Gerard Descarrega y Guillermo Rojo, una pareja estelar de velocistas

El atleta tarraconense, campeón paralímpico, del mundo y de Europa, aspira en Tokio a repetir el oro que logró en 400 metros T11 en Río 2016. Esta vez, junto a su guía madrileño, un especialista de la distancia y que se prepara para ser astronauta.

Gerard Descarrega y su guía Guillermo Rojo durante una prueba de 400 metros T11. Fuente: CPE

Conectados por una cuerda, los dos atletas se funden en una sola figura que ejecuta una danza coordinada, acompasada y armoniosa de zancadas y braceos. Bajos sus pies suena el crepitar de las zapatillas de clavos batiendo con ímpetu sobre el tartán. Son Gerard Descarrega y Guillermo Rojo, una dupla estelar, de vértigo, de esas que rezuman un carácter indomable y mucha complicidad. Tras el tropiezo en el Mundial de Dubai en 2019, la pareja vuelve a ilusionar y a volar en la pista. En junio en Polonia fueron subcampeones de Europa en los 400 metros T11 (deportistas ciegos) y ahora afrontan un reto de mayor enjundia: pelear por el oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio.

El velocista tarraconense ya sabe lo que es subir a lo más alto del podio en la magna cita deportiva. En Río de Janeiro 2016 conquistó la presea dorada con Marcos Blanquiño como ‘lazarillo’, cumpliendo un anhelo de niño, cuando la ceguera empezó a llamar a su puerta. Con cuatro años le diagnosticaron retinosis pigmentaria. “Aquel médico fue muy seco con mis padres. Les dijo: ‘Vuestro hijo se quedará ciego’. Mi enfermedad visual es degenerativa, no perdí la vista de forma radical, fue muy progresivo, notas que cosas que antes veía con nitidez se van apagando, pero lo digerí bien”, cuenta.

Creció en La Selva del Camp (Tarragona), un pequeño y tranquilo pueblo en el que se le veía siempre con un balón de fútbol en los pies. También tocaba el saxofón y practicó el taekwondo un par de años. “Uno de los mejores recuerdos que tengo es cuando cumplí 13 años, mi padre, consciente de que me iba a quedar ciego, me regaló una moto, a mí me flipaba. Un familiar tenía una parcela y me prepararon un circuito de motocross, en el que pasé miles de horas dando vueltas y saltos. Me caí pocas veces, aunque en una de ellas me rompí el radio y el cúbito, me dejó una cicatriz en el antebrazo izquierdo”, relata entre risas.

El atletismo, una vía de escape

La falta de visión se agravó y encontró en el atletismo una vía de escape para continuar disfrutando del deporte. “Me sacó del pozo, me aportó una felicidad enorme, me siento un afortunado por dedicarme a mi pasión”, asevera. Con 16 años debutó internacionalmente con dos bronces en 400 y en relevos 4×100 en el Mundial de Nueva Zelanda en 2011 y fue cuarto en los Juegos de Londres 2012. Al cumplir la mayoría de edad, en sus ojos se instaló la esperada pantalla en negro que llevaba persiguiéndole desde que era un crío.

“Los médicos me dijeron que correr era malo, que mejor me tumbara en el sofá, pero, evidentemente, no hice caso. En el Mundial de 2013 en Lyon ya no veía las líneas, sufría en las curvas y tenía que fijarme en mis rivales para tener referencias. La enfermedad se aceleró y me quedé a oscuras. Lo asumí rápido, no me lamenté por ello, no ha sido nunca un obstáculo, excepto conducir, he hecho de todo, soy padre, he acabado la carrera de Psicología y he viajado por el mundo. Estuve un mes y medio solo en Nueva Zelanda subiendo volcanes y cruzando glaciares. Los límites los tenemos en la mente”, recalca.

Precisamente, aquella aventura en las antípodas llegó unos meses después de su mayor gesta, el oro en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016 con Marcos Blanquiño. “Salió todo perfecto, la vida nos sonrió y aprovechamos el momento. Hicimos dos carreras impecables, fue algo mágico lo que vivimos”, apunta. En 2017 se proclamó campeón del mundo en Londres, aunque confiesa no estar “orgulloso de esa medalla porque no competí a la altura de mi mejor nivel, pero tuvimos suerte y ganamos de carambola porque en los metros finales los otros dos rivales la cagaron”. Un año más tarde su carrera dio un giro cuando se quedó sin guía por la lesión de su compañero a las puertas del Europeo de Berlín.

Cinco entrenamientos y oro europeo

Ahí apareció Guillermo Rojo, un consumado especialista de los 400 metros que recibió la llamada de Pedro Maroto, director técnico de atletismo de la ONCE. “Estaba de vacaciones con la familia cuando me dijeron que Gerard necesitaba un guía de forma urgente. Me chocó la propuesta porque no lo asimilaba, pero no tardé ni tres minutos en decir que sí, no quería desaprovechar la oportunidad”, explica. El atleta de San Lorenzo de El Escorial manifiesta que se encontró muy perdido en el primer entrenamiento: “Iba con bastante miedo, no sabía si sería capaz de correr atado a alguien. Me costó coordinarme con él porque iba analizando cada movimiento suyo, hasta que quité el freno y me dejé llevar, a partir de ahí todo fue rodado”.

Cinco entrenamientos necesitaron para plantarse en el estadio olímpico de Berlín y llevarse el metal dorado. “Fue inesperado, viví una sensación única. Mi labor es de mucha responsabilidad, pero ser sus ojos en la pista es una pasada”, dice. “El destino nos unió, encontré al mejor complemento. Guille es un currante, es constante, optimista y tiene una gran capacidad para aguantar los entrenos que le echen, valores que me transmite para avanzar. Me hace los días más amenos, se ha convertido en un gran amigo”, tercia el catalán. En las dos últimas temporadas la fortuna les dio la espalda, primero con una descalificación en el Mundial de Dubai 2019 y luego con una lesión de Descarrega en el año de la pandemia por coronavirus.

“Las expectativas eran altas, pero no salieron las cosas por una serie de circunstancias, tenemos una espinita clavada”, comenta Rojo. “Los errores te sirven para mejorar, así que lo de Dubai lo he tenido presente en cada entrenamiento. Si nos ganan, que sea porque son más rápidos y no porque se nos escape la cuerda o por cualquier otro fallo”, prosigue el tarraconense, que el pasado verano pasó por el quirófano y le quitaron un fibroma que se había formado en el pie derecho. “El dolor al correr era insoportable. Llegué a cogerle asco al atletismo, lo pasé mal por la incertidumbre de saber si volvería a rendir a un buen nivel. Afortunadamente no me ha dado más problemas”, asegura.

Cambios de aire para perseguir el oro

El año pasado abandonó el CAR de Madrid para trasladarse a Sevilla junto a su mujer y a su hija Martina. En la capital andaluza encontró un oasis para trabajar en un ambiente más familiar y distendido con el grupo de Luis Rodríguez en La Cartuja. El cambio de aires les vino bien a ambos. “Volvimos siendo mejores y como muestra está la plata en el Europeo de Polonia, que nos ha dado confianza, así que estamos muy fuertes. Gerard está más rápido que nunca, es una bestia, un tío valiente, es un lujo tenerle al lado. Somos muy disciplinados, perseverantes y comprometidos, hay química dentro y fuera de la pista, eso se refleja en los resultados”, precisa el madrileño, que se prepara para su otra vocación, la de ser astronauta. Se ha presentado a la convocatoria para formar parte de la Agencia Espacial Europea.

“Me fascina todo lo relacionado con el espacio. Preparo físicamente a astronautas y ahora quiero ser uno de ellos. Me encantaría formar parte de misiones a la Luna”, apunta. Aunque su gran sueño desde niño era otro: “Siempre quise ir a unos Juegos, llevo años imaginándome en el estadio durante la ceremonia de apertura y se me saltan las lágrimas. Voy a poder cumplirlo, es un premio que me he ganado, voy a cerrar ese círculo que abrí cuando empecé como atleta. Hay gente que puede restarle valor, pero yo jamás diferencié entre Juegos Olímpicos o Paralímpicos. Al final, todo se resume en correr rápido desde una línea hacia otra, vayas solo o con una persona ciega. Vamos a por el oro y a tratar de bajar esa barrera histórica de los 50 segundos, son objetivos posibles”.

Descarrega se muestra algo más comedido, aunque en Tokio sueña con saborear otra noche de gloria reinando en los 400 metros T11, además de intentar dar la sorpresa en la prueba de salto de longitud, en la que ganó una plata continental en mayo. “Lo afronto con una ilusión y unas ganas tremendas, como si fuese un campeonato más, no me meto presión. Vamos con velocidad de crucero, con un chute de inyección y positivismo. Mentiría si dijese que no voy a por la victoria, he entrenado cada día con la idea de aspirar a lo más alto, pero parto desde cero, tengo que ganarme otra vez ese puesto de privilegio y para ello habrá que ser competitivo y demostrarlo en la pista”, sentencia el catalán.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Gerard Descarrega

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Guillermo Rojo

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