Sergio Garrote, voracidad sin límites a los mandos de la handbike

El ciclista catalán, vigente subcampeón del mundo en ruta y contrarreloj en categoría H2, va lanzado y con ambición a por las medallas en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

El handbiker Sergio Garrote, subcampeón del mundo, tras acabar una prueba. Fuente: RFEC

En las tórridas sobremesas de julio, Sergio Garrote se sentaba frente al televisor junto a su hermano Javi para seguir con entusiasmo cada etapa del Tour de Francia. Aquella pasión de verano prendía todo el año y contagiado por las gestas de ídolos como Miguel Induráin, cada tarde exprimía esa adrenalina a golpe de pedalada. El ciclismo era su pasión. Hasta que a los 21 años se deshizo de sus bicicletas tras quedar tetrapléjico por un accidente laboral en la construcción. Casi 15 años después de aquel mazazo se reencontró con su deporte a través de una handbike, con la que se ha convertido en uno de los mejores del mundo, en un ciclista voraz, valiente y con una ambición inagotable.

En junio se colgó tres platas en el Mundial de Cascais (Portugal) y va lanzado a por el oro en su debut en unos Juegos Paralímpicos. “Si me hubiesen dicho hace dos décadas que estaría tan arriba y disfrutando del deporte de alta competición, me habría reído. Estoy viviendo un sueño”, asegura. Como muchos niños de Viladecans (Barcelona), él también creció en un campo de béisbol. Se le daba bien batear, aunque lo que más le gustaba era rodar sobre el asfalto con su bici. “De pequeño veía el Giro de Italia, la Vuelta a España o el Tour y soñaba con subir esas montañas infranqueables. Antes del accidente salía todos los domingos con mis amigos, me encantaba”, recuerda.

Su vida dio un giro brusco hace 20 años, cuando una caída desde el andamio de una obra en la que trabajaba le originó una grave lesión medular. “Las piernas no las puedo mover y en los brazos me quedaron secuelas. Todo lo que había construido se me vino abajo, tuve que hacer borrón y cuenta nueva. Al principio fue duro, no podía coordinar movimientos y era incapaz hasta de llevarme la cuchara a la boca”, relata. Le costó tiempo digerir el nuevo escenario que se le presentó, incluso regaló sus bicicletas para no sufrir. “Verlas en casa me hacía daño, así que mi hermano las cambió, junto a una moto que tenía, por una videoconsola que tampoco pude utilizar porque mis dedos no funcionaban”, dice entre risas.

En esos primeros años de duelo se refugió en los libros, llegó a estudiar hasta tercero de Medicina. “Sabía que no iba a ser médico, así que cuando me sentí satisfecho con lo aprendido, de un día para otro decidí matricularme en criminología”, explica. Duró poco ya que en 2014 lo dejó todo por la handbike, su gran motor para combatir la tetraplejia. “La primera vez que vi una me pareció un cacharro extraño. Y al probarla las sensaciones fueron desagradables, sufrí muscularmente porque mis brazos no estaban bien. Ahora disfruto con lo que hago, me siento libre y feliz con el regalo que me dio la vida. Esos años de lesión y obstáculos cobraron sentido”, recalca.

Un devorador de medallas

Fusionado con la handbike, a la que mima con un cuidado meticuloso, Garrote se siente capaz de encarar cualquier desafío, por más azaroso que sea el camino. Pese a su inexperiencia, irrumpió con brío en el panorama internacional. Abrió su palmarés con una plata en una Copa de Europa en Fossano (Italia) en 2015 y al año siguiente en su estreno en Copa del Mundo sacó dos platas en Bilbao. El seleccionador español, Félix García Casas, quedó tan prendado de su talento que movió cielo y tierra para conseguirle una plaza para los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016 tras la sanción por dopaje a Rusia. “Por unos días soñé con ello, pero finalmente no pudo ser. Y luego me dio rabia porque al suizo Tobias Fankhauser, que en Brasil se llevó el bronce, le había ganado dos veces ese año”, subraya.

Su personalidad arrolladora e indomablemente optimista ya evocaba que llegaría lejos. Desde su debut ha ido engullendo una medalla tras otra hasta liderar el ranking mundial. En los últimos cinco años, con la excepción de 2020 en la que no hubo pruebas por la pandemia de coronavirus, ha acumulado 18 preseas en Copa del Mundo y nueve metales en mundiales: dos bronces en Sudáfrica 2017, dos bronces en Maniago (Italia) 2018, dos platas en Emmen (Holanda) 2019 y tres platas en Portugal 2021. “La única vez que no subí a un podio fue en el Campeonato de España en Ciudad Real en 2015 por una avería con la rueda. Ese día lloré, no me gusta perder a nada”, confiesa.

Con esfuerzo titánico y llevando sus brazos al límite ha acabado con el duopolio del italiano Luca Mazzone y del norteamericano William Groulx que reinó en la categoría H2 en los últimos años. “En mis inicios los admiraba y los veía inalcanzables, aunque siempre me decía a mí mismo: ‘Ya os pillaré’. Era el tercero en discordia hasta 2019, ahí rompí esa barrera de lo imposible gracias a la mentalidad ganadora que había trabajado junto a mi entrenador Jesús Ruiz y a la psicóloga Manuela Rodríguez. Ahora ellos son los que me vigilan”, asevera.

Hace dos años se le escapó el Mundial en Holanda por un segundo en la contrarreloj y un incidente en la última curva en la ruta frente a Mazzone. Esta temporada tampoco ha podido cumplir ese anhelo, vestir su primer maillot arco iris, ya que se quedó cerca tanto en la ruta como en la crono. “Las sensaciones fueron muy buenas, el campeonato me sirvió para probar el material nuevo y llevaba una preparación muy distinta a la del italiano, que se jugaba su sitio en los Juegos y, en mi caso, no quería arriesgar vaya a ser que no me recuperase a tiempo para Tokio, que es mi gran apuesta. Este Mundial lo vi con otra perspectiva, quedaba relegado a un segundo plano, aun así, salí muy satisfecho por las tres platas que saqué”, apunta el deportista del Club Ciclista Sant Boi.

Entre los favoritos al podio

En Garrote, el apetito insaciable y el corazón mandan sobre el pulsómetro. Inconformista, ahora va a por el oro en los Juegos Paralímpicos. Llega ilusionado y motivado para darlo todo en la cita de Tokio. “Me encuentro muy bien a nivel físico y de fuerza, en el mejor momento de mi carrera. También me he preparado psicológicamente para que la parafernalia que rodea al evento más importante del deporte no me embriague. No voy para vivir la experiencia, sino a competir como si fuese una prueba más”, subraya.

Tumbado sobre la bici, en paralelo al suelo, se ha machado en la carretera, con ascensiones al alto de Begues. “El circuito de Tokio tiene mucho desnivel y desde enero he estado trabajando ese aspecto, doblando el puerto de montaña con 18 kilómetros de subida constante. Será un recorrido ‘toboganero’ y muy exigente, un terreno que me viene bien porque me considero muy escalador, sé sufrir y estoy acostumbrado al clima húmedo y a las temperaturas altas”, prosigue. El catalán apunta al doblete dorado en la ruta y en la contrarreloj, y también formará parte del Team Relay junto a Luis Miguel García-Marquina e Israel Rider. “Por equipos somos subcampeones del mundo y tenemos opciones claras de subir al podio en una prueba súper explosiva”, dice.

Las tres pruebas las disputará en menos de 78 horas. “El que mejor preparado esté y sepa gestionar su capacidad de recuperación se llevará la victoria. La crono se me da mejor, me dejo el alma y hasta la última gota de sudor. Cuando me pongo el maillot de la selección española puedo asegurar que siempre voy a por el oro, no concibo otra cosa, no me vale la plata ni el bronce. Mi lucha es ir a por lo máximo, compito para ganar, esa es mi religión. Después la competición pondrá a cada uno en su sitio, pero tengo claro que desde el primer minuto pondré toda la carne en el asador y saldré a por el triunfo para España”, finaliza Sergio Garrote, el prototipo de ciclista que vive entregado a su deporte.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Garrote

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