Adi Iglesias impera en los 100 metros con un oro épico bajo la lluvia

La velocista gallega se proclama campeona paralímpica en la prueba reina del atletismo categoría T13 tras una gran remontada.

La velocista española Adi Iglesias durante la final en la que ha conquistado el oro en 100 metros T13. Fuente: CPE

Ni el tartán mojado ni la presión de sus primeros Juegos ni el empuje de sus rivales han podido frenar a Adi Iglesias, un relámpago sobre el tartán del Estadio Nacional de Tokio. La velocista española ha imperado con mano de hierro en los 100 metros lisos T13 tras protagonizar una épica remontada. La gacela de las trenzas doradas se impuso en un final de ‘photo finish’ que se decidió por solo tres centésimas.

La lluvia se abrió en el cielo de la capital japonesa y en los tacos de salida aguardaba la gallega con la mirada afilada de quien espera encontrar un tesoro al otro lado de la pista. Sonreía, con las fauces abiertas y demandando su alimento, tenía hambre de éxito y quería demostrar todo el potencial que lleva dentro. No tuvo una buena salida, algo que tampoco suele ser su punto fuerte, pero no pareció importarle.

Metro tras metro fue alargando su zancada tan rápida como un molinillo. Pura dinamita, puso el alma, el corazón y el fuego que tiene en sus piernas y comenzó a adelantar rivales hasta cruzar la meta. No sabe lanzarse con el pecho hacia la última línea, porque no la ve, sino que la atraviesa sin más. Al no ver por los lados, no supo que era la campeona hasta que no oyó por la megafonía su nombre. Con la bandera de España y su alegría celebraba el advenimiento de su reinado en los 100 metros.

Empeñada en seguir el camino de la grandeza, testaruda y perseverante, la atleta de Lugo, de 22 años y de sangre africana, ha hecho historia con un oro muy trabajado. Desde Pekín 2008, cuando Eva Ngui ganó dos bronces en 100 y en 200 metros, ninguna velocista española había vuelto a subir al podio en unos Juegos. “No me lo creo aún, era difícil porque por la mañana me lo pusieron complicado, no había dado mi 100% pero sabía que en la final podía ganar medalla. Salí peor que en las semifinales, muy regular, aunque me dije ‘Venga, dale fuerza’, quise remontar y darlo todo”, ha comentado.

En junio durante el campeonato continental de Polonia le cambiaron de categoría, aunque no se vino abajo, ella está acostumbrada a crecerse ante la adversidad. Ganó dos oros. “Al principio fue un palo porque me dejaron sin mínimas para los Juegos y tuve que volver a hacerlas, me llevé un cabreo, pero lo aproveché en el Europeo, donde salió bastante bien. No sabía las opciones que tenía, y aunque vayas primera en el ranking es difícil, no es lo mismo competir a nivel mundial que hacerlo a nivel paralímpico. Venía a pelear”, ha recalcado.

Aún le queda la prueba de los 400 metros, sin ser su fuerte, pero quiere ser optimista. “Es una prueba que considero que es para valientes, y aún no lo soy del todo, hay que tener mucha cabeza porque el trabajo del ácido láctico es complicado. No me esperé lo que hice en el Europeo -oro-, quiero dar lo máximo de mí. Ya tengo un oro y pase lo que pase me sabrá bien”, ha añadido.

Una carrera vital de fondo y con obstáculos

Pese a su bisoñez ha tenido que lidiar con muchas vicisitudes. Por eso Adi esprinta contenta, sin temor, solo soñando. A pesar de ser velocista, su carrera vital es de fondo y con obstáculos. Ya no queda drama en su rostro, ahora sonríe sobre el tartán, aunque su camino hacia la felicidad ha sido escabroso desde que nació con albinismo hace 22 años en Bamako (Malí). Una combinación peligrosa en un entorno donde dicha condición genética está perseguida y considerada maldita.

“Si me hubiese quedado allí, quizás hoy no estaría viva. Nos consideran gafes y hay cazadores que amputan una parte de tu cuerpo para venderlo como amuleto de fortuna o entierran el pelo para atraer la riqueza”, explicaba la joven en una entrevista con este medio. Creció sin salir de su barrio por temor a que fuese secuestrada como otros niños. Y en 2010 tuvo que escapar de un destino macabro por el hecho de ser diferente en el continente de las supersticiones.

Con 11 años abandonó África y tras convivir con un hermano suyo en La Rioja acabó en un centro de menores. Hace seis años se cruzó en su vida Lina Iglesias, profesora en Lugo, que decidió adoptar a aquella adolescente de piel blanca y cabello rubio. “Fue una tabla de salvación, ella siempre dice que le ha tocado una hija maravillosa y yo digo lo mismo, no podía haber dado con una madre mejor. Le estaré eternamente agradecida porque me ha dado una oportunidad para seguir viviendo”, decía.

Encajaron a la perfección y en una de sus primeras charlas salió el deseo de Adi por correr. “En mi país era impensable, apenas me movía entre dos calles. Me enamoré del atletismo cuando en mi aldea vi una competición por televisión, bueno, más bien eran figuras borrosas porque no veía bien. Iban muy rápidas y me encantó”, confesaba. Lina movió cielo y tierra para que su hija cumpliese el sueño de ser atleta. Hoy ha esprintado hacia la gloria con un oro paralímpico.

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