‘El Fideo’ Sergio Ibáñez, con ambición a la cuna del judo

El judoka aragonés, subcampeón del mundo en -66 kilos, apunta a las medallas en Tokio en su estreno en unos Juegos Paralímpicos. “Toca apretar los dientes, quiero el oro”, recalca.

Su cándida timidez y rostro bonancible muta cuando pisa el tatami. En el cuadrilátero acolchado se transforma, Sergio Ibáñez saca de sus entrañas el ardor guerrero, su descaro y ambición. ‘El Fideo’ se encuentra en su salsa a base de llaves y dominando el kumikata -modos de agarrar al oponente-. El judoka de hielo, calculador y con una cabeza fría cuando compite, verá materializado un anhelo que brotó cuando apenas tenía ocho años y se enfundó su primer judogi. El destino o la casualidad han querido que debute en unos Juegos Paralímpicos en Tokio, la cuna del judo. Y no se conforma solo con estar allí: “Voy a por el oro”.

Los valores de las artes marciales empezó a adquirirlos de pequeño, cuando descubrió su deporte por medio de una carta que le envió la ONCE. El aragonés nació con una discapacidad visual del 79% que le afecta al nervio óptico. “Tengo distrofia de conos, no realizan bien su función. No filtro bien un tipo de gama de rayos y eso me provoca mucha fobia a la luz natural, no distingo ningún color y no veo muy bien de lejos. Cuanto más tenue, más cómodo estoy”, explica.

De niño libró los primeros combates por esa falta de visión. Era tan introvertido que apenas salía a corretear por las calles de su pueblo, Alagón (Zaragoza). “En el colegio sí me gustaba jugar al fútbol, pero como no veía la pelota y el sol me lo ponía tan difícil, solo corría hacia arriba y abajo”, dice entre risas. Probó con la natación durante casi dos años, pero el agua tampoco fue un medio en el que se encontrara a gusto, así que decidió cambiar el bañador por el kimono. Sintió un flechazo al atarse su primer obi y desde entonces no ha parado de progresar sobre el tapiz.

“Me enganchó, aunque al principio, como era muy vergonzoso y tenía problemas para sociabilizar y relacionarme con los demás, se me hizo bastante duro y me negué a ir, me daba miedo. La labor e insistencia de mis padres y de los entrenadores me forzaron a superar esa barrera”, confiesa Ibáñez. En el tatami del Club Judo Zaragoza se coció a fuego lento el ‘Fideo’ -apodo que le pusieron por su complexión espigada y delgada-, que pronto absorbió un amplio abanico de técnicas de agarre para convertirse en un judoka tenaz, vigoroso y con talento. “Me considero un deportista con suerte, en mi camino he pasado por muchas manos, como las de Jorge Barreto, Jesús Laviña, Javier Rivero, Pablo Lambea o Raúl Clemente, uno de los mejores que tenemos en España”, comenta.

Primeras medallas y cambio arriesgado

Las semillas que sembró no tardaron en fructificar, apenas era un imberbe cuando irrumpió con brío para codearse con los mejores del mundo. En 2017 ya dio un aviso a navegantes tras conquistar la plata en el Europeo de Birmingham (Inglaterra). “A mi primera gran medalla a nivel internacional le tengo mucho cariño, fue inolvidable, yo que soy tan nervioso, afronté el campeonato con mucha tranquilidad, eso me ayudó a ganarla. Recién empezaba y de repente me vi arriba con los mejores”, cuenta. Al año siguiente sumó una plata en la Copa del Mundo de Antalya (Turquía) y dos bronces en los torneos de Heidelberg (Alemania) y Beziers (Francia). El mejor capítulo de su corta carrera lo firmó en 2019 tras ganar un bronce en el Europeo de Genoa (Italia) y proclamarse subcampeón del mundo en Fort Wayne (EE.UU.).

Dos metales que cobran mayor valor ya que era la primera vez que competía en -66 kilos después de cambiar de categoría por problemas de salud. “Por mi envergadura lo estaba pasando mal para estar en 60 kilos, mentalmente sufría y rendía muy por debajo de mi nivel. Me deshidrataba muy rápido y siempre me encontraba cansado, de mal humor y desanimado. Era un cambio arriesgado porque estábamos en mitad de la clasificación para los Juegos Paralímpicos. Pese a que trabajé como un animal, pensé que ya no llegaría, así que me relajé y fue sin esa presión cuando aparecieron los buenos resultados”, asegura.

En sus vitrinas también luce medallas que rompen barreras hacia la inclusión. En 2018 ganó una plata y en 2020 un bronce en el Campeonato de España absoluto frente a rivales videntes. “No hace falta ver para hacer judo, es un deporte en el que lo más importante es sentir cada movimiento”, recalca el zaragozano. Esta temporada ha dado un salto de calidad tras mudarse al Centro de Alto Rendimiento de Madrid y entrenar bajo las órdenes de Raúl Clemente, Javier Delgado y el seleccionador nacional Alfonso de Diego. Y las cosas le han ido bien: bronce en la Copa del Mundo de Antalya (Turquía) y plata en el Grand Prix de Warwick (Gran Bretaña).

“He mejorado mucho, no tengo una cualidad que destaque por encima de la media, pero sí soy explosivo, poseo bastantes recursos y soy fuerte cuando tengo controlado el agarre”, asevera. “Es un competidor que sabe explotar sus virtudes y esconder los defectos. Es muy trabajador, una persona muy humilde y sin egos que le permite mejorar cada día. Es muy difícil que le tiren, una cualidad fundamental en el judo, y ha mejorado mucho el trabajo en el suelo. Hace cuatro años era demasiado blandito, ahora es agresivo y consistente. A nivel general, Sergio tiene las cosas muy claras y le veo con muchas opciones de medalla en los Juegos”, analiza De Diego.

Ibáñez sonríe y sus ojos se le iluminan cada vez que escucha el nombre de Nippon Budokan de Tokio, escenario que pisará a sus 22 años. “Llevo cinco años yéndome a dormir pensando en los Juegos, que serán en Japón, donde el judo es casi una religión, es perfecto. Pese a la pandemia de coronavirus, afortunadamente se van a celebrar, lo único que me fastidia es que mis padres no puedan estar en las gradas viéndome cumplir un sueño que tengo desde niño”, apunta.

El palmarés del aragonés justifica su deseo de gloria paralímpica. Desde Atenas 2004, cuando David García del Valle logró una plata y Raúl Fernández un bronce, ningún judoka masculino español ha vuelto a colgarse una medalla en unos Juegos. “Ojalá pueda ser el siguiente en subir al podio. No será fácil, cualquier rival será peligroso, estamos muy igualados, a todos les he ganado y con todos he perdido alguna vez, así que no creo que esté por debajo de nadie. Sé que estoy al nivel de las medallas, pero tengo que dar un paso más para confirmarla. Ahora toca apretar los dientes, luchar y darlo todo, se podrá dar mejor o peor, pero quiero el oro, aspiro a lo máximo”, apostilla.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Sergio Ibáñez

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