Arantxa González, la dama dorada del agua

Fue una de las mejores nadadoras españolas en la década de los 90. Ganó seis medallas de oro entre los Juegos Paralímpicos de Barcelona’92 y Atlanta’96 y más de 60 metales en campeonatos nacionales, mundiales y europeos.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

El medio acuático era el ecosistema donde mejor se desenvolvía sin derrochar esfuerzo. “Ojalá las calles fuesen de agua”, le espetaba su madre. En la adolescencia, Arantxa González apenas aguantaba caminando sin apoyarse en sus muletas. El Síndrome de Dejerine-Sottas que le detectaron al nacer le provocó atrofias distales y le menguó la fuerza en las extremidades inferiores y superiores. Aquello no fue óbice para brillar en la piscina, lugar en el que se sentía libre, feliz e imparable. En poco más de una década en la natación se erigió en la dama dorada del agua, todo lo que tocaba lo convertía en oro. Campeona del mundo y de Europa, conquistó seis oros entre los Juegos Paralímpicos de Barcelona’92 y Atlanta’96.

“En la calle daba dos pasos y me agotaba. En la piscina podían echarme los metros que quisieran que no paraba, era el único sitio donde no tenía barreras”, asevera. Con casi dos años dejó su San Sebastián natal para trasladarse a Madrid junto a sus padres. Apenas un par de años después, ella y su hermano quedaron huérfanos tras la muerte de sus progenitores en un accidente de coche. Su tía, Conchi Muñoz, se convirtió en el faro que guio su vida y también la que orientó sus primeras brazadas. “Hizo de madre, de amiga y de entrenadora, ha sido la figura más importante”, recalca.

Arantxa en Stoke Mandeville con 11 años.

La natación llegó por casualidad, como rehabilitación ante sus problemas de movilidad y para mitigar sus dolores de espalda. “Una profesora de Educación Física nos metió el gusanillo y nos llevaba varios días a la semana a la piscina del barrio de Aluche. Me enganchó, para mí nadar parecía algo innato, me movía bien y me sentía ágil”, afirma. Se le dio muy bien desde el principio, se deslizaba por el agua con una naturalidad pasmosa. “Todo fue rodado. Me presenté a una prueba regional y me clasifiqué para el Campeonato de España en Guadalajara, en el que gané un oro y una plata midiéndome a gente mucho más mayor”, rememora.

Su calidad no pasó desapercibida para los responsables de la Federación Española de Deportes de Personas con Discapacidad Física, quienes la reclutaron para disputar con tan solo 11 años los Juegos Mundiales de Stoke Mandeville. “Fue la primera vez que viajaba al extranjero y al principio me negué a ir sola, era una pipiola, la más joven de toda la expedición española. Mi madre me convenció a cambio de regalarme una máquina de escribir. No me equivoqué, fue el comienzo de una bonita carrera. Allí gané un oro y una plata, fue una experiencia inolvidable. Recuerdo que los chicos de la selección de baloncesto en silla me decían que era la mascota del equipo”, dice entre risas.

En Gran Bretaña tuvo su bautismo Arantxa, un prodigio de la natación cuyo camino hacia la cima fue a una velocidad de vértigo y de forma autodidacta. Durante un lustro se forjó devorando metros y metros en piscinas municipales, sin ayuda de un entrenador. “No había clubes para prepararme ni contaba con los recursos que hoy día tienen los deportistas. Mi madre, que no tiene formación, era la que me tomaba los tiempos, me dirigía, me enseñaba lo que sabía y me motivaba. Me especialicé como espaldista, y eso que en mis inicios me daba miedo nadar boca arriba”, confiesa. En 1990 otra vez se plantó en los mundiales de Stoke Mandeville para dejar su impronta con seis preseas de oro.

Tres oros en Barcelona’92

Su palmarés no paraba de engordar, un año después sumó dos oros, dos platas y un bronce en el Europeo de Barcelona. A partir de esa competición fue pulida por la mano de Ana Belén del Villar y de José Luis Vaquero, uno de los talladores de estrellas de la natación paralímpica en España. “Tenía potencial, cualidades y un talento excepcional, así que pedí permiso a la ONCE para que viniera con nosotros. Era un encanto de chica, disciplinada y trabajadora. Aguantaba cada paliza en los entrenamientos y todo lo hacía siempre con una sonrisa, nunca la vi enfadada”, apunta el técnico madrileño.

Arantxa González con algunas de sus primeras medallas.

La exigente y espartana preparación que llevó a cabo durante meses dio sus frutos en los Juegos Paralímpicos de Barcelona’92, a los que Arantxa acudió con 16 primaveras. “Me levantaba cada mañana a las siete para ir a la piscina, luego a la Universidad para estudiar y por la tarde seguía entrenando. Me dieron mucha caña, pero había que currárselo para estar allí porque muchos compañeros se quedarían fuera. Aquello fue como ir a un gran parque de atracciones, un acontecimiento del que no fui consciente de su magnitud hasta que pasaron unos años”, sostiene.

Lo que más le impactó de la cita en la Ciudad Condal fue el calor del público: “Hasta entonces, cuando competíamos las gradas estaban vacías, solo teníamos el apoyo de nuestros familiares y compañeros. En Barcelona la gente se volcó, los pabellones e instalaciones estaban llenos, firmamos muchos autógrafos, algo inimaginable porque el deporte paralímpico no interesaba a nadie, pero esos Juegos lo cambiaron todo, pasamos de ser desconocidos a protagonistas. Todavía escucho la canción de ‘Amigos para Siempre’ y me emociono”. En la competición en las piscinas Picornell maravilló. Dejó su rostro de niña y los nervios en el vestuario para sacar su voracidad en cada brazada. Resultado: tres oros en 50 libre, en 100 libre y en 50 espalda, aderezados por tres récords del mundo.

“Fue un sueño cumplido. Se me dibujaba una sonrisa de oreja a oreja cada vez que tocaba la pared y escuchaba la música que ponían cuando se batía un récord. Aguanté las lágrimas en las tres veces que subí al primer cajón del podio para recoger las medallas. Fue emocionante oír el himno español con la grada en silencio, jamás lo olvidaré”, declara. Pese a sus lauros, al igual que resto de españoles no recibió una recompensa económica. “Nos habían dado una beca irrisoria los meses previos y luego, por medalla solo un ramo de flores, un apretón de manos y dos besos. Así era imposible dedicarse al deporte”, lamenta.

Arantxa tras lograr uno de sus tres oros en Atlanta’96.

Éxitos y récords del mundo en Atlanta’96

Arantxa no tenía techo, no conocía la palabra rendición y siempre buscaba un nuevo reto con el que superarse. Su dominio residía en su sacrificio y en su deseo abrumador de hacer todo lo necesario para mejorar. Amplió su medallero internacional con tres oros y una plata en el Mundial de Malta en 1994, la misma cosecha que obtuvo en el Europeo de Perpiñán (Francia) un año más tarde. Esa condición de reina indiscutible en clase 3 -discapacidad severa- la confirmó en Atlanta’96. Había dejado el listón muy alto en Barcelona, pero de nuevo sacó tres oros y tres plusmarcas mundiales. Ninguna rival pudo discutirle su monopolio en los Juegos Paralímpicos.

“Me pasé de vueltas de tanto entrenar, cada día con dobles sesiones y llegué muy cansada, mi cabeza quería tirar de los brazos, pero no podía. Los resultados fueron buenos, pero no quedé satisfecha del todo, podía haberlo hecho mejor. Era muy perfeccionista y ambiciosa, cuando salía a competir iba a buscar la victoria y a batir mis marcas. Me enfadaba conmigo misma si no alcanzaba los objetivos. Nunca me conformaba con llegar a una final o con llevarme un bronce, siempre aspiraba a lo máximo tanto en el deporte como en la vida”, indica.

Arantxa González, ganadora de seis oros paralímpicos.

En el agua continuaba relumbrando, sin embargo, con 23 años decidió colgar el bañador para afrontar nuevos proyectos y estímulos. Dijo adiós en el Europeo de Badajoz en 1998 con tres oros y dos platas. “Llevaba 11 años nadando, ganando medallas en cada prueba disputada y ya me planteaba dedicarme a otras cosas. La natación me daba muchas cosas, pero me quitaba mucho tiempo. El empujón definitivo para la retirada fue a raíz de empeorar mi discapacidad, me quedé en silla de ruedas. Decaí y ya no me apeteció volver. Prefería irme por la puerta grande y en lo más alto, que arrastrándome por las piscinas”, explica Arantxa, que fue galardonada con la Medalla de Oro al Mérito Deportivo.

Tras estudiar Educación Social y Psicología, trabajó durante una etapa en la ONCE y desde hace unos años da clases de Formación Profesional en el Instituto Villaverde de Madrid como profesora técnico de Servicios a la Comunidad. “Algunos saben que fui nadadora y a veces les cuento batallitas, se sorprenden que haya sido campeona en mundiales y Juegos Paralímpicos. También, aunque cada vez me da más pereza, suelo ir a nadar, pero a otro ritmo. Y siempre me acuerdo de aquella época tan feliz que viví en la piscina”, remata Arantxa González, una mujer que salpicó a los límites con su talento en el agua para fundirlos entre metales y podios.

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