultados no llegaban. Esta temporada ha sido la de su explosión, la mejor de su carrera deportiva, como así lo acreditan sus dos platas -en 100 mariposa y en relevos 4×100 libre- en el Europeo de Funchal (Portugal), las primeras preseas internacionales importantes en su palmarés. Llegar hasta ellas no ha sido fácil, ha tenido que recorrer una ruta llena de socavones.

Superar obstáculos lo lleva haciendo desde que nació. Cantero se quedó ciego por un problema en el parto y la falta de oxígeno le afectó a la vista. Casi 40 operaciones después, la última en 2017 tras un desprendimiento de retina, apenas le queda un 2% de visión. “Fue algo progresivo, ahora solo veo luz y formas. Me considero afortunado, me podría haber afectado otro órgano. No veo, pero puedo hacer cualquier cosa”, apunta.

El agua le devolvió la libertad que de niño la ceguera le arrebató. Cuando la luz de sus ojos se fue apagando, el madrileño siguió sonriéndole a la vida y la piscina fue su refugio. “En ella hago lo que quiero, es el medio que mejor controlo, ahí saco toda mi energía”, recalca. Su madre lo apuntó a cursillos de natación con seis años para que aprendiese a nadar y, desde entonces, su piel siempre ha estado en contacto con el cloro. “Probé también atletismo, fútbol o ciclismo, pero dar brazadas se me daba bien, me gustó por el ambiente y porque hacía muchos amigos”, afirma.

Moldeado por Miguel Ángel Moreno en el AD Natación Móstoles, poco a poco se hizo un hueco en la selección española y con 19 años acudió a los Juegos de Londres 2012. Durante unos años se estancó debido a algunos problemas visuales y a cambios de categoría que le impidieron rendir a su máximo nivel, hasta que en 2019 llegó su eclosión. “Empiezo a destacar en el Mundial de Londres, disputando cuatro finales. En estos dos últimos años hice el récord del mundo en piscina corta en 50 libre S11 y récord de Europa en 400 estilos en piscina larga”, cuenta.

Y este curso, ya bajo las órdenes de Santiago Márquez, Cantero ha mudado la piel para alcanzar sus mayores logros. “El cambio de entrenador me ha vendo genial, trabajamos muy bien el físico y los aspectos técnicos de salida y viraje, buscando la calidad por encima de la cantidad”, comenta. Esa mejoría se ha visto reflejada en sus resultados en competición. En el Europeo de Funchal se llevó dos metales, aunque no logró billete para los Juegos. Se quedó a 29 centésimas de la exigente mínima que le pedían en España en los 400 libre S11.

Sin embargo, un reajuste de plazas a nivel internacional le abría las puertas de la cita japonesa. “Me llamó José Luis Vaquero -seleccionador nacional de la Federación Española de Deportes para Ciegos- y me dijo: ‘Haz las maletas que te vienes a Tokio’. Me quedé paralizado. Estaba a punto de irme a mi pueblo, Moncalvillo de Huete (Cuenca), a pasar el verano e incluso había comprado unas pesas para mantenerme en forma, pero al final no las voy a tener que tocar”, dice riendo.

El mostoleño espera aprovechar esta segunda oportunidad. “De tantas cosas malas que me han pasado este año, algo bueno tenía que llegar. En octubre me contagié de la Covid-19; en diciembre en un campeonato algo me sentó mal en el estómago y no pude luchar por las mínimas; en marzo me quedé a 29 centésimas; en el Europeo mi entrenador cogió el coronavirus y pasamos tan mala noche que me afectó a la hora de competir; y en junio, en una de las últimas opciones que tenía, fuimos a Badajoz y cayó una tormenta tremenda. Pensé que a lo mejor mi destino era no ir a Tokio”, bromea.

Su espíritu competitivo, mentalidad de hierro y el amor por su deporte le han llevado a estar entre los mejores del mundo. Renovado, con serenidad, sin presión y paladeando más cada brazada, Cantero afronta en Tokio el reto de unos Juegos Paralímpicos nueve años después. Nadará las pruebas de 400 libre, 200 estilos y el relevo mixto 4×100 libre con María Delgado, Iván Salguero y Ariadna Edo: “Estoy con motivación, puedo luchar por entrar en finales y una vez en ellas, a darlo todo. En relevos fuimos plata europea, así que podemos pelear por las medallas, vamos a ir a disfrutar, no nos ponemos techo”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a José Ramón Cantero

Xavi Torres, el último ‘superviviente’ de Barcelona’92

Durante más de dos décadas Xavi Torres lo había ganado todo en la piscina y tras Londres 2012 se retiró para orientar su carrera a la faceta de entrenador, moldeando a las nuevas hornadas de nadadores. Siempre ligado al agua, nunca le quitó ojo a lo que hacían los rivales de su categoría. Sus tiempos seguían siendo competitivos y hace año y medio pergeñó su regreso, en silencio, quería comprobar hasta dónde era capaz de llegar. A sus 47 años, esta leyenda de la natación -16 medallas paralímpicas con cinco oros, cinco platas y seis bronces- está de vuelta para disputar en Tokio sus séptimos Juegos.

La sensación de planear sobre el azul de las piscinas a golpe de brazadas y estar otra vez en la salsa de la competición eran motivos demasiado atractivos como para no intentarlo. “Nadar ha sido un modo de vida y nunca dejé de hacerlo porque este medio me permite sentir la libertad en el más amplio sentido. Es un autoregalo que me hago”, dice el mallorquín. Retorna el hombre de la sonrisa perpetua, el último superviviente de Barcelona’92. Precisamente, en las Picornell empezó a brotar su magia siendo un pipiolo.

En 1986, como si de una premonición se tratase, talló el nombre de la Ciudad Condal y la fecha de la histórica cita deportiva en una medalla de arcilla que hizo durante un campamento de verano, su trofeo de mayor valor sentimental. Seis años después cumplió ese sueño y el barro se tornó en un oro, dos platas y dos bronces paralímpicos. “De aquel chaval queda la esencia de no aceptar que te digan lo que no se puede hacer. Me ayudó a proponerme cosas diferentes, aunque te estrelles por el camino, y a estar siempre en movimiento pese a tener discapacidad o encontrarte con barreras, a rebelarme ante lo imposible”, asegura.

Ese fue el inicio de una larga carrera en un deporte al que llegó por insistencia médica. El balear nació con tetrafocomelia, amputación congénita en brazos y piernas. Nada que le frenase. “El agua me encantaba por su ingravidez, ahí no tenía miedo a caerme. Gané en movilidad, fuerza y confianza”, suele explicar. Aprendió a flotar con una boya atada a una cuerda y poco a poco esas clases terapéuticas para fortalecer la espalda y evitar desviaciones de columna por el uso de las prótesis se acabaron convirtiendo en algo esencial, en su filosofía de vida.

Los éxitos internacionales fueron llegando: 15 metales en mundiales y 24 en europeos, numerosos récords del mundo y 16 preseas en seis Juegos Paralímpicos (las cinco de Barcelona’92; tres en Atlanta’96; cuatro en Sídney 2000; dos en Atenas 2004 y otras dos en Pekín 2008). Tras Londres 2012 lo dejó porque a nivel físico le costó mucho ese ciclo, pero nunca estuvo más de dos días sin nadar y comenzó a preparar a las nuevas promesas de la natación adaptada. Hasta que en 2019 le picó otra vez el gusanillo de la competición.

“En los campeonatos me fijaba en los resultados de la gente que nada en mi categoría, esa inquietud estaba ahí, así que tras ver el Mundial de Londres de 2019 decidí marcarme un objetivo, quería probarme y participar en alguna prueba, pero sin expectativas. Los tiempos fueron mejorando y tras clasificarme para el Europeo de Funchal vi que la cosa pintaba bien, me encontraba genial y me revivieron esas ganas por nadar eliminatorias y por estar en una final. Fue un punto de inflexión para tener esa ilusión de volver a unos Juegos”, detalla.

En estos casi dos años de entrenamientos ha intentado pasar inadvertido, lo ha llevado en secreto porque quería vivirlo de forma íntima con su gente más cercana. “Había probabilidades de que este camino se quedase a medias, hemos visto muchas veces en el deporte intentos de regreso que no han cuajado y me daba pereza anunciar algo que luego no fuese”, comenta. Xavi es consciente de que los años no pasan en balde y la preparación también ha cambiado respecto a su anterior etapa.

“Ya no aguanto lo mismo que cuando tenía 20 años y apenas hago un 30% del volumen que hacía antes. Mis entrenos han sido un equilibrio entre mantener y pulir la técnica, y trabajar el físico en seco con un plan súper preventivo para cuidar mi cuerpo y la salud. Aunque he perdido movilidad en tierra firme, en el agua siempre estuve activo”, asegura el mallorquín, que entrará en el selecto grupo de deportistas con más participaciones en Juegos Paralímpicos. Hasta la fecha, solo Puri Santamarta y Kike Soriano habían alcanzado las siete ediciones. En Tokio, él y el granadino José Manuel Ruiz se sumarán a ese club. “Es un auténtico honor”, añade.

Aunque en su caso serían los octavos, ya que también estuvo en Río de Janeiro 2016 formando parte del staff técnico de natación. Así cataloga cada una de las citas en las que ha estado: “En Barcelona’92 era muy pasional y visceral; Atlanta’96 supuso mucha responsabilidad; Sídney 2000 era presión y donde saqué mis mejores resultados; Atenas 2004 fue decepción por no haber estado al nivel que quería; Pekín 2008 fue ilusión; Londres 2012 una alegría porque nadé más rápido que en los anteriores; y Río 2016 un lujo acompañar desde fuera a grandes como Teresa Perales, Chano Rodríguez, Miguel Luque, David Levecq o Íñigo Llopis”.

Ahora llega a la capital japonesa con la misma ilusión y “casi como un novato. Me da algo de vértigo, quiero disfrutarlos como si fuesen los primeros”. Nadará varias pruebas, entre ellas los 150 estilos SM4, la que más alegrías le ha reportado en su trayectoria. “Tengo un buen rendimiento para meter la cabeza y estar con los mejores, pero no para luchar por medallas, esta vez es distinto. El objetivo es clasificarme para alguna final y quedar entre los ocho primeros. El hecho de estar en Tokio es todo un regalo”, asevera.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Xavi Torres

Gustavo Nieves, coraje y pundonor sobre el asfalto

Cuando era pequeño a Gustavo Nieves siempre se le veía con un balón en los pies, llegó incluso a vestir la elástica del Celta de Vigo en categorías inferiores. Hasta que un día, con 17 años y de forma inesperada, una pérdida de visión viró su rumbo. Una atrofia en el nervio óptico acabó con su pasión por el fútbol, pero le abrió otra puerta, la del atletismo, primero como fondista y después como maratoniano. Dos décadas lleva brillando con coraje, pundonor y talento.

Ahora se enfrenta a sus quintos Juegos Paralímpicos, una reválida sobre el asfalto japonés que espera superar para sumar su primera medalla. En Sídney 2000 logró diploma paralímpico en 10.000 metros, en Pekín 2008 llegó a la final, rozó la presea en Londres 2012 al lograr un cuarto puesto, mientras que en Río de Janeiro 2016 tuvo que retirarse por el intenso calor cuando iba primero. “Ese día me prometí que volvería a intentarlo. En Tokio tendré otra oportunidad, es la medalla que me falta y voy a por ella”, reconoce el celtiña que nunca se arredra.

El vigués empezó a despuntar muy pronto sobre el tartán, “me puse las zapatillas para mantenerme en forma, pero fui campeón juvenil de Galicia y después, de la mano de la ONCE, acudí a pruebas internacionales y a mis primeros Juegos, todo fue muy rápido”. En 20 años ha coleccionado numerosos metales y ha sido campeón de Europa en 5.000 y en 10.000 metros en categoría T12 (discapacidad visual). Hace un lustro dio el salto a los 42,195 kilómetros que eternizara el mito de Filípides y en Río de Janeiro tuvo su primera prueba de fuego.

“Iba primero, lanzado a por el oro y en el kilómetro 35 me dio una pájara por el calor y me desmayé. Mi problema es que arriesgo demasiado en los entrenamientos con el objetivo de ganar”, confiesa. Tras ello pensó en dejarlo, tuvo que ser operado hasta en dos ocasiones del tendón de Aquiles. “Aquella preparación fue traumática, tenía muchos dolores y tomaba cuatro antiinflamatorios al día”, recuerda. Encontró trabajo en Madrid en una correduría de seguros y volvió a los entrenos con el grupo de Arturo Martín en el Centro de Alto Rendimiento, compartiendo rodajes con compañeros como Fernando Carro o Adrián Ben.

“La ilusión va cambiando, pesa más la experiencia que las ganas y, más que por motivación, corro porque para mí es una forma de vida”, recalca Nieves, cuya perseverancia y espíritu de sacrificio empujaron sus piernas hasta conseguir el billete para Tokio en dos ocasiones. La primera, en el Mundial de Londres en 2019 y lesionado del cartílago de la rodilla: “Corrí con mucho dolor, en las semanas previas apenas podía caminar. Fui con la calculadora y salió bien, ya que se clasificaban los cuatro primeros y quedé cuarto”. Aunque luego, por culpa de la pandemia de coronavirus, tuvo que refrendar su plaza en la maratón de Valencia en diciembre del año pasado y otra vez lo hizo entre algodones porque un par de meses antes había sufrido una fractura de peroné.

Esta temporada ha completado una ardua preparación y llega fuerte tras meses de pico y pala. “Ahora estoy muy bien, a tope. En invierno pasé un frío tremendo entre el CAR y la Casa de Campo de Madrid, después me preparé en lugares más cálidos para simular un poco las temperaturas que nos vamos a encontrar en Japón”, explica. El tiempo será el gran enemigo en los Juegos para una maratón que se celebrará a las 6.30 de la mañana. Confía en que nada calme su apetito, sabe que es su momento, tiene muchas papeletas para subir al podio.

“La prueba tendrá unas condiciones de calor y humedad parecidas a las de Río, así que ganará el que esté más sano, no el que mejor forma tenga. Un poco de pan con miel, un té y a darlo todo para conseguir la medalla que tanto se me resiste”, subraya el gallego, que tendrá en el asturiano Alberto Suárez y en el marroquí El Amin Chentouf a sus principales rivales. “Mi objetivo es ir a por el oro, soy ambicioso, pero firmaría un bronce. Tokio serán mis últimos Juegos, o eso creo. Si consigo algo, quizás sería el momento de decir adiós, aunque iría año a año”, apostilla el indómito maratoniano.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Gustavo Nieves

Israel Rider, un handbiker con determinación a ras de suelo

Tres ruedas y los pedales en las manos. La handbike se convirtió hace siete años en la inseparable compañera de Israel Rider, un ciclista con determinación que vuela a ras de suelo, un estajanovista incansable en la carretera. Con trabajo y persistencia se ha ganado por derecho un hueco entre los mejores del mundo en categoría H3, siendo a sus 50 años uno de los motores que permiten funcionar al Team Relay español, prueba en la que la selección nacional vive instalada en el podio desde su debut en 2017 y que huele a medalla en los Juegos Paralímpicos de Tokio. “Nadie nos regalará nada, habrá que pelearla”, recalca.

Gracias a ese espíritu luchador, optimismo y buena energía que desprende, el catalán superó hace dos décadas un duro revés tras un accidente de trabajo. Era técnico de estructuras y en una excavación en una obra sufrió una caída en la que se fracturó varias vértebras y le dejó una lesión medular. Perdió la movilidad de las piernas y su vida se transformó por completo, pero nunca se vino abajo. “Siempre he sido pragmático, no lo pasé mal y estando hospitalizado solo pensaba en levantarme de la cama y en volver a empezar”, explica.

Quedar anclado a una silla de ruedas no fue ninguna cortapisa y el deporte continuó siendo su gran aliado. El de Viladecans (Barcelona) era jugador profesional de billar, llegó a ser campeón de España y disputó varios mundiales en Las Vegas. Después de lo ocurrido, Rider retomó su pasión, agarró de nuevo el taco y siguió golpeando las bolas sobre el tapete verde, logrando buenos resultados, como un quinto puesto en un Europeo. “En el último torneo continental quedé decepcionado, no terminé de acostumbrarme a jugar con rivales en silla, sorprendentemente se me daba mejor enfrentarme a gente sin discapacidad, así que decidí dejarlo”, lamenta.

Un mes más tarde se cruzó en su camino el ciclismo, que le devolvió la ilusión por competir. Probó la handbike y tuvo la sensación de renacer. “Me entusiasmó. Me prestaron una y a los tres días hice la media maratón de Sitges en 2014, en la que quedé tercero. Ese fue el pistoletazo de salida, me enganchó. Ese mismo año completé una etapa del Giro de Italia en nuestra modalidad y conocí a mi entrenador, Francesco Chiappero, que ha preparado a campeones paralímpicos y del mundo como son los italianos Álex Zanardi y Vittorio Podestà. Me dijo que tenía madera de deportista y que en cuatro o cinco años estaría arriba entre los mejores”, relata.

No se equivocó. Ha sido campeón de España y poco a poco ha ido creciendo hasta codearse con la élite mundial en H3, la categoría más igualada del circuito internacional y en la que más participantes suele haber. “El nivel es brutal y la competencia feroz, en una Copa del Mundo pueden correr 60 ciclistas y hay que hilar muy fino porque si te descuidas pasas de estar en las primeras posiciones al puesto 25”, asegura Rider, cuyo mejor resultado individual lo cosechó este año en el Mundial de Cascais (Portugal) con una octava plaza en la ruta.

Sus mayores logros, con el Team Relay

Las medallas que luce en su palmarés han llegado en el Team Relay formando tridente con Sergio Garrote y Luis Miguel García-Marquina. Debutaron en la Copa del Mundo de Emmen (Holanda) en 2017 con un bronce y desde entonces no han parado de sumar preseas. Sus mayores logros, un bronce en el Mundial de Maniago (Italia) 2018 y la reciente plata en el asfalto portugués. Una prueba exigente en la que arde el ácido láctico y se disparan las pulsaciones y los vatios. “Es durísima, das el máximo en cada pedalada, cada vuelta te deja sin aliento, sin fuerzas y al borde del colapso”, detalla.

El buen rendimiento que vienen ofreciendo ha sido motivo suficiente para que el seleccionador español, Félix García Casas, apueste por ellos de cara a los Juegos Paralímpicos. “Tenemos una gran oportunidad de hacer algo bonito. Hay presión y responsabilidad porque representas a un país, pero lo afronto de la misma manera que lo hago en cualquier otra carrera, con la intención de darlo todo. En individual no me planteo un objetivo concreto, en la contrarreloj espero hacer un buen tiempo y en la ruta estar con el grupo delantero hasta el final, habrá que sufrir porque el circuito es duro”, añade.

Sus opciones de medalla pasan por el Team Relay: “Somos tres ciclistas muy regulares y combativos, nos vamos a dejar el alma. Será complicado, pero somos los vigentes subcampeones del mundo y venimos demostrando nuestro crecimiento. En el primer Mundial hace tres años, Italia y Estados Unidos nos sacaban mucho tiempo y esta temporada les hemos ganado a ambos, las diferencias ya son mínimas. Tenemos ambición y creemos en el podio, vamos a por el oro, y si no, al menos coger plata o bronce”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Israel Rider

Iván López, un mariscal en la zaga de la selección española

Casi sin esperarlo, sus ojos se apagaron de un día para otro. Con 22 años, Iván López se quedó ciego, tuvo que reinventarse y empezar desde cero, pero con perseverancia y enraizado espíritu de superación aprendió a convivir con la ceguera. El fútbol le ayudó a levantarse y en cinco años se ha convertido en el mariscal de ‘La Roja’, en uno de los mejores defensas. En Tokio será uno de los faros que guiará desde la zaga a la selección española en los Juegos Paralímpicos.

“En 2014 tuve un desprendimiento de retina y un glaucoma. Fue un palo muy duro que me dejó bastante tocado psicológicamente. Ya tenía mi vida encauzada, trabajaba de administrativo, estaba independizado y de la noche a la mañana todo cambió, tuve que aprender de nuevo a hacer lo que ya sabía, como cocinar, leer o escribir, pero de un modo diferente, sin ver nada”, explica el deportista.

El fútbol lo había mamado desde pequeño y la pelota con cascabeles fue su mejor aliada para sobreponerse. “Al principio pensé que nunca más volvería a tocar un balón, hasta que me hablaron del fútbol para ciegos. Creí que era un deporte donde cuatro jugadores tiraban penaltis y ya está. Luego supe que era mucho más que eso, que había una liga nacional, una selección y que España era una potencia”, comenta.

Desde que se puso el antifaz y pisó el esférico por primera vez, su objetivo era enfundarse la camiseta de ‘La Roja’ y disputar campeonatos internacionales. En cinco años ha jugado dos europeos -plata en 2017 y oro en 2019-, un Mundial -quinto puesto en 2018- y en unos días estará en sus segundos Juegos Paralímpicos. “Todo ha ido muy rápido, pero los inicios no fueron fáciles. El primer día pasé miedo, me costaba llevar el balón entre los pies, iba andando porque no podía correr. Lo peor fueron los golpes, llegué a fisurarme una costilla tras chocar con una valla”, recuerda el valenciano, que echa de menos “hacer filigranas o rematar de cabeza”.

Con el paso de los años ha ido tomando más galones en el combinado que dirige Jesús Bargueiras, siendo un futbolista polivalente, fuerte y corpulento de 1,90 metros, con mucho fondo físico, seguro y rápido conduciendo la pelota. Es un obrero del fútbol que todo equipo quiere tener, un defensa expeditivo, fajador, sacrificado y sin miedo a meter la pierna. El esfuerzo es innegociable para él, siempre lo da todo en el césped. En sus pulmones luce el pundonor y en las piernas, un ejército de ladrones.

Sus segundos Juegos los afronta “con menos nervios y presión” que los de Río de Janeiro 2016, cita a la que España acudió a última hora tras la sanción a Rusia. “Me encontraba de vacaciones cuando me llamaron. Era mi primer gran torneo con la selección. Ahora tengo más experiencia, he jugado muchos minutos en europeos y mundiales, así que voy con más confianza en mi juego”, dice.

El defensa espera que ‘La Roja’, vigente campeona de Europa y medallista de bronce en Atenas 2004 y Londres 2012, rinda a un nivel alto para plantar batalla a Argentina, Marruecos y Tailandia, rivales a los que se medirá en la fase de grupos: “Llegamos bien preparados y el vestuario está ilusionado. Hay que defender duro para no conceder ocasiones a los rivales y aprovechar las que tengamos en ataque. Si jugamos como en el Europeo de Roma, tendremos opciones de hacer algo importante, podemos aspirar a medalla”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Iván López

Martín de la Puente, la precoz y osada raqueta del tenis en silla

“Ni loco me subo ahí”. Esa fue la frase que espetó Martín de la Puente cuando le propusieron probar el tenis en silla. “Aquello era grotesco, me parecía un sofá con ruedas. Pero Álvaro Illobre, una de las referencias en esta modalidad, me convenció, me senté y ya no he podido separarme de ella. Junto a mi familia, este deporte es lo más grande que me ha pasado en mi vida”, asegura este talento precoz, que a sus 22 años está instalado entre los 11 mejores del mundo y en unos días disputará sus segundos Juegos Paralímpicos. “El que quiera ganarme en Tokio tendrá que sudar”, precisa el chico llamado a alumbrar un futuro. Tiene argumentos para confiar en su prometedor despegue.

Siendo un niño empezó a revolotear con la raqueta, a rebufo de su hermano Antón, quien hoy día se forja en Estados Unidos, siguiendo la afición que sus padres le inocularon. “También lo practica mi hermana pequeña, Helena. Somos bastante pasionales con el tenis”, sostiene. Con siete años sufrió un duro revés, le diagnosticaron síndrome de Proteus, una enfermedad rara que provoca un descontrolado y acelerado crecimiento de los huesos. “Mi pie izquierdo era enorme, tenía una talla 45”, exclama. Sin cura, la única solución era pasar por el quirófano.

Tras viajes continuos a Madrid y 16 operaciones, decidieron amputarle la pierna. “Cuando desperté de la anestesia sentía el pie aún, pero era el síndrome del miembro fantasma, levanté la sábana y cuando vi que ya no estaba, me puse a llorar. Tuve una infancia dura, dejé de ir a la playa en Vigo porque la gente me miraba y eso me afectaba. Mi familia y mis amigos me ayudaron a dar un paso adelante y a centrarme en mi recuperación”, relata.

Su enfermedad le había impedido encontrar un deporte en el que se sintiera cómodo, hasta que retomó el tenis. “Me apasiona el fútbol, pero no podía correr, también probé natación o waterpolo y me cansaba. Con la raqueta fue todo diferente, me dio el impulso que necesitaba, aunque al principio era reacio a subirme a una silla. Me encanta la libertad que me da, la velocidad, los derrapes… Lo que empezó como un hobby se ha convertido en mi pasión, en una forma de vida”, asevera De la Puente, que atesora 49 títulos a nivel internacional entre individuales y dobles.

Con tenacidad, osadía y positivismo inquebrantable derriba obstáculos y se ha labrado un gran palmarés -tres mundiales júnior- pese a su rostro imberbe. Con 17 años fue el tenista más joven en participar en los Juegos de Río de Janeiro 2016, cita a la que llegó gracias al empuje de sus padres. “Lo veía muy pronto, pero ellos me insistieron en que lo intentara. Ese año gané en Israel dos competiciones y me clasifiqué. Sin la confianza de mi familia no habría sido posible”, recalca.

En la ciudad brasileña “viví la mejor semana de mi carrera, disfruté mucho. Me lo tomé sin presión, gané un partido en la pista central y en dobles con Dani Caverzaschi nos llevamos un diploma. La ceremonia de apertura en el estadio Maracaná fue uno de los días más felices de mi vida, se me saltaron las lágrimas”. Su salto de calidad llegó en 2018 cuando se mudó al Centro de Alto Rendimiento de San Cugat. “Aposté fuerte por irme a vivir a Barcelona, quería mejorar mi tenis y centrarme también en los estudios de Administración y Dirección de Empresas”, comenta.

Precisamente, en el CAR compartió varios años habitación y confidencias con el atleta Bruno Hortelano, plusmarquista español de 100, 200 y 400 metros lisos, con quien selló una bonita amistad desde el primer encuentro. “Conectamos desde que nos conocimos, es muy abierto, simpático y buen compañero, me encantaba convivir con él. Hablábamos de nuestras inquietudes, viajes y, de vez en cuando, nos retábamos al ajedrez. Le echo de menos”, confiesa el gallego, que se machaca cada día bajo las órdenes de Fernando San Martín y con Walter Navarro como preparador físico.

“En estos años me he convertido en un jugador completo, inteligente, con mucha garra y carácter. Soy constante, agresivo y fuerte, he pulido el revés, el resto y el saque con la derecha. Aunque vaya perdiendo no me vengo abajo y pongo en dificultades a mi rival”, puntualiza De la Puente, que confía a corto y medio plazo en disputar un Grand Slam -lo hacen los ocho mejores del mundo-. Este año ha escalado hasta el puesto 11, la mejor posición de un tenista español en la historia. “El Top 8 está cerca, pero soy inconformista y ambicioso, mi sueño es llegar algún día al número uno del mundo, estoy trabajando duro para ello”, añade.

Antes afrontará otro desafío, los Juegos de Tokio, a los que llega después de acumular esta temporada un par trofeos y siendo finalista en varios torneos. “Llego con más experiencia e ilusión, quiero llegar a lo más alto y ver dónde están mis límites. Si consigo estar fino puedo ponerles las cosas difíciles a los mejores, dar un paso y decir aquí estoy yo. Si me toca enfrentarme al número uno, mi misión es que salga de la pista diciendo que le ha costado ganarme. Me veo sólido y preciso, en una época dulce en mi carrera, voy a poner toda la carne en el asador. Y en dobles con Dani Caverzaschi tenemos opciones. Somos una pareja luchadora y sin miedo a nada, podemos dar alguna sorpresa. Es complicado, pero vamos con la esperanza de dar guerra e intentar colarnos en el podio. Hay motivos para soñar”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Martín de la Puente

Carmen Rubio, una arquera sosegada con la mira en las medallas

La puntería es una habilidad, un don que sólo algunos poseen. De eso está bien dotada Carmen Rubio, la arquera sosegada y tenaz que desafía a sus propias emociones y a una diana a 50 metros de distancia y festoneada por cinco círculos concéntricos de colores. El amarillo, el que puntúa nueve y diez y tiene un diámetro de ocho centímetros, lleva casi tres décadas en su visor y en su cabeza. A sus 59 años la navarra continúa entre lo más granado del panorama mundial del tiro con arco adaptado y será la única representante española en Tokio, sus terceros Juegos Paralímpicos.

Su mente está en la competición y en el desafío que se le viene encima, ha trabajado duro durante cinco años afinando su destreza y talento para este momento. El billete para la capital nipona lo logró en el Preolímpico de Nove Mesto (República Checa), trufado con una medalla de oro en Arco Compuesto. “No las tenía todas conmigo porque en 2019 sufrí una peliaguda lesión de hombro, pero el año extra por culpa de la pandemia de la Covid-19 supuso un alivio para mí. Nada iba a frenarme, ha costado lágrimas, pero lo he conseguido”, dice certera, como las flechas que emergen de su arco, con las que sueña alcanzar la gloria en Japón.

Carmen no descubrió el deporte que le apasiona en el cine, no hubo un Robin Hood disparando saetas en los bosques de Sherwood. Llegó al tiro con arco por casualidad a los 35 años, “cuando ya tenía la vida resuelta tras aprobar las oposiciones en el Ayuntamiento de Pamplona”. De pequeña practicó la natación como medio de rehabilitación. Con 14 meses adquirió la poliomielitis, que le afectó la pierna izquierda desde la cadera hasta el pie. “Pertenezco a esa generación de principios de los 60 a los que la parálisis infantil causó estragos. No tiene cura, solo intentos de mejora a través de numerosas operaciones, pero con eso he vivido siempre y he peleado para afrontar cada obstáculo en la vida”, comenta.

En el campo de tiro de Azpa (Navarra), en medio de un paraje de trigales y cereal, tensó su primer arco en 1995. Allí conoció a Enrique Ayerra, su marido y la persona que la pulió como arquera: “Eso sí que fue un flechazo”, bromea. Tres años más tarde se convirtió en la primera mujer en entrar en el equipo español tras ganarse una plaza para acudir al Mundial en Stoke Mandeville, la cuna del movimiento paralímpico y lugar donde Sir Ludwig Guttmann introdujo esta disciplina como herramienta de recuperación para los soldados de la Segunda Guerra Mundial. “Debutar en un escenario idílico por su historia fue increíble, aunque iba muy asustada, era mi primer torneo internacional”, dice entre risas. En Gran Bretaña se colgó su primera medalla, un bronce.

En España mantiene su hegemonía desde 1998, nadie ha logrado batirla. Incluso cuenta con varios hitos en su carrera, ya que, en categoría absoluta, ante rivales sin discapacidad, Carmen hizo tres podios en campeonatos nacionales en sala y una plata al aire libre. En su palmarés también luce un oro europeo (2006), además de un quinto puesto en el Mundial de Italia en 2011 y un sexto en el de Tailandia en 2013. Su modalidad no entró en los Juegos Paralímpicos hasta Pekín 2008, sin embargo, ella se estrenó en Londres 2012, dónde rozó la medalla tras ser quinta. “Los disfruté mucho, han sido los mejores en cuanto a organización. La pena es que perdí por poco en cuartos con la británica Danielle Brown, que luego salió campeona”, recuerda.

En Río de Janeiro 2016 firmó dos novenas posiciones tanto en individual como por equipos junto al ferrolano Willy Rodríguez. “Fueron unos Juegos extraños, no me salió un buen resultado ya que me influyó el no tener al lado a mi entrenador, que es quién me conoce y sabe darme las instrucciones”, subraya. Hizo borrón y cuenta nueva y arrancó el siguiente ciclo con ilusión y hambre para llegar hasta Tokio. Todo iba bien hasta que en 2019 sufrió una caída y se fracturó la glenoides, cavidad articular del hombro derecho. Meses de reposo, tratamientos y una larga espera.

“Estuve una temporada en el dique seco, no daba un duro por mí porque era una lesión muy dolorosa, no podía dormir ni mover el brazo y tuve que volver a aprender a tirar. Y encima me coincidió con los clasificatorios para formar parte del equipo español. Egoístamente hablando, tuve la suerte de que se aplazaron los Juegos por la pandemia y me vino genial para salir adelante”, cuenta. Durante el confinamiento se las ingenió para entrenar con una diana en el garaje de casa, lanzando mañana y tarde. “Pensé que llegar a Tokio era una misión imposible por lo complicado de trabajar en esas condiciones, pero mi entrenador confió en mí y me marcó la ruta. La constancia y la serenidad me han llevado hasta Japón”, asegura.

Respirar, concentrarse, apuntar y susurrar. Cinco años de preparación para jugárselo todo en 15 flechas, las que tira en cada eliminatoria. “Vengo de hacer en República Checa uno de mis mejores campeonatos a nivel técnico, esa está siendo la clave del rendimiento que estoy ofreciendo, no centrarme en los resultados en la diana sino en el trabajo que vengo realizando. Estoy con muchas ganas de demostrar que soy capaz de seguir a un nivel elevado pese a encontrarme con piedras en el camino y con algunas voces que llevan años preguntándome que cuándo voy a abandonar. Tendrán que esperar un poco más porque me siento genial y en un gran momento”, espeta la navarra.

En el Parque Yumenoshima de Tokio confía en poder colarse entre las mejores y pisar el podio que tanto anhela. “Los afronto con la tranquilidad y la seguridad de saber que el trabajo que llevo es bastante bueno. Solo hace falta que en la línea de tiro funcione la persona que está detrás del arco -ríe-. No es hora de experimentar ni de hacer inventos, si pongo en práctica lo entrenado tendré muchas opciones. Sueño con una medalla, pero me gusta ir paso a paso y primero voy a por el diploma paralímpico. Cuando llegue a los cuartos, ya pensaré en semifinales y en la final. No vendo humo ni me pongo un listón, la competición dirá en qué escalón me quedo”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Carmen Rubio

Jordi Ruiz, un tirador por decreto, dinamita para la selección

En las sesiones de tiro Jordi Ruiz muestra toda su brillantez. Con movimientos mecánicos, calcados y mil veces repetidos, pide una y otra vez la pelota, arma el brazo y suelta un latigazo. El silencio se rompe con el balón golpeando el tablero o con el sonido del ‘chof’ al acariciar la red. Cuando entra en comunión con el aro es un jugador imparable. El catalán se ha convertido en uno de los mejores artilleros del baloncesto en silla de ruedas, pieza clave en los éxitos de los clubes en los que ha militado y de la selección española, con la que volverá a competir en unos Juegos Paralímpicos. Ya ganó una plata en Río 2016 y quiere otra medalla en Tokio.

Un accidente de moto con 16 años varió su ruta en la vida, que siempre giró en torno al deporte. El fútbol era su pasión y hasta ese día defendía la portería del Jabac-Can Jofresa de Terrassa, donde llegó a compartir algún entrenamiento con Sergio Busquets. “Era más mayor que yo y ya destacaba por entonces. También coincidí con Álex Sánchez, que jugó un Mundial sub 20 y me enfrenté a futbolistas como Bojan Krkic, Fran Mérida o Iago Falqué. Me faltaba altura, pero tenía reflejos felinos y jugaba muy bien con los pies”, cuenta.

Sus piernas quedaron inmovilizadas en aquel accidente de tráfico. Con optimismo y con una madurez impropia para un chico de su edad afrontó el nuevo escenario. “Me dejó una lesión medular, pero era joven, tenía toda la vida por delante, no iba a hundirme, estaba vivo y tenía que aprovecharlo. Lo encaré con positividad y con lucha para convertir esa discapacidad en una oportunidad, que fue ser deportista de élite, algo con lo que siempre soñé”, asegura. Durante su estancia en el Institut Guttmann recibió el empujón más grande para perseguir ese sueño: practicar baloncesto en silla de ruedas.

Cuando era niño pasaba horas con los amigos en una cancha de asfalto con tableros mordidos en Terrassa. Allí empezó a forjar su finísima muñeca con la que luego sedujo a algunos de los mejores equipos de España y de Italia. Su descubridor fue Óscar Trigo, actual seleccionador español, que quedó prendado de la habilidad de aquel joven para tirar. “Jugar al basket era la mejor noticia que podía pasarme. Aun llevaba el corsé que sujetaba mi columna y él me sentó en una silla y me invitó a acudir cada tarde a entrenar. Ese fue el primer síntoma de que podía llevar una vida normal, el mayor impulso para seguir queriendo ir a unos Juegos”, comenta.

Títulos en Italia y en España

Fue un proceso acelerado para el egarense, que empezó jugando en el CEM L’Hospitalet cedido por el FC Barcelona. Un año y medio después de quedarse parapléjico formó parte de la selección sub 22 que ganó el Europeo en 2008 en Adana (Turquía) y luego sumó una plata en el Mundial sub 23 en París 2009. Con perseverancia, esfuerzo y dedicación fue dejando su huella en varios clubes. Tras jugar en Bilbao y en el Amivel Málaga hizo las maletas para asentarse en Italia. Primero en el Padova Millenium BK y luego en el Briantea84 Cantú, con el que levantó tres ‘Scudettos’ y dos Copas.

“Para mí era un objetivo personal y un sueño estar en la liga italiana, que por entonces era la más potente del mundo. Cantú era un pueblo que desprendía un aroma especial, en el que se vive el puro basket. Fue una etapa inolvidable”, recuerda. Dio el salto al CD Ilunion, con el que ganó una Copa del Rey en su único año, pero de nuevo regresó a territorio transalpino para llevar al Santo Stefano Sport a lograr una Liga y ser uno de los mejores francotiradores del campeonato. Tras la pandemia de la Covid-19 firmó por el Bidaideak Bilbao, siendo pieza clave este curso en la conquista del primer título liguero en la historia del conjunto vasco.

“Otro reto cumplido. Ganar la liga española, que desde hace unos años es la más fuerte y hacerlo en un club modesto tiene un enorme mérito. Ha sido un año duro, con muchas dificultades, pero supimos mantenernos unidos en cada batalla”, recalca. A Ruiz parece acompañarle un aura especial, porque equipo al que va, trofeo que se lleva. “No me gusta alabarme, he aprendido de los mejores del mundo y he absorbido distintas culturas baloncestísticas, algo que me ha hecho ser un jugador competitivo y con ganas de querer mejorar cada día. Aún no he llegado a mi techo, si tengo salud puedo seguir dando saltos de calidad”, comenta.

Dos medallas europeas y una plata paralímpica

El base de 30 años es dinamita en ataque, un tipo que respira canastas y al que nunca le quema el balón. Su dinamismo, velocidad con la silla, fiabilidad en el lanzamiento, implicación en defensa y capacidad para dirigir y asociarse con sus compañeros le hacen imprescindible en la selección española. Suma 125 internacionales desde su estreno en un torneo amistoso en Roma en 2011. Y cuenta con un cuarto puesto en el Mundial de Corea 2014 -la mejor posición de España-, dos medallas en europeos -bronce en Frankfurt 2013 y plata en Polonia 2019- y la plata en los Juegos Paralímpicos de Río.

“Nadie apostaba por nosotros y tumbamos a algunos de los favoritos. No se me olvidará el partido de cuartos de final ante Alemania o las semifinales con Gran Bretaña. Aunque lo más especial fue el desfile en la ceremonia de inauguración en el emblemático estadio de Maracaná. Nací en Terrassa, la ciudad del mundo que más deportistas olímpicos ha aportado, así que desde pequeño he vivido ese espíritu de unos Juegos”, subraya. En Tokio vivirá su segunda experiencia paralímpica: “Estar entre los 12 seleccionados es un orgullo tremendo, significa que hago bien mi trabajo. Lo afronto con más madurez tanto deportiva como personal. Cada uno tiene su rol, espero adaptarme a lo que necesite el equipo y competir a mi mejor nivel para ayudar a estar en el podio”.

España ha quedado encuadrada en el grupo A con Canadá, Corea, Turquía, Japón y Colombia. “En el B están los primeros cuatro clasificados del último Mundial, Gran Bretaña, Estados Unidos, Australia e Irán, pero en una competición como esta cualquiera en nuestro grupo nos puede ganar. Nosotros hemos crecido física y mentalmente, ahora somos más peligrosos. Tenemos una buena defensa y jugadores muy altos, con gente determinante como Asier García o Álex Zarzuela, contamos con el bloque más completo de los últimos años, nos sabemos retroalimentar en la pista”, analiza.

Conscientes del desafío al que se enfrentan, Ruiz tiene claro que van a por el oro: “Somos ambiciosos, está en nuestro ADN. En el vestuario sabemos que si hacemos las cosas bien podemos competirles a todos y ganar a cualquiera. El camino ha sido difícil por la pandemia, pero en la selección somos una gran familia, la gente está muy unida y más preparada que nunca. Estos Juegos serán diferentes a los de Río porque estaremos encerrados y sin poder salir, así que el que mejor se adapte y tenga más resiliencia conseguirá subir a lo más alto”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jordi Ruiz

Inés Felipe, una perseverante piragüista a contracorriente

Un paseo por el atirantado Puente Real de Badajoz cambió su destino. Inés Felipe sintió un flechazo cuando divisó a un grupo de deportistas remando en el río. Al cabo de unos días empezó a palear a través de un curso de iniciación, su meta no era otra que disfrutar de la naturaleza y del paisaje por el Guadiana. Pero, animada por sus compañeros, la competición le entró en venas y ya no pudo parar. Ahora no entiende la vida sin un kayak, embarcación con la que surcará las aguas de la Bahía de Tokio, enfrentándose a un momento único: el de convertirse en la primera piragüista española en participar en unos Juegos Paralímpicos.

En mayo finalizó sexta en KL2 200 metros en la Copa del Mundo en Szeged (Hungría), resultado que le granjeó un billete para la cita japonesa. “Ni en mis mejores sueños lo habría imaginado. Han pasado un par de meses y sigo en una nube, no me lo creo. En 2016 llegué a este deporte por casualidad, cuando paseaba con mi amiga Raquel Arroyo por la ciudad. Ella fue la que me insistió en que probase, acudí al Club Piragüismo Badajoz y me acogieron con los brazos abiertos. Mi objetivo era dar un paseo y quitarme esa espinita, pero cinco años después, mira dónde he acabado, clasificada para el mayor evento al que puede aspirar un deportista”, recalca con entusiasmo.

La palista de Olivenza, que nació hace 35 años con artrogriposis múltiple y que le afecta a la cadera y a la movilidad de las extremidades inferiores, fue progresando a base de constancia y tesón hasta codearse con las mejores del mundo. “El primer día navegando cerca de la orilla iba muy nerviosa, tenía muchas dudas porque no sabía si podría montar o si volcaría ya que no puedo mover las piernas. Pero en el club me lo pusieron muy sencillo, me lo adaptaron todo para que pudiese hacer las cosas como el resto. Me enganchó porque para desplazarme por la calle voy en silla de ruedas o con muletas, pero en el agua solo dependo de la pala, con la piragua me siento libre, mi discapacidad desaparece”, confiesa.

Fue avanzando palada a palada, moldeada en sus inicios por Lucía Ribera y alternando las modalidades de maratón y de sprint, decantándose finalmente por esta última porque forma parte del programa paralímpico. “Mis compañeros me dicen que soy más maratoniana que velocista, aunque ahora me siento más a gusto en la pista, en kayak estoy muy cómoda y he progresado mucho, es una prueba explosiva en la que te lo juegas todo en menos de un minuto, es dura, pero muy divertida”, asevera.

Apenas llevaba unos meses entrenando cuando debutó en la Liga Judex de Extremadura y en 2017 en un Campeonato de España en Trasona (Asturias) con una medalla. “No me lo creía, yo apenas había salido de Olivenza e ir allí y estar rodeada de los mejores me motivó tanto que decidí entregarme a este deporte”, apunta. En su palmarés figuran varias preseas nacionales, aunque anhela colgarse su primer metal internacional. De momento ha disputado dos mundiales y dos europeos, siendo el último en junio en Poznan (Polonia), logrando un séptimo puesto.

“En las primeras competiciones me clasificaron mal y me enfrentaba a rivales que tienen más movilidad en la categoría KL3, pero me daba igual en qué posición quedara, representar a España y competir con gente más experimentada y a la que antes veía a través de vídeos ya era un gran triunfo. En 2019 me pasaron a KL2 y las condiciones se han igualado. La primera vez que corrí unos 200 metros lo hice en un minuto y nueve segundos y ahora estoy entre 56 y 58 segundos. Cuesta bastante arañar una milésima al crono, pero sé que tengo que bajar más para acercarme a los puestos de medalla”, relata.

Anclada al barco de cintura hacia abajo con unos corchos que rodean su cadera, la pacense ha dado un salto de calidad en la última temporada, ha ganado en fuerza y en resistencia y ha pulido detalles técnicos junto a Iker Líbano, uno de los técnicos de la selección española de paracanoe. “Ha tenido mucha paciencia conmigo, le estoy muy agradecida, al igual que al resto de mis compañeros y entrenadores, formamos un gran grupo”, dice. Deportista comprometida y perseverante, su trabajo durante estos cuatro años se vio recompensado en mayo en el canal magiar de Szeged tras sellar su pasaporte para Tokio.

“En la salida parecía un flan temblando y una vez completada la regata sentí una liberación, me quité presión y un gran peso de encima. Vivimos el último año con mucha incertidumbre por la pandemia de la Covid-19, pero ha merecido la pena tanto esfuerzo, estar en Japón era un objetivo personal, la meta más alta a la que puedo llegar, una motivación extra”, comenta. Entre su Guadiana, Trasona, Verducido (Pontevedra) y el Centro de Alto Rendimiento de La Cartuja en el Guadalquivir (Sevilla) ha acumulado kilómetros de preparación, sacándole todo el jugo a cada entreno para llegar fuerte al gran reto de su carrera.

“Quiero disfrutarlos a tope porque no sé si volveré a estar en unos Juegos. Ser la primera española de este deporte en participar supone una mezcla de responsabilidad, presión y orgullo. Soy realista y consciente de que las medallas están muy caras, pero nada es imposible, voy a dejarme hasta el último aliento para firmar el mejor papel. El objetivo es acceder a la final, si consigo un diploma estaría muy satisfecha. Eso sí, a mis rivales no se lo voy a poner fácil, voy a dar guerra”, concluye Inés Felipe, una deportista que rompe moldes y que enmarcará su nombre en la historia del paracanoe español.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Inés Felipe

Xavi Porras, dos décadas de altos vuelos sobre la arena

En 16 firmes y raudas zancadas recorre los 32 metros del pasillo antes de ajustar la batida a la tabla, despegar, pedalear en el aire y aterrizar con sutileza en la sábana de arena húmeda. Xavi Porras lleva más de dos décadas repitiendo el mismo ritual en el foso, sobre el que ha construido una trayectoria plagada de éxitos. Eligió el atletismo influenciado por las proezas de Carl Lewis en Barcelona’92, poco después de que la ceguera cambiara su rumbo en mitad de la adolescencia. A sus 40 años está ante sus últimos vuelos, pero aún le queda gasolina para dar guerra. En Tokio, sus quintos Juegos Paralímpicos, sueña con la medalla que le falta en salto de longitud.

De pequeño dio sus primeros brincos en el cemento del patio del colegio Sant Roc de Olot (Girona), aunque a él lo que le fascinaba era el contacto con un balón de fútbol, su pasión. Hizo goles hasta que se agudizó la retinosis pigmentaria, enfermedad degenerativa que padecía desde su nacimiento. “Cuando apenas tenía un año mis padres detectaron que algo no iba bien, me tiraban juguetes mientras estaba en el suelo y algunos los cogía y otros no. Todos los oftalmólogos coincidieron en el mismo diagnóstico. Con los años se ha ido desarrollando, no veía bien, pero me las apañaba como podía. Además del fútbol, me encantaba ir en bicicleta y en monopatín”, cuenta.

Con 16 años perdió gran parte de visión y tuvo que reinventarse. Dejó su casa y se marchó al Centro de Recursos Educativos Joan Amades de la ONCE en Barcelona, donde aprendería braille y otras herramientas de apoyo informático. Ahí empezó a alimentar su romance con el atletismo. Le ofrecieron practicar varios deportes, pero el gerundense lo tenía claro. “Había fútbol para ciegos y no me pareció atractivo. Quería hacer atletismo, tenía muy presente los Juegos de Barcelona’92 cuando con 11 años me sentaba delante de la televisión para ver correr y saltar a Carl Lewis. Hay dos imágenes suyas que tengo grabadas en la retina y que me impactaron: su empuje y potencia en la salida de tacos y cómo era capaz de botar y caminar en el aire”, dice justificando su elección.

El deporte le cambió la vida, aunque también atravesó por momentos difíciles. “Cualquier persona a la que le sobreviene una discapacidad tiene que pasar un duelo, es jodido, se pasa mal y hay bajones, pero mi suerte fue contar con el apoyo de mi familia y de mis amigos. Una vez que eres consciente de la situación tienes dos opciones: hundirte más en el pozo o mirar hacia arriba e intentar escalar. Decidí darle la mano a la ceguera y tirar para adelante. Y el atletismo me ayudó a aceptar mi discapacidad y a superarla, además de aportarme numerosos valores como el sacrificio, el esfuerzo y la constancia”, explica.

Apenas llevaba unos meses corriendo los 100 metros lisos y en 1999 debutó con un cuarto puesto en el Europeo de Lisboa. Desde entonces, Porras ha coleccionado dos oros, tres platas y tres bronces en mundiales y dos oros, cuatro platas y cinco bronces en campeonatos continentales. Medallas que ha compartido con sus guías (Sergio Segón, Antonio Delgado, Raúl Sabaté y Enric Martín) y con Miguel Ángel Torralba, su mentor y la voz que le ha guiado en cada vuelo. “Al principio solo hacía pruebas de velocidad, pero le propuse hacer longitud y triple salto. Él no estaba muy convencido, pero cedió y el tiempo me dio la razón. A mi entrenador se lo debo todo, solo salto si Miguel es el que está en la tabla de batida pegándome voces. La confianza que tenemos es ciega, nunca mejor dicho”, dice entre risas.

Tampoco se entendería sus logros sin la figura de Enric Martín, sus ojos en la pista. “Es el guía que más me ha durado, llevamos más de una década juntos, hay química y es un gran amigo, alguien indispensable en la preparación de la velocidad para afrontar cada salto. Hace un trabajo en la sombra brutal, sin su ayuda no habría ganado tantas medallas”, asevera. De su palmarés, el deportista catalán destaca dos episodios: “El bronce en los 100 metros lisos en el Europeo de Rodas (Grecia) 2009, bajé de 12 segundos. Y el oro en triple salto en el Mundial de Assen (Holanda) 2006, gané con épica tras superar en el último intento al chino Duan Li, que era el campeón paralímpico”.

Pero la joya que más brilla en sus vitrinas es la presea de bronce que conquistó en los Juegos de Pekín 2008. “Venía de pagar la novatada en Atenas 2004, donde fui noveno. En China me salió un buen concurso y alcancé el podio en triple. Luego tuve algunos momentos agridulces, en Londres 2012, en la final del relevo 4×100 se nos cayó el testigo y perdimos la medalla, eso me afectó mentalmente y tanto en longitud como en triple salto acabé quinto. En Río de Janeiro 2016 tuve molestias que me impidieron rendir al máximo, fui sexto, una pena porque estaba para hacer algo más”, resume.

Más de 20 años después de aquel flechazo con el foso de arena, el metódico, inquieto y ejemplar atleta surcará el aire en sus quintos Juegos Paralímpicos, a los que llega tras haber estirado un año más su trayectoria. “Tenía pensado dejar la alta competición en 2020, pero la pandemia de coronavirus me hizo seguir porque estoy ilusionado y me lo paso bien. La pena es que no se permite la entrada de público extranjero y mis hijos, Egara y Marc, no podrán estar en las gradas, una de mis principales motivaciones era que me pudiesen acompañar. Espero que puedan verme a través de la pequeña pantalla y que se sientan orgullosos de su padre”, recalca.

Sus piernas fibrosas y voladoras están listas para esos últimos despegues. Pese a que su carrera se acerca al final, Porras mantiene un nivel elevado. De hecho, este año alcanzó su segunda mejor marca personal de siempre, 6.36 metros. “Físicamente me encuentro mejor que con 25 años, las lesiones me han respetado, conozco más a mi cuerpo y he cuidado cada detalle de la alimentación. Soy consciente de que con 40 años no voy a mejorar ni haré un récord, pero he demostrado que puedo estar en la pomada con los mejores”, afirma.

No renuncia a nada, sueña con ese metal que le falta en longitud, aunque él solo piensa en saborear cada zancada y cada salto en Tokio. “Quiero disfrutar al máximo junto a Miguel y a Enric. Está claro que me gustaría llevarme una medalla, si estoy entre 6.30 y 6.40 metros, que es mi tope, puedo hacer sonar la flauta. Hay rivales de mucha calidad y será complicado, pero lo voy a dar todo. Despedirme de los Juegos Paralímpicos con una medalla sería el broche perfecto, pero lo importante es que cuando regrese a casa esté satisfecho con mi entrega y con el trabajo realizado”, remata.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Xavi Porras

Nahia Zudaire, savia nueva e ilusionante para la natación española

Solo el tiempo confirmará si la piscina Paco Yoldi de Anoeta (San Sebastián) ha sido una fuente de los deseos. Su agua salpica ilusión con cada brazada y estela de espuma blanca que deja a su paso Nahia Zudaire, savia nueva, otra perla más de la emergente hornada que asoma por la pileta en la natación española. La guipuzcoana ha pasado de promesa a realidad tras asentarse entre las mejores del mundo. A sus 17 años ha dado un salto vertiginoso en su progresión que le ha catapultado hasta Tokio, donde debutará en unos Juegos Paralímpicos, siendo la benjamina de la expedición que lleva España.

Posee unas condiciones físicas y técnicas excelentes para ser una adolescente y disfruta devorando kilómetros y récords de España. Tiene las mejores marcas nacionales en la categoría S8 en 50, 100, 200, 400 y 800 libres, 50 y 100 mariposa, así como en 200 estilos. Y eso que aún está en pleno desarrollo. El agua ha sido su feudo desde los dos años, cuando sus padres la llevaron a cursillos para bebés. “Ahí me siento libre y muy cómoda, como si estuviera en casa, desaparece esa falta de movilidad que tengo en mi día a día”, comenta.

Nahia padece paraparesia en las extremidades inferiores causado por un problema cardíaco. “Tuve una neumonía y me detectaron una coartación de la aorta, me operaron con 15 meses. La sangre no bombeaba de forma normal y esa falta de riego a la médula me hizo perder movimientos en las piernas. Tengo menos fuerza de cintura hacia abajo, pero aprendí otra vez a caminar. Ya de pequeña era muy testaruda, cuando quiero algo voy a por ello, nunca me rindo”, explica. Se abrazó a la natación, aunque al principio era solo un juego, nada serio.

Tuvo un debut agridulce en 2015 en Valladolid en el Campeonato de España AXA Promesas Paralímpicas -competición que ha ganado en su categoría por edad en las últimas cinco ediciones- y eso le hizo cambiar el chip. “Era la primera vez que nadaba al lado de gente con diferentes discapacidades, me gustó mucho, pero los resultados no salieron, fui quinta en tres pruebas y eso me provocó mucha impotencia, soy muy competitiva”, asevera. Dos veranos después de aquello se le metió en la cabeza que quería ir al Europeo de Dublín 2018, logró la mínima y con 14 años se plantó en la piscina irlandesa, donde se metió en cinco finales.

Sin tiempo para digerir su irrupción con las ‘mayores’, se clasificó para su primer Mundial, el de Londres 2019. “Era una bebé, me pillo muy desprevenida, no era consciente de lo que se me venía encima. Soy súper autoexigente, intento que las cosas salgan como quiero y ese campeonato no supe gestionarlo nada bien, fue una experiencia dura de la que aprendí”, confiesa la joven de Zubieta, que asegura no tener referentes en el mundo de la natación, aunque sí absorbe cada consejo que le da Richard Oribe, el mejor nadador con parálisis cerebral de la historia: “Le veo casi a diario en la piscina, es una gran persona, siempre me da ánimos y me felicita por cómo voy”.

Cada mañana, Nahia se levanta a las 6 para nadar una hora antes de ir a clase y de 16 a 19 vuelve al agua para recorrer cientos de metros, practicar la técnica, los virajes y las salidas, a veces cantando, otras repasando los apuntes o dejando la mente en blanco. Entre semana apenas hay aficiones o distracciones antes de irse a la cama temprano. “La gente se sorprende cuando llego al instituto y les digo que vengo de la piscina. Es mi pasión, es una adicción, es mucho sacrificio, pero merece la pena cuando luego ves recompensado tanto esfuerzo”, indica.

La nadadora del Buruntzaldea IKT, entrenada por Jon Murúa, ha experimentado una mejoría considerable en los dos últimos años, sobre todo, en su prueba favorita, el 400 libre, acortando la distancia respecto a las mejores del mundo. “Estoy en 5:06.00, he mejorado todas mis marcas, he madurado y he aprendido a conocerme deportivamente, a entrenar bien y a competir sin miedo”, asegura. En 2020, pese a sufrir una lesión en la rodilla, reseteó mentalmente durante el confinamiento por la Covid-19 y regresó con más brío que nunca. Varias medallas al cuello en las Series Mundiales de Berlín, récords de España y una plata en 400 libre y un bronce en 100 libre en el Europeo de Funchal (Portugal) ha sido su bagaje esta temporada.

Resultados que invitan a soñar de cara a Tokio. “Me vino bien que se aplazaran los Juegos, no es que ahora con 17 años me vea súper preparada, pero sí capacitada para hacer un buen papel. No me obsesioné con clasificarme, era consciente de mi edad, solo pensaba en disfrutar del camino. Estoy con muchas ganas de vivir esta experiencia, siento nervios en el estómago, estoy como una niña en un parque de atracciones, muy feliz y orgullosa por llegar tan lejos”, dice. Acudir a Japón sin nada que perder y sin presión será importante para ver cómo canaliza el estar en unos Juegos sin ser mayor de edad: “Estar en medallas es muy difícil, pero quiero ponerles las cosas difíciles a las rivales más fuertes. Con clasificarme para alguna final y bajar mis tiempos estaría satisfecha. Tengo claro que llegaré mejor a los de París 2024”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Nahia Zudaire

Vicky Pérez, de canterana de Estudiantes a pieza clave de la selección

Vicky Pérez lo tenía muy claro desde niña, quería ser jugadora profesional de baloncesto. Sus primeros botes con el balón los dio en Magariños, en la prolífica cantera de Estudiantes, donde disfrutaba correteando y anotando canastas. Cuando ya oteaba de cerca su sueño, a los 16 años una grave lesión viró su rumbo. “Me rompí el ligamento cruzado anterior y en quirófano cogí una bacteria que se comió todo por dentro y me tuvieron que poner una prótesis de rodilla. Traté de continuar, pero los dolores no me dejaron, ahí pensé que el deporte se acabaría para mí”, cuenta.

Comenzó a estudiar Terapia Ocupacional y a través de esa carrera descubrió el baloncesto en silla de ruedas, que le dio la oportunidad de iniciar su segunda etapa como jugadora. “Cuando se lo comenté a mis padres me dijeron que estaba loca, porque yo caminaba. No podía saltar ni correr, sabía que tenía que haber un deporte que se ajustase a mí”, recuerda. Un amigo de su padre le puso en contacto con el Getafe BSR y allí se presentó, ilusionada, para volver a sentirse deportista.

“Me encantó, aunque la adaptación fue difícil, al principio perseguía sombras, cuando trataba de ir detrás de un compañero, él ya se había dado la vuelta y yo continuaba en el otro lado de la cancha. Y todos los días tenía moratones porque siempre estaba por los suelos”, dice entre risas. Poco a poco fue creciendo hasta convertirse en una pívot físicamente potente, trabajadora y con gran capacidad de entrega.

Dio el salto al CD Ilunion, el equipo más laureado de España y uno de los mejores de Europa, con el que ha ganado varias ligas, Copas del Rey y Champions League, y esta temporada recaló en el Amiab Albacete -ganó la Copa en junio- para seguir compartiendo vestuario con su marido, Alejandro Zarzuela, uno de los pilares de la selección masculina. “Tenerlo al lado me ha ayudado a crecer. No hay mejor maestro que él, es un lujo contar con su apoyo, es de los mejores del mundo y a veces le digo ‘Que asco das de lo bueno que eres’”, bromea la madrileña, que confía en que algún día haya una Liga española femenina.

Pérez acompañó a su pareja en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 y Río de Janeiro 2016, y en unos días vivirá esa experiencia, pero en la cancha, ya que ha sido una de las 12 ‘guerreras’ elegidas por Abraham Carrión para la competición en Tokio. “Cuando iba a los pabellones y a la villa paralímpica a ver a Álex sentía envidia sana. Ahora, por fin me toca a mí. Está muy bien acudir a las gradas como fan, pero ser protagonista en una cita así y vivirlo desde dentro tiene que ser lo máximo para un deportista. El momento que tanto esperaba ha llegado”, recalca.

La madrileña debutó con España en el Europeo de Frankfurt en 2013 y desde entonces no se ha perdido ningún campeonato, estuvo en el histórico séptimo puesto en el Mundial de Hamburgo 2018 y en la cuarta plaza del Europeo de Rotterdam en 2019, donde la selección logró la clasificación para unos Juegos Paralímpicos 29 años después. “Estar en Tokio es un premio, ha sido un camino complicado. Desde pagarnos las concentraciones y viajes, hasta disputar amistosos con amigos que se prestaban a sentarse en una silla para que nosotras llegásemos preparadas a los torneos porque no había dinero para jugar frente a otros equipos”, apunta.

Según Pérez, la clave del salto de calidad de este equipo radica en el rodaje que han tenido las jugadoras con sus clubes y en el empuje de una nueva generación. “Las jóvenes le ponen alegría y pasión, pese a tener las manos llenas de ampollas, entran en la pista con una sonrisa de oreja a oreja y eso a las veteranas nos anima, hacen que queramos jugar a su lado. Estos diamantes en bruto han hecho que la selección crezca como la espuma”, asevera la pívot, cuya alegría es incompleta ya que la cordobesa Veva Tapia se perderá el evento -sí estará en el cuerpo técnico- ya que fue una de las jugadoras de clase 4,5 que no superó la revisión exigida por la IWBF para poder competir: “Somos muy amigas, hemos sufrido juntas y trabajado codo con codo durante años. Su ausencia en la pista es un duro golpe, algo muy injusto”.

En la capital japonesa se enfrentarán en la fase de grupos a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. “Este equipo es como el ‘ave fénix’, de sus cenizas sale una y otra vez. Ahora toca disfrutar, la sorpresa ya la hemos dado porque estamos entre las mejores. En mi casa siempre se ha dicho que soñar es gratis, así que queremos más. Sabemos que tenemos cualidades para plantarles cara a las potencias, hay talento y mucha ilusión. Podemos llegar a donde nosotras queramos, vamos a pelear por hacer un buen papel. Se lo debemos a aquellas pioneras que se quedaron por el camino y que han luchado para que nosotras cumplamos este sueño”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Vicky Pérez

El kayak brinda a Juan Antonio Valle una segunda oportunidad

Juan Antonio Valle lleva dando paladas en las aguas del río Guadiana desde los 14 años. Hace casi seis, una lesión de espalda le obligó a parar. Fue operado en dos ocasiones, con el resultado de daños en el nervio ciático y una parálisis en el pie izquierdo. Aquello le cerraba una puerta, pero supo abrir otra a través del piragüismo adaptado, que se ha convertido en su antídoto contra las preocupaciones. En poco tiempo, ese caudal de conocimientos adquiridos desde adolescente y su tesón le han permitido hallar un hueco entre los mejores del mundo en kayak KL3 200 metros. En unos días peleará por las medallas en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

El emeritense llegó a pensar que su etapa en la alta competición había finalizado, pero como suele repetirse, “nunca sabes lo que te va a deparar el futuro”. “A los 31 años me operaron de una hernia de disco y a los 37 volví a pasar por quirófano porque me estaba dando muchos problemas y me tuvieron que poner una prótesis”, relata. Hasta entonces, el palista del Iuxtanam Monteoro de Mérida se codeaba con la ‘crème de la crème’ del piragüismo español.

Participó en pruebas nacionales e internacionales y uno de sus máximos rivales era el medallista olímpico Saúl Craviotto cuando formaba tándem en K2 junto a Julio Moreno, quien ahora anota los tiempos que Valle emplea en recorrer las numerosas series de 100 y 200 metros y le anima desde la orilla. “Es un gran amigo y mi entrenador, uno de los que me empuja cada día. Con el paracanoe recuperé la ilusión, volví a engancharme a un deporte que desde niño ha sido mi pasión, la piragua la llevo en la sangre”, recalca.

Lleva cuatro años y en los tres primeros se había quedado cerca de las medallas en mundiales y en europeos. Hasta el pasado curso, cuando en la Copa del Mundo en Szeged (Hungría) inauguró sus vitrinas con una plata en KL3, su primera medalla internacional. “Fue una sensación única subir al podio”, afirma. Precisamente, en el campo de regatas magiar obtuvo en 2019 su pasaporte para los Juegos Paralímpicos. “Cuando empecé en esta modalidad mi meta era llegar a Tokio y en unos días habré cumplido ese sueño. Han sido muchas horas de entrenos y he tenido bajones cuando han aparecido los dolores de espalda, pero siempre con motivación y con unas ganas tremendas porque me encanta lo que hago”, asegura.

Este año ha podido centrarse plenamente en el deporte, con cuatro o cinco sesiones diarias entre el kayak, el gimnasio y la piscina, recorriendo unos 90 kilómetros a la semana en el Guadiana y con visitas al Centro Especializado de Alto Rendimiento de La Cartuja (Sevilla). Una dedicación que le ha permitido dar un salto de calidad esta temporada, en la que se ha quedado dos veces con la miel en los labios tras ser cuarto en la Copa del Mundo de Hungría y en el Europeo de Poznan (Polonia). “Estoy cansado de llevarme la medalla de ‘chocolate’, así que esta vez espero ganarles en Tokio”, subraya.

“He mejorado la arrancada en los primeros 50 metros, ahora soy un poco más explosivo, pero tengo que limar detalles en el tramo intermedio de la regata, ahí me cuesta más. Sé que me queda una marcha más por dar y confío en que mi mejor versión se vea en los Juegos. Estoy en tiempos muy competitivos, tengo esperanzas de hacer algo importante y si se cumplen los pronósticos puedo echarles mano a los rivales más fuertes. Por mi mente solo pasa el coger medalla”, añade.

Todo el trabajo de estos años se lo jugará en menos de 45 segundos en el canal Sea Forest Waterway de la capital japonesa, instalaciones que ya probó hace un par de veranos en un Test Event. “El viento nos puede afectar dependiendo de la calle que te toque porque varía mucho la dirección. A Tokio voy con los pies en el suelo, será un reto complicado, pero el KL3 200 metros sprint es una prueba en la que no hay nada firmado, todo puede cambiar completamente de una regata a otra, todo se decide en décimas de segundo, así que puedo pelear por una medalla”, concluye el palista extremeño.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Juan Antonio Valle

Nagore Folgado, una veloz promesa del atletismo

Nagore Folgado consume sus sueños a ritmo de vértigo. Recién está comenzando a esprintar y aún le queda mucho tiempo de cocción para madurar física y mentalmente, pero nadie se atreve a adivinar su techo. El desparpajo y las zancadas de la adolescente ilusionan y ya dejan huella sobre el tartán. Es un talento precoz y una de las promesas del atletismo español para ciegos. A sus 17 años es la vigente campeona de Europa de 100 metros en categoría T12 y como premio competirá en el estadio de Tokio en sus primeros Juegos Paralímpicos.

“Mi preparación estaba enfocada en París 2024, fue una sorpresa verme en la lista de seleccionadas. Aún me veo un poco pequeña, pero no me da vértigo, puedo crecerme y hacer algo importante”, asegura con esa confianza y determinación con la que se ha desenvuelto desde niña. Con solo dos añitos venció al retinoblastoma bilateral que le detectaron, un agresivo cáncer que se cobró su factura: el ojo opaco izquierdo y un resto visual del 0,1% en el derecho. Un metro más allá de su nariz no distingue nada.

“No era consciente de ello, por eso nunca tuve miedo, en la calle o en el colegio era una chica atrevida, hacía lo mismo que mis amigos, iba con la bicicleta por la montaña o jugaba a la pelota pese a que me lo desaconsejaban los médicos. Pero nunca me puse barreras a mí misma”, recalca. Probó el goalball y la natación, pero fue el atletismo el que le enganchó por la insistencia de sus compañeros de la ONCE. La pista pasó a ser su único mundo sin obstáculos, un lugar que le devolvería parte de esa libertad perdida por la ceguera.

“Al principio iba porque quería estar cerca de mis amigos, no me lo tomaba en serio. Hasta que gané una competición en 1.000 metros, distancia que se me daba fatal. En salto de longitud también destaqué, pero lo dejé porque cuando caía en el foso el ojo me dolía y tuve desprendimiento de retina”, relata la valenciana, que se especializó en 100 y en 200 metros, pruebas en las que se proclamó campeona del mundo sub 18 en Nottwil (Suiza) en 2019. “Era mi primer evento internacional, fue un punto de inflexión porque rompí una barrera mental, me di cuenta de que con esfuerzo podía llegar a ser deportista de élite”, comenta.

Campeona de Europa en 100 metros

Y esta temporada ha dado otro salto importante al conquistar el oro en 100 metros y la plata en 200 T12 en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia). “Con meterme en la final ya estaba feliz, pero al ver que en semifinales del 100 lograba marca personal, supe que podía ganar. Llevaba un año estancada en los 13 segundos, la pandemia del coronavirus me afectó física y psicológicamente, aunque supimos reconducir la situación y no está mal el resultado, campeona de Europa”, dice con una sonrisa.

Los éxitos de Nagore no se entenderían sin Joan Raga, sus ojos en la pista. “Había jugado al fútbol y cuando falleció mi padre encontré en el atletismo una vía de escape. Me duró un par de años ya que cuando empecé a trabajar como ingeniero de Software lo aparqué. Lo retomé hace tres años al conocer a Nagore porque ambos teníamos a Rubén Picazo como entrenador, que me propuso que fuese su guía y me gustó esa sensación de correr con otra persona. Es muy diferente, debes modificar tu carrera para ir acompasados y molestarle lo menos posible. Formar pareja y compartir cada momento con ella es algo único”, asevera.

“Cuando corría sola forzaba tanto la poca visión que tengo que el dolor era insoportable y frenaba mi velocidad. Puede resultar paradójico, pero estar atada a Joan me hizo sentir libre. Tenemos una gran complicidad, confío plenamente en él y eso se está notando en el rendimiento”, tercia su compañera. Con el valenciano está sacando sus mejores resultados, 12.70 segundos en 100 metros y 26.19 en 200 metros. “Estamos muy fuertes, pero podemos correr más rápido, Nagore está a un nivel alto. Tiene 17 años, por tanto, mucho margen de mejora. Estar en Tokio es un premio que no esperábamos, nos conformamos con llegar a una final, sería el más feliz del mundo”, añade Raga.

Para Folgado, benjamina de la expedición española junto a la nadadora Nahia Zudaire, acudir a su edad a unos Juegos Paralímpicos “es un orgullo y algo inesperado. Pese a ser un regalo, siento que nos lo merecemos, valemos para estar entre los mejores. Estoy nerviosa, pero lo afronto sin presión, con la idea de disfrutar la experiencia y de pelear cada zancada hasta cruzar la meta. Sé que no son mis Juegos, a París 2024 llegaría con unas expectativas más ambiciosas, así que estaría satisfecha con un diploma. Eso sí, no renunciamos a nada, si se pone a tiro una medalla no la vamos a rechazar”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Nagore Folgado

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Joan Raga

Miki Sánchez, el comodín con arrojo de la selección española

Apenas quedaban tres minutos para despedir el año. Miguel Ángel Sánchez ‘Miki’ se encontraba en casa rodeado de sus familiares, con las 12 uvas preparadas para dar la bienvenida al 2016. Cuando de forma brusca su visión se tiñó de negro. Una tensión ocular le cambió la vida, la ceguera había llegado para quedarse. Pero lejos de venirse abajo, él supo danzar con ella con un balón de por medio. En apenas cuatro años, el balear se ha convertido en una pieza importante de la selección española de fútbol para ciegos, en un jugador con arrojo, un comodín que vale para un roto y un descosido.

El premio a su brega y constancia ha sido una plaza entre los 10 elegidos para representar a España en los Juegos Paralímpicos de Tokio. “Si hace unos años me dicen que iría al mayor evento al que puede acudir un deportista, no me lo habría creído. Ni en mis mejores sueños”, recalca. Por las calles de Mahón y en el estadio del CD Menorca se forjó como futbolista. Hasta que a los 17 años la oscuridad le golpeó tras reventarle la vena del nervio óptico.

“Lo único que recuerdo es que era Nochevieja, estaban a punto de dar las campanadas y me desmayé. Cuando me desperté en el hospital después de la operación le pregunté a mi madre si estaba la luz de la habitación encendida y ahí supe que ya no vería más. Sabía que a lo largo de mi vida podría pasarme porque en mi familia hay antecedentes con glaucoma, pero no así, de repente, sin previo aviso”, relata.

Tuvo que empezar de cero, cosas tan básicas como comer o vestirse se convirtieron en obstáculos. “Fue un cambio drástico, era como vivir en otro mundo. Estaba empezando a descubrir la vida, pero no podía hundirme ni tenerle miedo a lo nuevo. Aunque en los primeros días necesité apoyo psicológico, asumí rápido mi situación y me levanté, no quedaba otra que luchar”, explica. Hizo las maletas y dejó atrás la isla para asentarse en Madrid, donde aprendió braille en un colegio de la ONCE. “Necesitaba independizarme, tenía que progresar y adaptarme sin ayudas, mi objetivo era superarme a mí mismo. Tardé muy poco en tener esa movilidad para desenvolverme y manejarme solo”, cuenta.

Y el fútbol fue un pilar para combatir la ceguera. “Una de mis preocupaciones cuando estaba en el hospital era que ya no volvería a jugar más, pero cuando supe que existía la modalidad para ciegos se abrió una ventana, volví a ilusionarme”, confiesa. Él jugó durante ocho años en las categorías inferiores del Menorca, “era un extremo veloz, me gustaba correr por la banda, regatear, marcar goles y fundirme en el campo”, afirma. Llegó incluso a compartir balón con el ex futbolista del Real Madrid y ahora en las filas de la Fiorentina, José Callejón. “Lo conocí en persona, cuando era pequeño jugaba con él en el parque en Motril (Granada), ya que mi familia procede de allí, y aprendí muchas cosas con él”, subraya.

Comenzó a jugar con antifaz y pelota de cascabeles en 2016, y asegura que los inicios no fueron sencillos: “Me costó acostumbrarme a las medidas del terreno de juego, sobre todo, a las vallas porque me quedaba sin campo, quería correr más de lo que podía. Era algo muy diferente a lo que había hecho, tuve que desarrollar un buen oído para escuchar las instrucciones del entrenador, del guía y del portero y al mismo tiempo ejecutar cada jugada. Jugando me siento muy feliz, el fútbol me ha ayudado a perder el miedo en mi día a día cuando voy por la calle y me encuentro con barreras”.

En poco tiempo ha experimentado una gran progresión. Futbolista callado, prudente y reservado, cuando salta al césped se transforma. De gran despliegue físico, es muy sacrificado por el equipo, de los que no se arrugan ante nada y se emplea con ardor guerrero. “Nunca bajo los brazos, siempre doy aire a mis compañeros cuando me necesitan, intento contagiarles mi motivación o ambición en momentos de apagón. Soy un jugador que lo da todo desde el primer minuto”, asegura Miki.

Su debut oficial fue en el Mundial de 2018 en Madrid, en el que España quedó en quinta posición. Un año después formó parte del combinado nacional que alzó el título de campeón de Europa en Roma. “Desde que nos montamos en el avión para viajar a Italia, en mi cabeza solo había un pensamiento, ganar el torneo. Cuando levantamos el trofeo fue una sensación única. La medalla la tengo expuesta en mi habitación. Ojalá puedan sumarse más en los próximos años”, prosigue.

En el último año y medio las lesiones le lastraron, ya que tuvo que pasar por el quirófano por la rotura del ligamento cruzado y menisco interno de la rodilla izquierda. “Me pilló la pandemia de la Covid-19 de por medio y la rehabilitación no la hice bien. Pero he trabajado muy duro y ahora me siento físicamente muy fuerte, perdí 15 kilos y estoy al máximo de ilusión y con ganas de aportar mi granito de arena a la selección”, dice.

España llega a los Juegos de Tokio con el objetivo de sumar su tercera medalla paralímpica tras los bronces de Atenas 2004 y Londres 2012. En la fase de grupos se enfrentará a Argentina, Tailandia y Marruecos. “Ir a unos Juegos es un sueño cumplido, pero somos ambiciosos, no nos conformamos solo con estar allí. Si sacamos esa solidaridad entre nosotros y somos una piña tanto dentro como fuera del campo, podemos hacer algo grande. Habrá mucho nivel, están Brasil o Argentina como favoritos, aunque podemos ganar a cualquiera. El objetivo es conseguir una medalla. Voy a Tokio pensando en pisar el podio”, finaliza el menorquín.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Miki Sánchez

Estíbaliz Armendáriz, la timonel de un bote ‘novato’ que ilusiona

El remo adaptado español ha vuelto a reflotar gracias al empeño de la federación y al entusiasmo de un puñado de deportistas, la mayoría procedente de otras disciplinas. El proyecto comenzó hace poco más de un año y no tocó agua hasta agosto del 2020. Pese a la inexperiencia, convirtieron en realidad lo que parecía una quimera, clasificar al bote PR3 Mix4+ para los Juegos Paralímpicos de Tokio. Impulsarán la embarcación Jorge Pineda, Verónica Rodríguez, Pepi Benítez y Enrique Floriano como remeros. Y Estíbaliz Armendáriz será la timonel que guiará sus paladas en aguas japonesas.

A sus 47 años, a la navarra le ha caído “un regalo del cielo” porque la titular era Raquel Comesaña, que causó baja por una operación y por eso ella acudió al Preolímpico. En su caso no maneja las palas, pero arrima el hombro, trabaja lo suyo y juega un papel importante. Anclada en la proa con un flotador infantil y de espaldas a sus compañeros, anima, vocifera y mueve al equipo. “Parezco una vikinga gritando a pleno pulmón. Tras la regata final en Gavirate (Italia) en la que fuimos terceros me quedé sin voz durante una semana”, dice riendo.

En territorio italiano, el novato equipo español firmó una gesta tras superar a países más experimentados como Alemania u Holanda. Solo Canadá y Brasil fueron superiores. Al ser el mejor bote europeo, la Federación Internacional de Sociedades de Remo les otorgó una invitación para los Juegos. “Es una sorpresa y algo espectacular lo que hemos conseguido ya que este proyecto nació hace apenas un año y medio y de la veintena de personas que nos presentamos solo cuatro sabíamos remar”, explica la pamplonesa, que lleva 15 años remando.

Estíbaliz nació sin pierna derecha por una malformación congénita y desde pequeña estuvo ligada al deporte acuático. “En tierra cualquier cosa que haga me requiere más esfuerzo por mi discapacidad, pero en el agua todo se iguala. De niña me echaron a la piscina para que flotase, así que empecé en la natación y luego jugué al waterpolo. Estuve unos años fuera de España y cuando regresé en 2004 busqué hacer alguna actividad al aire libre y paré en el Club Náutico de Navarra, donde me enamoré del remo. Es una modalidad con la que desconectas de todo, me da tranquilidad”, cuenta.

En la Regata Internacional de Gavirate no solo acudió como timonel, también formó el doble scull mixto con el valenciano David Casinos y ganó una medalla de bronce. Ahora le llega la oportunidad de acudir a sus primeros Juegos Paralímpicos. “Igual me echo a llorar cuando esté allí. Hace 18 meses era impensable estar en Tokio, aun no me lo creo. A nivel personal es un regalo de la vida que se guardará para siempre en la memoria. Estaba fuera de mi radar, era como competir en otra liga, así que vivir esta experiencia será emocionante”, recalca.

En el Sea Forest Waterway llevará el timón del imberbe bote español, que espera hacer un buen papel en su estreno en una cita paralímpica. “Trataré de animar para que se quiten los miedos, estén cómodos, den el 100% y confíen en que vamos a llegar a buen puerto. Formamos un gran equipo con talento, es cierto que somos súper novatos y que nuestra idea era prepararnos para estar en París 2024, pero nos hemos adelantado tres años a las expectativas marcadas. Así que vamos con todo, no tenemos nada que perder”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Estíbaliz Armendáriz

Miguel Ángel Toledo, motivación ilimitada con una pala

Con una pala atada a su mano a través de una venda y en una arrumbada mesa que había en la Fundación del Lesionado Medular (FLM), Miguel Ángel Toledo peloteó por primera vez. “Fue el descubrimiento de mi vida”, recalca. Desde aquella tarde, el tenis de mesa se convirtió en su mayor motivación. “Pensaba las 24 horas en ello, estaba hecho para mí”, añade. En poco más de una década, el madrileño se ha colado entre los mejores del mundo en clase 2 (jugadores en silla de ruedas) y la recompensa a su trabajo y tenacidad le ha llegado con una invitación para competir en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

“Cuando empecé en 2009, jamás se me pasó por la cabeza que podía llegar a un evento así, ni en sueños”, reconoce. Por eso, cuando el seleccionador nacional, Ramón Mampel, le llamó para comunicarle que la Federación Internacional de Tenis de Mesa (ITTF) le había concedido una ‘Wild Card’ para estar en la cita japonesa, Toledo confiesa que alguna lágrima recorrió su rostro de la emoción. “Es un subidón tremendo para mí y para los que me rodean. A mis 53 años, pocas opciones me quedaban ya para ir a un acontecimiento deportivo de este calibre. Es lo máximo a lo que puedo aspirar como deportista”, comenta.

De joven siempre estuvo ligado a un balón de fútbol, hasta que a los 20 años, una mala zambullida le dejó tetrapléjico. “Estaba en mi pueblo, Torrijos, y al tirarme de cabeza a la piscina me golpeé con el fondo. Era buen nadador, pero en ese momento supe que algo no iba bien, no podía moverme para salir a la superficie y me quedé flotando en el agua boca abajo. Menos mal que un amigo no pensó que estaba de broma y me sacó”, relata. Pasó 10 meses ingresado en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo.

“Fue duro, me costó bastante tiempo adaptarme a mi nueva situación, pasé unos años en el limbo, hasta que decidí que no podía estar amargándome a mí y a las personas que tenía a mi lado, debía tirar para adelante. Me puse a estudiar, primero Trabajo Social y luego Antropología, y trabajé 10 años hasta que me dieron la incapacidad laboral. No podía quedarme en casa encerrado, así que busqué una actividad para estar ocupado y después de estar dando tumbos me encontré con el tenis de mesa, la motivación que necesitaba, encajaba con lo que me apetecía hacer”, explica.

La pala se convirtió en su mejor aliada y comenzó a perfeccionar la técnica en un club en Getafe durante un par de años y a empaparse de cada detalle visualizando vídeos de jugadores con su misma lesión. En 2009, con apenas unos meses de entrenamientos, se presentó en su primer Campeonato de España, “en el que me dieron tortas hasta debajo de la lengua, pero disfruté mucho, fue el impulso para querer dedicarme a ello”. En 2011 creó una escuela de tenis de mesa adaptado en la FLM de Madrid, su mayor orgullo y en la que ya despuntan jóvenes con talento.

Su debut en la élite llegó en El Prat de Llobregat en 2014 y desde entonces ha cosechado casi una veintena de medallas internacionales, siendo los bronces europeos por equipos junto a Iker Sastre en Dinamarca 2015 y en Suecia 2019 sus metales más preciados. “Mi problema es que dentro de cada categoría no todos tenemos la misma discapacidad, las pequeñas diferencias físicas son importantes y estoy más cerca de la clase 1 que de la 2, no compito en igualdad de condiciones, aun así, lucho con uñas y dientes. A pesar de ser diestro, como no tengo tríceps en el brazo derecho tuve que aprender a jugar con la izquierda para disfrutar y rendir más”, subraya.

El madrileño ha experimentado una progresión en las últimas temporadas, su único secreto es la constancia y la dedicación, las horas que pasa pegado a la mesa azul consolidando sus virtudes y puliendo defectos. “No ha sido un sacrificio, sino un disfrute continuo. Para mí, ir a entrenar es como irme de fiesta, hay que dedicarle mucho tiempo, pero sana con gusto no pica”, dice. El año pasado, justo antes de que estallase la pandemia de la Covid-19 dio un gran salto en el ranking tras derrotar en el Open Costa Brava (Girona) al número dos del mundo, el polaco Rafal Czuper. “Ese resultado y llegar hasta cuartos de final en el Preolímpico en Eslovenia en junio fueron claves para recibir la ‘Wild Card’”, afirma.

A Tokio acude cargado de ilusión y sin nada que perder, dispuesto a ponérselo difícil a los favoritos. “Quiero disfrutar la experiencia y aprovechar a tope cada momento. No llevo la presión de quedar campeón, eso es un factor a mi favor, así que puedo dar sorpresas. Físicamente no soy poderoso, tiro más de estrategia y creatividad con globos, aperturas y tratando de poner la pelota dónde no pueda llegar el rival. Por mis dificultades de movilidad siempre busco hacer puntos rápidos ya que en el peloteo sufro”, añade.

En la prueba por equipos sí tiene más opciones de luchar por el podio junto al bilbaíno Iker Sastre. Ambos forman un tándem sólido y coordinado. “Hemos sumado victorias ante parejas de gran nivel. En el Mundial de 2017, en el que acabamos quintos, ganamos en dobles a los vigentes campeones paralímpicos, los franceses Fabien Lamirault y Stéphane Molliens. Nos entendemos bien, confiamos el uno en el otro y para ganarnos tendrán que hacer un gran partido. Estamos capacitados para conseguir un premio mayor, en Tokio vamos a pelear por las medallas”, sentencia Toledo.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Miguel Ángel Toledo

Sarai Gascón, una dama del cloro que batalla con brazadas

Ondean sus caderas y sus largas piernas agitan el agua. A su paso, la estela de espuma blanca contrasta con el azul de la piscina. Lleva casi dos décadas engullendo kilómetros con determinación, corazón y perseverancia, valores que le han granjeado un palmarés envidiable. Ella es Sarai Gascón, una dama del cloro que batalla con brazadas de superación. Una deportista irrepetible, con carácter, calidad y solvencia que suma éxitos con trabajo y sudor. Pese a las vicisitudes, cada día se mantiene en la autoexigencia y a sus 28 años afronta un nuevo desafío, los Juegos Paralímpicos de Tokio.

Muchos años lleva en la cresta de la ola esta versátil nadadora, un ejemplo para generaciones venideras. Lleva en la sangre el espíritu deportivo, algo tuvo que ver el nacer en Terrassa (Barcelona), la ciudad más olímpica del mundo, y en 1992, un año mágico para el deporte español. Vino al mundo sin parte de su brazo izquierdo, pero eso jamás supuso un obstáculo para alcanzar cotas altas, es imparable cuando se fija un reto. Empezó en cursillos de natación con apenas tres años y poco a poco fue demostrando que el medio acuático se le daba de maravilla.

Los entrenamientos dejaron de ser solo mera diversión cuando un entrenador se percató de que tenía madera y la reclutó para el Club de Natación de Terrassa con nueve años. “Mis padres hacían grandes esfuerzos para llevarme a la piscina a las seis de la mañana, entrenaba antes de ir al colegio y volvía de nuevo tras las clases. Gracias a ellos he llegado tan lejos”, comenta. En su primer Campeonato de España subió al podio siendo infantil y en 2006, con 14 años, derribó la puerta a lo grande tras proclamarse campeona del mundo en 100 metros braza en Durban (Sudáfrica). Aquello fue un augurio de lo que le depararía el futuro.

En 2008 cumplió otro sueño, acudir a unos Juegos Paralímpicos. En el ‘Cubo de Agua’ de Pekín conquistó su medalla más especial, la plata en 100 braza. “Esas medallas son las que supusieron un antes y un después en mi carrera como nadadora. Cuando tengo momentos de bajón echo la vista a atrás y pienso en todo lo que he sacrificado y esforzado día tras día, en el objetivo que tengo, y eso es lo que me da fuerza para seguir adelante. De aquella Sarai queda mi esencia, sigo siendo una chica sencilla, emocional, competitiva, perseverante y con la ambición de luchar por lo que me propongo en cualquier ámbito de mi vida”, expresa.

Lo difícil no era llegar a la cima, como ella hizo siendo tan imberbe, sino mantenerse en la élite tantos años y con resultados espectaculares. “Soy de las más mayores y mis rivales cada vez son más jóvenes. Aun así, en cada competición sigo dando caña y no será tan fácil retirarme, no me doy por vencida. Después de Río 2016, donde alcancé mi cúspide deportiva, no sabía si iba a llegar hasta Tokio, pero finalmente puedo decir que voy a participar en mis cuartos Juegos Paralímpicos. Cada temporada me propongo uno o varios objetivos a corto y medio plazo, y voy a por ellos. Este año ha sido complicado, pero aprendí a ser resiliente, a adaptarme y a sacar lo mejor de mí”, explica Gascón.

La egarense, que se quedó sin entrenador en marzo, tuvo que reengancharse al grupo que dirige Jaume Marcé -con quien ya estuvo varios años- en el CAR de San Cugat para encarar los dos objetivos del curso. El primero lo solventó con sobresaliente tras colgarse siete medallas en el Europeo de Funchal (Portugal), con tres oros en 100 braza, 100 libre y 4×100 estilos, dos platas en 100 mariposa y en 50 libre y dos bronces en 200 estilos y 4×100 libre). “Los buenos resultados siempre ayudan a confiar más en uno mismo, pero en el deporte no hay nada seguro y sé que competir en unos Juegos siempre está un nivel por encima. Estoy contenta por las marcas realizadas, sobre todo, en la prueba de 100 libre”, aclara.

Y todo ello exprimiendo al máximo cada jornada, compaginando las sesiones en la piscina con las horas entre libros y prácticas curriculares en un centro escolar para acabar su carrera de Educación Infantil. “Todo esfuerzo tiene su recompensa y ya puedo decir que soy maestra, no puedo estar más orgullosa. Esta profesión me encanta desde niña, cuando veía a mi madre organizando actividades para la escuela yo sabía que de grande también quería serlo. He descubierto que me apasiona aún más, poder ayudarlos y acompañarlos en el proceso de enseñanza y aprendizaje es maravilloso”, añade.

En la capital tokiota, la catalana confía en engordar un palmarés en el que luce seis preseas paralímpicas (cinco platas y un bronce), 17 metales mundiales y 36 europeos. Su padre, Emilio Gascón, presume de todas ellas en la pared de casa. Aunque le tiene reservado un hueco a una, la más deseada, esa que se consigue subiendo al ático del podio en unos Juegos. En Japón nadará cuatro pruebas individuales (100 braza, 100 libre, 100 mariposa y 200 estilos) y el relevo 4×100 estilos.

“Tengo buenas sensaciones porque estoy entrenando muy bien. Sé que la competición será dura, no tengo las mismas opciones de conseguir medalla que en Río 2016, pero voy a intentarlo hasta el final. Mis posibilidades están en el 100 libre y en el relevo. En unos Juegos siempre puede pasar de todo, me gustaría decir que puedo pelear por el oro, pero está muy complicado. Voy a competir lo mejor que pueda, igual que en todos los entrenos doy el máximo de mí”, apostilla Sarai Gascón, una deportista acostumbrada a que la desafíen para alcanzar el éxito, una guerrera acuática que siempre lucha hasta el último aliento.

Test Tokio 2020. Conociendo a Sarai Gascón

Sergio Garrote, voracidad sin límites a los mandos de la handbike

En las tórridas sobremesas de julio, Sergio Garrote se sentaba frente al televisor junto a su hermano Javi para seguir con entusiasmo cada etapa del Tour de Francia. Aquella pasión de verano prendía todo el año y contagiado por las gestas de ídolos como Miguel Induráin, cada tarde exprimía esa adrenalina a golpe de pedalada. El ciclismo era su pasión. Hasta que a los 21 años se deshizo de sus bicicletas tras quedar tetrapléjico por un accidente laboral en la construcción. Casi 15 años después de aquel mazazo se reencontró con su deporte a través de una handbike, con la que se ha convertido en uno de los mejores del mundo, en un ciclista voraz, valiente y con una ambición inagotable.

En junio se colgó tres platas en el Mundial de Cascais (Portugal) y va lanzado a por el oro en su debut en unos Juegos Paralímpicos. “Si me hubiesen dicho hace dos décadas que estaría tan arriba y disfrutando del deporte de alta competición, me habría reído. Estoy viviendo un sueño”, asegura. Como muchos niños de Viladecans (Barcelona), él también creció en un campo de béisbol. Se le daba bien batear, aunque lo que más le gustaba era rodar sobre el asfalto con su bici. “De pequeño veía el Giro de Italia, la Vuelta a España o el Tour y soñaba con subir esas montañas infranqueables. Antes del accidente salía todos los domingos con mis amigos, me encantaba”, recuerda.

Su vida dio un giro brusco hace 20 años, cuando una caída desde el andamio de una obra en la que trabajaba le originó una grave lesión medular. “Las piernas no las puedo mover y en los brazos me quedaron secuelas. Todo lo que había construido se me vino abajo, tuve que hacer borrón y cuenta nueva. Al principio fue duro, no podía coordinar movimientos y era incapaz hasta de llevarme la cuchara a la boca”, relata. Le costó tiempo digerir el nuevo escenario que se le presentó, incluso regaló sus bicicletas para no sufrir. “Verlas en casa me hacía daño, así que mi hermano las cambió, junto a una moto que tenía, por una videoconsola que tampoco pude utilizar porque mis dedos no funcionaban”, dice entre risas.

En esos primeros años de duelo se refugió en los libros, llegó a estudiar hasta tercero de Medicina. “Sabía que no iba a ser médico, así que cuando me sentí satisfecho con lo aprendido, de un día para otro decidí matricularme en criminología”, explica. Duró poco ya que en 2014 lo dejó todo por la handbike, su gran motor para combatir la tetraplejia. “La primera vez que vi una me pareció un cacharro extraño. Y al probarla las sensaciones fueron desagradables, sufrí muscularmente porque mis brazos no estaban bien. Ahora disfruto con lo que hago, me siento libre y feliz con el regalo que me dio la vida. Esos años de lesión y obstáculos cobraron sentido”, recalca.

Un devorador de medallas

Fusionado con la handbike, a la que mima con un cuidado meticuloso, Garrote se siente capaz de encarar cualquier desafío, por más azaroso que sea el camino. Pese a su inexperiencia, irrumpió con brío en el panorama internacional. Abrió su palmarés con una plata en una Copa de Europa en Fossano (Italia) en 2015 y al año siguiente en su estreno en Copa del Mundo sacó dos platas en Bilbao. El seleccionador español, Félix García Casas, quedó tan prendado de su talento que movió cielo y tierra para conseguirle una plaza para los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016 tras la sanción por dopaje a Rusia. “Por unos días soñé con ello, pero finalmente no pudo ser. Y luego me dio rabia porque al suizo Tobias Fankhauser, que en Brasil se llevó el bronce, le había ganado dos veces ese año”, subraya.

Su personalidad arrolladora e indomablemente optimista ya evocaba que llegaría lejos. Desde su debut ha ido engullendo una medalla tras otra hasta liderar el ranking mundial. En los últimos cinco años, con la excepción de 2020 en la que no hubo pruebas por la pandemia de coronavirus, ha acumulado 18 preseas en Copa del Mundo y nueve metales en mundiales: dos bronces en Sudáfrica 2017, dos bronces en Maniago (Italia) 2018, dos platas en Emmen (Holanda) 2019 y tres platas en Portugal 2021. “La única vez que no subí a un podio fue en el Campeonato de España en Ciudad Real en 2015 por una avería con la rueda. Ese día lloré, no me gusta perder a nada”, confiesa.

Con esfuerzo titánico y llevando sus brazos al límite ha acabado con el duopolio del italiano Luca Mazzone y del norteamericano William Groulx que reinó en la categoría H2 en los últimos años. “En mis inicios los admiraba y los veía inalcanzables, aunque siempre me decía a mí mismo: ‘Ya os pillaré’. Era el tercero en discordia hasta 2019, ahí rompí esa barrera de lo imposible gracias a la mentalidad ganadora que había trabajado junto a mi entrenador Jesús Ruiz y a la psicóloga Manuela Rodríguez. Ahora ellos son los que me vigilan”, asevera.

Hace dos años se le escapó el Mundial en Holanda por un segundo en la contrarreloj y un incidente en la última curva en la ruta frente a Mazzone. Esta temporada tampoco ha podido cumplir ese anhelo, vestir su primer maillot arco iris, ya que se quedó cerca tanto en la ruta como en la crono. “Las sensaciones fueron muy buenas, el campeonato me sirvió para probar el material nuevo y llevaba una preparación muy distinta a la del italiano, que se jugaba su sitio en los Juegos y, en mi caso, no quería arriesgar vaya a ser que no me recuperase a tiempo para Tokio, que es mi gran apuesta. Este Mundial lo vi con otra perspectiva, quedaba relegado a un segundo plano, aun así, salí muy satisfecho por las tres platas que saqué”, apunta el deportista del Club Ciclista Sant Boi.

Entre los favoritos al podio

En Garrote, el apetito insaciable y el corazón mandan sobre el pulsómetro. Inconformista, ahora va a por el oro en los Juegos Paralímpicos. Llega ilusionado y motivado para darlo todo en la cita de Tokio. “Me encuentro muy bien a nivel físico y de fuerza, en el mejor momento de mi carrera. También me he preparado psicológicamente para que la parafernalia que rodea al evento más importante del deporte no me embriague. No voy para vivir la experiencia, sino a competir como si fuese una prueba más”, subraya.

Tumbado sobre la bici, en paralelo al suelo, se ha machado en la carretera, con ascensiones al alto de Begues. “El circuito de Tokio tiene mucho desnivel y desde enero he estado trabajando ese aspecto, doblando el puerto de montaña con 18 kilómetros de subida constante. Será un recorrido ‘toboganero’ y muy exigente, un terreno que me viene bien porque me considero muy escalador, sé sufrir y estoy acostumbrado al clima húmedo y a las temperaturas altas”, prosigue. El catalán apunta al doblete dorado en la ruta y en la contrarreloj, y también formará parte del Team Relay junto a Luis Miguel García-Marquina e Israel Rider. “Por equipos somos subcampeones del mundo y tenemos opciones claras de subir al podio en una prueba súper explosiva”, dice.

Las tres pruebas las disputará en menos de 78 horas. “El que mejor preparado esté y sepa gestionar su capacidad de recuperación se llevará la victoria. La crono se me da mejor, me dejo el alma y hasta la última gota de sudor. Cuando me pongo el maillot de la selección española puedo asegurar que siempre voy a por el oro, no concibo otra cosa, no me vale la plata ni el bronce. Mi lucha es ir a por lo máximo, compito para ganar, esa es mi religión. Después la competición pondrá a cada uno en su sitio, pero tengo claro que desde el primer minuto pondré toda la carne en el asador y saldré a por el triunfo para España”, finaliza Sergio Garrote, el prototipo de ciclista que vive entregado a su deporte.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Garrote

Verónica Rodríguez, de ‘princesa’ de chalanos a unos Juegos Paralímpicos

Hay personas que tras sufrir un varapalo tienen la capacidad de convertir la adversidad en una oportunidad. Verónica Rodríguez es un ejemplo de ello. Hace tres años la vida le golpeó duramente cuando de forma repentina falleció su madre y decidió refugiarse en el río Nalón para desprenderse de su dolor con cada palada. El remo le devolvió la motivación y el brillo en sus ojos y con apenas un par de temporadas de experiencia se ha clasificado para los Juegos Paralímpicos de Tokio con el cuatro con timonel mixto español (PR3Mix4+).

Hasta entonces, su práctica deportiva se resumía en un año de voleibol y en algunos partidos de fútbol con sus amigos. Nada más. Nació con una parálisis cerebral que le limitaba la movilidad de la parte derecha de su cuerpo. “El brazo no me estira del todo y la pierna no me llegaba al suelo, tuvieron que operarme tres veces para corregirlo”, cuenta. En 2017, gracias a su persistencia y ardor guerrero, se convirtió en la primera mujer a la que dejaban participar en la regata de chalanos en Soto del Barco, un concejo asturiano ubicado en la costa cantábrica y de apenas 4.000 habitantes. “Solo dejaban a los hombres, es una prueba complicada, fui última, pero me sentí muy orgullosa porque la terminé”, recuerda.

En aquellas pequeñas embarcaciones de madera en las que durante muchos años se transportó el carbón, surgió su espíritu competitivo. Al año siguiente, su madre, Maige Pulido, logró que incluyeran la categoría femenina en la competición. “Ella la estaba preparando conmigo, pero tres semanas antes de su celebración murió. Fue un golpe muy duro, era una persona única y ejemplar, pura bondad, mi mayor apoyo”, explica. Verónica cogió su testigo y organizó la regata para mujeres, que pasó a denominarse ‘Mi princesa’, tal y como Maige llamaba a su hija.

Aquella edición la ganó formando equipo con su compañera Cova Cossío. Su padre le regaló un chalano con la frase ‘No sueñes tu vida, vive tu sueño’, la misma que llevaba tatuada su madre en el brazo. Y la sotobarquense comenzó a vivir el suyo a través de las paladas. En la competición de 2019, Alfredo Domínguez, fundador del Club Grupo Corvera, se fijó en ella y le animó a probar el remo. “Fue mi mejor terapia psicológica, remando era el único momento del día en el que me encontraba en paz”, confiesa. A partir de ahí todo ha ido muy rápido para la asturiana, que por las mañanas reparte ilusiones en su pueblo con la venta del cupón de la ONCE y por las tardes se forja en el embalse de Trasona con Eugenio Fernández.

Su nombre quedará siempre grabado en la historia del remo adaptado ya que el año pasado se proclamó primera campeona de España. Y con empeño, tenacidad y talento se ganó un hueco en el cuatro con timonel mixto (PR3Mix4+) de la selección nacional junto a Enrique Floriano, Pepi Benítez y Jorge Pineda. El cuarteto español, con apenas unos meses de vida, dio la sorpresa en su debut internacional en la regata del Preolímpico celebrada en Gavirate (Italia) en junio. El tercer puesto dejaba al equipo dirigido por Txus Bermúdez y Juan Pablo Barcia -paralímpico en Pekín 2008 y Londres 2012- a las puertas de Tokio. El sueño se consumó cuando la Federación Internacional de Sociedades de Remo (FISA) otorgó una plaza para los Juegos Paralímpicos.

“Un remero profesional necesita 10 años para llegar a la élite, lo nuestro ha sido de récord, de película. Y encima, hemos entrenado en contadas ocasiones todos juntos porque recién acabamos de empezar. Este equipo se formó con la idea de rendir a un buen nivel en París 2024, pero la opción de Tokio se nos presentó y había que intentarlo. Cuando llegamos a Italia sabíamos que era casi imposible por la experiencia de nuestros rivales, pero no teníamos nada que perder y nos vinimos arriba en la repesca. Superamos a los alemanes al paso de los 1.000 metros, eso nos dio alas para darlo todo y terminamos ganando a los holandeses en el último momento. Los dos primeros lograban plaza directa, así que sabíamos que siendo terceros nos iba a caer una invitación para los Juegos”, recalca.

A la novata embarcación española les queda un largo camino por recorrer, pero ya se ha colado entre las mejores del mundo en su bautismo. “Necesitamos horas en el agua para estar más acompasados, pero es una pasada cómo nos conocemos en tan poco tiempo. Tenemos mucha confianza los unos en los otros, somos súper competitivos y damos en cada palada el máximo. Pepi es el equilibrio del equipo, Jorge la experiencia, Enrique el motor y yo pongo el carácter”, asegura.

La asturiana aún continúa pellizcándose para comprobar que lo que está viviendo no es un sueño, que en dos años ha pasado de navegar en chalanas por el Nalón a disputar unos Juegos Paralímpicos en la bahía de Tokio, donde España no descarta dar alguna sorpresa. “Sigo alucinando y sin conocer mis límites. Estamos disfrutando y acudimos con mucha ilusión y hambre. Aspiramos a todo, podemos luchar con los favoritos, aunque lo importante no es la posición en la que quedemos, sino salir satisfechos con el trabajo realizado en la regata”, apostilla Verónica Rodríguez, la sonrisa de Soto del Barco, la que heredó de su madre, la inspiración y la fuerza que le guían por el agua.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Verónica Rodríguez

Yassine Ouhdadi, ligeras zancadas que buscan el podio paralímpico

Soñaba con ser futbolista mientras marcaba goles sobre las áridas y rojizas tierras de Toulouine, un pequeño pueblo de la cordillera del Atlas marroquí. Pero sus problemas de visión le empujaron a cambiar el balón por las zapatillas de correr. Espigado como un junco, alado y liviano como una pluma, Yassine Ouhdadi pronto descubrió su filón atlético. Empezó en la montaña, después en el barro del cross, en carreras populares y desde hace un par de años toma galones en el fondo español. Llegó al tartán pisando fuerte, fue subcampeón del mundo en Dubai en 2019 y de Europa este año en Bydgoszcz (Polonia). Ahora, sus ligeras zancadas quieren reinar en los 5.000 metros en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

Afincado en Tortosa (Tarragona) desde 2002, hasta los seis años creció en la provincia de Ouarzazate, la puerta de entrada al desierto del Sáhara. “La vida allí era muy difícil y mi padre emigró a Cataluña para trabajar, con la idea de darnos una vida mejor. Por fortuna, mi madre y sus nueve hijos viajamos en avión, no tuvimos que cruzar el Estrecho en patera como muchos compatriotas. Me siento español, llevo muchos años aquí, donde me han dado una oportunidad de mejorar y de crecer como persona”, explica.

Afectado por cataratas, no tiene visión en el ojo izquierdo, mientras que en el derecho tiene un resto visual de un 14%. “Pasé por el quirófano de pequeño, cada año me llevaban al hospital a ver qué podían hacer. Actualmente se mantiene la enfermedad, ni mejoro ni empeoro”, dice. Eso no ha sido óbice para dedicarse a su pasión, el atletismo. “Mis inicios fueron en la montaña, aunque no terminaba de gustarme. Luego pasé a la media maratón y en el asfalto sí disfrutaba. Cuando me dijeron que tenía posibilidades de formar parte de la selección española y de acudir al Mundial de Dubai de 2019, no me lo pensé y salté a la pista. El resultado no pudo ser mejor”, relata.

En el Golfo Pérsico se lució para conquistar la medalla de plata con récord europeo en los 5.000 metros categoría T13 (deficiencia visual). “Mi objetivo era subir al podio, pero no me esperaba ser subcampeón, fue un día inolvidable. Soy joven, estoy empezando, así que tengo margen de mejora”, asegura el atleta, tímido con personalidad y musulmán practicante que resalta la importancia de la fe cuando corre. “Antes de cada prueba le dedico un momento a la oración, le pido a Dios que todo me salga bien”, dice Ouhdadi, quien también confiesa que su gasolina para competir son los dátiles: “Tomo unos diez antes de cada carrera, me dan energía”.

Un fruto que no le faltó en la mochila para afrontar en junio su primer campeonato continental. Sobre el tartán polaco de Bydgoszcz, el catalán volvió a ofrecer un gran rendimiento con dos medallas. “Las sensaciones fueron buenas, me quedo con el bronce del 1.500 porque peleé bien con tres rusos e hice marca personal. Y el 5.000, pese a la plata, no me salió bien, fuimos muy lentos, me puse primero y a falta de 80 metros me adelantó el ruso -Aleksandr Kostin-. El Europeo no era el objetivo principal, estaba a un 65% de mi nivel, para Tokio llego mucho mejor, con un trabajo específico y después de afinar cada detalle”, añade.

El fondista español, de 26 años, asegura que suele ver vídeos de leyendas como el marroquí Hicham El Guerrouj, “del que me gustaría tener su rapidez, sacrificio y constancia” y del keniata Eliud Kipchoge, “otro de mis referentes, me encanta la mentalidad que tiene y la manera de tomarse las cosas a rajatabla”. Esta temporada se mudó al Centro de Alto Rendimiento de San Cugat, donde ha dado un salto de calidad a las órdenes de Benito Ojeda, y también se ha preparado con alguna concentración en altura en Sierra Nevada para llegar en las mejores condiciones a Tokio, donde doblará y competirá tanto en 1.500 como en 5.000 metros.

“Soy subcampeón del mundo y de Europa, los rivales se van a fijar un poco más en mí, eso conlleva más presión, pero me centro en mi trabajo y en darlo todo en la pista. El atleta a batir será el australiano Jaryd Clifford, pero habrá que vigilar a otros, como un par de marroquíes, rusos y un canadiense. La estrategia será la de aguantar en el medio y apretar en las dos últimas vueltas, aunque tomaré decisiones en función de cómo vea a los demás. Ganará el que esté mentalmente más fuerte y tenga un final rápido. Me veo fuerte, voy a pelear por el oro, ese es el objetivo por el que he trabajado tan duro, pero sí no puede ser, al menos hay que estar entre los tres primeros. Sueño con ganar una medalla”, admite con una ambición sin barreras.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Yassine Ouhdadi

Isa López, sangre azteca y garra española en la cancha

Hace algo más de cinco años, cuando Abraham Carrión, el catalizador de la mejor época del baloncesto femenino en silla de ruedas, le propuso solicitar la nacionalidad para jugar con el combinado nacional, Isa López apenas se lo pensó. Acumulaba un gran bagaje con México, pero tenía decidido que desde entonces la bandera a la que honraría sobre el parqué sería la de España, a pesar de renunciar durante un largo periodo a competir. Un lustro después, la ala-pívot de sangre azteca será una ‘guerrera’ española más en los Juegos Paralímpicos de Tokio. Se ha ganado una plaza a base de empeño, constancia y sacrificio.

“Tanto tiempo entrenando con ellas y quedándome en casa viéndolas jugar a través del ordenador fue duro, pero ha merecido la pena porque la recompensa ha llegado. Estoy muy feliz”, confiesa. Sus huellas comienzan en Guadalajara, cuna del mariachi y del tequila, sede cultural y turística de México, y también la tierra de uno de los carteles más poderosos, el de Jalisco Nueva Generación. Su infancia la pasó entre quirófanos y visitas a médicos. Y en su tiempo libre jugaba al fútbol en la calle y también en la escuela, hasta que el equipo de su colegio la excluyó por su discapacidad.

“No querían asumir riesgos. Me gustaban los deportes, pero apenas pude practicarlos de niña por el problema que tenía. Nací con pie equinovaro bilateral, una malformación congénita. Sin hueso en la pierna izquierda, con un acortamiento de la tibia y el peroné, además de tener el pie al revés. Desde los seis meses hasta los 15 años me operaron 14 veces”, relata. Sin saberlo, las canastas iban a marcar su destino. Un día, una vecina suya que jugaba al baloncesto en silla llamó a su puerta y la invitó a probar en el equipo de los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara.

“No tenía ni idea de que existía el deporte adaptado. Al principio era reacia a sentarme en una silla porque no quería asumir que tenía una discapacidad, yo siempre les decía a todos que podía correr o hacer otras cosas como cualquier niña. Pero me enganchó y lo que empezó como un hobby se convirtió en un modo de vida”, recalca. Su estatura, envergadura y movimientos llamaban la atención. El salto de calidad no tardó en llegar, pese a su bisoñez ya era una perla. Ganó cuatro títulos consecutivos en los Juegos Nacionales y la selección mexicana la reclutó. Con la tricolor disputó mundiales, dos Juegos Parapanamericanos, varias Copas de América -logró el oro en 2010- y los Juegos Paralímpicos de Londres 2012.

La segunda oportunidad con el baloncesto

En 2013 aterrizó en España acompañando a su marido, Lalo Prieto, también jugador de baloncesto y que acababa de fichar por el Fundación Grupo Norte. Tenía entonces 21 años y le pidió a José Antonio de Castro, entrenador del equipo vallisoletano, que la dejase entrenar para mantenerse en forma. “Él fue muy sincero, me dijo que la plantilla estaba cerrada, pero le demostré lo que sabía hacer. A mitad de temporada me hicieron la ficha, pero apenas jugué minutos y me fui un año al Orto Tres Cruces de Zamora, de Primera División, donde asumí más responsabilidades”, explica.

Tras ese año de transición pasó cuatro cursos en el club de Valladolid en División de Honor. “Jugar en la mejor Liga del mundo y disputar competición europea me hizo crecer, gracias a ello soy quien soy. He compartido pista con grandes de este deporte, me he enfrentado a los mejores y he aprendido habilidades y otros recursos de esos jugadores de talla internacional”, apunta. A su lado ha tenido a un buen maestro, su esposo Lalo, del que ha absorbido como una esponja casi todo lo que sabe. “Es uno de mis referentes, es muy inteligente, sabe medir bien los espacios y es un buen tirador. Esas cosas se las he copiado”, asevera.

La pasada temporada tomaron una decisión difícil, él se marchó al Hyères de Francia y ella al UCAM de Murcia para enrolarse en el proyecto de la incombustible Sonia Ruiz. El próximo curso jugarán juntos en la ciudad murciana. “Separarnos fue duro, pero queríamos retos ambiciosos. Me encantó lo que me propusieron, era una gran oportunidad para mejorar y abrirme paso en la selección española. Lo que más me motivó e impulsó fue que iba a tener a mi lado a compañeras como Lourdes Ortega, Vicky Alonso, Beatriz Zudaire y Sonia”, comenta. En su primer año en tierras murcianas ha logrado el ascenso a División de Honor.

Desde 2015 lleva entrenando con el combinado español para entrar en la dinámica de grupo, aunque sin jugar partidos. La espera se le ha hecho eterna. “He seguido todas las competiciones de España, he sufrido como una más, sentía ansiedad y ganas de estar en la cancha, pero lo único que podía hacer era animar. Era duro, me sentía como si a un león le ponen un trozo de carne y le privan de comérselo. Pero así lo había decidido cuando viajé a México y hablé con mis padres, mis grandes apoyos, que me animaron a dar el paso. Cerré un ciclo con mi país natal, nunca olvidaré mis raíces, pero sentía la necesidad de defender la camiseta de España. Aquí me siento como en casa, en familia, me han dado cariño y afecto, llevo a esta tierra en el corazón”, indica.

En noviembre de 2019 le llegó la nacionalidad y cuando estaba a punto de alcanzar el último peldaño para estrenarse con la selección, la pandemia de coronavirus frenó sus aspiraciones. “Me invitaron a comer, pero el filete seguía ahí encima de la mesa. Estoy hambrienta por jugar con este equipo”, dice riendo. “Cuento las horas para disputar ese primer partido en los Juegos (China), se me pone la piel chinita cuando pienso en ello. Han sido cinco años de espera y el último fue agónico. En mi cabeza solo tenía el mismo pensamiento, ganarme un puesto con entrega y con el orgullo de ser española”, añade.

Abraham Carrión se congratula por disponer de una ‘guerrera’ con sus características, que le dará un plus al equipo. “Lo primero que destaco es su grado de compromiso, trabajo e ilusión, ha estado más de cuatro años entrenando con nosotros sabiendo que no podía jugar. Ha hipotecado su tiempo persiguiendo un sueño que sabía que era a muy largo plazo, eso dice mucho de su entrega y sacrificio. En pista es una jugadora con capacidad para defender y atacar gracias a su potente físico, puede anotar desde fuera y dentro, con mucha garra y corazón, competitiva y comprometida con el grupo, hace mejor a sus compañeras. Es un lujo contar con ella”, detalla el técnico jerezano.

Para ‘The Killer López’, como le ha bautizado Sonia Ruiz, los de Tokio serán sus segundos Juegos Paralímpicos. Llegó sin hacer ruido a la selección, tanto que solo un par de compañeras sabían que ya había estado en Londres 2012, nunca quiso ponerles los dientes largos. “Era nueva y en el vestuario hablaban del sueño de ir a unos Juegos, aspiraban a ello, pero preferí ser prudente y callármelo. Cuando ya lo supieron, les dije que es lo mejor que le puede pasar a un deportista. Todo el esfuerzo, el cansancio, las lesiones o frustraciones quedan tan chiquitos cuando llegas a un evento así. A Tokio llego con más madurez y con ganas de aportar lo que sé para que España alcance su objetivo. Somos soñadoras y vamos a pelear por las medallas”, remata la hispanomexicana.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Isa López

Adrián Mosquera, un canoísta indomable forjado en las Rías Baixas

A veces es necesario tocar fondo para resurgir con fuerza, cual ave Fénix. El piragüista Adrián Mosquera es símbolo de resiliencia, posee esa capacidad para renacer de situaciones adversas y salir adelante reforzado. La recompensa a su trabajo en el kayak no llegaba y las puertas de los Juegos Paralímpicos se le cerraron en 2019. Tras superar el desaliento inicial, con espíritu indomable y combativo se lanzó a por un nuevo objetivo en la canoa, embarcación con la que ha formado un binomio que se acerca a la perfección. Lo demostró en mayo en la Copa del Mundo de Szeged (Hungría), donde agarró el billete para Tokio y lo adornó con un oro, la primera medalla internacional de su carrera.

El canoísta forjado en las Rías Baixas quiere ahora estirar su buen momento y pelear por subir al podio en la categoría VL3 200 metros en el Canal Sea Forest de la capital japonesa. Al palista de Rianxo (A Coruña) le motivan los retos, desde que era pequeño está acostumbrado a lidiar con montañas altas. El primer obstáculo lo sorteó con 12 años cuando fue arrollado por un camión mientras cruzaba por un paso de peatones. “Me dirigía a un entrenamiento de remo, que lo compaginaba con el equipo de fútbol de mi pueblo, cuando me atropelló. La rueda me pasó por encima de la pierna derecha”, relata.

Los médicos intentaron salvarla, pero las heridas eran muy graves y tuvieron que amputar por encima de la rodilla ya que corría el riesgo de que una infección le afectase al resto del cuerpo. “Lo llevé bien, sin amargura, no era consciente de lo que ocurría porque era un niño. Lo que me ayudó a superarlo rápido fue que mi familia y mis amigos siempre me dejaron vía libre para hacer las cosas por mis propios medios”, asegura. En el hospital empezó la hercúlea prueba que le cambió la vida. Durante ocho meses la silla de ruedas fue su compañera para desplazarse hasta que aprendió de nuevo a caminar, proceso en el que el deporte fue clave en su rehabilitación.

“Me quedé en los huesos, estaba muy débil, pero no me hundí, iba mañana y tarde al gimnasio para ganar masa muscular y volver a andar. Cuando ya me movía con la prótesis, retomé el fútbol, aunque esta vez solo jugaba de portero. Y un día, en 2013, mi primo me dijo que me apuntase a una escuela de verano de piragüismo. Fui un año al club de Rianxo, pero cerró por problemas económicos”, cuenta. Mosquera encontró una alternativa en el club de la localidad vecina de Boiro y allí, con una piragua sobre el mar de las Rías Baixas en ocasiones tranquilo y a veces embravecido, avivó su pasión por este deporte.

El técnico Luis Ourille le enseñó la técnica, lo moldeó y se convirtió en un pilar. “La alianza con mi entrenador es fantástica, la confianza mutua que tenemos es fundamental en mi rendimiento. Apenas teníamos información del paracanoe, solo sabíamos que Javier Reja estaba ganando medallas en mundiales”, explica. El bronce que ganó en la Copa de España de 2015 en Verducido (Pontevedra) le animó a tomárselo más en serio. Palada a palada fue progresando y metiéndose en finales en europeos y en mundiales.

El cambio de kayak a canoa

Para los Juegos de Río de Janeiro 2016 aún estaba muy verde y en su cabeza solo tenía Tokio 2020. Se puso manos a la obra, redobló esfuerzos y horas de entrenamientos, pero tras el Mundial de 2019 quedó anímicamente tocado y frustrado porque los resultados no acompañaban. “Era duro porque lo daba todo y la recompensa no llegaba, mi compañero Juan Antonio Valle me lo puso muy difícil en KL3 y logró la plaza para los Juegos Paralímpicos”, comenta. Aquello le empujó a cambiar de barco y, pese a ir a contrarreloj, conectó rápido con la canoa.

Le ayudó su perseverancia, tozudez, valentía y las horas visualizando vídeos de canoístas: “La clave de mi progresión está en que soy buen observador y un fanático del piragüismo. Me empapé viendo muchas regatas para analizar la técnica de los palistas, eso me facilitó la transición. Me fijé e intenté copiar los movimientos de Adrián Sieiro y de Sete Benavides, por el cual siento debilidad por cómo desliza la embarcación en el agua y por el tacto que tiene con la pala y la cadera”. Y el vuelco no pudo ser más radical, pasó de luchar por meterse en finales a conquistar la presea dorada en la Copa del Mundo de Szeged.

En el agua del canal magiar clavó con ímpetu y descaro la hoja de su pala para volar y alcanzar una de las tres últimas plazas disponibles en VL3 200 metros para los Juegos Paralímpicos. “Cuando crucé la línea de meta vi mi proa ligeramente por delante de la de los demás, pero tuve varios minutos de angustia porque no sabía en qué puesto había quedado. Confié en lo que habíamos entrenado y salió bien”, subraya. Y para completar la gesta se colgó el oro, su primera presea internacional. “Es una medalla que lleva mucho sacrificio y supone una liberación, la tenía entre ceja y ceja desde que empecé mi carrera, me quité una espinita”, añade el coruñés, que en junio ganó la plata en el Europeo de Poznan (Polonia).

“Si me lo hubieran dicho el año pasado no me lo habría creído”, dice. Sin tregua, en compañía de su entrenador y de los técnicos de la selección española pergeñó un plan de trabajo que tiene un objetivo: pelear por una medalla paralímpica. “Estar en unos Juegos es un sueño, los afronto con ilusión y sin presión. Los quiero vivir a tope y disfrutar la experiencia porque no sé si podré repetir alguna vez más en mi carrera. Las sensaciones son muy buenas, así que, ¿por qué no subir al podio?”, recalca.

Llega a la Bahía de Tokio henchido de fe y consciente de que puede hacerles frente a los favoritos. “Hay muchos palistas que estamos en los mismos segundos, pero tengo a rivales que me sacan ventaja en cuanto a musculatura. La fuerza te permite rascar décimas y en ese aspecto, a pesar de que he ganado peso, puedo salir perjudicado si hay viento. Lo contrarresto con la excelencia de la técnica, con la forma de deslizar la canoa. Si cumplo con mi estrategia, una salida explosiva y mantener un ritmo alto, sé que puedo estar en el podio. Soy ambicioso y si no fuese a por la medalla me quedaba en casa, quiero ganar”, apostilla Adrián Mosquera.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Adrián Mosquera

La carabina de Juan Saavedra apunta con precisión a las medallas

Juan Antonio Saavedra lleva toda una vida dedicada al tiro olímpico, 30 años ajustando su carabina y apretando el gatillo para clavar la bala en un diámetro de 10 milímetros en un blanco situado a 50 metros. “Es como darle al centro de una moneda de un céntimo”, puntualiza. Con el poso que da la experiencia, motivado y tras un curso cargado de buenos resultados llega a Tokio, donde disputará sus quintos Juegos Paralímpicos. Ya logró una plata en Londres 2012 y en su mirilla tiene fijada la medalla. “Estoy en el mejor momento de mi carrera, el oro lo veo al alcance”, asegura.

El tirador pontevedrés fue el primer español en sellar su pasaporte para la cita en la capital japonesa. Lo hizo hace tres años tras ganar el oro en la Copa del Mundo de Francia: “Un poco más y me caduca la plaza -ríe-. Lograrlo tan pronto no me relajó, al contrario, seguí preparándome a tope. Al tener tanto tiempo me ha permitido realizar simulacros para evaluar qué cosas debía corregir”. Su nivel ha crecido pese a que en el Mundial de 2019 no pudo meterse en las finales por un fallo mecánico. “Estaba en una etapa excelente, quedé segundo en la calificación, pero al día siguiente se me rompió un tornillo de la mira delantera y no me di cuenta. Prefiero que me pase en un Mundial y no en Tokio”, explica.

Saavedra, que tiene amputado parte de su brazo izquierdo tras padecer un cáncer con 15 años, ha dado un gran salto de calidad en los últimos tres años y mucho han influido los conocimientos y la ayuda del israelí Guy Starik, “una leyenda y uno de los mejores entrenadores que hay a día de hoy. Asimilé varios cambios, he ganado en confianza y en seguridad, he mejorado la rutina del tiro, he aprendido a controlar la competición y a estar preparado ante cualquier inclemencia meteorológica”.

Pese a que la pandemia del coronavirus le privó de competir en 2020, el tirador mantuvo su fiabilidad con la carabina, logrando incluso el récord de España en 50 metros libre tendido R6 (625,7 puntos), modalidad en la que este curso conquistó la presea dorada en la Copa del Mundo de Al Ain (Emiratos Árabes Unidos) y se quedó a las puertas del podio con un cuarto puesto en la Copa del Mundo de Lima (Perú).

Una vez más ha tenido que estirar los días al máximo para poder compaginar el deporte con su trabajo en una consultora energética. “Al no obtener buenos resultados en el Mundial me quedé sin ayudas, aunque no es la primera vez que afronto unos Juegos en estas circunstancias. Sí que me gustaría dedicarme ‘full time’ al tiro, pero es imposible, todo sale de mi bolsillo y tiene muchos costes, la munición, los viajes y las carabinas son caras”, comenta. Y tampoco cuenta con unas infraestructuras decentes para sacarle más provecho a su potencial. Entrena en condiciones “complicadas” en el campo de tiro de Cernadiñas Novas (Pontevedra).

“Es una galería descubierta, en verano hace mucho calor y en invierno nos congelamos de frío. Al menos ahora puedo entrenar con blancos electrónicos, ya que hasta hace poco lo hacía con dianas de papel. La diferencia es abismal ya que a través de una pantalla conozco al momento la puntuación y cualquier información precisa que necesite. Además, las galerías para competir son indoor, en las que cambia la luz y me cuesta adaptarme porque el ojo no lo tengo acostumbrado a tirar en esas condiciones”, lamenta.

Cada día realiza entrenamientos de tiro en seco en casa con un simulador y cuando la economía se lo permite recorre en coche 1.400 kilómetros entre ida y vuelta para disparar en las instalaciones de Logroño. “A eso le añades el alojamiento, la comida y se va una pasta, pero es lo que hay”, sostiene. Pese a los obstáculos, a sus 47 años continúa en la élite de un deporte al que se enganchó poco después de perder parte del brazo izquierdo por un cáncer. “Lo asumí rápido, no te queda otra elección que mirar hacia adelante”, añade.

“Luchas contra ti mismo y te ayuda a enfrentarte a tus miedos, es un deporte de superación constante en el que buscas la perfección, algo que no existe, pero que se convierte en casi una obsesión. Aprendes a competir bajo estrés y con mucha tensión y a mí me sirve para aplicarlo en mi día a día”, asevera. En Tokio, el gallego afronta otro desafío titánico en una disciplina en la que la concentración debe ser máxima. “Trato de controlar las rutinas técnicas, la luz o el viento, que influye mucho. El tiro es un análisis continuo, un deporte con mucho cálculo mental. Si sopla aire o llueve, la bala se desvía y ello obliga a compensar, tienes que ser fuerte psicológicamente para engañar al cerebro, ya que en lugar de tirar al diez lo hago al nueve o al ocho para que vaya a ese diez. Son trucos que se adquieren con el tiempo y la experiencia”.

Ya subió al podio con una plata en Londres 2012, fue cuarto en Atenas 2004 y también estuvo en Sídney 2000, donde coincidió con su hermano Pablo, que era nadador. Ahora, en sus quintos Juegos el objetivo es cazar la medalla y quitarse la espinita clavada de Río de Janeiro 2016, donde no accedió a las finales. Participará en carabina de aire tendido 10 metros R3 y en carabina libre tendido 50 metros R6: “Voy con ilusión al 100% para meterme en la final y conseguir el oro. He subido el nivel como tirador, me siento muy fuerte y en el mejor momento de mi carrera, así que me veo con muchas opciones de pelear por las medallas”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Juan Saavedra

Carlos Martínez, el pícaro nadador que desafía a la competición

 

 

Lleva desde que era un crío aguantando horas y horas en la piscina, de una pared a otra, dando brazadas en silencio. Con 21 años, Carlos Martínez se ha convertido en uno de los mejores del mundo, pese a mantener una relación de amor y odio con la natación. Es un nadador que rompe los moldes establecidos, aunque suene irónico, no le gusta su deporte. Lo que le diferencia es ese apetito voraz cuando le toca medirse a sus rivales, en la competición se siente en su salsa, disfruta y se crece aportando un extra de autoexigencia. Eso le ha llevado a Tokio, a sus primeros Juegos Paralímpicos. Y avisa: “La puedo liar, voy a pelear por la medalla”.

Ese gracejo, punto pícaro, desparpajo y alma rebelde le ha acompañado desde pequeño, pisando con garbo allá por dónde va. Así ha ido superando cada obstáculo, nada ha refrenado su espíritu vívido y las ganas de comerse el mundo. Con cinco años la vida ya le puso a prueba cuando le amputaron el brazo derecho tras un accidente de tráfico. “Iba a un campamento de verano cuando el autobús en el que viajaba se saltó un stop y otro nos colisionó, haciéndonos volcar. Fui el único afectado grave. Intentaron salvarme el brazo, pero tenía pocas probabilidades de éxito y podía correr peligro, así que tomaron la mejor decisión”, cuenta.

Con esa edad no era consciente de lo que le había ocurrido, él solo era un niño inquieto con ganas de divertirse. Pese a ser diestro se adaptó y aprendió rápido a manejar la mano izquierda. “Al principio pensaba que algún día me crecería otra vez la mano -ríe-. Nunca me volví tímido o me encerré en mí mismo, al contrario, los médicos se sorprendieron por mi reacción, a los dos días ya estaba correteando por los pasillos del hospital. Nadie me trató de forma diferente y eso me ayudó a no sentirme distinto ni a tener complejos. Alguna vez llegué a preguntarme por qué me tocó a mí, pero jamás lo pasé mal. Fui uno más entre mis amigos, incluso con las chicas me ha ido bien, eso me quitó inseguridades y me forjó en lo que hoy en día soy”, confiesa.

El deporte le acompañó en su crecimiento, jugaba al tenis, practicaba kárate, montaba a caballo y nadaba, pero su pasión era el fútbol, con la pelota en los pies destacaba en el patio de su colegio en Pozuelo de Alarcón (Madrid). Con seis años se tiró a la piscina por prescripción médica para combatir los dolores de espalda. A veces lo hacía con desgana y a regañadientes, pero la rehabilitación acuática le venía bien. Su descubridor, Darío Carreras, intuyó que tenía cualidades y les preguntó a sus padres si le dejaban a su hijo en sus manos.

“Tenía nueve años y yo no quería, nadar no me gusta, siempre lo he dicho. No tengo la mejor fisiología para ser nadador, tampoco flexibilidad y mi envergadura es muy justa. Lo que sí tengo es un corazón muy grande, un cuerpo que asimila bien los entrenamientos, me encanta competir y la presión, esa es mi virtud. Con el tiempo supe buscar estímulos para motivarme, como ir con la selección española a campeonatos internacionales, vivir como un deportista, viajar o conocer a gente. A pesar de no ser mi deporte favorito, sí me lo paso bien compitiendo”, recalca el madrileño.

En sus primeros años en la piscina se lo tomó con displicencia, seguía volcándose más con el fútbol. Hasta que, en 2015, una charla con su entrenador y un rapapolvo que se llevó del balear Xavi Torres (16 medallas en Juegos Paralímpicos), seleccionador de las jóvenes promesas de la natación, le pusieron los pies en la tierra. “Estaba en el limbo, tenía pajaritos en la cabeza y ambos me convencieron para dedicarme de pleno a la natación, les estaré agradecido de por vida. Darío es el gran artífice de que yo esté nadando y Xavi hizo que cambiara el chip. A partir de ahí me lo tomé en serio y en mi primera experiencia internacional, en los Juegos Europeos para Jóvenes de Varazdin (Croacia), gané cuatro oros y dos bronces”, recuerda.

De ahí llegó al Europeo de Funchal (Portugal), donde fue quinto, y en 2017 dio el paso definitivo tras instalarse en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. Ese año acudió al Mundial de México y en las temporadas siguientes alcanzó sus mejores logros, un bronce en el Europeo de Dublín 2018, un quinto puesto en el Mundial de Londres 2019 y este curso ha conseguido una plata en 200 estilos SM8 en el campeonato continental de mayo en Madeira, además de batir el récord del mundo en 400 estilos (5:19.86).

“He evolucionado mucho, hay más implicación y responsabilidad por mi parte, adquirí unos hábitos y rutinas para cuidarme fuera del agua, estoy más centrado y con expectativas altas. Voy a más y puedo dar el bombazo”, insiste. Para ir a los Juegos de Tokio, la mínima que le exigían era su mejor marca personal (2:31.08) y el de Pozuelo la dejó en 2:29.02. Martínez está hecho de una pasta especial, de un material que solo revela su naturaleza cuando está en competición. “En los momentos claves saco un plus de ambición que poca gente tiene. No todo el mundo compite igual bajo presión, yo suelo crecerme”, añade.

A la cita de Japón aterriza con más madurez, cargado de confianza y motivación, siendo cuarto en el ranking mundial en su prueba, los 200 estilos. “He sabido valorar y saborear cada etapa del camino hacia esta cima que veía tan lejos hace cinco años. Voy con ilusión, respeto y con responsabilidad, ya que cuando me tire al agua representaré a mucha gente que me ha ido empujando, mi familia, los amigos o mis entrenadores Darío Carreras, Carlos Salvador, Paco Ocete, Xavi Torres y Laureano Gil, otra persona clave en mi carrera. Si tengo un 30% de ganar medalla, me dejaré los huevos y el alma para que suba a un 50 o a un 60%. Voy a poner toda la carne en el asador para estar en el podio, sería la hostia. No intentarlo sí sería un fracaso”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Carlos Martínez

Judith Núñez, huesos de cristal, pasión y mentalidad de hierro

La primera fractura ósea se la hizo con pocos meses de vida. A sus 35 años, Judith Núñez carga en su mochila con más de un centenar de roturas y 23 operaciones quirúrgicas. Desde que era un bebé tenía que medir de forma minuciosa y con cuidado cada movimiento físico para no lesionarse. Padece osteogénesis imperfecta, conocida como la enfermedad de los huesos de cristal, que nunca fue óbice para disfrutar de su pasión. Lleva dos décadas desafiando a su cuerpo con el baloncesto en silla de ruedas pese a la amenaza que se le cierne en cada acción de juego.

En la cancha no hay rastro de esa fragilidad y aflora su valentía, optimismo y mentalidad de hierro. Con esas cualidades por bandera ha llegado lejos en el deporte de la canasta, siendo más de 90 veces internacional con la selección española. Después de vivir los años de penurias del basket femenino, la burgalesa saborea la mejor etapa del combinado nacional, que en Tokio competirá en unos Juegos Paralímpicos 29 años después. Y entre las 12 ‘guerreras’ de Abraham Carrión está Judith, bajita de estatura (1.35 metros), pero gigantesca en ingenio, talento y valentía.

El veneno del baloncesto se lo inoculó su padre, Ricardo Núñez, quien disputó los Juegos de Seúl’88 y luego, como atleta en silla estuvo en Barcelona’92. “Ambos tenemos la misma enfermedad, es un trastorno congénito producido por la falta de colágeno que causa lesiones con mucha facilidad. Estoy soldada por muchos sitios, con tubos de hierro hidráulicos que han crecido conmigo para evitar malformaciones. De pequeña intenté caminar, pero me caía constantemente y me fracturaba huesos, le cogí miedo y al final acepté ir en silla”, cuenta.

Durante su infancia, apenas podía hacer cosas propias de la niñez, los médicos le recomendaron natación, pero a ella le aburría nadar. Su padre, campeón de España en todas las distancias y con más de 200 maratones a sus espaldas, intentó también que su hija probase el atletismo. “Duré 10 minutos, no me gustaba correr. Pese a las prohibiciones de los médicos, elegí el baloncesto con 11 años. No querían que practicara un deporte de contacto, me decían que estuviese quieta, pero me rebelé porque me rompía más en casa poniéndome un zapato o realizando cualquier otra cosa. Así que, si tenía que lesionarme, prefería que fuese haciendo lo que más me gustaba”, recalca.

36 segundos y a la selección española

Empezó a jugar en Granollers, donde vivía con su familia, en una escuela del UNES. “Pese a las caídas y a los impactos duros, mi madre me vio la cara de felicidad y le fue imposible decirme que no. Me dijo: ‘Bueno, nos tocará sufrir un poco más’. Se lo debo todo porque siempre me apoyó pese a los riesgos que tenía”, afirma. Pasó tres años entrenando sola en una esquina del pabellón, al margen del primer equipo, porque la consideraban un peligro en pista. “Hacía de recogepelotas y no me querían dar la licencia por miedo a que me hiciera daño. Al final, un hombre les convenció y jugué 36 segundos en el último partido de liga”, recuerda.

Menos de un minuto en su debut fue suficiente para que el técnico nacional por entonces, Juan Bedia, la reclutara para la selección española. “Tenía 15 años y no me lo creía. Éramos 13 jugadoras en la concentración y una se quedaba fuera para el Europeo en Hamburgo. Lloré por la chica a la que no convocaron, le pregunté al seleccionador si estaba seguro de lo que hacía, yo no tenía ninguna experiencia”, rememora. En Judith vio esa osadía e inteligencia que fue cultivando con el paso de los años. “En la pista no mido cuando voy al choque ni miro si mi rival es físicamente superior. En ese campeonato, ante Holanda me rompí la pelvis por proteger a Sonia Ruiz, pero así soy yo, siempre lo doy todo”, añade.

La escolta-alero ha sido una trotamundos, pasando por numerosos equipos de Cataluña. Estuvo 16 años en el UNES Sant Feliu (FC Barcelona), un año cedida en el CEM L’Hospitalet, luego en Sant Nicolau Sabadell BCR (después llamado CE Global Basket), Válida Sin Barreras CB Mifas y actualmente en el Joventut BCR. Y durante algunas temporadas se dio una circunstancia poco habitual, ya que compartió cancha con su padre. “Ha sido mi referente, un espejo. He jugado junto a él y como rival le daba mucha caña, en la pista no conozco a nadie. Todavía juega, lo hace en la Liga Catalana con Granollers, equipo en el que soy la entrenadora. Al ser un campeonato inclusivo, también están mi hermano y mi pareja. Los tengo que aguantar, pero me hacen caso a lo que les digo, saben que soy la jefa”, dice riendo.

Su juego ha ido evolucionando con el paso de los años, la veteranía y su enfermedad han sido condicionantes. Es de esas jugadoras que cometen pocos errores, con capacidad de pase, tiro exterior y que aporta tranquilidad. “Mi cuerpo ya no me hace todo el caso que quiero, lleva unos años en huelga, así que lo suplo con inteligencia para moverme por la pista y mantengo la calma para leer bien las jugadas”, señala. Un accidente de tráfico en 2018, que le provocó una microfisura dorsal, le hizo perderse el primer Mundial de España en 24 años. Pero pudo quitarse esa espinita en el Europeo de Rotterdam en 2019, donde la selección logró la anhelada clasificación para unos Juegos Paralímpicos.

“Nos lo merecemos por tantas guerras libradas y por años nadando a contracorriente. Hemos derramado muchas lágrimas por el camino, nosotras jugábamos por pasión, no teníamos ayudas, íbamos a torneos después de hacer concentraciones que pagábamos de nuestros bolsillos, quedándonos en casa de alguna compañera y durmiendo en colchones, en sofás o en el suelo. Hoy descansamos en un hotel y hasta tenemos nutricionista y psicólogo. Nunca habíamos llegado tan lejos antes porque no nos enseñaron a prepararnos bien ni a creer en nosotras. Cuando cambiamos esa mentalidad y pensamos que podíamos ganar a las potencias, ahí cambió todo. Hemos demostrado de lo que somos capaces”, precisa.

España afronta el momento más deseado, los Juegos de Tokio, en los que tendrá que medirse en el grupo B a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. “Las holandesas están un nivel por encima del resto, a las estadounidenses se lo pusimos difícil en el Mundial, mientras que las otras rivales son asequibles. Tenemos armas suficientes para combatir, jugadoras altas y físicamente fuertes, con buen tiro exterior, bases inteligentes y un grupo de hormigas que trabajamos duro. Podemos soñar por lo máximo, vamos a pelear la medalla. Y en lo personal, quiero disfrutarlos porque posiblemente serán los únicos que voy a vivir. Seguiré hasta que no pueda más, pero los Juegos serían un buen momento para cerrar un ciclo”, destaca.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Judith Núñez

Álex Vidal, el triunfo de la porfía dentro y fuera del tapiz

La primera vez que Álex Vidal pisó el tapiz del club Natural Sport Ribeira (La Coruña) le dieron “una paliza”. Pero se había quedado tan prendado del taekwondo, entre otras cosas, porque le trataron como a uno más, que al día siguiente volvió a desafiar a sus compañeros. Durante dos décadas, con tenacidad y a golpe de puños y patadas ha construido una carrera reluciente con cuatro títulos mundiales y europeos en categoría K43 -61 kilos. A sus 39 años, al gallego le llega la oportunidad que tanto ansiaba, participar en unos Juegos Paralímpicos.

El sueño casi se hace añicos en abril tras romperse el cruzado anterior de la rodilla derecha en un combate de preparación ante el francés Bopha Kong. No había tiempo para pasar por el quirófano, solo quedaba apostar por un tratamiento conservador, fortalecer la pierna y tirar de experiencia, porfía y perseverancia para estar en la cita japonesa. “Fue mala suerte, me sentía genial y llegó la lesión. Después de tantos años de lucha, no podía perdérmelo, tenía que llegar como sea, estar en Tokio es el broche perfecto a mi trayectoria. El camino ha sido muy duro, una carrera de fondo en la que he tenido que sortear muchos obstáculos, pero ha merecido la pena”, apunta.

La primera barrera la tuvo que superar con apenas nueve meses de vida, cuando le diagnosticaron poliorradiculoneuritis por una enfermedad vírica. Las altas fiebres le afectaron a la médula espinal en la zona cervical y se quedó con movilidad limitada en las extremidades superiores. “Las manos no puedo abrirlas ni cerrarlas y los brazos están laxos, solo puedo levantarlos unos 25 grados”, afirma.

Lejos de sobreprotegerlo, su familia y entorno le animaron a hacer lo mismo que el resto de niños. “Mis amigos siempre me pusieron retos para que me superara. Hubo un día con nueve años que me marcó, estaba jugando al escondite y había que saltar un muro. Me decían, ‘O subes o en la siguiente partida te la quedas tú’. Me rasgué los brazos y me hice sangre, pero lo conseguí. Al llegar a casa, mi madre lloraba mientras me limpiaba las heridas y me dijo: ‘Mañana vuelves a ir a jugar con esos niños’. Esa gente me ayudó a crecer”, relata el coruñés.

A los 18 años los médicos le dieron el alta y le aconsejaron que se apuntase a un gimnasio para ganar musculatura y mantener la escasa movilidad que tenía. Poco después vistió su primer dobok. “Pasaba muchas horas comiendo hierro con las pesas -ríe-. Y allí conocí a Juan Luis Martínez, que se convirtió en mi entrenador. Me invitó a una clase de taekwondo y me encantó. A los cuatro meses ya estaba compitiendo, pero los inicios fueron complicados, me zurraban de lo lindo. Lo mejor es que me trataron como si llevara con ellos toda la vida”, asevera.

Primer taekwondista español en los Juegos

Dos décadas después, Vidal se convertirá en el primer taekwondista español en competir en unos Juegos Paralímpicos. “He pasado momentos difíciles, como en 2016 cuando me operaron de la rodilla y no sabía si podría seguir al nivel de antes. Pero me recuperé y gané el Mundial, aquello fue el impulso necesario para afrontar el ciclo con confianza y ganas. O este año, con la rotura del cruzado de la rodilla. Fue un palo, aunque nunca me vine abajo, busqué soluciones para llegar lo más preparado posible. Es una gran responsabilidad porque represento a este deporte y también a mis compañeros Aythami Santana y Dalia Santiago, que se quedaron a las puertas de clasificarse”, subraya.

En Tokio tendrá que medirse a rivales de una categoría superior, K44 -61 kilos, que engloba a deportistas que tienen un brazo con movilidad plena y el otro amputado o con una parálisis. “Estoy en desventaja, pero no me quejo, nada me va a frenar, ni siquiera la lesión. No puedo defenderme igual que el resto, para los bloqueos uso más el cuerpo y los brazos los meto por delante. Tengo un tren inferior rápido y he desarrollado buenos reflejos, así que tiro de velocidad, esquivo los golpes, suelto la patada y trato de anticiparme”, cuenta Vidal, que desde el Europeo de 2019 no compite de manera oficial.

Para el ‘guerrero’ español, el mongol Bolor-Erdene Ganbat, el turco Mahmut Bozteke, el ruso Daniil Sidorov, el italiano Antonino Bossolo, el brasileño Nathan Torquato o el francés Kong serán rivales complicados, pero avisa: “Para ganarme tendrán que sudar. Nunca me he enfrentado a la mayoría de ellos, así que he hecho un trabajo específico estudiando por vídeo a cada uno para tratar de sorprenderles. Me he preparado duro para darlo todo en un solo día, quiero sacar todo mi potencial y si la rodilla se termina rompiendo, ya habrá tiempo de arreglarla, pero me voy a vaciar en el tapiz. Sé que es un reto grande, pero sí tengo suerte y muestro mi mejor versión, puedo lograrlo. Los sueños están para cumplirlos y espero ponerle la guinda al pastel con una medalla”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Álex Vidal

Jota García, una luz en la oscuridad entre brazadas, pedaleos y zancadas

Tumbado sobre la camilla del quirófano y bajo la blanca iluminación de las lámparas, Jota García le espetó a aquella amable doctora que le miraba con ternura, el último rostro que sus ojos contemplaron, que en unos años le vería por televisión compitiendo en unos Juegos Paralímpicos. Casi una década después bailando con la ceguera, esa frase profética se ha cumplido. “Sabía que el deporte me ayudaría a salir adelante”, recalca. Y no se equivocó. El triatlón se convirtió en el cimiento de su día a día. Con brazadas, pedaladas y zancadas encendió una nueva luz en su vida hasta erigirse en uno de los mejores del mundo. En Tokio, abrazado a Pedro Andújar, su guía, buscará una medalla. “Soñamos con el oro, aspiramos a lo máximo”, avisa.

Ese optimismo irredento viene en su ADN, un valor que ha ido cultivando desde pequeño, cuando le gustaba corretear y jugar al fútbol por las calles de Buitrago de Lozoya, a los pies de la Sierra de Guadarrama. Desde los siete años supo domar a la uveítis que le habían diagnosticado: “Es una enfermedad que afecta a la úvea, la que más vasos sanguíneos tiene y la que se encarga de transmitir la sangre al ojo. A veces tenía brotes inflamatorios que me producían bajada de visión, hasta que me quedé sin ver por el ojo izquierdo. Gracias a la educación que me inculcaron mis padres y que lo trataron con la mayor naturalidad posible, siempre lo afronté con sencillez, entereza y actitud positiva”.

Con 23 años sufrió otro revés, aunque esta vez al volante cuando un accidente de tráfico le dejó el brazo derecho en estado catastrófico. “Volqué en una rotonda y quedó triturado entre el techo del coche y el asfalto. Me trasladaron en helicóptero al hospital y estuve cinco días en coma, los médicos les dijeron a mis padres que si sabían rezar que lo hicieran. Estuvo a un hilo de que me lo amputasen, aunque al final lo salvaron, me quedó una cicatriz grande, pero recuperé la movilidad”, explica. Y como no hay dos sin tres, seis años después le llegó el golpe mayúsculo, la oscuridad llamó a su puerta. Paradojas de la vida, en esa época estaba terminando la carrera de Óptica y Optometría.

“Era vocacional, pero claro, no pude ejercerla, un óptico y optometrista ciego total causaría un poco de desconfianza en el paciente”, dice entre risas. No olvida las horas previas a la operación aquel 26 de diciembre de 2011: “Por la noche estuve viendo la película de ‘Torrente 4’ en casa con mi gente más cercana y al día siguiente me levanté tranquilo, sabía lo que me esperaba. Mis hermanos y mis padres me acompañaron y la cara de la doctora fue lo último que vi, ya no volvió a aparecer más la luz”, relata. Jota supo amortiguar cada golpe con tenacidad, nada le iba a borrar esa pícara sonrisa de su rostro. Pese a que tuvo algunos episodios duros en los que le costó salir de la habitación, su entorno y su fortaleza mental le dieron el empujón para pasar página rápido.

El triatlón, la tabla a la que se agarró

Y en cuanto le dieron alas echó a volar a través del triatlón, ese deporte para “súper mujeres y hombres” que un año antes le dejó prendado durante una prueba en su pueblo. “Se me quedó grabado a fuego y cuando todo se fundió a negro enfoqué mis esfuerzos para visualizar cómo hacer un triatlón siendo ciego. Fue la tabla a la que me agarré”, asegura. En 2013 el destino quiso que su bautismo fuese en casa, en Buitrago de Lozoya, junto a Fran Nieva, su primer guía. “Es uno de los momentos más bonitos de mi trayectoria. Yo era un analfabeto de este deporte y Fran me lo enseñó todo, fue el maestro ideal para hacer del triatlón un estilo de vida”, subraya.

Tras su debut ya no había forma de refrenarlo y los resultados llegaron, eso sí, no antes sin superar obstáculos y picar mucha piedra hasta alcanzar la cima. “No ha sido un camino fácil, he tenido que remar a contracorriente. La clave de mi evolución es que no me he saltado ningún paso para llegar tan lejos, no existen atajos ni varitas mágicas que te hagan subir de repente, solo trabajar, cumplir etapas y ser fiel a mi estilo disfrutando cada día”, añade. El salto cualitativo lo dio en 2017 y en los dos cursos siguientes obtuvo sus mayores logros con Ángel Salamanca como ‘lazarillo’. 2019 fue su mejor año, con un oro y un bronce en las Series Mundiales de Yokohama y Montreal, respectivamente, fue quinto en el Mundial y campeón de Europa en Valencia.

Sin embargo, decidió prescindir de su guía porque faltaba “esa conexión especial para formar un binomio total y que funcione a la perfección”. Ese ‘feeling’ lo encontró en Pedro Andújar en el año de la pandemia de la Covid-19. Él, su entrenador Nacho Jiménez y su compañero Luis Molina, con quien ha estado entrenando cada día, forman el ‘Jota Blind Team’. “Con Pedro encajé mejor, tenemos la misma filosofía, nos encanta lo que hacemos. Es muy exigente y a mí me viene genial tener al lado a una persona que me apriete porque eso repercute en mi rendimiento. Su inteligencia emocional sabe llevar mejor mi rabia o frustración cuando las cosas no salen”, comenta.

Al cartagenero, que figura entre los seis españoles más rápidos en distancia Ironman -bajando de las ocho horas- junto a ilustres como Javier Gómez Noya, Iván Raña o Eneko Llanos, le costó un par de noches aceptar el reto de ser los ojos del madrileño. “Cuando me lo propuso mi entrenador, Guillermo Olcina, la primera respuesta fue que no. No me veía capacitado para esa función por el miedo a afrontar algo diferente y por la responsabilidad que conlleva ser el guía de una persona ciega. Pero lo pensé fríamente y al final el proyecto era espectacular y me enganchó, así que no pude decir que no”, cuenta.

Un tándem exigente y competitivo

Se estrenaron en 2020 con una plata en la Copa del Mundo de Alhandra (Portugal) y esta temporada solo disputaron las Series Mundiales en Yokohama, con otra plata. “Aunque hemos competido poco, nos hemos acoplado muy bien como pareja, cada vez vamos a más, hemos experimentado una gran progresión, nos compenetramos muy bien. Jota me lo ha puesto fácil, tenemos una personalidad parecida, somos exigentes y competitivos, eso nos hace crecer como equipo. Vengo del ciclismo y es mi punto fuerte, donde mejor le puedo ayudar, pero estamos a un buen nivel en los tres segmentos”, afirma.

Ahora les llega un desafío de mayor envergadura, los Juegos Paralímpicos. “Físicamente estoy muy bien, tuve algún problema en el tendón de Aquiles y por prevención decidimos no acudir a algunas pruebas, pero ya estoy a tope. Tengo mayor capacidad de sufrimiento, más madurez, mentalmente fuerte, por tanto, las sensaciones son magníficas, estamos muy motivados. Somos bastante regulares en las tres disciplinas, la natación está siendo más fluida y en la bici y en la carrera a pie vamos más rápido. El circuito en el Parque Odaiba es muy clásico al sprint, lo tenemos bien estudiado”, tercia el madrileño.

En Tokio tendrán a duros rivales como el británico Dave Ellis, el español Héctor Catalá con Gustavo Rodríguez o el australiano Jonathan Goerlach. “Buscamos dar lo máximo, pensamos en una medalla, lo tenemos claro, pero todos quieren el mismo premio. Lo que más nos preocupa es que el día de la competición demos nuestra mejor versión y una vez cruzada la meta, quedarnos con la sensación de haberlo dado todo”, sostiene Andújar.

“No somos favoritos, pero estamos en la quiniela para subir al podio. Somos ambiciosos, vamos a pelear por el oro, soñamos con ello. Pedro y yo no sabemos entrenar para ir a por la plata o por el bronce, queremos la victoria, aunque la carrera nos pondrá en nuestro sitio. A los que pretendan ganarnos se lo vamos a poner muy difícil. Pase lo que pase, la mayor recompensa será mirar atrás y sentirse orgulloso y ver que hemos disfrutado del trayecto”, sentencia Jota, que espera dedicarle una medalla a Roque, su hijo recién nacido, a su mujer Gloria, “el motor de mi vida”, a sus familiares, amigos y a Thelos, la perra labradora que vela por su seguridad.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jota García

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Pedro Andújar

El inesperado sueño paralímpico de Eva Coronado

Cuando menos lo esperas, las oportunidades llegan. Eso le ha ocurrido a Eva Coronado, que pasó de la decepción al júbilo en solo unos días. Se había quedado a un segundo de la marca mínima para los Juegos Paralímpicos y sin hueco en la expedición española, pero una reasignación de plazas le daba in extremis el pasaporte para Tokio. “Es un regalo con el que ya no contaba, voy a disfrutar y a darlo todo en el agua”, asevera el último ‘fichaje’ de la natación, una de las jóvenes que viene despuntando con brío.

Tenía preparada las maletas para desconectar y pasar unos días de vacaciones en su pueblo, Cardenete (Cuenca), cuando le sonó el móvil. Al otro lado le preguntaron si estaba dispuesta a subirse al tren paralímpico ya en marcha. Cuando colgó, la emoción le embriagó. “No podía creerlo, estaba pensando en volver a la piscina en septiembre para preparar el siguiente ciclo con la vista puesta en París 2024. Es una sorpresa”, cuenta.

Sin tiempo para digerirlo, tocaba cambiar el equipaje y dirigirse a la burbuja de 15 días en el CAR de San Cugat de Barcelona antes de viajar a la capital tokiota. “Tras quedarme fuera de la lista oficial seguí entrenando, aunque con menor volumen, me mantuve activa, más centrada en el trabajo en seco. Confío en llegar a tope”, dice la valenciana, que con constancia y humildad se ha hecho un hueco entre las mejores del mundo en clase S14 para deportistas con discapacidad intelectual.

Con seis años sufrió en el colegio una crisis epiléptica que le dejó secuelas cognitivas, de equilibrio y de coordinación. “Tengo temblores en las manos, dislexia y me cuesta mucho el aprendizaje en los estudios”, apunta. Todo ello desaparece en la piscina, su hábitat desde los tres años, su antídoto para combatir cualquier problema. “Pasé años duros, en clase fui víctima de bullying, los niños se reían de mí, por eso el agua era el sitio dónde mejor estaba, era libre y me sentía igual que el resto. Me ayudó a aumentar la autoestima”, confiesa.

El hectómetro lo combinaba con travesías en el mar, compitiendo con gente sin discapacidad. En 2014 se proclamó campeona de aguas abiertas de la Comunidad Valenciana y aquello supuso un punto de inflexión porque allí conoció el mundo de la natación adaptada. David Román y Pilar Javaloyas -nadadora con 11 medallas paralímpicas- quedaron prendados de aquella joven tímida que se transformaba en cada brazada en la piscina del Club Aquatic Campanar.

“Ellos fueron los primeros que me tendieron la mano y luego todo vino rodado. En 2015 fui al Europeo para jóvenes en Croacia y gané cuatro oros y ese año me llevé también un bronce en el Mundial INAS de Ecuador”, cuenta la deportista del Club Ferca San José. Su mejor logro hasta la fecha es el bronce en 100 espalda que conquistó en el Europeo absoluto de Dublín en 2018. Esta temporada empezó muy fuerte, con marcas bastante buenas, pero a partir de febrero se estancó.

“No supe gestionar mi cabeza y no era capaz de llegar al objetivo, que era la mínima para Tokio, quedándome a un segundo en el 200 libre. Tenía mucha presión en cada competición y no avanzaba”, lamenta. En el Europeo de Funchal (Portugal) ganó un oro por relevos y se quedó hasta en tres ocasiones con la medalla de chocolate. “Si al menos hubiese bajado mis tiempos, pues estaría bien, pero me dejó un sabor agridulce porque se me escapó la oportunidad de ir a los Juegos. Fue un palo, aunque no quedaba otra que pasar página, resetear y pensar en los siguientes campeonatos”, añade.

Pero el destino ha querido recompensar su trabajo y dedicación con una plaza para sus primeros Juegos. “Es un premio que espero aprovechar al máximo. Deseo estar en la piscina, aprender de mis compañeros y rivales y vivir la experiencia de la mejor forma posible”, explica. Solo nadará el 200 libre, sin exigencias ni nada que perder: “A pesar de que este año me atasqué, voy con ganas y con mucha fuerza, a ver si rompo esa barrera psicológica con el subidón de estar en unos Juegos. Mi objetivo es bajar de 2:16.32 y si me cuelo en la final sería la guinda al pastel”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Eva Coronado

La ‘Señora’ Sonia Ruiz, el alma de la selección de baloncesto en silla

Cuando la selección española femenina de baloncesto en silla de ruedas renació hace 19 años, Sonia Ruiz ya estaba allí. Infatigable y de espíritu indomable, lleva dos décadas sin soltar la batuta, pese al relevo generacional. Ha vivido penurias y ha tenido que sortear muchas barreras, pero nunca claudicó gracias a su rebeldía y tesón. Ahora, a sus 40 años, la ‘Señora’, como la llaman sus compañeras, saborea el momento más dulce de España, que estará en unos Juegos Paralímpicos 29 años después. “No podía retirarme sin ir a unos Juegos y si no hubiese conseguido el billete para Tokio, seguro que aguantaría hasta París 2024”, dice entre risas.

Aún le escuece el no haber estado el día en el que se logró la clasificación en el Europeo de Rotterdam hace dos veranos. Se perdió el decisivo encuentro ante Turquía porque tuvo que marcharse para votar como diputada en el Pleno de la Asamblea Regional de Murcia. “Intenté cambiar la fecha, pero era imposible. Ya lo habíamos festejado el día anterior tras ganar a Francia porque sabíamos que lo teníamos hecho, pero me dolió no estar en la celebración oficial. Viví la fiesta del vestuario por videollamada, me emocioné mucho, no paré de llorar”, asegura la jugadora que más veces ha vestido la camiseta nacional (119 partidos), siempre con la constancia como libro de estilo.

Estar en Tokio 2020 es la guinda a una gran trayectoria. Con 19 años su vida dio un giro brusco tras sufrir un accidente de moto que le provocó una lesión medular. “Era muy hiperactiva y apenas tuve tiempo de duelo, pasé tantas horas tumbada en la cama que la silla fue una liberación, volvía a ser la Sonia de siempre, no fue un castigo sino un alivio, por fin podía salir de la habitación”, confiesa. Durante su estancia en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo conoció el baloncesto. “Un día bajé a la sección de deportes y olí a goma quemada. Vi a una manada de ‘locos’ moviéndose en sillas súper raras y botando un balón. Fue un flechazo, me enganchó, era lo que necesitaba para sentirme otra vez yo”, relata.

Su primer club fue el Safemi San Fernando con Abraham Carrión como entrenador. Después fichó por el ONCE Andalucía y fue la primera mujer en ganar la Liga y la Copa del Rey. Años más tarde se convirtió en la primera española en jugar en el extranjero, concretamente en Australia. Además, en todos estos años ha militado en equipos como el Polaris World BSR, el Fuhnpaiin-Peraleda, el Fundación Grupo Norte, el Elche y ahora en el UCAM Murcia BSR, club que también preside y con el que ha logrado este curso el ascenso a División de Honor, con un dato destacable y de gran valor, el quinteto femenino que ha formado junto a Beatriz Zudaire, Vicky Alonso, Lourdes Ortega e Isa López.

“Hace poco tuve que revisar mi currículum deportivo y ahora me doy cuenta de todo lo que he conseguido. No soy egocéntrica, pero me llena de orgullo, ves lo que has luchado por la igualdad de la mujer en este deporte”, explica. Pese a que dobla la edad a algunas jugadoras se siente en una segunda juventud. “Algunos llevan años retirándome, pero me niego. Estoy bien, fuerte, rápida con la silla y el ser una perra vieja me ayuda a suplir la carencia física. Solo me noto más mayor cuando me miro al espejo y veo que tengo más arrugas”, bromea.

Con 10 europeos y un Mundial a sus espaldas, Ruiz formó parte de aquella reunión en Dos Hermanas (Sevilla) en 2002 donde la selección femenina volvió a resurgir tras seis años en el olvido. “Ha habido momentos muy duros, pero también ha sido un camino precioso pese a los obstáculos y a las dificultades que nos tocó vivir. Buscamos jugadoras, el nivel creció, pero los resultados no acompañaban. Después llegó Abraham Carrión y nos transmitió su energía y sus ganas. Nos hemos llevado muchos palos extradeportivos, hemos tenido que remar a contracorriente, pero cuando trabajas con pasión y crees en lo que haces, se acaban alcanzando las metas”, recalca.

En el Europeo de Wetzlar (Alemania) en 2007 España fue cuarta y se quedó a una posición de ir a Pekín 2008. Desde entonces, la base murciana suele ver los Juegos por televisión “con rabia, impotencia y envidia incontrolable”. La pandemia de la Covid-19 le obligó a tener que estirar unos meses más su carrera deportiva y ahora será una de las protagonistas en Tokio: “Llevo 19 años persiguiendo unos Juegos, así que cuando el coronavirus apareció, no me importaba esperar 500 días más para lograrlo. Lo que más ilusión me hace es dar la vuelta al estadio con la delegación española en la ceremonia de inauguración, es con lo que más he soñado desde que tenía 11 años y vi en casa los Juegos de Barcelona 92”.

La selección se enfrentará en la fase de grupos a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. “España ha aumentado su calidad, veo factible estar peleando por quedar entre las cinco primeras. Tenemos un equipo muy completo y versátil, con rotaciones rápidas, gente alta, jugadoras que las enchufan desde el exterior, puntos cuatro que corren mucho y presionan bien. Cada vez es más difícil jugar con nosotras. No nos conformamos con llegar solo a los Juegos, somos muy competitivas, rebeldes y podemos dar alguna campanada. Nadie irá con la misma ilusión que España y si seguimos con esta dinámica positiva podemos luchar por el bronce”, matiza el alma del baloncesto femenino español.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sonia Ruiz

Chano Rodríguez, el ‘viejo león’ que siempre ruge en la piscina

Llevan años retirándole, incluso hay quien le ha insinuado que ya es hora de bajar el telón. Pero su carrera, una oda a la perseverancia, parece tender a lo perenne, nada frena su espíritu indomable, cada obstáculo supone un acicate para rebelarse. Sebastián ‘Chano’ Rodríguez, el león que siempre ruge en la piscina, continúa con las fauces abiertas y listas para, al menos, devorar unos metros más en el agua. A sus 64 años se ha empeñado en grabar con tinta en su brazo derecho la palabra Tokio, que se sumará a las de Sídney, Atenas, Pekín, Londres y Río de Janeiro. Seis Juegos para una leyenda eterna, para el nadador español con más oros paralímpicos (ocho) junto a Richard Oribe.

El billete para la cita japonesa lo sacó sobre la bocina, en las Series Mundiales de Berlín en junio, última prueba para acreditar la mínima. Durante la temporada la había rozado varias veces, nunca claudicó, siempre soñó. En 200 libre S5 paró el crono en 2:54.00 y le pedían 2:54.32. “Dejé hasta una propina de 32 centésimas”, dice riendo. Eso sí, ha costado sudor y mucho trabajo. “Los tiempos que me exigían eran complicados, siempre he sido velocista de 50 metros y tuve que reconvertirme al 200 libre porque era la única opción que tenía. Pero en mi cerebro no dejé espacio al pesimismo. Hemos realizado una serie de cambios, desde la técnica y entrenamientos metódicos hasta una alimentación estricta, he perdido siete kilos”, cuenta.

El más importante estuvo en el viraje, su gran hándicap. “Mis rivales hacen el estilo americano, que consiste en un giro a un metro de la pared y dar una patada que impulsa. En mi caso hacía el viraje de una trainera, de 180 grados y el problema es que los pies decaen y es como si empezaras una prueba nueva”, explica. Probó con entrar y salir por dónde rompe el agua y eso fue clave para arañar décimas y conseguir la clasificación. “Se lo dedico a todos los que no creyeron en mí y me habían enterrado una vez más. En Río 2016 dijeron que eran mis últimos Juegos y han tenido que aguantarme cinco años más. El león aún ruge. Viejo, pero ahí continúo dando guerra”, recalca.

Su logro no tendría sentido sin la gente que le rodea, como su entrenador Alejandro Brea y el staff médico del Comité Paralímpico Español, con Josefina Espejo, Amaia Bilbao y Kiko Santomé. “Hemos currado como cabrones, con mucha ilusión y pasión. Le debo mucho a mi equipo técnico, que no cobra ni un euro por lo que hace por mí. Con lo que gano con la beca no tengo ni para invitarles a una cena. Siempre les estaré agradecido”, añade. Otro pilar es su madre, Concepción Veloso, quien a sus 96 años no se pierde una competición de su hijo: “Ella coge su Tablet y se mete en los enlaces que le envío para verme. Lo vive de forma tan intensa que a veces tengo que mentirle y le digo que no hay retransmisión de mis pruebas no vaya a ser que de la presión o la alegría le ocurra algo”.

Siempre ligado al agua

Su cuerpo está surcado de mil cicatrices de una vida singular que parece sacada de una película. Aventuras, errores, dramas, superación y éxitos a golpe de brazadas. Su infancia discurrió en las playas de Cádiz. “Pasábamos los días tanto en verano como en invierno entre la arena y el mar. El agua siempre me daba sensación de bienestar”, confiesa. A su padre, trabajador de astilleros, lo destinaron a Vigo y toda la familia se trasladó con él. Como lo de estudiar se le daba fatal, ‘Chano’ empezó a trabajar en un taller de reparación naval y con 16 años se embarcó en un pesquero rumbo a África. Allí descubrió el ‘Apartheid’, que le marcó.

Luego se graduó en náutica y poco después, en plena Transición tras la muerte de Franco, formó parte del GRAPO (Grupo Antifascista Revolucionario Primero de Octubre). Pasó 10 años encerrado en prisiones como las de Carabanchel, Soria, Badajoz, Almería, Monterroso (Lugo) o Valencia hasta que una huelga de hambre de 432 días le dejó parapléjico. Antes de salir libre, en la cárcel valenciana había empezado a nadar como forma de rehabilitación. “El agua era el único sitio donde no encontraba barreras. Ya no volvería a caminar, pero no se acababa el mundo para mí”, dice. Salió en libertad condicional en 1994 y fue indultado en 2007, aunque no se hizo efectivo hasta 2015.

“Siempre cargaré con mi pasado, ya cumplí condena y lo que queda es mi conciencia. No me siento orgulloso de lo que hice, pero no lo puedo cambiar. Hay gente que jamás perdonará esa parte de mi vida, pero ni soy un ángel ni tampoco fui un demonio. En estos años, el deporte ha sido mi forma de devolver a la sociedad una parte de lo que le quité. No me considero ejemplar, solo intento ayudar a otros a que no cometan esos errores. Aprendo del pasado, vivo el presente y trabajo para el futuro”, subraya.

16 medallas paralímpicas

Abrazó al baloncesto en silla de ruedas y después a la natación, compaginando ambas modalidades hasta 2004. “Mis mejores años fueron jugando al basket en el Amfiv de Vigo con Pablo Beiro, una persona que aun siendo del PP –fue varios años concejal-, desde el primer día me trató como a uno más, sin tener en cuenta mi pasado. Yo no metía ni una canasta, aunque era buen soldado, cumplía cada orden del entrenador. Al final lo dejé porque era incompatible con la natación, los brazos sufrían y luego no rendía en el agua”, rememora. En la piscina se ha labrado un palmarés envidiable: 16 medallas paralímpicas (ocho oros, cuatro platas y cuatro bronces) y un centenar de preseas entre mundiales, europeos y otros eventos internacionales.

“Nunca las he contado, para mí no dejan de ser metales y en una vitrina no valen para nada, cogen polvo, así que a mí me encanta compartirlas con la gente”, afirma. Muchas las tiene cedidas y repartidas en colegios, institutos, universidades o asociaciones a las que acude a dar charlas. “Las de los Juegos solo presté una, la primera que gané hace 21 años y, por desgracia, me la devolvieron hace unos meses. Se la di a Lola, una niña de siete años e hija de una amiga mía que sufría cáncer de hueso. Le dije que se la prestaba hasta que se curase, la paseó por hospitales y cuando daba pasos importantes con la quimio me mandaba vídeos con la medalla. Al final, de tanta mierda que les meten le falló el corazón y nos dejó”, cuenta con un hilo de voz.

La pequeña también estuvo en su pensamiento cuando consiguió la clasificación para Tokio, que serán sus sextos Juegos Paralímpicos. En Sídney 2000 brilló con cinco oros envueltos en récords del mundo; en Atenas 2004 sumó tres oros y un bronce; en Pekín 2008, pese a sufrir una quemadura de café en el hombro que puso en duda su participación, ganó dos platas y dos bronces; en Londres 2012, “los más espectaculares porque nos hicieron sentir iguales que a los olímpicos”, se llevó otras dos platas y un bronce; y en Río de Janeiro 2016 se quedó a 30 centésimas del podio, algo que le dio fuerzas “para seguir un ciclo más”.

En la piscina de Tokio será el más longevo, “algunos rivales podrían ser hasta mis nietos por la edad”, pero no se achanta ante nadie. “Serán atípicos por la pandemia, pero seguro que los japoneses le darán su toque especial, espero disfrutarlos al máximo. He trabajado como si fuese a pillar chapa, aunque si me meto en la final sería la hostia, la alegría sería la misma o incluso más que cuando gané cinco oros en Australia. Nadaré en 50, 100 y 200 libre, ya no llevo la presión de otros años, aunque a mí me gusta autoexigirme, así que saldré a por todas. Estos Juegos me los tomo como un capricho que me he dado porque desde el Mundial de Londres 2019 no tengo beca, todo me lo pago de mi bolsillo. Es una forma de retar a toda esa gente que siempre ha puesto en duda mi valía personal y deportiva”, asevera.

Le queda la espinita de no haber podido ser abanderado español, aunque se alegra por la elección de Michelle Alonso y de Ricardo Ten para esta edición. “Me siento representado por ambos. Sin despreciar a nadie, Ricardo es el mejor portador de la bandera en la historia, Ten es mucho Ten. El Comité Paralímpico Español ni siquiera se ha acordado de mí. La elección llegó un día antes de que yo hiciera la mínima, qué casualidad. Otros años entendí que no podía serlo porque aún no estaba en libertad total y eso chocaba en la sociedad. Pero ya pagué mis deudas y me he merecido serlo”, apunta ‘Chano’, que en la capital nipona escribirá otro capítulo de una trayectoria inmensa que dejará solo cuando él decida y a su manera. “No me voy a retirar de la natación, estaré en algún Europeo o campeonato de España. Aunque París 2024 está ahí, nunca se sabe”, apostilla con una sonrisa.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Chano Rodríguez

Kim López, el titán de los giros y los brazos hercúleos

Desde el círculo de lanzamiento gira y estira una y otra vez el brazo hercúleo para hacer volar la bola de acero. De barba negra azabache y enormes músculos tatuados, Kim López (1.74 metros y 110 kilos) lleva casi una década encaramado en la élite del atletismo. Una gran cantidad de metales mundiales y europeos cuelgan de su cuello, también un oro en Río de Janeiro 2016. Tras darle un gran bocado al récord del mundo en categoría F12 (discapacidad visual grave) con 17.02 metros y ganar el oro en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia), su próximo desafío es repetir podio en unos Juegos Paralímpicos.

Pese a las lesiones que ha tenido en los últimos años, el titán valenciano exhala optimismo y vigor por sus poros: “En Tokio voy a por el oro y, si no puede ser, al menos quiero llevarme una medalla”. Lleva desde los cuatro años ligado al deporte, empezó dando brazadas en la piscina de Silla (Valencia), logrando buenos resultados. “Un día estuve a punto de ahogarme y mi madre me apuntó a natación. Con 14 años fui a un Mundial júnior y gané cuatro medallas, pero no terminaba de gustarme”, cuenta Kim, que sufre miopía magna, una enfermedad hereditaria y con solo un 20% de capacidad visual. “Se agrava con los años, aunque aún puedo desenvolverme sin ayuda”, explica.

Dejó el gorro y el bañador y aterrizó en el atletismo por afán competitivo. “Estaba en un centro internado en Alicante y fue por un pique con un compañero. Me dijo que me ganaba nadando y le vencí. Y luego me retó en lanzamiento de disco y volví a ganarle. Me gustó mucho y desde entonces no lo he dejado”, relata. Sin embargo, tuvo un periodo de vaivenes, dejó de estudiar y pasaba muchas horas en la calle, creció en un entorno de delincuencia. “Era muy callejero, un chico de barrio, pero me di cuenta de que tenía que pelear para alejarme de ese lado oscuro”, recalca.

El deporte se postuló como la única salida, dejó su ciudad y accedió a la residencia Blume de Madrid, donde empezó a forjar su leyenda. Su piel es un lienzo de tatuajes que recorre cada vivencia que le ha marcado en su travesía. En el dedo índice de su mano derecha aparece una bala con la H de ‘hermanos’ que “representa a mi gente, siempre que me necesiten ahí estaré”. También lleva un tiburón, unas rosas, una geisha, un dragón, una luna en la espalda que simboliza a su madre y dos pistolas que representan a sus hermanos, Rubén y Kevin, “mis armas de defensa”. “Ahora quiero tatuarme cosas relacionadas con cada sitio en el que haya logrado medalla, así que espero llevar también algo de Tokio en mi cuerpo”, dice riendo.

En los Juegos Paralímpicos de Brasil consiguió su mayor premio en lanzamiento de peso y eso que a punto estuvo de quedarse sin competir. “Estaba malísimo de la barriga y con algo de fiebre, fue una mañana intensa. El conductor del autobús se perdió y cuando llegamos al estadio entré directo a la cámara de llamadas, sin calentar ni nada. Pensé que iba a patinar, que sería un desastre de prueba. Pero me relajé y eso me ayudó. El segundo intento fue el que me dio el oro, jamás lo olvidaré”, subraya Kim, que tiene como referente al neozelandés Tomas Walsh.

El alumno de Juanvi Escolano cuenta con un palmarés de lujo: siete medallas mundialistas (bronce en Nueva Zelanda 2011, oro en Lyon 2013, plata y bronce en Doha 2015, dos bronces en Londres 2017 y plata en Dubai 2019), así como numerosas preseas en europeos. La última la cosechó en junio en Polonia, un metal dorado con 17.02 metros, siendo el primer atleta en categoría F12 en superar la barrera de los 17 metros. Esa cifra la aumentó solo un mes después en un control absoluto para fijarla en 17.10, nuevo récord del mundo. Sin embargo, luego lanzó hasta los 17.23 metros en L’Hospitalet de Llobregat, pero esa marca no fue homologada por no avisar de su participación en el evento con antelación.

Después de una dura preparación en Gandía, donde cambió el lanzamiento lineal por el giratorio y perfeccionó la técnica, llega fuerte, motivado y en un tono óptimo pese a cargar con alguna lesión a cuestas. “A Río fui lesionado de la muñeca, después me lastimé el codo y desde hace dos años y medio una caída me jodió el tobillo, la tibia y sufrí una rotura del ligamento cruzado de la rodilla izquierda”, lamenta el valenciano, que prefirió un tratamiento conservador y esquivar el quirófano: “Si me operaba corría el riesgo de perderme el Mundial y los Juegos. Pese a que acabo cada sesión con el cuerpo dolorido, toca apretar los dientes y aguantar porque llevo cinco años luchando para ir a Tokio”.

Con muchas horas de pesas en el gimnasio ha fortalecido la rodilla y, aunque a veces el dolor limita sus movimientos, ha demostrado estar hecho de otra pasta. “Estoy en buena forma y me veo rápido, en los últimos dos años cogí una buena base de preparación y esta temporada, pese a la pandemia de coronavirus, he seguido el mismo camino. Incluso he solucionado mis problemas mentales a la hora de competir, algo que me ha permitido hacer buenas marcas para imponer un poco de miedo a mis rivales”, comenta.

Kim es uno de los candidatos a subir al podio en Tokio, donde tendrá que lidiar con el ucraniano Roman Danyliuk, campeón del mundo. “Me venció en Dubai, pero ya le gané en Río y en el último Europeo, así que espero hacerlo otra vez. Sé que le puedo superar, confío en mi experiencia, soy muy positivo y puedo dar más, he afinado en estos meses para llegar más allá de los 17.20 metros. Me encantaría repetir el oro de 2016, sería brutal, pero si no, al menos quiero llevarme otra medalla. Voy con muchas ganas e ilusión, me voy a dejar los cuernos para alcanzar el objetivo”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Kim López

Christian Venge y Noel Martín, un tándem titánico y al alza

Con cinco medallas en Juegos Paralímpicos y varios maillots arco iris de campeón del mundo, Christian Venge decidió aparcar la alta competición en 2015 cansado del poco apoyo que recibía. Lo hizo con un sabor amargo porque sus piernas aún guardaban combustible y fervor suficiente para pedalear a un buen nivel. Nunca dejó la bici y devoró kilómetros por las carreteras y montañas de Castellón, donde vive. Un lustro después de su retirada anunció su regreso y en tiempo récord, con apenas seis meses de trabajo, ha formado junto a Noel Martín un tándem titánico, fiable, armónico y al alza. En junio conquistaron el oro en la ruta en el Mundial de Portugal y ahora apuntan a las medallas en Tokio.

“Lo echaba mucho de menos, en todos estos años abría el cajón para mirar las medallas que logré y sentía nostalgia, quería revivir esa etapa gloriosa. Me mantuve en forma ya que no paré de entrenar, el ciclismo es mi pasión”, afirma. Su amor por la bicicleta brotó cuando era un crío en las carreras que organizaba con el pelotón de amigos dando vueltas al barrio de Montbau (Barcelona), al pie de la sierra de Collserola. La escasa visión que le quedó tras ser operado de cataratas no fue ningún obstáculo para volar sobre las dos ruedas. “Esa afición creció viendo las gestas de Perico Delgado ganando la Vuelta a España y el Tour de Francia a finales de los 80, era mi ídolo de la infancia”, reconoce.

Sus problemas visuales le impedían rendir al máximo en solitario y tras llevarse algún susto en el asfalto, con 26 años llegó al velódromo de Horta para probar por primera vez un tándem. Desde ese instante su nombre quedaría encadenado a la historia del ciclismo paralímpico español. En 1999 se estrenó en una cita internacional y lo hizo a lo grande, con un oro en fondo y una plata en persecución en pista en el Europeo de Bloise (Francia) con Jordi Domingo como piloto. De ahí fue directo a los Juegos Paralímpicos de Sídney 2000 y se llevó un bronce.

Luego cambió de guía y encontró en David Llauradó la horma de su zapato. Con el catalán llegaron los mayores éxitos: varias veces campeones de Europa, un puñado de metales mundiales, tres maillots arco iris en pista y en carretera y cuatro medallas paralímpicas (plata en Atenas 2004, oro y plata en Pekín 2008 y oro en Londres 2012). En 2014 Venge se fracturó la cadera en una caída y en 2015 llegó el adiós. La llama de la ilusión volvió a prender en las pasadas navidades, cuando vio que Noel Martín, piloto de gran experiencia, se había quedado sin compañero porque el sevillano Adolfo Bellido no quiso continuar a su lado. El castellonense no se lo pensó y contactó con él.

Segunda oportunidad

“Le envié un mensaje de ánimo y como sabía que es entrenador, le dije que si le mandaba mis datos de los entrenamientos que había hecho en 2020 por si creía que tenía nivel para formar pareja. Cuando los vio, me contestó que sí enseguida”, relata. “Acababa de recibir un palo, mi vida laboral y deportiva giraba en torno a los Juegos de Tokio y todo se fue al traste, fue duro asimilarlo. Cuando Christian me dijo que quería volver a correr, no me lo pensé. Sus números eran competitivos, así que empecé a entrenarle desde la distancia”, tercia Martín. Desde la prudencia, poco a poco se convencieron de que podían alcanzar el máximo nivel.

Debutaron con tres medallas en el campeonato nacional en el velódromo de Galapagar y el técnico Félix García Casas los reclutó para la selección española. “La primera vez probamos a ciegas, no nos conocíamos y arriesgamos en la compra de material, apostamos por este proyecto y nos lo tomamos muy en serio. Hay rivales mejores que nosotros, así que teníamos que poner todas nuestras ganas y esfuerzo para estar a al nivel de ellos”, dice el abulense. “Hemos ido con los pies en el suelo, sin dejarnos ningún eslabón suelto y trabajando al máximo”, prosigue Venge.

La recompensa cayó en el Mundial de Cascais (Portugal), donde se llevaron el oro en la ruta en un apretado sprint final. “En ningún momento pensé que la íbamos a liar tan gorda. Mi último maillot arco iris lo conseguí en la crono en Bogogno (Italia) en 2009, pero este, al ser en la prueba de fondo, lo disfruté más”, confiesa el castellonense, que destaca de su nuevo compañero “la excepcional visión de carrera que tiene, sabe colocarse y moverse en cualquier circunstancia, es una garantía. Nos hemos compenetrado muy rápido y nos adaptamos a las necesidades del otro”. “Christian es un trabajador nato, un profesional de los pies a la cabeza. Aunque ha perdido explosividad, es muy fuerte, constante y resistente, tiene un aguante increíble”, añade Martín.

A por la medalla en la ruta en Tokio

Tras la presea dorada en el Mundial llegan lanzados y confiados a Tokio. A sus 48 años, Venge afronta sus quintos Juegos “como un regalo porque cuando me retiré tenía claro que nunca volvería a competir en el evento deportivo más importante. Llegamos fuertes tras sufrir en cada kilómetro recorrido, todavía estamos en fase de acople, nos falta rodaje, pero vamos a dar guerra”. “Si hace unos meses me dicen que iba a estar en Japón no me lo había creído. De la noche a la mañana lo perdí todo cuando Adolfo no quiso seguir conmigo, así que esto es un indicativo de que mi trabajo lo estaba haciendo bien”, subraya Martín, que ya acudió a Río de Janeiro 2016 con Carlos González, quedándose cerca del podio.

“Fuimos cuartos, nos llevamos un chasco grande. Espero quitarme esa espinita en Tokio. En la contrarreloj estamos lejos de los tres o cuatro primeros, para ganarles tendrán que tener un día malo. Pero confiamos en la ruta, tendremos que hacerlo todo perfecto para optar a la victoria”, comenta. El día 25 de agosto competirán en la persecución en el velódromo de Izu y unos días después pisarán el circuito Fuji Speedway.

“En la pista, logrando un diploma estaríamos contentos, nos servirá de toma de contacto, para soltar nervios y dar un calentón de cara a la contrarreloj en carretera, prueba en la que trataremos de quedar cuartos para asegurarnos una beca decente para el año que viene. Nuestra apuesta es la ruta, será un recorrido exigente, con repechos largos y subidas que nos viene bien. Vamos a por todas, somos ambiciosos y no nos conformamos con solo correr, queremos ir a por la medalla”, sentencia Venge.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Christian Venge

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Noel Martín

Marta Arce, entre ‘ippones’ y actitud positiva hacia el éxito

“El judo es mi vida y es difícil renunciar a él, es mi llave de la felicidad”, confiesa Marta Arce, una de las judokas más laureadas de la historia, plata en Atenas 2004 y en Pekín 2008 y bronce en Londres 2012. Lo dejó tras la cita en la capital británica para dedicarle tiempo a su familia, pero es tan fuerte la atracción que siente por los valores que emanan del tatami y por la competición que desempolvó el kimono y regresó con la idea de llegar a Tokio. A la vallisoletana, que rezuma talento, actitud positiva y una energía arrolladora, nada le ha frenado en su camino, ni siquiera las dos graves lesiones de los últimos años ni la pandemia de la Covid-19. Con 44 años completará otro reto en el Nippon Budokan.

El billete para la capital japonesa lo sacó a última hora, tras colarse entre las 10 mejores del mundo en categoría de -63 kilos. Pese a lidiar con vicisitudes y desafíos que ponían en peligro su clasificación, nunca arrojó la toalla y siempre creyó en sí misma. Es algo que el judo le ha enseñado, a levantarse más fuerte después de una caída. Este arte marcial le abrió las puertas hacia una nueva vida cuando tenía 19 años y estudiaba Fisioterapia en la universidad en Madrid. “Nací con albinismo óculo-cutáneo completo, una deficiencia visual grave y con falta de pigmentación en piel, pelo y ojos. Mi visión es del 10% y tengo una fotofobia elevada”, comenta.

Vivió una infancia y adolescencia “solitaria”, el deporte lo veía inasequible y lo pasó mal en el colegio. “Esa etapa la recuerdo con tristeza porque en aquella época no se hablaba de inclusión ni de normalización. Las clases de educación física me resultaban algo hostil, a veces me dejaban sentada en el banco o me escogían la última, no veía la pelota y parecía una figura apartada del resto. Eso me propició un retraso psicomotriz tremendo que sigo arrastrando ahora ya que me cuesta copiar ciertos movimientos en el tatami”, explica.

Todo cambió para ella en 1997 cuando pisó su primer dojo. “Me atrapó, disfruté como una niña porque me gustaban las peleas”, dice entre risas. Su vocación por el judo fue tardía, pero explotó sus virtudes muy rápido. Apenas llevaba unos meses entrenando cuando ejecutó sus primeros ‘ippones’ en competición. Aún era cinturón amarillo y se plantó en Cittá di Castello (Italia) para llevarse un oro continental “caído del cielo”. Al año siguiente se colgó un bronce en el Mundial celebrado en Madrid y desde entonces no paró de coleccionar preseas: un oro y tres platas mundiales, así como un metal dorado y cuatro platas en europeos.

Desde que el judo femenino para ciegos se introdujo en el programa paralímpico, la vallisoletana ha logrado tres medallas. Se estrenó en Atenas 2004 con una plata, la primera de una judoka española. “Aquello me hizo más fuerte, vi que valía para estar con las mejores y tenía condiciones para conseguir objetivos sin que nadie me regalase nada”, afirma. En Pekín 2008 subió otra vez al segundo cajón del podio, aunque esta vez con regusto amargo al perder la final: “Fue la competición que mejor hice a nivel técnico, pero no disfruté la medalla que tanto me costó ganar”. Y en Londres 2012 sacó un bronce que le supo a oro.

Después se alejó del tatami durante casi cinco años, pero la morriña y el estímulo de disputar unos Juegos en Tokio, la cuna del judo, le impulsaron a volver. “Otro motivo fue porque no quedaban chicas, se había retirado Mónica Merenciano y no teníamos cantera ni se estaba promocionando este deporte, así que decidí hacer ruido y no me ha ido mal”, cuenta. Su irrupción en el reestreno fue brillante, siendo subcampeona de Europa en Birmingham en 2017. Luego llegaron dos lesiones que le han obligado a pelear contra el dolor y el tiempo, una fractura en el radio del brazo derecho y la rotura del cruzado anterior de la rodilla izquierda.

“Cogí cierto miedo en los combates, pero poco a poco fue desapareciendo. Ha sido duro, pero por mi naturaleza, no podía parar. A mí cuando me dicen que no puedo hacer algo les digo ‘Espérate que allá voy’. Soy rebelde en ese aspecto y con las lesiones lo tenía claro, pese a mi edad, no iba a dejar el camino a medias, tenía que llegar como sea, aunque fuese arrastrándome. Es una muestra más de que el judo me ha enseñado a caerme y a levantarme muchas veces”, afirma Marta, una aguerrida deportista cuya tenacidad y determinación tapan sus flaquezas.

También supo lidiar con los muchos meses que estuvo sin entrenar en el tatami por la pandemia de coronavirus y tiró de ingenio para prepararse en casa con su marido Yoshio Takeuchi, español de origen japonés, haciendo de ‘sparring’. Y compaginándolo con su trabajo como fisioterapeuta y con el cuidado de sus hijos Kenji, Issei y Yumi, sus mayores tesoros. “Es una pena que no puedan estar conmigo en Tokio, pero seguro que estarán pegados a la televisión para verme”, añade la judoka del Club Las Rozas de Madrid.

Al Nippon Budokan acude con la presión justa, solo con la que se autoimpone. El podio estará caro, pero no descarta nada: “Ya no soy una jovencita, no tengo la fuerza de las veinteañeras a las que me enfrentaré ni hago algunas cosas que antes salían de forma automática. Eso lo suplo con astucia, veteranía y un judo más pausado y expectante. Para mí es un privilegio estar en mis cuartos Juegos Paralímpicos y si la suerte me acompaña en el sorteo y tengo un día brillante serán muchas las posibilidades de hacer algo grande. Mi intención es sacar una medalla, voy a por ella, no es imposible, tengo fe. Sería el broche perfecto a mi carrera”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Marta Arce

Jordi Morales, un ‘Benjamin Button’ en el tenis de mesa

Cuanto más avanzan las agujas del reloj, más rejuvenece. Jordi Morales es un veterano curtido en mil batallas que, como el buen vino, eleva su nivel con el paso de los años. Con el tenis de mesa parece rejuvenecer al estilo ‘Benjamin Button’, es aún un treintañero -cumple 36 años en noviembre-, pero ya lleva dos décadas golpeando la bola en la élite y continúa ofreciendo un alto rendimiento. Cada temporada se revela contra el tiempo y los problemas de movilidad que le acompañan desde que nació. En 2018 ganó su primer oro mundial individual y en Tokio afrontará sus sextos Juegos Paralímpicos en uno de los momentos más dulces de su carrera.

A los seis años agarró su primera pala en su pueblo, Esparreguera (Barcelona), con ella sentía que sus dificultades para desplazarse se reducían. “Nací con espina bífida congénita, me balanceo en el movimiento por falta de musculatura en las piernas, eso me dificulta saltar, correr o subir escalones. En estático tengo que flexionarlas por falta de equilibrio”, cuenta. Esa dolencia nunca ha sido un tipo de cortapisas para alcanzar cotas altas en la vida y en el deporte.

De pequeño se codeaba con los mejores en Cataluña. “Empecé en la escuela, algunos me decían que si me enviaban una bola en largo no llegaría, pero al final los que corrían de un lado a otros eran ellos. Con el tiempo me he reencontrado con algunos de esos compañeros y me lo suelen recordar”, dice entre risas. La diferencia comenzó a notarla con 13 años, cuando descubrió el tenis de mesa adaptado. La selección española le llevó a un Europeo y ganó el oro por equipos. Y unos meses después, con 14, participó en los Juegos Paralímpicos de Sídney 2000.

“Fue una locura por cómo sucedió todo. Acudí con una invitación que me llegó dos meses antes de los Juegos. Se desmadró todo en mi pueblo y en mi familia. Era un crío, pero lo viví como una gran experiencia”, rememora. En 2004 logró un bronce en Atenas, en Pekín 2008 no pudo subir al podio y en Londres 2012 cosechó una inesperada plata por equipos junto a Álvaro Valera. “Él, de clase 6 y yo de clase 7, nos medíamos a gente de categoría 8, por tanto, con menor discapacidad. No entrábamos en ninguna quiniela y eliminamos a China, que eso poca gente puede decir que lo ha conseguido”, explica.

También acudió a Río de Janeiro 2016, donde cayó en semifinales, una decepción que le costó superar. “No lo asimilé porque iba preparado mejor que nunca, competí muy bien y no fui capaz de sacar medalla. Me vine abajo, no sabía si continuar o no. Me tomé un año de reflexión, incluso renuncié a mi plaza como becado en el Centro de Alto Rendimiento de San Cugat. Hasta que mi cuerpo y mi cabeza me dijeron que podía volver a disfrutar del tenis de mesa”, comenta. A los cinco meses de su regreso se proclamó campeón del mundo individual por primera vez -en sus vitrinas ya tenía dos oros mundiales por equipos-.

Llevaba ocho años sin ganar una presea en solitario y acumulando decepciones en la mochila, pero su espíritu joven y tenaz le decían que nunca era tarde para escribir nuevas hazañas. “La grandeza está en saber superar los obstáculos y esperar la oportunidad. Había vivido situaciones de desquicio y frustración, tuve aptitudes en las que no me reconocía. Pero no arrojé la toalla, fui al Mundial sin estar entre los favoritos y gané porque disfruté como nunca dentro y fuera de la mesa”, recalca Morales, que recibió el premio ITTF Star Awards como mejor jugador de 2018.

En 2019 no pudo refrendar su buen momento tras caer en cuartos de final en el Europeo de Suecia, pero se desquitó con otro memorable oro por equipos con su inseparable socio, Álvaro Valera. “Hacía 10 años que no ganábamos un campeonato continental. Nos conocemos muy bien, tenemos una movilidad muy reducida y jugamos unos dobles espectaculares. Solo con mirarnos ya sabemos qué necesita el otro. En Tokio no vamos a escondernos, somos cabeza de serie y aspiramos a medalla”, añade el barcelonés.

En las dos últimas temporadas la pandemia del coronavirus congeló varias pruebas del circuito internacional y Morales apenas ha participado en competiciones, consiguiendo un oro por equipos y un bronce individual en el Open de República Checa de este año. “Afecta mucho en las sensaciones, el ritmo, la tensión o el nerviosismo, cuando no las tienes te resulta incómodo”, dice.

Pero llega mentalizado y listo para plantar batalla en sus sextos Juegos Paralímpicos. “Hay gente que pretende retirarme ya, pero me queda mucho por dar. A excepción del 2020, en los dos años anteriores viví los mejores momentos de mi carrera, he ofrecido un nivel alto y aunque los rivales han mejorado, me veo con opciones para luchar por las medallas, he demostrado que puedo ganar a cualquiera, así que aspiro a lo máximo. Dependerá de los pequeños detalles que a veces te salen cara y otras, cruz. A Tokio voy con la misma ilusión de los primeros Juegos y con el objetivo de estar en el podio”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jordi Morales

Desirée Vila, latidos de vida y saltos que inspiran

 

 

En toda situación negativa anida una oportunidad, la clave está en encontrarla. Desirée Vila la halló en el atletismo, el bálsamo que cicatrizó sus heridas tras el duro golpe que recibió con 16 años. Su prometedora carrera como gimnasta acrobática se vio truncada al sufrir una caída en un entrenamiento que derivó en una concatenación de negligencias médicas y en la amputación de su pierna derecha. Lejos de flaquear, tras un periodo de duelo se reinventó en el tartán, lugar en el que se ha erigido en una atleta con latidos de vida, superación y perseverancia, una deportista cuyos vuelos sobre el foso de arena inspiran. Tres años esprintando y dando saltos han sido suficientes para recoger sus frutos: en Tokio disputará sus primeros Juegos Paralímpicos.

Para ella, “lo único incurable son las ganas de vivir”. Ese es su mantra, una frase que le espetó una enfermera para inyectarle ánimos cuando recibió la peor noticia en el hospital y que lleva grabada con tinta en su costado. “Cuando mis padres llegaron con el traumatólogo a la sala de la UCI sentí un miedo terrible, me preguntaba por qué me tocó a mí la mala suerte. Y ese mensaje fue un alivio, una pequeña luz a la que me aferré para levantarme y continuar hacia adelante, tenía que aprovechar esa opción”, asegura.

Había competido en un Mundial con la selección española de gimnasia y estaba preparándose para un Europeo cuando en febrero de 2015 cayó tras un salto y se rompió la tibia y el peroné. “Estuve seis horas esperando a que me atendieran, tenía una obstrucción en la artería, no circulaba la sangre, así que había peligro de perder la pierna. No hicieron nada por remediarlo y tuvieron que amputar por debajo de la rodilla. Fue un palo enorme, no pensé que acabara en algo tan grave. El mundo se me vino encima, no es un trago fácil de asimilar, tuvieron que sedarme y estuve con tratamiento antidepresivo. Tenía que dejar el deporte que me apasionaba y que practicaba desde niña”, relata.

Necesitó ayuda psicológica y aunque tuvo recaídas, lo afrontó con entereza, con una madurez impropia para su edad y con el positivismo que irradia. “El proceso fue largo y complicado, al principio lo veía todo negro, a veces sin ganas. Hasta que entendí que no todo se acababa ahí, que la vida es corta y que hay que aprovecharla al máximo”, asevera. Lo que más le costó fue aceptar y mostrar su prótesis en público, iba siempre con pantalones largos y tratando de pasar desapercibida. “Un año después cambié el chip y decidí sacarle beneficio a mi situación. Aprendí a quererme, soy muy coqueta y presumida y empecé a combinar mi ropa con prótesis llamativas, de colores e incluso de brilli-brilli”, confiesa.

Sus padres, para pasar página y dejar atrás el sufrimiento posterior al accidente, decidieron enterrar la pierna de su hija en el cementerio. “Está en el nicho familiar, debajo de mi abuelo. He ido varias veces a visitarla y puedo decir que ya tengo un pie en la tumba”, bromea con ese toque de humor negro. “Usar prótesis tiene sus ventajas. Por ejemplo, a veces me quedo sin batería y es la excusa perfecta para no asistir a algún compromiso. Solo me huele un pie o a la hora de tener que depilarme o pintarme las uñas ahorro dinero”, dice entre risas. Incluso cada 19 de marzo celebra el cumpleaños de su muñón, al que bautizó con el nombre de ‘Muñín’.

Una de las personas que supuso un impulso cuando peor lo estaba pasando fue Irene Villa -víctima de ETA que perdió las dos piernas-. Conocerla fue un punto de partida para la deportista de Gondomar (Pontevedra), que comenzó a forjar una mentalidad de hierro y a cultivar esa actitud positiva. “Estando en el hospital se puso en contacto conmigo, me contó su historia y cada consejo lo absorbí para creer en mí. Verme reflejada en alguien que también pasó por una situación traumática me ayudó, fue una motivación”, revela. Se refugió de nuevo en el deporte para salir de la oscuridad y el atletismo le abrió una puerta. Desde entonces, su sonrisa electrizante nunca brilló tanto como lo hace ahora.

“Tuve que empezar desde cero, los inicios fueron durísimos, no podía correr ni 20 metros, me resbalaba o caía. Pero lo vi como un reto, me iba poniendo pequeñas metas. Lo bueno es que tengo una capacidad de aprendizaje rápida y avancé mucho en poco tiempo”, comenta. Tanto que apenas llevaba unos meses y la convocaron para el Europeo de Berlín 2018. “Era una novata, me seleccionaron porque confiaban en mí de cara al futuro, pero fue un desastre, me salió muy mal. Iba nerviosa y perdida, más como una espectadora que como atleta. Aquello me sirvió de aprendizaje”, subraya. Al año siguiente quedó la novena en el Mundial de Dubai.

“Ya iba más preparada, lo había dejado todo para embarcarme en la aventura del atletismo, dejé mi hogar y me marché al Centro de Alto Rendimiento de Madrid para tomármelo en serio”, prosigue. Con los técnicos Miguel González y Eleuterio Antón no ha parado de crecer gracias a un trabajo ímprobo que le ha granjeado buenos resultados, logrando los récords de España en los 100 metros y en salto de longitud categoría T63. “Antes me ponía nerviosa en las competiciones, ahora no tengo miedo, voy hacia la tabla de batida como una leona, a comérmela para llegar lo más lejos posible. El cambio de ballesta, a la que he nombrado Kyoto, me ha beneficiado en estos últimos meses, he encontrado la dureza exacta que necesito para coger un salto óptimo y poder volar”, apunta.

La viguesa lo confirmó en el Meeting de Basauri en mayo, donde alcanzó con 4.17 metros la mínima A para los Juegos Paralímpicos, una marca que mejoró en junio en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia) con 4.23 metros, que supuso récord de España y medalla de bronce. “Tengo margen de mejora, aún no he hecho mi mejor salto. Estoy contenta con el rendimiento, pero es que en los entrenamientos llego a 4.30 e incluso me acerco a 4.40 metros”, añade. Unos registros, que de repetirlos en Japón le podrían meter en la pugna por el podio. Aunque ella prefiere ser cauta, se ve con más opciones de estar en lo más alto en París 2024.

“Desde que conseguí la clasificación me visualizo cada día compitiendo en el estadio de Tokio y se me pone la piel de gallina. Solo he dado un paso, me queda mucho por crecer. El sueño es una medalla, pero no pienso en ella porque no sería realista. Pese a que soy ambiciosa, a día de hoy, tal y cómo está el ranking es difícil. Regresaría a casa satisfecha si lo hago bien, disfruto, veo que el trabajo se ha visto reflejado, hago marca personal y mi equipo está orgulloso. Si no me lesiono y continúo en esta línea, sé que mis Juegos son los de París. Además, tendrán un significado especial porque allí disputé mi único Mundial como gimnasta en 2014 y sería romántico regresar 10 años después y dar mi mejor versión para llevarme una medalla”, apostilla Desirée Vila, una deportista resiliente que exprime al máximo la vida saltando, cayendo y levantándose. Una y otra vez.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Desirée Vila

Joan Reinoso, un rayo de esperanza sobre el triciclo

Sobrevivió al impacto de un rayo y desafió a las secuelas que le provocó, como problemas de equilibrio o de psicomotricidad. Tuvo que empezar desde cero, pero rendirse nunca formó parte de su diccionario. Con pedaladas sobre el triciclo, Joan Reinoso ha salvado baches, cuestas y curvas en su vida, a los mandos del manillar no hay rastro de las heridas que le dejó aquella descarga eléctrica, se siente poderoso, raudo, libre, feliz. Tras una travesía azarosa, el deportista de Inca (Mallorca) cumplirá un sueño que llevaba años entrenando con perseverancia: competir en unos Juegos Paralímpicos.

El ciclismo no entraba en sus planes a los 21 años, en aquella época jugaba al fútbol y se preparaba para ser bombero. Pero el guion cambió cuando en mayo de 2012 acudió a una prueba de pesca submarina para hacer de barquero de Pedro Carbonell -tricampeón mundial- en la bahía de Pollença. Pese a que había amanecido despejado, una tormenta irrumpió y un rayo alcanzó a Joan, entrando por la mano izquierda y saliendo por un lateral de la cabeza. “Caí fulminado, el cuerpo se me puso negro y olía a socarrado”, comenta.

Pasó 28 días en coma en el Hospital Son Espases. “El pronóstico era muy grave, los médicos no daban un duro por mí, no tenías esperanzan y les dijeron a mis padres que no iba a pasar de esa noche, que era cuestión de horas. Pero se equivocaron, aquí estoy dando guerra”, dice riendo. Curiosamente, poco antes del accidente, Reinoso se hizo un tatuaje en la pelvis que contenía tres dibujos: un ancla, un pez y un rayo. “Como me encanta el mar, me hicieron un dado de la suerte con esas imágenes. Si lo llego a saber me hubiese tatuado el símbolo del euro”, bromea.

El balear quedó con una discapacidad del 78%, pero gracias a su resiliencia y positivismo logró recuperarse. En un lento goteo fue reconquistando sus movimientos, aprendió de nuevo a caminar, a hablar, a escribir y a comer. “Mi cerebro era como si resetearas un ordenador y vuelves a instalarle todos los programas para que funcione”, recalca. Un gran estímulo en ese proceso de rehabilitación fue cuando en 2014 su tío le propuso completar los 1,9 kilómetros del segmento de natación del Ironman 70.3 de Alcudia. “Me costó acabar la prueba, pero los aplausos de la gente me dieron alas. Por unos minutos me sentí el hombre más feliz del mundo, estaba orgulloso de lo que había conseguido”, relata.

Aquel logro despertó su afán competitivo y le cargó con una energía nueva. Tenía la necesidad de hacer deporte y eligió el ciclismo, aunque no fue sencillo arrancar sobre el triciclo. “Buscamos uno en Alemania y a entrenar me puse. Cuando lo probé me enamoré, la sensación del viento en la cara fue única, me daba una libertad enorme”, confiesa. Al principio sus intenciones eran las de salir a rodar y disfrutar del paisaje por las montañas de su pueblo, nunca pensó en la competición, hasta que comprobó que sus tiempos eran buenos.

Una progresión constante hasta el oro mundial

Debutó en 2015 en la Copa de España de Tomelloso (Ciudad Real) y en 2017 inauguró su vitrina de medallas internacionales con una plata en la Paracycling Cup de Verola (Italia). Ese año subió al podio en varias Copas del Mundo y en el Mundial de Pietermaritzburg (Sudáfrica) con un bronce en la ruta en categoría T2. “Ese resultado fue un impulso, apenas acababa de iniciarme en esta disciplina y ya me veía comiendo en la misma mesa con los mejores por el rendimiento que estaba ofreciendo”, apunta. Reinoso siguió acumulando éxitos en las siguientes temporadas, siendo plata en línea y bronce en la contrarreloj en el Mundial de Maniago (Italia) en 2018.

Un año más tarde sumó preseas en Ostende (Bélgica), Baie-Comeau (Canadá) y Corridonia (Italia), pero se quedó fuera del podio en el Campeonato del Mundo de Emmen (Holanda) tras salirse de una curva por problemas mecánicos. Aquello no le desmotivó, al contrario, se machacó durante el confinamiento y los posteriores meses de la pandemia mezclando calidad y cantidad en sus sesiones de entrenamiento por la Sierra de Tramuntana, subiendo hasta el Santuario de Lluc, la ermita de Santa Magdalena o el Faro de Formentor.

“Cuando llegó la Covid-19 me quedé anímicamente tocado, pero a la segunda semana me puse las pilas, con horas y horas pedaleando en el rodillo. Cada día entrenaba como si a la mañana siguiente se celebrase los Juegos, no me dormí en los laureles, físicamente me mantuve y mejoré mis números. No levanté el pie del acelerador y esa constancia me ha llevado lejos”, asevera. No había tiempo que perder, tenía claro que el Mundial de carretera en Cascais (Portugal) en junio era la puerta de entrada para Tokio y había que firmar un buen papel para convencer al seleccionador nacional, Félix García Casas.

Y tanto que lo hizo, se enfundó el maillot arco iris en la crono y se llevó un bronce en la ruta. “Cuando escuché mi nombre por megafonía diciendo que era campeón del mundo no me lo creía, me vinieron mil pensamientos. Ha sido una temporada difícil y llena de incertidumbre, a veces me preguntaba para qué entrenar, pues ahí está el fruto de tanto trabajo. El maillot y la medalla los tengo en la pared de mi habitación, cada día los miro y me aportan una dosis de motivación. Es algo que quizás no vuelva a suceder en mi carrera, así que los guardo como oro en paño”, añade.

El ciclista inquero aterriza en Tokio con la maleta cargada de confianza y consciente de sus opciones de medalla en el Fuji Speedway. “Es un sueño estar en unos Juegos, todo lo que llega ahora es un regalo, así que eso me quita mucha presión. Me noto muy fuerte físicamente, pero los rivales no me lo van a poner fácil, por lo que tendré que dar el 120%. Tengo dos oportunidades y confío en hacerlo bien en ambas, en la contrarreloj he crecido bastante y la ruta siempre se me ha dado bien. Además, en Tokio el circuito es muy exigente, con muchas subidas, algo que me beneficia porque en Mallorca estoy acostumbrado a ese tipo de terrenos. Si dijese que no voy a por medallas estaría mintiendo, siempre que me pongo un dorsal es para salir a ganar, si no voy con esa mentalidad me quedaría en casa”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Joan Reinoso

La risueña Núria Marquès, una joya que reluce en la piscina

“Nunca olvides de sonreír porque el día que no sonrías, será un día perdido. Nada es imposible”. Ese es el leitmotiv que acompaña a Núria Marquès dentro y fuera del agua. Risueña, disciplinada, autoexigente y perseverante, la joya de la natación española se supera cada día a base de brazadas. Es un portento acuático. Su hambre no tiene límites y así lo atestigua su vitrina repleta de galardones con apenas 22 años. Posee la triple corona tras ser campeona paralímpica, mundial y europea, pero no se conforma, quiere más y confía en recolectar nuevas medallas en Tokio 2020, sus segundos Juegos.

En la piscina salpica su talento y descarga todo su descaro, no se arruga ante nadie. Cuando era pequeña le daba miedo competir y solo pensaba en divertirse, algo que sigue haciendo desde que empezó a chapotear con nueve meses. “El médico les dijo a mis padres que me ayudaría a fortalecer la espalda, ya que nací con el fémur de la pierna izquierda más corto y no crecía de la misma forma que el de la derecha”, relata. Tras varias operaciones, con nueve años le amputaron el pie para colocar una prótesis “con la idea de andar mejor y para que mi columna no se torciera”.

Pese al revés, Núria nunca se sintió diferente, era una niña como cualquier otra. “A mis padres les tengo en un pedestal, me ayudaron a normalizarlo y jamás me han sobreprotegido, hacía las mismas cosas que el resto de chicas. He llegado lejos gracias a los valores que me han inculcado. Nos dijeron que no andaría o que me costaría más, al final hasta lo hice antes que una vecina con mi misma edad”, dice entre risas. Pero su hábitat es el agua, donde mejor sabe desenvolverse: “Nadar me da libertad, domino más la piscina, ahí me siento mejor que caminando”.

Entrenar en el Club Natació Martorell con niños sin discapacidad fue clave para alcanzar un nivel alto cuando a los 11 años conoció la natación adaptada. “Sabía que me faltaba una pierna, pero eso no me hacía inferior a mis compañeros. No era ni la más lenta ni la más rápida, simplemente, una nadadora del montón, pero entrenaba las mismas horas, realizaba los mismos ejercicios y lo daba todo. Ese ambiente me ayudó a tirar hacia adelante, a tener confianza y a superar cualquier límite”, asegura.

Un palmarés de lujo

Muy pronto empezó a sobresalir la joven de Castellví de Rosanes (Barcelona). Debutó en 2014 en Eindhoven en su primer Europeo con cuatro metales, en 2015 repitió el mismo número de preseas en su estreno en un Mundial, en Glasgow. En 2016 se llevó siete medallas continentales en Funchal y tocó la cima con un oro en 400 libre y una plata en 100 espalda en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro. En 2017 en el Mundial de México subió al podio en seis pruebas -con tres oros-, elevó el listón en el Europeo de Berlín 2018 con siete preseas y en 2019 en el campeonato del mundo de Londres se llevó un oro y un bronce.

En mayo añadió a su increíble palmarés ocho medallas más tras firmar un gran Europeo en Funchal (Portugal). “Todas las tengo expuestas en mi habitación, las más valiosas son las que conseguí en Río 2016. Fue una experiencia de 10, inolvidable, lo repetiría mil veces más. Eran mis primeros Juegos y acabé muy orgullosa de la competición que hice. Pese a que han pasado cuatro años, cuando veo las medallas o las fotos que tengo en el móvil se me pone la piel de gallina”, confiesa la barcelonesa, que no se acomoda con lo que tiene y va a por su nuevo desafío: Tokio 2020.

Para ello, se ha sometido estos meses a una preparación exhausta, cada una de sus triples sesiones en el agua y en el gimnasio es una oda a las agujetas. “Se sufre con la natación, a veces no tienes ganas y hay bajones, pero disfruto con lo que hago, me lo paso bien y esa es la clave para llegar a cada campeonato en buena forma”, recalca esta prodigio del cloro. Para Jaume Marcé, su entrenador en el CAR de San Cugat, Núria “es muy madura y talentosa, una de las nadadoras más completas a nivel mundial. Tiene muchos sueños, ha sido campeona paralímpica, pero sigue luchando para reafirmarse en la élite. Siempre tiene una buena cara a la hora de entrenar, acude con actitud positiva”.

La catalana, que estudia Fisioterapia en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha tenido que sacrificar muchas cosas y momentos en estos años. “Tengo poco tiempo para dedicarle a mi familia y a mis amigos. Ya ni recuerdo cuando fue la última vez que tuve varias semanas seguidas de vacaciones. Pero elegí esta vida y para ser deportista de alto nivel tienes que dedicarte al 100%. El descanso, la comida y el bienestar psicológico hay que controlarlo. Cada detalle cuenta para arañarle una décima al crono”, apunta.

Lanzada a Tokio tras sus ocho medallas europeas

En su categoría, S9, el nivel ha aumentado y la competencia es cada vez más feroz con rivales como la neozelandesa Sophie Pascoe, la australiana Ellie Cole, la británica Toni Shaw, la china Jiexin Wang, la australiana Lakeisha Patterson y la española Sarai Gascón. “De muchas no sabemos nada porque apenas ha habido competiciones, es una incógnita, pero seguro que irán muy fuertes. Lo importante es no fijarme en ellas, sino en saber que estaré al 100%”, añade. En el Europeo fue la nadadora del equipo español con más preseas, subió ocho veces al podio: oros en 100 espalda y 4×100 estilos, platas en 100 braza, 200 estilos y 400 libre, bronces en 50, en 100 libre y en relevo 4×100 libre.

“Me sirvió de aprendizaje, costó un poco arrancar, pero me fui muy contenta con los resultados. La preparación ha ido muy bien pese a ser una temporada difícil, estoy con ganas de demostrar y de sacar lo trabajado en estos dos años tan duros”, apunta la polivalente nadadora, que llega a sus segundos Juegos Paralímpicos con el depósito lleno de “ganas, ilusión y con un punto más de experiencia, serán muy diferentes a los de Río, a los que fui sin haber hecho aún nada. Ahora acudo a Tokio con más presión, es difícil mantenerse cada año tan arriba, pero confío en estar con las mejores y en disfrutar con el equipo”.

Núria está preparada para competir en su baraja de pruebas, cuyas cartas con más opciones para lograr metales son los 200 estilos, el 400 libre y el 100 espalda: “Son las tres en las que mejor estoy para ganar medalla. El 200 no solía nadarlo hasta hace dos años y he mejorado mucho, me motiva bastante. También haré relevos femenino 4×100 estilos y estoy bien situada en el ranking en el 100 braza. Al tener cuatro días de descanso entre mis pruebas principales he decidido nadarla para no perder el hilo de la competición y seguir enchufada. Soy ambiciosa y cada vez que me lanzo al agua es para ganar. Repetir un oro en unos Juegos sería un sueño”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Núria Marquès

Dani Caverzaschi, un tenista de pura garra y corazón

En cada carrera las ruedas de su silla dejan sobre la pista surcos de su garra encomiable. De los cordajes de la raqueta que empuña emanan golpes con melodías de perseverancia, pundonor y pasión. Su juego es el claro reflejo de su forma de encarar tanto el deporte como la vida. Es Dani Caverzaschi, un tenista de pura raza y corazón, un ‘gladiador’ que, tenga al rival que sea enfrente, exprime su físico hasta el límite. Un deportista que nunca baja los brazos ni claudica. Lo lleva en el ADN y en los valores que sus padres le inculcaron de pequeño. Al abrigo del tenis ha esculpido una trayectoria ejemplar, siendo uno de los mejores del mundo. A sus 28 años afronta en Tokio sus terceros Juegos Paralímpicos, una cita a la que acude motivado, ilusionado y con ganas de dar guerra.

Lleva 14 años compitiendo y en ese tiempo ha ido dibujando un palmarés cuantioso con más de 60 títulos internacionales entre individuales y dobles. Desde los nueve vive pegado a una raqueta. Osado y pizpireto, de niño también probó baloncesto, béisbol, esquí o natación. “Cuando vivíamos en Estados Unidos hacía de todo. Al llegar a España, en el colegio empecé a jugar al fútbol, era portero y no se me daba mal. Mi sueño era jugar en el Real Madrid -ríe-. Pero llegó un momento en el que ya no podía seguir el ritmo al resto de chavales y lo fui dejando por mi discapacidad”, relata.

Nació con agenesia de fémur, sin parte de la pierna derecha y con afectaciones en la izquierda debido a una malformación congénita. Llevó prótesis de pequeño, luego se manejó entre muletas y desde los 15 se desplaza con una silla de ruedas. Pese a que tuvo una infancia y adolescencia rebosantes de felicidad, tuvo que lidiar con algún episodio amargo. “Pasé días malos, los niños son un poco cabrones y me llamaban ‘cojito’ por tener una pata de palo. Tuve algunas peleas, me buscaba la vida y eso me hizo más fuerte, gracias sobre todo a que en casa nunca me sobreprotegieron. Tuve suerte, me tocó una familia que normalizó la situación. Yo era un polvorilla y mi padre fue duro conmigo, me dio caña, algo que me hizo desarrollarme, le estoy muy agradecido”, asegura.

Ahora no se ofende por nada, al contrario, trata la discapacidad con un toque de humor negro. De hecho, suele bromear en sus redes sociales con el hashtag ‘ValeLaPierna’, su lema vital y con el que ha sacado una línea de camisetas que rompen estereotipos, diseñadas por la marca Silbon. “Con ello trato de normalizar la discapacidad. La gente suele mirarnos con pena y eso me da rabia. Yo soy feliz sin mis dos piernas y aunque el genio de la lámpara me concediese el deseo de volver a tenerlas, no lo haría. Y con esto intento que la sociedad se dé cuenta de que podemos llevar una vida como la de cualquier persona y de las grandes cosas que podemos hacer”, enfatiza Caverzaschi, quien encontró su camino en el tenis. Aprendió muy rápido, envuelto en una gran pasión, al lado de su padre, Jorge, su mentor y mayor apoyo.

No tardó en lucirse y en ganar sus primeros trofeos. Acudió a los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, todo le sonreía, pero dos años después, mientras estudiaba Económicas en la Universidad de Warwick -carrera que se sacó con matrícula de honor-, su progenitor falleció de cáncer. “Le echo de menos, podría haber aprendido muchas más cosas a su lado. Su muerte fue otra piedra en el camino, pero no podía venirme abajo y acabé superándolo. Desde entonces intento mantener su legado, esa fortaleza y ese carácter que tenía, él podía con todo”, recalca. Tenaz, brillante y sufridor, Dani no se detiene, nunca da una bola por perdida, lucha y se entrega en cada punto. Eso lo ha heredado de su padre.

“El tenis me encanta cada día más, hace que saque lo mejor y lo peor de uno mismo. Lo siento como un reto diario, cada día me levanto para trabajar por alcanzar mis metas. A veces me frustro porque entreno mil horas y no me salen las cosas, pero he aprendido a controlar mi mente y mis emociones, a saber volcar esa competitividad que llevo dentro”, añade. Con el aval de sus resultados y de su juego agresivo y variado se ha convertido en uno de los mejores tenistas del mundo.

Después de un 2019 aquejado por problemas cervicales y de un 2020 sin apenas rodaje por la pandemia del coronavirus, este curso ha podido jugar y ganar el Open de Antalya (Turquía) y el Fundación Emilio Sánchez Vicario en individuales, así como el Open de Barcelona y el Open de Ginebra (Suiza) en dobles. Pero no se detiene y sueña con ambición. “Quiero intentar ser el número uno del mundo algún día, pero antes hay que meterse entre los ocho primeros para disputar los Grand Slams. No será fácil, pero confío en que lo mejor está por venir”, subraya. Se ha reencontrado con su versión más fiable y llega con buena inercia a sus terceros Juegos Paralímpicos.

“Lo afronto con muchas ganas. Pese a las circunstancias, espero que sean unos Juegos espectaculares, quiero aprovecharlos. No me marco un objetivo, iré partido a partido, aunque tengo claro que el que me quiera ganar tendrá que derramar sudor y lágrimas, soy mejor jugador que el año pasado y lo he demostrado ganando a gente muy buena. Y en dobles, junto a Martín de la Puente, podemos dar la sorpresa. Ya ganamos un diploma en Río de Janeiro 2016. Nos conocemos bien, somos guerreros y estamos preparados para la batalla”, remata Caverzaschi.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Dani Caverzaschi

Deliber Rodríguez, veloces zancadas con ritmo caribeño

 

 

De sus cascos emanan canciones de bachata, merengue o reguetón. La música es innegociable en sus entrenamientos, le gusta sentir el ritmo y el fuego de las melodías para motivarse y tener esa alegría en la pista. Deliber Rodríguez lo lleva en la sangre. Fibra pura y potencia, tímido, pero de sonrisa fácil, las suyas son zancadas de superación. Medallista en mundiales y europeos, es uno de los mejores atletas del mundo con discapacidad intelectual en 400 metros T20, prueba en la que tratará de subir al podio en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

Lleva ocho años esprintando sobre el tartán y es la única medalla que le falta en su palmarés. Al atletismo llegó tarde, con 20 años, empujado por la insistencia de su hermano Dionibel. A él le gustaba más el baloncesto y, sobre todo, el béisbol, deporte que practicó de niño en la República Dominicana. Hasta los 14 creció en un barrio humilde de la localidad caribeña de Uvilla. “Tuve una infancia dura, allí hay mucha pobreza. Pero vivía feliz jugando con los amigos y trabajando con mi familia en el campo. Mi abuelo tenía cabras y una platanera y siempre estaba allí ayudando en la cosecha”, cuenta.

De niño sufrió episodios de acoso escolar y el béisbol fue su mejor arma para la integración. “En el colegio lo pasé mal, me costaba mucho aprender. Pero tenía talento para el deporte, batear se me daba bien, me gustaba y era más bueno que esos niños que se metían conmigo”, asegura. En busca de un futuro mejor, con 14 años aterrizó en Madrid y comenzó a practicar baloncesto. Luego llegó a la Fundación A La Par, que ha sido clave en su desarrollo personal, profesional y deportivo. “A España le debo todo, aquí me dieron una oportunidad para progresar. El deporte me ha enseñado a esforzarme y a luchar para vencer cualquier obstáculo”, expresa.

Dionibel, que es otro velocista referente a nivel internacional, se empeñó en que probase el atletismo con él, aunque le costó dar el paso: “Le decía que no, corriendo se sufre mucho porque lo veía a veces vomitar después de un entreno. Hasta que fui y me enganchó esa sensación de libertad. A mí antes me daba vergüenza que la gente supiera de mi discapacidad, pero en la pista siento que desaparece, desconecto del mundo, me transformo y puedo hacer algo grande. Ahora pienso que debería de haber empezado antes. Le debo mucho a mi hermano, me ha enseñado a ver las cosas de manera distinta”.

Pronto destapó sus virtudes y las medallas fueron llegando. En mundiales cuenta con una plata en Doha 2015 y una plata y un bronce en Londres 2017, además de numerosas preseas en campeonatos del mundo Virtus para personas con discapacidad intelectual. Una de las últimas ha sido el bronce en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia) en junio. “Las tengo colgadas en la pared de mi habitación en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid y todos los días las miro, me dan fuerza”, confiesa el atleta del Club AD Marathon, que entrena bajo las órdenes de José Luis Calvo.

Pese a ser un corredor con más fondo, ha tenido que adaptarse al 400 ya que la prueba de 800 metros en su categoría no forma parte del programa paralímpico. “Mi punto fuerte no es la velocidad, soy más fondista, tengo resistencia, pero estoy contento con el rendimiento y con las marcas que estoy haciendo”, apunta Deliber, que compagina el deporte con su trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de Madrid. “Se me dan bien los postres y lo de experimentar platos con las sobras de casa”, dice entre risas.

Ahora está centrado en Tokio, sus segundos Juegos Paralímpicos. En Río de Janeiro 2016 quedó quinto y quiere dar un salto más para alcanzar el podio en la capital nipona. Allí no tendrá esta vez a su lado a su hermano Dionibel, que se ha quedado sin plaza. “Desde pequeño hemos ido de la mano en todo, me da pena que no esté, él ha sufrido mucho con lesiones y lo ha dado todo hasta el final. Físicamente no irá, pero en mi corazón y en mi mente siempre estará. Ojalá pueda dedicarle una medalla”, recalca. El atleta de origen caribeño competirá en 400 T20 frente a duros rivales como el brasileño Daniel Tavares, el británico Columba Blango, el venezolano Luis Felipe Rodríguez o el francés Antoine-Charles Kouakou.

“El nivel es brutal, vamos a estar todos en un paño, meterse en la final será caro porque somos nueve o diez atletas con tiempos muy igualados. Tengo una espinita clavada porque en Río no fui capaz de controlar mi impulso y lo pagué caro. Ahora me siento más fuerte, en mi cabeza solo está la medalla, pero soy consciente de lo difícil que es. Si rebajo mi marca personal, que está en 48.84 segundos, estaré satisfecho y tendré muchas posibilidades de cumplir ese sueño. En Tokio voy a exprimirme como nunca, a disfrutar y a pelear hasta el último metro para traerme una medalla paralímpica, la que me falta en mi pared”, añade con una sonrisa.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Deliber Rodríguez

‘Pincho’ Ortega, la perla de la nueva hornada del baloncesto en silla

De gran envergadura y brazos infinitos, tiene el instinto de la canasta en la cabeza. Ignacio ‘Pincho’ Ortega, genio precoz e ilusionista con el balón, es uno de los jugadores con mayor proyección a nivel mundial y una de las joyas de la nueva hornada que empieza a alzar la voz en el baloncesto español en silla de ruedas. A sus 20 años ha roto amarras para dejar de ser una promesa y convertirse en una realidad. Subcampeón de la liga universitaria con Alabama, bronce en la Champions Cup con el CD Ilunion y oro en el Europeo sub 22 aderezado con el MVP del torneo, ahora abrocha su gran temporada con los Juegos Paralímpicos de Tokio.

Con paciencia, ha sabido esperar la oportunidad sin dejar de progresar. La recompensa, una plaza entre los 12 elegidos por el técnico nacional Óscar Trigo para la cita en la capital japonesa. “Estoy en una nube, formar parte de este equipo es un privilegio, me lo he ganado con mi rendimiento en la cancha. Lo afronto con muchísimo entusiasmo y ganas, con la mentalidad preparada para aportar mi juego. Quiero dejarme la piel en cada minuto que dispute o esté en el banquillo. Esto es un sueño hecho realidad”, asegura el joven madrileño.

Ese anhelo comenzó a labrarlo cuando apenas era un crío y se sentó por primera vez en una silla para jugar al baloncesto en el Club Alcobendas. Antes había probado el esquí, el pádel, el tenis o el piragüismo a través de la Fundación También. “El basket me llegó al corazón, me daba algo diferente al resto y me ayudó a sacar el alma competitiva que llevaba dentro”, comenta Ortega, que nació sin ambas piernas de rodilla hacia abajo. Aquello no fue obstáculo para poder practicar deporte desde que era pequeño.

“Mis padres, en lugar de lamentarse, normalizaron la situación, no me metieron en ninguna burbuja y buscaron las mejores opciones para mejorar mi calidad de vida. Con ocho meses ya llevaba prótesis y así me conocieron mis amigos, por tanto, para mí no ha sido algo traumático porque desde chico he vivido lo mismo. De niño era igual de pillín que ahora, súper activo y liante, pero siempre con una sonrisa”, cuenta ‘Pincho’, apodo que le pusieron en la cuna del hospital. “Hacía mucho calor y cuando mi madre me quitó la ropa estaba tan rojo que mi tío me comparó con un pincho moruno, y ya se quedó ese sobrenombre”, relata entre risas.

Entre los 12 y los 15 años creció en Virginia (Estados Unidos) junto a su familia, cuando destinaron allí a su padre, que es militar. No tardó en brillar en la pista, ya que fue nombrado MVP y ganó con el Richmond Sportable Spokes la Liga de High School. Varios entrenadores quisieron reclutarlo para sus equipos, pero a su puerta llamó el CD Ilunion, club en cuya escuela se había formado. “José Manuel Artacho me dio la oportunidad y no lo pensé dos veces, mi sueño era entrenar al lado de los gemelos Pablo y Alejandro Zarzuela, de Terry Bywater o Bill Latham, gente que me inspira, me ayudaron a formar al jugador en el que me he convertido”, afirma.

Entre Ilunion y Alabama

En el primer curso cosechó el triplete -Copa, Liga y Champions League- y en el segundo ganó la Copa del Rey. Para él fue como un máster: “En este club aprendes en una semana lo que en cualquier otro tardarías tres años. Estar rodeado de los mejores al principio daba vértigo, tuve el mejor proceso de aprendizaje posible”. Sin embargo, volvió a cruzar el charco para continuar su formación académica y carrera deportiva en la Universidad de Alabama. “No podía rechazar la oferta, en Estados Unidos tienen bien ligados los estudios y el deporte de élite, es otro nivel, nos ayudan a compatibilizar la vida deportiva con la académica. Te cambian fechas de exámenes o clases para que no interfieran en tus entrenamientos o competiciones. En España deberíamos aprender de ellos”, reconoce este estudiante de Relaciones Internacionales.

El ala-pívot ya ganó en 2019 el campeonato universitario y al igual que ocurre en la NBA, recibió un anillo personalizado con su nombre. Este año se quedó cerca de repetir título y luego pudo enrolarse de nuevo en las filas de Ilunion para acabar la temporada a un gran nivel, siendo terceros en la Champions Cup y en la Copa del Rey. Esa dinámica positiva continuó en junio en el Europeo sub 22 en Lignano-Sabbiadoro (Italia), un torneo en el que descargó todo el talento que atesora para guiar a España al oro con una actuación sublime. En la final ante Alemania firmó un doble-doble con 35 puntos y 28 rebotes, siendo el jugador más valioso y con mejores promedios en anotación (25.3 puntos), rebotes (15.5) y asistencias (5).

“Fue increíble, arrasamos y disfrutamos como una familia en la cancha. En mi primer Europeo quedamos séptimos y en el segundo fuimos bronce en 2018, sabíamos que este era nuestro momento para salir campeones. Demostramos que España tiene cantera y posibilidades de tener éxito en el futuro como lo hicieron los juniors de oro hace 13 años, que no han parado de ganar medallas. El relevo generacional está asegurado si trabajamos como lo estamos haciendo”, sostiene ‘Pincho’, un deportista con capacidad de intimidación, que despliega mucha energía y que evoluciona hacia jugador total, repartiendo y creando juego y también culminándolo bajo el aro.

Cualidades por las que Óscar Trigo le ha incluido en la lista de 12 convocados para los Juegos Paralímpicos de Tokio. Ya debutó con la absoluta en el Mundial de Hamburgo en 2018, aunque un año después se quedó fuera del plantel para el Europeo de Polonia en el que España ganó la plata. “Fue doloroso y difícil de asumir, pero aprendí, eso no hizo que me hundiera, sino todo lo contrario, trabajé al máximo para ponerle las cosas fáciles al entrenador a la hora de tener que elegirme. Estoy listo para jugar y aportar lo que sé, ya sea como organizador o peleándome con los grandes en la pintura. Aunque tengo claro que no soy un referente, con la gente que tenemos, pocos tiros me van a tocar, pero aprovecharé los minutos que tenga para ayudar”, dice con humildad.

España, que ya fue plata en Río de Janeiro 2016, se medirá en la primera fase a Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “Los grupos que en teoría parecen fáciles son trampas, porque al principio respiras un poco, pero en el cruce de cuartos de final te espera un ‘coco’ del otro grupo y si no ganas te vas para casa. En este caso, nos tocaría Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Australia o Irán, selecciones muy potentes. Si jugamos nuestras cartas al resto les costará derrotarnos. Somos un equipo muy fuerte al que otros países temen, así que vamos a por todas, a por el oro”, cierra ‘Pincho’ Ortega, un jugador de puro presente y futuro.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a ‘Pincho’ Ortega

Antonio Martín ‘Niño’, un ‘killer’ del gol Gran Reserva

Las calles de El Palo, barrio marinero de Málaga embriagado por el olor de los jazmines, el salitre y los espetos, alumbraron a un virtuoso del balón de cascabeles: Antonio Martín ‘Niño’, un futbolista que en un cuarto de siglo ha regado con su aroma del gol las redes de incontables porterías. Curtido en mil batallas, el andaluz envejece como el buen vino, no ha perdido olfato ni hambre, es un ‘killer’ Gran Reserva. A sus 39 años atraviesa por un momento dulce y está listo para seguir aportando su pólvora a la selección española de fútbol para ciegos, que en Tokio buscará regresar al altar en unos Juegos Paralímpicos.

La pasión por el fútbol iluminó su vida poco después de que la negrura se instalara en sus ojos. Tenía cuatro años cuando un medicamento inadecuado que un médico le prescribió para combatir la sinusitis le dañó el nervio óptico. “No recuerdo ningún rostro familiar, solo los colores y alguna de las gamberradas que hice de pequeño poco antes de quedarme ciego. Un día me escapé solo a un campo de golf que había cerca de casa para buscar bolas. Al regresar iba tan feliz mientras todo el mundo gritaba mi nombre y me buscaba, creían que me había perdido. Esa imagen es de las pocas que me vienen a la cabeza”, relata entre risas.

Él era un crío y no fue consciente del cambio tan brusco que sufrió, pero para sus padres fue traumático, movieron cielo y tierra con la esperanza de que su hijo recuperase la visión. “Hicieron de todo, recorrimos toda España para visitar a doctores, oculistas y hasta curanderos. Fuimos incluso a una clínica en Moscú y luego a un barco ruso en Gibraltar, pero en aquella época, años ochenta, no había tantos avances como hoy. Lo intentaron hasta que cumplí 13 años, cuando cansado ya de perder el tiempo, me planté y les dije que ya no iba a ningún sitio más. Que tendría que aprender a convivir con ello y que la vida continuaba”, confiesa.

Aunque al principio trató de tenerlo en una burbuja, su madre aceptó a darle la libertad que aquel osado renacuajo le reclamaba. “Eso es lo que me ayudó a forjarme, a ser independiente, a no sentirme diferente al resto. Ella me perseguía cuando me iba a la calle y un día le dije que no siempre estaría a mi lado, que me las tenía que ingeniar solo. Pese a que me espiaba desde la ventana, lo acabó por comprender. Y entre mis amigos era uno más, hacía lo mismo que el resto”, explica. Para él, esa oscuridad se alivió del todo cuando se cosió una pelota a los pies. En el pasillo de casa y abrazado a una barandilla metálica de un parque junto al Estadio de San Ignacio aprendió a chutar y a regatear. Desde entonces convirtió el gol en su forma de vivir.

El más joven en debutar en la Liga española

La edad mínima para jugar en la Liga española es a los 15 años, sin embargo, el paleño lo hizo de extranjis con 12. “He sido el más joven en debutar. La federación no se esperaba que alguien tan pequeño fuese a jugar, hasta que se dio cuenta y estuve casi tres años sin disputar un partido oficial”, comenta. Esa precocidad le granjeó el apodo de ‘Niño’, sobrenombre que aún mantiene: “De ese niño que recién empezaba queda la ilusión, incluso diría que tengo mucha más. También la competitividad y las ganas de mejorar, nunca me canso de aprender algo nuevo. Ahora saboreo más cada victoria o título que ganamos, con los años le he dado más importancia a las medallas conseguidas porque no sé cuándo será mi último partido”, asevera.

Como si viese a través de sus escleróticas opacas, el malagueño visualiza y dibuja en su cabeza cada jugada para plasmarla luego sobre el césped. “En el campo es donde me siento libre y mejor me manejo. El fútbol, además de permitirme viajar por el mundo, aprender diferentes culturas y aportarme grandes amistades, me ha enseñado valores como el compañerismo, además de darme la orientación y movilidad que luego aplico en la calle”, recalca. Su talento ha traspasado fronteras, llegando a jugar con el Apace el Brasileirao, la mejor liga del mundo, en Italia con la Roma, el AC Crema 1908 y el Liguria Calcio, y en Bélgica con el Charleroi.

“Salir al extranjero me ha hecho mejor futbolista, las barreras del idioma, los sistemas de juego y el hecho de estar con gente con la que nunca entreno hacen que me exprima mucho más y que saque un plus”, afirma. Precisamente, sus viajes a torneos internacionales le sirvieron como refugio para mantener viva la llama de la ilusión cuando le tocó lidiar con su peor etapa como deportista. Estuvo casi tres años sin vestir la elástica de ‘La Roja’. “La herida ya ha cicatrizado, pero fue muy duro, me hundí. A mí lo que me gusta es competir al más alto nivel y eso significa estar con la selección. Afortunadamente regresé en 2017 y confío en continuar hasta el día que me retire”, añade.

Su bautismo con España le llegó a los 16 años con un hattrick ante Francia en el Europeo de Oporto. A partir de ahí, sus guarismos han sido espectaculares: seis oros europeos, el último en Roma en 2019 siendo el máximo goleador, además de dos platas y un bronce continental. En mundiales cuenta con dos platas y dos bronces. En su museo de trofeos presume también de 11 ligas y 10 campeonatos nacionales con el ONCE Málaga, así como de numerosas botas de ‘pichichi’ y el premio a mejor jugador de la UEFA en 2005. Aunque dos medallas relucen sobre las demás, los bronces en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004 y de Londres 2012. “No me gusta hablar de lo que he ganado sino de lo que aún puedo ganar, soy inconformista. Sueño con un oro mundial y con jugar una final paralímpica”, matiza.

Una nueva oportunidad en los Juegos

En Tokio tendrá esa oportunidad que lleva nueve años esperando. ‘Niño’ llega a Japón con los colmillos afilados y sediento de triunfos. “Me perdí la cita de Río de Janeiro 2016 y pensé que ya no volvería nunca más a la selección, por eso afronto estos Juegos con más ganas e ilusión, como si fuesen los primeros. Ha sido la vez que más me he cuidado, he contado con un nutricionista y con un preparador físico, así que estoy en un buen momento. Me queda bastante gasolina, quiero trabajar, hacer goles y dejarme el alma en cada minuto que juegue para ayudar al equipo a lograr el objetivo, que no es otro que subir al podio”, explica.

‘La Roja’ se enfrentará en el grupo B a Tailandia, “un equipo muy peligroso en ataque con Panyawut Kupan y Kittikorn Baodee y muy agresivo, pero al que se le puede hacer daño ya que al jugar tan alegre dejan huecos atrás”; a Argentina, “súper competitiva y bien trabajada, defensivamente muy fuerte, con Maxi Espinillo creando peligro en ataque”; y a Marruecos, “la gran incógnita porque no sabemos cómo llega ya que, desde el Mundial, en el que le ganamos, no nos hemos enfrentado”.

“Por su historia y porque está capacitada para ello, España tiene la obligación de pelear por las medallas. No tenemos a una estrella que marque diferencias, nuestra virtud es el grupo, la solidaridad, la férrea defensa, las jugadas a balón parado y el no rendirse nunca. Sabemos competir y ocultar nuestras debilidades supliéndolas por coraje y garra. Tenemos que ponernos el mono de trabajo y sudar, aquí van los mejores y si no sales a tope desde el inicio te pintarán la cara. Hay mucha igualdad, podemos ganar y perder con cualquiera. Es un grupo complicado, pero hay que salir sin complejos y luchar cada partido como si fuese una final. Soñamos en grande, queremos esa medalla”, remata.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Antonio Martín ‘Niño’

Asier García, el mago de la ‘ÑBA’ sobre ruedas

Los focos alumbran su temple, movimientos y el manejo exquisito del balón naranja. Dotado de una excelsa clase, de una imaginación y fantasía inagotable y de una visión de juego al alcance de pocos, Asier García sorprende cada vez que saca su chistera. Humilde y comedido, rehúye de halagos, pero en la pista todos le buscan, es el metrónomo del equipo, un prestidigitador con la pelota, un jugador diferente, el director de orquesta capaz de componer la mejor melodía de la selección española de baloncesto en silla de ruedas.

Pese a que su DNI refleja que ha entrado en la cuarentena, en la cancha se divierte como si fuese un niño en el patio del colegio. Con 40 años, al mago de Getxo (Vizcaya) aún le quedan bailes en el parqué. Este año ha demostrado estar más preparado que nunca para guiar a España hacia una nueva medalla en los Juegos Paralímpicos. Por segundo curso consecutivo ha sido el MVP de la División de Honor -en la de 2020 también figuraba como el más valorado hasta que se suspendió el campeonato por el coronavirus-, llevando al Bidaideak Bilbao al primer título liguero en su historia.

“Hemos hecho una temporada irrepetible, ganar una Liga en mi casa, ser finalista de la Copa del Rey y quedar entre los cuatro primeros en la Champions. Cuando volví hace nueve años no era un objetivo real, pero viendo el camino que llevaba el club sí se convirtió en una obsesión por mi parte. No soy de mirar estadísticas individuales en un deporte colectivo, pero los números no engañan y dicen que estoy en mi mejor momento a pesar de la edad. Tengo que cuidarme más y espero no decaer anímicamente para continuar unos años más al máximo nivel”, apunta.

Lleva 21 años de carrera, muchas batallas libradas y asegura que disfruta “incluso más” que cuando se estrenó. “Si no lo hiciera no tendría sentido seguir. Cada día me pongo nuevos retos, siempre quiero mejorar, soy autoexigente y competitivo. Eso sí, no estaría a este nivel sin un club como el Bidaideak. Solo pienso en baloncesto, aunque el físico ya no aguanta tanto y las responsabilidades familiares son mayores, tengo dos niñas pequeñas y cuesta más, sacrifico muchos momentos con ellas por entrenar cada verano. En Bilbao me queda cuerda para rato y con la selección habrá que tomar una decisión el año que viene, ya que en diciembre tenemos el Europeo en Madrid y quiero seguir ayudando. Y si nos clasificamos para el Mundial de Dubai de 2022 intentaría ir, pero más allá de eso no miro”, confiesa.

Un tren lo arrolló con 13 años

Lo suyo con el basket fue un flechazo, un deporte al que se agarró para superar un grave accidente. Con 13 años, dando un paseo con sus amigos por Getxo, un tren lo arrolló y le dejó secuelas en las piernas. “Estaba a un lado de las vías, pasó un tren y las barreras se levantaron hasta la mitad cuando empecé a pasar y justo en el lado contrario venía otro, que no se veía al estar en una curva. Mis amigos me gritaron, me giré y me pasó por encima. Estuve atrapado durante dos horas hasta que me sacaron”, relata.

Seis meses pasó ingresado en el hospital, dos en la UVI, varias operaciones y un par de años de rehabilitación en silla de ruedas. “Al final quedé bastante bien, puedo andar con zapato ortopédico. Pudo haber sido peor. Desde entonces celebro dos cumpleaños, el 11 de junio y el 21 de noviembre, fecha en la que volví a nacer. El accidente me cambió la perspectiva de la vida, me obligó a hacerme adulto de la noche a la mañana, maduré muy pronto y asumí la responsabilidad. Nunca cambiaría lo que pasó porque he sido muy feliz”, asegura.

Pese a lo sucedido no dejó el deporte, “en el colegio me ponía de portero con la silla e incluso probé en el equipo de waterpolo de mi pueblo”. Hasta que por casualidad se topó con el baloncesto en silla: “Tenía 19 años y un chico que jugaba en Bilbao me invitó a probar con ellos. Me enganchó desde el primer día, me sentí muy cómodo y se ha convertido en una forma de vida”. Jugó cinco temporadas en el extinto C.D. Zuharrak, en 2006 fichó por el FC Barcelona para jugar por primera vez como profesional y después pasó por Toledo y Getafe. En 2012 regresó a casa para formar parte de un proyecto sólido con el Bidaideak, con el que conquistó en 2019 la Euroliga 1 y este año la División de Honor con un papel crucial: 17.6 puntos, 10.6 rebotes y 13.4 asistencias por partido.

Con la selección española lleva unos 200 encuentros y se ha colgado la plata en los Juegos de Río 2016, así como dos bronces (Israel 2011 y Frankfurt 2013) y una plata (Polonia 2019) en europeos. Para Asier, el subcampeonato continental logrado en Walbrzych hace un par de años “tiene mucho valor porque veníamos del Europeo de Tenerife, que fue un horror, y de un quinto puesto en el Mundial de Hamburgo, donde no salimos reforzados. Esta plata nos hizo volver a creer en nosotros, podemos ganar el oro, tenemos equipo para luchar por las medallas en Tokio”.

Un obrero de la pista

Al ‘13’ de la ‘ÑBA’ sobre ruedas le gustan los desafíos, se siente cómodo con el rol de referente ofensivo del equipo y está listo para destapar el tarro de las esencias. “Me considero un jugador mucho más trabajador que talentoso, soy un currela de la pista, pero con el paso de los años he conseguido ciertos automatismos de mi juego que si no tienes una calidad no se pueden hacer. Leo muy bien cada jugada, tengo mucha visión de juego y facilidad para entender y plasmar las ideas que quiere el entrenador, trato de facilitarles las cosas a mis compañeros”, subraya.

Para Asier, su deporte no es solo 40 minutos, buena parte de su tiempo lo pasa viendo baloncesto de manera minuciosa, bucea para analizar rivales y situaciones de juego. “Me gusta mucho la táctica, soy un loco del basket en silla, durante la semana veo todos los partidos de la Liga española, también campeonatos internacionales, aunque no soy tan fanático como Julio Maldonado ‘Maldini’ con el fútbol -ríe-. Si quieres ser un profesional del deporte tienes que conocer bien lo que vas a tener enfrente para tener opciones de ganar”, explica.

En Tokio ve a la selección capaz de repetir la gesta de Río, que sería un colofón perfecto a su intachable carrera. España se medirá en la fase de grupos a Canadá, Turquía, Japón, Colombia y Corea del Sur. “En el Europeo recuperamos nuestro ADN, defensa fuerte y transiciones rápidas. El juego que hicimos fue perfecto excepto el día de la final. Sabemos que Gran Bretaña y Estados Unidos están un peldaño por encima, pero les podemos ganar. En 2016 los ingleses también eran superiores, ese verano nos pasaron por encima en cuatro amistosos, pero les ganamos en semifinales en los Juegos. A veces en el deporte, con trabajo y fe, lo imposible se convierte en posible. Estamos cerca de ellos, el primer paso para ganar es creer y este vestuario es súper ambicioso”, apostilla el mago de la cancha.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Asier García

Adi Iglesias, la gacela de trenzas doradas que crece ante la adversidad

Pese a su bisoñez ha tenido que lidiar con muchas vicisitudes. Por eso Adi Iglesias esprinta contenta, sin temor, solo soñando. En 2019 irrumpió con dos platas mundiales y en junio de este año se ha colgado dos oros europeos en 100 y en 400 metros. En unos días peleará por ser medallista en Tokio, en sus primeros Juegos Paralímpicos. A pesar de ser velocista, su carrera vital es de fondo y con obstáculos. Ya no queda drama en su rostro, ahora, la deportista de las trenzas doradas sonríe sobre el tartán, aunque su camino hacia la felicidad ha sido escabroso desde que nació con albinismo hace 21 años en Bamako (Malí).

Una combinación peligrosa en un entorno donde dicha condición genética está perseguida y considerada maldita. “Si me hubiese quedado allí, quizás hoy no estaría viva”, reflexiona. La falta de melanina en su piel le pudo haber costado la vida por la ignorancia ajena. “Vivos nos consideran gafes y hay cazadores que amputan una parte de tu cuerpo para venderlo como amuleto de fortuna o entierran el pelo para atraer la riqueza”, explica la joven. Creció sin salir de su barrio por temor a que fuese secuestrada como otros niños. Y en 2010 tuvo que escapar de un destino macabro por el hecho de ser diferente en el continente de las supersticiones. “No podía quedarme, me sentía una extraña y corría peligro. No tenía más remedio que salir si quería sobrevivir”, recalca.

Con 11 años abandonó África y llegó a La Rioja para convivir con un hermano, pero la situación se agravó. “No se portó bien conmigo, aunque no le guardo rencor, de no haber pasado ese mal trago no sería quien soy”, aclara Adi, que acabó en un centro de menores. Hace seis años se cruzó en su vida Lina Iglesias, profesora en Lugo, que decidió adoptar a aquella adolescente de piel blanca y cabello rubio. “Fue una tabla de salvación, ella siempre dice que le ha tocado una hija maravillosa y yo digo lo mismo, no podía haber dado con una madre mejor. Le estaré eternamente agradecida porque me ha dado una oportunidad para seguir viviendo”, asevera. 

Encajaron a la perfección y en una de sus primeras charlas salió el deseo de Adi por correr. “En mi país era impensable, apenas me movía entre dos calles. Me enamoré del atletismo cuando en mi aldea vi una competición por televisión, bueno, más bien eran figuras borrosas porque no veía bien. Iban muy rápidas y me encantó”, confiesa. Lina movió cielo y tierra para que su hija cumpliese el sueño de ser atleta, aunque al principio tuvo que trabajar con ella la autoestima ya que se avergonzaba de su cuerpo. “Tenía complejo, en Mali no podíamos mostrarlo y me chocaba salir a la calle con un pantalón corto o un top. Supe quererme a mí misma y a romper cualquier barrera”, comenta.

Sus primeros pasos los dio en el club Lucus Caixa Rural junto a Maxi Rodríguez, una referencia del atletismo paralímpico, y luego fue Adolfo Vila quien pulió ese diamante en bruto, cuya capacidad visual apenas llega al 20%. No aprecia las líneas de las calles ni tampoco la de meta, “por eso casi nunca se me ve meter la cabeza en la ‘foto finish’ para arañar centésimas, siempre corro unos metros de más. Las referencias me ayudan, pero me despistan si las busco durante la carrera”.

Medallas internacionales

En poco tiempo se ha convertido en una de las mejores velocistas del mundo y fue la gran figura del equipo español en el Mundial de Dubai hace dos años con dos platas, bajando de los 12 segundos en los 100 metros (11.99) y parando el crono en 24.31 en los 200 metros. “Tenía mucha confianza, pero no esperaba obtener esos resultados. Fui a darlo todo, mi objetivo era mejorar las marcas y conocer a mis rivales, era la primera vez que me medía a ellas”, recuerda.

Ya venía avisando de su enorme potencial cuando fue la más veloz de Galicia frente a rivales videntes -posee el récord autonómico en ambas distancias- y quedando entre las mejores en varias ocasiones en el campeonato de España absoluto. “Sé que soy diferente por ser albina, pero me motiva el poder demostrar que una deportista invidente puede enfrentarse a las mejores. Por eso, pese a no ver, prefiero correr sola y no atada a un guía, temo que luego no me dejen competir en pruebas nacionales de gran nivel”, dice.

El pasado mes de junio en Bydgoszcz (Polonia) subió al trono europeo en 100 (12.08) y en 400 metros (récord continental con 55.70) pese a que le subieron a la categoría T13. “Fue un poco decepcionante porque me quedaba sin poder hacer el 200, mi prueba fuerte, y sin mínima para Tokio, todo el esfuerzo realizado era en vano. Es injusto que hagan clasificaciones médicas a pocos meses de los Juegos, mucha gente se ha quedado fuera. Mi entrenador me tranquilizó, me dijo que el cambio traería algo bueno y al final tuvo razón. El cabreo me lo guardé y saqué esa rabia en la pista”, explica.

En unos días Adi afronta en la capital nipona un reto de mayor envergadura, los Juegos Paralímpicos. “Aún no me lo creo, el nivel de exigencia se ha notado más, el trabajo ha sido más fuerte para ser constante en las marcas. Tengo ganas de disfrutar cada minuto”, apunta la gallega, que ya no tendrá como rival a la cubana Omara Durand, que ha reinado en T12 en la última década, pero sí lidiará con la ucraniana Leilia Adzhametova, la francesa Nantenin Keita, la estadounidense Kym Crosby o la brasileña Rayane Soares. “Solo conozco a las europeas, no suelo fijarme en mis adversarias ni hago un seguimiento para no comerme la cabeza”, sostiene.

La joven sabe que está ante una gran oportunidad y por ello apunta con ambición al doblete en Tokio. “Nada es imposible y si quieren ganarme tendrán que darlo todo porque estaré apretándoles. En el 100 estoy cada vez mejor, he bajado a 11.83, y el 400 solo lo he preparado en estos meses previos, es una prueba que hay que trabajarla psicológicamente porque el ácido láctico te sube rápido y tienes que contradecir al cerebro. Mi objetivo es coger medalla, aspiro a estar en el podio en ambas pruebas, me siento fuerte y preparada para ello”, apostilla la atleta de las trenzas doradas, su seña de identidad. Durante su infancia no salía de su barrio y ahora, con arrojo y sin complejos en cada zanjada Adi no teme a nada, corre más que nunca y acumula sueños con la idea de ser mejor cada día.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Adi Iglesias

El oro en Tokio, el enésimo desafío de Alfonso Cabello el insaciable

Con entrenamientos a 40 grados en un velódromo yermo, abandonado y cubierto de cristales comenzó a forjarse la leyenda de Alfonso Cabello. Su llegada a la cima no ha sido una singladura fácil, pero desde esos primeros pedaleos su dominio ha sido indiscutible en el kilómetro contrarreloj categoría C5, una prueba que es coto privado del insaciable y voraz ciclista andaluz. Seis oros mundiales y tres preseas paralímpicas -un oro y dos bronces- lucen en su palmarés. El ‘Rayo’ de La Rambla (Córdoba) quiere volar ahora en el oval de madera de Izu en los Juegos Paralímpicos de Tokio: “Voy a por el oro”.

El hambre de victorias de Cabello sólo es comparable a su gran capacidad competitiva y a la determinación que le han acompañado desde pequeño, cuando empezó a sortear obstáculos. Un día en el colegio se habían reído de él porque no podía abrocharse los cordones. Nació sin antebrazo izquierdo. “Lloré, pero me pasé toda la tarde practicando hasta que me salió. Al día siguiente demostré que era hasta más rápido que ellos en atármelos. Eso me hizo crecer sin complejos y creyendo en mis capacidades, aunque tuviese que esforzarme más que el resto”, relata.

La bicicleta era su pasión y con nueve años ya descollaba. En una carrera de ciclismo escolar en Pozoblanco la gente le miraba con ojos compasivos y los niños a los que se enfrentaba lo hacían con miedo a que los tirase al suelo. Cabello se presentó a la prueba con una bici sin adaptación, sin prótesis ni freno delantero y ganó a todos. “Por más logros que consiga, esas vivencias nunca se me olvidarán, son mi esencia. Lo que soy hoy día se lo debo a esa actitud y educación. Soy muy tenaz y nunca me rindo ante las adversidades, cuanto más difíciles me ponen las cosas, más me motivo y más coraje le echo”, asegura.

Ha derramado lágrimas y ha sacrificado muchas cosas por la búsqueda de la felicidad a través del ciclismo. En 2011 sufrió el primer sinsabor de su trayectoria. Había dos plazas en su categoría para acudir al Mundial de Dinamarca y pese a ser el campeón de España de carretera, le dejaron fuera. “Tenía un nivel alto, pero no me llevaron. Era un chaval y creían que no aguantaría la presión de un campeonato del mundo. Eso me jodió y estuve a punto de dejarlo. Y más porque José Diego Jara ganó el oro y al no participar yo, ya no había opciones de ir a los Juegos de Londres 2012”, cuenta.

Aquello motivó su transición a la pista, la única vía que tenía para estar en Londres. En apenas un par de meses pasó de la aflicción al júbilo tras ganar dos bronces en el Mundial de Los Ángeles que le dieron el billete para sus primeros Juegos. En los meses previos, su padre barría los restos de vidrios de los botellones juveniles en el velódromo de Posadas (Córdoba) para que su hijo pudiese entrenar. Mientras, sus rivales se preparaban en instalaciones con calefacción y aire acondicionado. “Si tuviese que repetir, lo haría. Eso me hace darme cuenta de lo que he tenido que pasar para llegar lejos”, recalca.

Lograr la clasificación fue una odisea, era muy joven, tenía poca experiencia y la selección era una potencia. “Aposté ciegamente, me fui a Palma de Mallorca para prepararme y dar en cada sesión el 180%. Pasé momentos de pena, me caí, se me infectaron las heridas, me salieron las muelas de juicio, pero no me perdí ni una sola serie. Vivía por y para la bici, solo salía para comprar comida. Cuando llegué a Londres pensaba en lo que había sufrido, tenía que hacer valer todo ese esfuerzo. Y me llevé el oro”, prosigue.

Sexto maillot arco iris

La pasada temporada arrancó con brío tras colgarse su sexto oro mundial: Aguascalientes 2014, Apeldoorn 2015, Italia 2016, Río de Janeiro 2018, Holanda 2019 y Milton 2020. “Esta última fue la competición en la que mejor corrí y en la que más fuerte me vi. Un kilómetro contrarreloj tiene más horas de preparación que un Tour de Francia, es una prueba tan específica en la que todo pasa tan rápido que cualquier mínimo detalle marca las diferencias. Pese a ganar tantas medallas y llevar años haciéndola, es ahora cuando estoy sabiendo correrla”, confiesa.

Todos en su categoría se rinden a los pies de Cabello. “En Canadá fue la primera vez que los británicos, que son mis rivales por excelencia, vinieron al box de España para darme la enhorabuena. Eso me enorgullece ya que Gran Bretaña es la cuna del ciclismo en pista, tienen las mejores infraestructuras y sus corredores siempre son recelosos a darle el respeto al rival. Hay ciclistas que son superiores a mí físicamente y tienen condiciones de entrenamientos más favorables, pero les hago frente con inteligencia, constancia y con muchos cojones. Soy un currante que se esfuerza y trabaja duro para cumplir sueños”, subraya.

Este año se canceló el Mundial por la pandemia de la Covid-19 y el cordobés apenas ha podido competir en pista internacionalmente. Sí pudo hacerlo en España, codeándose por tercer año consecutivo con la élite en el campeonato absoluto. En los dos anteriores se llevó un bronce y una plata en Valencia, y en la última edición en Tafalla (Navarra) se hizo con un bronce en su prueba y con un oro en la velocidad por equipos con el Gurpea Track Team junto a Juan Peralta y Sergio Aliaga. Un resultado que le dio un impulso para preparar el gran desafío de este ciclo, los Juegos Paralímpicos de Tokio.

“La falta de competiciones no es un hándicap, lo veo incluso como una ventaja, ya que me ha permitido centrarme en el objetivo de los Juegos y llevar la preparación al 100% encaminada para ese día. Los afronto con tranquilidad, he reseteado la cabeza y me encuentro genial física y psicológicamente, rendí muy bien en las anteriores pruebas y creo que puedo dar un punto más de nivel en los Juegos. Voy con la seguridad de que el trabajo está hecho”, apunta el ‘pistard’ español. En el velódromo japonés, además de pedalear para combatir con el tiempo, también tendrá que lidiar con la factorización de esta prueba, ya que se mide con ciclistas de la categoría C4, a los que se le aplica un factor de ventaja de siete décimas de segundo.

“En Río 2016, donde logré el bronce, era peor porque les daban casi dos segundos y ahora el factor ha bajado. Lo que antes era un escalón insalvable se vuelve una diferencia complicada, pero factible. Tengo opciones de hacer algo bonito, no sé cómo estarán mis rivales ni la evolución que han tenido porque desde 2019 no competimos, pero lo normal es que me juegue el triunfo con el británico Jody Cundy. Me hace mucha más ilusión conquistar un oro en unos Juegos que lograr 20 títulos más de campeón del mundo. Si ganase en Tokio sería lo más grande, algo muy deseado”, apostilla el devorador de medallas que con humildad, perseverancia y trabajo ha construido un palmarés excelso.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Alfonso Cabello

Higinio Rivero navega con paladas vigorosas hasta Tokio

Pocas zonas de su cuerpo se han librado de las punzadas de la aguja. Cada tatuaje que luce Higinio Rivero representa algún momento importante de su vida. Un funeral vikingo en honor a su padre fallecido, el nacimiento de un río y una cascada, un cementerio con la fecha de su accidente o una columna vertebral en la espalda en alusión a su familia, dibujo que curiosamente se hizo poco antes del día que viró su rumbo. En 2013 una caída desde 15 metros de altura mientras escalaba le provocó una lesión medular. El piragüismo le permitió reflotar y ahora cumplirá el sueño de disputar sus primeros Juegos Paralímpicos.

“Caí a plomo por un par de fallos técnicos de seguridad. Me rompí la cadera por varios sitios, la tibia, el esternón, me estalló una vértebra y algunos trozos se quedaron en la médula. Estuve tres meses hospitalizado sin moverme de la cama y luego cuando me dieron el alta iba cada día durante ocho meses a rehabilitación”, relata el bilbaíno, que para caminar se ayuda de unas muletas. “Sé que el día de mañana tendré que desplazarme en silla de ruedas, cuando estoy mucho tiempo de pie me duele todo el cuerpo”, añade.

Ocurrió en Ramales de la Victoria, una de las zonas de escalada más emblemáticas de la cordillera Cantábrica, un lugar al que ha vuelto en varias ocasiones con sus amigos. “Aunque ahora, más que escalar montañas, me arrastro por la pared”, bromea. Allí se truncó su sueño de ser piloto de línea aérea, llegó incluso a trabajar como instructor de vuelo, pero se le abrieron las puertas del piragüismo. “Recuperé la ilusión y la motivación y me enganchó porque me gusta estar en contacto con la naturaleza, por la tranquilidad que me da estar en el agua”, explica el vasco, 88 kilos de puro músculo.

Empezó en la modalidad de maratón y ganó los mundiales de 2016 y 2017, pero decidió cambiar a la disciplina de sprint porque le seducía la idea de estar en unos Juegos Paralímpicos. Y en apenas tres años se ha convertido en uno de los mejores palistas del mundo, consiguiendo en el Mundial de Hungría de 2019 el pasaporte para Tokio en categoría canoa VL2 200 metros. “Lo logré pese a estar con placas en las amígdalas y tomando antibiótico. A día de hoy aún no me lo creo. Tras el accidente la vida me regaló otra oportunidad a través del deporte y quería aprovecharla”, confiesa.

Tras un 2020 nefasto por la pandemia de coronavirus, que le obligó a entrenar en casa durante meses, esta temporada el horizonte que han visto sus ojos se ha limitado a las aguas de la ría de Plentzia (Bilbao), del embalse de Trasona (Asturias) y del río Guadalquivir en Sevilla, su base logística. “Hemos buscado sitios que tengan temperaturas y humedad parecidas a las que nos encontraremos en Japón. He mejorado mucho la técnica en este tiempo con Iker-Ekaitz Líbano, también he trabajado con un psicólogo para evitar cosas que me afecten y que no me dejen rendir. Es un año único y he tenido que afinar mucho”, comenta.

Primeras medallas en sprint

Esos cambios se han visto reflejados en el agua con resultados muy positivos. En la Copa del Mundo de Szeged (Hungría) en mayo se llevó el bronce y en el Europeo de Poznan (Polonia) en junio alcanzó la plata, sus primeros metales a nivel internacional en sprint. “Se va cumpliendo la previsión que teníamos, sabía que esta temporada estaría en un pico alto de forma, en mi mejor nivel. Estas medallas me han dado un plus de confianza, me veo muy fuerte y capaz de luchar con los mejores. En el canal húngaro estaban los más potentes, entre ellos el campeón del mundo, que se quedó fuera de la final. Y pude colarme en el podio como tercero”, explica.

Superó con creces las dos pruebas de fuego tras una ardua preparación con tres sesiones diarias de entrenamiento, dos en el agua y una en el gimnasio, 20 kilómetros cada día y unas 90 paladas por minuto. “Ha sido duro, no todos los días me apetecía entrenar, pero no podía quedarme en casa y siempre pensaba en mi gente, vengo de una familia humilde que trabaja en el campo y que no puede permitirse el lujo de no acudir un día a recoger su cosecha porque se echa a perder. Es mi mayor ejemplo”, apunta.

Otro referente para él es el medallista olímpico Saúl Craviotto, abanderado español en Tokio. “He coincidido con él de vez en cuando en Trasona y me ha dado consejos. Que alguien como él, que ha cosechado tantos éxitos se interese por mí es una motivación extra”, subraya Rivero, cuyas últimas marcas de tinta que adornan su piel son un árbol de la vida con un templo japonés como guiño a Tokio, así como el símbolo del yin-yang entre dos alas, una del ave Fénix y otra de un dragón. “Representa el equilibrio y la célebre cita de Frida Kahlo: ‘Pies para qué os quiero si tengo alas para volar’. Esa es mi máxima, así me siento yo en la piragua”, afirma.

Con esa fe y determinación confía en navegar hasta el podio en los Juegos Paralímpicos. “De vacaciones no voy, quiero plantar batalla y luchar por las medallas. Estoy entre los primeros en el ranking mundial y habrá que estar concentrado desde que se levanta el cepo porque cualquier error te condena. El brasileño Fernando Rufino de Paulo es el favorito y está un escalón por encima del resto, es difícil ganarle. Luego hay un grupo de palistas muy parejos que pelearemos del segundo al quinto puesto. Sé que puedo dar la sorpresa y colgarme una medalla”, sostiene.

Hace dos años probó las instalaciones del Canal Sea Forest Waterway que acogerán la prueba de piragüismo en la capital nipona. “Es de agua salada, hace calor y humedad, pero lo que más preocupa es el viento que hace en la pista. Cogimos datos y en los entrenamientos intentamos simular todas las variables de viento para anticiparnos. Jugará un papel importante, pero estoy preparado para dar guerra”, apostilla el bilbaíno, pura potencia y vigorosidad en la canoa, un tipo que irradia positividad y que saborea al máximo cada segundo de su vida.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Higinio Rivero

Álex Sánchez Palomero, un constante resurgir de las cenizas

 

 

Hay personas que por más obstáculos que les ponga la vida, salen fortalecidos de las adversidades por su espíritu de superación. Con cada caída, Álex Sánchez Palomero volvía a resurgir de sus cenizas, como un ave Fénix permanente. En un accidente de tráfico perdió la movilidad del brazo derecho, pero se rebeló a través del deporte para cimentar una brillante carrera. Primero con la natación, en la que cosechó grandes éxitos, como un bronce en Pekín 2008. Y después, con el triatlón, disciplina con la que disputará en Tokio sus terceros Juegos Paralímpicos.

Con 17 años tuvo que enfrentarse al primer golpe. “Un hombre mayor cruzaba por donde no debía y para no atropellarle perdí el control de mi moto y me caí. El brazo no lo puedo mover desde entonces, no tengo flexibilidad ni sensibilidad. Nadie está preparado para afrontar una desgracia, pero me tocó tirar para adelante, lo acepté con resignación positiva”, recuerda el salmantino, que estaba preparándose para estudiar arquitectura, aunque su sueño era ser bombero.

La natación fue la fuente de donde manaron las ganas, el ánimo y la esperanza, “me aportó una serie de valores y aprendizajes que me convirtieron en una persona más fuerte y con recursos”. Empezó a competir, se marchó a Palma de Mallorca para entrenar y logró una plaza en los Juegos de Pekín, donde se llevó un bronce en los 100 metros braza. “Fue una experiencia brutal e inolvidable que acabó con una medalla. Me demostré a mí mismo que podía superarme, valía la pena tanto esfuerzo y sacrificio”, asevera.

Cuatro años después acudió a los Juegos de Londres, aunque esta vez las cosas no salieron como esperaba. “Un año antes cambiaron la normativa y me prohibieron nadar con el brazo dentro del bañador, como había hecho siempre. No me dieron ninguna alternativa, fue un palo muy duro, al llevarlo suelto no rendí al máximo nivel. Eso me afectó física y psicológicamente, veía que mi carrera deportiva se acababa”, confiesa. De hecho, dejó de nadar durante seis meses, pero una vez más sacó su capacidad de resiliencia y encontró en el triatlón una nueva motivación para levantarse.

El triatlón, una nueva oportunidad

“El deporte forma parte de mi vida y espero que no me abandone nunca. Lo retomé con la idea de volver a unos Juegos, el plan no era ir tan rápido en una modalidad nueva para mí, pero me adapté pronto. Al principio mis rivales parecían inalcanzables, aunque confiaba en mí”, dice. En 2015 despegó con buenos resultados y desde entonces ha sido tres veces subcampeón del mundo y dos de Europa, además de sumar numerosas medallas en Copa del Mundo y en Series Mundiales en clase PTS4.

Pero en 2016, otra vez se topó con una barrera. El sueño de repetir en unos Juegos Paralímpicos no pudo cumplirlo en Río de Janeiro ya que su categoría no formó parte del programa oficial. “Fue una decepción, tenía la ilusión de ir, estaba segundo del ranking mundial, pero lo llevé mejor de lo esperado porque había encontrado un deporte en el que me sentía feliz, no me rendí y sabía que iba a disponer de otra oportunidad”, recalca.

La tendrá en la capital japonesa, donde aterriza en su mejor momento. Este curso ha disputado dos pruebas, con un séptimo puesto en las Series Mundiales de Leeds -la primera vez que se queda sin podio- porque se le enredó el neopreno y perdió tiempo, y una plata en la Copa del Mundo de A Coruña: “El balance de la temporada es bueno, los resultados fueron diferentes, pero me considero mejor triatleta que el año pasado. En natación estoy bien, se puede mejorar algo, tener más fuerza o salir más rápido. En bici estoy dando pasos y mejorando el segmento, mientras que, corriendo, tras superar una lesión a principios de año estoy haciendo ritmos competitivos”.

Con la mochila cargada de confianza y con apetito voraz, quiere subir al podio y colgarle la presea a su hijo Bruno. “Me habría encantado que me acompañase. Le prometí que si ganaba una medalla le regalaba un perro y esa es la mayor presión que tengo encima -ríe-. Ojalá pueda celebrarlo con él y mostrarle que en la vida merece la pena esforzarse porque siempre obtienes recompensa. He disfrutado mucho del camino y pienso en saborear cada minuto allí y luchar por una medalla. Después de todo lo que he pasado, volver a unos Juegos es un regalo y un lujo”, matiza.

Aunque el metal dorado está caro porque el galo Alexis Hanquinquant está a un nivel descomunal, Sánchez Palomero, que figura como número dos del ranking mundial, sí está entre los favoritos para morder la plata o el bronce. “El francés está un peldaño por encima del resto, es invencible ahora mismo. Las otras dos medallas nos las jugaremos de tú a tú el chino (Jiachao Wang), los dos americanos (Jamie Brown y Eric Mcelvenny), el japonés (Hideki Uda), el británico (Michael Taylor) y yo. Ojalá me pueda llevar una”, apostilla el salmantino, un Fénix con una fuerza arrolladora a base de brazadas, pedaladas y zancadas.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Álex Sánchez Palomero

Amadou Diallo, el coloso de ébano del baloncesto español en silla

Por prejuicios y miedo al rechazo, Amadou Diallo se negaba a subirse a una silla de ruedas para jugar al baloncesto. Sus padres, procedentes de Senegal que se instalaron en Gran Canaria a principios de los noventa, le obligaron a hacer deporte. Hoy día, el coloso de piel de ébano del basket español les agradece a sus progenitores su insistencia y apoyo porque en una década se ha convertido en un jugador referente con un gran palmarés. Es una pieza fundamental en su equipo, el CD Ilunion, y también en la selección, con la que ha ganado una plata en los Juegos Paralímpicos de Río 2016 y otra en el Europeo de Polonia de 2019.

Y eso que le gustaban poco los deportes, aunque de vez en cuando se le veía en el colegio correteando con sus muletas detrás de una pelota de fútbol. “Me pasaba las tardes estudiando o en el sofá sin hacer nada y mis padres se cansaron. Me dieron a elegir entre la natación y el baloncesto, así que como le tengo miedo al agua, me decidí por el balón cuando tenía 16 años. No me gustó nada porque no quería ver a personas en una silla de ruedas, tenía complejo por el qué dirán”, reconoce.

A los tres años le diagnosticaron un trastorno neurológico llamado mielitis transversa, provocado por una inflamación de una sección de la médula espinal que afecta a los miembros inferiores. Poco a poco vio que tenía cualidades para el baloncesto y se tomó en serio el deporte de la canasta. Dio sus primeros pasos en el CB Sureste Gran Canaria y en el BSR ACE Gran Canaria, luego fichó por el Bidaideak Bilbao y hace cuatro cursos dio el salto al CD Ilunion, uno de los clubes más laureados de Europa, con el que ha conseguido una Liga y dos Copas del Rey.

Su interés y entrega descomunal en cada entrenamiento le abrieron las puertas de la selección española, siendo uno de los artífices de las medallas de plata en el Mundial sub 23 de París 2009, en el Europeo de Polonia de hace dos años y en los Juegos de Río 2016. Este año ha dado un salto de calidad y ha mejorado su nivel de juego y sus estadísticas, firmando 13.1 puntos y 7.7 rebotes de promedio: “Han sido mis mejores números y estoy contento con mi rendimiento, ha sido bastante aceptable, pero no ayudaron al equipo a lograr los objetivos, ha sido un año difícil y para reflexionar porque nos quedamos sin ganar nada”.

El pívot de 186 centímetros y brazos arácnidos está preparado para intimidar en la pintura y ayudar a España a seguir haciendo historia. “En la selección todos sabemos el rol que tenemos, cada año asumo mayor responsabilidad y me siento muy contento con el papel que desempeño. Este año he mejorado, me siento con confianza y capacitado para dar un paso al frente y tomar más galones. Quiero seguir demostrando mi potencial para sumar al equipo, ya sea jugando cuatro segundos o 40 minutos, el tiempo que esté en la cancha lo haré con el cuchillo entre los dientes y dispuesto a dar batalla”, apunta el grancanario.

Diallo tiene grabada la gesta de Río, donde la ‘ÑBA’ sobre ruedas dio la sorpresa y se colgó la presea plateada: “Jamás olvidaré el momento de la entrega de medallas, no paré de llorar en el podio. También el pase a la final, fue brutal, un alivio. Nadie apostaba por nosotros, pero completamos un torneo espectacular”. En unos días, los pupilos de Óscar Trigo afrontan un nuevo reto, los Juegos de Tokio, donde deberán medirse en la fase de grupos a Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón.

“A priori es el grupo fácil, pero es un arma de doble filo porque deberás ser primero para evitar a un ‘coco’ del otro grupo. Aun así, el que nos toque en cuartos será un rival potente”, dice. “Con nuestro juego de transición y una sólida defensa podemos ganarle a cualquiera. Gran Bretaña y Estados Unidos son favoritos, pero estamos con muchas ganas, motivados, ilusionados y preparados para plantarles cara a los mejores. En los últimos años estamos cada vez mejor, atravesamos por un momento dulce y llegamos en un gran estado de forma física. Queremos alcanzar otra final, pero iremos partido a partido, sin obsesionarnos. Jugando al nivel del Europeo de Polonia podemos repetir medalla, somos ambiciosos y aspiramos al oro”, sentencia.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Amadou Diallo

Eduardo Cuesta, una vida de superación golpeando la bola

Cada día acompañaba a un amigo al gimnasio de su instituto para ver los entrenamientos del Club de Tenis de Mesa Móstoles. Eduardo Cuesta pasaba horas sentado en un banco, cautivado y sin mover un músculo de su cara, un día tras otro, viendo a los chicos golpear aquella minúscula bola. Hasta que decidió dar el paso y le preguntó a Adolfo Gómez -su entrenador- si podía probar. Desde aquel momento no se ha separado de una pala. Tenía 12 años y una discapacidad intelectual del 40%. Disciplinado, porfiado y con una zurda eléctrica, lleva dos décadas en la élite de este deporte con una carrera plagada de éxitos. En unos días disputará en Tokio sus segundos Juegos Paralímpicos.

“Jugaba al fútbol en el parque como cualquier niño, pero al ver el tenis de mesa me enganchó, aunque hasta el tercer día no me atreví a probarlo. Me sorprendió mucho por la rapidez de movimientos, los reflejos y porque me divertía. En la mesa me sentía igual que el resto de chicos. Eso sí, al principio no le daba a ninguna bola”, recuerda entre risas. Apenas llevaba dos años practicando y se plantó en el Mundial de Lisboa, donde quedó subcampeón. “No me lo esperaba, veía que destacaba en algo y fue un impulso para continuar”, relata.

Desde que empezó a competir en 1999 ha ganado todos los campeonatos de España a excepción de la edición de 2018, a la que no se presentó por lesión. En sus vitrinas también lucen numerosas preseas internacionales: 17 medallas mundiales (seis oros, cuatro platas y siete bronces) y 15 europeas (cuatro oros, cinco platas y seis bronces). “El logro más especial fue ganar cuatro oros en los Global Games de la República Checa en 2009, donde fui elegido MVP, el mejor deportista. Detrás de cada resultado hay muchas horas de trabajo, hay que ser muy constante para conseguirlo, nadie te regala nada en este deporte”, apunta el mostoleño.

Cuesta también ha tenido que esquivar piedras a lo largo de su camino, como quedarse fuera de los Juegos de Londres 2012, en los que se levantó el veto a los deportistas españoles con discapacidad intelectual, castigados por el fraude de Sídney 2000, cuando España ganó el oro arrasando a sus rivales en baloncesto con 10 jugadores sin ningún tipo de discapacidad. No jugó durante el año 2011 por “una falta de entendimiento” entre la Federación Española de Deportes para Personas con Discapacidad y la Federación Española de Tenis de Mesa.

“Mi nombre no aparecía en los listados de ninguna de las dos y no me llamaron para disputar torneos. Pasé de ser el número uno del mundo al siete y a los Juegos solo iban los seis mejores. Me fastidió mucho, había trabajado duro para ir a Londres y lo tuve muy cerca. Pero me dio fuerzas para seguir y pensar en los siguientes”, asevera. Los de Río de Janeiro 2016 no se los perdió: “Fue un sueño hecho realidad, disfruté de la experiencia. Es lo más grande que le puede pasar a un deportista”.

En estos cinco últimos años ha vuelto a recuperar su mejor nivel y eso que el 2018 lo pasó en blanco por una rotura del cruzado y del menisco interno que frenó su progresión. “Me gustaría volver a ser el número uno, pero en mi categoría, clase 11, hay mucho nivel”, dice. En este curso solo disputó un torneo, el Open de República Checa, ganando la plata. “Pensé que iba a encontrarme peor para ser la primera competición internacional en mucho tiempo, pero me veo más fuerte, he mejorado mi revés, que siempre ha sido una asignatura pendiente”, subraya.

El madrileño, que figura en el Top 5 del ranking, tendrá que lidiar en Tokio con rivales como el belga Florian van Acker, el húngaro Peter Palos, el francés Lucas Creange, el australiano Samuel Philip von Einem y el surcoreano Tae Kim Gi. “Puedo hacerles frente a los favoritos, ya sé lo que es ganarles y puedo repetirlo. Me siento fuerte y capaz de competir con los mejores, estoy con mucha ilusión y con ganas de darlo todo en cada partido. Mi objetivo es mejorar lo que hice en Río, que sería pasar la fase de grupos, y conseguir la medalla paralímpica, la única que me falta en mi palmarés y voy a pelear por ese sueño”, añade Eduardo Cuesta.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Eduardo Cuesta

Sara Martínez, el último salto paralímpico de la reina española de la longitud

La mente es lo que marca la diferencia para obtener un buen rendimiento en el deporte. A Sara Martínez, eso es lo que más le ha costado domar en sus casi dos décadas en el atletismo. Se le escaparon medallas por no gestionar bien la presión o las emociones, como el bronce en Río de Janeiro 2016. Sin embargo, su talento y sentido natural para los saltos le han convertido en la reina española de la longitud para deportistas ciegas o con deficiencia visual. Así lo acredita su hoja de servicios: bicampeona de Europa y varias veces medallista mundial. En sus vitrinas le queda un hueco por llenar, una presea en los Juegos Paralímpicos. Los de Tokio, sus quintos, se presentan como su última oportunidad.

Su cabeza ha sido un torbellino en el que revoloteaban las inquietudes, las dudas y también las convicciones. En ciertos momentos de la temporada afloró en ella un cierto desencanto con la modalidad que practica desde pequeña. Empezó con ocho años, aunque antes había probado la natación. “En la piscina duré poco, se me daba bien, pero la monitora estaba más pendiente de otras personas, por lo que me aburría mucho y me helaba de frío. Mi madre me dijo que hiciera atletismo y un día fui a entrenar a la pista del Centro de Recursos Educativos de la ONCE en Madrid y me enganchó”, relata.

Nació con opacidad corneal bilateral, una enfermedad genética y hereditaria. “Viene de mi madre, también la padecen mi hermana María, que fue atleta, y dos sobrinas. No entra bien la luz, las células del ojo no se desarrollan y afecta a la agudeza visual”, explica. Eso nunca fue impedimento para disfrutar del deporte. Al principio se decantaba más por las pruebas de fondo y con 10 años ganó una plata en cross en Praga (República Checa). “Era buena en los 800 metros, pero conocí a Pedro Maroto, mi entrenador de siempre y mi cuñado, el que me enseñó los saltos, le debo mucho por lo que me ha aportado. A mí no me gustaba la longitud porque me manchaba de arena y nunca caía de culo. Y reconozco que soy un poco floja a nivel mental y no quería sufrir tanto con las largas distancias”, dice entre risas.

Pero los resultados fueron llegando y decidió quedarse en el foso. Debutó en un Europeo junior en Assen (Holanda) con un bronce y de ahí directamente a los Juegos de Atenas 2004 con solo 14 años. “Era la más pequeña de todas las participantes, recuerdo que me hicieron muchas entrevistas y hasta pasé por el control antidopaje. En la villa paralímpica estaba como una niña en un parque de atracciones, fue una pasada, alucinaba con todo. Nunca olvidaré la entrada al estadio, estaba a rebosar de gente. Fueron especiales porque los compartí con mi hermana y con mi primo, Daniel Moreno”, apunta.

Medallas mundiales y europeas

En su mochila acumula bonitos episodios, medallas mundiales logradas con esfuerzo, como la plata en Londres 2017 y los bronces en Lyon 2013 y Doha 2015, y también preseas en europeos, como los dos oros en Grosseto 2016 y Berlín 2018, el bronce en Swansea 2014 y la plata de este año en Bydgoszcz (Polonia). Sin embargo, para Martínez, su mejor actuación fue en los Juegos de Londres 2012, donde quedó quinta.

“Fue una herida que tardó en cicatrizar, considero que me quitaron la medalla. Nos juntaron con la categoría de ciegas totales y me lo dijeron la noche anterior, así que iba desanimada porque era una misión imposible. En T12 quedé tercera, pero la baremación tan alta que utilizaron me perjudicó y rivales que saltaron casi metro y medio menos que yo, quedaron por delante. Fue injusto, lloré como nunca lo había hecho”, confiesa.

Cuatro años después, en Río de Janeiro 2016, el podio se le escurrió entre los dedos, se quedó a un centímetro del bronce: “No me quedó ninguna espina clavada porque esa vez la cagué yo, fue un error mío, competí fatal y perdí la medalla. La tuve tan cerca que otra vez me puse a llorar. Me consoló algo la despedida que la gente me brindó en el estadio Maracaná, me aplaudían incluso más que a las medallistas”. Fibrosa y eléctrica, lleva 20 años esprintando por el pasillo y ejecutando vuelos plásticos y elegantes hacia la arena. En el país del sol naciente le esperan sus últimos saltos en una cita paralímpica.

A sus 31 años atisba el ocaso de su carrera en la élite, ya no le llena la rutina ni vivir en una burbuja de sacrificios y renuncias. “Después de Tokio ya no habrá más Juegos para mí, lo tengo decidido. Estoy cansada, llevo desde que era una niña, hasta le he cogido un poco de tirria. He dejado muchas cosas en mi vida a un lado por el atletismo, ha sido un toma y daca, estoy orgullosa de lo conseguido, pero ya no me compensa tanto. Hace unos años me ponía nerviosa antes de ir a un campeonato, ahora no, me da hasta pereza hacer la maleta. Este año he tenido momentos malos, había días en los que no estaba para saltar porque requiere concentración y estaba con la autoestima baja”, comenta con sinceridad.

El apoyo psicológico, la meditación, la técnica de integración emocional, sus paseos con la bicicleta y varios meses haciendo crossfit le ayudaron a reencontrarse y a levantar el vuelo. Merecía la pena intentar estar en los Juegos. Pese a los altibajos, llega en buena forma, como ratifica la plata en el Europeo. Se dan las circunstancias para pensar en algo grande. “Me veo competitiva, estoy ilusionada, serán los últimos y quiero disfrutarlos. No estoy para hacer 5.81 metros, que es mi tope. Voy a por todas, no me he sacrificado seis días a la semana durante todo un ciclo para saltar menos de 5.46, para eso me quedo en casa. Luego la competición me pondrá en mi sitio, pero tengo claro que voy a luchar por las medallas”, recalca la madrileña, que también correrá los 400 lisos.

“Lo haré para divertirme, es una prueba que me gusta e intentaré bajar mi marca, que está en 1.05, pero no la hemos preparado”, dice. A su lado tendrá al guía Enric Martín, que disputará sus terceros Juegos. “Voy ilusionado, casi apenas hemos entrenado juntos, pero hay buen rollo y tenemos los ingredientes perfectos para que salga una buena receta. Si pasamos a la final ya sería un gran premio”, tercia el catalán.

Las opciones de Sara pasan por la longitud. En categoría T12 tendrá que lidiar con la vigente campeona, la ucraniana Oksana Zubkovska, así como con la argelina Lynda Hamri, la brasileña Gabriela Mendonca, la bielorrusa Anna Kaniuk, la alemana Katrin Mueller-Rottgardt o la japonesa Uran Sawada. “No van a estar caras las medallas, somos las mismas de siempre y el nivel va decreciendo, no hay chicas nuevas que empujen. Veo posible alcanzar el podio, me pongo nerviosa solo de pensarlo. Es algo con lo que llevo soñando desde pequeña, me quedé cerca de coger la medalla en dos ocasiones, así que ya me toca, sería el mejor broche a mi carrera”, apostilla Sara Martínez.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sara Martínez

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Enric Martín

Sergio Alamar, el soldado aventajado del gol a ciegas

De pequeño Sergio Alamar siempre llevaba un balón cosido a los pies, aunque hasta los 15 años -edad permitida por la ONCE- le negaron la posibilidad de disfrutar de su pasión con personas en su misma situación en una cancha entre vallas y al son de los cascabeles. Cuando se abrió la veda irrumpió con fuerza y desparpajo para hacerse un hueco en la selección española de fútbol para ciegos. Ahora, con 20 primaveras, es uno de los soldados aventajados del gol en la oscuridad, un jugador con talento a raudales. En Tokio vivirá sus segundos Juegos Paralímpicos: “Vamos a por la medalla”.

Ciego de nacimiento a causa de una distrofia retiniana que solo le permite vislumbrar luces, el valenciano acumula seis años en este deporte y ya abandera el relevo generacional en España gracias a su calidad, velocidad y osadía con el esférico. Con ‘La Roja’ ganó el oro continental en Roma hace dos veranos y una plata en el Europeo de 2017. Además, ha conquistado dos ligas nacionales y un trofeo ‘pichichi’ con su equipo, Alicante.

“Me encanta el fútbol desde niño, mi padre y mi hermano me llevaban al parque, aunque apenas jugaba con los demás porque no veía, pero era súper feliz con mi balón. En el colegio no me dejaban apuntarme al equipo y cogía unos berrinches tremendos. Y en casa también daba pelotazos, hasta que mi madre, harta de que rompiese algunas cosas, me dijo que hiciera otro deporte”, cuenta entre risas. El atletismo se cruzó en su camino, comenzó a arañarle décimas al cronómetro en los 100 y 200 metros lisos y a saltar sobre el foso de arena, llegando a disputar un Mundial sub 18.

“Tenía ocho años y estaba gordito. Al principio me negué, pero luego me gustó. Eso sí, fue difícil porque como nunca había visto correr, me impulsaba con los talones, no sabía que tenía que hacerlo de puntillas”, relata. Disfrutaba sobre el tartán, pero estaba empeñado en perseguir un balón y nada más cumplir los 15 años contactó con el equipo de Alicante. “Tenía una espinita, quería jugar al fútbol, que tiene ese toque de diversión que hace que me enganche. En el parque era el ‘paquete’ del grupo y ahora me siento importante”, subraya.

Con el atletismo forjó su tesón, una buena técnica, movilidad, coordinación y orientación, cualidades que ahora aplica sobre el césped. “Lo que más me costó fue el lanzamiento a portería, de hecho, la definición es mi punto débil, a pesar de que meto goles. Y una de las cosas que más me gusta es engañar al rival con cambios de dirección jugando con el cuerpo y con el sonido del balón. También las ‘lambrettas’, es un recurso más cuando estoy delante del portero y no tengo otra opción. Se me dan bien, ojalá pueda hacer alguna en Tokio”, prosigue Alamar, que tiene una madurez impropia para su edad.

Su carrera ha sido frenética y está llena de vivencias. Apenas llevaba unos entrenamientos en este deporte cuando el seleccionador nacional, Jesús Bargueiras, le abrió las puertas de ‘La Roja’ unas semanas antes de los Juegos de Río 2016. “Estaba en la piscina cuando me llamaron para decirme que España iba a ser repescada tras la sanción de Rusia y que si quería ir. Entrar en la lista de convocados fue chocante. Pasé de jugar en un campo con tres vallas y los familiares animando, a estar en una villa paralímpica con todas las comodidades y jugar en un estadio lleno y frente a los mejores del mundo. No fui consciente de lo vivido hasta que regresé a casa”, confiesa.

A Tokio llega con más madurez y con la clasificación en el bolsillo desde hace dos años, cuando España se colgó el oro en el Europeo de Roma. “Desde que empecé en esto, mi objetivo ha sido el de aportar cuando el equipo me necesita, siempre estoy dispuesto a dar un paso al frente y a darlo todo. Estos Juegos me hacen más ilusión porque siento que me los he merecido más, los he sudado y estamos aquí por méritos propios. Físicamente nos hemos preparado muy bien y vamos con ambición”, dice.

‘La Roja’, ocho veces campeona de Europa y con bronces paralímpicos en Atenas 2004 y Londres 2012, jugará en la fase de grupos ante Argentina, Marruecos y Tailandia.  “Nos vamos a enfrentar a potencias mundiales, en Roma ofrecimos un buen juego, pero con eso no basta para meternos entre los mejores. También es cierto que cuando nos medimos a rivales como Brasil, Argentina o China damos un salto de calidad porque el nivel que tienen nos exige dar un plus extra, no permiten que nos durmamos. El objetivo es ganar una medalla, hay equipo para conseguirlo”, sentencia Alamar.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Alamar

Martínez Tajuelo, desde mares de olivos a piscinas del mundo

Desde pequeño siempre le han acompañado dos muletas sobre las que se apoyaba para poder caminar. Solo en el agua logra disipar esos problemas de movilidad. Miguel Ángel Martínez Tajuelo, un veterano curtido en mil batallas, nació con artrogriposis, un síndrome que se caracteriza por la existencia de contracturas congénitas que afectan a varias articulaciones. En 2006 su vida dio un vuelco en la piscina de Andújar (Jaén), allí donde rodeado de mares de olivos comenzó a forjar su valentía, optimismo y vitalidad para convertirse en un nadador sin límites y asiduo a podios internacionales. No hay nada que detenga su ímpetu y a sus 37 años disputará en Tokio sus cuartos Juegos Paralímpicos.

Por su enfermedad, la única actividad deportiva que hacía era acudir cada verano a cursillos de natación. “Es de nacimiento y me afecta al desarrollo normal de los brazos y de las piernas. Nunca me han sobreprotegido, pero al principio pedía ayuda para todo. Hasta que un día, al regresar del colegio, mis padres me dieron una lección de vida. Vivíamos en un primero sin ascensor y me dijeron: ‘Miguel, si quieres comer hoy tienes que subir las escaleras tu solo’. Y lo hice, me costó mucho llegar a casa, pero me enseñó que si quieres conseguir algo tienes que esforzarte y trabajarlo. Eso lo apliqué también al deporte”, apunta.

Cuando tenía 22 años, Simón Cruz -la gran referencia del parabádminton español en la última década- le presentó a Esperanza Jaqueti, entrenadora del Club Fidias de Córdoba, la persona que le brindó su confianza y la que ha caminado en paralelo a su gran trayectoria. “Todo cambió al conocerla, todo lo que sé sobre natación lo he aprendido de ella, es mi otra mitad, el 50% de lo que he logrado ha sido gracias a su planificación y experiencia, nos entendemos a la perfección”, dice.

El jienense pasó del miedo al valor en la piscina tras eliminar de su cabeza el ‘no puedo’. “Más que los obstáculos físicos de la propia discapacidad, tenía que romper mis barreras mentales. Tuve que convencerme de que, si me ponía a trabajar duro, podría lograr todo lo que me propusiera. Y así ha sido, este deporte es mi filosofía de vida, me ha ayudado a superarme a mí mismo, me ha dado autonomía y soy capaz de hacer cosas que antes no podía. No hay nada que se me resista, pude sacarme el carné de conducir o incluso toco la guitarra eléctrica pese a mis limitaciones con las manos. Me pongo retos y busco la manera de afrontarlos”, recalca.

Esa constancia y tenacidad es lo que le ha llevado a labrarse un palmarés destacado: acumula 22 medallas entre mundiales y europeos. El punto de partida para su despegue fue una prueba en el Open de Murcia en 2008 donde hizo la marca mínima para acudir a los Juegos Paralímpicos de Pekín. “Aquello me abrió una gran puerta de oportunidades, era un nuevo mundo, me di cuenta de que podía llegar a donde quisiera. Desde entonces he conocido a mucha gente y he podido nadar en piscinas de todo el mundo”, comenta.

Este disciplinado nadador, que suele ver vídeos de Michael Phelps para motivarse antes de una competición, también acudió a Londres 2012 y a Río de Janeiro 2016. “Tengo siete diplomas de finalista y en varias pruebas me quedé cerca del podio, pero estoy orgulloso de mis resultados, aunque no tenga medalla. El hecho de llegar a unos Juegos es un gran premio, está al alcance de muy poca gente y me siento un privilegiado porque ya he disputado tres. Es una competición donde te sientes importante, representar a tu país en un evento así es un orgullo y lo máximo a lo que puedes aspirar”, asevera.

Durante esta temporada se ha preparado duro en dobles sesiones para llegar a Tokio en las mejores condiciones. En el Europeo de Funchal fue cuarto en las finales de 50 espalda, 50 libre y 200 libre S3, pruebas que nadará en la cita japonesa. “Estoy muy ilusionado, sé que las medallas están muy caras, cada vez hay más jóvenes empujando desde abajo y estar en el podio es difícil. Es una gran satisfacción el verme aún con nivel competitivo y luchando con los mejores. Ojalá pueda llevarme la medalla que me falta en mi currículum, pero mi objetivo es mejorar las marcas personales, no puedes vencer al resto si antes no te superas”, remata el iliturgitano.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Miguel Ángel Martínez Tajuelo

La polifacética Pepi Benítez, una reconstrucción constante en el deporte

Entiende el deporte como una forma de vida y no sabe decir que no cuando se le presenta un desafío. A Pepi Benítez hay pocas cosas que se le resistan, ha dejado siempre su particular huella en las modalidades tan diversas que ha practicado. Su carrera ha sido una reconstrucción constante a base de tenacidad, osadía y ciclópea capacidad de trabajo. Destacó en esgrima y en atletismo, subió al podio paralímpico en Londres 2012 en ciclismo en tándem y ahora celebrará su 52 cumpleaños en Tokio, sus terceros Juegos, a golpe de paladas. El remo es la nueva ilusión de esta polifacética deportista. Pura dinamita.

“Como todo lo nuevo me atrae, me apetecía empezar en otra disciplina en la que recuperar ese espíritu competitivo. Remar me hace sentir viva otra vez, cuando fluyo en el agua me da mucha paz y serenidad. Y a medida que mejoro la técnica me engancha más”, confiesa. A lo largo de su trayectoria ha tenido que reinventarse y resurgir varias veces de sus cenizas, pero nunca se ha rendido. Aún conserva energía y un apetito voraz para afrontar cualquier reto que le pongan por delante. “Cuando me fijo un objetivo lo persigo hasta el final, cueste lo que cueste, da igual las barreras que tenga que superar”, asegura.

Siendo una niña sorteó los primeros obstáculos cuando le diagnosticaron cataratas congénitas, que fueron empeorando con el paso de los años. “Hasta que no lo detectaron me lo hicieron pasar mal en el colegio de monjas en el que estudié. Llevaba mis gafas de lupa y como no veía bien las letras ni sabía interpretarlas, me castigaban en una habitación oscura”, recuerda. Con 18 años tuvo un desprendimiento de retina con agujero macular en su ojo dominante y pasó a ver solo sombras: “Me quedé casi ciega, a partir de ahí el ojo gandul se convirtió en el que tenía que dominar”.

El primer deporte que descubrió fue el kárate, que practicó con uno de sus hermanos. “Las katas se me daban bien, pero en los combates me llovían hostias por todos lados ya que era lenta de reflejos”, dice entre risas. Luego se inició en la esgrima y ganó un bronce en el Campeonato de España. “No veía la hoja del arma, así que lo suplía con fuerza y velocidad. Llegué a entrenar en el CAR de San Cugat con el equipo olímpico que acudió a Barcelona’92. Y después lo dejé porque mi visión empeoró”, cuenta. Cambió el florete por las zapatillas de correr y disputó competiciones nacionales de atletismo en 800 y en 1.500 metros, pero también lo aparcó cuando se quedó embarazada. “Eso sí, hasta los ocho meses de gestación no paré de nadar”, añade.

Éxitos como ciclista en tándem

En 2011 volvió para participar en carreras populares y un día, tras competir en la Behobia-San Sebastián se topó con Joan Artero, entrenador de ciclismo de la ONCE en Barcelona, que le animó a probar el tándem. “El deporte había sido mi refugio, lo echaba en falta, así que no me lo pensé y me lancé”, rememora. En el velódromo de Horta rompió el cascarón junto a Mayalen Noriega como piloto y, en solo un año moviendo vatios, se plantaron en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 y conquistaron la plata en la ruta. “Nos quedamos a 30 segundos del oro. Sufrimos mucho hasta llegar a la meta, fue increíble, algo que jamás olvidaré. Con los años le doy más valor a lo que hicimos”, recalca.

Después ganó dos bronces en los mundiales de carretera en Canadá y en Greenville (EE.UU.) y varios metales internacionales. Y en los Juegos de Río de Janeiro 2016, acompañada por Beatriu Gómez, se llevó un diploma. Unos meses después, una lesión le apartó de la competición durante dos temporadas. “Tuve una caída y me chafé las vértebras L1 y L5, eso me hizo renunciar a todo, no podía dar ni tres pasos y tenía molestias en la ciática. Un médico me lo solucionó con una operación y ahí resurgí. Pero en la selección española ya no contaban conmigo, no creyeron en mí. Melisa Gómiz fue mi piloto y dimos una lección grande, en 2019 fuimos campeonas de España en pista y en ruta frente a ‘Kuki’ López y Mayalen Noriega”, comenta con orgullo.

El año pasado, durante el confinamiento por la pandemia de la Covid-19 se implicó en el remo, deporte que le ha devuelto la alegría. “No sé decir que no a algo nuevo y de cabeza me apunté al proyecto que acababa de poner en marcha la federación. Es un deporte muy completo porque trabajas la musculación de todo el cuerpo y sin apenas impacto. Me llama la atención porque estás en un medio inestable, con movimientos armónicos y rodeada de paisajes espectaculares. Y lo mejor de todo es que la edad no importa”, explica.

Un prometedor cuatro con timonel mixto

Con la ilusión de una novata, la catalana se cocina a fuego lento en el Reial Club Marítim de Barcelona, donde le abrieron las puertas. “Me lo han facilitado todo y se sienten orgullosos de lo que he sido capaz de hacer en tan poco tiempo”, asevera. En agosto de 2020 navegó por primera vez con un bote en Laias (Ourense) en una concentración con la selección nacional: “Me veía muy torpe y tensa con la técnica, pero en estos meses he mejorado mucho, ahora voy más suelta y relajada, soy ágil de manos y fuerte de piernas. Me queda mucho por aprender, un remero no se hace de la noche a la mañana, requiere años, pero voy por el buen camino”.

No las tenía todas consigo para hacerse con un puesto en el bote español de cuatro con timonel mixto (PR3Mix4+) por la férrea rivalidad que había, pero su constancia, ganas y empeño loable convencieron al staff técnico dirigido por Juan Pablo Barcia y Txus Bermúdez. “Picando piedra, sin desmotivarme y con tesón llegó la recompensa, representar a España en el Preolímpico de Gavirate (Italia) junto a mis compañeros Enrique Floriano, Verónica Rodríguez y Jorge Pineda, así como la timonel Estíbaliz Armendáriz”, apunta. En la regata en aguas italianas, la embarcación española, con tres de sus tripulantes neófitos en estas lides -el bilbaíno Pineda es el único con bagaje en el remo-, firmó una hazaña tras imponerse a países potentes como Alemania y Holanda.

El tercer puesto logrado les abría las puertas hacia los Juegos de Tokio mediante una invitación. “El proyecto se creó con vistas a París 2024, pero no tenemos límites y sabíamos lo que queríamos. Nos presentamos en Italia como novatos y sin planta de remeros. Mirabas a alemanes y holandeses y te imponían -ríe-. Mucha gente no creía en nosotros, pero sacamos lo mejor de cada uno y remamos todos a una, la clave fue creer en nosotros y perseguir el mismo objetivo. Las sensaciones que tuve fueron las mismas que cuando gané la plata en Londres 2012”, subraya. Al igual que le ocurrió en ciclismo, fue llegar y besar el santo, un debut a lo grande.

Para la barcelonesa, estar en el Sea Forest Waterway de Tokio “es ya un regalo y espero saborear cada momento. Nos falta mucho por ensamblar y coordinar, el remo es una disciplina que nunca terminas de dominar, siempre hay algo que superar. No vendemos humo, somos realistas, estar en las medallas es muy complicado, pero no renunciamos a nada. Con el coraje de Verónica, el ímpetu de Enrique, la constancia de Jorge y la dinamita que aporto podemos hacer un buen papel. Vamos a pelear y a dejarnos el alma en cada palada, si sale bien o mal ya se verá. En el Preolímpico dimos la sorpresa, ¿por qué no repetir en los Juegos?”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Pepi Benítez

Montse Alcoba, a Tokio con el peso de su fuerza y coraje

Cada vez que sube a la tarima y cierra los ojos se abstrae de todo lo que rodea a la competición y su mente viaja al cubículo en el Club de Pesas de Terrassa donde desafía una y otra vez a la barra de acero y a los discos. En aquella sala, sin un press de banca adaptado y con unas cajas de madera para apoyar sus piernas, Montse Alcoba pergeñó hace un año un plan junto a Toni Vallejo, el entrenador que le hizo cambiar el chip, para llegar a Tokio. Se enfrentaba a una empresa difícil por su posición en el ranking, pero ella, una jabata e indomable luchadora, había convertido en una cuestión de fe no abandonar la esperanza. Con ese trabajo en la sombra, constancia y coraje se clasificó in extremis para sus primeros Juegos Paralímpicos.

“Cuando me comunicaron que tenía plaza iba sola en el coche y parecía un mar de lágrimas, estuve una hora llorando. He pasado mucho para que el sueño se haga realidad”, reconoce. Demasiadas piedras en un camino que tuvo su punto de partida en 2007, cuando se acercó por primera vez a la halterofilia. Aunque desde joven ya sabe lo que es superar obstáculos. Su vida siempre giró alrededor del deporte, de niña practicó taekwondo y voleibol, pero un accidente de moto con 15 años lo cambió todo. Una fractura de peroné acabó en la amputación de su pierna izquierda, que se le gangrenó por una infección en el hospital.

Pese a ser una adolescente, lo digirió con entereza, no había tiempo para lamentos, solo se permitió avanzar, eso lo lleva en sus genes. “Conocía la discapacidad de cerca, mi padre es sordomudo, mi madre sorda y mi abuelo materno perdió un ojo durante la Guerra Civil española. Ese carácter luchador lo llevo en la sangre, me han enseñado a que la vida no es fácil y hay que pelear para tirar hacia adelante”, recalca. Montse se agarró al baloncesto en silla de ruedas, vertiendo su calidad en Sabadell, Granollers, Peraleda de Toledo, CEM L’Hospitalet y Global Basket.

“Tardé tres años en anotar mi primera canasta”, dice entre risas la barcelonesa, que vistió la elástica de la selección española en varios torneos. “Formé parte del equipo nacional en su resurgir en el Europeo de Hamburgo de 2003 tras años de travesía por el desierto. Me siento muy orgullosa de esa etapa en el basket”, añade. Lo compaginó con el atletismo durante un par de años, llegando a competir en 2001 en los Juegos del Mediterráneo en Túnez, siendo sexta en la prueba de 800 metros. “La silla de correr me machaba las caderas y lo tuve que dejar”, confiesa.

Una oportunidad con la halterofilia

Nunca se desligó del deporte y en el gimnasio descubrió la halterofilia, disciplina que la cautivó. “Al principio lo hacía para mantenerme en forma, no aspiraba a nada más que acudir a alguna prueba por Cataluña, pero se me daba bien y en 2010 fui al Mundial de Kuala Lumpur, donde quedé quinta. Y en 2012 gané la plata en la Copa del Mundo de Hungría. Sin embargo, para estar arriba tenía que dedicarle más horas y vi que era incompatible con mi vida laboral y familiar”, cuenta. Tenía otras prioridades: Álex y Ona, sus hijos.

Cuando su pequeña empezó en el colegio en septiembre de 2017 volvió a retomarlo, pero con calma, sin exigencias. Se presentó a una competición nacional y el seleccionador español por entonces, Domingo García, le lanzó una apuesta: “Me comentó que si levantaba 97 kilos me llevaba al Europeo de 2018. Como soy tan cabezona, hice 98 kilos. Me puse a dieta por primera vez en mi vida, gané músculo y en Francia me presenté hecha un flan, muy nerviosa, era mi tercer campeonato internacional, y conseguí la medalla de plata en categoría -86 kilos”.

Aquel resultado le dio alas para continuar. Al año siguiente no le fue tan bien en el Mundial de Kazajistán, con tres nulos, pero le sirvió de aprendizaje. El gran cambio se produjo a finales de 2020, cuando se puso en manos de Toni Vallejo. “Me dijo, ‘No tengo ni idea de halterofilia adaptada, pero si estás decidida, me la juego contigo’. Con él he dado un salto enorme, me rectificó cosas en la técnica, me ha enseñado a competir, a tener seguridad, a perder el miedo y a dejar a un lado las preocupaciones y centrarme solo en la barra”, asegura.

No solo se machacó en el gimnasio, también aprovechó cada ratito libre para prepararse en casa. Todo ello mientras hacía encaje de bolillos para trabajar como profesora de educación especial en un colegio y cuidar a sus hijos, tarea que comparte con su marido, Jordi Torres, su gran apoyo. Y esa mejoría se ha visto reflejada esta temporada con logros de prestigio en su nueva categoría, -79 kilos. Se colgó el bronce en la Copa del Mundo de Manchester levantando 100 kilos, “siendo la primera española en alcanzar las tres cifras en competición internacional”.

En junio en Dubai fue undécima tras alzar 102 kilos que la situaban octava en el ranking mundial y, por tanto, en los Juegos Paralímpicos. “Nunca dejé de prepararme y de pelear, recorté puestos en la clasificación y se alinearon los planetas para llevarme el último billete para Tokio”, subraya. A la capital nipona se presenta con la adrenalina por las nubes, en un momento dulce y dispuesta a batir su récord de España, fijado en 103 kilos.

“Estar en Tokio es mi medalla. Voy ilusionada, fuerte y con confianza, quiero un diploma y mejorar mi marca, con eso me iría satisfecha. Y después, a pensar en París 2024, a esos Juegos estoy segura de que llegaré con opciones de podio”, sentencia Montse Alcoba, una halterófila que con voluntad se recompuso para emprender un esfuerzo titánico y poner sus músculos al límite. La recompensa, vivir su primera cita paralímpica.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Montse Alcoba

Eduardo Uceda, un atleta con la potencia del ‘heavy metal’

Eduardo Uceda sonríe siempre antes de competir, proyecta esa sensación de estar pasándoselo como un niño en el patio del colegio. Con valentía, talento y decisión en cada zancada se abre camino en la élite del atletismo cumpliendo sueños. El resonar de sus pisadas y de sus tacos sobre el tartán arman la banda sonora de su vida, la de un atleta con la potencia del ‘heavy metal’, su otro punto de fuga, la música la lleva en las venas. Absorto por ‘Mägo de Oz’ o ‘Judas Priest’, las melodías de estas bandas son su gasolina antes correr y con ellas en sus cascos tratará de volar en el estadio de Tokio en sus primeros Juegos Paralímpicos.

A sus 20 años aún está en proceso de formación, pero ya despunta entre los mejores del mundo en la prueba de 400 metros T11 (deportistas ciegos). Lo demostró en junio en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia) con una medalla de bronce junto a su guía Jorge Gutiérrez. El madrileño, del barrio de Hortaleza, lleva desde los cinco años correteando por las pistas. A base de esprines canalizaba su energía e hiperactividad cada tarde en el Centro de Recursos Educativos de la ONCE. Uceda cogió una meningitis al nacer que le provocó una atrofia en el nervio óptico.

“Mis padres se dieron cuenta conforme iba creciendo ya que iba con miedo e inseguridad y me tropezaba. Los médicos me dijeron que era degenerativa y que iría perdiendo resto visual. Antes me manejaba bien, ahora por el ojo derecho no veo y por el izquierdo solo formas o luces, pero no distingo nada. Y también tengo fotofobia, soy muy sensible a la luz del sol. Nunca me pregunté por qué me tocó a mí, tiré hacia adelante, sabía que con más dedicación y empeño lograría mis objetivos y haría lo mismo que el resto de mis amigos”, explica.

De pequeño probó otros deportes como el goalball o el fútbol, pero lo que le llenaba era el atletismo. “Se sufre corriendo, pero el disfrute y la libertad que me da lo recompensa todo”, añade. Apenas levantaba un palmo del suelo y ya descollaba en campeonatos de España para menores, siempre con medallas colgadas al cuello. En su estreno internacional ganó un bronce en salto de longitud T13 en el Mundial junior de Nottwil (Suiza) en 2017. Al principio corría solo, pero con el paso del tiempo sus ojos se fueron apagando y se vio obligado a recurrir a un guía.

El primero que hizo de ‘lazarillo’ fue Jaime del Río, con quien logró en 2019, en la misma ciudad helvética, un bronce mundialista en el 400 T12. “Empecé a perder visión y me costaba mucho, el sol me molestaba cada vez más y a veces me salía de la calle. Correr atada a una persona me da más seguridad”, confiesa. El año pasado encontró en Jorge Gutiérrez a su media naranja deportiva, con el que forma un tándem acompasado y en crecimiento. El atleta madrileño, de 29 años, especialista en 400 metros vallas y lisos, no se lo pensó demasiado cuando le hablaron de que Uceda buscaba nuevo compañero.

“En los dos últimos años mi rendimiento había bajado porque estaba centrado en mis estudios, soy licenciado en Ciencias del Deporte y estaba con la Tesis Doctoral, y claro, mis tiempos se estancaron. Pero seguía entrenando en el CAR de Madrid, donde coincidía con Gerard Descarrega y con Guille Rojo, que son amigos míos y me dijeron que Eduardo necesitaba a una persona que corriese por debajo de 50 segundos. Decidí renunciar a mi carrera individual y salté al vacío porque no tenía ni idea de deporte adaptado. Iba con el objetivo de echarle una mano, pero la vida es curiosa y me está premiando con estos logros”, comenta.

Pese a llevar tan poco tiempo se han acoplado bien y la progresión es constante. “Ha sido un cambio brusco, no tenemos la misma biomecánica a nivel de carrera, él es más bajo y tengo que adaptarme a su forma de correr, pero vamos muy bien”, dice Gutiérrez. “Mi punto fuerte es la explosividad y Jorge, al tener una zancada tan larga, me está ayudando a ampliar la mía ya que los ciegos tendemos a buscar mucho el contacto con el suelo. Empezamos en 59 segundos y ahora nuestra marca está en 52.35, en cada prueba estamos rebajando el tiempo”, tercia Uceda.

Ese buen entendimiento en el tartán quedó confirmado en el Europeo de Polonia de este año con una presea de bronce en 400 metros y un cuarto puesto en 100 metros T11, categoría que estrenaban esta temporada. Se quedaron a cuatro décimas de la mínima B para los Juegos Paralímpicos de Tokio. Sin embargo, debido a la renuncia de plazas de varios países, recibieron una invitación nominal por su posición en el ranking mundial -son sextos-. “Ya pensaba en las vacaciones, íbamos a ir a Galicia, pero lo de Tokio mola mucho más -ríe-. Pese a las restricciones y a la falta de público, es un sueño estar allí. Cuando me lo dijeron creí que estaban gastándome una broma, no paré de saltar y de llorar de felicidad. Competir en unos Juegos son palabras mayores”, recalca el madrileño.

 “Es un regalo que no terminas de creerte. Hemos pasado un año complicado, antes de la pandemia me rompí el cuádriceps, luego Eduardo el abductor y yo los isquiotibiales. Pero enganchamos unos meses muy buenos y nos plantamos este año en un estado de forma brutal. Una vez en los Juegos puede pasar cualquier cosa, queremos darlo todo, meternos en la final y hacer marca personal. Y si cogiéramos medalla sería una salvajada”, añade Gutiérrez. En la maleta de Uceda no faltará ilusión, hambre y música de ‘heavy metal’, su motivación: “Soy fan de ‘Mägo de Oz’ y su batería, Txus di Fellatio, me felicitó por la clasificación para los Juegos. El objetivo es meterme entre los cuatro mejores en la final y si cae la medalla, mejor. Lo mismo damos la campanada”, remata con una sonrisa.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Eduardo Uceda

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jorge Gutiérrez

Eva Moral, la triatleta con alma de bailarina que desafía los límites

Durante más de una década estuvo agitando sus pies, casi sin tocar el suelo, flotando entre pliegues de tul. Hace ocho años esas piernas firmes y tonificadas que había esculpido gracias al ballet y al ciclismo quedaron paralizadas por la lesión medular que sufrió tras una caída con la bicicleta. Lejos de abatirse, Eva Moral salió del hospital con redaños para revertir la situación y lo hizo abrazada al triatlón, deporte que le permitió descubrir un nuevo mundo hasta alcanzar su nirvana. Desde su debut en 2014, esta triatleta con alma de bailarina desafía sus límites en cada brazada en el agua y en cada pedaleo con la handbike y con la ‘carroza del demonio’, como llama a su silla de correr, la cual tiene tatuada en el brazo.

Con ella espera brillar en Tokio en sus primeros Juegos Paralímpicos. Al fin saborea la recompensa de todas esas pequeñas semillas que ha ido sembrando a lo largo de su trayectoria. Ese anhelo es ya una realidad. Nunca olvidará el día en el que su vida dio un giro radical, como tampoco el de aquella mañana mientras entrenaba y le comunicaron que su categoría en triatlón -PTWC- entraba en el programa oficial de los Juegos. Dejó a medias la serie y salió rauda hacia casa. Entre lágrimas se echó a los brazos de sus padres, los pilares que le ayudaron a amortiguar el golpe más duro de su vida. “Ese día hice con la handbike el mejor tiempo de mi carrera”, bromea.

En 2013 se precipitó con su bicicleta por un barranco de siete metros de altura en la sierra de Madrid. Su espalda chocó contra un árbol y sus piernas quedaron inmóviles, pero nunca quebraron sus sueños. “Fue en una ruta cicloturista, empezó a llover, en una bajada derrapé en una curva y me golpeé contra un quitamiedos con la mala suerte de que salté por encima del mismo. Desde el primer momento tenía la certeza de que no volvería a andar”, recuerda. Pasó 20 días en la UVI y medio año en el Hospital de Parapléjicos de Toledo. Allí se convirtió en una doctora honoris causa de la alegría, la superación y la fuerza de voluntad, siendo siempre una persona carismática y con una sonrisa perenne que contagia.

“Tuve que partir desde cero, pero era muy positiva, tenía claro que iba a salir adelante, hasta era yo quien le daba ánimos a mi familia”, confiesa. Desde el primer minuto quiso manejar la silla de ruedas y se machacó en el gimnasio con un objetivo claro, competir en triatlón, su gran pasión. “Desarrollé una fuerza en los brazos y en el tronco que antes no tenía. Solo quería volver a nadar, ir en bici y correr, aunque fuese sobre ruedas. El deporte fue lo que me ilusionó y lo que me ayudó a no caer en un agujero”, asegura la madrileña, abogada de profesión.

A los cuatro meses de salir del hospital ganó el campeonato de España de ciclismo en Águilas (Murcia) y una semana después se colgó un bronce en las Series Mundiales de triatlón en Madrid. “Volvía a sentirme libre y feliz”, enfatiza. Desde entonces, Eva Moral ha coleccionado numerosas medallas en europeos y en mundiales, incluso se convirtió en la primera deportista en silla en completar los 42 kilómetros en el maratón de Nueva York.

El camino no ha sido fácil, ha invertido muchas horas de trabajo y de esfuerzo para llegar a la élite. Con la handbike y la silla de atletismo se siente más fuerte, aunque en el agua ha experimentado una gran progresión en los últimos meses. “Nadar siempre fue lo más complicado, las piernas no flotan, se me hunden y tuve que aprender técnicas para ir cada vez más rápido porque era incapaz de dar dos brazadas. A base de constancia y cabezonería he tenido una mejora brutal, ahora soy más completa”, comenta.

Esa progresión se ha visto reflejada esta temporada, en la que ha acumulado buenos resultados, siendo bronce y plata en las Series Mundiales de Yokohama y de Leeds, respectivamente, y plata en la Copa del Mundo de A Coruña: “Las pruebas en las que competí salieron muy bien, está dando sus frutos el entrenamiento, pero no estaban todas las rivales a las que me mediré en Tokio. Voy con las mejores expectativas, la medalla no será fácil. Las sensaciones son buenísimas, estoy en el mejor momento deportivo, ahora habrá que ser fuerte física y psicológicamente”.

El 29 de agosto se enfrentará al desafío que tanto ansiaba, los Juegos de Tokio, un sueño que podrá cumplir junto a Ángel Salamanca, su pareja, que en un principio iba a acudir a la cita nipona como guía de Jota García hasta que el triatleta madrileño prescindió de sus servicios. Ahora acompañará a Eva como ‘handler’, asistiéndola en las transiciones para ayudarle a quitarse el neopreno o a subir a la handbike y a la silla de atletismo. “Es un pilar importante, me ayuda muchísimo en los entrenamientos, me anima y cree en mí”, subraya.

Tuvieron que posponer su boda por culpa de la pandemia de coronavirus y esperan empezar los preparativos con una medalla en Tokio. “Es un extra de motivación, al principio tenía vértigo, he tenido que pelear contra las mejores para clasificarme. Será una prueba dura por el calor y la humedad, pero llego bien preparada tanto física como mentalmente, confío en que no me supere la presión. He entrenado cada día para ser la número uno, todo puede pasar, me encantaría lograr una medalla, pero lo importante es disfrutar al máximo de la experiencia, estoy viviendo algo mágico, una segunda oportunidad y ojalá el broche sea subir al podio”, sentencia.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Eva Moral

Sergio Rodríguez y Pedro Gutiérrez, los guantes de ‘La Roja’ paralímpica

Son los guardianes de las redes de ‘La Roja’, los únicos que no juegan a oscuras en la selección española de fútbol para ciegos. Sergio Rodríguez y Pedro Gutiérrez están preparados para defender la portería de España en los Juegos Paralímpicos de Tokio y guiar a sus compañeros sobre el césped. Dos seguros bajo palos, dos cancerberos fiables y felinos que confían en echar el cerrojo para ayudar al equipo a lograr el deseado metal en la capital nipona.

Llevan parando balones y enfundándose los guantes desde pequeños, aunque la llegada de ambos a esta modalidad tiene caminos distintos. Pedro venía de jugar en la categoría para personas con discapacidad visual grave y en 2009 se puso delante de futbolistas ciegos por primera vez. “No paré ni una pelota, te engañan por cómo acomodan el cuerpo, no sabes por dónde van a disparar. Me sorprendieron cómo conducían tan rápido, la orientación y la habilidad que tienen”, afirma.

Sergio pasó por las categorías inferiores del Rayo Vallecano y del Getafe, además de jugar en varios clubes de barrio. En verano de 2012 quedó prendado del fútbol para ciegos tras ver por televisión las semifinales entre España y Francia en los Juegos de Londres. “Me encantó, hice varias llamadas y empecé a entrenar con el equipo de Madrid. Al principio sentí incertidumbre porque no sabía a qué me enfrentaba, los invidentes son imprevisibles cuando lanzan”, dice.

Desde entonces los dos comparten portería en la selección y han disputado europeos, mundiales y los Juegos de Río de Janeiro 2016. Su misión va más allá de salvar goles. Los jugadores se orientan siguiendo el sonido del cascabel que lleva el balón, pero también atienden a las instrucciones de un guía que hay detrás de la portería contraria, del entrenador y del guardameta, que se convierte en un lazarillo, en los ojos de los futbolistas sobre el tapete verde.

“Hay que tener bastantes reflejos ya que el espacio para moverte es pequeño, de apenas dos metros. Pero, sobre todo, la clave es la comunicación con ellos. Hay que dar mucha información precisa y concisa de todo lo que les rodea para facilitarles sus movimientos”, explica Gutiérrez. “No es mejor portero el que más para, sino el que consigue que menos le tiren. Así que hay que guiar muy tranquilo y transmitir calma, fuerza e intensidad a la defensa”, tercia su compañero.

Ambos aseguran que la selección es una “gran familia” y que cada día estos deportistas les dan lecciones. “Me enseñan a ver la vida de otra forma, a disfrutar más, te demuestran que una ceguera no te impide hacer cualquier cosa, tienen capacidades y habilidades diferentes para conseguir lo que se propongan”, asevera Rodríguez. “Me han enseñado a saber priorizar los problemas, a valorar más los pequeños detalles de la vida y a no estar preocupado por tonterías. Son independientes, valientes y constantes para pelear por sus sueños”, puntualiza Gutiérrez.

Tras ganar en 2019 en Roma su octavo título europeo, el objetivo de España es volver a un podio en los Juegos Paralímpicos, ya que logró el bronce en Atenas 2004 y en Londres 2012. ‘La Roja’ tendrá que lidiar en la fase de grupos con Argentina, subcampeona del mundo, “tiene una defensa muy dura, son experimentados, jugadores de mucha calidad y con una gran pegada en ataque, con Maxi Espinillo como referencia”. Marruecos, “un equipo con un juego anárquico y algo caótico que te dificultan las cosas porque no sabes cómo defenderlos”. Y Tailandia “ha mejorado mucho ofensivamente, tienen a Panyawut Kupan y a Kittikorn Baodee, dos puñales que definen muy bien”.

“Ahora vienen cuestas difíciles, estamos los ocho mejores equipos y hay que subir el nivel. A todos les podemos plantar batalla y ganar, pero tenemos que llegar físicamente muy bien a ese día, jugar en bloque, con intensidad alta y no tener fallos porque lo pagaremos caro. Estoy seguro de que ningún país tampoco quiere medirse a nosotros, nos tienen respeto”, comenta Gutiérrez. “Tenemos que dar un plus y llegar como aviones para optar al podio. Todos estamos muy parejos y los partidos se decidirán por pequeños detalles, no solo influirá la calidad, también el que tenga el tanque de la gasolina más lleno. Vamos con ilusión y con ganas a por las medallas”, añade Rodríguez.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Pedro Gutiérrez

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Rodríguez

Lourdes Ortega, salero y ritmo en la pista de baloncesto

A Lourdes Ortega siempre le acompaña su pícara sonrisa, el salero y un altavoz para encabezar la fiesta en cada concentración de la selección española de baloncesto en silla. Es la ‘DJ’, la encargada de pulsar el play para que la música suene en el vestuario y en los viajes en autobús. “Desde que llego y hasta que me voy, estoy cantando. Reguetón, pop, música más antigua y también flamenco. La sevillana ‘Sueña la margarita’ ya se la saben todas”, dice entre risas. Unas melodías motivadoras que encienden el ánimo y que han contribuido a crear un ambiente de comunión entre las jugadoras, que en unos días harán historia en Tokio, donde España disputará sus primeros Juegos Paralímpicos tras 29 años de ausencia.

La deportista de Cazalla de la Sierra (Sevilla) es una de las veteranas pese a sus 23 años. Un extraño virus le causó una lesión medular cuando tenía nueve meses: “Fue como un resfriado mal curado, suficiente para dejarme sin andar, aunque pudo haber hecho más daño. Gracias a la silla de ruedas soy feliz y he alcanzado muchos sueños. Lo fácil lo hace cualquiera y las barreras se las pone uno mismo”. Lleva desde los cinco con un balón en las manos, una pasión que descubrió en el pabellón Luis Braille con el extinto CD ONCE Andalucía.

Mientras que jugadores como Diego de Paz, Pepe Navarro, Bill Latham, Tania Romero o Sonia Ruiz levantaban títulos en el parqué, una inquieta niña animaba a sus ídolos desde la grada. “Recorría kilómetros con ellos por todas las ciudades para verles jugar, pasaba muchas horas correteando por las instalaciones y me decían que era la mascota del equipo. Cuando ganaban un trofeo, me sacaban a recogerlo. Fui de las que más lloré cuando el club desapareció”, asegura.

Con 13 años Abraham Carrión le hizo debutar y aun se emociona recordando ese día. “Quedaban tres minutos para el final, él se giró y me dijo ‘Lourdes, te toca’. No me lo esperaba, estaba atacada, no podía moverme ni quitarme la sudadera. Estuve incluso a punto de meter una canasta, si lo hubiese hecho me sacan a hombros como a los toreros”, bromea. Después pasó al Fundación Grupo Norte, luego al Amiab Albacete, con el que ganó la Liga en 2018 y fue elegida en 2019 en el quinteto ideal de la fase previa de la Champions. Este curso ha disfrutado de minutos en el UCAM Murcia, logrando el ascenso a División de Honor y formando en ocasiones un histórico quinteto femenino con Sonia Ruiz, Isa López, Beatriz Zudaire y Vicky Alonso.

“Jugar rodeada de hombres tiene pros y contras. El nivel que tenemos en la selección es gracias a que disfrutamos de minutos en una competición donde la calidad de los chicos nos exige dar un plus cada día. Aprendo mucho de ellos, sobre todo, el carácter agresivo, la valentía, el meter la silla sin miedo y el no dejarme nunca intimidar por el rival que tenga enfrente”, recalca Ortega, una jugadora intuitiva, ágil con la silla y capaz de sumar tanto en ataque como en defensa.

Con España ha disputado más de 70 partidos desde que debutó en 2011. Ha vivido las situaciones más amargas de este deporte y ahora saborea el momento más dulce del baloncesto femenino español. “He jugado cuatro europeos y el Mundial de Hamburgo en 2018, que fue un punto de inflexión tras ganar a Australia para meternos en cuartos de final. Ahí empezamos a creer en nosotras. Estamos consiguiendo cosas que hace unos años veíamos muy lejanas. En el Europeo de Rotterdam de 2019 acabamos con Francia, nuestra ‘bestia negra’ y nos clasificamos para Tokio”, recuerda.

Los Juegos Paralímpicos en la ciudad japonesa es “la guinda del pastel, la recompensa a tantos años de trabajo. Esto también es un logro de todas aquellas que estuvieron antes que nosotras y que nos allanaron el camino para que hoy estemos aquí”. España no está entre las favoritas a las medallas, pero tiene mimbres suficientes para dar alguna sorpresa. “Somos novatas, nunca hemos vivido esta experiencia y sabemos que no será fácil. A Holanda es difícil ganarle, están por encima, pero podemos plantarle cara, al igual que a Estados Unidos. No nos ponemos techo, hay que soñar”, apunta. Las otras dos rivales del grupo son China y Argelia, muy asequibles.

La sevillana confía en el bloque que ha moldeado Abraham Carrión y su cuerpo técnico en los últimos años para llegar lejos en Tokio. “Nos conocemos muy bien y el tener ese feeling hace que nos compenetremos mejor en la cancha. Nuestra fuerza es que somos una familia y todas remamos en la misma dirección. Y lo mejor es la convivencia, somos serias cuando la ocasión lo requiere, pero también montamos una fiesta por cualquier motivo. Me encanta cantar flamenco, pongo la música y el resto me sigue. En Japón queremos continuar con ese ritmo y disfrutar al máximo porque no sabemos cuándo repetiremos en unos Juegos”, remata Lourdes Ortega, una guerrera dentro y fuera de la pista.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Lourdes Ortega

Pablo Jaramillo, un ‘pistard’ trabajador y persistente en el óvalo

Pablo Jaramillo no siempre pensó en el ciclismo como su gran prioridad, su otra pasión era la tauromaquia. De niño estaba tan obsesionado con el arte de Cúchares que un día cogió unas tijeras y con un mantel rojo que había en casa diseñó su propio capote para imitar las verónicas y chicuelinas de sus ídolos. Hasta que su madre puso el grito en el cielo: “De torero, nada”, recuerda entre risas. Pronto comprendió que su mayor habilidad taurina era montar en bicicleta, con la que a lo largo de casi 20 años se ha convertido en un ‘pistard’ currante, de garra y pundonor, con un buen currículum en el velódromo. A sus 44 años le llega la oportunidad que tanto esperaba, correr en unos Juegos Paralímpicos.

“Es un sueño que llevo mucho tiempo persiguiendo. He ido subiendo escalones poco a poco, primero en pruebas por Andalucía, luego me movía en campeonatos de España y di el salto con la selección en competiciones internacionales, pero hasta en tres ocasiones vi pasar por delante el tren de unos Juegos. Era duro porque sigues pedaleando un ciclo tras otro y no apareces en la lista de convocados”, asegura. Nunca desistió, confió en su potencial y cuando menos lo esperaba, el seleccionador nacional Félix García Casas le otorgó un billete con dirección a la capital nipona. “He sido cabezota y persistente, el que la sigue la consigue”, subraya.

Desde pequeño la bici siempre ha sido “un veneno” para el almeriense, convirtiéndose también en su principal aliada tras sufrir un accidente de tráfico en 2001. “Me choqué contra un árbol y el brazo izquierdo me lo hice polvo. El hombro con la cabeza de húmero afectada, el antebrazo con injerto de piel y los nervios cubital y radial dañados. Tengo la mano en garra, por lo que no puedo cerrarla. Pero tuve suerte de conservar la extremidad, al final el cuerpo es sabio y se adapta, saca oro de dónde sea”, explica.

Tras recuperarse, Jaramillo se adentró en el ciclismo adaptado y confiesa que no se esperaba “el nivel tremendo que había, tuve que exprimirme mucho para estar a la altura del resto”. En 2003 en Valencia ganó un bronce, su primera medalla en un Campeonato de España. Y en 2007 con la elástica española debutó en un Mundial en Burdeos. A partir de ahí acumuló un carro de medallas y un rendimiento notable bajo el anillo. En sus 12 mundiales ha sacado cinco metales: plata en el kilómetro en categoría C5 y bronce por equipos en el Mundial de Manchester 2009; bronces en el kilómetro en Montichiari (Italia) 2011 y Apeldoorn (Holanda) 2015 y una plata en la velocidad en Los Ángeles 2017. A ellos hay que añadir varias preseas más en Copa del Mundo y de Europa.

Esa perseverancia sobre la bicicleta se ha visto recompensada con una plaza para los Juegos Paralímpicos de Tokio. “Lo afronto con responsabilidad porque voy a defender los colores de mi país, pero con la tranquilidad de saber que voy con los deberes hechos y con ganas de disfrutar. Llevo tiempo visualizando este momento y acudo con los pies en el suelo, tranquilo e ilusionado, deseando pisar la pista y que las ruedas echen fuego”, recalca el andaluz.

Esta temporada ha calentado las piernas recorriendo muchos kilómetros en la carretera y afinando en los velódromos de Anadia (Portugal), Galapagar y Palma de Mallorca para la gran cita en la que puede culminar su trayectoria en el óvalo con una medalla paralímpica. El técnico español ha apostado por él para formar el tridente de la velocidad junto a Alfonso Cabello y Ricardo Ten. Un equipo que ya dejó su huella en el último Mundial disputado en Milton (Canadá) el año pasado con un tiempo estratosférico (49″747) en la ronda clasificatoria que les metía en la final, aunque un error en el relevo les costó la descalificación.

“El resultado no quedó en saco roto y ahora tendremos otra opción de demostrar que podemos hacer algo importante. He trabajado duro para que no vuelva a repetirse ese fallo y ayudar a mis compañeros con mi cambio de ritmo. Esto es una apuesta personal de Félix y no quiero defraudarle, voy a vaciarme en la pista. China y Gran Bretaña son las favoritas, lo llevan demostrando muchos años, son países muy potentes a los que será difícil ganarles, pero no es imposible. Tenemos nivel para pelear por una medalla, ojalá pueda ser de oro, pero una plata o un bronce también estaría muy bien”, remata Jaramillo.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Pablo Jaramillo

Iván Salguero, el apacible nadador que llega a Tokio sobre la bocina

A la cámara de llamadas le gusta llegar con todo controlado. Sabe aislarse en medio de una competición, su rostro apacible oculta bien sus sensaciones, nervios, anhelos y hasta sus miedos. Todo ello detrás de las gafas negras bien apretadas por debajo del gorro, la toalla anudada al cuello y las chanclas. Sobre el poyete, unos golpes a los músculos y al agua. Es el ritual de Iván Salguero, un joven tímido que en la piscina sale a morder. Es otro tenaz y disciplinado soldado de la natación española que sin hacer ruido y escalando con paciencia se ha consagrado en la élite. Así lo acreditan sus medallas en mundiales y en europeos. A sus 23 años disputará en Tokio sus segundos Juegos Paralímpicos.

De pequeño ya apuntaba maneras en los campeonatos navarros convencionales. Tenía facilidad para aprender y ejecutar movimientos, con tres años comenzó a chapotear en la Ciudad Deportiva Amaya de Pamplona. Nació con una enfermedad rara de la mácula que limita su visión a un 10%. “Es parecido a la retinosis pigmentaria, es como si tuviera tapado el centro del ojo, solo veo por la periferia. De lejos no reconozco las caras de las personas y de noche empeora mucho. Pero siempre llevé una vida normal, jugaba como cualquier otro niño, si me caía 50 veces me levantaba otras tantas. Le estoy muy agradecido a mis padres porque nunca me sobreprotegieron”, asegura.

Había probado el judo y también el fútbol, pero lo dejó, “era muy malo, no veía el balón”, dice riendo. En el azul de la piscina todo cambia para él, ahí se siente sin límites. “La visión no es un sentido importante en la natación, donde agudizas otras sensaciones, como el roce del agua, el sonido o la velocidad”, apunta. En edad alevín, con el CN Ardoi brilló con dos platas en 100 y 200 braza en un Campeonato de Navarra, pruebas que tiene grabadas en su retina. Y con 11 años, en una competición organizada por la ONCE en Madrid, los responsables de la Federación Española de Deportes para Ciegos le echaron el anzuelo. Aquel renacuajo tenía madera de campeón.

José Luis Vaquero, seleccionador nacional, fue uno de los encargados en pulirle. “En 2015 hablé con sus padres y les convencí para traerlo al Centro de Alto Rendimiento de Madrid. Desde entonces ha mejorado muchísimo. Es un nadador muy técnico, es bastante introvertido y calladito, siempre va a su aire, pero es un trabajador nato y también muy cabezón, como se le ponga un objetivo por delante va a por él hasta conseguirlo”, explica el madrileño. Aquello fue un punto de inflexión en su carrera: “Estaba desmotivado con los estudios y la natación. Marcharme a otra ciudad me hizo centrarme en lo que quería, cambió mi actitud y lo afronté con mucha ilusión”.

Sus resultados no tardaron en llegar. Ese mismo año debutó en el Mundial de Glasgow, en 2016 acudió al Europeo de Funchal y se clasificó para los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016, donde nadó cuatro pruebas y obtuvo un diploma tras ser octavo en 100 braza SB13. “La progresión fue muy rápida, no me esperaba ir a unos Juegos tan pronto. El evento en Brasil me dejó un sabor agridulce, estaba contento por la experiencia, pero era un niño y el mundo se me vino encima. Estaba demasiado nervioso y acojonado, cuando vi la piscina a reventar me dio miedo, por ello las pruebas me salieron mal. Lo mejor es que aprendí una lección y a partir de ahí nunca me volvió a pasar”, relata.

Su mejor actuación internacional la ofreció en el Mundial de Ciudad de México en 2017 tras colgarse cinco medallas, tres platas y dos bronces. “Llegábamos al límite después de una temporada de 14 meses y encima competimos a 2.200 metros de altura, una locura. Fue un campeonato atípico porque faltaron países importantes y rivales duros, pero no hay que restarle mérito a lo que hice, no sé si algún día podré repetir algo así”, cuenta. En el Europeo de Dublín en 2018 volvió a subir al podio con un bronce en 100 libre y una plata en relevos, mientras que en el Mundial de Londres 2019 no pudo atrapar ninguna presea. “Hice un buen papel con dos finales, en mi categoría hay gente de mucho nivel y las medallas están carísimas”, recalca.

A finales del pasado año cambió de entrenador y se puso en manos de Santiago Márquez, compartiendo preparación con María Delgado y José Ramón Cantero. “Me ha sentado muy bien, formo parte de un gran grupo y he mejorado en aspectos en los que flojeaba, como el impulso con la patada. He logrado bajar mis marcas, pero soy muy autoexigente y nunca me conformo con lo que hago, sé que puedo dar más. También estoy perfeccionando más la técnica, de joven nadaba despendolado, Vaquero me corrigió y me obsesioné en hacer cada movimiento perfecto”, subraya el navarro, admirador de Mireia Belmonte, de Teresa Perales, “una leyenda y ejemplo para nosotros”, y de Michael Phelps, “un referente con el que se me caía la baba al verle nadar por su fuerza y poderío”.

Humilde, disciplinado, constante y con las ideas claras, Salguero se presenta en sus segundos Juegos Paralímpicos con más madurez y con ganas tras ser repescado a última hora por el Comité Paralímpico Internacional. En principio, nadará el relevo mixto con María Delgado, José Ramón Cantero y Ariadna Edo, así como el 400 libre S13, donde el bielorruso Ihar Boki “es el gran dominador, es inalcanzable, lo gana todo. El oro lo tiene asegurado, mientras que el ucraniano -Kyrylo Garashchenko – y el francés -Álex Portal- son favoritos a la plata y el bronce”.

“A Río fui con 18 años y mucha presión. Ahora tengo más experiencia y confío en mí, quiero sacar todo lo que llevo dentro, pero soy consciente de que llego tras ser llamado casi sobre la bocina, no dejé de entrenar, pero en las últimas semanas no nadé todo lo que acostumbro porque ya estaba de vacaciones. Tokio es un regalo y competiré sin pensar en el resultado, y si accedo a la final y estoy en mis marcas quedaré muy satisfecho”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Iván Salguero

El histórico doblete de la versátil Susana Rodríguez

De pequeña Susana Rodríguez levitaba sobre el tartán, llegó a ser campeona del mundo junior en 100 y en 400 metros, pero su carrera como atleta se vio truncada en 2008 tras quedarse sin ir a los Juegos Paralímpicos de Pekín. Aquel mal trago le hizo guardar las zapatillas de correr durante dos años. Aunque su pasión por el deporte le llevó a probar el triatlón, modalidad en la que ha fraguado un palmarés excelso. Esa persistencia y voracidad que desprende cuando compite le han encumbrado a lo más alto. Ya estuvo en Río 2016 y ahora, con más madurez, aterriza en Tokio lista para la acción. En el país del sol naciente se convertirá en la primera española en competir en dos disciplinas (triatlón y atletismo) en unos mismos Juegos.

Esta versátil y polifacética deportista se enfundará primero el tritraje en el Parque Marino de Odaiba (28 de agosto) para buscar el oro y al día siguiente estará en los tacos de salida del estadio olímpico japonés para disputar las series clasificatorias de los 1.500 metros T11 (atletas ciegas). Un doblete histórico para cumplir ese sueño que comenzó a cultivar siendo una niña. La gallega nació con albinismo, pero la falta de luz en sus ojos nunca fue cortapisa en su vida. “Mis padres siempre me dejaron hacer las cosas sin ponerme obstáculos y es algo que me ha ayudado. Intentaba hacer lo mismo que los demás tanto en la escuela como en la calle, he sido una persona luchadora en ese sentido”, matiza.

Con 10 años corría en el colegio de Recursos Educativos Santiago Apóstol de la ONCE en Pontevedra y se fue haciendo un hueco entre las mejores atletas. Durante los Juegos de Atlanta’96 jugaba en casa con su hermana buscando en el Atlas las banderas de los países y se las pegaban en el chándal para competir entre ellas. Una década después ese sueño infantil estuvo cerca de materializarse. Logró la mínima en 100 metros lisos para Pekín, pero había seis plazas para siete deportistas y se quedó sin premio. “Fue complicado ya que tenía organizada mi vida en torno a ir a esos Juegos, no me salió bien por circunstancias ajenas a mí. Aunque me costó superarlo, a la larga comprendí que cuando se cierran unas puertas se abren otras. Lo dejé, estaba cansada de cómo funcionaban las cosas en el deporte y aproveché para empezar a estudiar medicina”, relata.

Poco a poco las heridas cicatrizaron y resurgió de sus cenizas, pero esta vez con el triatlón. Se topó con este deporte por casualidad, buceando por la web de la Federación Española vio que había una competición de duatlón en Gijón. Se lo propuso a su amiga Iris Toral y empezaron a entrenar en un parque con un vetusto tándem sobre el que no aguantaban en pie ni 10 minutos. “Hasta los niños con sus bicis nos adelantaban”, añade a carcajadas. Pero no desistió, se presentó a la prueba y tras cruzar la meta lo tuvo claro: “Quería probar el triatlón. Me di cuenta de que llevaba dos años sin hacer algo que me encanta y que echaba de menos, competir. La combinación de los tres deportes me motivó”.

Un palmarés de lujo

Los resultados llegaron pronto, en 2012 junto a Mayalen Noriega ganó su primer Campeonato del Mundo, después se sumaron numerosas medallas en Europeos, Series Mundiales y Copa del Mundo. Acudió a los Juegos de Río 2016 con Mabel Gallardo y fue quinta. Tras ello cambió de ‘lazarillo’ y los éxitos seguían cayendo a raudales con Paula García: oro en los mundiales de Gold Coast (Australia) en 2018 y de Laussane (Suiza) en 2019. Sin embargo, el año pasado decidió apostar por Sara Loehr como nueva guía. “Para que un equipo funcione bien tiene que hacerlo la parte deportiva, pero tiene que haber un compromiso muy grande por todas las partes. La confianza se debilitó y ya no disfrutaba, así que lo mejor era cambiar. Estoy muy contenta con Sara, me aporta tranquilidad y sabe cuál es su trabajo como deportista de apoyo”, explica.

A veces el destino es caprichoso y si no, que se lo digan a Sara Loehr. Con nueve años fue la niña que coronó la pirámide humana en el estadio de Montjuic para inaugurar con “un beso de bienvenida” los Juegos Paralímpicos de Barcelona’92. Ahora será protagonista en una cita paralímpica. Empezó como atleta y a los 20 años y tras varios desconectada del deporte, a la catalana se le cruzó el tren del triatlón y decidió subirse. En poco tiempo se convirtió en una referencia de la media distancia en España y cuando Susana le propuso que fuera su guía, no se lo pensó. “Venía de estar un año sabático después de mi carrera como triatleta profesional y esa propuesta fue muy emotiva ya que me hizo volver a estar en el mundillo y tener una nueva experiencia y motivación que me hizo mucha ilusión”, dice.

Sara afirma que no fue difícil el cambio de competir sola a ser los ojos de otra persona: “Es diferente y hay que estar atenta, tienes que pensar en todo momento en que no vas sola, hay que acostumbrarse a indicar y a dar instrucciones de todo lo que ves que pueda entorpecer el paso a Susana”. Pese a que en estas dos temporadas apenas han podido competir por la pandemia, en las pruebas que han disputado han confirmado su supremacía en la categoría PTVI (deportistas con discapacidad visual) tras ganar el oro en las Series Mundiales de Leeds y en la Copa del Mundo de A Coruña.

“Estamos fuertes y sólidas en los tres segmentos. Lo que me preocupa es la aclimatación en Tokio porque las condiciones serán duras e influirán en el resultado y no hemos hecho una adaptación apropiada, pero vamos a por todas”, apunta Rodríguez. En Río de Janeiro 2016 se quedó a las puertas del podio y en Tokio espera alcanzar el metal que le falta en el currículum. “Afronto los Juegos con mucha ilusión y ganas, me veo a un gran nivel. Cualquier medalla sea del color que sea estará cara, pero la intención siempre es ir a por el oro, habrá que trabajar duro”, subraya la número uno del ranking mundial.

“Por desgracia hemos podido competir poco, pero estamos muy compenetradas y nos llevamos genial dentro y fuera de la competición, esa complicidad y confianza te dan seguridad. Las pruebas que hemos hecho nos han servido para terminar de ajustar detalles, hemos trabajado bien para llegar a los Juegos preparadas. Siempre se puede llegar a soñar con una medalla y pensamos que es viable, aunque ya se sabe que en una carrera en un día concreto pueden pasar muchas cosas, pero tenemos claro que vamos a luchar hasta pisar la meta”, añade Sara.

Con Celso Comesaña en el 1.500

En la capital nipona, la viguesa completará su participación sobre el tartán con los 1.500 metros T11. “Me hace mucha ilusión, el atletismo es el deporte en el que empecé, estoy feliz porque podré correr en un estadio olímpico”, dice. A su servicio estará Celso Comesaña, guardia civil de profesión y guía con el que logró el cuarto puesto en el Mundial de Dubai en 2019 y la plata en el Europeo de Polonia en junio: “Es un amigo, ha sido clave en mi evolución en la carrera a pie y ha influido mucho en mis resultados. Lo podemos hacer bien”.

Ambos se conocieron en el Club Triatlón Mar de Vigo y empezaron a correr juntos en 2017. “Ella buscaba a un compañero para entrenar y a partir de ahí nació una relación de amistad. Tuve que cambiar el chip ya que era un habitual en carreras populares y pasé a priorizar el trabajo colectivo. Partimos de cero y en dos años hemos crecido mucho como pareja, en la pista somos dos, pero competimos como si fuésemos uno. Soy sus ojos, me he adaptado a su ritmo para que vaya cómoda, pensando en todo momento en lo que necesita y motivándola para que no se venga abajo”, apunta el gallego.

A sus 34 años le llega una oportunidad que nunca habría imaginado, disputar unos Juegos. “Aún no me lo creo, es el culmen para un deportista. Quiero disfrutarlos al máximo y espero que en la prueba de triatlón logre medalla para que llegue al 1.500 liberada y con mentalidad positiva para ir a tope. No somos los rivales a batir, pero vamos a dar guerra”, recalca. “Siendo sensata y realista, mi objetivo es acceder a la final, todo dependerá de cómo haya recuperado del triatlón, que lo tendré el día antes. Ser la primera española en competir en dos modalidades en unos mismos Juegos me hace mucha ilusión, es un sueño hecho realidad participar en los dos deportes que me apasionan, es la bomba”, sentencia la doctora Rodríguez, una ‘todoterreno’ que supera cada dificultad con brazadas, pedaladas y zancadas cargadas de perseverancia.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Susana Rodríguez

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Celso Comesaña

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sara Loehr

Álvaro Valera, la tenaz e indeleble leyenda del tenis de mesa

Con 14 años mordió su primera medalla internacional, una plata en el Europeo de Estocolmo (Suecia) en 1997. Aquel logro sirvió de acicate para su porvenir. Más de dos décadas después, Álvaro Valera continúa encaramado en la cúspide del tenis de mesa. Cinco preseas en Juegos Paralímpicos, siete en mundiales y 17 en europeos ensalzan su excelso currículum. Tras más de 20 años en la élite y con un sinfín de batallas libradas, el incombustible y tenaz palista andaluz afronta un nuevo desafío: alcanzar el oro en Tokio. “Sería increíble conseguir otra medalla dorada 21 años después tras la de Sídney 2000. Voy a por ella”, recalca.

Incansable y voraz, su tremenda capacidad de sacrificio, los valores y la humildad que atesora son las bases que lo han convertido en uno de los más grandes. Cada año se supera pese a las dificultades con las que tiene que lidiar ante la pérdida de musculatura y movimientos en piernas y en brazos por la polineuropatía con la que nació. “He tenido que reinventarme para no estancarme. Sufro más dolores cuando entreno, he perdido tono muscular, las rodillas y la espalda no me responden, pero lo voy gestionando. Adapté mi juego para paliar la falta de físico con técnica, estrategia y habilidad. Mi nivel ha caído, antes ganaba con más diferencia, ahora tengo que trabajar más los partidos, los golpes van con menos intensidad y fuerza, y toca tirar de inteligencia, ser más zorro”, asegura.

Con cinco años le detectaron la enfermedad conocida como Charcot-Marie-Tooth y que afecta a sus extremidades, pero no ha sido óbice para convertirse en una leyenda de un deporte que descubrió a los 10 años junto a la piscina de un club de Sevilla en el que veraneaba. “Me enganchó y pasaba todo el día jugando con mis amigos. Por mi forma de andar no podía jugar al fútbol como el resto, pero con la pala me sentía uno más, podía plantar cara y ganarles a chicos sin ninguna limitación física y ese reto me estimulaba, me hacía feliz”, relata.

Su padre le compró una mesa y se pasaban horas golpeando la bola en el sótano de su casa. Ahí empezó a cimentar los pilares de una brillante carrera. En 1998 ganó el Mundial de París pese a ser un pipiolo. Pero aquel rostro ingenuo y bonancible ocultaba a un genio de ambición desmedida con redaños para medirse a los mejores. En Sídney 2000 se colgó el oro paralímpico, un regalo para su progenitor, que falleció poco después. Ese fue el trago más duro en la travesía de Valera, que estuvo unos meses sin competir. Se nutrió de su carácter indómito para levantarse y, desde entonces, no ha parado de añadir metales a su vitrina.

“La receta para continuar arriba no es otra que disfrutar de mi pasión como el primer día, constancia y trabajo. Mantengo la ilusión y el espíritu competitivo de cuando empecé siendo un niño, aunque con menos euforia y con más aplomo. Sigo invirtiendo muchas horas de entrenamientos porque me encanta lo que hago, cada día es un nuevo desafío”, apunta el laureado deportista sevillano, que a sus 38 años ya lleva una década como número uno del ranking mundial en clase 6.

En los últimos años también le ha tocado sufrir con las derrotas, perdió la final en los Juegos de Río 2016 y en el Mundial de Eslovenia 2018, además de quedarse en 2019 por primera vez fuera del podio en un Europeo en la prueba individual. Este año, en la única prueba internacional, fue plata en el Open de República Checa tras ceder en la final con el rumano Bobi Simion. “Eso te hace valorar aún más las victorias. El nivel ha subido y la exigencia es mayor, siempre voy con humildad y respeto porque cualquier rival te puede sorprender, habrá que redoblar esfuerzos y apretar los motores”, asevera Valera, que firmaría una nueva final con el danés Peter Rosenmeier, su archienemigo en las grandes citas.

Oro en Sídney 2000, bronce en Pekín 2008, doblete plateado en Londres 2012 y plata en Río 2016, el palista español espera ampliar su cosecha en Tokio, sus sextos Juegos Paralímpicos. “Para mí es un regalo y un privilegio tener otra oportunidad. Me gustaría quitarme la espinita de Londres y de Río y llevarme el oro, sería un sueño. Perdí dos finales seguidas y confío en que la tercera sea la vencida. Voy a por lo máximo, puedo ganarles a todos si tengo un buen día y estoy inspirado, pero si no puede ser, al menos quiero volver de Japón con una medalla”, resalta.

Luchará por dos preseas, ya que por equipos jugará junto a su compañero y amigo Jordi Morales, una pareja que en 2019 conquistó el oro europeo y que llevan dos décadas sumando metales. “Antes nos mezclaban con jugadores de clase 8, que tienen discapacidad más baja y la desventaja era brutal. A pesar de ello, en Londres rompimos todos los pronósticos y nos llevamos la plata. Ahora en Tokio hay más opciones porque jugaremos en clase 7. Nos conocemos a la perfección, formamos un gran doble, somos compactos y sin fisuras, aspiramos al oro”, explica Valera, a quien le gustaría seguir hasta París 2024: “Dependerá de las sensaciones que tenga y de los resultados, pero no descarto un ciclo más. De momento, quiero saborear cada día como si fuese el último”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Álvaro Valera

Miriam Martínez, una indómita ‘leona’ en el círculo de lanzamiento

En el silencio nocturno, soñar con volver a pisar los Pirineos y contemplar el estadio iluminado de San Mamés desde la cama en la UCI en la que estuvo postrada mes y medio suponían para Miriam Martínez un susurro de paz y esperanza en medio de la tormenta. En 2018 le sobrevino un daño cerebral por una enfermedad autoinmune que le dejó paralizada, sin poder caminar ni hablar. Su pasión era el fútbol y ver cada día ‘La Catedral’ del Athletic de Bilbao le insuflaba energía para no claudicar. Se rebeló ante su destino y se aferró al atletismo para emprender una cruzada contra su propio cuerpo.

En menos de un año, esta indómita ‘leona’ se ha convertido en una de las mejores lanzadoras de peso del mundo. En junio se proclamó campeona de Europa en Bydgoszcz (Polonia) y ahora va a por el oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio. Hasta hace menos de tres años, la de Ibi (Alicante) exprimía cada minuto entre su trabajo como jefa de grupo de una multinacional de construcción y sus partidos de fútbol sala, llegando a jugar incluso en Primera División. “Fue de golpe y porrazo, empecé a sentir unos hormigueos en la cara y lo achaqué al ritmo de vida. Luego pasó a la pierna, me afectó al tragar, al control de esfínteres y perdí visión. Me diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa, tengo afectación en las extremidades”, explica.

No podía ni mantenerse en pie y su mayor preocupación era cuándo volvería a correr. “Los mensajes de los médicos eran negativos, me decían que si caminaba ya me podía dar por satisfecha. Desde el primer minuto supe que no habría poción mágica y que el deporte sería mi medicina. Eso fue lo que me salvó”, asegura. También le mantuvo con ilusión ese flechazo con San Mamés. “Estuve ingresada en el hospital IMQ Zorrotzaurre, al otro lado de la ría, y era un espectáculo ver el estadio, me hizo latir y me devolvió la luz”, cuenta. Ahí empezó su amor por el club rojiblanco: “Mi madre, a la que se lo debo todo, me regaló una camiseta de Aritz Aduriz y un chándal que guardo como tesoros. Lo que me une a este equipo es la lucha, el sacrificio, el esfuerzo, la garra, el nunca rendirse, la perseverancia y el pundonor que reflejan cada día”.

Con ese cóctel de valores encaró la ardua rehabilitación y supo que el deporte sería anestésico en el espinoso camino que tendría por delante. Rechazó ir en silla de ruedas, prefería moverse despacio con un andador y luego con muletas, pese a que su débil estado le llevase más de una vez al suelo. Su padre, Jaime Martínez, que fue mediofonista, se entregó en la recuperación de su hija. “Al principio caminaba atada a una goma, hasta que logré moverme por mí misma. Intenté hacer pruebas de velocidad, pero no me mantenía en el carril por la ataxia que sufría y los golpes eran duros, se me bloqueaban las piernas con sobreesfuerzos, eso me lastraba y pasaba muchos días en la cama”, detalla.

La parálisis le impedía correr, así que comenzó con los lanzamientos. Su padre le preparó una jabalina con una barra del recogedor de la piscina y se le daba bien. “Esa descoordinación que tenía se ocultaba más, la fuerza no era tan explosiva y no me perjudicaba tanto a los músculos. Lo malo es que mi categoría, F36, no forma parte del programa de los Juegos Paralímpicos, por lo que decidimos pasarnos al lanzamiento de peso”, comenta. Y ahí apareció la seleccionadora española, Isabel Hurtado, quien hizo de nexo entre Miriam y Ainhoa Martínez, una de las mejores lanzadoras de España, que se ofreció a ser su entrenadora.

“Encajamos a la perfección, es un espejo en el que me miro. Ella pone las ganas y la profesionalidad y yo el corazón, la pasión y el esfuerzo”, asevera la alicantina, que entrena en el Club de Córrer el Garbí junto a dos referentes del atletismo paralímpico, Héctor Cabrera y Kim López. “Tenerlos al lado es un lujo, hacen que me crezca y me encantaría seguir su estela”, prosigue. Con la bola de acero de tres kilos ha demostrado no tener límites. En su primera competición, en octubre del año pasado, batió el récord nacional con 8.83 metros. Después aumentó el listón con 9.09 en el Grand Prix de Dubai, que supuso mínima B para Tokio.

Gracias a su porfía, en los últimos meses ha dado un salto gigantesco y su mejor marca ya está en 9.56 metros. En el Europeo de Polonia se llevó el oro con 9.50 pese a arrastrar una lesión en la cadera y en el cuádriceps. “Estoy superando la barrera de los 10 metros con cierta regularidad y, a veces, llego a los 11. Desde que empecé no he parado con entrenos mañana y tarde, he mejorado la técnica y los movimientos, los resultados están saliendo pese a que tengo que variar la forma de lanzar por mi enfermedad ya que sufro brotes por los daños cerebrales y cada día tengo que reinventarme y adaptarme”, recalca.

Un día hace dos años, cuando daba sus primeros pasos sujetada por su padre, se giró y le espetó: ‘¿Te imaginas si algún día voy a unos Juegos Paralímpicos?’. Su progenitor rompió a llorar. Hoy lo hace de felicidad porque su hija hará realidad esa frase en la capital japonesa. “Es un reconocimiento a todo el esfuerzo realizado, la mejor recompensa para mi familia, un regalo al caos que nos tocó vivir. He estado preparándome para este momento y voy a disfrutar lo que he sembrado. Confío en que sea el principio de algo muy grande porque, si mi discapacidad me lo permite, espero estar en mundiales y en París 2024”, subraya.

Aunque está centrada en el atletismo, tiene ganas de volver a calzarse unas botas y marcar goles. También forma parte de la selección española de fútbol para personas con parálisis cerebral. “Estoy deseando retomarlo, lo llevo en la sangre y necesito patear un balón. Echo de menos a mis compañeras, con las que me gustaría disputar pronto un campeonato internacional”, dice. Antes le toca lidiar con un reto mayúsculo en Tokio. La ‘leona’ española acude con la sonrisa afilada y demandando su alimento, quiere una medalla y apunta al oro. “Tengo carácter ganador y siempre voy a por más. Sueño en grande, en subir a lo más alto del podio. No me voy a achantar ante ninguna rival, sé que tengo posibilidades de ganar”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Miriam Martínez

‘La Sirenita’ Michelle Alonso, a rugir en la piscina de Tokio

En sus inicios en la natación, Michelle Alonso salía la última de la piscina y la primera de los vestuarios para evitar cruzarse con sus compañeras. No se relacionaban con ella y se sentía desplazada por su discapacidad intelectual. “Me llamaban Dory, como el pez, porque se me olvidaban los metros que tenía que nadar”, lamenta. Pensó en dejar el bañador con 14 años, pero apareció José Luis Guadalupe, su mentor, su álter ego, la persona que supo pulir sus virtudes. Desde entonces, ‘La Sirenita’ de Tenerife ha sido una de las reinas del 100 braza SB14 en la última década. Ahora otea con optimismo el hectómetro de Tokio, donde quiere rugir y volar para colgarse su tercer metal en unos Juegos Paralímpicos.

Se enfundó las gafas y el gorro con siete años por recomendación médica debido a problemas de espalda. Atesoraba cualidades, pero no se integró porque no supieron tratarla bien. “Tenía problemas de comunicación y no aceptaban cómo era, me sentía muy sola y lo pasé mal porque las chicas se reían de mí. Tenía un bloqueo mental y no avanzaba, así que decidí marcharme”, explica. En 2009 recaló en el Ademi, conoció a ‘Guada’ y ambas piezas encajaron en el puzle. “Confió en mí desde el primer minuto, para mí es como un padre, me conoce a la perfección, sabe motivarme y sacarme lo mejor. Sin él no habría llegado lejos”, reconoce.

En el agua Michelle muda la piel de su timidez y su cara angelical se evapora para dar paso a la garra, fiereza y voracidad con la que lanza cada brazada. “Tiene talento, calidad y una buena actitud, siempre creí en ella. Aunque a veces tenemos que estimularla y exigirle en los entrenos para que aporte su máximo. Sacarle esa motivación es lo que más me cuesta, cuando está con la autoestima alta es una moto, imparable. Es una chica que siempre tiene una sonrisa para todos. Por su discapacidad intelectual no llega a madurar del todo, pero el deporte le ha ayudado mucho a tener unas pautas de educación y un control de su vida, se ha superado”, tercia su entrenador.

Bajo su batuta se ha labrado un currículum espectacular en su prueba fetiche, los 100 metros braza. Ganó el oro en los Juegos de Londres 2012 y de Río de Janeiro 2016, ha sido varias veces campeona de Europa y posee cuatro metales en mundiales: oro en Montreal 2013 y México 2017, plata en Londres 2019 y bronce en Glasgow 2015. También ha derribado barreras, siendo la primera nadadora con discapacidad en disputar un campeonato de España absoluto. Y este año, incluso fue capaz de superar en un 50 braza a la húngara Katinka Hosszú, nueve veces campeona mundial y medallista olímpica: “Fue un momento inolvidable, me encantó nadar con ella, aquello me dio un subidón”.

Disciplinada y tenaz, la deportista canaria se ha preparado con dobles sesiones de entrenamientos para llegar en un gran momento de forma a los Juegos Paralímpicos en la capital japonesa. “Han sido meses muy duros, de muchas horas en la piscina y en el gimnasio. Lo peor que he llevado han sido los madrugones, a veces a las siete de la mañana ya estaba nadando, así como la estricta alimentación y el no tener tiempo ni para quedar con los amigos. Cuando llego a casa lo único que quiero es dormir de lo cansada que estoy”, dice riendo.

También tuvo que lidiar con una tendinitis en el hombro y con su alergia al cloro en piscinas cubiertas, que reapareció esta temporada durante el Europeo de Funchal (Portugal), donde ganó tres oros en 100 braza y en los relevos, así como dos bronces en 100 y en 200 libre. “Fue una situación difícil, lo pasé mal, me costaba respirar. En un entreno hice 600 metros y estaba asfixiada y afónica. Durante todo el año me preparo en Tenerife al aire libre y es en sitios cerrados cuando noto mucho el cloro y me afecta. Ahora en mi material no pueden faltarme los aerosoles e inhaladores, aunque espero no tener que usarlos en Tokio”, explica.

Abanderada española

Para ella, estar allí es “muy especial” ya que se considera una admiradora del país nipón. “Es un sueño, voy con mucha ilusión y emoción. Es mi ciudad favorita, la pena es que por la pandemia no podremos visitarla. Me encanta la comida, cuando la he visitado siempre me harto de sushi y desde pequeña soy una ‘friki’ del anime y del manga, pero lo que más me gusta es la cultura de respeto que tienen y esas buenas vibraciones que me contagian”, asevera la nadadora, que hace un par de años fue protagonista de un documental de la cadena televisiva japonesa WOWOW. “Ya me conocen, he ganado muchos seguidores en las redes sociales”, apunta.

Como colofón, la canaria será, junto al ciclista Ricardo Ten, la abanderada del equipo español en la ceremonia de inauguración el 24 de agosto. “Fue una gran sorpresa, lo máximo que me podía pasar, no se puede pedir más. Es un sueño que no esperaba cumplir porque soy joven aún y hay compañeros que llevan más tiempo. Ya fui abanderada en la clausura en Río de Janeiro, pero estoy emocionada y con ganas de llevar la bandera y disfrutar cada momento del desfile, todavía no me lo creo. Esto es un chute de motivación de cara a la competición”, cuenta.

A sus 27 años, la tinerfeña quiere escribir nuevos capítulos en su romance con la piscina. Este año ha rozado su récord del mundo -está en 1:12.61- y confía en mantenerse en el trono en el 100 braza SB14. La británica Louise Fiddes, vigente campeona del mundo, se postula como principal candidata a pelearle la victoria. “Es la rival más fuerte y está a un gran nivel, pero espero ganarle, soy ambiciosa y voy a luchar por el oro. Aunque el objetivo es coger una medalla, no me importa el color”, subraya Michelle, que antes de lanzarse al agua se aislará en sus cascos y buscará la motivación escuchando ‘Roar’, de Katy Perry. “Me identifico con la letra, me activa y me vengo arriba cuando dice ‘Soy una campeona y me vas a oír rugir’. Así me siento yo”, concluye.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Michelle Alonso

Óscar Onrubia, gallardía, frescura y alegría con el balón anaranjado

Su sonrisa indeleble y el buen rollo que transmite en el vestuario delatan que vive bajo la alegría perpetua. Desde que era un crío, Óscar Onrubia hizo del parqué su alfombra para disfrutar con el balón anaranjado en sus manos. Con 10 años había despuntado a los mandos de una handbike, pero a él le tiraba más el deporte en equipo por su carácter sociable y dicharachero. Encajó a la perfección en el baloncesto en silla de ruedas, en el que crece a pasos agigantados. A sus 21 años, el catalán encarna el descaro, la frescura y la pasión de una nueva generación que pisa fuerte y que en junio ganó el oro continental sub 22. Subcampeón de Europa con la absoluta, ahora le llega la oportunidad con la que soñaba desde niño, disputar unos Juegos Paralímpicos.

Con seis años la pelota de basket se convirtió en su eterna compañera, aunque durante un tiempo la compaginó con la natación y el ciclismo. “Fui campeón de Europa infantil, también de Cataluña y de alguna carrera por España. La handbike se me daba bastante bien, era mi principal foco por entonces”, confiesa. Recién había superado un duro revés, ya que con apenas tres años estuvo “al filo de la muerte”. Sufrió una sepsis meningocócica, una infección que le dejó una doble amputación tibial y sin dedos en las manos.

“Es una bacteria que se mete en la sangre y hace que se gangrenen las extremidades y si no te amputan las partes afectadas, la enfermedad se traspasa hasta el corazón y te mata en horas. Mis padres me contaron que hubo un momento en el que estaba prácticamente muerto ya que todas las funciones vitales de mi organismo no respondían. Pasé cuatro meses en el hospital, la mayoría del tiempo en coma inducido en la UCI. Pero después de numerosas operaciones e injertos salí adelante por mi actitud y personalidad. Desde entonces le sonrío cada día a la vida porque mi corazón sigue latiendo”, relata el barcelonés.

El deporte fue una fuerza especial, una vía de desahogo para canalizar sus inquietudes. Y el baloncesto le sedujo por ser una modalidad colectiva. “Practicar deporte de manera individual me quemaba mucho porque no hablaba con nadie, me aburría. Mientras que en el basket estaba en comunicación y sintonía con más gente, me enganchó porque era el único sitio en el que no me sentía juzgado por mi discapacidad. Al principio ni llegaba a canasta, y eso que me ponían las más bajitas para niños pequeños. El aprendizaje no fue duro ya que no tenía presión, solo pensaba en jugar y en pasármelo bien”, afirma.

En el pabellón de Vall d’Hebron dio sus primeros pasos hasta que Óscar Trigo, su valedor y actual seleccionador español, lo reclutó para el CB Alisos. Luego pasó por el Sant Nicolau y por el CE Global Basket, club creado por el técnico catalán y en el que jugó cuatro temporadas en Primera División. “Óscar es mi mentor, un pilar en mi vida deportiva, uno de los mejores entrenadores del mundo, la persona que confió en mí y que me creó desde cero como jugador”, comenta. El año pasado debutó en División de Honor con el CB Las Rozas y este curso ha defendido la elástica del BSR Amiab Albacete, con el que ha levantado la Copa del Rey.

“Me queda mucho por aprender, pero he dado un salto de calidad tanto en mi club como con España. He mejorado en la lectura del juego y en la gestión de la presión, un plato que tienes que comerte cada día ya que formas parte de equipos muy competitivos en el que los balones queman y la velocidad de juego es increíble”, explica el escolta de 21 años, una pieza clave en las dos últimas medallas continentales que ha logrado la sub 22. La primera fue un bronce en 2018 y la segunda un oro en junio.

Onrubia llegó a la absoluta hace tres años para sustituir al lesionado Dani Stix en el Mundial de Hamburgo, donde la ‘ÑBA’ sobre ruedas fue quinta. Y formó parte del plantel que subió al segundo cajón del podio en el Europeo de Polonia de 2019. “Era la primera vez que entraba en la selección por méritos propios, ganándome un puesto. Me daba igual no jugar ni un minuto y estar todo el campeonato repartiendo agua a mis compañeros, me sentía un privilegiado y, encima, ganamos la plata”, asevera.

El catalán, que derrocha generosidad y humildad en la pista, espera aportar su velocidad, cambio de ritmo y su buen tiro de media y larga distancia. “Mi punto fuerte es la buena energía que transmito en el grupo, me gusta hacer reír a la gente, soy un payaso de la cabeza a los muñones. Los ‘rookies’ damos ese toque de juventud que es necesario en el equipo, somos esponjas y aprendemos cada día de los veteranos, ellos te dan un golpe de realidad y te muestran que todavía nos queda mucho por hacer. Soy consciente de dónde estoy, por mi edad no tengo un rol determinante, pero sí espero ser importante en un futuro”, añade.

Lo que sí es seguro es que será uno de los 12 jugadores que tratarán de repetir el podio de Río de Janeiro 2016. Allí España se colgó la plata y en Tokio apunta a lo más alto. Se medirá en la primera fase a Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “Estar en unos Juegos Paralímpicos es alcanzar la cúspide. Reconozco que cada vez que pienso en ello tiemblo como un flan de la emoción, estoy muy agradecido por el trabajo que me ha llevado a estar entre los elegidos. Nos ha tocado un grupo que sobre el papel puede parecer fácil, pero en unos Juegos cualquiera te pone en aprietos, nunca hay que subestimar a nadie. Creemos en nuestro potencial, podemos pelear por el oro, soñamos en grande y lo queremos demostrar en la cancha”, remata Óscar Onrubia, un jugón que siempre lleva una sonrisa en los bolsillos.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Óscar Onrubia

Pablo Cantero, el ‘murciélago’ que aprendió a volar con la ceguera

Pablo Cantero soñaba con vestir la camiseta del Valencia CF, creció viendo en Mestalla a ídolos como Gaizka Mendieta o Pablo Aimar. Apuntaba maneras como delantero en el equipo de su pueblo, Torrent, pero aquel sueño se truncó a los 11 años tras perder la visión a causa de un tumor cerebral. “Tras salir del quirófano ya no veía nada”, comenta. Se rebeló ante la adversidad y con coraje, madurez y perseverancia encendió la luz de sus ojos a través del deporte, primero como atleta y ahora como jugador de la selección española de fútbol para ciegos.

“Cómo los murciélagos que no ven, con la ceguera he aprendido a volar. Me identifico con este animal, acepta su dificultad y se esfuerza para derrotarla”, confiesa. Su vuelo más esperado tiene como destino Tokio, donde disputará los Juegos Paralímpicos. “Es un sueño por el que llevo mucho tiempo luchando”, dice. Su vida cambió el rumbo en 2004, poco después de ver a su Valencia ganar el doblete de Liga y Uefa. “Era un niño de sacar sobresalientes y, de pronto, me costaba retener la información y tenía problemas de equilibrio. Dos enfermedades raras, ‘Púrpura trombocitopénica’ y ‘Mononucleosis infecciosa’ retrasaron el diagnóstico”, cuenta.

El tumor fue creciendo debajo del hipotálamo, algo que provocó una acumulación del líquido cefaloraquídeo que oprimió el nervio óptico. “Al extirparlo, con la descomprensión lo arrasó todo y me dejó ciego”, explica. Le costó asumir su nueva situación, pensó que aquello era algo pasajero y que volvería a recuperar la vista. “No me lo creía, estando en el hospital me llevaron el abecedario en braille y lo tiré a la basura, no quería saber nada relacionado con los ciegos. Lo que me ayudó fue el apoyo familiar y el de mis amigos, sigo siendo el mismo Pablo, pero sin ver. Al final doy gracias porque pudo haber sido peor”, asegura.

Poco después descubrió el atletismo, sobre el tartán estuvo 13 años, en los que logró medallas y récords nacionales, además de participar en dos europeos, siendo sexto en Swansea (Gales) 2014 y rozando el bronce en Grosseto (Italia) 2016. “La falta de un guía estable y el quedarme fuera de los Juegos de Río de Janeiro hicieron que lo dejara. Lo pasé mal, estuve cuatro meses de duelo”, confiesa Cantero, quien una vez más, se reinventó. Dejó las zapatillas de clavos y se calzó las botas de fútbol para retomar su otra pasión.

Empezó a domar el balón con cascabeles en el equipo de Alicante y hace dos años el técnico español, Jesús Bargueiras, lo reclutó para la selección. “Debuté en el Grand Prix de Tokio, estaba como un flan, muy perdido en el campo. Al principio fue difícil, pasé de ser un atleta a tener que adaptarme a un deporte de equipo”, puntualiza el joven, que lo compatibiliza con su labor como psicólogo en la ONCE en Toledo

“Con mi familia aprendo que toda recompensa viene precedida del esfuerzo para llegar a ella. Y si quieres un árbol lleno de frutos, has de cargar con el peso del sacrificio y sembrarlo con fuerza de voluntad, regarlo con constancia y remover la tierra con paciencia, aunque tengas que espantar a algunos pájaros en el proceso que intentan separarte de tus objetivos”, recalca.

Gracias al atletismo se ha convertido en un futbolista de gran orientación, con buen oído, veloz y valiente al corte. Es un fijo en el engranaje defensivo del combinado español, con el que ganó el oro en el Europeo de Roma hace un par de veranos. Este mes podrá quitarse la espinita de Río 2016 y se estrenará en unos Juegos Paralímpicos. “Llevo 14 años entrenando seis días a la semana para cumplir este sueño. Lo afronto con ganas y con ambición, quiero disfrutar de cada momento”, subraya.

En Tokio, España tendrá que lidiar con Argentina, Marruecos y Tailandia. “Nos hemos entregado durante la preparación en estos últimos meses y llegamos fuertes. Nos vamos a medir a potencias, pero nos vamos a dejar el alma en el césped. Tenemos gol y una defensa solidaria, hay nivel para luchar por las medallas y nos gustaría superar los bronces de Atenas 2004 y Londres 2012”, apostilla Pablo Cantero, el ‘murciélago’ de ‘La Roja’.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Pablo Cantero

Quico Tur, el penúltimo golpe de una zurda perseverante

Hace más de tres años pasó por el quirófano por culpa de las llagas que le origina estar tantas horas sentado en la silla de ruedas. Quico Tur pensó que aquella operación pondría punto y final a su dilatada trayectoria como tenista. Los médicos le advirtieron del riesgo que corría si sufría un nuevo percance. Hizo caso omiso, no desistió, porfió, se levantó una vez más y resurgió dando una nueva lección de pundonor, perseverancia y pasión por un deporte que ama. Salió del hospital con fuerzas recobradas, con bravura y con la firme apuesta de clasificarse para sus quintos Juegos Paralímpicos. Y cumplió su palabra. La zurda de seda golpeará en Tokio, entre los mejores del mundo.

El barcelonés está acostumbrado a superar reveses con la raqueta. Y eso que el tenis no le agradaba nada de niño. Su madre, jugadora amateur, trató de inocularle esa pasión, pero a Quico lo que le gustaba era el fútbol. De pequeño siempre se le veía con un balón entre los pies. “Me apuntaron a un cursillo en el CN Sant Andreu, pero no me enganchó. En casa veíamos tenis en televisión, pero me aburría y cambiaba de canal. Era más futbolero y también amante del motociclismo”, confiesa.

Precisamente, con una moto su vida cambió de la noche a la mañana. Con 21 años se estaba preparando las oposiciones para ser bombero cuando sufrió un accidente de tráfico el día de Navidad que le dejó parapléjico. Estuvo tres meses ingresado en el hospital Vall d’Hebron y otros tres en el Institut Gutmann para la rehabilitación y para aprender de cero a valerse por sí mismo. A pesar del varapalo, Tur convirtió aquel suceso en un acicate y se aferró al tenis con más fuerza que a la silla, para convertirse con los años en uno de los mejores jugadores españoles de la historia.

“El bajón anímico y el duelo lo pasé muy rápido, pero fueron momentos duros. El impacto de verte medio metro más abajo, sin poder andar, con mis padres y amigos ayudándome en todo fue jodido. Tienes que darte esa hostia para luego saborear la remontada. Cuando pasé la tormenta empecé a ver el sol de nuevo y fue el tenis el que me iluminó. Menos a rehabilitación, en Gutmann me apuntaba a todo, hice tenis de mesa, esgrima, tiro con arco, baloncesto y natación. Hasta que agarré una raqueta y ya no la volví a soltar”, relata. José Aguado, un impulsor del tenis en silla a nivel nacional, fue quien lo moldeó. “Le estoy agradecido por todo lo que hizo por mí. Poco a poco fui incrementando las horas de dedicación, mi nivel mejoraba y los resultados llegaban”, cuenta.

Debutó en el 2000 y tres años después ganó el primero de sus cinco campeonatos de España -también tiene cinco Máster Nacional en su palmarés- y durante nueve años seguidos paseó el número uno español sobre las pistas. Además, en estas dos décadas ha acumulado más de 40 títulos internacionales entre individual y dobles. Y tiene el privilegio de haber competido en cuatro Juegos Paralímpicos (Atenas 2004, Pekín 2008, Londres 2012 y Río de Janeiro 2016). “Hay tres momentos en mi carrera que me han marcado: el primer campeonato nacional en Madrid en 2003; los torneos que gané en 2006 en Israel y en Francia; y los Juegos de Atenas 2004. Tres recuerdos inolvidables”, recalca.

Aunque también le ha tocado lidiar con la cara más amarga del deporte: las lesiones. La última, en 2017, casi le obliga a retirarse. Su cabeza era un torbellino en el que giraban las dudas y las convicciones. “Al no tener musculatura en el glúteo, el hueso isquion está desprotegido y con tantos movimientos con la silla se ve afectado. Los doctores me dijeron que si aparecía una nueva llaga en esa zona no solo me privarían de hacer deporte, sino que tendría que estar gran parte del día tumbado boca abajo. Desde entonces vivo con un cuchillo en el cuello, pero no quería tirar la toalla, me salió la vena deportiva, la que me lo ha dado todo en la vida. He tenido que limitar entrenamientos y sacrificar cuidados diarios a cambio de seguir disfrutando”.

Al lado de Marina Bronchales, su entrenadora, Quico Tur continúa forjando su leyenda a sus 44 años, manteniendo su sello propio y luciendo melena surfera e interminables patillas que le confiere un aire de eterno joven rebelde. “Algunos me daban por retirado, pero los viejos rockeros nunca mueren. He aprendido a no rendirme nunca y sigo dando guerra pese a la aparición de chavales como Martín de la Puente, Dani Caverzaschi, Kike Siscar o Cisco García, que le están aportando un gran nivel al tenis español. Estar entre ellos significa mucho para mí”, subraya. Su tenis exquisito, ingenio, consistencia en cada punto y garra inagotable estarán presentes en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

Pese al reto mayúsculo que suponía clasificarse para la cita en la capital nipona, el barcelonés se ha colado entre los 40 mejores del mundo. “Lo afronto con la esperanza de lograr un buen resultado, vengo de hacer buenos entrenamientos y torneos, la madurez que he acumulado la estoy sacando ahora, eso me da muchas herramientas para mejorar mi juego. Tengo las mismas ganas y la ambición que los anteriores cuatro Juegos. No me vale con solo estar allí, quiero sacarle provecho y pasar las máximas rondas posibles tanto en individual como en dobles con Kike Siscar, con el que me encanta jugar. Y si los que vienen desde abajo no me tumban y las lesiones me respetan, quizás vaya a por París 2024”, sentencia entre risas la zurda perseverante del tenis en silla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Quico Tur

Sara Andrés, la atleta biónica que vuela más allá de los límites

‘Prefiero no tener pies y saber a dónde voy, que tenerlos y estar perdida’. Es el mantra que lleva tatuado en sus adentros Sara Andrés Barrio desde que sufrió una doble amputación por debajo de las rodillas tras un accidente de tráfico en 2011. “Lo vi como una segunda oportunidad, ahora disfruto más de las cosas importantes. Y me encanta mostrar mis piernas de robot para que la gente lo vea como algo normal”, afirma la atleta que vuela más allá de los límites.

Con tenacidad y rezumando felicidad reconstruyó su vida bajo el paraguas del atletismo. Fue medallista de bronce en el Mundial de Londres 2017 y diploma en los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Este año está firmando una buena temporada tras lograr un récord del mundo en 200 metros T62 (28.30 segundos) y un bronce europeo en 100 metros. Ahora ambiciona asaltar el podio en Tokio. “Quiero pensar a lo grande, así que voy a ir a por una medalla», sostiene.

No todo ha sido un camino de rosas para esta profesora de Educación Primaria. Pasó por tres operaciones para que cerraran bien los muñones, estuvo mes y medio ingresada en el hospital y nueve meses postrada en silla de ruedas. “Estaba sedada y al despertarme recuerdo que tenía a mi padre y a mi hermano junto a la cama y sus ojos ya me decían que algo iba mal. Cuando levanté la manta y vi que me faltaban mis pies no me lo podía creer, fue un shock. Pensé que no volvería a andar y estuve con tratamiento psicológico, pero entendí que mi nueva situación era mejor que estar muerta. Empecé a ver el lado positivo, a valorar lo que tenía y no lo que había perdido”, explica.

La madrileña tuvo que resetear y empezar desde cero hasta volver a caminar. “Me ponía pequeños retos y cuando me vi otra vez de pie lloré de emoción, al principio me sentía como un bebé cuando da sus primeros pasos, andaba con el culo para fuera. Ahora, mis amigos me llaman ‘la mujer biónica’, por la serie de televisión de los años 70, la protagonista era rubia y profesora, como yo”, relata entre risas. Precisamente, el humor y las risas han sido claves para superar los momentos más amargos. “Sonrío mucho más y me río de mí misma, es una terapia indispensable para aceptar lo que me pasó. Por ejemplo, suelo decir que ya no me huelen los pies o que me oxido cuando llueve”, bromea.

El atletismo, su motor

Su carácter irreductible y afán de superación le hicieron seguir adelante y emprendió todas las aventuras posibles: practicó surf, ciclismo, tenis en silla, hípica o paracaidismo. Pero lo que más le llenó fue el atletismo. “Cuando comencé a correr me sentí ágil, libre, fuerte y poderosa. Aunque los inicios fueron duros, las piernas me dolían mucho y sufría. Conocí a Carlos Llanos, mi entrenador, y él me ayudó a prepararme, le debo mucho. Desde entonces, me siento viva en una pista”, asegura. Pese a su bisoñez sobre el tartán logró clasificarse para los Juegos de Río de Janeiro, un sueño que casi se vio truncado por un cáncer de tiroides que le fue diagnosticado.

“Estuve seis meses sin entrenar, creí que no llegaba, pero tras tanto sufrimiento hice la marca mínima. Estar en Brasil fue un regalo, uno de los momentos más maravillosos que he vivido”, rememora. Y poco después le llegó un tercer golpe, un cáncer de piel que le detectaron antes del Mundial de Londres hace tres años: “¿Por qué otra vez a mí?, me pregunté. Cada obstáculo superado me ha dado más energía para disfrutar de la vida, así que tiré de positivismo una vez más”. Nada pudo frenar a Sara Andrés, que en la capital británica conquistó dos bronces.

En su peregrinaje hacia la cima volvió a toparse con otro muro. Las pruebas en las que había ganado medalla, 200 y 400 metros, no estarán en el programa de Tokio, así que tuvo que reinventarse de cara a los Juegos Paralímpicos, donde participará en 100 metros y en salto de longitud en T62 (dobles amputadas) ante rivales con solo una amputación (T64) o pie equino (T44). Pese a ello, en la prueba de velocidad fue quinta en el Mundial de Dubai en 2019 y bronce continental en Bydgoszcz (Polonia).

Hace unos meses impulsó una recogida de firmas para reivindicar que las atletas de su categoría puedan competir en igualdad de condiciones y también una revisión de la altura máxima permitida de las prótesis. De momento, sus peticiones han caído en saco: “Estamos en desventaja, no compensan la diferencia de medirnos a rivales con menor discapacidad. Y encima tengo otro hándicap, la altura. El IPC implementó una fórmula que fue elaborada por la doctora española Alicia Canda, a la cual tuve la suerte de conocer y me dijo que el error aplicado es el más restrictivo, no el estándar y, por tanto, a mí me perjudica porque en lugar de 1,60 metros tendría que medir 1,64 y con esos cuatro centímetros tendría más zancada y correría un metro más rápido en la prueba del 100, eso es una pasada, podría estar en medalla en los Juegos”, expone.

Pese a los inconvenientes con los que ha tenido que lidiar, Sara llega a la cita de Tokio cargada de optimismo y lanzada tras el bronce cosechado en el Europeo de Polonia. “Voy ilusionada, con más madurez y con mayor responsabilidad. En salto de longitud el objetivo es mejorar mi marca personal, que está en 5.21 metros. Apenas llevo un par de temporadas y un saltador requiere unos siete años para ofrecer un buen rendimiento, pero voy a darlo todo. Y en 100 metros he demostrado que puedo estar entre las mejores. Mis tiempos están mejorando y no me he estancado, eso sí, no puedo cometer ningún error si quiero estar en el podio. Tengo opciones y voy a pelear por las medallas”, agrega.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sara Andrés

La reinvención con el remo de Enrique Floriano, un deportista nato

En sus vitrinas luce nueve medallas paralímpicas, 40 mundiales y más de 30 europeas como nadador. Sin embargo, en ninguna de ellas experimentó la sensación tan especial que le dejó la clasificación para Tokio con el remo, modalidad con la que se ha reinventado y ha recuperado la ilusión por la competición. Enrique Floriano, un ejemplo de rebelión frente a las adversidades, se atrevió a soñar en un terreno desconocido y en apenas un año dando paladas estará navegando en sus quintos Juegos Paralímpicos con el cuatro con timonel mixto (PR3Mix4+).

La prometedora embarcación española asestó el ‘sorpasso’ en Gavirate (Italia) en el Preolímpico tras ser tercera ante países más experimentados, una posición que le granjeó una invitación para la cita en la capital japonesa. “En más de 15 años en la natación no había sentido esa alegría que viví en el pantalán junto a mis compañeros Jorge Pineda, Verónica Rodríguez, Pepi Benítez y Estíbaliz Armendáriz. Nadie apostaba un euro por nosotros, pero este equipo sabe competir y crecerse ante los retos, por más difíciles que sean”, recalca el extremeño, un estajanovista del esfuerzo y del trabajo, un deportista nato, metódico y apasionado.

Unas virtudes que ha ido regando desde pequeño. Con siete años se acercó al judo, pero en el tatami no cuajó. “En el colegio era víctima de bullying y quise probar este deporte, aunque seguía recibiendo palos por todos lados y lo dejé”, cuenta. La piscina llamó su atención cuando veía a su hermana Marta entrenar en el CN Badajoz y fue en el agua donde desplegó su talento y alcanzó la cima tras ganarlo todo. “El primer triunfo que tengo grabado a fuego fue cuando conseguí la mínima para ir a un campeonato de Extremadura con nueve años y me dieron un gorro blanco como premio”, rememora Floriano, que en 2011 se convirtió en el primer nadador con discapacidad en participar en un Campeonato de España absoluto.

“Me gané una plaza tras batir en Berlín el récord del mundo en 400 estilos SM12 y que aún sigue vigente. Estar con los mejores fue un orgullo, un gran hito para mí. Incluso llegué a liderar la prueba, pero la sobreexcitación y la inexperiencia me pasaron factura y no supe aguantar el ritmo”, relata Floriano, que a los 14 años le diagnosticaron distrofia de conos y malformación de la mácula. Aunque nunca ha contabilizado las preseas que ha ido coleccionando a lo largo de su carrera, sí tiene controladas las nueve que conquistó en los Juegos: dos oros, una plata y un bronce en Sídney 2000, una plata y dos bronces en Atenas 2004, una plata en Pekín 2008 y otra plata en Londres 2012.

“Todas tienen un gran valor, pero la que gané en China fue especial ya que sufrí un aneurisma cerebral pocos meses antes y tuvieron que operarme. La capacidad de resiliencia fue lo que me llevó a darle más importancia a la medalla. Fue una barrera que tuve que superar gracias a mi carácter competitivo, siempre sacaba esa garra y rabia cuando las fuerzas flaqueaban”, comenta. Colgó el bañador en 2012 pese a estar en un gran estado de forma, pero sus prioridades derivaron al mundo laboral. Luego probó otros deportes como la natación en aguas abiertas o el triatlón, que requería de una implicación de la cual no disponía por su trabajo.

Tras unos años de sequía tuvo un problema de corazón, sufrió una fibrilación auricular, así que en 2017 intentó reengancharse a la piscina y se quedó a tres décimas de la mínima para ir al Europeo de Dublín (Irlanda) en 2018. Otra vez lo dejó, pero la furia competitiva bullía en su interior, así que cuando a principios de 2020 le llegó la oportunidad de adentrarse en el remo, no se lo pensó. “Me he enamorado de este deporte. David Casinos me avisó de que habían convocado unos test de ergómetro para formar parte de la selección española. Gané la primera prueba y antes del confinamiento por el coronavirus hicimos otro test y también hice el mejor tiempo. En los tres meses en casa me preparé a tope y pude entrar en el equipo”, añade.

La Federación Española de Remo, con Juan Pablo Barcia y Txus Bermúdez como técnicos, se volcó en la creación de un bote de PR3Mix4+ con vistas a los Juegos de París 2024. “La primera toma de contacto fue en Laias (Ourense) con una yola, embarcación orientada al aprendizaje. En las siguientes concentraciones se vio una mejoría, la técnica era más fina, el puzle encajó y el rendimiento crecía. Y como somos cabezotas, le dijimos a los entrenadores que, si teníamos, aunque fuese una remota posibilidad de pelear por ir a Tokio, queríamos acudir a la clasificatoria de junio en Gavirate”, explica.

El pacense lo apostó todo por el proyecto y sin perder tiempo se machacó cada día en el lago de la Casa de Campo de Madrid y en el embalse de Pedrezuela junto a Clara Stefanelli, inseparable compañera en el club Madrid Velocidad. “Este año ganamos el campeonato de España en dobles mixto. Es internacional por Mónaco y gracias a su experiencia he mejorado y he aprendido mucho, sin su ayuda no habría llegado hasta aquí”, confiesa. Ese salto cualitativo lo aportó al cuatro con timonel español, que firmó una gesta en el Preolímpico de Italia tras vencer a países potentes como Alemania y Holanda.

En la repesca final, la ambición del grupo empujó más de lo que restaba la bisoñez. “Sabíamos que Brasil y Canadá estaban a años luz y que se llevarían los dos billetes disponibles. Así que nuestra opción para ir a Tokio pasaba por quedar terceros y esperar una invitación. Tuvimos una mala salida, pero supimos resolver el problema, cogimos a los alemanes en los 1.000 metros y cuando a falta de 500 metros la timonel, Estíbaliz, gritó que teníamos a los holandeses a tiro, parecíamos romper los remos en el agua de la energía con la que íbamos. Llegamos a meta extenuados, pero con el trabajo bien hecho, le hemos devuelto a la federación el trato excelente que nos han brindado”, subraya.

Floriano afronta ahora sus quintos Juegos Paralímpicos como un “novato más, con humildad, ilusión y con la idea de disfrutar cada segundo. En este equipo no tienen cabida los egos, remamos en una sola dirección, hay sinergia y empatía, nos conocemos muy bien pese a llevar poco tiempo juntos. Verónica es fortaleza mental, Pepi es constancia, Jorge es templanza y amor por este deporte y en mi caso, capacidad de concentración y motivación. No renunciamos a nada y lo podemos hacer muy bien porque no tenemos la presión de los favoritos. Somos ambiciosos y queremos entrar en la final. Y luego, seguir trabajando para optar a medallas en europeos, en mundiales y en París 2024”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Enrique Floriano

Marta Fernández, una metamorfosis entre tenaces brazadas

Su tozudez, resiliencia y fuerza de voluntad han sido los motores que han llevado a Marta Fernández a avanzar pese a las adversidades con las que lleva lidiando desde que era una niña por la parálisis cerebral que padece. Siempre ha replicado a sus limitaciones físicas con buena cara, desafiando al dolor de su cuerpo a cambio de explotar al máximo su talento entre brazadas. Tras años de trabajo en silencio, esperando su momento, la burgalesa salió del cascarón para experimentar una metamorfosis en el agua con resultados sobresalientes. En mayo en Funchal (Portugal), en su debut en un Europeo, fue de las deportistas más laureadas con siete medallas. Ahora quiere brillar en Tokio, en sus primeros Juegos Paralímpicos, una recompensa a su tenacidad.

Estará en Japón porque se lo ha ganado a pulso en la piscina con varios récords y mínimas A. “Era un sueño que veía lejano, aún estoy en una nube, no termino de creérmelo, es un orgullo y una enorme responsabilidad. Pese a ser una novata en un evento así, no voy de vacaciones, sino a ganar. Espero que la enfermedad neurodegenerativa que tengo y cuya espasticidad va cada vez a peor no afecte a mi rendimiento y pueda lograr algo importante”, recalca. Nació hace 27 años con tetraparesia espástica, que le afecta a todo el cuerpo y tiene carácter progresivo.

“La discapacidad nunca me ha frenado para hacer lo que me he propuesto, pero he tenido que hacer las cosas a mi manera. Aunque cada vez me cuesta más andar, me las ingenio para hacerlo de forma independiente. Ese carácter se lo debo a mis padres, que me han educado con los mismos valores que a mis hermanos, nunca me sobreprotegieron”, asevera. Con tres años ya chapoteaba en la piscina, era la mejor rehabilitación para sus extremidades. “Al principio no me gustaba, le tenía mucho miedo. Ahora es mi forma de vida, me apasiona, no me imagino un día sin nadar. Soy consciente de que tengo más problemas, pero esas dificultades no las noto cuando estoy en el agua, es mi hábitat, donde disfruto y me siento libre”, confiesa.

Forjada en el Río Esgueva de Valladolid

El Club Deportivo Fenba de Burgos le ofreció la oportunidad de competir en 2011 en un Open Regional y ahí destapó las cualidades que atesora como nadadora. La Federación de Natación Adaptada de Castilla y León le echó el ojo y la reclutó para que se formara en el Centro de Tecnificación Río Esgueva de Valladolid. “Allí he crecido tanto a nivel personal como deportivo. Cuando llegué no sabía ni voltear, tocaba la pared y me giraba. Mis entrenadores, Raúl Carrasco y Javier Alonso, han tenido mucha paciencia conmigo, les estoy muy agradecida”, subraya. Debutó en un campeonato de España en 2013 en San Sebastián y desde entonces fue acumulando metales a nivel nacional.

“No era de las más destacadas porque comencé a nadar en categoría S7, no estaba bien clasificada por mi enfermedad, pasé mucho tiempo compitiendo ante rivales que tenían menor discapacidad, no supieron qué me pasaba. Cuando me revisaron y me bajaron a S5 cambió el escenario, todo ha ido muy rápido”, relata la nadadora del CD Fusion, club que preside Geles Fernández Lebrero, paralímpica en Barcelona 1992, Atlanta 1996 (ganó cinco medallas) y Sídney 2000. Su eclosión llegó el pasado verano, tras el confinamiento por la pandemia de la Covid-19 arrojó ese potencial que llevaba en las entrañas.

Las horas acumuladas en la piscina y en el gimnasio salieron a flote. Este curso hizo sonar varias veces la campana al batir la plusmarca nacional hasta en seis pruebas. Primero firmó un gran Campeonato de España en Oviedo, alcanzando la mínima A para los Juegos Paralímpicos en 50 mariposa y arrebatándole con 42.18 segundos el récord a Teresa Perales, su referente: “Me mandó un mensaje de felicitación, fue el que más ilusión me hizo. Siempre la he admirado por su forma de ser y por los valores que tiene. He tenido el lujo de compartir piscina con la deportista española más grande, es súper maja y se preocupa por mí”.

En abril, en las Series Mundiales de Sheffield (Gran Bretaña) llegó el momento más ansiado, la clasificación médico-funcional que se le había resistido en las últimas temporadas y que le abría las puertas para competir internacionalmente. El alivio se dibujó en su rostro cuando fue catalogada como S4-SB3-SM4. El sueño de los Juegos Paralímpicos se trocaba en realidad. “Tenía miedo de que me pasara lo del Mundial de Londres 2019, cuando hice mínima, pero no pude acudir porque no estaba clasificada por falta de competiciones. Cuando pasé la revisión me puse nerviosa, mi cabeza no paró de darle vueltas a las cosas buenas que me esperaban”, dice con una voz henchida de satisfacción.

Siete medallas en su debut europeo

Y no tardó demasiado en ratificar su momento dulce. En Funchal se erigió como una de las mejores nadadoras tras conquistar un botín de siete metales en el Europeo: oro con récord del mundo en 50 mariposa S4 (43.22), platas en 50 braza, 50 y 100 libre, así como un oro y dos bronces en relevos. “Ni en mis mejores sueños me esperaba algo así. Era la primera vez que acudía a un campeonato internacional y las sensaciones fueron inmejorables, disfruté muchísimo nadando y me llevé medallas ante rivales de S5, una clase superior y, por tanto, con menor discapacidad”, añade la burgalesa.

“Los resultados y la progresión de estos meses son fruto de años de trabajo, ha seguido entrenando igual de duro que siempre, con la misma filosofía. Marta es una chica constante, trabaja siempre con ganas. De vez en cuando le tenemos que decir que pare porque debido a su lesión tiene que descansar un poco más, pero es súper currante. De cara a Tokio puede aspirar a todo, siempre que su discapacidad no le impida mantener un óptimo estado de forma”, tercia Javier Alonso, uno de sus entrenadores.

Su espasticidad empeora, los dolores hacen mella, pero la ilusión, la motivación y las ganas de estar en el Centro Acuático de la capital japonesa pueden con cualquier obstáculo. “A veces me dan crisis y de repente no puedo mover un brazo. El cuerpo sufre, pero mi cabeza me dice otra cosa, que todo saldrá bien y que voy a estar preparada para ofrecer el nivel que requiere unos Juegos”, comenta. En Tokio nadará 50 mariposa, 50 braza, 50 libre y 150 estilos. “Participar en unos Juegos es ya un premio, pero no me conformo con solo llegar, quiero luchar por las medallas”, añade Marta Fernández, una bocanada de aire fresco para la natación española.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Marta Fernández

Youssef el Haddaoui, entre la religión y el fútbol para ciegos

Una desvencijada pelota, dos piedras y una explanada de tierra eran suficientes para sonreír y dibujar sus sueños. En Larache, una ciudad portuaria al noroeste de Marruecos, empezó a revolotear Youssef el Haddaoui con un balón en los pies. Con seis años, junto a su madre y sus cuatro hermanos, se trasladó hasta Reus (Tarragona), donde su padre había emigrado años atrás en busca de un futuro mejor para su familia. Siendo un crío veía un poco, fue en España donde se quedó ciego. El fútbol se convirtió en la luz de su oscuridad y en la última década ha sido una referencia en la selección española.

“Tenía glaucoma congénito, una enfermedad que te hace perder visión progresivamente. De pequeño lo pasé mal porque el sol y las luces me molestaban mucho, a veces me pasaba tres o cuatro meses sin salir de casa, no podía ir al colegio o a la calle a jugar. Me operaron varias veces, pero no salió bien. Mejoré cuando perdí totalmente la visión a los 10 años”, relata.

Se agarró al deporte para combatir la ceguera y practicó atletismo, judo, natación y goalball, pero sin competir ya que no estaba afiliado a la ONCE porque no tenía la nacionalidad española. “Me gustaba correr, comencé como mediofondista, aunque era duro porque solo entrenaba y me costaba encontrar a un guía que encajara conmigo. Acabé dejándolo y estuve dos años sin hacer nada. Solo jugaba al fútbol en el patio del colegio y con mis primos en el parque. Me ponían de defensa, sin moverme, estorbaba mucho”, dice riendo.

A los 19 años fue su compañero de equipo Javi Muñoz quien le habló del fútbol para ciegos. “Empecé en Barcelona y luego montamos un equipo en Tarragona. Desde entonces siempre me ha acompañado la pelota con cascabeles. Cuando estoy en la cancha no pienso en que soy ciego, lo único que intento es disfrutar del deporte y jugar al fútbol”, confiesa uno de los capitanes de ‘La Roja’.

Su pericia con el esférico no pasó desapercibida para el cuerpo técnico de la selección española, que lo reclutó en su primer año. Una de sus virtudes es que es un futbolista con un gran oído que le hace muy bueno en la recepción y en el corte de balón, además de tener olfato goleador y un disparo potente con ambas piernas. “Me considero muy trabajador, me sacrifico por el equipo e intento adaptarme a lo que me pidan para ayudar a mis compañeros”, recalca.

Su debut tuvo que esperar ya que se perdió el Mundial de Hereford (Gran Bretaña) en 2010 por su fe, el Islam juega un rol muy importante en su vida. “Coincidió con el mes de Ramadán y me dijeron que para ir debía comer, tenían miedo a que me pasara algo, pero dije que no, mi religión está por encima del fútbol”, asevera, a pesar de que eso le cierre puertas laborales. “Algunos compañeros se dedican a vender cupones de la ONCE, pero yo no puedo, para los musulmanes están prohibidos los juegos de azar”, añade.

El Haddaoui lleva más de diez años goleando a oscuras y siendo fijo en las convocatorias de ‘La Roja’, con la que ha ganado un bronce en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, varias medallas de oro en europeos y un bronce mundial, entre otros logros. El último fue el título continental conquistado en Roma en 2019, en el que anotó dos goles en la final frente a Francia. “Fue la recompensa a muchos meses de trabajo. No solo nos jugábamos ir a los Juegos, sino que el fútbol español continuara con vida un año más. Este deporte se está estancando y los que mandan deberían de hacer algo porque no están saliendo chicos nuevos”, lamenta.

Su próximo reto es contribuir en Tokio a un nuevo éxito de la selección, que se enfrentará en la fase de grupos a Argentina, Marruecos y Tailandia. Llega con la dinamita preparada tras el aluvión de goles que firmó en los torneos de preparación. “Afronto la cita con mucha ilusión y vamos a intentar ganar el oro. Serán los Juegos más difíciles e igualados hasta la fecha ya que el fútbol se ha vuelto más físico, de mucho contacto y cualquier equipo se encierra atrás y te complica. Además, nos medimos a países que han experimentado una enorme progresión, pero seguimos dando la talla, es un orgullo vestir la camiseta de España. En Japón queremos volver al podio”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Youssef el Haddaoui

Héctor Catalá, el triatleta metódico que persigue la medalla en Tokio

Se quedó sin ir a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016 porque su categoría en triatlón, PTVI (deportistas ciegos), no fue incluida en el programa. Aquello no le quitó el sueño a Héctor Catalá, quien porfió y peleó para consagrarse en la élite a base de brazadas, pedaladas y zancadas. Junto a su guía Gustavo Rodríguez es campeón del mundo y en Tokio, este triatleta metódico, perfeccionista y disciplinado, perseguirá la medalla que anhela. “Queremos ir a por el oro, pero hay que ser prudentes, hay mucha rivalidad y será difícil”, comenta.

El valenciano lleva cinco años exhibiendo una combinación de trabajo, talento, perseverancia y fortaleza mental que le han elevado a la cima del triatlón. Y eso que asegura que de pequeño “no tenía aptitudes para el deporte. Estuve 13 años en un club de natación, pero era bastante malo”, dice riendo. De la piscina pasó a las carreras populares y a las pruebas de triatlón, hasta que tuvo que parar por sus problemas de visión.

Desde los seis años sufre la enfermedad de Best, “es hereditaria y degenerativa, afecta a la agudeza y al campo visual. Suele evolucionar a partir de los 40 años, pero mi caso fue una excepción. Ahora no veo nada con el ojo izquierdo y en el derecho tengo un 10% de resto visual”, relata. El punto de inflexión llegó en 2013 tras un accidente con la bicicleta. No vio un pilón de hormigón y chocó contra él, perdiendo cinco dientes. Ahí se dio cuenta de que tenía que readaptar su vida.

“Fue un mazazo cuando el oftalmólogo me comunicó que la pérdida de visión no pararía. Pero tras salir de la consulta vi a un niño con parálisis cerebral y le dije a mi padre, ‘No me puedo quejar, ver menos es un problema, pero hay gente que está peor’. La vida me ha enseñado a seguir remando y a ser optimista”, explica. Decidió retomar el triatlón, aunque esta vez, atado a un guía. “Al principio me negué, fue una barrera mental que me puse. Vivía solo, había terminado la carrera como Ingeniero y no quería depender de alguien en el deporte. Tardé unos meses hasta que probé el tándem y me enganchó”, cuenta.

En sus inicios tuvo casi una decena de ‘lazarillos’ y en 2016 llegó el primer éxito internacional, un oro en el Europeo de Lisboa y un bronce en el Mundial de México. En 2017 conquistó la plata continental en Austria, en 2018 un bronce mundial en Gold Coast y en 2019 otra plata europea en Valencia y el oro en el Campeonato del Mundo de Suiza. En 2020 apenas pudo competir por el coronavirus, pero su preparación no se vio mermada. De hecho, fue capaz de completar un Ironman en casa durante el confinamiento para recaudar fondos contra la Covid-19.

En este curso han disputado dos pruebas, con una plata en las Series Mundiales de Leeds y un oro en la Copa del Mundo de Besançon (Francia). “Estoy en mi mejor momento, pero puedo dar más de sí. La exigencia de los rivales no me ha permitido relajarme y ha hecho subir mi nivel porque no nos lo pondrán fácil. Soy meticuloso con mi trabajo, me gusta ver mis vídeos para corregir los errores y buscar la excelencia”, apunta.

Gustavo Rodríguez, sus ojos

Hace tres temporadas dio un salto de calidad y Gustavo Rodríguez ha tenido gran parte de culpa. En la primera prueba juntos subieron al podio en el Mundial de Australia con un bronce y en 2019 mordieron la presea dorada en el Mundial en Lausana. “Todos los guías que me han acompañado me han ayudado a crecer, a cuidarme, a no bajar nunca los brazos y a saber gestionar las victorias y las derrotas. Pero con Gustavo tengo la mejor opción posible, es la persona idónea para estar arriba. Congeniamos desde el primer día, hay una compenetración muy buena”, asevera.

El guía gallego, varias veces campeón de España de media y larga distancia y uno de los españoles más rápidos en Ironman, no se lo pensó cuando recibió la llamada de Héctor proponiéndole el proyecto. “En mis años como ciclista nunca tuve opciones reales de ir a unos Juegos y en triatlón me dediqué a una prueba que no es olímpica. Tenía pensado acabar mi carrera deportiva en el Mundial de Pontevedra en 2019 con 40 años, pero cuando me llamó fue como un regalo, un estímulo para alargarla, me dio gasolina y motivación para continuar. Tokio se convirtió en ese revulsivo que me hizo no acomodarme y en el objetivo por el que la mente empuja y el cuerpo responde”, afirma.

En el agua van unidos a través de la ingle por una goma elástica, en bicicleta compiten en tándem y en la carrera a pie van atados a la cintura por una cuerda. “Nunca deja que me duerma, me lleva al límite físico y a veces me dan ganas de matarlo”, bromea Héctor. Para Gustavo, lo que más le gusta de su compañero “es su profesionalidad, cuando se le mete un objetivo entre ceja y ceja es imposible sacarlo de su ruta. Es un modelo a seguir, estoy aprendiendo muchas cosas a su lado. Me obliga a estar a tope en cada entrenamiento o competición”, reconoce este experimentado y tenaz deportista, que ha sabido reinventarse varias veces.

Se han preparado duro en estos meses, con varias concentraciones de 21 días cada una en Sierra Nevada y entrenamientos por Valencia, que tiene unas condiciones similares a las que se encontrarán en Tokio. “Sé lo que es salir a correr y estar empapado de sudor en el primer minuto, no me pillará por sorpresa el calor y la humedad de Japón”, añade el valenciano. Están entre los favoritos para conquistar una presea en los Juegos, aunque no se confían. Tendrán enfrente a duros rivales, como el británico Dave Ellis, el australiano Jonathan Goerlach, el estadounidense Aaron Scheidies o el español ‘Jota’ García junto a Pedro Andújar.

“Llegamos como campeones del mundo, eso nos permite aspirar a todo, siendo conscientes de que será difícil. No daríamos por bueno un resultado que no sea el de lograr medalla. Estamos a un gran nivel, el año de propina por la pandemia de la Covid-19 nos ha venido bien por la evolución que hemos tenido, Héctor está creciendo día a día, cada día estamos más compenetrados y funcionando mejor. Vamos a poner toda la carne en el asador para llevarnos la medalla”, dice el gallego.

“He disfrutado mucho del camino y voy con ilusión. Todo lo que hemos logrado anteriormente no sirve para nada, en nuestra mente está ganar, es por lo que hemos trabajado durante tanto tiempo, somos competitivos y acudimos con la intención de vaciarnos y de dar el 100%. Soñamos con una medalla y si es la de oro, mucho mejor”, apostilla el valenciano.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Héctor Catalá

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Gustavo Rodríguez

Álvaro Gavilán, una vida entre judogis y tatamis

Entiende la vida dentro de un tatami, entre agarres, llaves e ippones derriba cualquier obstáculo. No percibe las técnicas completas del rival, pero a Álvaro Gavilán no le hace falta ver para embriagarse de la magia del judo. “La falta de visión la suplimos sintiendo al máximo cada movimiento”, asegura. Lleva desde pequeño enfundado en un judogi, con el que ha conquistado numerosas medallas internacionales. La última, un bronce en el Grand Prix de Warwick (Gran Bretaña) que le aseguraba la plaza para Tokio, sus segundos Juegos Paralímpicos tras los de Río de Janeiro 2016.

Esta vez no podrá acompañarle su hermano Luis Daniel, que se quedó a las puertas de la clasificación. “Es una alegría incompleta porque no estará, me da pena ya que llevamos mucho tiempo entrenando juntos y lo peleó hasta el final, pero el deporte es así de duro, unas veces saboreas el éxito y otras te toca la cruz de la moneda. Espero disfrutar por los dos y dedicarle una medalla”, recalca. Él fue quien le metió el gusanillo y le mostró el camino hacia un ‘dojo’. Con cuatro años siguió los pasos de su hermano mayor y comenzó a forjarse en el Club Budokan, en el barrio madrileño de Vallecas.

“Siempre iba con mi madre a recoger a Dani, que me saca tres años, hasta que un día pude apuntarme y desde entonces se convirtió en mi pasión. Al principio alternábamos judo y kárate, nos gustaban ambas artes marciales”, cuenta. Allí se cultivó como judoka durante dos décadas, bajo la dirección de Vicente Cepeda y Sacramento Moyano. En plena adolescencia, cuando había sido dos veces campeón de Madrid en cadete y se codeaba con los mejores de España en categoría júnior, empezó a perder capacidad visual, como tres años antes le había ocurrido también al mayor de la saga.

“Lo noté cuando en clase me sentaba en la última fila y la pizarra la veía borrosa. Por suerte, tenía la referencia de Dani, al que después de muchas pruebas médicas le diagnosticaron la enfermedad de Stargardt, una degeneración macular hereditaria. Tenemos visión periférica, no podemos enfocar y vemos una mancha negra en el centro de la retina, nos cuesta ver cosas definidas”, explica Álvaro. Al principio le costó, pero lo asumió con gran madurez: “Era una edad complicada, mis amigos se estaban sacando el carné de conducir y yo no podía, tampoco sabía qué estudiar porque me costaba mucho leer. Pero al final no queda otra que tirar para adelante, es lo que te ha tocado y no hay vuelta atrás, hay cosas peores en la vida, la discapacidad no me iba a frenar”.

Aquello fue un acicate más para quien ya amaba el judo. Solo tuvo que cambiar algunos conceptos, como el agarre, ya que en los combates se empieza agarrado al rival. “Mi nivel había bajado, pero cuando supe que podía ir a unos Juegos Paralímpicos me lo tomé más en serio, me devolvió la ilusión. Tuvimos que adaptarnos y al final te das cuenta de que este deporte se puede practicar pese a no ver nada. Si cerrase los ojos sabría que técnica me hará el oponente por su forma de moverse”, apunta.

Y no tardó en descollar en un nuevo escenario para él, compitiendo ante rivales ciegos. A finales de 2013 se estrenó con una plata en -73 kilos en un Mundial júnior en Hungría. “Fue el debut soñado, el impulso necesario para apostarlo todo por este deporte”, confiesa. En estos ocho años han llegado más logros destacados: bronce en el Open de Heidelberg (Alemania) 2016, bronce en la Copa del Mundo de Atyrau (Kazajistán) 2018, bronce en el Mundial de Fort Wayne (Estados Unidos) 2019, plata en la Copa del Mundo de Tbilisi (Georgia) 2020 y bronce en el Grand Prix de Warwick 2021.

“Las más especiales fueron las del Mundial, porque me cambió la vida ya que conseguí una beca económica que me permitió dedicarme en exclusiva al judo. Así como la última que logré este año en Gran Bretaña y que me daba el pase a los Juegos de Tokio ya que estaba en el límite en el ranking clasificatorio y me la jugaba”, comenta. Perdió en segunda ronda y tuvo que ir a la repesca, en la que no podía fallar porque si no le podía adelantar el lituano Osvaldas Bareikis, al que venció en la lucha por el bronce. Con su adversario inmovilizado en el suelo buscó la mirada cómplice de Alfonso de Diego, seleccionador español y su preparador desde 2017 entre el Club Sotillo y el CAR de Madrid. La recompensa le había llegado.

Con más experiencia en la mochila y tras años puliendo su O Soto Gari y su Seoi Nage (sus mejores llaves) aterriza en sus segundos Juegos Paralímpicos. Han sido meses de trabajo minucioso que va de lo físico a lo táctico, pasando por lo psicológico, pues observa el tatami como una partida de ajedrez, estudiando al detalle a cada uno de los rivales. “Somos 12 judokas y hemos hecho un traje a medida a cada uno, he analizado a todos por vídeos para saber por dónde puedo atacarles y potenciar mis puntos fuertes, intentaré llevarles a mi terreno para conseguir la medalla”, subraya.

En Río 2016 pagó la novatada y cayó a las primeras de cambio, pero en el mítico Nippon Budokan de Tokio confía en subir al podio. “Vivir unos Juegos y hacerlo en la cuna del judo, dónde están los mejores del mundo, es un sueño y un privilegio. Estoy con mucha confianza y voy a por todas. Este año ya competí con los favoritos y de tú a tú, no me siento inferior a los demás. Este es un deporte en el que puedes perder el primer combate o quedar campeón, es cuestión de tener un buen día. Soy ambicioso porque creo tener posibilidades de medalla, si no pensara en ella me habría quedado en casa”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Álvaro Gavilán

Ricardo Ten, el inconformista abanderado español

Con una GAC Motoretta-2 amarilla pedaleaba raudo y feliz por las calles de su barrio de Benimàmet y por los alrededores de la casa que su familia tenía en Liria (Valencia). Con esa bicicleta, Ricardo Ten superó la primera barrera nada más abandonar el hospital. Tenía ocho años cuando sufrió la amputación de los brazos y de una pierna tras un accidente con un cable de alta tensión. Nada frenaría su vigor optimismo, aquel pipiolo contaba con redaños suficientes para encarar cualquier desafío. Con la natación dibujó un palmarés brillante durante dos décadas, hasta que se reencontró con el ciclismo, en el que ha sido campeón del mundo en pista y en carretera. Ahora, con 46 años y con el arrojo de aquel niño afronta sus sextos Juegos Paralímpicos, los primeros como ciclista, y con el premio de ser el abanderado español.

Su camino hasta el éxito lo ha labrado a base de resiliencia, disciplina, tesón y trabajo, valores que absorbió de crío, cuando se rebeló ante la ardua prueba que la vida le presentó. “Estábamos en una comida en la casa de campo de mis padres y fui con mi primo a la que tenían mis tíos en la misma zona. Aún se encontraba en obras, llena de andamios y nos pusimos a jugar por el tejado. Levanté un hierro y le dije ‘Mira que fuerte soy’, cuando del peso se me fue para atrás y tocó el tendido eléctrico”, relata. Le dejó el 75% de su cuerpo quemado y tuvieron que amputarle las extremidades superiores y una pierna. Pasó nueve meses en el antiguo hospital de La Fe (Valencia). “Lo que más me preocupaba era si volvería a montar en bici”, confiesa.

Y tanto que lo hizo. Su padre y su hermano se afanaron por adaptarle aquella mítica Motoretta de forma casera para apoyarse en el manillar y poder frenar. Así conquistó su primer maillot, el de la superación. “En ese momento supe que podía lograr cualquier cosa que me propusiera, aunque tuviera que esforzarme el doble. La bicicleta se convirtió en mi medio de transporte, se me daba bien e incluso a algunos amigos les costaba pillarme”, dice entre risas. La competitividad la lleva en la sangre, no le gusta perder a nada. Fútbol, baloncesto o tenis de mesa, a todo jugaba hasta que anochecía y llegaba a casa con los muñones llenos de llagas. Su mente pasó página en un chasquido y con su intrepidez y ganas de comerse el mundo se adaptó a su nueva situación a gran velocidad.

Más de 20 años de éxitos en la piscina

La piscina fue clave, en el agua forjó su leyenda con más de 40 medallas internacionales, así como tres oros, una plata y tres bronces en cinco Juegos Paralímpicos. “De todos ellos aprendí algo. En Atlanta 1996 debuté con una plata, pero me quedé con ganas de algo más. En Sídney 2000 alcancé el sueño del oro tras cuatro años trabajando duro, en Pekín 2008 repetí el oro en 100 braza y pude vivirlos junto a mi entrenador, Joaquín Madera. Londres 2012, donde saqué un bronce, me enseñó a disfrutar de cada momento. Y en Río de Janeiro 2016 fui quinto, me quedé a medio segundo del podio, aquello me dio una lección y me hizo valorar todo el esfuerzo realizado”, resume.

Con ese regusto amargo de Brasil su felicidad se vio erosionada, notó que la motivación se iba apagando y colgó el bañador tras 21 años al máximo nivel: “En cuánto vi que no podía estar en lo más alto cerré esa etapa”. Necesitaba aire nuevo, abandonar su piel de nadador y decidió dar un giro extra a su trayectoria deportiva. Con el ciclismo, que le había ayudado en ocasiones a ponerse a punto para la natación, recuperó la ilusión. En cuatro años ha mutado en una bestia feroz sobre las dos ruedas, en un ciclista con una voracidad incontrolable. “Mi idea era participar en pruebas nacionales, pero a todos nos sorprendió el nivel que mostré y el seleccionador, Félix García Casas, quiso contar conmigo”, comenta.

Otra vez envuelto en la vorágine de la alta competición, otra vez de viajes, concentraciones y campeonatos. Y sus resultados en apenas cuatro temporadas avalan su apuesta: 16 preseas en Copa del Mundo, en mundiales de carretera ganó una plata en Sudáfrica 2017, una plata y un bronce en Maniago (Italia) 2018, un oro en Emmen (Holanda) 2019, y un oro y una plata en Portugal 2021. Mientras que, en el velódromo, dos oros y un bronce en Río de Janeiro 2018, dos oros y un bronce en Apeldoorn (Holanda) 2019 y dos oros, una plata y un bronce en Milton (Canadá) 2020. Casi nada.

Un gran rendimiento en pista y en carretera

Su rendimiento es espectacular tanto en la pista como en el asfalto. “Mi edad es un hándicap grande, pensé que con los años iba a estancarme, pero veo que cada día evoluciono más y mientras que el cuerpo aguante seguiré disfrutando con lo que hago. Soy un velocista encerrado en un cuerpo de fondista, aún puedo pulir algunas carencias, como aprender a sufrir más en pruebas individuales, ya que cuando compito en grupo doy un plus más que cuando lo hago solo”, apunta. Este año se ha enfundado un nuevo maillot arco iris en la contrarreloj en carretera, aunque en la pista solo ha podido testarse en los entrenamientos en los velódromos de Luis Puig (Valencia), Galapagar (Madrid) y Palma de Mallorca.

“Me siento bastante fuerte, aunque el problema es que desconocemos cómo están mis rivales, así que vamos un poco a oscuras porque no tenemos esos datos”, lamenta. A Tokio, sus sextos Juegos, llega con un extra de motivación ya que es el abanderado del equipo español junto a Michelle Alonso: “Es un regalo más, estoy disfrutando como un niño con el ciclismo y poder portar la bandera de tu país y encabezar a mis compañeros en la ceremonia de inauguración es un orgullo, algo por lo que sueña cualquier deportista, la guinda al pastel de mi carrera. Eso sí, quizás haga el recorrido en silla de ruedas para no cargar tanto las piernas porque dos días después tengo mi prueba fuerte en la pista”.

Por el velódromo pasan sus mayores opciones de subir al podio, sobre todo, en la persecución (C1), en la que se enfundó el maillot arco iris en 2019. “Es la prueba en la que me siento más cómodo, puedo pelear por el oro, pero estará muy disputado. Los rivales a batir serán los chinos Zhangyu Li, vigente campeón paralímpico y del mundo, y Wicong Liang. He trabajado al máximo para conseguir el mejor resultado y lo afronto sin esa presión de otras ediciones en los que era una obsesión estar entre los tres primeros. Pero voy a por las medallas, me crezco en los momentos importantes”, informa. También disputará el kilómetro y formará parte del tridente español en la velocidad por equipos con Alfonso Cabello y Pablo Jaramillo, que está entre los favoritos para luchar por los metales.

Y en la competición en carretera en el Fuji International Speedway opta a las medallas en la contrarreloj C1, en la que es el actual campeón del mundo, y también en la ruta, pese a que en esta prueba tendrá que lidiar con corredores de otras clases (C1-3). “Trataré de dar mi mejor versión para ayudar a los compañeros, la medalla es difícil porque hay gente de mucha calidad, aunque en 2019 fui campeón mundial en Holanda superando incluso a los rivales de las demás categorías y los resultados más recientes me permiten ser optimista”, apostilla con una pícara sonrisa Ricardo Ten, un caso peculiar, un inconformista, un hombre sin límites.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Ricardo Ten

Francisco Javier López, un obrero del tenis de mesa

Francisco Javier López todavía digiere el suculento manjar que le llegó a finales de junio cuando apenas albergaba esperanzas. Había caído eliminado en semifinales del Preolímpico en Eslovenia, pero el destino le tenía reservada otra oportunidad y el sueño de Tokio volvió a latir cuando la Federación Internacional de Tenis de Mesa (ITTF) le otorgó una ‘Wild Card’ para asistir a los Juegos Paralímpicos. Era la anhelada recompensa a la trayectoria de un obrero entre mesas de azul chillón y con una pala en la mano con la que se reinventó tras quedar en silla de ruedas. El suyo es el triunfo del trabajo, del sacrificio y del tesón en el día a día.

El entusiasmo por el tenis de mesa afloró durante el recreo en su colegio en Fuente del Maestre (Badajoz). Tenía 13 años cuando comenzó a golpear la volátil y blanca pelota. “Me encantaba, le dedicaba horas por las tardes como actividad extraescolar para adentrarme en esta modalidad y perfeccionar la técnica. Disputé torneos y ligas regionales por Extremadura hasta los 17 años, cuando empecé a trabajar en un almacén de ferretería y como era incompatible lo dejé”, relata. Con 21 su vida dio un giro tras un accidente de tráfico que le provocó una lesión medular.

“Venía con unos amigos de Sevilla de ver una prueba de motocross y las condiciones meteorológicas no eran buenas, llovía mucho y el coche nos hizo ‘aquaplaning’ y acabamos dando varias vueltas de campana. Mis compañeros salieron ilesos y fui el único malherido”, rememora. Los ocho meses de rehabilitación en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo le hicieron ver su nueva situación con otro prisma: “Sabía que ya nunca podría caminar, pero me considero muy optimista y más aún después de lo que vi allí, gente joven en peor estado y que dependían de terceras personas. Yo podía utilizar mis brazos para desplazarme, así que no tenía derecho a quejarme porque los había en muy mal estado, eso me dio un chute de motivación”.

En aquel vivero de deportistas paralímpicos resurgió su pasión por el tenis de mesa, aunque esta vez desde otra perspectiva. “No tenía nada que ver con lo que hacía antes, pero seguía divirtiéndome y me ayudaba a evadirme de cualquier problema. Cuando juego se me olvida que voy en una silla de ruedas, este deporte es el más inclusivo que hay, puedes competir y entrenar con gente sin discapacidad, te sientes uno más”, comenta. Fichó por el Caja Granada, uno de los clubes españoles más laureados y empezó a cosechar éxitos. Se estrenó con un bronce en el Open de Rumanía en 2009 y a raíz de ahí ha sumado cuatro oros, seis platas y 15 bronces en diversos torneos internacionales.

Los más destacados fueron los bronces en los Europeos de Dinamarca en 2015 y en Eslovenia en 2017, “especialmente el último porque lo gané jugando con Miguel Rodríguez, al que le debo tanto por el trabajo que ha hecho conmigo. Si he llegado lejos es en gran parte por su ayuda”. Precisamente, con el veterano palista andaluz lleva compartiendo entrenamientos desde enero en La Zubia (Granada), donde se instaló para preparar el Preolímpico a las órdenes del técnico Dragos Antimir. “La competición iba bien hasta que en semifinales caí por 3-1 con el eslovaco Boris Travnicek, a quien le había ganado fácil en enfrentamientos anteriores. La tensión y la presión me pasaron factura. Me marché a casa muy disgustado, pensé que el sueño se había terminado”, confiesa.

La tristeza se tornó en júbilo unos días después, cuando la Comisión Bipartita de la ITTF le otorgó una plaza de invitación para Tokio. “Cuando vi mi nombre en la lista no me lo creía, tuve que revisarla varias veces. Llevaba mucho tiempo persiguiendo este objetivo, en Río de Janeiro 2016 me quedé a las puertas de la clasificación y parecía que este momento no llegaría nunca. Ha sido un ciclo de cinco años muy duro, con una pandemia que ha dificultado aún más las cosas, con muchas horas de entrenamientos, así que esto es un premio a la constancia. Se lo debo a todos aquellos que han estado detrás empujando”, añade.

López, prototipo de deportista humilde y trabajador, en las últimas temporadas ha afinado su rapidez y técnica de golpeo, que le convierte en uno de los mejores jugadores del mundo en clase 4. “No me considero talentoso, pero sí un currante de este deporte. No soy de los que colocan la bola en un sitio exacto de la mesa, aunque a veces me sale, más bien destaco por mi velocidad, me gusta llevar la iniciativa y que los puntos duren poco”, asegura.

Pese a obtener el billete a última hora, a los Juegos Paralímpicos acude sin complejos y confía en dar la sorpresa y en colarse en el podio. “Voy con una motivación extra y a dar guerra. Sé que las medallas estarán caras, pero voy a por ella, no tengo la misma presión que los favoritos. A excepción del turco Abdullah Ozturk, número uno del ranking, que siempre se me atraganta, al resto de rivales les he ganado alguna vez. Será un torneo igualado y si la suerte cae de mi lado en los cruces, ¿por qué no soñar con medalla? Estar en Tokio es un regalo por el que tanto he peleado, ahora quiero disfrutarlo y competir sin renunciar a nada”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Francisco Javier López

Michell Navarro, carácter, energía y trabajo ‘sucio’ en la pista

En el baloncesto en silla de ruedas no todas son jugadoras excelsas en lo técnico o que brillen por sus cualidades ofensivas. También las hay que se fajan como jabatas dispuestas a realizar el trabajo sucio, el que no se aprecia tanto, y a mantenerse al margen de los grandes focos para priorizar el bien común. Una de ellas es Michell Navarro, quien forja su identidad en la cancha gracias a esos aportes, ama ese rol. La ala-pívot de origen mexicano es desde hace tres años una pieza importante en el puzle de la selección española, una roca defensiva que tratará de aportar su garra, carácter y buen tiro al combinado nacional en su vuelta a unos Juegos Paralímpicos 29 años después.

En Tokio hará realidad un anhelo que lleva persiguiendo desde niña y que ha tenido que esperar tras amargos episodios. Lo hará con un deporte que apenas lleva seis años practicando, en el que se volcó tras ver truncado su sueño de alcanzar cotas altas como atleta. Nacida en Guadalajara (México), la ciudad del mariachi salpicada de plazas y monumentos coloniales, de pequeña descolló como nadadora y después también lo hizo con el lanzamiento de peso. “Siempre me gustó realizar actividad física pese a que nací con una malformación genética en el pie derecho, con un acortamiento del fémur. Me pasaba las horas jugando en la calle con mis amigos, siendo una más, nunca me trataron diferente por mi discapacidad”, relata.

En la piscina se colgó numerosas medallas en campeonatos de México, pero decidió cambiar el bañador por la bola de acero, con la que también obtuvo grandes resultados, siendo campeona júnior. Apuntaba maneras, pero en 2016, cuando tenía 21 años, decidió hacer las maletas y viajar a España junto a su marido, Luis Alfonso Cristen, que había sido contratado por el Amiab Albacete de basket en silla. “Tenía proyectos y me iba bien en el atletismo, pero lo dejé todo por amor, por acompañarle. Al principio fue duro porque llegué de esposa florero, estuve más de un año sin hacer nada y echaba de menos el deporte”, cuenta.

Hasta que entró al rescate Abraham Carrión, el apasionado y enérgico entrenador que revitalizó el baloncesto femenino español. El jerezano, que por entonces dirigía al conjunto manchego, le lanzó un salvavidas, una oportunidad para jugar. “Como solía acompañar a Luis a los entrenamientos, un día me vio en la grada y me dijo si quería probar. En México ya había jugado alguna vez, pero lo dejé porque no tenía gente con la que entrenar. Me sorprendió su propuesta, pero dije sí sin pensarlo. En Albacete era complicado continuar con el atletismo, así que empecé una nueva etapa, recuperé la ilusión”, afirma.

Una progresión constante

Sus primeros pasos con el balón anaranjado no fueron nada fáciles. “Estuve un año entero haciendo mucho trabajo físico, aprendiendo a moverme con la silla, a manejar la pelota, el aprendizaje fue desde cero. Tuve la suerte de absorber lo mejor de mis compañeros, sobre todo, de mi marido y de Martín Arredondo, otro compatriota”, apunta. Poco a poco Michell potenció sus habilidades y virtudes, debutó en División de Honor, luego jugó en el UCAM Murcia y desde el pasado curso lo hace en el Amivel de Vélez-Málaga.

“Mi evolución me sorprende cada año, aprendo algo nuevo cada día. Me despierto todos los días por amor a este deporte”, festeja con pasión desaforada. Aporta seguridad en la pintura, es agresiva en el rebote, combina fuerza y enorme voluntad por defender. Es una jugadora con pundonor y gran capacidad de sacrificio que llega a las ayudas imponiendo un ritmo alto e intenso, mientras que en ataque tiene buen tiro exterior y también cerca del aro.

Su rendimiento le llevó a la selección poco después de obtener la nacionalidad española. Se estrenó en el Mundial de Hamburgo en 2018 y también formó parte del plantel que consiguió en el Europeo de Rotterdam en 2019 el histórico billete para los Juegos Paralímpicos. Ya acumula 25 partidos con la elástica roja. “En la primera concentración sentí miedo, nervios, estaba como un flan, era la novata, pero me arroparon y me trataron como a una más de la familia. Yo amo a México, pero cuando me dieron la opción de representar a España no dudé ni un segundo. Me siento española, este país me abrió sus puertas y me ofreció una oportunidad que jamás hubiese imaginado, dedicarme profesionalmente al deporte”, recalca.

En el vestuario español la adoran por su alegría, gentileza y por ser una persona servicial con el grupo. “Una vez durante un viaje, pensamos que ya había subido al autobús y la dejamos olvidada en un bar en la autovía”, recuerda entre risas Sonia Ruiz, capitana de la selección. “Su primera imagen puede ser de alguien distante, pero es todo lo contrario, es buena compañera y mejor amiga, siempre dispuesta a ayudar, es de las tías más sinceras que me he echado a la cara, va de frente. En la pista es una guerrera como pocas, asume el trabajo ‘sucio’ sin ningún problema, no busca un beneficio personal, entiende a la perfección la importancia del equipo. Es muy trabajadora y eso le está haciendo asumir un rol más anotador. Defender con ella es una pasada. También es muy tozuda y de mucho carácter, por eso nos encanta”, añade.

La de Jalisco cuenta con otro gran apoyo en la selección, su compañera Isa López, que casualmente también es de Guadalajara, y a la que conoció en el Centro de Alto Rendimiento de la ciudad mexicana. “Ella jugaba a baloncesto y yo estaba en natación. Es una coincidencia increíble, para mí es muy importante tenerla a mi lado, me aporta alegría y confianza tanto dentro como fuera de la cancha. Ya ha conseguido la nacionalidad y se merecía estar con nosotras. Ahora queremos disfrutar de un evento único”, añade.

Michell ya sueña con ese primer partido en Tokio, donde España se medirá en el grupo B a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. Ella nació un mes después de que el baloncesto femenino español debutase en Barcelona’92. Desde entonces han sido muchos los intentos baldíos de regresar a unos Juegos Paralímpicos. “Ya era hora, esta selección se lo merecía por todo lo que ha tenido que sufrir. Es un orgullo representar a las jugadoras que han luchado estos años por esa plaza y que no pudieron conseguir, ellas labraron el camino y nosotras hemos seguido sus pasos, así que este logro es de todas. Hemos pegado un salto de calidad, cada vez somos más competitivas y pienso que podemos incluso pelear por medalla. Vamos partido a partido, sin miedo y con muchas ganas de estar lo más arriba posible”, concluye.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Michell Navarro

Sara Fernández, brincos a oscuras hacia Tokio

A 35 metros del foso de arena, con los ojos protegidos por unas gafas negras para combatir el exceso de luz, se concentra y visualiza cada vuelo antes de iniciar la carrera. Los brincos a oscuras de Sara Fernández le han granjeado varios éxitos internacionales y le han situado en la élite de la longitud mundial en categoría T12. A sus 26 años busca dar un paso más en su carrera con una buena actuación en Tokio, sus segundos Juegos Paralímpicos, a los que llega in extremis tras recibir una invitación. “Es una recompensa por el trabajo de tantos años, voy a dar lo máximo para superarme en cada salto”, recalca.

La tenaz deportista de Espartinas (Sevilla) llegó al atletismo con nueve años, cuando Florencio Morcillo, entrenador de la ONCE en Andalucía que tantos buenos atletas ha moldeado, quedó prendado al ver desde una cafetería las zancadas que daba aquella niña en un parque de la capital hispalense. “Medía 1.64 metros y tenía las piernas muy largas. Me dijo que fuese a probar y me gustó lo de correr y saltar. Antes practicaba natación y bailaba flamenco, aunque no me salía la vena sevillana, no tenía arte para moverme”, dice riendo la joven de melena rubia, albina, con menos de un 10% de visión y con fotofobia.

Esa falta de pigmentación en la piel, los ojos y el pelo era el primer caso en su familia. “Mi madre desconocía lo que era el albinismo y con pocos meses de vida, como estaba tan blanca me ponía al sol. Menos mal que nací en diciembre, porque si llega a ser en verano y en Sevilla, me tuesto”, bromea. En sus primeros pasos en las pistas del Centro Deportivo Municipal de San Pablo ya apuntaba maneras, ganaba a todas las niñas. “Es que era muy alta, menos mal que en la adolescencia me quedé en 1.73 metros. Al principio me lo tomaba como un juego, iba un par de veces a la semana a entrenar”, comenta.

Se decantó por las pruebas de velocidad y, sobre todo, por la longitud porque le encantaba rebozarse en la arena: “Fue un flechazo, disfruto mucho saltando. Es el único lugar donde no tengo obstáculos y me ha ayudado a ser decidida y echada para adelante en mi día a día en la calle. Eso sí, me he comido algunas farolas o bolardos, a los que llamamos mataciegos”. Ya con 14 años ganó sus primeras medallas en su debut internacional en Vilna (Lituania) y poco después decidió ponerse en manos de Laura Real, la entrenadora que le ha pulido en Tomares.

En 2014 ganó un bronce en salto en el Europeo de Swansea (Gales), en 2015 un bronce en relevos 4×100 en el Mundial de Doha (Catar) y en 2016 otro bronce en 100 metros en el Europeo de Grosseto (Italia). Y ha rozado otras muchas veces el podio, como le ocurrió en junio en el campeonato continental en Bydgoszcz (Polonia). Fue cuarta y se le escapó la medalla por un centímetro. La nota positiva es que alcanzó por primera vez los cinco metros. “En los últimos meses me había estancado, me movía por encima de 4.90 hasta que pude romper esa barrera psicológica. He hecho hincapié en el trabajo psicológico ya que es una prueba que desgasta y hay que saber gestionar muchos factores que influyen en el salto”, explica.

Pese a rebasar su techo, la marca fue insuficiente para lograr un billete hacia Tokio. No aparecía en la lista oficial de la delegación española ya que no tenía mínima, pero la renuncia a las plazas de varios países le dieron una oportunidad que ya no esperaba. “Tenía planificado el verano, estoy de prácticas como estudiante de Fisioterapia y también iba a irme unos días con mi abuela a La Redondela (Huelva), a un camping junto a la playa. Pero recibí la llamada de Pedro Maroto -director técnico de la Federación Española de Deportes para Ciegos- y me dijo si quería ir a Tokio. Pensé que era una pregunta trampa, me puse nerviosa, no me lo creía”, relata.

Sara no había dejado de entrenar, así que continuó su preparación con más ganas y ambición que nunca, el país del sol naciente le espera. “Está muy caro ir a unos Juegos, las mínimas son exigentes, marcas que te darían medalla. Los afronto con ilusión y con más cabeza que en los primeros de Río de Janeiro. Allí no supe que estaba en una cita paralímpica hasta que pisé los símbolos de los Juegos en la pista corriendo los 100 metros lisos”, añade. En Brasil se llevó un diploma en longitud, resultado que le gustaría repetir.

“Soy realista, mi nivel no es el de mi compañera Sara Martínez o el del resto de favoritas para subir al podio. Me encuentro bien físicamente, con una tendinitis, pero llego al 100%. Estoy motivada, trataré de darlo todo, de sumarle centímetros a esos cinco metros para batir mi marca y disfrutar de la competición. No pienso en una determinada posición para no comerme la cabeza, si doy el máximo que tengo y logro un puesto decente, estaré satisfecha, aunque no renuncio a nada”, detalla la sevillana.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sara Fernández

Kike Siscar, ‘pasico a pasico’ con la raqueta hasta el Ariake Tennis Park

Siempre que Kike Siscar festeja la victoria en un partido repite el mismo movimiento: mirada y dedos índices al cielo. Detrás de esta liturgia están sus abuelos, pilares fundamentales en su vida. Sobre todo, Joaquín, su abuelo materno, que alardeaba por cada rincón de Torre Pacheco (Murcia) de los logros de su nieto. Su fallecimiento en 2018 le pilló en plena gira de torneos por Sri Lanka. Aquello fue un punto de inflexión en su carrera, se prometió no bajar los brazos y alcanzar el sueño que le habría gustado compartir con él: los Juegos Paralímpicos de Tokio. Empuñando la raqueta y subido a su mantra de ‘pasico a pasico’, el murciano se ha colado entre los 56 mejores del mundo que competirán en el Ariake Tennis Park.

Un anhelo que empezó a cultivar en 2016, cuando a través de la pantalla del ordenador siguió los encuentros de sus compañeros en Río de Janeiro. En ese momento no figuraba ni en el Top 100, recién acababa de aterrizar en el circuito internacional, pero su optimismo le hizo creer en que podría estar en los siguientes Juegos. “El camino ha costado sangre, sudor y alguna lágrima. Quién me lo iba a decir a mí, cuando a finales de 2013 jugué por primera vez al tenis en silla de ruedas. Quiero disfrutar cada minuto porque no sé si volveré a estar en el mayor evento al que puede aspirar un deportista”, recalca.

Una década antes de su debut tenístico, un accidente de tráfico le cambió sus planes. Cursaba la carrera de Ingeniería Técnica en Informática de Sistemas y regresaba a casa tras ver un entrenamiento del Real Murcia CF cuando una rueda de su coche reventó. Dio varias vueltas de campana y se fracturó la médula espinal con una rotura incompleta en la zona L1-L2. “Nunca me detuve a pensar en por qué me tocó a mí, me pasó y ya está. El duelo lo pasé muy rápido, quizás porque me encontré muy respaldado por mi familia y mis amigos. Me considero un privilegiado porque podría haber sido mucho peor, así que comenzó una vida nueva y tenía claro que iba a aprovecharla”, relata.

Con entereza y positividad encaró una ardua y larga rehabilitación. A Kike se le quedó grabada la frase que le dijo su fisioterapeuta, Ramón Rábago: “Me vio contraer un poco el cuádriceps derecho y me aseguró que con trabajo y ejercicios volvería a caminar”. Sin tiempo que perder se puso manos a la obra y se instaló en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. “Allí fue la única vez que lloré delante de mis padres cuando por un problema que me vieron en la rodilla me comentaron que igual tenían que amputarme una pierna”, afirma. El diagnóstico quedó en un susto y retomó su recuperación. Empezaba a las nueve de la mañana y no tenía hora de salida. Natación, tenis de mesa o gimnasio, a todo se apuntaba con tal de ganar fuerza y mejorar su movilidad.

“Soy muy cabezón y, aunque de allí salí en silla, logré andar. A día de hoy, al trabajo voy con una sola muleta y en mi casa me muevo sin ninguna”, explica. Continuó ligado unos años más al fútbol, su otra pasión, pero esta vez como entrenador en Torre-Pacheco, donde había jugado desde pequeño. Incluso llegó a hacer las pruebas para entrar en ‘La Masía’ del FC Barcelona. “Aquellas fotos las tengo bien escondidas, soy muy del Real Madrid”, dice riendo. Su vida la recompuso a través del tenis, al que llegó gracias a un torneo de pádel al que se apuntó por la insistencia de un compañero.

“No se me dio mal y me picó el gusanillo de la competición. Me hablaron del tenis y fui a probar con el que es mi entrenador, Alejandro Sánchez Pay. Al primer entrenamiento fui con una silla que se caía a trozos, pero moverme con libertad y pelotear fue una sensación única. A partir de ahí todo fue rodado y muy rápido”, asevera. En poco más de siete años ha acumulado en sus vitrinas unos 50 títulos nacionales, así como 10 trofeos individuales y 16 en dobles en el circuito de la ITF. “Me quedo con el de Almussafes (Valencia) en 2014, el primer internacional que gané en Lleida en 2016 y el de Toulouse en 2019. También con mi debut en Copa del Mundo con la selección española”, apunta.

Su travesía no ha sido fácil, ha tenido que hacer encaje de bolillos para compaginar trabajo y deporte. “Mi empresa, Grupo Caliche, me da todas las facilidades cuando tengo que ir a competir. Pero es complicado, me encantaría tener el tiempo del que disponen otros tenistas, porque del Top 50 mundial, hay pocos en mi situación, la mayoría se dedica en exclusiva al tenis. No hay excusas, en las pocas horas que tengo para prepararme hemos buscado más entrenos de calidad y me ha ido bien”, añade. Pese a que en las dos últimas temporadas ha jugado menos de lo habitual por la pandemia de la Covid-19, Siscar llega a sus primeros Juegos Paralímpicos en el momento más dulce de su trayectoria.

“He mejorado en exigencia, en concentración, en agresividad, en la intensidad del golpeo, en la movilidad y en mi derecha ganadora. Ahora soy un jugador más consistente, el cambio de silla me ha favorecido, pero puedo dar mucho más, el mejor Kike está por verse”, subraya. El billete para la cita de Japón nadie se lo ha regalado, ha tenido que lidiar con esa montaña rusa de emociones. “La muerte de mi abuelo me marcó, fue durísimo, estaba jugando en Sri Lanka y si no es por mi familia y por mi entrenador, me habría vuelto. Éramos uña y carne, antes de cada torneo iba a verle y me daba ánimos. Ese palo me hizo madurar, me dio fuerzas y ganas de echarle huevos para conseguir la clasificación”, confiesa.

El apoyo incondicional de sus seres queridos le ha iluminado hacia el objetivo de Tokio como un faro a un barco en mitad de la tormenta. Por ellos quiere paladear cada segundo que esté en suelo nipón. “Muchas noches en la cama he soñado con los Juegos y ahora se hace realidad. Voy con la intención de darlo todo y de pasar el máximo de rondas posibles. Será difícil, pero estoy capacitado para ponérselo difícil a cualquiera de los que estén del 16 hacia abajo en el ranking. Voy sin miedo, el que tenga enfrente tendrá que sufrir para ganarme. Y en dobles estaré con Quico Tur, hacemos buena pareja, hemos ganado torneos juntos, así que vamos a pelear y a dar guerra”, finaliza el murciano.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Kike Siscar

Jorge Pineda, sueños que bogan en la ría de Bilbao

De niño, Jorge Pineda soñó con emular a su abuelo, José Luis Pineda, pionero jugador y entrenador de balonmano en Vizcaya. Llegó a ser portero del equipo de su colegio durante un par de años. También probó con el fútbol y el tenis, pero la vida moldeó su sueño bogando entre las suaves ondulaciones de las mareas de la ría de Bilbao. En las mansas aguas que se abren paso entre astilleros, edificios modernos, el Puente Colgante de Portugalete o el canal de Deusto lleva una década forjándose con paladas de tesón y superación que le han guiado hasta la bahía de Tokio para disputar sus primeros Juegos Paralímpicos.

En el camino deja una estela de constante trabajo, espíritu de sacrificio, sudor y lágrimas, porque para llegar a la capital japonesa ha tenido que derribar muchos obstáculos. A los primeros se enfrentó nada más nacer con 28 semanas de gestación y con un derrame cerebral provocado por esa prematuridad. “Me dejó como secuela una diplejía espástica, atrofia muscular en el tren inferior y afectación en la movilidad de las piernas. Los médicos les dijeron a mis padres que nunca podría caminar, pero se equivocaron, con empeño e insistencia le dimos la vuelta a ese diagnóstico y aquí sigo, dando guerra”, explica.

La figura de su abuelo paterno, su mayor ídolo, fue clave para cultivar su pasión deportiva. Se defendía bien bajo palos como guardameta de balonmano e incluso con una raqueta, pero el remo le atrapó a los 13 años cuando vio a su hermano en un entrenamiento. “Es un deporte que te encanta o lo odias, no tiene término medio, y a mí por suerte me enganchó. En el agua con la embarcación siento paz y libertad, es una gozada”, asegura. Durante varios años fue un ‘llanero solitario’ en esta modalidad, ya que cuando empezó era el único con licencia internacional en España porque acababa de retirarse Juan Pablo Barcia -paralímpico en Pekín 2008 y Londres 2012-, actual seleccionador español.

Pineda no tardó en destacar y en 2018 debutó con un séptimo puesto en el Mundial en Plovdiv (Bulgaria) en skiff PR2 1x (para deportistas que pueden mover brazos y tronco). Unos meses antes se había colgado la plata en el campeonato del mundo de remoergómetro en Virginia (EE.UU.). Y en 2019 se quedó a las puertas del podio tras ser cuarto en el Mundial de Linz-Ottensheim (Austria). El palista de Getxo ha evolucionado física y técnicamente, convirtiéndose en uno de los mejores. El problema es que su categoría no está incluida en el programa de los Juegos Paralímpicos y movió cielo y tierra para dar con una chica que le acompañase en PR2 Doble Sculls Mixto. Probó con la extremeña Inés Felipe, pero el proyecto no fructificó y el sueño de Tokio se alejaba.

Un hueco en el cuatro con timonel

Su destino dio un volantazo cuando a principios de 2020 la Federación Española de Remo apostó por el cuatro con timonel (PR3Mix4+), embarcación mixta formada por deportistas con discapacidad visual y física. “Se abrió un nuevo panorama para mí, lo hablé con Txus Bermúdez, mi entrenadora y que también nos prepara en la selección y vimos que podía aportar mi veteranía a este bote. Gané una plaza en el selectivo nacional y el cambio fue brusco, pero satisfactorio porque en tan poco tiempo supimos encajar como piezas de Tetris para formar un equipo competitivo”, recalca.

El proyecto se había creado con vistas a París 2024, pero los remeros no querían desaprovechar la oportunidad de acudir al Preolímpico en Gavirate (Italia) que otorgaba las últimas plazas para Tokio. La idea del grupo era empezar a competir y a coger rodaje, sabían que las opciones de clasificación eran mínimas porque solo había dos billetes disponibles y Canadá y Brasil tenían un nivel muy superior. Sin embargo, a contrarreloj y tras varias concentraciones en Laias (Ourense), el combinado español, con Pineda, Verónica Rodríguez, Enrique Floriano y Pepi Benítez, con Estíbaliz Armendáriz de timonel, se presentó en la regata italiana para dar la campanada. Fueron terceros, el mejor país europeo entre los participantes, resultado que les permitió recibir una invitación por parte de la Federación Internacional de Sociedades de Remo (FISA).

“Fue una regata inolvidable, superamos primero a Alemania y luego a Holanda por solo un segundo de diferencia. Disfruté como un enano, era la recompensa a tantos años de lucha. La clave ha estado en que hemos trabajado por un objetivo en común, en la competitividad del grupo y en la gente que hemos tenido detrás apostando por nosotros”, añade el bilbaíno, estudiante de cuarto de Medicina, que resalta a Verónica “como la alegría de la embarcación, Enrique es la fuerza y Pepi las ganas. Yo aporto la experiencia”.

Inmerso en un remolino de emoción y felicidad tras un estreno prometedor, el PR3Mix4+ español acude a Tokio con ambición, pero con cautela. “Tenemos mucho que dar y mejorar aún, acabamos de llegar, así que hay que ir con los pies en el suelo, aunque sin dejar de soñar. Somos novatos, pero no vamos de paseo, nuestro gen competitivo nos impide relajarnos. Vamos a darlo todo en cada palada como hemos hecho en los entrenamientos. El objetivo es disfrutar, intentar mejorar los tiempos en cada regata para acabar lo más arriba posible y que cuando nos montemos en el avión para regresar a casa estemos orgullosos de nuestro trabajo en los Juegos”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jorge Pineda

Alejandro Rojas, un mariposista con humildad y firmeza por bandera

 

 

Dicen que el precio del éxito es inmenso, pero la recompensa lo es aún más. De ello sabe bien Alejandro Rojas, un nadador con humildad, firmeza y sacrificio por bandera. Perseverar, ese verbo que la RAE define como mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión, lo lleva grabado a fuego desde que decidió tomarse la natación en serio. Con 28 años, después de ser subcampeón de Europa en un par de ocasiones, el mariposista canario recoge los frutos a la tenacidad y a la confianza en sí mismo con su participación en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

“Es el sueño que llevo persiguiendo desde que era adolescente, se me escapó hace cinco años en Río de Janeiro, pero con ganas e ilusión tremenda encaré el nuevo ciclo y el premio ha llegado. Conozco mis limitaciones, el talento no es de mis virtudes, por ello, lo que me ha traído hasta aquí ha sido el trabajo, el esfuerzo y la constancia”, recalca. Para soñar en grande hay que dar pasos pequeños y él ha sabido recorrer con paciencia y actitud positiva y motivadora ese camino, a veces lleno de obstáculos.

La capacidad de reinventarse lo lleva de serie, es algo innato. El deportista insular nació con una hemiparesia lateral izquierda por falta de oxígeno durante el parto. “Hasta que no tenía nueve meses y empecé a gatear, mis padres no se dieron cuenta de que algo iba mal. Los pediatras les decían que todo estaba normal, pero ellos insistieron e investigaron hasta que dieron con el problema. Me afecta al brazo y a la pierna, tengo una fuerte espasticidad, que aumenta en momentos de tensión, pero en mi día a día lo llevo bastante bien, siempre me he buscado la vida para hacer cualquier cosa”, explica.

El agua pasó a convertirse en su hábitat, la rehabilitación en la piscina del centro Ciudad San Juan de Dios le ayudó a estimular y a mejorar su movilidad. Aunque su pasión era el fútbol y se empeñó tanto en jugar que acabó consiguiendo la aceptación de la federación para que le dejasen. “En cada entrenamiento me vendaban la pierna para que no sufriese tanto, pero apenas duré un mes porque los médicos me lo prohibieron ya que la parte izquierda de mi cuerpo estaba empeorando”, relata Rojas, que decidió poner la natación en su objetivo prioritario cuando tenía 12 años.

“En el colegio donde estudiaba, una entrenadora me insistió en ir a probar al Club Natación Las Palmas. Era un deporte que no me gustaba, pero me di cuenta de que era el más apropiado para mi discapacidad y para corregir la escoliosis en la espalda. Me lo tomé tan en serio que pasó a ser un estilo de vida, ahora no puedo estar un solo día sin nadar”, asevera el canario, que en estos años ha sido moldeado en la piscina por Francisco Galván. Desde su debut en un Campeonato de España en 2007 en Zaragoza hasta Tokio, 14 años devorando kilómetros con brazadas de voluntad y superación.

Su primera presea internacional llegó en el Europeo de Funchal (Portugal) en 2016, una plata en 50 mariposa S6 a pesar de competir con un esguince de tobillo. “Me lo hice el primer día bajando unas escaleras y los médicos me dijeron que era imposible seguir. No me iba a rendir, sacrifiqué otras pruebas y me lancé el último día al agua para llevarme la medalla, la más especial hasta el momento”, rememora. Unos meses después se quedó a las puertas de los Juegos de Río de Janeiro, sin embargo, no se vino abajo, en su cabeza ya tenía fijado Tokio 2020.

En este ciclo de cinco años los resultados fueron llegando: cuarto en su debut mundial en México 2017, sacó una plata en el Europeo de Dublín en 2018, acabó octavo en el Mundial de Londres en 2019 y este año ha sido cuarto en el campeonato continental de Madeira y bronce en relevo 4×50 estilos mixto. “He dado un salto de calidad, he subido el nivel en cuanto a las marcas. En toda mi carrera, en el 50 mariposa solo había nadado una vez en 34 segundos y esta temporada lo he hecho en 33 segundos hasta en seis ocasiones, un dato que me sitúa en posiciones para hacer algo importante en los Juegos. El principal cambio de estos últimos años es que aprendí a disfrutar del día a día”, subraya.

Rojas, que en las pruebas de velocidad nada solo con el brazo derecho y mantiene el izquierdo extendido y quieto hacia adelante, alcanzó la mínima B en Tenerife, en la penúltima oportunidad que tenía. “Desde enero me acercaba a la marca, quedándome a veces a una o dos centésimas, fue una dura batalla física y psicológica. No llegaba el momento y cuando lo logré sentí alivio, exploté de alegría, el sueño se hacía realidad”, añade el nadador del CD Enagracan, graduado en Educación Física y que estudia Magisterio para ser maestro de Primaria.

Se le da de lujo tratar con niños, de hecho, después de sus duras jornadas de entrenamientos trabaja como monitor en el Aguacan: “Llevo todas las categorías del club, con más de 65 personas a mi cargo. Los pequeños están orgullosos de lo que estoy consiguiendo, me piden los enlaces de las competiciones en las que participo para verme. En estas edades, antes que resaltar el rendimiento en el agua, lo que trato de inculcarles son los valores que a mí me han llevado hasta aquí. Mostrarles que, con trabajo, compromiso y disfrutando pueden llegar hasta dónde se propongan”.

Ahora estará unas semanas alejado de sus alumnos ya que afrontará el desafío más importante de su trayectoria, los Juegos Paralímpicos. “Estoy como un niño cuando va a un parque de atracciones. Estoy con ganas de vivir la experiencia a tope, de estar en la ceremonia de inauguración, de pisar las instalaciones del centro acuático de Tokio y de saborear cada momento porque no sé si volveré a estar en una cita tan importante. Quedar entre los seis primeros sería un regalo, pero he currado mucho para este evento, así que acudo con máximas aspiraciones, siempre soy ambicioso e intentaré pelear por la medalla, sin guardarme ninguna carta. Sé que estará complicada, pero trataré de ponérselo difícil a mis rivales dejándome la piel en la piscina”, remata.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Alejandro Rojas

Luis Miguel García-Marquina, una vida a toda velocidad

A Luis Miguel García-Marquina siempre le gustó sentir la velocidad y la adrenalina. En circuitos de barro, plagado de baches y obstáculos, curvas peraltadas y saltos se encontraba en su salsa. A los cinco años ya iba a todo gas, llevaba el motocross en la sangre, fue varias veces campeón de Castilla-La Mancha y era una promesa a nivel nacional. Hasta que un accidente le dejó parapléjico, pero mantuvo intactas sus ganas de competir y seguir en el deporte. Una década después volvió a calarse un casco, esta vez de ciclismo, en el que ahora triunfa acelerando a los mandos de su handbike.

Este curso ha sido el de su consagración en la élite, ganando tres medallas en el Mundial de Cascais (Portugal) que le permiten soñar en grande en los Juegos Paralímpicos de Tokio. “La recompensa a tantos años de trabajo ha costado, podré cumplir el objetivo que he perseguido todo este tiempo”, afirma con una sonrisa. El deportista de Tarancón (Cuenca) lleva varias temporadas probando las mieles del éxito gracias a su lucha incansable, desafiando cada curva y apurando en cada frenada. Sentir el riesgo y poner su cuerpo al límite es algo que lleva haciendo desde que era un crío.

Su vida dio un giro en una carrera en Albacete en 2002. “A los diez metros de la salida, la moto me golpeó el trasero, perdí fuerza y caí de lado. No me hice ninguna herida o rasguño, había tenido anteriormente caídas más graves, pero en esa ocasión la mala suerte se cebó conmigo y la vértebra se me desplazó, dejándome una lesión medular”, relata. Al principio fue un mazazo, solo tenía 23 años y llevaba dos ejerciendo la abogacía. Le costó digerir el trance no por su nueva situación, sino por la desinformación que tenía sobre el mundo de la discapacidad. “Ese fue mi único miedo, no sabía a lo que me enfrentaba. Me armé de positivismo, no quería perder el tiempo en lamentaciones”, asegura.

En el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo descubrió el baloncesto en silla de ruedas, modalidad a la que estuvo ligado durante diez años con el Peraleda, siendo subcampeón de la Copa del Rey y de Europa. “Aunque el basket no me gustaba en exceso, me hacía sentir vivo, jugaba porque me mantenía bien físicamente, pero nunca llegué a encajar pese a que en esa etapa jugaba de titular, incluso mi nombre sonó para ir con el equipo español. Compartí cancha con grandes como Sonia Ruiz, Asier García, Agustín Alejos o Fran Lara, baluartes de la selección. En Tokio nuestros caminos volverán a cruzarse, es un orgullo”, apunta.

El ciclismo se cruzó en su vida

En 2014, por casualidad, empezó a centrarse en la que se ha convertido en su otra pasión, también relacionada con las ruedas. El ciclismo tomó atractivo para García-Marquina a raíz de una media maratón que corrió en Madrid animado por un amigo de la infancia. “Casi me muero ese día, llegué a la meta molido -ríe-. Pero enseguida noté ese flechazo, sabía que se me podía dar bien, era lo más parecido a lo que hacía antes del accidente, lo mío eran las curvas y la velocidad”, comenta. Apenas unos meses después quedó penúltimo en el Campeonato de España en Ciudad Real. Al año siguiente fue tercero y ya lleva nueve títulos consecutivos en categoría H3.

En el panorama internacional debutó en 2016 y se llevó un chasco al comprobar el nivel que había. “Hice resultados desastrosos, estaba desmoralizado porque mis rivales volaban, me pasaban por encima y llegué a plantearme si seguía. De hecho, en 2017 solo corrí por España. Pero en 2018, para sorpresa mía, el seleccionador Félix García Casas me llamó para la Copa del Mundo en Emmen (Holanda) y a partir de ahí todo ha venido de carrerilla”, subraya. En el asfalto holandés ganó un bronce, el mismo metal que se colgó con el Team Relay en el Mundial de Maniago (Italia) en 2018. También en Emmen en 2019 subió al podio en el Campeonato del Mundo con otro bronce en la ruta.

Y esta temporada ha explotado con una actuación soberbia en el Mundial de Cascais (Portugal): bronce en la prueba en línea y platas en la contrarreloj y en el Team Relay junto a Sergio Garrote e Israel Rider. “Sin atajos, con una evolución constante, he conseguido estar a la altura de los mejores. Cuando se abrió la posibilidad de acudir a Tokio me lo tomé más en serio, cambié la preparación física y mental, la nutrición, el descanso, toda esa suma hizo que diera un salto importante”, asevera.

De luchar por estar en la cabeza del pelotón a ser número dos del ranking mundial y aspirar a todo en sus primeros Juegos Paralímpicos. “Me lo tomo con cierta calma, el trabajo realizado me ha generado confianza para afrontar este reto, que no deja ser una competición más. Quiero devolverle la confianza al seleccionador por haber apostado por mí”, dice. El taranconense se ve con opciones de presea en las tres pruebas: “En la crono puedo estar entre los tres primeros y en la ruta, que tiene un recorrido exigente, confío en desenvolverme bien para llevarme una medalla”.

El Team Relay es una de las bazas que tiene la selección de ciclismo, lleva casi cuatro años acumulando éxitos y en Tokio figura entre los favoritos junto a Italia y Estados Unidos. “Somos competitivos, un equipo compensando y con gran pundonor, transmitimos esa garra, genio y carácter que tiene el pueblo español cuando une sus fuerzas por un objetivo común. Hemos demostrado que podemos ganar a italianos y a americanos, así que aspiramos al oro”, añade García-Marquina.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Luis Miguel García-Marquina

Dani Stix, de niño del Cola Cao a ‘perro de presa’ en la cancha

Hace ocho años Dani Stix se dio a conocer tras protagonizar un ‘spot’ televisivo para Cola Cao donde se le veía practicar bicicleta de montaña, esquí o kitesurf. El eslogan de la multinacional le venía como anillo al dedo: nació con energía para disfrutar de la vida, siempre activo y con ganas de comerse el mundo. Superó un cáncer infantil congénito que le dejó parálisis en las piernas y el deporte le dio alas para sentirse libre. Lleva nueve años como jugador profesional de baloncesto en silla de ruedas, siendo una pieza importante en los éxitos del CD Ilunion y de la selección española.

“De aquel niño conservo la ilusión y la inquietud. Aunque algunos me reconocen por el anuncio, ya pasó esa época, ahora soy más maduro y tengo hasta barba”, bromea. A los ocho días de nacer con un gran bulto en la espalda, Stix recibió la primera sesión de quimioterapia. Le extirparon un riñón, se sometió a numerosas operaciones y le tuvieron que colocar una prótesis en la columna. “Los primeros años fueron continuas sesiones de fisioterapia y demasiadas visitas al hospital. Nací con un 20% de probabilidades de sobrevivir. Le debo la vida a mucha gente”, asevera.

Desde pequeño tenía claro que había nacido para el deporte. Natación, ciclismo o esquí, nada se le resistía al intrépido joven. “Era muy inquieto y pese a estar en una silla, necesitaba moverme. Mucha gente me decía que no podría hacer algunas cosas y que no sería independiente. Les he demostrado lo contrario. Antes me veían desde la pena y soltaban frases como ‘Pobre chaval, que vida complicada debe tener’. Hoy en día, aunque queda mucho por trabajar, se han roto barreras mentales, ahora nos ven desde el respeto y como a una persona más”, sostiene.

La educación que le dieron sus padres forjaron su arrojo y porfía. “Si me caía, tenía que levantarme solo. Un día mi madre me hizo saltar de la silla para recoger un chicle que tiré en la calle, tuve que arrastrarme por el suelo, cogerlo y tirarlo en una papelera. Gracias a que nunca me sobreprotegieron he podido hacer de todo. No necesito andar, me considero muy afortunado y feliz porque me dedico a lo que quiero”, recalca el madrileño, que estudia Económicas.

El baloncesto, su pasión

Con 14 años el baloncesto llamó a su puerta y, hasta la fecha, es el jugador más joven de la historia en disputar una Champions League, competición que ha ganado en una ocasión con el CD Ilunion. “Me dieron una oportunidad que conllevaba una gran responsabilidad, tenía que rendir con los mejores del mundo. Me daba igual enfrentarme a un tío más fuerte o alto, me pegaba con cualquiera. Soy un poco cabrón, he desesperado a más de uno, pero cuando un adversario se marcha enfadado conmigo es porque he hecho bien mi trabajo”, dice entre risas.

Stix lo da todo sobre el parqué, es un ‘perro de presa’, un especialista defensivo con el que siempre se puede contar para amargarle el día a la estrella del rival. Esa faceta resulta clave en los planteamientos del seleccionador nacional, Óscar Trigo. Con España debutó en 2015 y ahora, con 24 años, es el nexo entre los veteranos y los más jóvenes del equipo, siempre mostrando su versión cómica y más gamberra. “Me gusta mi rol, en el vestuario soy muy bromista y suelo hacer humor negro con nuestra situación, reírse de uno mismo y ver el lado positivo de las desgracias es la mejor forma de afrontarlas”, apunta.

El escolta confiesa que enfundarse la camiseta de la selección “es un orgullo y un honor. Representar a mi país es lo máximo a lo que puedo llegar como deportista. Cuando suena el himno español antes de un partido me emociono y saco una garra extra”. Hace dos veranos contribuyó al subcampeonato en el Europeo de Polonia y en 2016 a la plata en los Juegos Paralímpicos de Río. “Fue una sorpresa, nadie apostaba por nosotros, hicimos algo histórico e indescriptible, un sueño cumplido”, añade.

En Tokio firmaría una nueva final frente a Estados Unidos, equipo que les privó del oro en Brasil: “Quiero venganza -ríe-. Eso sí, espero que mi padre, que es estadounidense, esta vez vaya con los intereses de su hijo, porque tengo la imagen grabada de Río de Janeiro, cuando sonaba el himno norteamericano miré hacia la grada y ahí estaban él y mi hermano pequeño con la mano en el pecho”. España tendrá que lidiar en la fase de grupos con Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón.

“La favorita es Gran Bretaña, tiene el mejor equipo del mundo, pero aspiramos a todo, podemos ganar el oro. Estamos en un momento dulce, venimos de ganar la plata en el Europeo y demostramos ser una selección con un pico alto de forma. España compenetra a la perfección el talento joven con la experiencia, nos hemos ganado el derecho a confirmar que podemos competir de tú a tú con cualquier país y, a partir de ahí, nos vamos a dejar el alma para alcanzar el podio”, finaliza Dani Stix, que nunca pierde la sonrisa que le caracteriza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Dani Stix

Isabel Yinghua Hernández, la ‘bella durmiente’ que sueña despierta en el agua

Sus ojos rasgados rebelan su origen, aunque de China solo mantiene sus genes asiáticos. Isabel Yinghua Hernández tiene dibujada una sonrisa perenne en su rostro, incluso en la piscina, donde sufre a diario con sesiones espartanas, pero siempre saca su gracejo cantando sobre el agua. Es tan tranquila que sus compañeros la bautizaron con el apodo de ‘la bella durmiente’. “Me duermo en cualquier sitio, cae una bomba y no me entero”, dice entre risas. La velocista es una de las referentes de la natación española, medallista mundial y europea, y en unos días vivirá despierta el sueño de Tokio, sus terceros Juegos Paralímpicos, donde espera subir al podio que se le resiste. En los 100 mariposa S10 y en la prueba de relevo femenino están sus opciones.

Con dos años llegó a Mérida procedente de Xian, la ciudad del milenario ejército de terracota. El haber nacido niña y con una malformación hace 26 años era una mezcla que acumulaba muchas papeletas para acabar en un orfanato. A sus padres, Fernando Hernández y Maribel Santos, no les importó adoptar a una pequeña que carece de cuatro dedos de la mano izquierda. “Salvo los rasgos, me considero muy española, llegué aquí con dos años, este es mi hogar”, asevera.

Con siete años ya chapoteaba en la piscina por recomendación materna y pronto empezó a despuntar. “Hacía gimnasia rítmica, pero veía que no era lo mío, no me gustaba llevar el maillot, así que mi madre me animó a probar la natación. Me encantó desde el primer día y una semana después ya estaba compitiendo”, relata la extremeña. Pese a su bisoñez, consiguió la mínima para ir a Pekín 2008, pero solo la burocracia le privó de sus primeros Juegos Paralímpicos.

“Fue un poco duro, no me dejaron ir porque no tenía la licencia internacional para competir. Pero tenía 13 años, aunque lloré esos días, sabía que me llegarían más oportunidades”, confiesa. Desde entonces nadie ha frenado su ímpetu y vitalidad en el agua. En sus vitrinas lucen preseas europeas y también mundiales, aunque le falta por subir al podio en unos Juegos. Fue cuarta en Londres 2012 en el 4×100 libre y en Río 2016 en el 100 mariposa S10. “Tengo una espinita clavada, soy la eterna cuarta clasificada o medalla de chocolate, siempre me quedo muy cerca, pero confío en cambiar la situación”, recalca.

Desde la cita en la ciudad brasileña hasta ahora ha experimentado una metamorfosis gracias al trabajo que realiza con el grupo de Darío Carreras en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. “He cambiado mucho, he mejorado y me he convertido en una nadadora más completa. Le dedico horas a transformar mi cuerpo en el gimnasio con Paco Ocete, en el agua hago más técnica de mariposa con Carlos Salvador y también tenemos un coach para trabajar la parte mental”, explica la emeritense.

Ese cambio se ha visto reflejado esta temporada, logrando el billete para Tokio, pese a que tuvo que esperar a una de las últimas competiciones para conseguirlo. “Siempre confié en que llegaría esa mínima, la esperaba mucho antes, pero nunca tuve duda de que lograría la marca. Sentí una alegría y mucho alivio, por fin estaba rozando mis terceros Juegos”, dice. También sacó buenos resultados en el Europeo de Funchal (Portugal) en mayo con un bronce en 100 mariposa, un oro en relevo 4×100 estilos y un bronce en 4×100 libre.

“Cuando logras un éxito te das cuenta de lo difícil que es llegar. Para ser una deportista de alto rendimiento hay que dedicarle mucho tiempo y sacrificar cosas. Lo peor que llevo es separarme de mi familia y de mis amigos. Y en la competición, el aspecto psicológico te puede desgastar cuando no salen los objetivos”, subraya Isabel.

A Tokio llega cargada de ilusión y motivada. “Los afronto de forma diferente a los otros dos. A Londres fui muy joven, era una novata, mientras que a Río iba con ganas de hacerlo bien, pero me exigí demasiado y la presión jugó en mi contra. Esta vez acudo con más tranquilidad y experiencia en la mochila”, apunta la extremeña, que se declara una apasionada de la cultura nipona, hasta el punto de llevar dos años estudiando japonés: “Me encanta leer y ver anime y manga. He aprendido algunas palabras para saber desenvolverme por la Villa y por las instalaciones”.

En las pruebas de relevos, con Sarai Gascón, Núria Marquès y Teresa Perales o Marta Fernández tiene opciones de medalla. Al igual que en el 100 mariposa, su plato fuerte. Entre las rivales más duras con las que tendrá que lidiar están la australiana Jasmine Greenwood, la estadounidense Mikaela Jenkins, la italiana Alessia Scortechini, la polaca Oliwia Jablonska o las holandesas Lisa Kruger y Chantalle Zijderveld.

“Siempre que me lanzo al agua voy con mucha ambición, si no tuviese esa mentalidad no competiría. Creo en mis posibilidades y puedo luchar por esa medalla que se me resiste. En relevos las expectativas son altas, fuimos bronce en el último Mundial y hay esperanzas de hacer algo grande. Trataré de mejorar mis marcas y si no consigo estar en el podio, al menos quiero marcharme con la satisfacción de haberlo dado todo en la piscina”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Isabel Yinghua Hernández

Iván Cano, un ‘saltamontes’ sobre el foso de arena

De pequeño, Iván Cano disfrutaba a golpe de patadas sobre el tapiz, hasta que a los 14 años decidió dejar el taekwondo tras conseguir el cinturón negro. Necesitaba nuevos desafíos y en su vida se cruzó el salto de longitud, una disciplina de la que se enamoró y con la que se ha labrado un buen currículum pese a su juventud: campeón de Europa y bronce mundial. Ahora, tras la plata obtenida en el campeonato continental, el ‘saltamontes’ español afronta en Tokio el mayor reto de su carrera, sus primeros Juegos Paralímpicos, donde aspira a colarse en el podio en categoría T13 (atletas con deficiencia visual).

Nació hace 25 años con albinismo oculocutáneo, “una enfermedad congénita, en la que la mácula del ojo no se forma del todo y se queda a un 60%, y afecta a la agudeza visual lejana, no percibo objetos con cierta claridad. Esa falta de melanina también me causa una fotofobia que me obliga a llevar siempre gafas de sol, aunque me gusta”, dice. Eso no ha supuesto un obstáculo para volar sobre el foso de arena y saborear el éxito. Musculado, metódico, raudo, con muelles en las piernas y con la seriedad de la madurez, el alicantino llega a la cita de Japón en su mejor momento deportivo. En junio se llevó la plata en el Europeo de Polonia. Pero nunca se siente saciado, quiere más.

En los dos últimos años, ‘The Rock’, como así le llaman sus compañeros, se ha machacado en el gimnasio y sobre el tartán de la Ciudad Deportiva de Alicante, bajo la atenta mirada de su técnico Sergio Berbegal, que vigila cada uno de los 18 apoyos que da hacia la tabla, cada despegue, cada aterrizaje en el banco de arena húmeda. “He apurado el pico de forma para ganar en fuerza y en velocidad para la competición. Soy optimista, cada año mejoro un poco más, las lesiones me han respetado y he podido entrenar bastante bien”, asegura.

De vez en cuando recibe una master class del mito cubano Iván Pedroso -nueve veces campeón del mundo-, un ídolo al que ve cada día en un póster que adorna su habitación. “Es muy amigo de mi entrenador y siempre que viene a Alicante nos echa un cable, me ha ayudado con la técnica y me da consejos. Es un lujo aprender del mejor saltador de todos los tiempos y del grupo al que entrena, con Yulimar Rojas y Ana Peleteiro, entre otras atletas”, confiesa este ingeniero de telecomunicaciones.

En su palmarés destacan la plata del Mundial de Doha en 2015, los dos oros europeos en 2016 y 2018, una plata continental en 2021 y el bronce en el Campeonato del Mundo de Dubai en 2019, donde dejó su marca personal en 7.04 metros, pero él se ve capacitado para batirla. “Tengo margen de mejora y sé que puedo superarla. Si lo consigo, tendré muchas opciones de subir al podio”, recalca Cano, quien asegura que, para ser un buen saltador, “es crucial estar preparado mentalmente. La cabeza es un 70%, saber competir es más importante que entrenar. Suelo estar relajado, los nervios existen, pero sé domarlos y llevarlos a mi terreno para mantenerme activo”.

Esta temporada alcanzó los 6.90 metros para llevarse la plata en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia): “Era la primera competición internacional después de mucho tiempo y me vi en forma a pesar de luchar con las condiciones externas, el viento en contra nos afectó. Fue una toma de contacto para probarme y acabé satisfecho porque saqué medalla y me quedé cerca de mi marca. Espero seguir en esa buena dinámica y hacer el mejor salto de mi vida en Tokio”.

En unos días vivirá sus primeros Juegos Paralímpicos, los cuales afronta con bastante ilusión. “Sé que serán los más extraños de todos por la pandemia de coronavirus, estaremos en una burbuja y el contacto con otros deportistas será mínimo, pero para mí son especiales y quiero disfrutarlos al máximo y compartir buenos momentos con mis compañeros. Hay que dar las gracias porque, al menos, se van a celebrar. Competir en una cita de esta magnitud es algo mágico”, indica.

El alicantino es consciente de que las medallas “están caras, pero es el objetivo primordial y marcado después de tantos años de esfuerzo, lo daré todo en cada vuelo para lograr un buen resultado. El nivel ha aumentado y hay más rivalidad. No sé cómo están algunos de mis contrincantes porque este año se han reservado para ir de tapados, peor la pugna estará entre el uzbeko -Bekjon Chevarov-, el estadounidense -Isaac Jean Paul-, el sueco -Per Jonsson-, el británico -Zak Skinner- y yo. Llego con los deberes hechos, confiado y motivado para meterles el miedo en el cuerpo a los favoritos. Espero hacer un concurso regular, soy ambicioso y voy a por una medalla”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Iván Cano

Alba García Falagán, esprines que vencen a la ceguera

Aún se encuentra en pleno proceso de formación, pero el ritmo vertiginoso con el que supera plazos y récords permite no permanecer ajenos a la poderosa irrupción de Alba García Falagán en el atletismo español para ciegos. Es una de las abanderadas de la nueva generación y está llamada a alcanzar cotas muy grandes por su talento y por sus fabulosas cualidades físicas. Plata en 100 metros y bronce en 200 en el Europeo, encara en Tokio sus primeros Juegos Paralímpicos dispuesta a dar el estirón.

“El trabajo está saliendo, pero no puedo quedarme con lo que he logrado, recién estoy empezando y esto requiere tiempo, tengo que seguir entrenando y mejorando”, proclama con la madurez de quien ya ha superado obstáculos. El primero, cuando con cuatro meses le diagnosticaron amaurosis congénita de Leber, una enfermedad genética bastante rara que afecta a la retina, reduciendo su visión a un 1,5%. “De día lo que ve una persona a 100 metros yo lo veo a un metro, apenas distingo bultos de cerca. Y de noche lo veo todo negro”, explica.

La joven de Alcalá de Henares (Madrid) creció como una más entre sus amigos, “mis padres nunca me sobreprotegieron porque estarían engañándome ya que el mundo real no es tu casa, tienes que salir fuera e interactuar con más personas, así que no puedes crear ninguna dependencia”. Alba siempre estuvo vinculada al deporte, comenzó con la natación, pero no le acabó de convencer. “No se me daba mal, aunque no me enganchó, y encima, siempre quedaba cuarta en las competiciones”, dice riendo. Con 10 años, su profesor de educación física le dirigió a un grupo multideportivo de la ONCE y se enamoró del tartán.

“Fue un flechazo, el atletismo me dio esa libertad que no siento en mi día a día en la calle. Cuando corro solo pienso en disfrutar, en sentir el viento en la cara y en cruzar la meta. Me hace feliz”, asegura. En sus inicios probó todas las pruebas posibles, “incluso lanzamiento de peso siendo una canija”, bromea. Pero se especializó en la velocidad, en 100 y en 200 metros lisos. En su debut internacional en el Grand Prix de Berlín en 2016 se llevó una plata y al año siguiente en el mismo escenario alemán se quedó a las puertas del podio en su primer Europeo absoluto tras ser cuarta en sus dos pruebas.

Oro mundial sub 20, un punto de inflexión

Su explosión llegó en 2019 en el Mundial de Nottwil (Suiza) al conquistar el oro en 100 y el bronce en 200 en categoría sub 20. “Ese fue el punto de inflexión en mi carrera, el fruto a tantos años de trabajo, ahí me di cuenta de lo que era capaz de conseguir si continuaba esforzándome y apostando fuerte por el atletismo”, añade. Ese sacrificio y talento, unido a la capacidad de mejora extraordinaria por edad y potencial, también le recompensaron en junio en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia) con una plata en 100 y un bronce en 200 clase T12.

Éxitos que comparte con su otra mitad en la pista, su guía Jonathan Orozco, con quien esprinta desde hace apenas un año. El de San Martín de la Vega (Madrid), que lleva varias temporadas copando podios en campeonatos máster, ofreció sus servicios a la Federación Española de Deportes para Ciegos cuando conoció a Pedro Maroto, director técnico. “Quería echar una mano, en alguna competición había coincidido con atletas invidentes y me sorprendió esa pasión, entrega y espíritu de lucha que contagian. En febrero del 2020 empezamos juntos, llevábamos cuatro entrenos y en nuestro debut en el Meeting de Madrid batió el récord de 60 metros sub 20 -8.26 segundos-. Ahí empezó el vínculo especial que tenemos”, cuenta.

La pandemia de la Covid-19 frenó esa puesta en escena y no volvieron a retomar su función hasta septiembre. Desde entonces fueron acoplándose, puliendo detalles y sacando el máximo jugo a cada zancada y braceo. “Conectamos desde el minuto uno tanto dentro como fuera de la pista, aprendió rápido a leer mi carrera y a saber cómo estoy en cada momento. Correr con guía suponen muchas horas de preparación para coordinarnos, da una confianza tremenda saber que la persona que va atada a ti no va a dejar que te caigas o te tuerzas”, explica la madrileña.

“Es muy distinto y una gran responsabilidad correr con una atleta de élite que se juega sus objetivos. Cuando eres guía no existe margen de error, debo interpretar sus sensaciones, ser capaz de ir a su lado sin que ella se entere de que estoy ahí y controlar cada paso ya que no puedo ir por delante porque sería motivo de descalificación. Llevamos poco tiempo y nos hemos adaptado muy bien. Alba me está enseñando mucho, es una todoterreno, el no puedo no existe en su vocabulario, siempre predispuesta a intentar cada reto o cambio que le propongo”, tercia Orozco.

Ligados por una cuerda, ambos confían en volar sobre el tartán del estadio olímpico de Tokio. Alba se estrena en una cita paralímpica atípica para seguir aprendiendo, pero sin renunciar a nada. Humilde y osada, ve esta cita con la emoción de aquella niña que empezaba a corretear en el Centro de Recursos Educativos de la ONCE. “Soy sincera, estar en Japón ha sido una sorpresa, no acabo de asimilarlo porque mi objetivo era París 2024, ahí podré aspirar a medallas, pero lo afronto con mucha ilusión y con ganas de competir”, comenta. Su ‘lazarillo’ también se expresa en la misma línea: “Lo pienso y se me pone la piel de gallina. Cuando me comunicaron que estaba en la lista, lo primero que hice fue agarrarme a mi mujer y a mis hijas y llorar como un niño pequeño. Estamos disfrutando del camino y queremos saborear cada segundo allí”.

La joven atleta admite que aún se encuentra en un periodo de aprendizaje, pero una vez en los Juegos toca soñar. “Es una experiencia única que espero aprovechar para crecer. Llego fuerte, motivada y en un buen nivel de forma. Correr en un estadio tan grande impone, pero el que no haya público ayudará a rebajar la presión. Pelearé por dejarme la piel en cada zancada, quedar lo más arriba posible e irme con la sensación de haberlo dado todo. Ser finalista, llevarme un diploma y batir mis marcas personales (12.60 en 100 metros y 26.18 segundos en 200) sería un gran resultado. Y si cae una medalla, ni te cuento”, remata con una sonrisa.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Alba García Falagán

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jonathan Orozco

José Antonio Marí, la persistencia de un currante de la natación

Forjado a base de brazadas de rigor, disciplina, sacrificio, constancia y trabajo, José Antonio Marí ha esculpido un currículum admirable en la natación, ese deporte que le ha reportado muchos éxitos y, en ocasiones, también le ha dejado alguna frustración. Asiduo a podios europeos y mundiales desde hace más de una década, a sus 32 años afronta con ilusión y motivación sus cuartos Juegos Paralímpicos. El valenciano, un currante de la piscina, siempre ha mostrado firmeza, convicción y resiliencia para derribar obstáculos y rebelarse ante cualquier adversidad.

Es algo que lleva haciendo desde recién nacido, cuando tuvo que lidiar con un cáncer en el sistema nervioso, “uno de los más complicados y con pocas probabilidades de sobrevivir”, dice. Aquello le afectó a la médula, donde sufrió un neuroblastoma y la peor parte de las secuelas se las llevó su pierna izquierda, en la que tiene una limitación funcional, aunque también tiene afectada la derecha y la zona lumbar. “Aprendí a vivir con ello, me manejo bien, tengo dificultades para desplazarme o estar de pie, ya que apoyo la mayor parte del peso en una sola pierna, pero estoy acostumbrado”, explica.

Con cuatro años acudía a cursillos de natación por recomendación médica y con el paso de los años se lo tomó más en serio e iba a la piscina de Riba-Roja del Turia cinco días a la semana. “Prefería jugar al fútbol, pero debido a mi discapacidad, tarde o temprano tenía que quitarme esa idea de la cabeza. Al encontrarme en otro medio como es el agua, no tengo los problemas de desplazamiento que puedo tener al caminar, por lo que me gustaba mucho”, cuenta. Su entrega, arrojo y persistencia empezaron a verse recompensados con medallas en europeos y en mundiales, también con su debut en unos Juegos Paralímpicos, en Pekín 2008.

“Los recuerdo con mucha alegría, fue una gran ilusión poder competir allí. Hasta el momento, para mí han sido los mejores con diferencia”, asevera. En los Juegos de Londres 2012 saboreó la presea más dulce de su trayectoria, un bronce en 50 metros libre S9. “Hay varias importantes, como los dos oros europeos en Berlín 2011 o las dos platas mundiales en Canadá 2013, pero la de Londres fue especial. Lo viví con mucha intensidad, participé en otras tres pruebas y quedé en cuarta posición. Merecí más”, apunta.

Cuatro años después, en Río de Janeiro 2016 volvió a rozar en dos ocasiones los metales. “Nunca he tenido la suerte de ser el que gane las medallas por pocas centésimas de segundo, siempre me ha tocado la parte amarga del cuarto puesto y encima acariciándolas, pero el deporte es lo que tiene, todos queremos lo mismo y sólo hay sitio en lo más alto para tres”, subraya. Aunque su peor momento como nadador lo vivió en 2015 tras perderse el Mundial de Glasgow por un accidente doméstico con un cuchillo a falta de tres días para viajar.

“Ese año había nadado rápido e iba primero en el ranking. Fue bastante duro cuando desde la grada vi que en mi prueba el oro se había ganado con más tiempo del que yo había conseguido hacer durante mitad de la temporada. Pude ser campeón del mundo y no lo logré. A veces hay oportunidades que sólo pasan una vez y esa fue una de ellas”, lamenta. Pero si por algo se caracteriza el valenciano es porque nunca se da por vencido y por la tremenda intensidad con la que se entrena para continuar en la élite después de tantos años.

“Me encanta lo que hago, la natación es mi pasión, llevo más de media vida en la piscina y no se me ocurre otra manera de vivir. Lo fácil es llegar, lo complicado es mantenerse. Lo que me motiva es ver que sigo ahí con el paso de los años”, comenta. Otro de sus principales acicates es tener a su lado a Sarai Gascón, una de las mejores nadadoras del mundo con la que comparte entrenamientos y proyecto de vida. “Admiro su competitividad, una vez que se tira al agua se transforma y siempre da su mejor versión, da igual como esté o cómo haya llegado”, añade este futuro psicólogo, cuyos estudios le han ayudado a no obsesionarse ni a ponerse el listón tan alto en los campeonatos.

Esta temporada se quedó sin entrenador a poco más de cinco meses para Tokio, “fue un palo muy duro”, pero ahí estaba Jaume Marcé, quien lo pulió durante siete años, para volver a sacar su mejor rendimiento. “Fue un cambio radical, pero muy acertado, tenemos buen feeling. Le estoy muy agradecido por volver a estar bajo sus órdenes y junto con el equipo de entrenamiento”, dice.

En unos días disputará sus cuartos Juegos Paralímpicos: “Me veo en un buen estado de forma, puedo hacer un buen papel en los Juegos. Mi objetivo es hacer marca personal y con ello el récord de España en los 100 mariposa, es la prueba en la que más opciones tengo y también en los 4×100 metros estilos -ganó el bronce europeo en mayo-, en la que también nadaré la posta de la mariposa, por lo que he centrado al máximo mis entrenamientos en este estilo. Aun así, las medallas estarán muy complicadas, habrá que plasmar el trabajo realizado y hacer mejor marca y si con eso tengo premio pues sería increíble”, concluye.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a José Antonio Marí

Izaskun Osés, fuerza, garra y ardor guerrero sobre el tartán

“No puedes cambiar la dirección del viento, pero siempre puedes ajustar las velas para alcanzar tu destino”. Esta cita del actor James Dean encaja con la forma en la que Izaskun Osés superó una circunstancia adversa para transformar un duro golpe en una oportunidad. Con 33 años dejó su puesto como enfermera cuando se agravó su patología visual. No perdió el tiempo en lamentos y con las zapatillas de correr alivió la oscuridad de sus ojos. Con fuerza, coraje, determinación y ardor guerrero en cada zancada capeó el temporal hasta alcanzar el éxito en el atletismo.

Subcampeona de Europa y bronce en 1.500 metros en Río de Janeiro 2016, la navarra aterriza en los Juegos de Tokio con la convicción de pelear por una nueva medalla. Ya subió al altar paralímpico hace cinco años en el estadio de Maracaná, cuando llevaba muy poco tiempo corriendo sobre el tartán. Sufría miopía magna y un glaucoma, cóctel explosivo que le hizo perder visión poco a poco. “Nunca había visto más del 50%”, confiesa. Eso no fue óbice para brillar en el tatami, siendo dos veces campeona de España en taekwondo en -55 kilos.

“También participé en pruebas internacionales con la selección, pero tuve que dejarlo porque me lesioné la muñeca y el tobillo y porque estaba estudiando en la universidad”, relata. A finales de 2015 se vio obligada a dejar su trabajo en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Navarra porque ya no veía las cosas con nitidez. “Llegó un día en el que me costaba ver los papeles para llamar a los pacientes o reconocer incluso a mis compañeros. No fue una sorpresa porque ya me lo olía, sabía que mi futuro como enfermera no llegaría muy lejos. Me quedó un 5% en el derecho y un 15% en el izquierdo, aunque va a peor”, dice.

Optimista por naturaleza, se agarró al atletismo, deporte que había empezado a practicar ocho años atrás en el club Hiru Herri con carreras populares y de cross. “Daniel Zudaire, mi marido ahora, era velocista y me animó a probar la pista y me encantó. Me arrepiento de no haberlo hecho antes”, asegura. Cuando se agravó su problema visual quedaban pocos meses para los Juegos de Río de Janeiro, que se convirtieron en la motivación necesaria para no pensar en lo que le había ocurrido.

“Estaba de bajón, tan joven y ya jubilada, pero no quería encerrarme en casa y supe reconducir mi vida a través del deporte. Río 2016 fue el motor que me hizo levantar el vuelo. Vi una noticia del atleta Gustavo Nieves que se había clasificado para ir a Brasil, contacté con él y llegué hasta Pedro Maroto, seleccionador nacional, que me dijo que me afiliara a la ONCE. Estaba muy ilusionada porque la mínima que pedían la veía muy fácil”, cuenta. De hecho, la hizo varias veces, aunque no se la dieron por válida hasta el Europeo de Grosseto (Italia), donde logró un doblete de plata en 800 y en 1.500 metros T13.

Bronce en Río de Janeiro con una lesión

De ahí puso rumbo a Río de Janeiro y en su debut en unos Juegos alcanzó el bronce en el ‘milqui’ pese a estar lesionada. “Tenía una fractura por estrés en el pie, me infiltraron y pude disfrutar de las dos carreras en un escenario emblemático y con tanto público. Fue mágico, se decidió en los últimos 100 metros. Me costó mucho esfuerzo, todo salió redondo, una experiencia única, lo mejor que te puede pasar como deportista”, explica la atleta del Grupompleo Pamplona Atlético.

A su regreso a casa continuó con su preparación, no le frenó ni la lesión ni su embarazo. Al mes de nacer su hijo Iker ya estaba de nuevo en la pista, aunque conciliar la maternidad con los entrenamientos no fue tarea sencilla. “Eso es una utopía, tras ser madre a las deportistas nos exigen volver a rendir pronto y a sacar resultados si quieres mantener la beca económica. Fue difícil organizarnos porque el pequeño estuvo 20 meses con lactancia materna, así que me lo llevaba a los entrenos y a las competiciones, y con mi marido pidiendo vacaciones o reducción de jornada laboral para acompañarme, si no habría sido imposible”, lamenta.

Pese a los obstáculos, la navarra regresó a las pistas con una plata en el Europeo de Berlín en 2018. Y al año siguiente, otra espina en el camino, una mononucleosis le impidió rendir al máximo nivel en su primer Mundial y acabó octava en Dubai. “Y cuando me estoy recuperando llega el confinamiento por la pandemia de la Covid-19. Aunque se aplazaron los Juegos, me agobié mucho porque tenía que hacer la mínima. A nivel psicológico me costó, llegué a cogerle miedo al 1.500, salía a competir y me paraba por la presión y exigencia. A base de superar disgustos y de seguir insistiendo rompí esa barrera”, subraya.

La recompensa a su resiliencia le llegó en junio en Bydgoszcz (Polonia) con una plata europea y la mínima B para los Juegos Paralímpicos con 4:40.49. “Sabía que podía conseguirlo, pero necesitaba desbloquearme y una vez lo hice disfruté corriendo. Me quitaba un gran peso de encima y lograba otro podio continental”, añade. Una presea que colgó sobre el cuello de su hijo Iker nada más llegar a casa: “Ya es consciente de que mamá corre y se lo cuenta a sus amigos en el colegio. Para Tokio tendrá que verme por televisión, es lo más duro para mí, separarme de él un mes. Espero poder llevarle una medalla paralímpica”.

En Tokio afronta un reto mayúsculo porque en las casi cuatro vueltas al óvalo del estadio nipón tendrá que lidiar con rivales como la irlandesa Greta Streimikyte, la tunecina Somaya Bousaid, la etíope Tigist Menigstu o la marroquí Fatima El Indrissi. “Después de todo lo que me ha pasado durante este ciclo, ya es un premio estar con las mejores. Llego súper bien físicamente, tengo 37 años y no sé si podré repetir en unos Juegos, así que voy con muchas ganas y a darlo todo hasta que mi cuerpo no pueda más. Estará caro pasar a la final, dependerá del sorteo de semifinales que me toque, pero sueño con la medalla, habrá que tirar de estrategia y cabeza fría para dar la sorpresa”, sentencia.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Izaskun Osés

El multidisciplinar Javier Reja, del Guadalquivir a la bahía de Tokio

La Torre del Oro, el Castillo de San Jorge o los puentes de Triana, Las Delicias, San Telmo y la Barqueta vigilan sus pasos cuando surca el río. Bajo cielos azules y algodonados que cubren sus aguas mansas y serpenteantes se forja Javier Reja, un deportista multidisciplinar que a golpe de paladas se ha erigido en un coloso del piragüismo y del remo, sabiendo transformar los obstáculos de la vida en oportunidades para brillar. Tras devorar innumerables kilómetros por la dársena del Guadalquivir, su centro de operaciones, el sevillano llega a la bahía de Tokio dispuesto a plantar batalla como remero, en los que serán sus segundos Juegos Paralímpicos.

Hace cinco años estuvo en la cita de Río de Janeiro 2016 a los mandos del kayak, al que se agarró poco después del accidente de tráfico que cambió su rumbo en 2006. “Un día iba en moto por la carretera del antiguo aeropuerto de Sevilla y al adelantar a un tractor pisé gravilla y la rueda delantera se me fue, con tan mala suerte que choqué contra la única casa que había en la zona. Salí rebotado y acabé atrapado entre un árbol y el motor”, relata. Aquel golpe le cercenó en el acto la pierna derecha, mientras que la izquierda, que pendía de un hilo, pudo salvarla tras varias operaciones.

“La cadera quedó dañada, tuve lesiones en la espalda y se me quedó pie equino. Pasé 14 días en la UVI y dos meses ingresado. Fue un palo porque tenía la vida encauzada, trabajaba como mecánico en Renault y me encantaba hacer deporte a nivel amateur, sobre todo, los de riesgo como escalada, enduro en campo abierto o surf”, cuenta. El apoyo de su familia y amigos y su forma de ser le ayudaron a pasar rápido el duelo. “Podría haber sido peor, así que decidí afrontarlo con positividad y alegría. Ya desde el hospital bromeaba sobre mi discapacidad, con humor negro o cojo, como yo digo, hacía reír a mi gente”, asegura.

Por recomendación médica comenzó a nadar y en la piscina evolucionó hasta lograr medallas en campeonatos de España. Después se sumergió en otras modalidades como halterofilia, triatlón y ciclismo, ganando varias preseas nacionales con su handbike. Hasta que en 2011 tuvo un flechazo con el piragüismo cuando paseaba por la orilla del Guadalquivir. “La única pala que había tocado en mi vida era la de la cuchara para comer”, confiesa con ese gracejo que lleva en el ADN.

“Era una asignatura pendiente, teniendo al lado de casa una de las láminas de agua más espectaculares de Europa, al final era inevitable no adentrarse en el deporte acuático. Me enamoró desde el primer día porque sentía que los límites me los ponía yo. Se convirtió en un salvavidas, en mi refugio para superar una situación traumática”, prosigue. El Club Náutico de Sevilla le abrió las puertas y con apenas un año de entrenamientos ganó una plata en el Europeo de Portugal y conquistó el oro en el Mundial de Duisburgo (Alemania) en 2013. “Era un novato y di la sorpresa. Subir a lo más alto del podio con la bandera y el himno español ha sido de los mejores momentos de mi carrera”, recalca.

Con la canoa luce en su palmarés cuatro metales mundiales y otros cuatro continentales. Sin embargo, con ella no pudo navegar en Río de Janeiro en el debut del piragüismo en los Juegos Paralímpicos y se vio obligado a reinventarse con el kayak, una especialidad que no se le daba bien. “Trabajé a contracorriente, la adaptación me costó mucho por la discapacidad que tengo ya que el movimiento implica meter más la cadera. La lástima es que con la canoa peleaba por ganar medallas y en el kayak apenas sobrevivía. Quedé décimo, pero solo con la clasificación ya me podía dar con un canto en los dientes, estar en unos Juegos es lo máximo a lo que aspira un deportista”, afirma.

A su vuelta de Brasil, Reja, al que le cuesta decir que no cuando le animan a practicar un deporte, se embarcó en otra aventura: el remo. “En el club me comentaron que en Sevilla se iba a celebrar el Campeonato de España y como soy tan lanzado, no me lo pensé, me presenté con apenas unas sesiones de entrenos y gané”, explica. El sevillano decidió volcarse en esta disciplina, a la que vio como una opción compatible con el piragüismo y una vía más para llegar a los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. “Si los nadadores se tiran a la piscina para nadar estilos muy dispares, ¿por qué yo no podría tener varias opciones en el agua? Bien es cierto que nada tienen que ver los 200 metros al sprint con los 2.000 metros remando, pero se complementan y me hacen mejor”, asegura.

Venía de sufrir dos operaciones en los codos por epicondilitis y el remo le vino como traje a medida. “En la cadera tengo una placa de metal con diez tornillos y una artrosis bastante severa que me impide hacer entrenamientos de alta intensidad. En la piragua se intenta alargar la palada para coger el agua lo más adelante posible y ahí es donde salgo en desventaja por los dolores. Mientras que, en remo, al ir en un asiento fijo amarrado en pecho, cintura y piernas, no utilizo el tronco y tiro más de dorsal y de bíceps”, comenta.

En abril tuvo su bautismo internacional en Varese (Italia), donde llegó, vio y venció en la regata europea clasificatoria para Tokio. Se impuso en categoría PR1 M1x a rivales más experimentados para llevarse el único billete disponible para la cita japonesa y luego acabó entre los seis mejores en el Europeo. En unos días se convertirá en el segundo remero español en disputar unos Juegos Paralímpicos, uniéndose al asturiano Juan Pablo Barcia, actualmente coordinador nacional de remo adaptado y que estuvo en Pekín 2008 y en Londres 2012. “Es el comandante del equipo, me ha ayudado bastante en temas de posicionamiento, técnica y reglaje, él me está guiando, es un privilegio contar con sus conocimientos”, apunta.

Casi hace historia ya que en mayo en la Copa del Mundo de Szeged (Hungría) rozó también su pasaporte para Tokio en piragüismo, quedándose a dos segundos de esa plaza. “Era un reto difícil el que nos planteamos al inicio de la temporada, el derroche físico fue brutal y no pudo ser, pero lo di todo”, insiste. Llega a sus segundos Juegos Paralímpicos henchido de motivación y con la idea de subir al podio en skiff de remo. “El ucraniano Roman Polianskyi está un escalón por encima y es favorito al oro, pero puedo pelear por la plata o el bronce con el resto. En la bahía de Tokio voy a dar guerra, veo asequible sacar una medalla, sería el colofón perfecto”, sentencia Javier Reja, un polivalente deportista que rezuma optimismo, alegría y confianza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Javier Reja

Íñigo Llopis, resiliencia y fortaleza mental en el agua

De rebote y de forma imprevista lo reclutaron para ir a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016 tras la sanción por antidopaje a Rusia. El sueño de Íñigo Llopis se trocó en realidad en Brasil, aunque poco después empezó a vivir un calvario que le tuvo casi dos años en el dique seco por una grave lesión. “Casi me amputan la pierna derecha y no sabía si volvería a nadar”, confiesa. El donostiarra no claudicó, con su bárbara capacidad de resiliencia, fortaleza mental y perseverancia regresó a la piscina como un titán. Tras ganar siete medallas europeas y un bronce mundial en las últimas temporadas, llega a Tokio con la mochila cargada de optimismo y ambición para afrontar sus segundos Juegos.

Desde niño su pasión era el fútbol, jugaba en el equipo de su colegio en San Sebastián como portero, siguiendo los pasos de su padre, Luis, entrenador de guardametas de Real Sociedad y Real Madrid. Hasta que un día se rompió la pierna en la que tiene una malformación tras caerle un jugador encima. “Nací con el fémur más corto, mi brazo derecho también es más pequeño y solo tengo dos dedos”, aclara. Tuvo que dejar la pelota y a los 10 años probó la natación por recomendación médica como rehabilitación.

“Al principio no me hacía gracia nadar, pero hice caso a mis padres, solo iba con la idea de mejorar mi movilidad y recuperarme. Un día competí en un campeonato de España de escuelas y me gustó. Comencé a tomármelo más en serio, me enganchó y no he vuelto a salir del agua”, relata el deportista de 22 años, cuyo talento ya se intuía cuando se forjaba en el club Konporta al lado de Richard Oribe, el nadador con parálisis cerebral más laureado de la historia y un espejo en el que se mira Llopis.

“Ha sido alguien muy importante en mi crecimiento, desde pequeño ha sido mi referente, un ejemplo para los más jóvenes, siempre dispuesto a enseñarnos cosas para mejorar. Ojalá pueda lograr la mitad de lo que él consiguió”, recalca este trabajador nato que posee una disciplina espartana cuando se lanza a la piscina. Con estas virtudes se ha convertido en uno de los mejores en la categoría S8, aunque ha tenido que sortear muchos obstáculos en su carrera para saborear el éxito.

“Como pasé tantas veces por quirófano por culpa de la pierna afectada, no se me quedó bien y la rótula se desplazó hacia fuera, tenía el cartílago muy dañado. Probamos con varios tipos de tratamientos, como infiltraciones y una artroscopia, pero estuve más de una temporada sin entrenar, el dolor era insoportable y estaba muy desanimado. Al final optamos por la opción más agresiva, con una operación le dimos la vuelta a la situación y otra vez al agua”, explica.

La evolución física y técnica llegó en las instalaciones del Centro de Alto Rendimiento de Madrid a las órdenes de Darío Carreras, Paco Ocete y Carlos Salvador. Regresó a la competición y se reivindicó con sus primeras medallas internacionales, cinco metales (un oro, dos platas y dos bronces) en el Europeo de Dublín en 2018, un bronce mundial en Londres en 2019 y en mayo de este año oro en 100 espalda y bronce en 400 libre en el campeonato continental en Funchal. “Es un luchador, un nadador muy fuerte de cabeza, un animal que se entrega al 100% en cada entrenamiento. Es un chico de presente y con mucho futuro”, analiza Carreras, que le estuvo puliendo en la capital madrileña antes de su regreso a San Sebastián durante la pandemia de coronavirus.

En casa, con Isaac Pousada, su entrenador de siempre, ha dado un salto cualitativo que se ha visto reflejado en el agua. “Estoy muy contento porque se están dando buenos resultados, no solo por las medallas, también por las marcas. Me veo muy bien, sobre todo, en 100 espalda después de hacer 1:06.09. Eso me da un empujoncito para Tokio, donde a ver si consigo hacer 1:05, que sería muy buena señal”, comenta el donostiarra, que se considera algo supersticioso y le acompaña siempre un colgante en forma de tabla de surf que le regaló Keylor Navas, ex portero del Real Madrid: “Es un collar de Costa Rica, me da suerte”.

En unos días vivirá en Tokio sus segundos Juegos Paralímpicos, a los que llega más rodado y con madurez. Los de Río de Janeiro le llegaron por sorpresa cuando ya había desconectado de la natación y se encontraba de vacaciones. “Aquello fue un premio inesperado. Ahora lo afronto con más ilusión, tengo más experiencia en campeonatos internacionales y me lo tomo de otra forma, no iré tan relajado como en Brasil. El 100 espalda y el 400 libre son mis pruebas fuertes, donde más cómodo me siento y puedo rendir a un nivel mayor. Voy a darlo todo y a conseguir medalla”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Íñigo Llopis

Cruz Ruiz, una longeva artesana del baloncesto en silla

“Nunca es demasiado tarde para ser quien quieres ser. No hay límite en el tiempo”, dice Brad Pitt en el personaje de Benjamin Button. Una frase que encaja con Cruz Ruiz, cuyo extraño caso de longevidad le ha llevado a ser internacional con 56 años. La cántabra, la deportista más veterana en la División de Honor de baloncesto en silla de ruedas, redebutará con la selección española. Y lo hará en un escenario mágico: los Juegos Paralímpicos de Tokio. Vistió la elástica roja por última vez en 2015 y ya no esperaba que el tren parase en su estación. Hasta que Abraham Carrión le sacó un billete entre las 12 elegidas para la cita en Japón.

“Es extraño a estas alturas, una sorpresa, pero estoy feliz por volver, disfruto el momento. Tenía claro que si me llamaban no podía decir que no”, afirma. Continúa exprimiendo en el Servigest Burgos una carrera que comenzó en 1997 y en la que ha recogido recompensas a una edad en la que muchas ya están retiradas. Aún le queda gasolina y parece que la eterna juventud le acompaña. “Mientras el cuerpo aguante, seguiré dando caña. No hay secretos, me cuido bien y listo. A veces no salen las cosas como una desea, pero cada día me levanto pensando que tengo una oportunidad para hacer cosas nuevas y aprender”, explica.

La primera vez que agarró un balón fue en el pabellón del Centro de Recuperación de Personas con Discapacidad Física en Salamanca. Acababa de llegar procedente de Madrid, donde estudió Joyería, una de sus pasiones. “Se me daba muy bien la artesanía pese a tener dos o tres dedos en cada mano. Aunque no pude dedicarme a ello, solo estuve un par de meses en una fábrica siendo la única mujer hasta que un inspector me mandó para casa”, cuenta Cruz, que nació en Reinosa (Cantabria) con agenesia congénita, “tengo acortamiento en las piernas por la falta de huesos”.

Creció en Santander jugando al fútbol o al béisbol en la calle como una niña más entre sus amigos, y no fue hasta los 25 años cuando conoció el baloncesto en la ciudad salmantina. “Era la primera vez que me montaba en una silla, que parecían tanques de lo pesadas y robustas que eran. Regresé a mi tierra natal y jugué en el CD Valle de Camargo, pero al año siguiente me mudé a un pueblo de Burgos y ya no regresé a una cancha hasta seis años después porque no tenía coche para desplazarme”, relata.

Fichó por el Servigest, club burgalés en el que lleva 22 temporadas jugando en distintas categorías. “Hemos sido un equipo ascensor, pero ahora nos estamos asentando entre los mejores. Este año he podido disfrutar en División de Honor, he ganado en seguridad en mí misma, me siento muy querida y respetada”, apunta. Algo que no siempre fue así, ya que no lo tuvo fácil en sus inicios: “Algunos no veían bien lo de compartir pista con una mujer, apenas me dejaban hacer nada, pero a base de insistencia y bajo el espíritu de las contrariedades fui creciendo y haciéndome fuerte en un ambiente de hombres”.

Su experiencia con la selección

También fue partícipe en el renacimiento de la selección española femenina de la mano de Juan Bedia en 2003, debutando en el Europeo de Hamburgo (Alemania). “A partir de ahí las chicas decidimos que no podíamos dejar que la puerta se cerrara otra vez y se olvidaran de nosotras. Pero pasamos penurias, teníamos poco apoyo económico y encima, a veces gente de la federación nos echaba en cara que nos estábamos gastando el dinero del equipo masculino. Tuvimos que tragar mucho, nos movilizábamos por nuestra cuenta y hacíamos concentraciones en casas de jugadoras, con viajes pagados de nuestros bolsillos para jugar amistosos por España”, lamenta.

Después de disputar varios torneos internacionales, en el Europeo de Worcester (Gran Bretaña) 2015 dijo adiós a la selección. “Mis compañeras me firmaron una camiseta de despedida. Ya tenía una edad, mis padres se hacían mayores y no podía centrarme solo en el baloncesto. Pero parece que tengo mucha estrella y por sorpresa me llega esta oportunidad que no podía rechazar. Antes de la pandemia, Abraham me mandó un audio por Whatsapp y me dijo si quería probar con el equipo. Lo primero que pensé fue: ‘Manda huevos, a mi edad’. Pero yo que me pico enseguida, acepté la propuesta y aquí estoy, rumbo a Tokio”, subraya.

“Es la más veterana del grupo, no por internacionalidades, pero sí por edad, tiene un valor incalculable que siga practicando deporte en la máxima división de España y en la selección. Estamos muy contentos de tener a una jugadora con carácter y un sacrificio enorme, siempre predispuesta a aprender y a superarse, un ejemplo en el que mirarse, solo piensa en ayudar al equipo y eso es lo que nos gusta de ella”, menciona el técnico nacional. La cántabra es consciente de que no todo deportista tiene la posibilidad de vivir unos Juegos Paralímpicos, la guinda al pastel de su carrera.

“Estoy flotando, ha vuelto a aparecer esa ilusión que tenía soterrada, estoy muy contenta, sobre todo, por los que me rodean y me animan a continuar. Lo único malo es que vamos a estar confinados en la Villa, así que me llevo un baúl de pasatiempos”, dice riendo. Cruz espera aportar su experiencia y su granito de arena en la vuelta de España a unos Juegos 29 años después. “En la cancha soy una mosca cojonera o una perra de presa, soy intensa y siempre salgo a darlo todo. Las chicas están muy motivadas y fuertes, nos vamos a enfrentar a países muy potentes, pero no vamos de vacaciones, hemos trabajado duro para plantarles cara a las mejores, con mente fría y corazón caliente podemos dar alguna sorpresa”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Cruz Ruiz

Adrián Castaño, el triunfo de la voluntad con una pala

Adrián Castaño todavía se pellizca. Han pasado un par de meses desde que consiguiera en Szeged (Hungría) el billete para Tokio, sus primeros Juegos Paralímpicos, y aún sigue en una nube. Le ha costado mucho sudor, esfuerzo y alguna que otra lágrima, pero su porfía ante la adversidad y entrega para sacarle todo el juego a los intensos entrenamientos tuvieron su recompensa. El suyo es el triunfo de la voluntad a golpe de paladas. Con el kayak surca las pistas trazando la estela de su resiliencia, esa capacidad para levantarse y sortear cualquier obstáculo.

Al poco de nacer les dijeron a sus padres que su hijo nunca caminaría, que la silla de ruedas sería su fiel compañera. El motivo, una artrogriposis múltiple congénita que padece, dolencia que afecta a las extremidades superiores e inferiores y que limita el movimiento articular. Aquellos médicos no conocían el espíritu de superación y la tenacidad de Adrián. “Tengo una movilidad reducida en brazos y en piernas que me impide hacer ciertas cosas, pero con 26 años continúo con una vida normal y caminando por mi propio pie”, afirma orgulloso.

Hasta los 17 años el hospital fue su segundo hogar, pasó por el quirófano en 20 ocasiones. Y su mejor rehabilitación fue el deporte, probando la natación o el tenis. “La piscina me ayudó a progresar muscularmente y a moverme con más soltura en mi día a día, el ejercicio físico se convirtió en algo indispensable para aliviar mi discapacidad. El deporte fue mi medicina, me cambió la vida ya que gracias a él mi salud no ha empeorado”, asegura.

El piragüismo se cruzó en el camino de Castaño por casualidad, durante un viaje de estudios a los Pirineos en el que pudo probar la disciplina con 13 años. “Pudimos montar a caballo, lanzarnos en tirolina, manejar un quad, pero lo que me enganchó fue la piragua, me hizo sentir libre. Al regresar a casa le comenté a mis padres que quería apuntarme a un curso, pero para ello tenía que aprobar todas las asignaturas en el colegio. Era un gran estímulo y así lo hice. Me pasé todas las vacaciones en la escuela de Calanova aprendiendo”, relata.

Al tercer verano su monitor le animó a que le dedicase más tiempo, así que llamó a la puerta del Real Club Náutico de Palma. “Me acogieron con los brazos abiertos, nunca me trataron diferente por mi discapacidad, me pusieron todos los medios a mi alcance para practicar este deporte”, dice. En Verducido (Pontevedra) tuvo un estreno accidentado “ya que me caí dos veces porque hacía mucho viento”, pero en la siguiente temporada se proclamó campeón de España en Trasona (Asturias).

En el puerto de Mallorca, con vistas a la Catedral y al Castillo de Bellver, Castaño empezó a forjarse bajo las órdenes de Ismael Uali, también coordinador técnico de la selección española de paracanoe. “Es un segundo padre para mí, me lo ha dado todo, me ha ayudado mucho a crecer físicamente y a mejorar mi rendimiento deportivo, mis logros son en parte gracias a él”, recalca. Desde 2012 ha sido campeón nacional de forma ininterrumpida en KL1 e incluso ha rascado medallas alguna vez en KL2, una categoría superior.

Internacionalmente, una de sus mejores temporadas fue la de su debut en 2013, cuando quedó quinto en el Mundial de Duisburgo (Alemania) y conquistó un bronce en el Europeo de Montemor-O-Velho (Portugal). “Es una medalla muy especial, la tengo expuesta en casa. Estoy con ganas de conseguir otra, pero el nivel ha crecido mucho y está complicado, aunque no imposible”, apunta el balear, que se quedó a las puertas de viajar a los Juegos de Río de Janeiro 2016: “No me clasifiqué para Brasil, pero un mes después en un Campeonato de España, ya sin presión, hice mi mejor marca en KL1 200 metros con 51.90 segundos, que me habría valido para pelear por las medallas en Río”.

No claudicó y se puso a trabajar con Uali con la misión de llegar a Tokio 2020. “La travesía ha sido dura, con la pandemia de la Covid-19 de por medio, pero a mí me vino bien ya que mejoré mis tiempos y física y deportivamente di un salto de calidad. En mi cabeza tenía claro que iba a darlo todo para lograr ese billete para los Juegos Paralímpicos”, cuenta. El 13 de mayo lo tenía bien marcado en rojo en el calendario, el canal húngaro de Szeged repartía cuatro plazas en la Copa del Mundo. Era su última oportunidad y Castaño, sobre la bocina, selló el pasaporte para la cita de Japón.

“Cuando acabé la prueba y me di cuenta de que estaba clasificado sentí una felicidad inmensa, se me escapó alguna lágrima de la emoción, también porque mi entrenador no pudo acompañarme ya que estaba pasando por un momento familiar difícil. Se ha volcado tanto conmigo que se lo dediqué a él y a su entorno, es una recompensa a todo el trabajo realizado, un sueño cumplido”, subraya. El mallorquín es consciente de que tendrá que medirse a rivales “que juegan en otra liga porque muscularmente están más desarrollados, la mayoría tienen una discapacidad provocada por un accidente y le afecta menos a la hora de remar, pero no me pongo trabas. Los que suelen estar en podios hacen entre 47 y 48 segundos y yo vengo haciendo entre 51 y 53”, comenta.

Castaño será uno de los cinco palistas de la selección española que competirá en el Canal Sea Forest de la bahía de Tokio, ya que también están clasificados Higinio Rivero, Juan Valle, Adrián Mosquera e Inés Felipe. “Javier Reja, que esta vez estará en los Juegos en remo, fue quien nos abrió el camino y es un orgullo seguir sus pasos en una cita paralímpica. Voy con una ilusión tremenda, sin presión y con la intención de disfrutar al máximo, para mí ya es un premio estar entre los mejores, no todos consiguen llegar al más alto nivel. Sería un éxito si me cuelo en la final y hago una buena marca. Quizás para París 2024 esté en tiempos para luchar por medalla. Soy joven, tengo recorrido y margen de mejora, no me pongo techo”, concluye el balear.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Adrián Castaño

La jabalina de Héctor Cabrera, a la caza de las preseas en Tokio

Con la jabalina como extensión de su brazo, Héctor Cabrera ha sorteado obstáculos a lo largo de su carrera. Positivo por naturaleza, desde niño tuvo claro que su limitación visual -sufre Síndrome de Stargardt- no iba a interferir en su felicidad. Asumió la enfermedad sin darle mayor importancia, quería disfrutar de la vida y el atletismo ha sido su mejor aliado. Si aquella enfermedad no frenó su optimismo, tampoco lo haría una grave lesión para acudir a sus segundos Juegos Paralímpicos. El bicampeón de Europa, medallista en mundiales y récordman mundial en categoría F12 no se detiene y ambiciona más, va a la caza de una presea en Tokio.

Ese espíritu de superación lo ha ido cultivando desde pequeño. A los nueve años sus padres detectaron que algo iba mal en los ojos de Héctor y decidieron peregrinar por toda España visitando oftalmólogos en busca de una cura. “Me hicieron muchas pruebas, algunas dolorosas, mi madre indagó por Internet y vio que en Estados Unidos había un estudio y me propuso viajar. Pero me planté, estaba cansado de visitar médicos, le dije que no quería ir a ningún sitio más. Me miró y lloró, pero lo aceptó. Lo único que deseaba era ir a clase, estar con mis amigos y seguir mi vida, no quería ser un conejillo de Indias”, relata.

Tuvo que madurar pronto y asegura estar preparado para lo que venga en el futuro. “Ahora tengo un 5% de visión, lo que veo a dos metros cualquier persona puede verlo a 50 metros, es como si mirase a través del culo de una botella. Puede derivar en una ceguera legal y, por tanto, no vería más allá de mi mano. Pero estoy mentalizado para ello después de conocer y convivir con deportistas ciegos, no hay que tener miedo, he demostrado que puedo hacer cualquier cosa y ser feliz pese a las circunstancias”, zanja.

De niño jugaba al fútbol como portero, también practicó ciclismo, natación y ajedrez. Hasta que se afilió a la ONCE y de la mano de Julio Santodomingo descubrió el atletismo. La primera vez que compitió fue en Lituania en lanzamiento de pelota. La envió tan fuerte que el jurado no se percató donde había caído. “Me gustó la sensación y me sentí tan poderoso que decidí que quería hacer eso. Cuando volví, en España lo más parecido que había era la jabalina y, aunque era malísimo al principio, me enamoró, sabía que era lo mío”, asevera.

Su eclosión llegó pronto y con resiliencia, trabajo y talento se ha convertido en una referencia. En su palmarés cuenta con dos medallas mundiales, una plata en Dubai 2019 y un bronce en Londres 2017, así como dos oros (Swansea 2014 y Berlín 2019) y una plata continental (Grosseto 2016). Y fue diploma en los Juegos Paralímpicos de Río, que los rememora con cierto sabor agridulce. “Fueron 15 días en los que me sentí una estrella, la gente te paraba por las calles. Sin embargo, en la competición no disfruté y eso que en el calentamiento lancé dos veces por encima del récord del mundo. Pero cuando el estadio empezó a gritar, me tensé y me puse nervioso. Perdí esa medalla por no ser feliz en el tartán”, confiesa.

Una lesión puso en riesgo su presencia en Tokio

El mayor éxito del atleta de Oliva consistió en dominar su mente. Se valió de la psicóloga Manuela Rodríguez para manejar las emociones y las situaciones imprevistas. “Es importante esa preparación porque desde que pisas la cámara de llamadas ya notas la presión de los rivales, algunos intentan ponerte nervioso. Pero sufrí tanto en Río que cambié el chip, he aprendido a competir mejor y a disfrutar en cada campeonato, solo así salen los resultados”, recalca el valenciano, que también prepara su futuro en las aulas como profesor de educación física.

Ese trabajo psicológico le ayudó a levantarse después de encajar el golpe más duro de su carrera deportiva. Venía de firmar en 2019 una gran temporada, en la que batió el récord del mundo en F12 (deportistas con deficiencia visual) con 64.89 metros. Pero todo se torció el pasado verano tras sufrir una gravísima lesión, una rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha, solo unos minutos después de certificar su plaza para los Juegos de Tokio. Pasó por el quirófano y le costó recuperar sensaciones, ya que hasta hace un mes no se ha visto con marcas competitivas.

“Es una lesión bastante complicada que me ha frenado, me ha costado coger musculatura en la pierna y las molestias se fueron alargando, por lo que me impedían encontrar ese ‘feeling’ con la jabalina. Fueron momentos difíciles e incluso pensé en que no llegaría a los Juegos. A pesar de ello pude solucionar los detalles con la técnica, en el Europeo de Polonia estuve cerca de los 60 metros y eso me hizo soñar otra vez. Me estoy moviendo en esas marcas y parece que todo va viento en popa, aun no estoy al 100%, pero espero estar al 99% en Tokio”, explica.

El optimismo de Cabrera ha vuelto a dibujarse en su rostro. “He recuperado el nivel, me encuentro muy fuerte físicamente, la técnica sale automatizada y aparecen lanzamientos por encima de la barrera de los 60 metros”, subraya. El pupilo de Juanvi Escolano llega motivado a Tokio y entre los favoritos, aunque es consciente de la dificultad ya que tendrá que lidiar con rivales como el iraní Behzad Azizi y el británico Daniel Pembroke, que pertenecen a la categoría F13 y, por tanto, tienen mayor visión.

“Me encantaría quitarme la espinita de Río de Janeiro, pero la gente está muy fuerte y en el deporte paralímpico puede aparecer a última hora alguien que sea mejor que tú. Pueden pasar mil cosas, es una incógnita, así que firmar una medalla antes de competir es arriesgado. El objetivo es luchar por lo máximo, acercarme al mejor y estar en el cajón del podio, quiero ir a por el oro, pero después del último año que he pasado por la lesión, una plata o un bronce estaría genial”, remata.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Héctor Cabrera

David Sánchez, el ‘tiburón’ colombino que muerde en la piscina

Un día en clase a David Sánchez le encargaron un trabajo sobre Xavi Torres, uno de los nadadores más laureados, ganador de 16 medallas paralímpicas. Se empapó sobre su historia visionando vídeos y se vio reflejado en la figura del balear. “Si él que no tiene brazos ni piernas ha alcanzado un gran nivel, ¿por qué yo no?”, se preguntó. Aquella fue la inspiración que necesitó para lanzarse a la piscina y querer llegar a la élite de la natación. En apenas seis años se ha colado entre los mejores del mundo, ha sido campeón de Europa en 50 mariposa S6 y se ha clasificado para los Juegos de Tokio.

En la piscina vuela como una mariposa y muerde como un tiburón, apodo que le puso su entrenador en el Club Onubense de Deportes Adaptados (CODA), Pepe Griñón, cuando vio la velocidad y potencia con la que aquel adolescente se desenvolvía en el agua. El punto clave en su carrera llegó en 2015 en Nerva (Huelva), en su primera competición. Sánchez, que nació sin antebrazos, acaparó los focos al entrar en aquellas instalaciones de la cuenca minera. En la grada, alguna mirada condescendiente e incredulidad. Se enfrentaba a niños sin discapacidad y pese a salir el último ganó el oro en 50 mariposa.

“Varias personas decían que mis padres estaban locos, que cómo iba yo a poder competir si me faltaban los brazos, que me iba a ahogar. La organización del campeonato me había puesto muchas trabas para participar, pero tuvieron que dejarme. Eso me dio más ganas y salí enrabietado, cuando toqué la pared y giré la cabeza vi cómo la mitad del público aplaudía y la otra mitad, la que dudaba y se reía, agachaba la cabeza. Ese fue el impulso definitivo para querer ser nadador”, relata.

Aquello fue el germen de un gran deportista, aunque su idilio con el agua comenzó cuando tenía tres años. “Me costó meterme porque me daba miedo, iba al polideportivo y me quedaba sentado en el bordillo sin mojarme los pies. Hasta que un día mis padres llevaron a mi hermana Nuria, que es dos años menor que yo, y no entré en el agua hasta que la tiraron a ella”, dice riendo. Lo que al principio fueron unas clases terapéuticas para fortalecer la espalda y corregir las desviaciones de columna por la escoliosis que sufría, se acabó convirtiendo en un estilo de vida. “La natación lo es todo para mí, no concibo un día sin poder nadar. El deporte me ha ayudado a conocerme y a afrontar mi discapacidad”, confiesa.

El apoyo de su familia ha sido crucial en su desarrollo, ya que nunca le sobreprotegió. “En casa siempre han tenido un lema: ‘Inténtalo, si no puedes, al menos lo habrás intentado’. Mis padres me decían que, si quería comer, ahí tenía el plato de puchero y la cuchara. Me buscaba la forma para hacerlo y cada día tardaba menos. Siempre echándole ganas y buscando alternativas para conseguir cualquier cosa que me propusiera en mi día a día”, explica el andaluz, que de pequeño practicó fútbol, baloncesto, tenis o pádel. Pero la natación le cautivó y poco a poco fue ganando técnica con cursos de perfeccionamiento en el CODA.

Primeras medallas

Su debut internacional llegó en los IWAS World Games en Vila Real de San Antonio (Portugal) en 2017, con tres oros y una plata. Allí, Xavi Torres, que era el seleccionador español del equipo de promesas paralímpicas AXA, le dio un consejo que le marcó. “Me dio la enhorabuena, pero me comentó que no se me subiera a la cabeza, que era el mismo tío de antes de ganar, que tenía que entrenar como el que más y siempre con los pies en el suelo. Es un referente del que he aprendido mucho tanto dentro como fuera de la piscina. No solo ha sido mi jefe, sino ahora también es compañero porque ha vuelto y es un lujo tenerle al lado”, apunta.

En 2018 en Dublín dio un enorme salto de calidad cuando en su estreno en un Europeo conquistó la presea dorada en su prueba fuerte, el 50 mariposa S6. “Tenía 17 años y ahí exploté, fue increíble, inolvidable, estaba feliz como un niño en el día de Reyes. Sabía que tenía opciones de coger metal, pero nunca imaginé que lograría un oro. Y luego llegó otra sorpresa, el bronce en 200 estilos cuando partía con el noveno mejor tiempo”, recuerda. Fue sexto en el Mundial de Londres 2019 y esta temporada ha vuelto a subir al podio continental con un bronce en Funchal tras experimentar una metamorfosis en su sistema de entrenamientos.

“Este año ha sido bastante duro, hasta febrero no podía entrenar más de una hora y dos o tres días a la semana por problemas de horarios en la piscina e incompatibilidad por estudios -ha terminado el Grado Superior TAFAD-. Me fui al Club Natación Colombino y el cambio ha sido brutal, Alberto Martínez, mi entrenador, consiguió motivarme. Antes nadaba nueve kilómetros a la semana y ahora eso casi lo hago en una sola sesión. En mi prueba estaba en 38 segundos y ya he bajado a 32.62, que es récord de España (le arrebata ese privilegio a Daniel Vidal, que lo tenía desde 2008)”, comenta.

Llega a sus primeros Juegos Paralímpicos dispuesto a dar guerra a los favoritos en 50 mariposa y no descarta dar la campanada y subir al podio. “Estar en Tokio era con lo que soñaba cada noche cuando me iba a la cama. Luchar todos estos años por ello me ha provocado dolores de cabeza, risas, llantos, incertidumbre y mucho esfuerzo. Voy con una ilusión tremenda, es lo máximo a lo que aspira un deportista. Mi objetivo, como mínimo, es quedar entre los cinco mejores, no me vale con entrar en la final y ser último, quiero más y pienso en la medalla. Solo tengo que centrarme en mi carrera, en dejarme la piel en el agua y en tocar la pared lo más rápido posible”, subraya el ‘tiburón’ onubense.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a David Sánchez

Agustín Alejos, la ‘navaja suiza’ del baloncesto español

En el baloncesto en silla de ruedas, quien tiene un jugador polivalente, tiene un tesoro. Por ello la selección española se congratula de contar en sus filas con Agustín Alejos, que en la pista ejerce cual ‘navaja suiza’, un profesional multiusos capaz de adaptarse a cualquier contexto, hace de todo y siempre cumple en sus funciones para hacer daño al rival. Un tipo que todo entrenador quiere en su equipo por su rendimiento, por su inteligencia para leer el juego o por su capacidad para pasar y tirar. El ala-pívot ya se colgó la histórica plata en Río 2016 y ahora confía en ayudar a España a repetir medalla en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

El hándicap de nacer sin gemelo y de tener un pie más pequeño que el otro no fue suficiente para frenar el ímpetu del gallego. “Tengo una malformación congénita en la pierna izquierda, no puedo caminar largas distancias, tampoco correr ni saltar”, explica. Empezó en la natación en la escuela del CD Amfiv, pero la piscina no le saciaba, soñaba con jugar al baloncesto. “Comencé en 2002 después de que Pablo Beiro -fundador del club-, que era vecino, le insistiera mucho a mi madre para que probase este deporte. Pero ella no quería verme sentado en una silla de ruedas. Al final me dejó y fue un flechazo”, relata.

Los comienzos de Alejos fueron en Vigo, aunque también hizo carrera lejos de su tierra, concretamente en Australia, donde moldeó su juego. “Fue una etapa increíble, un país muy diferente en el que deportivamente se trabaja mucho la técnica individual, algo que absorbí y que me ayudó a crecer”, asevera. Su estancia en las antípodas le llevó a conocer a su mujer, Shelley Cronau, “el mejor regalo que me ha dado el baloncesto”, con quien comparte vestuarios en Iberconsa Amfiv desde su regreso a casa en 2016. Precisamente, justo después de conquistar la plata en los Juegos de Río de Janeiro, el galardón más preciado que tiene en su palmarés.

“Fue una experiencia muy bonita, el hecho de ir a unos Juegos es brutal y si lo completas con una medalla es algo espectacular. Fue un campeonato inolvidable, nadie apostaba por nosotros y demostramos ser capaces de ganar a cualquiera. La plata la guardo a buen recaudo, de vez en cuando la saco para mostrarla cuando doy charlas en colegios”, dice con orgullo Alejos, que forma parte de la exitosa generación del baloncesto en silla español. Con la sub 22 ganó el oro europeo en Estambul 2006 y en Adana 2008, un bronce continental en Malle (Francia) 2004 y la plata en el Mundial sub 23 de París 2009.

Con la absoluta tiene la presea plateada lograda en 2019 en el Europeo de Polonia, donde la ‘ÑBA sobre ruedas’ desplegó un juego arrollador, excepto en la final frente a Gran Bretaña, en la que el vigués fue el máximo anotador saliendo desde el banquillo. “Siendo egoísta, siempre quiero jugar más, pero entiendo la situación y mi rol es aportar lo que pueda cuando me lo pida el seleccionador. Me considero un jugador que puede hacer muchas cosas, no hago nada excepcionalmente bien, pero puedo mantener un equilibrio, tengo tiro exterior, juego interior, sé defender y llevar el balón”, recalca Alejos, que este curso ha promediado en Liga 19.7 puntos y 11 rebotes.

Ya cuenta las horas para desfilar con la delegación española por el estadio de Tokio, donde disputará sus segundos Juegos Paralímpicos. “Los afronto con muchas ganas y serán más especiales porque los viviré con mi mujer, que estará con Australia. Estoy deseando disfrutar de todo lo que han montado”, comenta. España se medirá en la fase de grupos a Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “Tenemos un equipo veloz y potente en las transiciones, nos caracterizamos por nuestro dinamismo y juego interior, si defendemos fuertes tendremos muchas opciones”, expone.

El conjunto dirigido por Óscar Trigo quiere mantener la línea de trabajo realizada en Polonia, donde la selección firmó un baloncesto coral y letal. “España vuelve a ser una amenaza, pero tenemos que ser precavidos, ya nos pasó en el Europeo de Tenerife en 2017, veníamos de conseguir la plata en Río y nos salió un mal torneo. El nivel que hay en este deporte es muy alto y tenemos que ser conscientes de que cualquier equipo te puede ganar. Es peligroso si vamos pensando en la medalla en lugar de ir partido a partido. Hay que hacer una buena fase de grupos y el objetivo es llegar a cuartos de final, a partir de ahí podremos soñar”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Agustín Alejos

Vicente Aguilar, el último concierto sobre el césped de una leyenda del fútbol para ciegos

No existía el balón sonoro de cascabeles ni tampoco equipos de fútbol para ciegos en España cuando Vicente Aguilar ‘Chapi’ ya dibujaba jugadas y goles entre la oscuridad. Desde crío siempre llevó una pelota cosida a sus pies en el patio del colegio o en las calles de su pueblo, Llíria (Valencia). Allí, en la ciudad de la música, también encontró su otra pasión, la batería. De hecho, toca las baquetas en ‘La Leyenda’, un grupo formado por personas ciegas. Aunque su mejor melodía la ha desplegado sobre el césped, con un esférico entre las botas. Más de 35 años de carrera le avalan. Con medio siglo de vida, en los Juegos Paralímpicos de Tokio ofrecerá su último concierto con la elástica de la selección española.

“Son 51 años ya los que indica mi DNI, espero ponerle el mejor broche posible a mi trayectoria. Pero mi intención es continuar jugando a nivel nacional, sigo disfrutando y mientras el cuerpo aguante, ahí estaré dando guerra”, recalca. Cuando era pequeño, el deporte fue anestésico frente a su ceguera. Al año y medio de nacer le detectaron un retinoblastoma, un tumor que se forma en los tejidos de la retina. “Primero apareció en el ojo izquierdo y luego se me reprodujo en el derecho. A los tres años perdí la vista totalmente”, cuenta.

Probó atletismo, goalball y natación, pero el balón era su mejor amigo, disfrutaba con el esférico, él le hacía ser feliz. “Mi vida ha girado en torno al fútbol, esa afición la heredé de mi padre. Siempre salía de casa con una pelota, era mi juguete favorito. Estudié en los colegios de la ONCE de Alicante y Madrid, y cuando sonaba la alarma para ir al recreo ahí estaba yo golpeando la bola”, rememora. Al principio se las ingeniaban para poder jugar: “Lo hacíamos en pistas duras, con algún escalón de por medio y sin vallas. Teníamos balones de caucho, a veces los metíamos en bolsas de plástico o les poníamos anillas con chapas de las latas de refrescos para que sonaran. Y también colocábamos unos patos de juguete encima de las porterías que hacían de guía con su cuac-cuac”, dice entre risas.

Hasta 1997 todo era oficioso, cada país tenía un reglamento diferente. Su debut fue en 1985 en un torneo en Roma, tenía 15 años cuando lo reclutaron para aquella primigenia selección española. “La formamos estudiantes de los colegios de la ONCE en Madrid, Alicante, Sevilla y Pontevedra. Fuimos campeones y quedé pichichi con ocho goles”, recuerda con orgullo. En Barcelona levantó su primer trofeo oficial, en el campeonato de Europa del 97. “Nosotros hemos enseñado a jugar a otros países. Fuimos pioneros en utilizar el sistema de rombo por la polivalencia que teníamos, todo el mundo nos copió”, añade.

‘Chapi’ ha sido dos veces subcampeón del mundo y ha conquistado seis europeos, el último en Roma en 2019. “A cada medalla le tengo un gran cariño, pero lo que más me marcaron fueron las finales perdidas en los mundiales. En 2002 en Río de Janeiro arrasamos a Brasil en semifinales (1-4) y en la final fuimos mejores, pero caímos en la prórroga. En 2010 en Inglaterra nos llevamos otra plata, justo un año antes había fallecido mi padre y no pude dedicarle un oro”, explica. Otra de las preseas que brilla en sus vitrinas es el bronce en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004: “Es la que más repercusión tiene a nivel mediático. Quizás mi concepto esté equivocado, pero hubiese preferido un oro mundial”.

En 2014 dejó la selección, pero volvió a enfundarse ‘La Roja’ para el campeonato del mundo en Madrid en 2018, en la que España quedó quinta. Empujado por su mujer, Silvia, su gran apoyo junto a sus hijas Einat e Itzae, decidió estirar un poco más su vínculo con la selección, quería despedirse en el gran escenario de unos Juegos Paralímpicos. La pandemia de la Covid-19 lo alargó un año más y el valenciano ha tenido que hacer encaje de bolillos para conciliar deporte, vida familiar y laboral como vendedor del cupón de la ONCE.

“El que algo quiere, algo le cuesta. No me considero un héroe ni más que nadie por levantarme a las seis de la mañana, trabajar, recoger a las niñas y luego ir a entrenar. Requiere esfuerzo y organización, todo es más fácil con la ayuda de mi mujer. Ella y mis hijas me preguntan que cuando lo voy a dejar, con tantas concentraciones y viajes me he perdido algunos momentos familiares importantes. Me está costando porque no estoy disfrutando del fútbol de hoy día, que es más físico, pero quería retirarme de la selección disputando unos Juegos, será el broche perfecto”, comenta.

En Pekín 2008 fue la última vez que ‘Chapi’ estuvo en una cita paralímpica. Así que acude a Tokio con la misma ilusión de las dos ediciones anteriores. “Serán muy distintos y atípicos a los que ya he vivido por la pandemia del coronavirus, será una sensación extraña porque no parecerán unos Juegos convencionales por todas las medidas sanitarias y por la falta de público, algo que tampoco me preocupa porque estamos acostumbrados a jugar sin nadie en la grada. Los afronto de otra manera, quizás por mi rol en el equipo, algo más secundario, ya no tengo que tirar del carro como en otras ocasiones, pero me dejaré la piel en cada minuto que esté en el campo. Además de mi veteranía, puedo aportar mi técnica, criterio táctico y habilidad”, prosigue.

‘La Roja’ se medirá en la fase de grupos a Argentina, Marruecos y Tailandia. “Cada rival nos exigirá mucho, cualquiera te puede superar si no estás al 100%. Llegamos bien físicamente y hay gente con calidad y cualidades suficientes para ganar una medalla. Confiamos en que todo el trabajo de estos años salga a relucir, no estamos entre los ocho mejores por cuestión de suerte, nos lo hemos currado. Por historia, España está obligada a luchar siempre por subir al podio, pero con el escudo no nos vale, habrá que creérselo, sudar la camiseta y demostrar nuestro nivel en el terreno de juego”, remata Vicente Aguilar, un apasionado del balón que en Tokio bajará el telón, aunque su legado en el fútbol para ciegos siempre quedará latente.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Vicente Aguilar

Beatriz Zudaire, inteligencia y descaro sobre el parqué

“Es la jugadora más inteligente, sabe leer muy bien el juego y va un segundo por delante del resto. No es la más rápida ni la más talentosa, pero es la que esconde mejor sus defectos, se equivoca muy poco”, así radiografía Abraham Carrión a Beatriz Zudaire, una de las joyas de la selección española de baloncesto en silla de ruedas, que en unos días hará historia en Tokio tras 29 años de ausencia en unos Juegos Paralímpicos. La joven navarra es una de las 12 ‘guerreras’ convocadas por el técnico jerezano para la cita en Japón.

Nació hace 20 años con una enfermedad neuromuscular degenerativa que le debilita sus extremidades inferiores y también la cadera. “Me canso mucho más rápido y pierdo fuerza”, cuenta. Eso no ha sido óbice para alcanzar cotas altas en el deporte. Empezó en natación como medio de rehabilitación, se le daba bien la piscina e incluso ganó medallas a nivel nacional. Pero su pasión era el baloncesto y cuando apareció la opción de jugar en el Zuzenak de Vitoria no dudó, se aferró al balón y ya no lo ha vuelto a soltar.

“Era mi sueño desde pequeña, pero me costó trabajo convencer a mi padre ya que para jugar tenía que recorrer casi 200 kilómetros entre ida y vuelta. Él tenía miedo a que pasara tantas horas en la carretera. Al final, con la ayuda de mi madre y de mi primer entrenador, Lander Lozano, accedió y desde la primera vez que me vio jugar se convirtió en mi fan número uno”, asegura. Desde ahí, su progresión ha sido meteórica, jugó un par de temporadas en el club vitoriano y desde hace tres años dirige el juego del UCAM Murcia en Primera División.

Apenas llevaba cuatro meses botando un balón cuando el seleccionador español detectó sus cualidades y su potencial. “Llegar a la selección absoluta con 14 años y verme rodeada de tan buenas jugadoras era impensable. Desde ese instante me puse manos a la obra porque quería llegar lejos”, recalca. Pese a ser la niña del vestuario no se libró de las novatadas del grupo. “No sabía dónde me había metido. En mi primera concentración me dejaron la habitación desordenada, sin colchón, fue un desastre”, añade Zudaire, a quien también apodan como ‘Iliki’, “palabra que pronuncié en una noche de sonambulismo y las chicas me grabaron. El vídeo circula aún por ahí”, dice entre risas.

Revoltosa y osada sobre el parqué, juega como una veterana y absorbe como una esponja lo mejor de cada compañera. “Nunca entreno lo que se me da bien, paso horas y horas trabajando las virtudes de las jugadoras que me rodean”, prosigue. Una de sus referentes es Sonia Ruiz, capitana de la selección y también del UCAM. “Es una delicia jugar con ella, fue la primera jugadora que conocí y es un ejemplo a seguir. Trabajo con ella cada día, es la que me enseña a mejorar, le pone mucho entusiasmo y trata de sacar lo mejor de mí”, explica Zudaire, que ha sido clave en el ascenso de Murcia a División de Honor con un promedio de 10.1 puntos, 3.8 rebotes y 3.9 asistencias.

Con el paso de los meses ha sumado galones en la selección y fue una pieza importante en la clasificación para los Juegos Paralímpicos. “Al ser de las más jóvenes tengo una sensación encontrada, es una pasada lo que hemos conseguido, pero te das cuenta de que ha habido tanta gente que ha luchado por este sueño y que no ha podido cumplirlo. Solo he vivido los éxitos de la selección, como ser séptimas en el Mundial de Hamburgo 2018 o cuartas en el Europeo de Rotterdam 2019. Muchas se merecían estar aquí, así que tenemos que dejarnos la piel y disfrutar porque se lo debemos a esa generación que nos mostraron el camino”, subraya.

En Tokio, España se enfrentará en la fase de grupos a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. “Ya sueño con ese primer partido. Cuando suene el himno español me daré cuenta de la magnitud de lo que estamos viviendo. Podemos plantarles cara a cualquier rival, hemos dado un salto de calidad y estamos preparadas para dar la sorpresa a las potencias. Somos un equipo unido y completo, una familia dentro y fuera de la pista, cada una en su rol es muy buena y eso permite variar los quintetos. El bloque es fuerte porque todas aportamos, desde la que juega hasta la que anima en el banquillo”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Beatriz Zudaire

El pionero Jairo Ruiz, tres deportistas en uno

‘La vida no da batallas fáciles’, rezaba la pancarta con la que el Frente Atlético homenajeó en el estadio Vicente Calderón a Jairo Ruiz, poco después de conquistar en Río de Janeiro 2016 la primera medalla para España en triatlón en unos Juegos Paralímpicos. El almeriense, que nació sin antebrazo izquierdo, ha tenido que librar más de una contra los propios límites a lo largo de su vida. Con brazadas, pedaleos y zancadas de tesón, el andaluz ha alcanzado la élite de este exigente deporte. Con 32 años figura en el Top 4 del ranking mundial en clase PTS5 y quiere añadir a sus vitrinas su segundo metal en unos Juegos. En Tokio aspira al podio: “Confío en mis opciones, me encuentro fuerte”.

Desde hace seis años se dedica profesionalmente al triatlón, aunque su pasión de pequeño eran los coches y las motos. A su padre, Paco, le gustaba restaurar vehículos clásicos y Jairo siempre andaba pegado a él. “Me encanta todo lo relacionado con el motor y la velocidad. Cuando puedo escaparme voy a algún circuito para pilotar un kart. Algunos me miran asustados porque me falta parte del brazo, pero luego me ven conducir y no se lo creen. El tener una discapacidad nunca ha sido un problema, tuve la suerte de crecer en un entorno familiar muy positivo”, asegura.

Esa perseverancia, coraje y pundonor empezó a cultivarlas de niño a través del deporte. En el pabellón del barrio de Los Ángeles, que fue rebautizado con su nombre, inició su carrera en la piscina. También coqueteó con el taekwondo, aunque la natación le acabó tirando más. Acudió a campeonatos nacionales, pero un día estando de vacaciones decidió probar el triatlón. “Lo pasé muy mal en mi primera prueba en Almería, fue duro porque no tenía control en la bici y corriendo sufrí flatos y tirones. Sin embargo, me dejó buenas sensaciones, fue un flechazo”, explica.

Desde entonces, este deportista tres en uno no ha parado de nadar, volar sobre ruedas y correr en el asfalto para labrarse un palmarés espectacular: colecciona numerosas medallas de Series Mundiales y Copas del Mundo, tiene una plata y un bronce mundial, así como cuatro platas y dos bronces en campeonatos europeos. Pero en sus vitrinas hay una presea que brilla con una luz diferente, el bronce de Río 2016. “Es lo más especial que tengo, fue el debut del triatlón en unos Juegos Paralímpicos y era una recompensa por el duro camino que tuve que recorrer para clasificarme”, dice.

La medalla de Río, una motivación

Tanto le costó conseguir aquella medalla que no se separa nunca de ella. “La tengo en la habitación de la residencia Blume en Madrid, donde vivo. Y cuando tengo días de descanso y voy a Almería me la llevo, siempre va conmigo a dónde esté viviendo. Me sirve para motivarme y para querer más”, asegura. Otro momento imborrable en su trayectoria lo firmó hace un par de veranos en Roquetas de Mar tras convertirse en el primer paratriatleta en disputar un campeonato de España absoluto. “Supuso un reconocimiento a nuestra modalidad, que era lo que estaba buscando. He notado que muchos triatletas élite hablan ahora de nosotros de otra manera, empiezan a valorar nuestro trabajo”, zanja.

Durante cinco años defendió los colores rojiblancos del Triatlón Atleti, pero ya lleva un par de temporadas enrolado en las filas del Ecosport Alcobendas, “un equipo que está haciendo una apuesta fuerte por el paratriatlón, están comprometidos con la integración e inclusión. El club está en primera división y al disputar pruebas de nivel me ayuda a crecer y a mejorar mi rendimiento”. Este año apenas ha podido competir, ganando un bronce en las Series Mundiales de Leeds y una plata en la Copa del Mundo de A Coruña, pero se ha preparado duro con 24 kilómetros en la piscina, 380 con la bici y 45 corriendo cada semana.

“He tratado de aclimatarme a las condiciones que tendremos en Tokio, para ello he entrenado en Madrid y en Almería, donde tenemos calor y humedad de sobra, así que no me preocupa tanto las condiciones con las que nos vamos a encontrar”, apunta. La natación no es su principal arma, pero en el último año ha dado un pequeño salto. “Siempre ha sido mi lastre, la clave será no perder tiempo con respecto al grupo de cabeza. Espero poder plasmar mi constancia en el agua. Con la bici sé sufrir un poco más sin tener miedo a no ser capaz luego de correr a pie”, recalca el andaluz.

En la ciudad nipona, Jairo Ruiz tendrá al canadiense Stefan Daniel, al alemán Martin Schulz, al británico George Peasgood y al americano Chris Hammer como grandes adversarios. “Llego fuerte, confiado y con mucha ilusión, tengo unas ganas tremendas de competir. Los rivales están cada vez más competitivos y las diferencias de tiempo se van acortando, llegamos a meta todos con tiempos similares. Sé que puedo repetir lo que hice en Río, es algo ambicioso y difícil, pero lo veo realista por mis resultados en los últimos tiempos, tengo capacidad para plantar batalla y estar en el podio. Parto con la idea de que no soy uno de los favoritos, pero si me sale una buena carrera puedo estar cerca del segundo puesto y pelear por la plata o el bronce”, sentencia uno de los pioneros de la ‘ParaTriArmada’.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jairo Ruiz

Ariadna Edo, de la sorpresa a la consagración en la piscina

A Ariadna Edo aún se le eriza la piel cuando evoca su machada en su bautizo en unos Juegos Paralímpicos. Era la final del 400 libre S13 en el hectómetro de Río de Janeiro 2016 y a falta de 50 metros la alemana Naomi Schnittger le sacaba cuatro segundos. La castellonense no bajó los brazos y encaró el último tramo con entereza para conseguir el bronce con el que tanto soñaba. Cinco años después, con varias medallas europeas y mundiales bajo el brazo, su trabajo disciplinado y su determinación le han llevado a consagrarse en la élite y a ser considerada como una de las mejores nadadoras.

Apenas con tres años ya se lanzaba al agua, aunque al principio no le motivaba mucho la piscina. “Iba obligada, mis padres me apuntaban a muchas actividades, hacía patinaje, ballet, baile moderno, tocaba la guitarra y el piano, era muy activa”, cuenta. Hasta los diez años no entró en un club y comenzó a competir en natación. “En Castellón empecé nadando con gente sin discapacidad. Tenía que entrenar los sábados y me daba mucha pereza, pero le cogí cariño porque comencé a hacer amigos”, asegura.

En esa etapa ya se reflejaba en sus ojos el Síndrome de Stargardt, una dolencia genética que afecta a la retina. “En clase no veía bien la pizarra, fui al oftalmólogo y me pusieron gafas, pero seguía sin ver bien. Me hicieron pruebas y me detectaron la enfermedad, lloré mucho ese día. Tengo dañada la zona de la mácula, se van muriendo células y me dejan manchas que se convierten en zonas ciegas”, explica la joven. Aquello nunca mermó su forma de abordar la vida, siempre risueña y exhalando positivismo.

Por casualidad descubrió el movimiento paralímpico en 2014 en una actividad organizada por la ONCE y pasó de competir a nivel autonómico a brillar en pruebas internacionales. El Open de Berlín en 2015 sirvió de lanzadera para su carrera. “Era una novata, pero aquel campeonato fue el punto de partida, hice dos récords de Europa y la mínima para el Mundial de ese año en Glasgow, donde logré un bronce en 400 libre”, relata. Nada le ha frenado desde entonces, cosechó dos bronces en el Europeo de Funchal 2016, cuatro bronces en el Mundial de México 2017 y otros dos bronces en el Europeo de Dublín 2018.

Su mayor recompensa llegó en Río 2016 con ese bronce en 400 libre, una presea que cambió su vida y que guarda como un tesoro: “La tengo intacta en su caja y sin ninguna rozadura. Es la experiencia más bonita que he vivido. En la final, hasta los 350 metros nadie esperaba que podía ganar la medalla. Lo que me decepcionó fue la marca, pero con el tiempo supe valorar lo que conseguí, marcó un antes y un después en mi carrera. Lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Llegué muy rápido a ser medallista, pero lo complicado es saber gestionar la presión y continuar entre las mejores”.

A sus 23 años, la nadadora que entrena en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid a las órdenes de José Luis Vaquero, continúa creciendo con brazadas de tesón, compromiso y constancia. Ahora, con más madurez y recorrido afronta sus segundos Juegos Paralímpicos. “Cuando abandonamos Río de Janeiro ya me puse a pensar en Tokio 2020, quería disfrutar de unos nuevos Juegos. Pese a todo lo que ha pasado con el coronavirus, los de Japón serán especiales. En estos cinco últimos años he entrenado muy duro para ello y voy a darlo todo”, apunta Ariadna, que está cursando psicología.

En el Mundial de Londres de 2019 y en el Europeo de Funchal (Portugal) en mayo acabó quinta en su prueba, 400 libre, aunque en la piscina de Madeira no terminó contenta con sus marcas: “En el 100 mariposa me defendí bien, pero en las otras puedo hacer más. Lo preparé muy bien, sin embargo, volví a pecar a la hora de competir, no sé gestionar mi cabeza y ahí suelo fallar. Estoy trabajando esa parte psicológica para dar ese plus en Tokio”.

La castellonense confía en explotar sus virtudes para rendir en la capital japonesa. “Después de la temporada pasada, que fue muy complicada, estoy muy orgullosa de haberme clasificado para los Juegos. He entrenado bastante bien y estoy cumpliendo con lo previsto. La exigencia es máxima y las medallas estarán muy caras porque el nivel ha subido en mi categoría, en ningún momento pretendo vender humo, no voy con tanta presión y me encantaría subir al podio, aunque soy realista. Eso sí, voy a dar lo mejor de mí, en el deporte nunca se sabe, en Río ya di la sorpresa y se puede repetir”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Ariadna Edo

Manu Lorenzo, la ‘torre’ de Mugardos se asienta en la élite del basket

El futuro del baloncesto en silla de ruedas español parece estar en buenas manos con la nueva generación de jóvenes que llegan derribando puerta. Uno de esos jugadores que están descollando a un gran nivel y se ha asentado en la cancha es Manu Lorenzo, un portento físico, un pívot de gran capacidad atlética, ágil y coordinado que ha mutado en las últimas dos campañas y ya luce músculo para intimidar y dominar en la pintura. Una ‘torre’ de 1,92 metros con una enorme proyección que se ha ganado a pulso un hueco en la selección española, con la que fue subcampeón de Europa en 2019 y ahora debutará en Tokio en unos Juegos Paralímpicos.

Se ha ganado un puesto entre los 12 elegidos por el técnico nacional Óscar Trigo después de firmar una temporada brillante. Este año ha sido una pieza importante en el título de Liga que conquistó Bidaideak Bilbao por primera vez en su historia y en la medalla de oro de la sub 22 en el Europeo de Lignano-Sabbiadoro (Italia). “Está siendo el mejor año de mi carrera, he crecido defensiva y tácticamente, tiro a canasta de forma diferente, tengo más confianza en mí mismo, arriesgo más y tengo menos miedo a hacer cosas. Eso sí, aún no se ha visto al mejor Manu, mi techo está todavía lejos”, asegura.

Esa ambición, resiliencia y ganas de superarse a sí mismo van en su ADN. Desde que nació ha tenido que lidiar con paraparesia espástica familiar, una enfermedad rara que heredó de su madre y que también padece su hermano Adrián -actualmente juega en el Joventut BCR-. “Es una dolencia que afecta a los músculos, que siempre están contraídos y no estiran, y se fue acentuando a medida que aumentaba mi estatura. Eso me dificulta caminar, así que utilizo la silla para desplazarme”, cuenta.

De pequeño se inició en el deporte practicando remo y también fútbol como portero en las calles del pueblo costero de Mugardos (Ferrol). “Tenía problemas para andar y mantenerme en pie, pero se me daba bien. Mis padres me dijeron desde el principio lo que tenía y me metieron en la cabeza que aprovechase cada momento, que nada era imposible, que siempre había otra manera de hacer las cosas. El apoyo de mi familia y de mis amigos fue fundamental”, confiesa.

Sus condiciones físicas no escaparon a Álvaro Illobre, un deportista ‘todoterreno’ y cazatalentos, presidente del Abeconsa Basketmi. “Estaba en un cumpleaños y cuando me vio pensó que yo era mi hermano Adrián. Me dijo si quería jugar al baloncesto, y así empecé, por una equivocación”, dice entre risas. Con 11 años ya competía en la segunda división nacional con adultos: “En los comienzos sentía frustración porque veía que no daba la talla, sentía que estaba muy lejos de los compañeros. Pero progresé muy rápido, eso me hizo motivarme, me enganchaba más y me acabó encantando”. Y con 14 fichó por el Amfiv de Vigo, siendo uno de los debutantes más jóvenes en División de Honor.

“Estaba acojonado, no llevaba un mes cuando llamé a mi madre y le dije que me volvía para casa, se me vino el mundo encima. Gracias a ella y a mi hermano aguanté, por eso estoy llegando lejos en la élite”, recalca. En el club vigués estuvo cuatro años hasta que en 2017 se marchó a Bilbao. En el Polideportivo Txurdinaga se cocinó a fuego lento al lado de Asier García, David Mouriz, Txema Avendaño o Jordi Ruiz. En 2019 ganó la Euroliga 1 y este curso ha levantado la Liga, siendo un pilar importante en el conjunto vizcaíno. “Es una fortuna y un lujo tenerlos al lado, entrenar con ellos me han hecho dar un salto de calidad porque aprendes con solo verlos. A veces lo pienso y no me lo creo, hace nueve años empecé en Ferrol y ahora soy campeón de Europa y de Liga”, apunta.

Con la selección española también acumula éxitos pese a sus 21 años. Con la sub 22 ya ganó un bronce continental en 2018 y en junio volvió a subir al podio en Italia con una presea dorada, promediando 15.8 puntos y 13.3 rebotes. Con la absoluta se estrenó a lo grande, con una plata en el Europeo de Polonia de 2019. El seleccionador Óscar Trigo no ha dejado pasar por alto su talento, pura fuerza, garra, determinación y buenos números bajo el aro y se lo ha llevado a los Juegos Paralímpicos. “Es un sueño hecho realidad, el fruto a todos los años de trabajo en los que me he machacado. Espero aportar esa juventud y energía, soy un jugador que lo da todo en la cancha, salgo a comerme cada balón y a partirme la cara con cualquier rival”, afirma.

España se cruzará en la primera fase con Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “Habría preferido el otro grupo, donde están los más fuertes, como Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Alemania e Irán, para tener en cuartos un cruce más asequible. Pero bueno, el objetivo es ser primeros e ir a por todas”, comenta. La selección española busca repetir podio después de la plata que logró en Río de Janeiro 2016: “Hemos entrenado duro, estamos muy fuertes y hay mucha competencia en el equipo para que nadie se duerma. Si ya en Río tenían posibilidades, las opciones de lograr otra medalla paralímpica se han multiplicado porque nuestro nivel ha crecido. Con una sólida defensa, echándole huevos y poniendo corazón podemos conseguirlo”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Manu Lorenzo

David Levecq, un veterano de rostro sereno en la piscina

En sus largos brazos acumula más de 20 años de carrera. Su piel curtida en mil piscinas está surcada de éxitos y también de algunas cicatrices de decepción. David Levecq, el nadador tenaz, de rostro sereno y calmado como pocos, un ilustre veterano de las piletas en la natación paralímpica, está ante sus últimos vuelos, subacuáticos y virajes en la élite. A sus 37 años vislumbra el final de su recorrido en la alta competición y con la misma pasión de siempre busca ponerle el broche perfecto realizando un buen papel en Tokio, donde disputará sus quintos Juegos Paralímpicos.

En la capital japonesa sacará brillo una vez más a sus brazadas, aquellas que empezó a forjar en el Club Natación Los Silos de Burjassot (Valencia), municipio al que llegó con cuatro años procedente de Béziers (Francia), donde nació. De padre francés y madre valenciana, apenas era un bebé cuando fue operado varias veces tras nacer con pie equinovaro. “Es una malformación, aunque las secuelas son leves, no tengo movilidad en el tobillo derecho y hay atrofia desde la rodilla hacia abajo”, explica. De niño jugaba al fútbol y al baloncesto, deportes que tuvo que dejar para evitar lesiones por su discapacidad.

Con 10 años se cruzó en su vida la natación por recomendación médica. “Al principio no me atraía, iba a cursillos y no me apetecía ir todos los días. Pero fui entrando en la dinámica del club, hice amigos, realizaba viajes y eso terminó por engancharme”, cuenta. Solo necesitaba un medio donde liberar toda su energía y fue en el agua donde encontró el equilibrio, la tranquilidad y la gloria. Ese ‘feeling’ con la piscina pronto tuvo sus primeras recompensas.

“Con 15 años descubrí la natación adaptada. Me vieron en un campeonato convencional y tras pasar una valoración funcional me clasificaron en categoría S10. De primeras no quería cambiar porque no tenía ni idea de los tipos de discapacidad que iba a encontrarme, me sonaba raro, la mía apenas es visible y pensaba que iba a competir con gente en silla de ruedas. Al final, descubrí un mundo increíble que me ha dado la oportunidad de convertirme en deportista y de crecer al lado de una gran generación de nadadores como Ricardo Ten, Daniel Vidal o José Antonio Marí”, explica.

Debutó en el Campeonato de España de Cádiz en 1999 con varias medallas y dos años después tuvo su bautismo internacional en el Europeo de Estocolmo, donde conquistó un oro y un bronce. “Fue una sorpresa porque me clasifiqué tras hacer la mínima muy justa y creía que sería el nadador con peores marcas”, recuerda. Aquello fue un augurio de lo que le depararía el futuro: 13 preseas (nueve de oro) en europeos, 12 en mundiales (ocho platas y cuatro bronces) y tres platas en Juegos Paralímpicos. Su crecimiento y salto de calidad tuvo mucho que ver en su traslado a Barcelona para entrenar en el CN Sabadell bajo las órdenes de Fred Vergnoux y luego, en el CAR de San Cugat.

“Coincidí con Mireia Belmonte, que por entonces era una firme promesa y la llevaba en mi coche a los entrenamientos. Estuve con un grupo de nadadores olímpicos muy bueno, fue una experiencia enriquecedora y dura a la vez. Seguirle el ritmo era complicado, pero me hizo mejorar y madurar, me ayudó a despejar esos límites mentales. Sabías cuando entrabas en la piscina, pero no cuando salías de ella. Fred te enchufaba, acababa cada sesión muy cansado y casi arrastrándome, pero orgulloso del trabajo que hacía, eso me enseñó a dar siempre lo máximo y a no venirme abajo”, recalca.

Levecq es de los deportistas españoles que puede presumir de haber estado en cuatro Juegos Paralímpicos. “Me quedo con los primeros, los de Atenas 2004, era muy joven y estar allí ya era un premio, iba sin ninguna obligación de sacar resultados, pero gané dos platas en 50 y en 100 libre que me supieron a oro. En Pekín 2008 fui a por el oro, pero apareció un rival durísimo, Andrés Brasil, y tuve que conformarme con la plata en 100 mariposa. En Londres 2012 estuve enfermo con anginas, perdí peso y me quedé a 14 centésimas del bronce. El resultado fue decepcionante. Y a Río 2016 llegué tras atravesar un duro camino, quedé sexto, aunque acabé contento”, resume.

Tras la cita en Brasil, el valenciano pensó en la retirada, pero la plata y los dos bronces que sumó en el Mundial de México en 2017 fueron el empujón que necesitó para mantenerse enganchado a la piscina. “Ese año me lo tomé de forma relajada, sin exigencias, le di prioridad al tema laboral, a mi trabajo como fisioterapeuta. Pero el lograr las medallas en el Mundial me hizo reflexionar y me propuse terminar el ciclo, que se ha alargado un año más por la pandemia de coronavirus. Y ahí sigo, porque es mi pasión y por la perseverancia, un don que me ha dado el deporte”, afirma Levecq, que se ha exprimido en estos meses a las órdenes de Jaume Marcé en San Cugat. Le costó sudores hacer la mínima y asegurar su presencia en sus quintos Juegos. Aún le quedan ganas, chispa e ilusión en cada brazada.

“Físicamente me veo fuerte, tuve un problema en el hombro, pero estoy con energía y si recupero mi mejor nivel estaré cerca del podio. Los afronto sin la presión de tener que alcanzar una medalla. Han salido rivales con un nivel brutal, pero sé que puedo estar con ellos peleando. Nadaré el 50 y el 100 libre, aunque donde mejor me veo es en 100 mariposa, confío en clasificarme para la final. Quiero disfrutar, dar el máximo, competir contra mí mismo e irme orgulloso, eso sería un éxito”, aclara Levecq, que no descarta continuar hasta París 2024: “No cierro puertas, pero es complicado. Ya estoy entrenando a niños, jóvenes y adultos en el Club Triatló Cerdanyola y me gustaría seguir ligado a la natación con esta nueva faceta”.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a David Levecq

‘El Fideo’ Sergio Ibáñez, con ambición a la cuna del judo

Su cándida timidez y rostro bonancible muta cuando pisa el tatami. En el cuadrilátero acolchado se transforma, Sergio Ibáñez saca de sus entrañas el ardor guerrero, su descaro y ambición. ‘El Fideo’ se encuentra en su salsa a base de llaves y dominando el kumikata -modos de agarrar al oponente-. El judoka de hielo, calculador y con una cabeza fría cuando compite, verá materializado un anhelo que brotó cuando apenas tenía ocho años y se enfundó su primer judogi. El destino o la casualidad han querido que debute en unos Juegos Paralímpicos en Tokio, la cuna del judo. Y no se conforma solo con estar allí: “Voy a por el oro”.

Los valores de las artes marciales empezó a adquirirlos de pequeño, cuando descubrió su deporte por medio de una carta que le envió la ONCE. El aragonés nació con una discapacidad visual del 79% que le afecta al nervio óptico. “Tengo distrofia de conos, no realizan bien su función. No filtro bien un tipo de gama de rayos y eso me provoca mucha fobia a la luz natural, no distingo ningún color y no veo muy bien de lejos. Cuanto más tenue, más cómodo estoy”, explica.

De niño libró los primeros combates por esa falta de visión. Era tan introvertido que apenas salía a corretear por las calles de su pueblo, Alagón (Zaragoza). “En el colegio sí me gustaba jugar al fútbol, pero como no veía la pelota y el sol me lo ponía tan difícil, solo corría hacia arriba y abajo”, dice entre risas. Probó con la natación durante casi dos años, pero el agua tampoco fue un medio en el que se encontrara a gusto, así que decidió cambiar el bañador por el kimono. Sintió un flechazo al atarse su primer obi y desde entonces no ha parado de progresar sobre el tapiz.

“Me enganchó, aunque al principio, como era muy vergonzoso y tenía problemas para sociabilizar y relacionarme con los demás, se me hizo bastante duro y me negué a ir, me daba miedo. La labor e insistencia de mis padres y de los entrenadores me forzaron a superar esa barrera”, confiesa Ibáñez. En el tatami del Club Judo Zaragoza se coció a fuego lento el ‘Fideo’ -apodo que le pusieron por su complexión espigada y delgada-, que pronto absorbió un amplio abanico de técnicas de agarre para convertirse en un judoka tenaz, vigoroso y con talento. “Me considero un deportista con suerte, en mi camino he pasado por muchas manos, como las de Jorge Barreto, Jesús Laviña, Javier Rivero, Pablo Lambea o Raúl Clemente, uno de los mejores que tenemos en España”, comenta.

Primeras medallas y cambio arriesgado

Las semillas que sembró no tardaron en fructificar, apenas era un imberbe cuando irrumpió con brío para codearse con los mejores del mundo. En 2017 ya dio un aviso a navegantes tras conquistar la plata en el Europeo de Birmingham (Inglaterra). “A mi primera gran medalla a nivel internacional le tengo mucho cariño, fue inolvidable, yo que soy tan nervioso, afronté el campeonato con mucha tranquilidad, eso me ayudó a ganarla. Recién empezaba y de repente me vi arriba con los mejores”, cuenta. Al año siguiente sumó una plata en la Copa del Mundo de Antalya (Turquía) y dos bronces en los torneos de Heidelberg (Alemania) y Beziers (Francia). El mejor capítulo de su corta carrera lo firmó en 2019 tras ganar un bronce en el Europeo de Genoa (Italia) y proclamarse subcampeón del mundo en Fort Wayne (EE.UU.).

Dos metales que cobran mayor valor ya que era la primera vez que competía en -66 kilos después de cambiar de categoría por problemas de salud. “Por mi envergadura lo estaba pasando mal para estar en 60 kilos, mentalmente sufría y rendía muy por debajo de mi nivel. Me deshidrataba muy rápido y siempre me encontraba cansado, de mal humor y desanimado. Era un cambio arriesgado porque estábamos en mitad de la clasificación para los Juegos Paralímpicos. Pese a que trabajé como un animal, pensé que ya no llegaría, así que me relajé y fue sin esa presión cuando aparecieron los buenos resultados”, asegura.

En sus vitrinas también luce medallas que rompen barreras hacia la inclusión. En 2018 ganó una plata y en 2020 un bronce en el Campeonato de España absoluto frente a rivales videntes. “No hace falta ver para hacer judo, es un deporte en el que lo más importante es sentir cada movimiento”, recalca el zaragozano. Esta temporada ha dado un salto de calidad tras mudarse al Centro de Alto Rendimiento de Madrid y entrenar bajo las órdenes de Raúl Clemente, Javier Delgado y el seleccionador nacional Alfonso de Diego. Y las cosas le han ido bien: bronce en la Copa del Mundo de Antalya (Turquía) y plata en el Grand Prix de Warwick (Gran Bretaña).

“He mejorado mucho, no tengo una cualidad que destaque por encima de la media, pero sí soy explosivo, poseo bastantes recursos y soy fuerte cuando tengo controlado el agarre”, asevera. “Es un competidor que sabe explotar sus virtudes y esconder los defectos. Es muy trabajador, una persona muy humilde y sin egos que le permite mejorar cada día. Es muy difícil que le tiren, una cualidad fundamental en el judo, y ha mejorado mucho el trabajo en el suelo. Hace cuatro años era demasiado blandito, ahora es agresivo y consistente. A nivel general, Sergio tiene las cosas muy claras y le veo con muchas opciones de medalla en los Juegos”, analiza De Diego.

Ibáñez sonríe y sus ojos se le iluminan cada vez que escucha el nombre de Nippon Budokan de Tokio, escenario que pisará a sus 22 años. “Llevo cinco años yéndome a dormir pensando en los Juegos, que serán en Japón, donde el judo es casi una religión, es perfecto. Pese a la pandemia de coronavirus, afortunadamente se van a celebrar, lo único que me fastidia es que mis padres no puedan estar en las gradas viéndome cumplir un sueño que tengo desde niño”, apunta.

El palmarés del aragonés justifica su deseo de gloria paralímpica. Desde Atenas 2004, cuando David García del Valle logró una plata y Raúl Fernández un bronce, ningún judoka masculino español ha vuelto a colgarse una medalla en unos Juegos. “Ojalá pueda ser el siguiente en subir al podio. No será fácil, cualquier rival será peligroso, estamos muy igualados, a todos les he ganado y con todos he perdido alguna vez, así que no creo que esté por debajo de nadie. Sé que estoy al nivel de las medallas, pero tengo que dar un paso más para confirmarla. Ahora toca apretar los dientes, luchar y darlo todo, se podrá dar mejor o peor, pero quiero el oro, aspiro a lo máximo”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Ibáñez

Almudena Montiel, una jugadora habilidosa y fajadora bajo los tableros

Pundonor, constante sacrificio, brega, astucia o pura sangre son algunas de las características que dibujan en la cancha el perfil de Almudena Montiel, una fajadora sin remilgos bajo los aros, una jugadora no exenta de recursos técnicos a la que le complace bailar con la más fea del equipo rival, sin amilanarse. Una pieza necesaria que encaja en cualquier equipo porque aporta cosas dentro y fuera de la pista. Por eso, la selección española de baloncesto en silla de ruedas celebra su regreso tras casi tres años de ausencia. Hizo un parón para ser madre y vuelve con más hambre que nunca. El sacrificio da ahora sus réditos ya que forma parte de la plantilla que disputará unos Juegos Paralímpicos 29 años después.

La primera vez que agarró el balón anaranjado fue en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, donde se han forjado grandes referentes de este deporte. Allí pasó cuatro meses por la paraplejia que le provocó un accidente de coche en 2007. “Me rompí la espalda y me quedé con una lesión medular completa. Sorprendentemente lo digerí bien, nunca me estanqué en sentir lástima ni nada de eso. Tenía un problema, así que hice lo necesario para mejorarlo, trabajé en mi rehabilitación al máximo para poder volver a ser independiente lo antes posible. Las lágrimas no me iban a devolver las piernas, así que tenía que pasar a lo siguiente, que era aprender a vivir de un modo diferente”, explica.

La malagueña nunca había practicado deporte, “era una adolescente vaga”, confiesa entre risas. En el complejo hospitalario descubrió el baloncesto y fue amor a primera vista. “Me pareció impresionante, era como ver a gente de otro planeta, el contacto con las sillas, cómo se caían y levantaban sin pestañear. Empecé gracias a José Miguel López ‘Cole’, que era entrenador del equipo de Toledo y también el seleccionador nacional. Él me dio la oportunidad de probarlo en uno de los campamentos del hospital y desde entonces se convirtió en una pasión”, asegura. Solo cinco meses después del accidente comenzó a entrenar con el FAMF Málaga Más, heredero del histórico ADEMI, con el que jugó algunos partidos en Primera División.

“Recuerdo que éramos muy pocos y a veces se venían mis primos para que pudiésemos ser más gente en los entrenamientos. Al principio me costaba seguir el ritmo de juego ya que todo era nuevo para mí, pero me encantaba cuando conseguía defender a un grande o hacía pasillos”, relata. La base-escolta de Torremolinos recaló después en el Clínicas Rincón Amivel para ascender a la máxima categoría, aunque su debut en la División de Honor llegó en 2010 con el ONCE Andalucía, campeón de Liga, al lado de internacionales consagrados como Diego de Paz o Pablo Zarzuela y dirigido por Abraham Carrión, hoy seleccionador español.

Una carrera con muchos títulos

“Cuando me llamó para ficharme no me lo podía creer, fue una sensación increíble, un gran salto en mi carrera deportiva, aprendí muchísimo de mis compañeros, aunque lo más importante que me llevé es el trío con Lourdes Ortega y Vicky Pérez, quien se convirtió en parte de mi familia, siendo como una hermana para mí. Siempre decimos que lo que unió la ONCE, que no lo separe nadie”, dice con una sonrisa. Tras la desaparición del club regresó a casa, al Amivel, pero apenas duró unos meses porque se marchó a Madrid y Carrión la reclutó para el Fundosa ONCE -actual CD Ilunion-. En dos años y medio ganó tres ligas y tres Copas del Rey. Ahora lleva siete campañas en el Amiab Albacete, con el que levantó una Liga en 2018 y una Copa del Rey este curso.

En tierras manchegas conoció a la que es su pareja, Kyle Marsh, un ‘killer’ y uno de los talentos de la factoría británica. “De él intento aprender su lectura de juego, el ‘timing’ con el balón y algunos trucos por si se me puede pegar algo de su tiro. Ambos aprendemos el uno del otro en diferentes ámbitos, sobre todo, ahora con el peque, que es una aventura en la que somos novatos”, apunta. Tras el Mundial de Hamburgo (Alemania) en 2018, al que España acudía después de 24 años de sequía, la malagueña decidió darse un descanso, “tenía muchas ganas de ser mamá, era mi momento”. Hace dos años nació Nico, que puede estar muy orgulloso de tener una madre como ella, guerrera e imparable.

La maternidad no la frenó, al contrario, volvió a las pistas con más ganas. “Cuando vamos de espectadores me encanta llevarlo a los partidos y animar. Ya ha empezado a gritar ‘Defensa’, como su mamá”, ríe. Es todo un ejemplo de conciliación, lo único que ha cambiado son sus prioridades, ahora su príncipe le hace sentir plena. “Mi reincorporación ha sido mejor de lo que me imaginaba, he contado con el apoyo del club en determinados momentos y también tengo amigas que me ayudan para los partidos y viajes”, prosigue. Para ella, será duro separarse de su hijo en las próximas semanas, es el peaje que tiene que pagar por vivir su gran sueño desde que vistió la elástica de la selección por primera vez en 2009: estar en unos Juegos Paralímpicos.

España logró el billete tras ser cuarta en el Europeo de Rotterdam (Holanda) hace dos veranos, cuando ella estaba a punto de dar a luz. “Lo seguí como las locas gritándole a la tele, quería que sintieran que estaba con ellas remando a su lado. Hubo momentos complicados al verlas y no estar allí”, comenta. Su principal valedor, Abraham Carrión, le ha incluido en la lista para Tokio por todo lo que puede aportar a la selección. “Es una jugadora trabajadora, muy sacrificada, con un físico que destaca en su puntuación, es fuerte, le gusta ir al contacto y las peleas duras, algo que la convierte en una gran defensora. Tiene recursos para atacar por su manejo de balón y de silla. Es muy importante para nosotras, estamos contentas con su vuelta porque nos hace más fuertes y nos da más posibilidades de rotación”, analiza el técnico jerezano.

A sus 30 años, la andaluza está preparada para aportar esos famosos intangibles en el baloncesto, medirse a las rivales más grandes, proteger el aro, bloquear o liberar a las pívots. “Significa muchísimo poder llevar la camiseta junto a mis niñas. Cada partido es como ir a la guerra de la mano de tu pequeña familia, al final son demasiados años en los que ha llovido mucho y siempre nos mantenemos fuertes y unidas”, añade Montiel, que lamenta que no esté con ellas la cordobesa Veva Tapia, excluida de los Juegos por un cambio en los criterios para revisar el grado de discapacidad: “Se nota su ausencia, a todas nos ha roto un poquito el corazón”.

En la capital japonesa, el combinado nacional se enfrentará en la primera fase a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. “Siempre somos ambiciosas, un grupo muy competitivo y peleón que intenta luchar por lo máximo, ya luego veremos a dónde llegamos, pero también tenemos la mentalidad de disfrutar la experiencia. Hay que mostrar nuestra mejor versión, haciendo que las 12 jugadoras se conviertan en una misma persona en la pista. No dudo de que si hay algo que este equipo puede hacer es plantar cara a las grandes potencias”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Almudena Montiel

Sergio Martos, un meticuloso y polivalente nadador

De pequeño, a Sergio Martos sus padres le llevaban a la piscina obligado, casi a rastras. Odiaba el agua y se pasaba el día llorando o en una esquina. No había forma de motivarle. Esa paciencia e insistencia de sus progenitores y de su primer entrenador, Luis Vallejo, consiguieron que se enganchara a la natación. Ahora no hay quien le separe de ella. Es uno de los rostros emergentes de la nueva generación de nadadores españoles, un joven espigado, ligero y garbo, un ejemplo de deportista total, polivalente, capaz de brillar en diferentes estilos. El 25 de agosto soplará 22 velas en un escenario especial, en Tokio, donde vivirá sus primeros Juegos Paralímpicos. “Es el mejor regalo de cumpleaños de siempre, ojalá pueda ponerle la guinda con una medalla”, apunta.

Para este valenciano, la natación era lo que mejor le venía para su rehabilitación. Un problema durante el parto le provocó una parálisis braquial que afectó a su brazo izquierdo. “Empecé a nadar con seis meses, lo recomendaron los médicos ya que mi discapacidad me ocasionaba escoliosis, sobrecarga y problemas en la espalda. Cuando era niño me llevaron a París hasta en cuatro ocasiones para pasar por el quirófano. El brazo lo tenía paralizado y para mejorar su movilidad y regenerar el tejido me pusieron musculatura del gemelo”, cuenta.

En la piscina de Mislata (Valencia) inició su aventura, le costó más de un disgusto, pero poco a poco fue cultivando ese amor por las brazadas. “De niño tenía un carácter fuerte, la liaba bastante porque no quería nadar. Pero todo cambió cuando empecé con un grupo de gente que también tenía discapacidad y me pusieron pequeños objetivos. Al final, de tantas horas que iba me acabó gustando. En ese momento no podía imaginarme que la natación se convertiría en una devoción, en mi vida, lo sacrifico todo por ella. Me ha ayudado a tener más autoestima y a ser disciplinado, me aporta tranquilidad, en el agua me siento como si estuviera en casa”, explica.

Martos despuntó pronto y su potencial no pasó desapercibido para Pilar Javaloyas, nadadora que conquistó 11 medallas paralímpicas en la década de los 80 y que le propuso fichar por el Aquatic Campanar. “Me dijo que tenía condiciones para llegar lejos. Le estoy muy agradecido porque eso me hizo dar un salto grande de calidad”, confiesa. Mudó la piel cuando se puso en manos de David Román, entrenador que le ha pulido en los últimos siete años. “En los campeonatos de España quedaba tercero o cuarto y desde el primer día se sentó conmigo y me comentó que estaba muy bien ganar medallas a nivel nacional, pero que había que pensar en grande, que el objetivo era ir a unos Juegos Paralímpicos. Me encantó porque me propuso una meta alta y exigente, me marcó una rutina y nos pusimos a trabajar”, comenta.

Su mirada se proyectó en Tokio 2020, nada frenaría su entusiasmo y vigor, ni siquiera la decepción que se llevó tras quedarse a centésimas del Mundial de México en 2017. “Me dejó un sabor amargo porque viendo los resultados podría haber estado luchando con los mejores, pero no me iba a quedar llorando en mi habitación, ese mismo día me fui a entrenar pensando ya en la siguiente competición internacional”, relata. El Europeo de Dublín en 2018 sirvió para descorchar el talento que atesoraba tras colgarse tres bronces. “Mi idea solo era meterme en las finales, pero cayeron tres medallas, fue sorprendente. Me sentí en la cima, fue impresionante lo que viví, le gané a gente a la que admiraba y veía por televisión”, recalca.

En el Mundial de Londres 2019 quedó séptimo y en el último año y medio su crecimiento ha sido exponencial. En mayo en el Europeo de Funchal (Portugal) ratificó su buen momento tras conquistar un bronce en 100 espalda y ser cuarto en 50 libre. “Antes me presionaba por las mínimas y los tiempos, pero cambié el chip con la intención de disfrutar y de aplicar a la competición lo que entreno, sin obsesionarme por los resultados”, subraya Martos, un nadador explosivo que aúna disciplina, constancia, fuerza mental y pasión desenfrenada por lo que hace. Además, ejecuta perfectamente los cuatro estilos (mariposa, espalda, crol y braza). “No dejo de lado a ninguno, me gusta tenerlos compensados. Siempre he sido mariposista, pero ahora soy más fuerte como espaldista”, reconoce.

Para Martos, la natación no son solo las seis horas que pasa entre el agua y el gimnasio cada día, buena parte de su tiempo lo ocupa buceando por Internet viendo las técnicas de nado de otros deportistas. “En mis ratos libres me pongo vídeos de las series y las finales de los Juegos de Londres 2012 o de Río 2016 en la que participan mis rivales o mis compañeros de la selección española, todos me aportan algo táctica y técnicamente, me quedo con lo mejor de cada uno para perfeccionarlo en mi estilo”, afirma el joven, que tiene en Ricardo Ten, David Levecq y José Antonio Marí a sus referentes.

“Desde pequeño quería llegar a ser como ellos y ahora tengo la suerte de compartir campeonatos, es un lujo estar con mis ídolos. Siempre voy con los pies en el suelo y absorbiendo cada consejo que me dan, cuando estoy con ellos procuro escuchar lo que me dicen y callarme. Saben de qué va esto, yo acabo de llegar. Coger su relevo es una gran responsabilidad y un orgullo, espero estar a la altura porque le han dado mucho a la natación española”, dice con esa humildad con la que aterriza en los Juegos Paralímpicos, dónde espera hacer un buen papel.

“En abril hice la mínima y todavía sigo en una nube. De niño lo veía imposible, pero a mi lado tengo al mejor entrenador del mundo, me ha dado las herramientas para conseguirlo, sin David Román habría tirado la toalla. Ahora no puedo fallarle a él ni a todos los que me han acompañado en este camino. Voy a vaciarme en cada prueba, quiero tirarme al agua con ganas de comerme la piscina y de saborear cada minuto porque los primeros Juegos son una experiencia única”, indica el valenciano, que nadará 100 espalda y 100 mariposa en clase S8. “El objetivo es meterme en las finales, las plazas estarán muy caras, pero tenerlo complicado es lo que me ilusiona y motiva. Allí cumpliré 22 años y si me llevo una medalla sería el hombre más feliz del mundo, pero regresaría satisfecho a España si el trabajo de todos estos años queda reflejado en la competición, aunque quede tercero o último”, concluye.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Martos

Loida Zabala, fuerza irreductible entre discos y barras

Sentada sobre el press de banca cierra sus grandes ojos claros para visualizar el movimiento, exhala una bocanada de aire y arquea levemente la espalda antes de enfrentarse al continuo baile con la barra de acero cargada de discos. La eleva una y otra vez hacia el cielo con la fuerza irreductible y resiliente que ha guiado cada paso en su vida. Loida Zabala lleva 15 años repitiendo el mismo ritual que le ha encumbrado al trono de la halterofilia adaptada en España y le ha asentado entre las mejores del mundo en su categoría. En plena madurez deportiva, sus manos cubiertas de magnesio tratarán de agarrar en Tokio el metal que tanto anhela, una medalla en los Juegos Paralímpicos.

Con sus 1,71 metros y 50 kilos de peso, la cacereña es capaz de levantar más de 100 kilos. Lo que empezó como ejercicios para la rehabilitación acabó convirtiéndose en una pasión. Con unas mancuernas escapó de la monotonía tras varios meses encerrada entre cuatro paredes en un hospital. Tenía 12 años y una mielitis transversa -inflamación de la médula espinal- le paralizó sus piernas. Le encantaba correr y disfrutaba con el kárate. “Una mañana me desperté con un fuerte dolor, a los pocos días fue a más y no podía andar ni doblar las rodillas. Acabé en silla de ruedas. Fue un golpe duro, pero nunca me vine abajo. Empecé a ver la vida de otra forma, a valorar cosas como salir a la calle o sentir la brisa en la cara”, cuenta.

Al alcanzar la mayoría de edad acudió al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo para sacarse el carné de conducir cuando un jugador de baloncesto en silla le animó a probar la halterofilia. “Fue amor a primera vista, me enganchó y desde entonces no la he dejado ni en vacaciones”, confiesa. Lodario Ramón fue su mentor, el que la moldeó. “Al principio me mandaba los entrenamientos por correo, hasta que me fui a Oviedo con él. Le debo mucho, me enseñó la técnica y me ayudó durante nueve años”, explica. Comenzó levantando 45 kilos y con perseverancia aumentó sus marcas hasta construir un buen palmarés: 15 veces campeona de España, varios bronces europeos y numerosas medallas en Copa del Mundo.

El punto de inflexión en su carrera llegó en 2014, cuando hizo las maletas y viajó a México para absorber la forma de entrenar de Amalia Pérez, campeona paralímpica y del mundo. “Es mi ídolo y no podía desaprovechar la oportunidad. Aprendí muchísimo a su lado y encima gané un oro en el Open de las Américas”, rememora. Durante años, la haltera de Losar de la Vera (Cáceres) ha tenido que remar contra viento y marea para superar obstáculos y falta de medios. Llegó a prepararse en un garaje con el suelo inclinado que le provocó una lesión de hombro, en el estudio fotográfico de sus padres o incluso en su propio piso.

“Siempre me he adaptado a las circunstancias. Afortunadamente ya entreno en las mejores condiciones posibles y tengo lo necesario para rendir bien”, prosigue. Ahora su centro de operaciones está en Carranque (Toledo), municipio que recientemente ha abierto un centro de tecnificación de halterofilia gracias al empeño de la extremeña, mecenas de un proyecto que permitirá la preparación de nuevos deportistas. “Este espacio y la sala que hemos montado en el Hospital de Parapléjicos son mis mejores medallas. Trato de devolverle al deporte una parte de lo que me ha dado”, subraya.

De la mano de Óscar Sánchez, su entrenador, ha dado un gran salto con la barra, ha mejorado en coordinación, concentración y fuerza explosiva. “Con él estoy muy a gusto, formamos un buen equipo. También he incluido herramientas psicológicas gracias a Iván Alonso que se notan a la hora de competir. En la halterofilia la fuerza es muy importante, pero si te falla la técnica o la cabeza, estás perdida. Solemos estar bajo bastante presión y hay que saber gestionarla para que no te supere. En mi caso, estuve muchos años con miedo, pasándolo fatal, con ansiedad y con pánico escénico. Y mira ahora, hasta estoy estudiando para ser actriz, otra de mis pasiones”, dice entre risas.

Con 34 años disputará sus cuartos Juegos Paralímpicos. En Pekín 2008 fue séptima y en Londres 2012 fue quinta a pesar de acudir con un brazo lesionado por la agresión que sufrió de su expareja un mes antes del evento. “Los malos tratos que recibí fueron más duros que pasar por el hospital y quedarme en silla de ruedas. Casi se me escaparon, pero me recuperé a tiempo para disfrutar de aquella cita”, cuenta con esa entereza y positividad que contagia. En Río de Janeiro 2016 acarició el podio, le faltó el visto bueno de un juez. “Por la técnica me quedé sin esa medalla que habría sido histórica, la tuve muy cerca”, añade.

Este curso ha competido en las Copas del Mundo de Manchester (hizo tres nulos) y de Dubai (rozó el podio tras quedarse a un kilo del bronce) en categoría -50 kilos, y ha podido exprimir el tiempo para llegar con opciones de luchar por las preseas en la capital nipona. “Mantener la clasificación entre las seis mejores durante la pandemia de coronavirus ha sido un reto. Serán unos Juegos atípicos, lo que más te llena es sentir las voces y el calor de la gente, pero después de lo que hemos vivido, lo importante es estar y competir con todas las medidas de seguridad, aunque sea sin público”, comenta.

En 30 minutos se jugará cinco años de entrenamientos: “Lo afronto con mucha ilusión y ambición, habrá que estar al 100% concentrada. No sabemos en qué marcas estarán las medallas, pero voy a por ella, me encantaría conseguir un bronce. En Río no me guardé nada, me valía con ser cuarta para conservar una beca económica, pero arriesgué porque me veía capacitada para levantar 103 kilos y acabé perdiéndola. Hay que tomar decisiones en décimas de segundo, pero si vuelvo a estar en la misma tesitura, lo tengo claro, la medalla es la prioridad. Y si no la consigo, pues habrá que seguir preparándose para que en París 2024 pueda cumplir ese sueño”, sostiene Loida Zabala, una deportista que tras ese aspecto dulce y sonrisa perenne se esconde una mujer de hierro.

TEST TOKIO. Conociendo a Loida Zabala

Álvaro del Amo, un ascenso silencioso desde el círculo de lanzamiento

Con la bola de acero o con el disco, ya sea en la jaula o en el círculo de lanzamiento, Álvaro del Amo se está labrando un hueco en la élite mundial del atletismo en categoría F11 (deportistas ciegos). El suyo ha sido un ascenso silencioso fruto del trabajo, el empeño, la paciencia y la constancia. A los 31 años acaba de alcanzar su primera madurez atlética, aún le quedan muchas cosas por pulir, pero los resultados ya asoman, como demostró en el pasado Europeo en Bydgoszcz (Polonia) con un bronce. Afronta ahora su desafío más grande, los Juegos Paralímpicos de Tokio, en los que espera estirar el brazo hasta el infinito para cazar una medalla.

De niño ya mostraba buenas dotes para este deporte cuando siempre quedaba entre los mejores en las Olimpiadas Escolares de Madrid. “Se me daba bien lo de tirar, pero en la adolescencia me decanté más por el fútbol y aparqué el atletismo”, comenta el madrileño, que nació con retinosis pigmentaria, enfermedad de carácter generativo que se agudizó a partir de los 18 años: “Solo veo luces y sombras”.

En 2014, cuando empezó a trabajar en la venta del cupón de la ONCE, volvió a reencontrarse con el lanzamiento tras conocer a Alfonso Fidalgo, atleta que dejó una estela imborrable con cinco oros y una plata en tres participaciones en Juegos Paralímpicos (Barcelona 1992, Atlanta 1996 y Sídney 2000), así como con varios títulos de campeón del mundo y de Europa. El leonés le animó a unirse a sus entrenamientos y enseguida se dio cuenta de que su futuro estaba ahí, en la jaula. El círculo se convertiría en su nuevo mundo. Al lado de su referente quiso aprender, crecer, ser el mejor.

“En mi primer año fui subcampeón de España y eso fue un estímulo para querer continuar. Le estoy muy agradecido a Alfonso porque aprendí mucho de él con la técnica en mis comienzos. Él ya hace tiempo que se retiró, pero mantenemos una buena amistad y a veces me da consejos para progresar. Es un ejemplo a seguir, ojalá pueda algún día tener la mitad de su palmarés. Alguna vez le digo que le quitaré el récord de España en disco, que está en 44.44 metros y me responde que le gustaría que fuese yo”, explica.

Esa barrera aún queda algo lejos para Del Amo, cuya marca personal está en 37.84 metros. “Apenas llevo desde 2018 tomándomelo más en serio, antes lo practicaba por fuerza bruta, no me dedicaba a ello como lo hago ahora, con una preparación de cinco o seis días a la semana. Sé que tengo margen de mejora, cada año se nota la progresión”, recalca. En esa eclosión mucho ha tenido que ver la figura de su hermano y guía Roberto. “Son mis ojos, la persona que siempre está ahí, es un lujo compartir este camino con él. Me entiende a la perfección, es el único que cuando tengo un mal día me sabe relajar, nos compaginamos bien y, nunca mejor dicho, confío ciegamente en él”, dice riendo.

Aunque destaca más como discóbolo, siendo cuarto en el ranking mundial, también aparece en el Top 8 en lanzamiento de peso, prueba con la que se estrenó a nivel internacional en el campeonato del mundo de Dubai 2019 con un séptimo puesto. “Aquí sí utilizo la técnica lineal porque el círculo es pequeño y tiene un escalón que no veo, para girar hay que tener equilibrio y una percepción perfecta de dónde te encuentras. Voy cada vez mejor con la bola y ya estoy en 12.74 metros”, apunta. El récord del mundo en su categoría lo tiene el valenciano David Casinos (15.51): “Es otra leyenda, uno de los más grandes”.

El atleta del CD Dromos ha dado esta temporada un giro importante a su trayectoria tras ganar un bronce en disco en el Europeo de Polonia y quedarse a las puertas del podio en peso siendo cuarto. “Es mi primer éxito internacional, me encontré eufórico lanzando. Lástima que en peso me quitaran la medalla por dos centímetros. Debo confesar que hasta hace muy poquito sentía miedo en el círculo, hasta que rompí esa barrera mental y me di cuenta de que valgo para este deporte. Estos resultados me han dado seguridad y confianza, es un impulso para el reto al que me voy a enfrentar”, afirma.

Llega a Tokio sin límite en sus aspiraciones y al acecho para hacer ese lanzamiento que lo consagre en el selecto club de los mejores. “Estoy con muchas ganas, se cumple un sueño y se ve recompensado el esfuerzo y las tardes de entrenamientos con lluvia y calor. Estoy para luchar mano a mano con los favoritos, he trabajado duro porque quiero morder chapa. Soy consciente de que las medallas estarán caras, pero pelearé con todo para traerme una a España. También soy realista y si logro un diploma en ambas pruebas será un gran premio. Lo que está claro es que ya nadie me quitará que he estado en unos Juegos Paralímpicos”, cierra Álvaro del Amo.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Álvaro del Amo

Eduardo Santas, un ‘todoterreno’ en el velódromo y en la carretera

 

 

Eduardo Santas lleva el ciclismo en las venas, forma parte de una saga de apasionados de las dos ruedas, desde niño estaba destinado a seguir los pasos de su abuelo, de su padre y de su hermano. Ese fervor por la bicicleta no lo frenó ni la parálisis cerebral que sufrió por una varicela a los cuatro años. Con pedaladas de tenacidad ha superado cualquier rémora hasta convertirse en una referencia del equipo paralímpico español, en un ciclista ‘todoterreno’ capaz de rendir tanto en el velódromo como en el asfalto. Tras ganar el maillot de campeón de Europa y rozar el podio en el Mundial, llega lanzado a los Juegos Paralímpicos de Tokio.

“Empecé por rehabilitación, ahora es mi modo de vida y mi profesión. Sé que tengo mis limitaciones, pero nunca fue un impedimento para llegar a la élite. Tengo una hemiplejia en el lado derecho del cuerpo. El pie lo tengo muerto, no responde a estímulos, el gemelo no tiene fuerza y el cuádriceps apenas desarrolló músculo. Tengo desviada la columna, la pierna más corta y la mano sin coordinación, me cuesta coger cosas”, explica. Comenzó en la bicicleta enrolado en el Asesoría Santas, el club que patrocinó su progenitor, y pasó por todas las categorías inferiores hasta que descubrió el ciclismo adaptado.

“Con 18 años estaba algo mermado por mi problema y decidí cambiar para competir al máximo nivel con gente con las mismas dificultades que las mías”, relata. Se enfundó la elástica rojigualda de la selección en 2013 y al año siguiente se colgó su primer metal en su debut mundialista en Aguascalientes (México). “Desde entonces no me he bajado del podio, siempre he cumplido en cada cita”, afirma orgulloso el zaragozano, un corredor completo tanto en el circuito oval como en la carretera.

Su currículum le avala: 14 preseas en siete mundiales sobre el parqué, oro en la velocidad por equipos en México 2014, plata por equipos y bronce en scratch en Apeldoorn 2015, bronce en el kilómetro y en velocidad por equipos en Montichiari (Italia) 2016, plata en scratch y por equipos en Los Ángeles 2017, otro bronce en velocidad en Brasil 2018, dos platas en persecución y contrarreloj en Holanda 2019 y cuatro bronces en Milton (Canadá) 2020. Además, en la especialidad en ruta posee dos bronces. Y uno de los galardones que más brilla en sus vitrinas es el bronce en la velocidad por equipos en los Juegos de Río.

De momento, se le resiste el maillot arco iris en una prueba individual, pero no le obsesiona. “Me lo tomo con tranquilidad, ojalá llegue algún día, aunque si no es así, no pasa nada, tengo un palmarés importante, he conseguido muchas cosas. Ahora mismo prefiero ganar una medalla en Tokio antes que ser campeón del mundo. En Canadá lo tuve cerca en la persecución, en la pelea por el bronce hice el mejor tiempo de todos los ciclistas y si lo hubiese hecho en la clasificatoria, quizás me habría llevado el oro”, resalta el ciclista del Fundación Euskadi, que preside Mikel Landa y que le ha permitido optimizar al máximo su rendimiento entre los élites.

De hecho, este año se convirtió en el primer ciclista con discapacidad en competir en un campeonato absoluto en carretera. “Participé en la crono con gente de un nivel brutal, algunos corren en el Tour de Francia. Fue una experiencia bonita, disfruté y demostré que los paralímpicos somos ciclistas muy profesionales y no cuatro cojos que van de paseo en bici”, apunta Santas, que en junio pudo cumplir otro objetivo, ser campeón de Europa. “Me llevé el oro en la contrarreloj y la plata en fondo, es un sueño realizado, me hizo mucha ilusión”, añade. En el Mundial de Cascais (Portugal) se quedó cerca del podio.

Durante estos meses ha devorado kilómetros entre la Comarca de Tarazona, la Ribera del Ebro, el Moncayo y Murcia, así como en los velódromos de Tafalla (Navarra), Valencia, Anadia (Portugal) y Mallorca. “En cinco años he progresado bastante desde que empecé con mi entrenador Jesús García Pallarés, me he afianzado en la persecución y en la ruta, siempre manteniéndome en posiciones de podio. Me encuentro a un nivel muy alto, algo que me permite ser muy optimista en Tokio”, comenta.

Santas es una de las bazas del equipo dirigido por Félix García Casas y apunta a los metales en categoría C3. “Los Juegos de Río no los disfruté del todo por la presión que tenía. Esta vez los afronto con más tranquilidad, madurez y con ganas de vivir la experiencia. Me considero bastante versátil y me veo capaz de sacar medallas en las dos modalidades. Tengo opciones en la contrarreloj y en la ruta, aunque la prueba que más he preparado ha sido la persecución, estoy en tiempos muy buenos para aspirar a medalla”, añade el ciclista multidisciplinar.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Eduardo Santas

Óscar Salguero, un nadador disciplinado y perfeccionista

Óscar Salguero aún nota ese cosquilleo en el estómago cuando visualiza la carrera que le hizo alcanzar la cúspide en los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Con aquel rostro imberbe aparentaba ingenuidad, pero en el agua se mostró indómito para llevarse el oro en su advenimiento en la élite. En un lustro se ha convertido en una referencia de la natación y parece no tener límites. A sus 23 años puede presumir de poseer la triple corona: campeón paralímpico, mundial y europeo en los 100 metros braza SB8. Pero este bracista disciplinado, metódico y aplicado, ansía más y va a por el oro en los Juegos de Tokio.

Esa ambición y determinación comenzó a cultivarlas de niño, cuando a su madre le costaba trabajo sacarlo del mar y de la piscina. “De siempre me ha encantado estar en el agua, por eso a los dos años ya me apuntaron a un cursillo de natación”, recuerda. Salguero, que nació sin parte del brazo derecho, practicó fútbol, kárate y atletismo. También probó waterpolo, aunque no pudo entrar en el equipo de su municipio, Sabadell. “La prueba me salió perfecta, no había motivos para dejarme fuera, no me aceptaron por mi discapacidad. Regresé a la natación y el tiempo me ha dado la razón. Me alegro de aquella decisión ya que de lo contrario no sería la persona de hoy en día”, apunta.

El deportista ha sorteado con optimismo y constancia cualquier piedra con la que se ha topado por el camino, nada frena su ardor y sus ganas de comerse el mundo. “Mis padres nunca me sobreprotegieron porque me faltase un brazo, he tenido autonomía, me sentía capaz de hacer lo mismo que el resto, aunque me esforzase o tardase más, me las he apañado solo”, asevera este estudiante de cuarto de Medicina. “Incluso ahora hay quienes me siguen poniendo obstáculos y me dicen que no podré ejercer de médico. Pero solo pienso y actúo, haré siempre lo que me apetezca. Es una carrera que me apasiona y espero en un futuro dedicarme a ello, quiero demostrar que también puedo ayudar a las personas”, zanja.

Para proseguir con su meteórica progresión se instaló en el CAR de San Cugat (Barcelona), guiado por la sabiduría de Jaume Marcé. “Es talentoso, trabajador y con un nivel de sacrificio alto. Tiene mucho margen de mejora, es muy joven, ya ha sido campeón paralímpico y en Tokio esperamos que demuestre su mejor versión”, explica el técnico catalán. “Soy muy competitivo y autoexigente, me pongo objetivos diarios y si nos los consigo me frustro mucho, me gusta superarme cada día. Cualquier cosa que me salga mal en un entreno, al día siguiente lo estoy cambiando. Soy cuadriculado y trato de tenerlo todo controlado”, añade el nadador barcelonés.

Vive a tanta velocidad como nada. Su despertador suena a las 6.30, amanece nadando, después acude a clase, come, regresa a la piscina y vuelve a coger los libros para estudiar antes de dormir. Lo normal es que acabe estragado de tanta rutina, pero trata de sacarle el lado positivo: “Lo más difícil es renunciar a cosas que hace la gente de mi edad. Pero para mí no es duro porque elegí llevar esta vida, soy feliz con lo que hago. Si quieres conseguir éxitos hay que perseguirlos y para ello hay que sacrificarse”.

Con su cincelada musculatura y rápidas frecuencias de brazadas ganó el oro en los Juegos de Río 2016, en el Mundial de México 2017 y en el Europeo de Dublín 2018. “Trabajé mucho para lograrlo, eso me sirve de inspiración para nunca relajarme y aspirar a más”, matiza. El oro en Tokio es motivo de renovadas ilusiones y nervios, afronta sus segundos Juegos Paralímpicos con más madurez. “En Río era bastante joven, muy inocente y no los disfruté del todo, no supe controlar la situación, tenía presión y no era consciente del escenario en el que estaba. Sin esos Juegos quizás no habría llegado tan lejos”, afirma.

En las dos últimas grandes citas, el Mundial de Londres 2019 y el Europeo de Funchal de este año, se llevó la plata, viéndose superado por el ruso Andrei Kalina, el rival a batir en el 100 braza. “Está siendo una temporada buena, gané la plata lejos del ruso, al que no le aparto la mirada, sé que es difícil, pero se le puede batir, voy por el buen camino para hacer un gran papel. Acudo a Japón con otra mentalidad, me veo fuerte y me he preparado mejor que nunca. Voy a darlo todo en mi prueba, soy ambicioso y voy a por él. Mi objetivo es ganarle, cada día he entrenado para superarle, jamás tiraré la toalla. Pero tampoco tengo asegurado el podio, habrá que pelear y demostrar lo que valgo”, finaliza Salguero, un nadador con tremendo nervio competitivo.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Óscar Salguero

Vicky Alonso, una ‘guerrera’ en la vida y bajo los aros

Vicky Alonso acumula dos décadas brillando bajo los aros, es una de las ‘guerreras’ del baloncesto español en silla de ruedas, una luchadora incansable que en unos días cumplirá en Tokio el sueño de participar en unos Juegos Paralímpicos. El triple más importante de su vida no lo anotó en una cancha, sino en un hospital, donde empezó a forjar esa resiliencia y carácter indómito. Con solo nueve años tuvo que librar la batalla más dura, le amputaron la pierna derecha hasta la cadera a causa de un tumor óseo agresivo que le detectaron a tiempo.

La pesadilla empezó con un pequeño bulto al que sus familiares restaron importancia al principio. “Era muy trasto de niña, creíamos que era por cualquier golpe. Hasta que un día, en la prueba para el vestido de mi comunión, lo vieron raro y me llevaron al hospital. De Vigo me trasladaron de urgencias a Madrid, donde llegó el peor pronóstico, nos dijeron que la enfermedad estaba muy avanzada”, recuerda. Directa al quirófano y después quimioterapia.

“Me amputaron lo máximo que podían, había muchas probabilidades de que las células cancerosas pasaran a la sangre y ya no pudiese salir adelante. Estuve dos años ingresada, con infecciones, bajadas de defensas y múltiples operaciones”, prosigue. El calor de sus familiares y amigos le ayudaron a sobrellevar la situación, también influyó su fuerte personalidad pese a su bisoñez. “Nunca sentí pena de mí misma, me reía cuando veía que me faltaba una pierna. Lo peor vino cuando salí del hospital y te enfrentas a la vida real, tuve que madurar rápido, nunca me sentí inferior a nadie, pero en el cole el comportamiento de algunos compañeros no era el adecuado”, lamenta.

El deporte no apareció en su vida hasta los 18 años, cuando su profesor en la autoescuela, Diego Núñez -ex entrenador del Amfiv de Vigo-, le animó a probar el baloncesto. “Fue el 12 de octubre de 2001, era la primera vez que me sentaba en una silla, ya que hasta entonces caminaba con una prótesis”, confiesa. Mimar el balón, sentir el crepitar del parqué bajo sus ruedas y cada canasta que consigue los considera un regalo. “El mío es un caso raro, normalmente los niños no superan este cáncer. Fue una segunda oportunidad y la he aprovechado gracias al basket”, recalca.

En España, al no haber liga femenina, siempre ha tenido que jugar en equipos mixtos, primero en Vigo, luego en Basketmi Ferrol y ahora lo hace en el UCAM Murcia, con el que ha conseguido ascender a División de Honor este curso. “Ha sido uno de mis mayores logros y encima luchando a veces con un quinteto femenino junto a Sonia Ruiz, Beatriz Zudaire, Lourdes Ortega e Isa López. El medirme a chicos me ha fortalecido, aunque nosotras, para tener un nivel, tenemos que poner un plus en cada entrenamiento. Tanto en mi equipo como en la selección trato de aportar lucha, mi velocidad y los lanzamientos desde el exterior e interior”, dice. Por su bravura, fuerza, entrega y acierto en el tiro se ganó el apodo de ‘Vickynator’: “Me lo pusieron en Ferrol, soy muy peleona, nunca me impone quien tenga delante, lo doy todo en la cancha”.

“Tiene un gran físico, hay pocas jugadoras que en el uno contra uno la puedan parar. Trabajadora, con una capacidad de entrega encomiable durante los 40 minutos, posee un lanzamiento de media y larga distancia muy bueno. Es capaz de dominar todas las facetas del juego tanto interior como exterior y provoca que los equipos estén siempre corriendo detrás de ella, ayudándonos a montar los ataques mucho mejor”, radiografía el seleccionador español, Abraham Carrión, a su alumna.

La gallega, con más de 120 internacionalidades, ha contribuido a los últimos éxitos de España, que quedó cuarta en el Europeo de 2019 y se clasificó para unos Juegos Paralímpicos 29 años después. En Rotterdam, Vicky ayudó a sus compañeras pese a tener una fractura en la pelvis. “No me podía ni subir a la silla, sentía mucho dolor, pero los fisios hicieron un gran trabajo y aunque no pude disputar todos los minutos que quise, sí aporté mi granito. Fue un alivio cuando logramos el ansiado objetivo”, explica.

Llegar hasta Tokio ha sido un camino pedregoso, demasiadas barreras han tenido que sortear para obtener el caramelo de los Juegos. “Estuve en la reunión de Dos Hermanas (Sevilla) en 2002 donde la selección, tras unos años de inactividad, volvió a renacer. Han sido 19 años de trabajo, de sacrificar muchas cosas, de perder dinero, pero lo volvería a repetir. He visto caer a muchas jugadoras que no han podido conseguir este sueño y hemos tenido que superar muchos obstáculos, como la falta de oportunidades a las mujeres en nuestros equipos o las escasas concentraciones para preparar un torneo. Ha merecido la pena, ahora queremos disfrutar cada minuto”, sostiene.

En Tokio se medirán en la fase de grupos a Estados Unidos, Holanda, China y Argelia, pero a Vicky y compañía les sobran redaños y quieren más. “Hay que competir y dar lo máximo. En el Mundial de 2018 nos tocó el grupo más difícil, conseguimos ganar a Australia y tuvimos opciones de pelear por medallas, quedamos séptimas del mundo en nuestro primer campeonato tras 24 años de ausencia. Hay que soñar a lo grande, con la medalla de oro. El premio de estar en unos Juegos ya lo tenemos, ahora hay que marcarse un objetivo ambicioso. Podemos plantar cara a las potencias, a algunas ya les hemos dado algún susto y si desarrollamos nuestro juego podemos hacerles daño”, remata.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Vicky Alonso

Juan Bautista Pérez, el palista de talento inagotable

Supera el medio siglo de vida, pero por sus venas corre la misma ilusión y el apetito voraz de cuando brillaba siendo adolescente. Desde pequeño a Juan Bautista Pérez siempre se le vio con una pala en la mano y con 16 años figuraba entre los tres mejores jugadores de España de tenis de mesa. Era un niño prodigio, un talento precoz que de sopetón vio apaciguada su proyección. En la India, en el segundo Mundial que disputaba, contrajo una enfermedad extraña que bloquea los nervios y las conexiones musculares. Nunca claudicó y continuó disfrutando de su pasión. El palista inagotable se ha convertido en uno de los mejores del mundo y en Tokio afrontará sus segundos Juegos Paralímpicos.

Estaba llamado a alcanzar cotas altas en la élite, pero hace 34 años su vida dio un giro radical en Nueva Delhi. “Acababa de cumplir la mayoría de edad, era jugador semiprofesional, entrenaba seis horas diarias y jugaba en ligas europeas. Estaba sano cuando fui al Mundial y regresé en silla de ruedas. En el hotel me caí al notar flojedad en las piernas y en un entrenamiento volví a caerme y no fui capaz de levantarme”, rememora. Lo achacaron a una falta de vitaminas y a la mala comida del país indio, nada hacía presagiar la gravedad de su dolencia.

Después de tres días sin moverse de la habitación y con escasa atención médica, regresó a España y tras un mes de análisis le diagnosticaron una polirradiculoneuritis aguda, también conocida como síndrome de Landry Guilláin-Barré, una enfermedad degenerativa que paraliza el sistema nervioso periférico que va a las extremidades, los músculos no reciben señal y se agarrotan, no funcionan. “Perdí 10 kilos de masa muscular y me dejó secuelas en las piernas. Era un chaval que estaba en la cima del deporte, la gente me admiraba, estaba muy fuerte y pasé a estar deprimido. El médico me dijo que no volvería a andar sin la ayuda de unas muletas y que me olvidase de jugar al tenis de mesa”, relata.

Su estancia durante seis meses en el Instituto Guttmann de Barcelona para hacer rehabilitación le sirvió de acicate para enderezar el rumbo. “En una situación así, o te hundes o tiras para adelante, yo opté por la segunda opción. Allí era el tuerto en el país de los ciegos, había personas con lesiones medulares y enfermedades muy graves, no podían moverse, hablar ni comer, así que no podía quejarme y me dije a mí mismo que tenía que recuperarme. Cambié el chip y decidí mirar la vida con otro cristal”, explica. Nada más salir del centro comenzó a ir al gimnasio unas ocho horas diarias y un par de años después ya estaba jugando otra vez, “aunque con cojera”.

Con 21 años fichó por un equipo de Superdivisión, el Obrero Extremeño de Almendralejo, donde conoció a su mujer, con la que ha tenido cuatro hijos. El deporte lo compaginó con el trabajo en una constructora hasta los 43 años, cuando se quedó en paro. Empezó a entrenar a niños y le llegó una oportunidad que no esperaba, disputar torneos con la selección española para ir a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. Se clasificó y en Brasil se colgó una plata por equipos. “Fue una experiencia increíble, a veces pienso si todo ha sido un sueño”, asevera Pérez.

En ocho años ha sido medallista mundial, ha subido al podio en la mayoría de pruebas internacionales y ha conseguido el bronce individual en los europeos de 2015, 2017 y 2019. El extremeño presume de haber encontrado el elixir de la juventud, aunque reconoce que cada día le cuesta más. “Ya no puedo dar saltos, juego muy pegado a la mesa porque me cuesta moverme. La ventaja es que soy zurdo, bajito y muy rápido. Mientras el cuerpo aguante seguiré dando guerra, trataré de llegar a los Juegos de París 2024 y, si no, seguiré vinculado a este deporte. De hecho, tengo una escuela en Almendralejo donde entreno a unos 30 chicos”, cuenta.

En unos días desfilará con la delegación española por el estadio de Tokio para vivir sus segundos Juegos Paralímpicos. A sus 52 años, en la capital japonesa será uno de los palistas más longevos. “Voy con mucha ilusión, con ganas y con hambre de victoria. No haber competido internacionalmente este año se nota, es el miedo que tenemos los jugadores, pero estoy con las pilas cargadas. No voy de vacaciones, estoy entre los mejores del mundo y, por tanto, tengo opciones de medalla. Dependerá de muchos factores, me enfrento a rivales de apenas 20 años, pero tengo experiencia y espero sacarle provecho. En Río fui cuarto en individual, si tengo un pelín de suerte sacaré una medalla. Hasta el rabo todo es toro, así que lucharé hasta el final, solo pienso en ganar”, añade el palista incombustible.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Juan Bautista Pérez

David Mouriz, un jugador con piel camaleónica

En torno a una canasta se ha labrado una sólida carrera repleta de éxitos. Curtido en mil batallas sobre el parqué, David Mouriz ha vertido su talento en Basketmi Ferrol, Amfiv Vigo, FC Barcelona, Bidaideak Bilbao y también con la elástica de la selección española de baloncesto en silla de ruedas. El gallego, que destaca por su capacidad camaleónica para adaptarse con gran naturalidad a roles muy distintos, disputará en Tokio con 38 años sus terceros Juegos Paralímpicos.

Desde hace más de una década se convirtió en un fijo para el equipo español y a día de hoy es uno de los que más veces ha vestido la elástica del combinado nacional entre los 12 elegidos por Óscar Trigo para la cita de Japón. Un jugador con carácter, polivalente que cumple a la perfección con el papel que el equipo le encomiende y con un tiro a larga distancia que ayuda a abrir las defensas. Ya estuvo en Londres 2012 y en Río de Janeiro 2016, donde España conquistó una histórica medalla de plata.

“Nadie me ha regalado nada, me lo he currado mucho para estar aquí. Aún me queda gasolina, físicamente estoy bien y puedo aportar a la selección trabajo, experiencia, ese nerviosismo para animar a los compañeros y mi garra. No entiendo el deporte de otra manera que no sea salir a la cancha a competir, a darlo todo. Me considero un multiusos, me adapto a cualquier posición”, asegura el deportista de Pontedeume, un pequeño pueblo marinero de A Coruña.

Tiene el gen ganador en su ADN y eso le ayudó a sobreponerse al accidente de tráfico que tuvo con 15 años y que le dejó en silla de ruedas. “Iba en moto con un amigo hacia la playa y nos caímos por un terraplén. Sufrí una lesión medular, fue un palo duro porque era un chaval muy activo, hacía mucho deporte, jugaba al fútbol o al baloncesto, también patinaba y pensé que aquello terminó para mí”, relata.

Pero aceptó rápido su nueva situación gracias al apoyo de su familia y, sobre todo, de su padre. “Ese carácter que tengo lo he heredado de él, que es un luchador nato. Ha sido el que más caña me ha dado para que espabilase, el que ha tirado de mí, me ha enseñado a pelearlo todo. Somos muy competitivos, no nos gusta perder en nada, nos picamos en todo, ya sea jugando a los videojuegos, al futbolín o a las cartas”, recalca.

Estando ingresado en el hospital, un amigo de su padre que jugaba al baloncesto en silla le invitó a probarlo. “Me enganchó. Lo que más me llamó la atención eran los choques entre sillas, al principio iba con miedo porque no quería lastimarme, pero luego me encantó la velocidad, los giros y las ruedas. Y recuerdo mi debut, antes tenía muchos espasmos y ese día estaba temblando, pero esa vez no eran las piernas, sino mi cuerpo entero, estaba como un flan”, confiesa Mouriz.

Desde ese momento empezó a cimentar su trayectoria para convertirse en una referencia del baloncesto español. “Nunca me planteé ser profesional ni imaginé que mi carrera podría dar tanto de sí. Han sido muchas horas de entrenamientos, viajes, veranos sin vacaciones o sin estar con la familia, pero compensa cuando miras hacia atrás y te ves en el podio con una plata en Río de Janeiro 2016, con el subcampeonato de Europa de 2019 o con el título de la Euroliga 1 de hace dos años y la Liga División de Honor de esta temporada con Bidaideak Bilbao”, subraya.

En la capital japonesa espera ampliar su palmarés con una nueva presea. España se cruzará en la fase de grupos con Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “Tengo una frase pegada en la nevera de casa que dice ‘Todos los deportistas entrenamos para jugar unos Juegos y hay gente que no lo consigue nunca’, así que disputar mis terceros Juegos Paralímpicos es increíble. Estamos con ilusión, ganas y en un gran estado de forma física, llevamos muchos años juntos, jugamos de memoria, solo han cambiado pequeñas piezas y nos vemos igual de fuertes que en el pasado Europeo, por ello tenemos muchas opciones de conseguir una medalla, vamos a por ella”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a David Mouriz

María Delgado, talento, polivalencia y constancia acuática

En una caja, dentro de una bolsa y en un cajón de su habitación en la Residencia Blume de Madrid, María Delgado guarda sus tesoros más valiosos: los dos bronces que logró en Río de Janeiro 2016. “De vez en cuando los saco y los miro porque me dan un plus de motivación”, confiesa. En unos días, a sus 23 años disputará en Tokio sus segundos Juegos Paralímpicos. Su enorme talento y polivalencia, unido a su constancia, la convierten en una referente de la natación. Se ve más preparada que nunca para dar guerra en la piscina y luchar por pisar de nuevo el podio.

Coqueteó con el atletismo siendo una niña, “hacía pruebas de velocidad y salto de longitud, pero terminé decantándome por la natación porque en el agua me veía más competitiva y me daba libertad”. A los tres años dio sus primeras brazadas, a los siete entró en una escuela de la ONCE y en un campeonato de España de menores, el seleccionador nacional José Luis Vaquero descubrió su potencial. “Siempre confió en mí, vio que tenía cualidades para llegar lejos y él fue quien me guio hasta aquí. Encajamos a la perfección y me convertí en una deportista exigente, le estoy muy agradecida”, dice.

Tiene toxoplasmosis congénita que le impide la visión total del ojo izquierdo y parcial en el derecho, pero ha superado cualquier adversidad con mucha perseverancia y ganas. “Lo que alguien puede ver a 100 metros, yo lo veo a dos. Los problemas que se me han presentado me los he tomado con filosofía gracias a los valores que me han inculcado mis padres, jamás me sentí especial o diferente. La falta de visión nunca me ha impedido hacer lo que quiero en la vida”, asevera.

Con 16 años recaló en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, donde compaginó el deporte con sus estudios. “Fue difícil al principio, salí de mi zona de confort y el separarme de mi familia y de mis amigos lo llevé mal, era duro llegar a la habitación y encontrarme sola. Pero al final me adapté, tenía que dar ese paso si quería dar un salto de calidad con miras a Río 2016. El tiempo me dio la razón”, apunta la zaragozana, que tiene como referente a Teresa Perales: “Es una amiga, conectamos desde el primer día, me anima y me apoya, siempre tiene una sonrisa para todos”.

En los Juegos Paralímpicos de Brasil llegó su consagración con dos bronces en 50 libre y en 100 espalda categoría S12. “Fue un sueño hecho realidad, de niña quería llegar a unos Juegos, pero no me planteaba ser medallista, me supieron a oro, fue la mejor experiencia de mi vida”, recuerda. Su progresión ha continuado a un buen ritmo, coleccionando metales internacionales, como el bronce en el Mundial de Londres de 2019, “el más exigente que he disputado”, o la plata en 100 espalda y los bronces en 100 y en 400 libre en el Europeo de Funchal de este año, tras cambiar de entrenador y prepararse bajo la dirección de Santiago Márquez.

“Después de casi seis años con José Luis, al que le debo todo porque él me ha llevado al nivel que tengo hoy en día, sentía que necesitaba un cambio de aires y me ha venido muy bien, me ha dado un punto extra de motivación. Estoy siendo una nadadora polivalente y se ha notado gracias a los entrenamientos, que son radicalmente diferentes a lo que venía haciendo”, comenta. En el campeonato continental de Portugal en mayo ofreció un gran rendimiento con tres preseas, marcas personales y algún récord de España: “Cada vez hay más nivel y las medallas están muy caras, pero da más prestigio al que las consigue. La mejor prueba que nadé fue el 100 espalda, bajando más de un segundo mi mejor tiempo”.

Tras cinco años de arduo trabajo y sesiones espartanas le llega una nueva oportunidad en el mejor escenario posible, los Juegos Paralímpicos. “Durante casi todo este tiempo mi despertador sonaba a las seis de la mañana, iba a clase y después dos horas y media a entrenar. Comía rápido, estudiaba un poco y luego otras tres horas en la piscina. Llegaba a la habitación tan cansada que no podía ni mover un músculo del cuerpo. No ha habido espacio para el ocio, pero merece la pena si luego se ve recompensado con buenos resultados”, sostiene.

La nadadora aragonesa se ve más fuerte y lista para plantar batalla en la capital nipona. “En esta situación de pandemia que nos ha tocado vivir salí más fuerte y reforzada. Estoy con confianza, en Tokio quiero disfrutar cada día, dar lo mejor de mí y superar mis marcas personales, con eso estaría satisfecha, pero también soy ambiciosa y cada vez que me lanzo al agua es para ganar. Mi mayor rival soy yo misma, así que intentaré superarme para llevarme alguna medalla. En el 100 espalda es donde tengo más opciones, es mi prueba favorita, también en 100 libre confío en mis posibilidades. Y luego nadaré 50 y 400 libre. Me dejaré la piel en la piscina porque en mi cabeza está el repetir podio en unos Juegos”, añade.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a María Delgado

Iker Sastre, un palista sobre la ola de la superación

De joven, siempre que podía se enfundaba el neopreno y agarraba la tabla para emprender su peregrinación en busca de la dosis de adrenalina que le producía cabalgar las olas. Iker Sastre era feliz entre esas danzas marinas. Por ello, nada más licenciarse en fisioterapia hace 21 años, fue a celebrarlo con el surf. Aquel día, la hostilidad del mar le cambió el rumbo. Un “golpe de mala suerte”, como él define su accidente, le provocó una lesión medular. El bilbaíno, un torbellino de energía positiva, no perdió un ápice de su vitalidad y reconstruyó su vida alrededor del tenis de mesa. Con una pala en la mano alcanzó la élite y en Tokio hará realidad un anhelo que se le resistía, ir a los Juegos Paralímpicos.

En Tokio cumplirá el sueño que llevaba persiguiendo con labor ímproba durante más una década. Un premio a su disciplina, constancia y audacia. Unos valores que desplegó en los más de 30 minutos que necesitó para llegar nadando a la orilla, con las piernas inmóviles, tras el mazazo que recibió por la fuerza del agua. “Acababa de sacarme la carrera en la Universidad de Barcelona y encontré trabajo en Bilbao. Estaba surfeando en la playa de Sopelana y una ola bastante grande me lanzó hasta el fondo. No me protegí y golpeé en el arenal con la cabeza. Por suerte no perdí el conocimiento y pese a la situación, le eché garra”, relata.

Al principio pensó que se trataba de una luxación, pero en el Hospital Universitario de Cruces le confirmaron el peor diagnóstico, fractura de una vértebra. Tres meses ingresado y una ardua rehabilitación de un año. Iker salió a flote gracias a su fortaleza mental y actitud. “Siempre he sido una persona echada para adelante. Ayudó a no tirar la toalla mis conocimientos de fisioterapia y el hecho de que era deportista. Además de surfear, había sido futbolista en el CD Sondika. Fui poniéndome pequeños objetivos y nunca lloré porque no volvería a caminar, sino que acepté rápido mi nueva situación”, recalca.

No le echó nada en cara a la tabla ni le cogió miedo al mar, de hecho, volvió a surfear tumbado después de probar deportes como el baloncesto en silla de ruedas, la vela, el esquí o el parapente. Pero lo que más le llenó fue el tenis de mesa. “Me puse a estudiar idiomas y seguí formándome, hasta que a los 27 años cogí una pala. En la universidad había jugado, pero como ocio. Montaron una escuela en Bilbao y me divertí tanto que ya no me he separado de la mesa”, explica. En el Club Fekoor, en el que ahora moldea a nuevos palistas con o sin discapacidad, comenzó a golpear la bola.

Con perseverancia y dedicación fue escalando hasta codearse con los mejores del mundo. “Debuté en el Open de Irlanda en 2007, donde no gané ningún set y me vapulearon. Decidí que para llegar lejos había que dedicarle más horas y doblar entrenamientos. A partir de ahí, este deporte se convirtió en mi profesión”, comenta. Se colgó su primera presea en el Open de Lignano (Italia) en 2010 y ya acumula una treintena de metales internacionales, con tres bronces europeos por equipos (2013, 2015 y 2019).

Aunque para el vizcaíno, su mayor logro ha sido el billete para los Juegos Paralímpicos de Tokio. “Las medallas son importantes y te ayudan a tener becas económicas, pero lo que siempre quise fue clasificarme para unos Juegos. Ese día lloré de emoción”, confiesa. Sastre se quita así la espinita clavada que le dejó Río de Janeiro 2016: “Había puesto toda la carne en el asador, me quedaba un torneo y estaba dentro, pero se produjeron resultados dudosos de los rivales y me quedé fuera por un puesto”. Lo pasó mal, pero lo digirió y buscó soluciones para llegar a Tokio.

“Cambié de material y mi forma de jugar, necesitaba sentirme motivado y feliz entrenando. Ha sido un camino muy duro, sobre todo, psicológicamente por el añadido de la Covid-19, veía que se cancelaban los torneos y no tenía opciones de puntuar para el ranking. Pero lo hice bien en las pruebas que disputé y cuando cerraron las listas en abril de 2020 estaba entre los mejores”, prosigue. El alivio se pintó en su rostro. Para él, estar en Tokio en unos Juegos que serán diferentes por la pandemia, “es lo máximo. Sé que estaremos rodeados de medidas de seguridad, que apenas habrá público, pero prefiero que se celebren así a que lo cancelen”.

A sus 44 años acude a Tokio como número 11 del mundo en clase 2 y tras un curso extraño en el que apenas ha disputado un torneo a nivel internacional, con una plata y un oro en el Open de República Checa, aunque sí ha tenido rodaje compitiendo con el Club Basauri en la División de Honor Vasca frente a gente sin discapacidad. En la capital nipona también competirá por equipos con el madrileño Miguel Ángel Toledo, con quien ya logró dos bronces europeos.

“He mejorado mucho, las sensaciones son buenas, estoy rindiendo a un gran nivel. Ahora tengo un juego más psicológico y agresivo, sé lo que quiero hacer, trabajar y dónde poner la pelota. En mi categoría todos estamos muy parejos a excepción de un par de jugadores top, aunque les he ganado a todos alguna vez. Puede pasar cualquier cosa, confío en entrar en el cuadro final y dar guerra. Con trabajo constante la medalla será posible, pero, sobre todo, quiero estar orgulloso de mi trabajo y salir satisfecho habiendo disfrutado”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Iker Sastre

Agurtzane Egiluz, envergadura y carácter al servicio de la selección

Agurtzane Egiluz se rebeló contra el destino cuando a los 15 años tuvo que empezar desde cero tras sufrir un grave atropello. Primero le dijeron que estaría postrada en una cama toda su vida, después que no podría caminar, pero con afán de superación, resiliencia y constancia, no solo volvió a andar, sino que también recuperó su pasión por las canastas. Ahora, con 24 años, es una jugadora de envergadura infinita y con carácter que se ha ganado un hueco en la selección española de baloncesto en silla de ruedas, con la que disputará los Juegos Paralímpicos de Tokio.

El sueño de Agurtzane se inició temprano en el equipo de su ikastola en Vitoria. Jugaba como pívot y destacaba ante sus compañeras por su altura y desparpajo. Pero un día, cuando regresaba de entrenar, le tocó lidiar con su mayor pesadilla tras ser arrollada por el autobús escolar. “El conductor no se percató de que estaba bajando y arrancó, caí debajo y la rueda me pasó por encima. Me dejó una lesión medular incompleta, un politraumatismo en el sacro, la pelvis y la cadera”, relata.

Después de seis meses en el hospital y 24 operaciones, la última el año pasado por una infección, recuperó bastante sensibilidad y movilidad. “Los médicos al principio no daban un duro por mí, no esperaban que sobreviviera. Mis padres me ocultaron el primer diagnóstico, pensaban que iba a estar en una cama para siempre. Luego me dijeron que si lograba quedarme en una silla sería un gran avance. Lo pasé mal, sobre todo, la soledad en la habitación ya que tenía las visitas restringidas”, cuenta.

Se armó de valor, tesón y perseverancia y comenzó a tratarse con el fisioterapeuta cada mañana y tarde, no quería perder tiempo. “En casa también hacía los ejercicios. No tenía fuerzas en las piernas, pero con el apoyo de mis aitas y con esfuerzo, empecé a mejorar. No quería ver la silla, cogí dos muletas y trataba de aguantar de pie y dar unos pasos. Al año y poco ya podía caminar sin ayuda. El accidente me obligó a madurar rápido, no tenía otra opción, me hizo ver la vida desde otro punto de vista”, explica la joven.

El siguiente paso era volver a acariciar un balón y lanzar a canasta. El Fundación Vital Zuzenak le abrió las puertas y no se lo pensó. “Ya no podía saltar como antes, pero cuando probé el baloncesto en silla fue un flechazo, volvía a sentirme yo misma, era una chica muy inquieta y deportista, así que correr, aunque fuese en una silla, era una liberación”, asegura. En estos seis años su juego ha evolucionado y sin remilgos se codea con jugadores internacionales en la División de Honor de la Liga española. “Jugar ante campeones del mundo y de Europa me ha hecho crecer. Soy una guerrera, siempre voy sin miedo y doy el 200% en cada partido”, apunta con firmeza.

Apenas llevaba tres meses botando un balón cuando Abraham Carrión la reclutó para la selección española. “Parecía más una planta que una jugadora porque apenas me movía del mismo sitio”, bromea. “Tiene unos conceptos tácticos bien trabajados, su lectura de juego y la toma de decisiones es correcta, a la hora de defender sabe cómo tiene que colocar el carro. Tiene poderío físico y gran envergadura de brazos que le permiten defender a cualquier punto alto del rival. Es muy valiosa, le falta mejorar su definición de cara al aro, pero cada vez va mejor. Es una luchadora que se sacrifica por el equipo, es muy altruista, para mí es un lujo tenerla en la selección”, detalla el técnico jerezano.

Agurtzane suma una treintena de partidos con la selección, formó parte del séptimo puesto en el Mundial de Hamburgo y de la cuarta plaza en el Europeo de Rotterdam en 2019 que clasificaba a España para unos Juegos Paralímpicos 29 años después. “Las que llegamos más tarde conocemos la historia de la selección, pero nos ha tocado vivir la parte bonita y recoger los frutos del esfuerzo de muchas chicas que ya no están. No olvidamos el trabajo que hay detrás, el sacrificio y los obstáculos que han tenido que superar, así que a ellas se lo debemos todo y ahora hay que disfrutar”, subraya la alero vasca.

En Tokio, España se medirá en la fase de grupos a Holanda, Estados Unidos, China y Argelia. “Una de nuestras virtudes es que tenemos una mezcla buena entre juventud y experiencia. Evolucionamos año a año, se incorporan nuevas jugadoras y eso hace que nuestro juego progrese y no se estanque, va cambiando cada temporada y las rivales no se lo esperan. Estar entre las mejores es un premio y hay que estar orgullosas, pero nunca nos vamos a conformar con lo que tenemos, somos un equipo que quiere más y podemos dar más de una sorpresa, hay ambición y vamos a luchar por estar en lo más alto”, sentencia.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Agurtzane Egiluz

Fran Lara, un líder del baloncesto con traje de gregario

Fran Sánchez Lara encaja a la perfección en ese perfil de jugador al que cualquier plantilla de élite del baloncesto en silla de ruedas le gustaría tener. Un ‘punto bajo’ -menor habilidad funcional- siempre dispuesto a sacrificarse por el bien del equipo, diligente, bregador, que da equilibrio y es capaz de asumir diversos roles. Un deportista que brilla con luz propia ejecutando en la sombra un encomiable trabajo que a veces pasa desapercibido. El manchego, capitán de la selección española, es un líder con traje de gregario. Con 32 años disputará en Tokio sus terceros Juegos Paralímpicos, en los que espera contribuir a un nuevo éxito de España, que tras la histórica plata de Río 2016 apunta otra vez al podio.

Su vida gira desde hace más de una década en torno a un balón anaranjado, aunque cuando conoció el basket en silla no sintió ningún flechazo. Sin embargo, acabó convirtiéndose en la piedra angular de su recuperación. Ocho meses pasó ingresado en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo por una lesión medular. Un accidente de tráfico con 14 años cambió su rumbo. “Era un chico travieso y gamberro al que le encantaba jugar al fútbol. Una noche fui a casa de mi primo, que acababa de comprarse una moto y le pedí que me diese una vuelta, él no quería, pero le convencí. Estaba lloviendo, íbamos sin casco y metimos la rueda delantera en una alcantarilla. Salí despedido hasta golpear contra el maletero de un coche”, relata.

Estuvo 23 días sedado por encharcamiento pulmonar. No fue consciente de la gravedad de la situación hasta que vio el nombre del hospital en un papel que se dejó en la habitación una enfermera. “En la planta veía pasar por el pasillo a muchos niños en silla de ruedas, pero nunca se me pasó por la cabeza que yo necesitaría una. Le preguntaba a mi madre y ella solo me decía que todo saldría bien, aunque sabía que algo pasaba, no podía mover las piernas, era como si me faltase todo desde el pecho hacia abajo”, confiesa. Lejos de resignarse, con una entereza impropia de un chaval de su edad, Lara sacó ese carácter resiliente y positividad para reinventarse y afrontar su mayor reto.

“Tenía dos opciones, hundirme o seguir adelante. Nunca me he rendido, así que hice lo segundo. Lo asumí desde el primer momento y mucho tengo que agradecerle a la familia y a los amigos, que siempre me trataron como a uno más”, asegura. El de Bolaños de Calatrava (Ciudad Real) descubrió el baloncesto durante su larga estancia en el hospital, pero al principio lo vio pasar de largo. “Tenía miedo a caerme y a golpearme, no me gustó y me fui a probar el tenis de mesa, que era más tranquilo”, prosigue. Cuatro años después llegó de nuevo el tren a su estación y esta vez sí decidió subirse.

“Me llamó José Miguel López, que era entrenador del Toledo Funphaiin Peraleda, al que le debo mucho, para que me uniera al equipo. Llegué a un club recién ascendido a División de Honor, me sentía muy pequeño al lado de gente como Agustín Alejos o Sonia Ruiz, dos referentes para mí. No tenía nivel, no me manejaba bien con la silla, no sabía ni botar el balón o tirar. Me pasé un año entero preparándome solo físicamente, aunque pude jugar algunos minutos a final de esa temporada como premio al sacrificio”, explica. Absorbió rápido los conocimientos básicos de su nuevo oficio y en los siguientes años fue una pieza importante en el equipo toledano.

“Formaron un equipo potente, con jugadores como Asier García, Txema Avendaño o Bill Latham, fuimos dos veces subcampeones de Liga. Después, el club se quedó sin dinero y desapareció, así que me marché a Getafe y al año siguiente al Padova Milenium Basket de Italia. Aprendí mucho y me trataron como a un profesional, ese año marcó un antes y un después en mi carrera, mi caché subió”, comenta. En 2016 recaló otra vez en Getafe, donde maduró como jugador y fue capitán de aquel equipo que conquistó la Copa Willi Brinkmann. Y apareció el todopoderoso CD Ilunion, que lo reclutó en sus filas. En cuatro cursos ganó dos ligas, tres Copas del Rey y una Champions. “No tenía minutos suficientes y me marché a Las Rozas, donde volví a sentirme un jugador importante, y desde hace un año juego en Amiab Albacete”, añade. Con el club manchego ganó este año la Copa del Rey.

De debut inesperado a capitán de la selección

Su caso fue un ‘rara avis’ ya que apenas llevaba nueve meses entrenando cuando se enfundó la elástica de la selección española junior para el Europeo de Turquía en 2008, donde consiguió el oro. Y al año siguiente se colgó una plata en París en el Mundial sub-23: “Todo iba muy rápido, no podía creérmelo, apenas sabía llevar el balón o dar un pase. En ese campeonato, en cuartos de final jugué los 40 minutos con una infección de orina y con fiebre. Eso hizo que Óscar Trigo, que ya era seleccionador de la absoluta, me incluyera en la prelista de 22 para el Europeo de Turquía. Estaba de vacaciones en mi pueblo cuando me llamó y me dijo que hiciera las maletas que estaba entre los elegidos tras la lesión de un compañero”.

Ahí comenzó su trayectoria con la ‘ÑBA’ sobre ruedas, con la que ha logrado dos bronces (Israel 2011 y Frankfurt 2013) y una plata (Polonia 2019) en europeos, así como una plata en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. “He vivido las penurias y la gloria del baloncesto español. En los primeros años las preparaciones eran nefastas, no teníamos balones, ropa para entrenar ni concentraciones. Tampoco nos daban dietas ni nos pagaban el transporte. Hemos tenido que poner dinero de nuestro bolsillo para ir con la selección. Afortunadamente hemos crecido y ahora estamos en lo más alto, es un privilegio formar parte de este grupo”, subraya.

El bolañego, que aún tiene gasolina y talento que aportar al equipo, es de esos jugadores que antepone el interés colectivo a los números individuales, de los que se vacían en la pista y cumplen. Es un punto uno diferente, una pieza polivalente que no solo pone pantallas para que los tiradores o los pívots se luzcan. “Me considero un buen defensor pese a ser pequeño, puedo trabajar para un compañero grande o para un lanzador, sé llevar el balón en ataque y cuando me toca estar en el banquillo lo doy todo animando. Destaco por ese juego que no se ve, tirar a canasta no se me da bien, pero bloquear me sale de memoria”, dice entre risas.

Lara confía en el nivel de España para subir al podio en los Juegos de Tokio, donde se medirá en la fase de grupos a Turquía, Colombia, Corea, Canadá y Japón. “En Río de Janeiro dimos un golpe sobre la mesa, nadie nos daba como favorito e hicimos un torneo espectacular. No tenemos un jugador top, pero sí una plantilla en la que cada uno es muy bueno en lo que sabe hacer, lo que nos convierte en un equipo difícil de derrotar. Jugamos de memoria, crecemos desde la defensa y el quinteto que está en la cancha saca sus virtudes y tapa sus defectos. Veo a una selección más madura y con más variantes de juego gracias al salto de calidad que hemos dado en nuestros clubes. Estamos motivados y con ganas de dar guerra, lo hemos hablado en el vestuario y el objetivo no es otro que traernos una medalla. Queremos seguir haciendo historia”, sentencia.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Fran Lara

Adolfo Bellido y Eloy Teruel, un engranaje perfecto sobre ruedas

Pedalean al unísono sobre el oval de madera y despliegan su destreza, sincronización y talento en cada repecho y curva de la carretera. Adolfo Bellido y Eloy Teruel apenas unieron sus destinos hace ocho meses, tiempo suficiente para crear un tándem ganador que exuda mucha química. A contracorriente, con constancia, trabajo y confianza han superado piedras en el camino hasta llegar a los Juegos Paralímpicos de Tokio, donde plantarán batalla en el velódromo y en el asfalto del circuito Fuji Speedway. Van con ambición desmedida, quieren medalla.

A finales de 2020 Bellido decidió dar un giro radical a su destino y prescindió de Noel Martín, guía con el que había coleccionado muchos éxitos en la carretera, como un subcampeonato del mundo en 2019. “Deportivamente nos iba bien, ambos tenemos casta y somos competitivos, pero no le sacamos el 100% de nuestro potencial porque no había afinidad a nivel personal, chocábamos bastante a la hora de tomar decisiones. Sé que la apuesta era arriesgada porque estábamos a las puertas de los Juegos, pero era cambiar de piloto o abandonar porque no estaba a gusto, ya no disfrutaba”, explica.

El sevillano, que padece el síndrome de Stargardt, una dolencia que provoca la degeneración de la retina, se enganchó al ciclismo en 2011 tras visitar la tienda de bicicletas de un amigo en Dos Hermanas. “Me compré una con la idea de salir y perder unos kilos. Desde pequeño la bici ha sido mi medio de transporte y siempre me ha gustado. Empecé a hacer rutas de mountain bike y luego descubrí la modalidad de tándem”, relata. Unos años antes había dejado su huella en el atletismo, siendo campeón de España en lanzamiento de peso y de disco y medalla de plata en el Europeo de Dublín en el 2000.

“Estaba seleccionado para ir a los Juegos de Sídney, pero tuve una lesión en el pecho y dejé el deporte. El ciclismo me volvió a ilusionar y en unos días en Tokio podré quitarme esa espinita clavada”, asevera. Lo hará junto a Eloy Teruel, la pieza que le faltaba en el engranaje, los ojos que ahora dirigen sus sueños sobre las dos ruedas. El murciano, uno de los ‘pistards’ españoles más laureados -dos platas y un bronce en mundiales, así como una plata y un bronce en europeos-, descubrió la modalidad en tándem en un momento complicado en su carrera, cuando había dejado de contar para el seleccionador nacional de ciclismo en pista absoluto.

“Begoña Luis, responsable del Equipo Cofidis Promesas, me dijo que necesitaban un piloto para Octavio Gilabert y cómo no tenía nada que perder, decidí afrontar el reto. Debutamos en el Mundial de 2019 e hicimos alguna prueba más, pero lo dejamos. Y en las pasadas Navidades le mandé un mensaje de felicitación a Adolfo, al que ya conocía de concentraciones con la selección, y me dijo que quería cambiar de aires y que si estaba dispuesto a guiarle. Yo tenía un acuerdo con el Valverde Team para dirigir distintas categorías inferiores del equipo, pero vi una gran oportunidad para repetir en unos Juegos y no me lo pensé, probamos y nos dimos cuenta de que había una gran conexión”, rememora.

Una conexión desde el primer día

Adolfo describe a su compañero como “un deportista top que cuida hasta el más mínimo detalle, lo tiene todo controlado, es extrovertido y trabajador al máximo. Gracias a él estoy disfrutando otra vez del ciclismo porque llegué a pensar en abandonar. Congeniamos desde el primer día y nos entendemos a la perfección, tenemos una forma de pedalear parecida, sabe leer las carreras y me hace sentir libre y protagonista, su hambre me lo transmite y hace que me crezca”. Por su parte, Teruel asegura que el andaluz le contagia “sus ganas de superarse, la fuerza y el motor que tiene para afrontar cada reto. Es una persona con mucho amor propio y coraje, mentalmente es fuerte y cuando se fija un objetivo va a por él. Estamos convencidos de que haremos grandes cosas juntos”.

En poco tiempo han formado uno de los tándems más potentes del pelotón internacional, aunque se les ha resistido la medalla en las dos únicas competiciones que han disputado. En la Copa del Mundo de Ostende abandonaron por una avería y en el Mundial de Cascais (Portugal) firmaron un cuarto puesto tanto en la crono como en la ruta, poco premio para la valentía mostrada en el autódromo portugués. El siguiente reto está en los Juegos Paralímpicos, en los que figuran como una de las mejores bazas con las que cuenta el seleccionador nacional Félix García Casas.

“En la pista, pese a los buenos test que hicimos este verano, vamos un poco a ciegas, somos una incógnita porque no hemos podido medirnos a nuestros rivales. Pero según los tiempos y haciendo cuentas de la lechera, podríamos estar luchando por el oro, luego el velódromo nos pondrá en nuestro sitio. Y en la carretera funcionamos muy bien, es dónde Adolfo se desenvuelve mejor, en la contrarreloj sabe sacar su mayor rendimiento. Somos ambiciosos y queremos medalla”, apunta el murciano.

“En pista estamos a un gran nivel, hicimos un tiempazo (4:16.707) en persecución en Galapagar (Madrid), que es de cemento, y ratificamos las buenas sensaciones este verano en Mallorca. Es una prueba corta e intensa que se nos da bien, estamos preparados para luchar con los rivales más duros. Y en carretera estamos entre los mejores del mundo, podemos dar guerra en la contrarreloj y en la ruta. Si no hay accidentes o averías, por rendimiento podemos estar en el podio. Vamos a ir a morder y a por medalla, hemos invertido mucho sacrificio y trabajo, así que a Tokio de vacaciones no vamos. En poco tiempo hemos demostrado ser un tándem fluido, profesional y milimétrico que sabe sufrir y llevar al límite al cuerpo. Somos optimistas, olemos las medallas y queremos colgarnos alguna”, apostilla Adolfo.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Adolfo Bellido

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Eloy Teruel

Jacobo Garrido, un diamante acuático con mucho fondo

Tímido fuera de la piscina, impávido en la cámara de salida y feroz e indómito en cada brazada. En la frontera entre la adolescencia y la edad adulta asoma el rostro imberbe de Jacobo Garrido, un diamante acuático de 19 años que ya tiene en su poder la corona mundial en 400 metros libre S9. El nadador coruñés, moldeado por Jesús de la Fuente, sometido en ocasiones al método de Fred Vergnoux -el gurú francés que llevó a Mireia Belmonte al oro olímpico- y que ha dado otro salto de calidad bajo el paraguas de Jaume Marcé en el Centro de Alto Rendimiento de Barcelona, persigue ahora el oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio tras ser subcampeón de Europa este curso.

Hace dos años irrumpió en el panorama internacional como un elefante en una cacharrería, haciendo ruido con una presea dorada en el Mundial de Londres tras sorprender a rivales más experimentados. De un golpe pasó de promesa a realidad, revelando el talento que posee para hendir el agua y sus ganas de comerse el mundo. No tiene otro recuerdo que no sea en una piscina. Empezó a chapotear a los seis meses por recomendación médica, nació con el fémur derecho más corto que el izquierdo y con agenesia de peroné.

“Eso no ha supuesto ningún obstáculo para pelear por lo que quiero, sobre todo, gracias a que mis padres no han sido sobreprotectores, siempre me dieron libertad para hacer las cosas igual que el resto de niños, nunca pedía ayuda, aunque tuviese que hacer un esfuerzo extra”, asegura. La natación se convirtió en su pasión y ya lleva una década enrolado en el CN Liceo de A Coruña. Cada día, hasta hace unos meses, Jesús De la Fuente se encargó de forjar a este deportista con nervios de acero: “Es muy competitivo, disciplinado, con gran capacidad de trabajo y con mucha clase, por eso han salido los resultados”.

En estos últimos cursos sus jornadas habían sido maratonianas. Se levantaba a las seis de la mañana para realizar su primer entreno en el agua. Luego subía al instituto, adyacente a la piscina, daba clases, comía y regreso al hectómetro. El pasado otoño, tras acabar bachillerato, decidió hacer las maletas y poner rumbo al CAR de San Cugat (Barcelona), donde ha continuado mejorando sus prestaciones con el equipo que lleva Jaume Marcé.

“El cambio me ha beneficiado, los entrenos son diferentes, he podido probar pruebas más cortas y el estar en un grupo que preparaba los Juegos me ha ayudado a centrarme en la natación. Cuando llegaba a la habitación no tenía tiempo más que para dormir”, dice Garrido, que devoraba 13.000 metros al día: “Cuánto más nado, mejor me siento, me hace más competitivo. Lo peor que llevo es la constancia, hay veces que no tengo ganas de entrenar, pero no puedo fallar si quiero estar arriba con los mejores”.

Su eclosión llegó tras bajar de la categoría S10 a S9 por el incremento de sus problemas en la pierna. Ya despuntó en 2018 con un bronce en el Europeo de Dublín y también hizo historia al convertirse en el primer nadador con discapacidad en conseguir una medalla -un bronce en la prueba de relevo mixto- en el campeonato de España de aguas abiertas. En 2019 alcanzó la cima con el oro mundial y en mayo ratificó su buen momento tras llevarse la plata en el Europeo de Funchal (Portugal) en 400 libre: “No competí al 100% porque me sentó mal la suplementación y estuve enfermo, así que no pude hacer la marca que quería”.

También posee los récords mundiales en 800 libre (8:47.66) y en 1.500 libre (16:27.99). “Soy muy joven para alcanzar estos logros y eso no ha hecho que me duerma porque los rivales están apretando y llegan muy fuertes. Aunque nadie me intimida, en este deporte compites contra uno mismo y contra el crono”, matiza. En su progresión le vino bien prepararse en varias concentraciones junto al grupo de Mireia Belmonte y Fred Vergnoux. “Mi anterior entrenador y él son muy amigos y tienen un método de trabajo parecido. Fue bueno para mi aprendizaje, era importante estar rodeado de nadadores de gran nivel. Fred me acogió con los brazos abiertos, es muy exigente y me ayudó a progresar. Con ellos realicé algunos de los entrenamientos más duros de mi vida”, confiesa.

Ahora llega “con muchas ganas e ilusión” a sus primeros Juegos Paralímpicos. “Tengo ganas de disfrutar del ambiente, de estar en la Villa y de competir. La pena es que me perderé el desfile de inauguración en el estadio porque al día siguiente es mi prueba y tengo que estar descansado y concentrado”, lamenta. El coruñés aspira al trono paralímpico del 400 libre S9, pero sabe que tendrá a duros rivales como el francés Ugo Didier -vigente campeón europeo- y los australianos Brenden Hall -actual récord del mundo- y Alexander Tuckfield. “Es un reto complicado, pero estoy más cerca que nunca. He entrenado duro cada día y lo he dado todo en la piscina porque quiero ser medalla de oro en los Juegos. Si no lo consigo, al menos lucharé por la plata o el bronce”, apostilla Garrido.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Jacobo Garrido

Miguel Luque, un bracista fiable que siempre cumple en el agua

Lleva toda una vida a remojo, más de dos décadas destilando su talento, disciplina, tenacidad y ambición en el agua. Miguel Luque, veterano de ‘guerra’ con muchos años de servicio en la piscina, es un inconformista y apasionado de su deporte que mantiene un pulso con la genética para continuar al más alto nivel. A punto de cumplir 45 primaveras, el catalán acumulará en Tokio seis participaciones en Juegos Paralímpicos. En los cinco anteriores cazó medalla, una en cada edición y siempre en la misma prueba, el 50 braza SB3. “Voy a por la sexta”, dice con convicción.

Cada temporada vuelve a la carga con energías renovadas, la ilusión y las ganas son las mismas con las que irrumpió en la natación. “En algún momento pensé en dejarlo, pero la libertad que me aporta, la pasión y esa adrenalina por competir me hacen seguir dando brazadas”, asegura. Nació con atrogriposis múltiple congénita, que le produjo una malformación e inmovilidad en las piernas. “Nunca ha supuesto un problema para llevar una vida normal. Desde niño, en casa me enseñaron a desenvolverme y a valerme por mí mismo para hacer las mismas cosas que mis cuatro hermanos. La discapacidad me ayudó a desarrollar otras capacidades que me han permitido vivir grandes momentos”, explica.

Con cinco años comenzó a nadar como herramienta terapéutica para contener la degeneración, evitar dolores y mejorar su enfermedad. Y a los 12 años, en las pistas exteriores del Hospital de San Rafael (Barcelona) descubrió el baloncesto en silla de ruedas, llegando a jugar en la Liga Nacional. “Era un jugador del montón, ni bueno ni malo, me defendía. Jugaba de alero y allí tuve de compañero al gran Jaume Llambí, de los españoles más laureados. Lo compaginé con la piscina unos diez años, pero al final me decanté por la natación. Me lo tomé en serio a raíz de Barcelona’92, quería acudir a unos Juegos Paralímpicos, así que tenía que dedicarle más horas a nadar”, cuenta el de Parets del Vallès.

En un campeonato internacional en Sheffield (Gran Bretaña) en 1999 descorchó su potencial y desde entonces ha vivido instalado en el podio, cosechando más de una veintena de medallas en mundiales y europeos. “Una de las más especiales fue el oro en el Mundial de Glasgow en 2015. Habíamos formado un gran equipo de trabajo con el que desde entonces es mi entrenador, Joan Serra”, recalca. Aunque las que más brillan en sus vitrinas son las cinco preseas paralímpicas en 50 braza SB3, su prueba fetiche.

Cinco medallas en cinco Juegos

Su bautismo en unos Juegos fue por todo lo alto tras conquistar el oro en Sídney 2000, “era un novato, pero me comía la piscina de la ilusión que llevaba, ese logro fue el impulso necesario que me hizo seguir”. Retuvo su corona en Atenas 2004 con otro metal dorado y sumó un bronce en relevos: “Ahí di un salto de calidad, había trabajado muy duro y el sacrificio de tantas horas en la piscina valieron la pena”. En Pekín 2008 sacó el bronce “a pesar de que fue un año raro para mí por temas personales, no estuve a la altura, pero conseguí medalla”. En Londres 2012 ganó una plata, quedándose a dos centésimas del oro y en Río de Janeiro 2016 otra plata “haciendo una de las mejores carreras de mi vida”.

Con un tremendo nervio competitivo, Luque ha ido reinventándose cada curso, buscando cobijo en las técnicas más vanguardistas para optimizar su rendimiento, como el canal de flujo hidrodinámico del Tenerife Top Training, una especie de túnel del viento bajo el agua, o el análisis biomecánico en el Centro de Alto Rendimiento de San Cugat. “No me rindo todavía, puedo mejorar y rebajar mi marca, que está en 48.42 segundos. Cuando me lanzo al agua busco pulir la técnica en cada brazada y me he dado cuenta de que cada año entreno mejor. Ya no hago tantos metros como antes, pero sí entrenos de calidad para perfeccionar el estilo”, subraya.

El barcelonés también se multiplica en sus ‘Juegos’ de la vida diaria, en la que afronta tantos desafíos como le esperan en la piscina. Se levanta muy temprano y se acuesta agotado, pero el desgaste merece la pena cuando salen los resultados. “Ya no tengo 20 años, por eso ahora cuido más la alimentación o el descanso. Me he hecho más fuerte psicológicamente gracias a la gente que me rodea y que confía en mí, es el motor que me mueve. Y, por supuesto, una pieza clave es Joan Serra, mi entrenador, por su implicación. Él estudia y planifica todo y yo soy su reflejo en el agua. Somos una misma figura, remamos en la misma dirección, por eso las cosas me van bien”, añade.

En estos meses de preparación ha afinado su cuerpo y su mente para afrontar con garantías sus sextos Juegos Paralímpicos. “El trabajo ya está hecho, ahora toca disfrutar. No es fácil estar en el mayor evento deportivo, hay muchos que se quedan fuera, así que soy un privilegiado. No serán iguales que los anteriores por las restricciones obligadas por la pandemia de coronavirus, pero estoy con una ilusión tremenda”, comenta. El catalán confía en ponerle la guinda a su carrera con una nueva medalla, que tendría una dedicación especial para su amigo Sergi Mingote, alpinista que falleció el pasado mes de enero en el K2.

“Por desgracia, la montaña se lo llevó. Lo echamos mucho de menos, es un palo difícil de digerir, era una persona joven con tanta vitalidad que se prestaba a colaborar con cualquier proyecto solidario. Con él he compartido grandes momentos, uno de ellos el cruzar el Estrecho de Gibraltar para ayudar a los niños de la asociación APINDEP, que trabaja por la integración de las personas con diversidad funcional. Ojalá pueda subir al podio en Tokio y mirar hacia arriba para dedicárselo. Me veo fuerte y capaz de lograr buenos tiempos tanto en 50 braza como en 150 estilos. Me iría satisfecho si rebajo mis marcas, pero el objetivo es ganar medalla. Me he llevado una en cada cita, así que intentaré no romper la racha, voy a por la sexta”, finaliza Luque, un luchador que se supera en cada brazada, un valor seguro de la natación española.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Miguel Luque